Archivo de la etiqueta: Ediciones del Genal

«UNA PUERTA PINTADA DE PALABRAS AZULES», UNA RESEÑA DE JOSÉ LUÍS PÉREZ FUILLERAT

El profesor, poeta, erudito y (solo en la intimidad y para los amigos) cantante de viejos temas en jaquetía, José Luis Pérez Fuillerat, dedica un preciso y precioso texto a mi último libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal, 2020), reseña que ha titulado Una puerta pintada de palabras azules, en un exquisito juego de metáforas, adjetivos y colores. Os dejo lo que José Luis ha encontrado al otro lado de mi puerta azul.

Sergio Barce, mayo 2021

UNA PUERTA PINTADA DE PALABRAS AZULES

por José L. Pérez Fuillerat

 

Comentario al libro de relatos UNA PUERTA PINTADA DE AZUL, de Sergio Barce Gallardo

Siempre que tengo en mis manos un libro de Sergio Barce, procuro no distraer el tiempo con otro, como en mí es habitual: leer dos novelas, ensayos o poesía, a la vez; un señalizador en ambos, y así activo la memoria con las dos intrigas/emociones que me ofrecen sus autores.

Dedica el autor este libro “A la gente de Larache, a Pablo Aranda y a Pablo Cantos, siempre”. Si tuviera que indicar una palabra que ocupa y abarca la isotopía temática, en la mayor parte de las novelas de Sergio Barce, esa palabra es Larache. Ya habrá tiempo de insistir sobre esto.

Están presentes en la dedicatoria dos amigos que, con su muerte “tan temprana”, le han marcado para siempre. Al segundo, escritor, guionista y director de cine, le dedica también “El libro de las palabras robadas” y en “La emperatriz de Tánger” lo incluye entre los agradecimientos.

En esta exquisita novela (“La emperatriz…”) muestra por él su amistad/agradecimiento “siempre”, dándole vida como personaje, y expresando su admiración mediante las palabras que el actante Augusto Cobos Koller mantiene con su adyuvante, Pablo Cantos (‘Dulce Aurora’ como nombre secreto), al que Augusto “admiraba por muchas razones: sus poemas, su claridad de ideas, su honradez y fidelidad, incluso su clandestinidad”, obligada, entre otras cosas y causas, por haber escrito “un poema incendiario contra el Generalisímo”. Confesión de Augusto, alter ego de Barce, al menos aquí, pues transmite idénticos sentimientos del autor hacia Pablo Cantos.

El título que voy a dar al presente comentario es este: Una puerta pintada de palabras azules. Curiosamente, es el color azul, que se incluye en la serie de los ciánicos o fríos, el que se identifica con Marruecos, país cálido, atractivo y, sobre todo, hospitalario. Puertas y ventanas del mismo azul, casi añil, que, junto a las paredes bien enjalbegadas y la profusión de macetas con gitanillas, geranios y buganvillas, mayean con luz propia en los patios de la ciudad natal de este comentarista.

Aunque en el índice de esta última obra del autor, larachense empedernido, se nos indican los ocho apartados narrativos, es en la página preliminar donde encontramos verdaderamente la estructura de este libro: los cinco pilares o preceptos del Islam: el Hach, el azalá, el Ramadán, la chahada y el azaque; todos intercalados en lo narrado por palabras con simbología azul, el color predominante en los espacios marroquíes; es decir, las palabras árabes citadas y sus dialectos, que nos van marcando la trama. (El lector agradece que todos estos arabismos estén debidamente explicados en el glosario final).

El primer Pilar, el Hach o peregrinación a la Meca contiene dos relatos: LA MUJER DEL HAMMAN y LAS MUJERES DE MI PADRE. En el primero, mediante la analepsis, salto atrás, se recorre un camino hacia el santuario que el autor, fictifizado en narrador (Siegfried Schmich), mantiene siempre en su memoria, la ciudad marroquí de Larache.

Las palabras que me he permitido llamar también ‘azules’ y que el lector encuentra en esta peregrinación son: mtarba, caftán, dfin, hiyab, tagra, rarif, hammán, mejaznis, shukram, sidi, incha, Lalla, kifi. Adecuadas para emprender el “camino” hacia el lugar sagrado: vestimenta, alejamiento de los espíritus malignos, incluso higiene en el baño público, y asientos para el descanso, etc…

Aquí, un narrador omnisciente nos presenta a dos mozalbetes, Dris y Ahmed, inocentes gandules, que son acogidos por una caritativa Lalla (señora) Sahida.

La literatura mística nos mostró cuál debe ser para el creyente el “Camino de perfección”: desde el esfuerzo continuo, ascesis, hasta la llegada a la unión extática con el Absoluto, Dios. La novela picaresca también nos presentó un cierto “Camino de imperfección”, hasta la humillación final del antihéroe, el pícaro.

Pues en este libro de Sergio Barce (yo diría que en casi todos sus libros) se nos orienta en su personal “Camino de recordación/purificación” hacia la meta que se mantiene en su mente/alma de forma indeleble: la ciudad marroquí de Larache. (Analepsis obligada, por los años pasados y residir en Málaga, donde ejerce como abogado).

El título de este segundo relato del Primer Pilar, Las mujeres de mi padre, se presta a equívoco. No son otras que las mujeres de la familia. Comienza en primera persona: “Mi abuela Salud. ¡Ah, mi abuela!”, y la peregrinación se detiene. Un narrador autodiegético (Gérad Genette, Figuras III ) ya no se enmascara. Se abre una crónica de su familia. De ahí que el autor se convierta en fautor (Oscar Tacca: Las voces de la novela). Es decir, autor que juzga, pondera y narra, desde una perspectiva subjetiva, ciertos acontecimientos familiares: la española, matriarca de la familia, María Salud Cabeza.

Chocante resulta la anécdota sobre la costumbre de toda la población larachense de entonces, al celebrar y procesionar a su santa Patrona, Lalla Menana al Mesbahia, hija de un santo de esa ciudad (sidi Jilali ben Abd Allah al-Masbahi), que está lejos de la cultura musulmana y obedece a la costumbre popular cristiana.

Dentro de la isotopía de personajes en la obra de Barce, una vez más, en esta segunda estampa narrativa, la figura de Mohamed Sibari (Alcazarquivir 1945-Larache, 2013). Escritor, periodista, novelista y poeta marroquí, que cultivó el español como lengua de expresión y escritura. Citado por Sergio Barce en este relato y otros. Sobre todo, en el cuento final de su libro “Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente”, en el que, de forma reiterada, siete veces, dice el autor: “Este fin de semana lo he pasado en Larache”, a modo del pésame que se va repitiendo de uno a otro de los familiares del difunto o que se interna en el corazón doliente del amigo, sin poder reprimir su sentimiento de dolor… y los recuerdos. La voz del autor se lamenta de que fueron nueve días los que tardó en acudir a Larache, tras el fallecimiento de Sibari, y sin haber podido recibir el libro que su amigo le iba a enviar: “Es un libro sibarístico – me anunció con su guasa habitual”.  

Las palabras ‘azules’ de esta estampa narrativa son: shrif, aixauas, darbukas, adecuadas para explicar los diferentes cargos, partícipes o instrumentos, propios de la manifestación religiosa citada. Con tanta explosión de gente y de cosas arrojadas por las ventanas al paso de la santa, nos dice el narrador, que “mi madre hubo de tirar de Mohamed Sibari, para sacarlo de allí, hechizado por el espectáculo”.

Segundo pilar: la azalá, las cinco oraciones al día. Contiene dos relatos: UNA SINAGOGA EN LA MEDINA y UNA PUERTA PINTADA DE AZUL. En primera persona de nuevo, el narrador autodiegético reconoce, en el primer relato, reverberaciones de la nostalgia, añoranza por el tiempo perdido/pasado. Es el Larache recordado de sus años de infancia, adolescencia y primera juventud, que tanto lo han marcado. Las tres religiones/culturas, que entonces convivían, parece que se han visto mermadas por la ausencia casi total de judíos sefarditas, tal como le contaba un amigo. Y es la voz del amigo la que reproduce todos esos recuerdos, con palabras azules, unas árabes y otras judías: esnoga, Netilat Yudaim, hiyab, Sefer Torá, jaquetía, hejal, tebá, sayada, barakalofi, hshuma. Todas ellas referidas a lugares, ritos, vestimenta, objetos, dialecto, púlpito, saludos o actitudes.

Con todo el trajín de visitas a la ciudad, al relator de ese desencanto, José Edery, se le olvidó “cumplir con la oración que había comenzado en honor de sus antepasados”.

En el segundo relato, que es el que da nombre a todo el libro, la voz que se “oye” es la de un narrador omnisciente, que nos presenta al actante sujeto, protagonista, Abdeslam, un comerciante poco religioso, pero que promete cumplir con los cinco rezos diarios y la visita a la Mezquita. La puerta de su establecimiento está pintada de azul. Las palabras que he destacado de este color son: Istiqlal, partido del que es miembro el comerciante. Movimiento político fundado años antes de la independencia de Marruecos, de ideología nacionalista. Precisamente, en el ‘mundo posible’ (E. Coseriu) de “La emperatriz de Tánger”, este grupo político también está presente. 

Otras palabras ‘azules’ son: grifa, fayar, chuparquía, almuédano, azalá; los saludos tanto en árabe (Salam Alekum), como en francés (Merci beaucoup). Todas intercaladas en lo narrado para ir señalando la trama: los recuerdos que Abdeslam tiene de las historias contadas por su abuela y las vivencias con su amigo de colegio, Omar (“a veces los encontraban en la playa y otras en un fondak, durmiendo como si fuesen vagabundos”). Medio dormido, en la puerta de su puesto del zoco, a Abdeslam lo despierta la voz del almuédano y le recuerda que había prometido, precisamente ese día, iniciar el rezo diario, la azalá. Una vez más, empatan con los sentimientos del autor los recuerdos del comerciante sobre su infancia y adolescencia, como si “perteneciesen a persona distinta”.

Tercer pilar: el Ramadán. En la Cuaresma católica, se trata de hacer sacrificios personales; penitencia, sobre todo, para imitar los cuarenta días de Jesús en el desierto, pasando hambre, sed, soledad y tentaciones del diablo. De igual manera, es precepto en el Islam el ayuno durante el mes del Ramadán. El creyente se ha de privar de comer y beber desde que amanece hasta que se pone el sol.

Contiene este pilar otros dos relatos: VISITA A RASHIDA y LA PEQUEÑA ZOUBIDA.

En el primero, vuelve la voz del yo narrativo, incluso con su nombre, Sergio, dicho por la anciana Rashida cuando le ve y lo reconoce, a pesar de padecer la enfermedad de Alzheimer. El contraste tan rotundo con las costumbres de ahora: el tiempo de su visita en Tánger, donde se ha trasladado la familia de su segunda madre, musulmana, y las que vivió en su infancia y juventud, cuando Rashida, por ejemplo, llevaba minifalda, es para el narrador/fautor “como si un huracán hubiera arrasado el pasado”.

Se produce en este relato otro “salto atrás” para recordar cuando Rashida entró a trabajar en un banco de Larache. (La misma entidad donde trabajaba el padre del autor). Palabras azules que adornan las secuencias narrativas sobre el Ramadán: Rashida se alisa su caftán mientras observa a su visitante. Este recuerda la mejor harira y el cuscús preparados por Rashida, durante el mes del sacrificio.

La voz del autor, en estas líneas finales del relato, provoca alguna que otra lágrima en el lector, cuando confiesa que hacía tres años que moría su madre y ahora “asisto a la ignominiosa pérdida de los recuerdos de mi madre musulmana”. Ha envejecido tanto que el tacto rugoso y seco de su piel la hace irreconocible. Ha sido raptada, nos dice, por espíritus malignos, los djinni.

Tal como nos lo cuenta el narrador autodiegético, parece que los que rodean a Rashida asistieran a un ensayo de su fallecimiento. Pero la anciana se mueve de un lado a otro, incluso llega a decirle a Sergio palabras emocionantes y que nos hacen pensar sobre esa enfermedad tan cruel: sé que te quiero mucho, pero no sé por qué.

(Interpolo la anécdota conocida del esposo que todos los días acude a la residencia donde su esposa está siendo atendida por padecer Alzheimer. Una persona le dice al esposo por qué venía a diario a visitarla, “si ella no sabe quién es usted”. A lo que el marido de la enferma residente le respondió: pero yo sí sé quién es ella].

Quizás Sergio sintió la misma sensación y hubiera respondido lo mismo a una pregunta similar. Es decir, aunque quizás “yo he dejado de existir para ella”, no ella para mí.

En “La pequeña Zoubida”, las palabras azules son: dariya, Iqraa, barmús, Lalla, Ramsar, beia y como en otras novelas del autor, un lugar repetido: Tlata de Reixana, pequeño pueblo donde su cultivan unos ricos melones y que dista pocos kilómetros de Larache. Llama la atención del lector, como en todas las novelas de Barce, la habilidad/destreza y sensibilidad en las descripciones. Para no hacer un spoiler (perdón por el anglicismo tan usado hoy) de este relato, solamente añadiré que las palabras destacadas como azules están al servicio de la intención del autor, que no es otra que la de destacar la valía de la protagonista, Zoubida, empleada desde los 9 años al servicio de los señores, doctor Zaidi y su esposa Lalla Latifa. El profesor Mustapha Lahchiri, también al servicio de esa familia, observa la situación de la pequeña Zoubida y de algunas injusticias sobrevenidas contra ella en ese hogar; la defiende, le da clases y descubre su talento para el dibujo.

Los recursos kinésicos de que hace uso el narrador son también indicadores de lenguaje, de actitud ante los acontecimientos de ambos protagonistas, el profesor y la pequeña Zoubida: sentimiento de vacío del profesor, que se reconoce en el dibujo/retrato que le hizo Zoubida: «facciones adultas, nariz recta, y esos ojos algo cansados, incluso esa minúscula mácula en la sien izquierda heredada de una pedrada en la niñez». Y los ‘kines’ en la joven Zoubida, con un embarazo de los de toda la vida, entre adolescentes que conviven en la misma casa, en este caso, el hijo de los señores y la sirvienta: «la boca descolgada, una mano al cuello», para indicar todo el nerviosismo y la decisión que habría de tomar ante el empuje/ánimo que le daba su protector, el profesor Lahchiri: “no te inclines ante nadie. Eres especial, y eres mujer”.

Es un relato extenso que, quizás, encierre todo un pensamiento múltiple: por una parte, contra el abuso de los señores respecto de sus empleados, en este caso, empleada ya al cumplir los 9 años. Desde que entró a trabajar para esos señores, Sidi Abdellatif Zaidi y Lalla Latifa, “jamás osó levantar la cabeza”. Y, por otra, a favor de las personas especiales, las mujeres. Curiosa bandera, enarbolada con palabras cargadas de función estética, cuando es bastante popular y extensiva la opinión de que el Islam subestima a la mujer.

[Pero cuando se hace un recorrido por la consideración/valoración de la mujer a lo largo de la historia de todos los pueblos, con culturas y religiones diferentes, se observan similitudes degradantes para ellas, si bien los tiempos modernos y, sobre todo, las naciones democráticas han resuelto las diferencias e injusticias en la relación hombres-mujeres. La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer es un Tratado Internacional adoptado en 1979 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, si bien no todas las naciones del mundo se adhirieron a este Tratado].

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es jose-luis-perez-fuillerat.jpg

JOSÉ LUIS PÉREZ FUILLERAT con mis libros

El Cuarto pilar es la profesión de fe o Chahada, que contiene un solo relato: LA HERENCIA. Un narrador experto en anacronía: unas veces analepsis y otras recuperando el presente para volver al pasado. Dos personajes, Moisés, judío, que fue adoptado como abuelo por el musulmán Ibrahim. Dos hombres muy diferentes, pero que se llevaban muy bien. El actante sujeto de la acción es Rayan, nieto de Ibrahim que tiene que decidir vender o no unas tierras heredadas tras la muerte del abuelo. Tierras que han tenido almazaras, produciendo un aceite de oliva muy ponderado en la narración. Porque “el aceite es la vida”, se repite. En efecto, sabemos que es símbolo de pureza, espiritualidad y luz. En el cristianismo se emplea en las ordenaciones sacerdotales y en la extremaunción. También en la masonería, junto al trigo y el vino, forman la triada simbólica de fecundidad, vigor y resistencia. De ahí todo el canto al aceite en este relato, en el que, ante un notario, se decide la herencia que ha de decidir firmar el nieto Rayan.  

Y para todos estos contratos, actos serios, incluso acciones cotidianas, hay que contar con la ayuda de Allah. Así que la profesión de fe es obligatoria repetirla a cada instante: “Sólo hay un Dios, Al’lah, y Mahoma su profeta”. Aunque el judío Moisés no nombra a Al’lah, sino a Dio, como debe ser; es decir en su forma etimológica más correcta.

[Las palabras castellanas/romance proceden en su mayoría del acusativo singular latino. Así de Deum > Dio. Por eso, históricamente, los judíos han tachado a los cristianos de politeístas, pues al decir Dios, procedente del acusativo plural “Deos”, en puridad etimológica, va referida esa palabra a los dioses. No es así: se trata de una de las palabras que procede del nominativo latino. En este caso de Deus, influida por el Theos griego].

Por tanto, los únicos términos azules que hay en este relato son: chahada, la profesión de fe, que hay que repetir en los momentos oportunos, y hamman, baño para lavarse y purificar el cuerpo. También el santuario dedicado a la Patrona de Larache, Lalla Menana. No es extraño que vuelvan a citarse lugares de la ciudad del Lukus, que ya conocemos los que somos lectores fieles de las novelas del que vive y va recorriendo el mundo “larachensemente”. Con la debida lentitud de fino observador, que capta todo en sus pupilas y anota en su memoria cuanto ve, siente y comparte. Lugares como el Café Lixus o el Balcón del Atlántico. Es ese mismo Balcón que “El Nadador” abandonó, para buscar el Paraíso europeo, con las mismas dudas que Rayan tenía para desprenderse o no de las tierras heredadas.

El nadador, a pesar de que conocía “el poder devorador de esa playa tan estigmatizada”, se lanzó al mar. Exhausto, fue recogido por un barco de pesca. Y Hakim clamaba a sus marineros salvadores: “Anna ir a lispania”. Su fe no pudo completarse para llegar al santuario. Y tuvo que volver y “correr hasta la tienda de su padre, abrazarlo, abrazarlo estrechamente”.

Este fracaso mítico, contado por Sergio Barce en el relato titulado “El Nadador”, incluido en su libro “Paseando por el Zoco Chico” (2014) ha sido llevado a la pantalla, con guión y dirección de su hijo Pablo y premiado en la 20ª Semana del Cortometraje de Madrid, el 15 de abril de 2018, y con el Premio Forqué en 2020. Y como “Sólo hay un Dios, Al’láh, y Mahoma su profeta”, no se debe desfallecer, pues “apenas cierra Dios una puerta, ya tiene una ventana abierta”.

[En una nota reciente que el autor escribe en su Facebook, nos anuncia que escribirá algo sobre los actuales sucesos en Ceuta y Melilla, y que, precisamente, su relato “El Nadador” (y cortometraje de su hijo Pablo) también nos quiere decir que la felicidad no siempre se encuentra alejándonos, buscando un futuro desconocido, sino en el hogar familiar, en la patria de uno. Y yo añado: siempre que en esa “Patria de uno” haya igualdad de oportunidades y justicia social como para que los jóvenes se abran camino].

El quinto y último pilar/precepto del Islam cierra este exquisito, entretenido y empático/contagioso libro de Sergio Barce: el azaque (la limosna). Un solo relato, titulado CARA DE LUZ, es el más extenso del libro. Fechado, para situarlo en el tiempo y en el espacio, en Larache y en el año 2010.

Nos advierte el narrador que debemos hacer un esfuerzo en la lectura: los diálogos de los personajes están en dariya, el dialecto marroquí, salvo los que aparecen en cursiva, que han de ser leídos como dichos en español.  Comenzaré por citar dos nombres. Aunque se repiten los nombres de aquellos dos mozalbetes, Ahmed y Dris,  del primer relato con los de este último, se trata de mera coincidencia, derivada de lo usual que son en el mundo musulmán.

En éste, el Hach Ahmed el Ouazzani, ya con 80 años, cumple con la entrega del azaque a la Beneficencia musulmana. Se encuentra con Sibari, apoyado en sus muletas por problemas de diabetes. Una vez más, el autor omnisciente, se enmascara en el personaje Ahmed que, en su recorrido por Larache,  recuerda plazas, cines y se lamenta de que ya no es la ciudad que era. Conversan y comunica a Sibari, con alegría, que Maruja Gallardo, hija de Manuel Gallardo (“el motorista, el mejor hombre que he conocido”, dice Ahmed) ha venido a Larache a pasar unos días. Esto permite al narrador dar un salto atrás y recordar a la pareja formada por Antonio Barce y Maruja Gallardo, “Cara de Luz” (padres del autor, Sergio Barce).

Todo un relato cargado de palabra azules: el azaque comienza y cierra la serie, que abarca casi un tercio del glosario aclarativo de las páginas finales del libro y que dejo al lector para que las vaya interpretando, conforme avanza en la lectura: fayar, jaquetía, smen, rarif, jay, tleta, safi, wáha, kulshi misián, darbukas, ¡se haga el mazal!, saha, hiyab negro, rostro yebalí, mejaznis, yaban kuluben, nesranis, Incha Al’láh, bilati, susi, safi.

Se trata de un recorrido completo por Larache, recordando lugares (El Café Lixus, el Zoco Chico,  Cines Ideal, Avenida y Coliseo; Teatro España). Pero, sobre todo, la figura de Maruja Gallardo, “Cara de Luz”, rubia de 13 años, de la que se enamoró Antonio Barce, sirviendo Sibari de mensajero (celestino). Se recuerda con nostalgia a toda una pléyade de personajes de la historia pasada de Larache.

Dejo para los lectores, la actitud del Hach Amed, arrepentido de no haber dado limosna a una mendiga: “lleva cuarenta y siete dirhams y no has sido capaz de darle uno solo a esa mujer” (voz del narrador). Tampoco pudo acudir al encuentro con ‘Cara de Luz’. Mucho arrepentimiento y promesas de ir a la mezquita, dar limosna y rezar.

Las páginas finales son muy emotivas.

Málaga, martes 25 de mayo de 2021 

Etiquetado , , , , , , , , , , , ,

A VUELTAS CON «EL NADADOR» TRAS LOS SUCESOS DE CEUTA

Tras los sucesos de Ceuta, sobre los que estoy escribiendo un pequeño texto, y que publicaré en estos días, he pensado mucho en mi relato El nadador, que con tanta fortuna llevara al cine mi hijo Pablo. Y aunque su trama se desarrolla en Larache, bien podría trasladarse a otras ciudades marroquíes.

Lo que pretendíamos con mi historia y con el cortometraje, era demostrar que la felicidad, en la mayoría de las ocasiones, por no decir siempre, no se encuentra al otro lado, donde creemos que nos espera un futuro mejor (puede que a veces suceda, pero en la mayoría de los casos solo causa dolor, desarraigo y desesperanza, además de frustración y hasta de marginación), sino en el lugar donde están los nuestros. Yo, que no creo en las banderas, ni en las fronteras, ni en los políticos, ni en los nacionalismos del tipo que sean, me aferro a la ciudadanía, a la gente, a las personas.   

Para los que no conocéis mi cuento ni el argumento de la película, os traigo mi relato que inspiró el guion que escribimos entre Pablo y yo. Una experiencia que ya hemos repetido y que, si todo va bien, pronto dará sus frutos.

Os dejo pues mi historia y el enlace donde poder ver el corto.

El nadador forma parte de mi libro de cuentos Paseando por el zoco chico. Larachensemente (2ª edición – Edic. del Genal – Málaga, 2015).

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es pablo-barce-premio-maria-forque_1430567612_115643016_667x375.jpg

PABLO BARCE recogiendo el Premio Forqué al Mejor Corto de Ficción por «El nadador», junto a los productores César Martínez y Antonio Hens

Enlace de El nadador, dirigido por Pablo Barce: 

http://www.dexiderius.com/p02.html

EL NADADOR

Los brazos se hundían fabricando una espuma salada que se diluía a su espalda tras una existencia efímera. Igual ocurría con la pequeña estela de ondas dispersas que abandonaba atrás. Todo el movimiento era de una armonía impecable: los brazos, las piernas, el giro de la cabeza al tomar aire, sumergirla y expulsar ese mismo aire por la boca, bajo el agua. En ningún instante cerraba los ojos. Hakim veía en el fondo primero la arena y las algas desvalidas, luego sólo arena y, más tarde, el verde azulado del océano.

Oía el chapoteo que él mismo provocaba avanzando sin descanso. Nada de parar, seguir, seguir, seguir adelante. Detenerse podía significar la rendición, perder el equilibrio, agotarse en medio del vacío. Había recorrido al menos doscientos metros, y oía el bombeo de su corazón, distinto al del comienzo, y cómo los brazos golpeaban la superficie esmeralda, cómo sus pies pateaban igualmente para ayudarlo a avanzar. Trataba de no perder la concentración en su respiración acompasada, obsesionado ante la idea de perder el ritmo y sucumbir, verse humillado. Pensó de pronto en Haddu y en Abdelilah, riéndose de su estrepitoso fracaso. Le lanzarían el balón de cuero contra la espalda, mofándose, como solían hacer cuando le colaban un gol por debajo de las piernas.

-Eres tonto, Hakim. ¿A dónde crees que vas? ¿A las Canarias?

Pensar en sus posibles burlas lo espoleó, e insufló un desesperado ardor a su empeño.

Calculó que ya estaría a medio camino. No quería comprobarlo porque el hecho de intentarlo siquiera podía agobiarlo, tragaría agua y entonces solo podría agitar los brazos sin encontrar nada. Ya le había ocurrido meses antes y se juró no repetir la experiencia. En aquel momento, creyó que moría, pero la providencia quiso que alguien, desde uno de los pesqueros, se percatara. Lo sacaron medio ahogado y estuvo un buen rato vomitando y tosiendo en la cubierta. Recordaba que olía mucho a salazón y a redes mojadas.

Hoy se había lanzado desde el faro del espigón. Dejó a la derecha la playa peligrosa y se esforzó por alejarse de la otra banda, de la entrada al puerto, de la desembocadura del Lucus. Ahí no corría el riesgo de verse arrastrado por la marea. Eran ya doce años nadando frente a los acantilados de Larache, su pueblo, y se conocía los vericuetos y las trampas que las aguas habían trazado desde los siglos.

A Hakim le gustaba nadar tras los barcos que arribaban a la almadraba. A veces lo hacía con Haddu y con Abdelilah, pero ellos se aburrían enseguida y regresaban a la playa. Preferían jugar a la pelota sobre la dura arena de la bajamar. También le gustaba a Hakim sentarse más tarde al borde del dique, inundado por el olor dulzón de los atunes muertos que, colgados a popa, reluciendo con el reflejo del sol anaranjado, parecían armaduras despojadas al enemigo y que se exhibían al pueblo como trofeos de victoria. Solía hacer incursiones por la boca del puerto, por entre las pateras que cruzaban a la gente hasta la otra orilla, ésas que iban a la playa y regresaban como agotadas tortugas. Los niños asomaban entonces los bracitos por encima de la borda de las barcas de remo. Hakim los perseguía asumiendo, con gozosa jovialidad, su papel de tiburón de guiñol. Disfrutaba con las risas nerviosas de los niños que, dando gritos, risueños, excitados, escondían sus bracitos resguardados en la patera mientras él se impulsaba con las piernas en un pequeño salto para dar un mordisco al aire.

-¡Ñam, ñam! –abría la boca con exageración.

Hakim soñaba con llegar a Europa, embarcarse en algún mercante o en uno de los pesqueros que fondeaban a unos cientos de metros frente al castillo de San Antonio. Los observaba desde el Balcón del Atlántico. Por la noche eran como diminutas luciérnagas que se mantuviesen paradas aleteando en un punto indeterminado. Hakim soñaba también con cruzar el océano, desembarcar en España y llegar a Madrid, poder ver jugar al Real en el Bernabeu. Desde muy pequeño suspiraba por sentarse en las gradas del estadio, pedirle un autógrafo a Roberto Carlos.

A Haddu se le abrían los ojos, brillando con excitación, al imaginarse también en los graderíos. Se morían de risa, de puro nerviosismo, cuando pensaban en todo aquello, cuando se veían vitoreados por la afición o corriendo por la banda hasta llegar al balón y abrir al área donde Zidane cabecearía al fondo de las mallas. Haddu se tumbaba boca arriba con una sonrisa atolondrada en los labios.

Hakim seguía nadando. Las burbujas subían casi rozando su cara, esquivándola, y formaban una espuma escuálida que se mezclaba con la que producían sus brazos. No quería mirar al frente, sólo al fondo del agua. Calculaba que aún debía de nadar otros veinte minutos más.

Durante las mañanas, Hakim ayudaba a su padre a montar el puesto de orfebrería que tenían en la calle Real. Estaba bien situado, pero su padre no era precisamente un hombre agradable, ni tenía dotes de comerciante. Si hubiese sido de otra manera, como Yebari, seguramente se habría labrado una buena posición. Pero como solía decir, en realidad sólo se había propuesto una cosa en su vida: pasar desapercibido, no molestar a nadie y no ser molestado. A Hakim lo sacaba de sus casillas ese carácter pusilánime de su padre y, en cuanto tenía oportunidad, se escabullía de la tienda. Entonces era cuando bajaba por la calle Real hasta las escalinatas del puerto, dejaba sus ropas en la patera de Abdussalam, se lanzaba al agua y nadaba. Se sentía entonces bien consigo mismo, como si la desembocadura del río, el mismo puerto y las playas de Larache fuesen el mejor lugar del mundo, el único en el que se sentía realmente libre y sin ninguna obligación.

Había descubierto el placer de nadar adentrándose en dirección al inalcanzable horizonte, evitando las corrientes, alejándose de la playa peligrosa cuanto sus brazos y sus piernas le permitían. Desoía a Abdelilah que, siempre temeroso, le gritaba desde la orilla, casi persiguiéndolo hasta que el agua le llegaba a la cintura.

-¡Ayi, Hakim! ¡No seas loco! ¡Vuelve, por Dios!

Pero él se entregaba a las caricias del océano, dejándose llevar por su propio entusiasmo.

La playa peligrosa encerraba sus propias leyendas, viejas historias que contaban los ancianos del barrio de Las Navas y los ciegos del Zoco Chico. También Hakim había sido testigo del poder devorador de esa playa estigmatizada, siempre agitada, seria, con salvajes dibujos de crestas hambrientas rompiendo en un rugir atronador. Cuando estaba sentado, al borde de su orilla amenazadora, sentía que Aixa Candixa nadaba en sus aguas. Allí vio llegar un cuerpo hinchado, deforme e irreconocible, un hombre al que mordisquearon peces embriagados y que seguramente trató de mantenerse a flote creyendo poder doblegar a su propio destino. Vio ese cuerpo maltratado, con algas podridas asomando de una boca corrompida, oscura, y sintió que aquello era una advertencia.

-Ten cuidado –musitó Abdelilah a su lado, sin poder apartar la mirada de ese cuerpo desnudo.

Al anochecer, Hakim se quedaba sentado en la balaustrada del Balcón y seguía con sus ojos almíbar al sol, que caía lenta, pausada, lacónicamente. Haddu y Abdelilah le pasaban un pitillo, que compartían en silencio. La silueta del castillo de San Antonio, recortado contra el rojizo firmamento, avanzaba entonces como si con la noche le fuese permitido navegar sobre las aguas. Hakim lo observaba con atención y sentía un viejo palpitar en el interior del edificio, algo así como un alma agotada por sus recuerdos. Allí sentado, Hakim era capaz de llegar al borde del horizonte, nadando sin desmayo, ayudado por Lalla Menana, y algunas veces hasta se veía ya sentado en la tribuna del Santiago Bernabeu animando a su equipo.

Soltó el aire bajo el agua, notando cómo los pulmones quedaban vacíos, y vio las burbujas ascendiendo igual que diminutas bolas de cristal. No necesitaba levantar la cabeza para saber que se encontraba muy cerca del casco del pesquero español que había divisado desde el espigón. Su cercanía aumentaba sus pulsaciones. De pronto, la sombra de la silueta metálica le cubrió como un nubarrón sorprendente y dejó de nadar. Flotaba dejando el cuerpo lacio, haciéndose el muerto, con la cara resplandeciente y la vista vagando por el azul plano del cielo. Al poco, unas voces lo animaron a acercarse al barco. Hakim dio una brazada y alargó una mano al vacío. Sintió cómo lo asían con fuerza. Tiraron de él y lo entraron en la cubierta, empujado por varias manos de dueños diferentes y de ánimos encontrados.

Apenas pudo abrir los ojos. Se sintió tan agotado que las piernas no lo sostenían y lo dejaron descansar sobre los aparejos. Las gaviotas planeaban por encima de su cabeza. Las oyó graznar, como si exigiesen que se les sirviese el almuerzo a una hora convenida. Hakim apoyó los codos en las redes, el olor a pescado se le colaba por las fosas nasales con cierta virulencia. Una mano desconocida, encallecida y ruda, le ofreció una taza de caldo. Lo bebió con parsimonia, y le supo caliente y reconfortante. Cuando se sintió recuperado del todo, se incorporó, acercándose a los hombres que charlaban distraídamente en la sentina.

-Cómo se te ocurre venir nadando, chaval… –los tres hombres lo miraron con curiosidad, dibujando sonrisas indulgentes.

–Anna ir a lispania… –dijo Hakim.

Sintió ese bocado que le aprisionaba el estómago cuando se aventuraba a pedir que le ayudaran a cruzar al otro continente, una extraña sensación de miedo a lo desconocido, a verse solo lejos de sus padres y de su hermano, de Haddu y de Abdelilah. Su bañador descolorido, que alguna vez fue negro, le daba un aspecto desangelado. O quizás fuese su delgadez extrema la que movía a compadecerse de su aparente fragilidad.

-Nos ha jodido bien… –refunfuñó el mayor de los tres marineros-. Éste lo que quiere es que lo llevemos de polizón…

–Jay, io no molesta, lo juro. Taiudo… limpia, trabaja… –Hakim se llevó una mano nerviosa a la boca–. No coma mucho… no molesta.

Se mordió el labio. En el fondo, temía que lo ayudaran, que le dijesen que se escondiera en la bodega.

-Lo siento, colega. Hay demasiadas patrulleras.

Las gaviotas se acercaban a la cabina de manera un tanto suicida y sus graznidos parecían tornarse paulatinamente en alaridos desconsolados. A Hakim lo intimidaban, y de vez en cuando les dedicaba una mirada torva. Nunca se había fiado de ellas.

-…io no molesta, jay… Io ver Raúl y Roberto Carlos…

-¡Cagonlaputa! Éste es del Madrid, macho –el marinero más joven escupió en el suelo–. La has cagado, tío. El capitán es del Barsa… Joder, nos ha confundido con un barco de recreo…

El mayor de los marineros se quitó la gorra que le cubría medio rostro y la sacudió contra la pernera de su pantalón. Guardó silencio unos segundos, mirando a Hakim como sopesando la situación; luego, chasqueó la lengua y, poco después, meneando la cabeza de un lado a otro, señaló con la gorra a la costa.

-Vuelve a tu casa, chaval… Vete antes de que el capitán te dé una patada en el culo.

–Io bueno, jay…

-Venga, paisa, no jodas la marrana…

Hakim apenas insistió. Y su exigua protesta la hizo además sin pizca de entereza. Era la misma historia que se repetía, como en las anteriores ocasiones en las que nadó hasta otros pesqueros. Sabía que ninguno correría el riesgo de llevarlo, pero siempre lo intentaba. Era como jugar con el azar. Presentía que Lalla Menana le tenía reservada una sorpresa, que su vida no podía ser como la de los otros niños de la calle Real. Y rezaba porque así fuese, rogando a la patrona que lo ayudara, y, si además, también lo hacía con sus padres y con su hermano mucho mejor.

Volvió a vigilar a las gaviotas y comprobó que estaban más interesadas en la cabina del barco que en él, de manera que aprovechó ese momento para lanzarse de nuevo al agua. Oyó vagamente las voces de los marineros, más débiles a cada brazada, hasta que se apagaron, al igual que los graznidos enfermizos y lastimeros de las aves. Se esforzó entonces por concentrarse en la respiración, en los movimientos de los brazos y de las piernas. No les contaría nada a sus amigos. Sólo les diría que había estado nadando un rato, como las otras veces. Sólo eso.

Volvió a sentirse tranquilo, libre de todos. Sin saber por qué, se atrevió a levantar la cabeza y vio la costa, el faro del espigón, el castillo de San Antonio irguiéndose con los restos de su orgullo resquebrajado, las rocas de Ain Chakka, bajo los jardines del Balcón, el cementerio viejo, también las casas apiñadas, como colgadas sobre el acantilado. Una ojeada rápida, subrepticia, y, pese a ello, Hakim se sorprendió de cuánto había podido abarcar con tan liviano gesto. Fue capaz de verlo todo y eso le hizo sentirse seguro de sí mismo. Supo que alcanzaría la playa sin demasiado esfuerzo, supo que eso era sin la menor duda lo que deseaba: llegar a la arena, pisarla, sentir la cercanía de su pueblo, correr hasta la tienda de su padre, abrazarlo, abrazarlo estrechamente.

Sergio Barce

Etiquetado , , , , , , , , ,

TRES FOTOS Y UNA PUERTA PINTADA DE AZUL

Tres fotos que me han ido enviando tres lectores, por tanto, también tres buenos amigos, de la portada de mi último libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal, 2020). La primera desde Tánger, que me hace llegar Saloua El Arfaoui (una foto en la que están muchos de mis títulos); la segunda, es de Pedro Mate Calderoni, también tanyaui, pero que hizo en San Juan de Alicante, y, por último, desde Málaga, mi paisana larachense Pilar Carmona. La puerta azul sigue abriéndose…

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es saloua-el-arfaoui.jpg

***

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es foto-de-pedro-mate-calderoni.jpg

***

Etiquetado , , , , , , , , , ,

LAS LLAMAS NO PODRÁN CON LA LIBRERÍA PROTEO DE MÁLAGA

Abderrahman El Fathi, Ahmed El Gamoun, Ahmed Mgara, Ahmed Oubali, Alberto Gómez Font, Alfredo Taján, Alice Wagner, Alicia Acosta, Alicia Muñoz Alabau, Ana Añón, Antonio Abad, Antonio Bravo Nieto, Antonio Fontana, Antonio García Velasco, Antonio Herráiz, Antonio Lozano, Antonio J. Quesada, Aurora Gámez, Aziz Amahjour, Bernabé López García, Carlos Salazar Fraile, Carlos Tessainer, Carmen Enciso, Cecilia Molinero, Cristián Ricci, Cristina Martínez Martín, David Rocha, Eloísa Navas, Emilia Luna, Encarna León, Enrique Baena, Enrique Lomas, Farid Othman Bentria Ramos, Felicidad Batista, Fernando Castillo, Fernando de Ágreda, Fernando Tresviernes, Francisco Morales, Francisco Muñoz Soler, Francisco Ruiz Noguera, Francisco Selva, Fuensanta Niñirola, Guillermo Busutil, Herminia Luque, Hipólito Esteban Soler, Inmaculada García Haro, Iñaki Martínez, Javier Lacomba, Javier Otazu, Javier Rioyo, Javier Valenzuela, Jes Lavado, José A. Garriga Vela, José Mª Lizundia, José F. Martín Caparrós, José L. Gómez Barceló, José L. Ibáñez Salas, José L. Pérez Fuillerat, José L. Rosas, José A. Santano, José Sarria, Juan Clemente Sánchez, Juan Gavilán, Juan Goytisolo, Juan José Téllez, Juan Pablo Caja, Julio Rabadán, Laila Karrouch, León Cohen Mesonero, Leonor Merino, Lorenzo Silva, Luis María Cazorla, Luis Leante, Luis Salvago, Manuel Gahete, Marceliano Galiano, Marcos Ana, María Sangüesa, Mario Castillo del Pino, Miguel Romero Esteo, Mohamed Abrighach, Mohamed Akalay, Mohamed Bouissef Rekab, Mohamed Chakor, Mohamed El Morabet, Mohamed Lahchiri, Mohamed Sibari, Miguel Sáenz, Miguel Torres López de Uralde, Miguel Angel Moreta Lara, Montserrat Claros, Mustafa Busfeha, Pablo Aranda, Pablo Macías, Pablo Martín Carbajal, Paloma Fernández Gomá, Patrick Tuite Briales, Paula Carbonell, Pedro Delgado, Pedro Munar, Pedro Pujante, Pepe Ponce, Presina Pereiro, Rafael Ballesteros, Ramón Buenaventura, Randa Jebrouni, Remedios Sánchez García, Roberto Novella, Rocío Rojas-Marcos, Sahida Hamido, Said El Kadaoui, Saljo Bellver, Salvador López Becerra, Santos Moreno, Sergio del Molino, Sonia García Soubriet, Susana Gisbert, Tahar ben Jelloun, Tomás Ramírez, Víctor Morales Lezcano, Víctor Pérez, Yolanda Aldón y Zoubida Boughaba Maleem.

Todos estos autores podéis encontrarlos en la página web de la Librería Proteo, de Málaga, que, como ya sabéis ha sufrido un grave incendio.

Librería Proteo necesita nuestra ayuda. Con todos estos autores que he mencionado me une algo, vínculos afectivos y de amistad en unos casos o eventos compartidos en otros. Por eso destaco sus nombres. Y para ayudar a la Librería Proteo, que tanto significa para Málaga y para nuestras vidas, que es además la sede de Ediciones del Genal, con quien he venido publicando mis últimos títulos, os pido que compréis al menos un libro de cualquier de estos escritores, el que más os guste o al que queráis descubrir por primera vez, y que la compra la hagáis a través de la web de Librería Proteo, que os indico:

https://www.libreriaproteo.com/

Entre todos, la librería Proteo de Málaga va a renacer, y entre todos vamos a ayudarles a que vuelva a señorear como ha hecho en estos cincuenta años. Durante la dictadura fue el lugar donde poder hallar los libros prohibidos y censurados, el refugio de quienes buscábamos aire puro. Tenemos que reencontrarnos de nuevo entre sus estanterías, abriendo los libros que se exponen, oliendo las páginas recién editadas, hallando nuevas aventuras en las que embarcarnos… 

Sergio Barce, mayo 2021

 

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

«LA IMAGEN DEL MORO Y OTROS ENSAYOS MARRUECOS», UN LIBRO DE MIGUEL A. MORETA-LARA

“Sebastián de Covarrubias, el autor del estupendo diccionario Tesoro de la lengua castellana o española (1611), muestra el estado de opinión de su siglo cuando define palabras como:

  • Morabito (“grandes bellacos hipocritones, exercitados en diversos linages de pecados”)

  • Monfíes (“deprendieron nuestra lengua, pudiendo armar traiciones <…> ladinos <…> hombre ahuyentado y retraído o bandolero”)

  • Sarracenos (“robadores o salteadores”)

  • Turco (“gente baxa y de malas costumbres, que vivían de robar y maltratar a los demás”)»

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es la-imagen-del-moro-portada.jpg

Miguel Ángel Moreta-Lara recoge este mínimo extracto del diccionario de Covarrubias para ilustrar, junto a otros buenos ejemplos, el capítulo titulado <El arte de injuriar. Apuntes de lexicografía> que forma parte de su interesantísimo libro titulado La imagen del moro y otros ensayos marruecos.

Me he llevado una buena sorpresa con este libro porque demuestra que, a lo largo del tiempo, esa imagen del moro y el uso de los términos despectivos, insultantes e infames han servido desde muy diversos lugares e instancias para demonizar a quienes tienen un origen determinado. He hecho grandes descubrimientos en sus páginas, y Moreta-Lara ha sabido escoger muy bien los campos en los que desarrolla cada uno de sus capítulos, nada convencionales y muy enriquecedores. Más en estos días que corren.

Su primer capítulo, <La imagen del moro en la Literatura de la guerra civil española>, es ya de por sí un magnífico escaparate para estudiar el uso de una terminología denigrante y xenófoba, arrojando luz sobre su uso en uno y otro bando, lo que resulta muy aleccionador. Por un lado, la reacción de la zona republicana ante la “amenaza del moro” que acompaña a las tropas sublevadas y a quienes temían por su supuesta violencia exacerbada y demoníaca y, por otra, la de los nacionales que, aun cuando utilizaron a los marroquíes para engrosar sus filas y atemorizar a la población, no ocultaron sin embargo su desprecio por quienes no eran, pese a todo, más que <moros>.

Escribe Miguel Ángel Moreta-Lara:

“…Así pues, ¿cómo es ese personaje del moro en la literatura de esta guerra? ¿A quién alude cuando se le describe? ¿Analiza al enemigo, en este caso un soldado marroquí? Veremos que no: asistiremos a la emersión de una entidad más imaginaria que real, que remitirá antes al sujeto que pinta que al objeto pintado, a una puesta en escena que venía de muy atrás. En estas páginas será inevitable hacer incursiones a otras épocas, puesto que la escenografía mental es previa a la cronología de la guerra civil. Es reveladora, a este propósito, la forma en que, durante las primeras horas de la sublevación, se apoderó de Sevilla el general Queipo de Llano: <vistiendo a sus soldados con pantalones bombachos y tiznándoles la cara para que parecieran moros, hizo varias salidas en camiones contra los barrios obreros>

(…) A la pluma del mismo autor (Agustín de Foxá) debemos la que es, sin duda, joya del romancero fascista y merecedora ella sola de un análisis pormenorizado. La pieza referida, panoplia de clichés, archivo de la caricatura, summa de la retórica imaginaria de la alteridad disminuida y escaparate de la bobería (la flor morena de África, buen moro, platerillo, español de piel morena), es el <Romance del Abdelazis>:

No llores, Abdelazis;

no llores, que vas a España.

Que el fusil te lo da Franco

y en el fusil, su palabra;

y está el jardín del Profeta

al otro lado del agua.

(…)

¿Harás el té en las trincheras,

Abdelazis, por España?

(…)

Sé que caerás una noche,

y Alá sabe en qué batalla.

(…)

Pero sé que está tu sangre

defendiendo a mis campanas,

mis libros de El Escorial

y mis custodias labradas.

Que al otro lado del monte

los hombres sin Dios te aguardan,

con tanques de oro judío

y cien banderas de Asia.

Más adelante tendremos que citar el <Romance del mulo Mola> del poeta republicano José Bergamín, espejo del de Foxá. Ambas son estupendas composiciones, no tanto por sus ideologías respectivas -que lo son, et pour cause-, sino porque totalizan un muestrario de imágenes literarias, religiosas y escatológicas. La diferencia está en el tono: enaltecedor uno, violentamente imprecatorio otro. (…)  …un poeta de la categoría de José Bergamín se permitió echar una paletada en la construcción de un estereotipo que -cosas de la guerra- ya corría como la pólvora, para descrédito de las <tropas mulatas>, como él mismo escribió en su <Romance del mulo Mola>:

Ya están pidiendo madrinas

las tropas de las mejalas.

La Media Luna ya tiene

protección de las beatas.

¡Cómo curan sus heridas,

cómo el moro les regala

sangrientos ramos de flores

llenos de orejas cortadas.”

En fin, uno y otro bando usando al marroquí, al moro, como arma arrojadiza. Uno usándolo en su beneficio, para años después tratarlo con la punta del pie. Otro utilizándolo para remover las entrañas y convertirlo en enemigo mortal.

Pero Miguel Ángel Moreta-Lara, al que por fin conocí hace pocos días en un emocionante encuentro virtual de escritores que hemos vivido nuestra infancia en Marruecos (él nació en Rincón, Tetuán, y pasó su niñez en Villa Cisneros), no se detiene solo en esta confrontación para hurgar en esa visión vergonzosa hacia el moro de la que no se desprende del todo nuestra sociedad, y así, en otros capítulos de su libro, nos desvela la utilización que se hizo de la imagen del moro por autores tan diversos como González Ruano o la condesa d´Aulnoy, con pinceladas realmente curiosas; o cómo se empleó en el cuplé marroquista (reconozco mi absoluto desconocimiento al respecto), capítulo éste muy ilustrativo; su uso en la literatura del siglo XVII o, por no ser exhaustivo, en los dos capítulos que emplea para demostrarnos su uso como insulto o vituperio. Es en uno de estos dos últimos, ya mencionado, donde Moreta-Lara recopila una larga relación del arte de injuriar desde la lexicografía. Me permito reproducir solo una mínima parte del listado del uso peyorativo del español hacia el musulmán, al magrebí, al moro:

USO PEYORATIVO: moraca, moraco, moranco, morángano, morazo, moracho, morito, moromierda, moromusa, moromuza, moromurcio, morube, morucho… y sigue.

El libro se cierra con unas páginas dedicadas a la <Marrocofobia y marrocofilia en la narrativa europea> y unos capítulos que analiza la existencia o no de una narrativa marroquí en español, muy interesante, y un análisis más que enjundioso de las obras de nuestros comunes amigos Mohamed Lahchiri y Ahmed el Gamoun.

Acabo este sucinto comentario del libro de Moreta-Lara copiando unas breves palabras más:

“…el patrioterismo más filisteo y la sicalipsis más desaforada no podían faltar en la canción de tema africanista. <Legionarias del amor> (Álvaro Retana para Chelito) aúna salacidad, belicismo, sexismo y crueldad; estas chicas madrileñas y guapas deciden formar una legión:

Para ver si conseguimos

A los moros dominar

Y cortarles la cabeza

O algo que les duela más.»

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es la-chelito.jpeg

LA CHELITO

Como digo, un libro realmente ilustrativo que demuestra, por desgracia, la permanencia en el tiempo del uso más peyorativo e insultante de una terminología llena de visceralidad y que tiene su máxima expresión durante las guerras en Marruecos y, en especial, tras el desastre de Annual.

La imagen del moro y otros ensayos marruecos, ha sido publicado por Ediciones del Genal (Málaga, 2018), con prólogo de Eduardo López Busquets.

Sergio Barce, mayo 2021

MIGUEL ANGEL MORETA-LARA
Etiquetado , , , ,