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“LOS GUERREROS MARROQUÍES”, UN RELATO DE MANUEL CHAVES NOGALES

Manuel Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales

No voy a descubrir a estas alturas a Manuel Chaves Nogales, pero sí es la primera vez que lo nombro en el blog. Periodista sevillano (1897-1944) es, quizá, una de las voces más interesantes para conocer la realidad de la guerra civil española. Obras como La defensa de Madrid (Espuela de Plata – Sevilla, 2011) y A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (1937; Libros del Asteroide – Barcelona, 2011) son buen ejemplo de ello. Precisamente en este segundo título, que reúne diversos relatos todos ambientados en los fatídicos días de la guerra civil, es donde se incluye el titulado Los guerreros marroquíes, que me ha fascinado tanto por la calidad del texto como por la manera en la que Chaves Nogales retrata al caíd, un marroquí enrolado en las tropas franquistas que ha sido hecho prisionero por milicianos republicanos junto a varios de sus compañeros. Tanto el retrato de los personajes como la ambientación de esos momentos y de la crueldad de la guerra, cuyas leyes son abominables e inmisericordes, son magistrales. Y personalmente me confirma mi idea de que esos pobres diablos que vinieron de Marruecos a España a una guerra que no era suya y a defender la causa fascista fueron usados como carne de cañón e instrumento del terror que habían diseñado desde el comienzo Mola, Queipo y Franco.

Sergio Barce, agosto 2019

Extracto de Los guerreros marroquíes:

 “…El miliciano, confuso, huía la mirada del moro.

-¡Te matarán, moro, te matarán! ¡No te hagas ilusiones!

Y para no dejarle lugar a dudas, hacía ademán de cortar señalando a su garganta. El caíd, sereno, respondía:

-No importa. Moro estar agradecido a ti.

La camioneta cargada de prisioneros había legado al centro de Madrid. Eran las cinco de la tarde, y a aquella hora las calles céntricas estaban rebosantes de una muchedumbre animada y bulliciosa. Los moros, puestos de pie en la batea de la camioneta, eran un espectáculo inusitado y pronto corrieron tras ellos chicos y grandes. En un cruce de la Gran Vía se detuvo la camioneta y pronto la rodearon millares de transeúntes ávidos de ver de cerca y de tocar a los prisioneros.

Alguien debió de creer que aquella exhibición de los moros apresados sería eficaz para levantar el ánimo y la moral combativa del pueblo, porque a partir de entonces la camioneta cargada con las dos docenas de cabileños supervivientes anduvo de calle en calle durante toda la tarde, parándose en todas las esquinas y rodeada siempre de una masa enorme de madrileños que se regocijaban al ver a los moros haciendo incansables el saludo antifascista.

-Como ésos -decía jactancioso una madrileño castizo- hemos cogido más de diez mil.

-Es que se han sublevado, ¿sabe usted?, han degollado a Franco y se han pasado a nuestras filas -replicaba otro, al que esta versión le parecía más verosímil que la de la captura de los diez mil marroquíes.

-¡No, si los moros son muy bolcheviques! ¿Verdad, Mustafá? -preguntaba un tercero encarándose amistosamente con uno de los aturdidos prisioneros.

Los moros, como si quisieran corroborar esta ingenua presunción, se desgañitaban dando vivas a la República. Alguna vieja gruñona o algún miliciano mal encarado decían al paso:

-Lo que hay que hacer con todos esos tíos asesinos es fusilarlos por la espalda.

Siempre había quien replicaba:

-A los que hay que fusilar es a quienes los han traído, a los fascistas, cien veces más criminales que ellos.

Porque, en realidad, la exhibición de los moros prisioneros no provocaba en la masa del pueblo una gran irritación contra ellos. El buen pueblo de Madrid consideraba a los moros -que hubieran podido entrar a sangre y fuego por sus calles y plazas- como a instrumentos inconscientes del mal que hacían. Desde su altiva superioridad de ciudadanos conscientes, los madrileños los miraban con más lástima que rencor, como a seres inferiores, pobres bestias azuzadas. Y al verlos prisioneros levantando grotescamente el puño, les daban cacahuetes, como hacían con las alimañas en la casa de fieras del Retiro.

Marroquíes en la guerra civil

La gran masa popular, que no sabe hacer la guerra ni conoce sus exigencias, se mostraba indulgente con los moros y les hubiese perdonado la vida. Pero la guerra tiene sus terribles leyes, y quienes en nombre del pueblo la hacían decretaron implacables la muerte de los moros prisioneros. Cuando al caer la noche la multitud fue dispersándose y las calles de Madrid quedaron desiertas, la camioneta cargada con los prisioneros buscó un garaje solitario de las afueras de Madrid. Había terminado la exhibición y llegaba la hora de deshacerse de aquella carga inútil de humanidad.

El viejo caíd, que había permanecido acurrucado en la camioneta al lado del veterano rojo que los custodiaba, volvió a cogerle la mano y le preguntó:

-¿Matar moros ahora?

El miliciano asintió gravemente.

-¡Alá es grande! -fue la única respuesta del caíd.

Después de una pausa el miliciano agregó:

-Yo quisiera que tú vivieses. Eres todo un hombre. Pero no puedo hacer nada por ti.

-Yo sabe; yo sabe -decía el caíd oprimiendo suavemente con su mano larga y huesuda la del miliciano-. Moro sabe que tú estar amigo aunque mates. Moro también mataría. Estar cosa de guerra y de hombres. ¡Alá es grande!

Los pusieron en fila contra una tapia y los segaron con las ráfagas de plomo de una ametralladora.”

A sangre y fuego de Chaves Nogales

Chaves Nogales falleció en Londres tras exiliarse de España primero cuando el gobierno republicano abandonó Madrid y de Francia después cuando fue invadida por los nazis.

Otros títulos de Manuel Chaves Nogales son: Juan Belmonte, matador de toros, su vida y sus hazañas (1934; Libros del Asteroide, 2009) o La agonía de Francia (1941; Libros del Asteroide, 2010).

 

 

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MICHAEL CAINE. LA GRAN VIDA. THE ELEPHANT TO HOLLYWOOD

LA GRAN VIDA cubierta

Acabo de terminar Michael Caine. La gran vida (The Elephant to Hollywood, 2010), autobiografía de este extraordinario actor británico. Me ha encantado por varias razones: tal vez porque soy un mitómano como él y además coincidimos en casi todos los actores y directores que los dos admiramos (con la pequeña diferencia de que Caine, a la mayor parte de ellos, los ha conocido en profundidad y ha trabajado a su lado), porque lo narra de una manera muy sencilla y con un fino humor, y porque he descubierto a un extraordinario ser humano.

Uno de los aspectos que más me han sorprendido de su vida es el de su niñez, adolescencia y juventud, siempre enfrentado a la miseria, a las privaciones y a las dificultades de todo tipo, y cómo su determinación y fe en sí mismo fue venciendo los obstáculos que se le presentaban.

MICHAEL CAINE

MICHAEL CAINE

Luego, en las páginas de su libro, hay un rico racimo de anécdotas curiosas, divertidas o glamourosas, como la siguiente, que sucedió allá por 1967…

   “El estreno de Alfie en Estados Unidos tuvo tanto éxito que se exhibió en cines de todo el país, algo raro para una película británica. Y el plan era que yo me exhibiese con ella en mi primera gira promocional americana, en Nueva York. Al llegar allí me enteré de que Universal había comprado Ipcress y también la había distribuido por todo el país. La respuesta a mi trabajo empezaba a abrumarme. Un año antes era un completo desconocido, y de pronto soy el protagonista de dos películas que llenas los cines de un extremo a otro de Estados Unidos y en todos sitios me reciben como a una estrella. Aunque, en realidad, el deslumbrado era yo: cada noche, en las fiestas que se celebraban en mi honor y en los restaurantes, coincidía con una leyenda del cine tras otra. En el 21 Club me senté junto a Kirk Douglas y Maureen O´Hara; en Elaine´s (que pronto se convertiría en un fijo de mi vida en Nueva York) derramé la copa de vino de Woody Allen y di un pisotón a Ursula Andress; y en el Russian Tea Room me senté entre Helen Hayes y Walter Matthau. Si, años atrás, alguien le hubiera dicho al muchacho que se sentaba en aquel cine oscuro y lleno de humo de Elephant que acabaría así, lo habría tomado por loco.

ALFIE

Pero quizá lo más memorable durante aquella gira relámpago fue conocer a la legendaria Bette Davis. Todo el mundo había sido tan generoso en aquel viaje que pregunté a Paramount si les parecía bien que organizase una fiesta de agradecimiento la noche antes de mi partida. Dos de mis nuevos amigos, la maravillosa pareja teatral compuesta por Jessica Tandy (que después, con ochenta y dos años, ganaría un Oscar por Paseando a Miss Daisy) y Hume Cronyn, preguntaron si podían llevar a Bette Davis. Yo no me lo podía creer. Cuando llegó la noche en cuestión estaba impaciente por presentarme.

-¿Sabes una cosa? -dijo arrastrando las palabras de aquella manera inconfundible-. Me recuerdas a Leslie Howard cuando era joven.

Ya me lo habían dicho antes, ¡pero ahora me lo decía Bette Davis! Y continuó:

-¿Y sabías que Leslie se tiró a todas las mujeres de todas las películas en las que trabajó… excepto a mí?

Le contesté que algo había oído al respecto.

-Bueno -dijo ella-, yo no estaba dispuesta a ser una más en su lista… pero ahora que te veo creo que tampoco me habría importado mucho.

Por la forma en que lo dijo parecía que incluso lo deseara, y yo solté atropelladamente:

-¿Le apetece cenar conmigo esta noche?

Se me quedó mirando y finalmente dijo con voz severa:

No estaba tirándote los tejos.

-No, no -repliqué apresuradamente. Y realmente no lo creía, entendí que ella quería decirme que había vivido muchas cosas y que en ocasiones uno se arrepiente de sus decisiones-. Podríamos cenar con Jessica y Hume, los cuatro solos.

Sonrió relajada.

-Me encantaría -dijo-, siempre y cuando pueda volver sola a casa en taxi.”

Tras el éxito de Alfie, la vida de Michael Caine dio un vuelco completo y se sucedieron los acontecimientos más extraordinarios para un actor de cine, en especial, lograr trabajar junto a los mejores artistas del séptimo arte. Sin embargo, Michael Caine jamás ha perdido de vista sus orígenes ni ha descuidado el cuidado de su familia y de sus amigos, que han permanecido junto a él en toda esta larga travesía.

Un punto culminante de su carrera, como él mismo cuenta, fue trabajar en el mismo proyecto con su idolatrado John Huston y con su íntimo amigo Sean Connery…

Connery, Huston, Shakira y Caine

Sean Connery, John Huston, Shakira y Michael Caine

“…Y eso es lo que me sucedió en París, en otoño de 1974.

Shakira y yo celebrábamos una pequeña luna de miel en el Hotel George V. Habíamos pasado un fabuloso fin de semana y estábamos sentados en la cama con la primera taza de café de la mañana, decidiendo qué haríamos ese día, cuando sonó el teléfono.

-¿Michael Caine?

Aquella voz era inconfundible, pero así y todo no podía creérmelo. ¿Sería algún amigo mío tomándome el pelo?

-¿Sí? -dije cautelosamente.

-Soy John Huston.

Casi dejo caer el teléfono. Huston era muy fácil de imitar -siempre he pensado que Dios debe de tener la voz de John Huston-, pero era el auténtico John Huston. Me estremecí.

-¿Michael? ¿Sigues ahí? Estoy en el bar de al lado… ¿Tienes un par de minutos para mí?

Tardé ocho en afeitarme, asearme, vestirme y llegar al bar donde me esperaba el director de directores, el que yo más admiraba, el hombre que había dirigido a mi ídolo, Humphrey Bogart, en seis de sus mejores películas, el hombre que yo consideraba como el mayor talento cinematográfico de nuestra era.

Cuando entré, el mayor talento cinematográfico de nuestra era estaba sentado con un vodka entre las manos. Trajeron mi bebida, le di un largo trago sin pestañear y el hombre mostró su aprobación con un gesto.

-Llevo veinte años intentando hacer una película basada en un cuento de Rudyard Kipling, El hombre que pudo reinar. Ya lo tenía todo listo. De hecho -hizo una pausa y me miró a los ojos-, los dos protagonistas que había elegido estuvieron sentados donde estás tú ahora.

Habría sido más elegante no preguntar nada, pero no pude contenerme.

-¿Quiénes eran?

-Gable y Bogart. -Cogí aire. Pausa dramática-. Y van los dos y se me mueren.

Nueva pausa mientras Huston perdía la mirada en su copa y yo trataba de entender qué demonios estaba pasando. Finalmente levantó la vista.

-Pero vuelvo a tener respaldo y quiero que hagas de Peachy Carnehan.

No sé cómo me atreví a preguntarlo, pero lo hice.

-¿Qué papel iba a interpretar Bogart?

-Peachy.

-Cuenta conmigo.

-¿No quieres leer el guión? -preguntó levantando una de sus pobladas cejas.

Tengo que admitir que me pudo la ansiedad. Intenté calmarme un poco y ser más prudente.

-¿Qué hay del personaje de Gable? -pregunté.

-Se llama Daniel Dravot y es el mejor amigo de Peachy.

Deseé intensamente que fuera alguien que también fuese mi mejor amigo. Esta vez fue mi turno para enarcar una ceja.

-Sean Connery -dijo.

No había más que hablar.”

Connery y Caine en El hombre que pudo reinar

El hombre que pudo reinar

Una delicia de autobiografía muy recomendable, especialmente para quienes aman el cine, y muy llamativo el contemplar junto a Michael Caine su evolución profesional a través de su relación con generaciones diferentes que van desde Cary Grant a Liam Neeson, de Jane Fonda a Scarlett Johansson, de Terence Stamp, Elizabeth Taylor o Shirley McLaine a Morgan Freeman, Christian Bale o Sandra Bullock.

Caine y Poitier

Michael Caine y Sidney Poitier

O su íntima y estrecha amistad con Connery, Sidney Poitier o Roger Moore, entre otros. Y descubres, naturalmente, que muchos de ellos no son como uno pudiera creer que son.

Sergio Barce, agosto 2019

Michael Caine. La gran vida (The Elephant to Hollywood, 2010), se ha editado en 2019 por Fulgencio Pimentel-La principal, con traducción de Alberto García Marcos.

 

 

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“PERFIDIA DE ÁSPID”, UN LIBRO DEL ESCRITOR LARACHENSE AHMED OUBALI

Hoy celebramos que acaba de publicarse el libro Perfidia de áspid, del escritor larachense Ahmed Oubali. Siempre es una alegría dar esta clase de noticias cuando el protagonista es un amigo.

perfidia

El libro es una recopilación de 7 relatos -con factura negrocriminal que asocia al suspense, la comedia, el erotismo y el romance- que se ambientan en Marruecos y España, lo cual ofrece una dinámica particular a la lectura: Ouarzazate con sus paisajes exóticos, Tánger con sus calles míticas y coloniales, Ketama asediada por los drogadictos, Rabat y Casablanca inmersas en la delincuencia, Marrakech con sus calles bulliciosas y viciosas, el Rif de las mil y una desgracias, Málaga, Algeciras, entre otras, albergando a protagonistas marroquíes y españoles, fusión de la controvertida convivencia entre ambas orillas, que el autor refleja en su libro con una nítida perspectiva etnográfica de género negro que implica un ambiente de suspense, de angustia y a la vez de divertimento placentero; un universo de vicios envueltos en intrigas permanentes con enlaces sorpresivos; una brevedad narrativa en la que todo se condensa para provocar inolvidables sensaciones en el corazón del lector. Lo propio de la ficción…

“Sureste de Ouarzazate, una tórrida tarde de agosto, en los alrededores de la zagüía sidi Munsif. Hace un calor de mil demonios. El paisaje yermo e inhóspito se extiende en la lejanía, hasta donde llega la vista. La atmósfera asfixiante parece haber inmovilizado el tiempo.

Dos hombres rastreando huellas delatadoras de la presencia de ofidios. Son cazadores y encantadores de serpientes…”

Enlace para adquirir el libro de Ahmed Oubali:

https://www.amazon.es/dp/1089403666/ref=cm_sw_r_fa_dp_U_eciuDbD4MHEBS?fbclid=IwAR2ExqDWh1DKoaQBxjvr2Zw5rhi9TldeJDH8nJAFbJaDHNyBc6fj6kTuuP0

Sarria, Barce y Oubali

Pepe Sarria, Sergio Barce y Ahmed Oubali

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LA ÚNICA HISTORIA (The only story, 2018), UNA NOVELA DE JULIAN BARNES

Julian Barnes es uno de los escritores que alimenta habitualmente mi poso narrativo. Aguardo siempre la nueva publicación de Barnes, y la de Richard Ford, Paul Auster, Cormac McCarthy y J.M.Coetzee, igual que espero la nueva película de Woody Allen, y la de Paolo Sorrentino, Thomas Vinterberg, Wes Anderson o Quentin Tarantino. Entre medias, acudo a las páginas ya leídas para revisitarlas, las escritas por Cortázar, Chukri, Bowles, Melville o Capote, y vuelvo a ver las imágenes que rodaran Hitchcock, Coppola, John Ford, Peckinpah o Leone. Siempre me parecen nuevas. Y también, por los resquicios, se cuelan otros narradores y otros cineastas. Y ahí ando amasando toda ese buen hacer para ver si así aprendo algo de ellos y logro moldear un texto sugerente e hipnótico cuando me pongo a escribir.

La única historia portada

Acabo La única historia (The only story) de Julian Barnes, después de releer De mujeres y hombres (Women with men, 1997) e Incendios (Wildlife, 1990), ambas de Richard Ford. Me sorprende comprobar que hay muchísimas conexiones entre los tres libros. Incendios no deja de conmoverme.

La única historia posee un pulso narrativo asombroso. Digo que asombroso porque mantener en alto la historia sentimental de una pareja (en este caso, un adolescente con una mujer madura) sin que suceda un crimen o sin una trama truculenta o de suspense, sin que exista una tragedia en el sentido más estridente del término, requiere de una maestría de la que no todos los escritores están dotados. Julian Barnes lo está, claro, y lo viene demostrando desde hace años.

En esta novela asistimos primero al nacimiento, casi accidental, de esta curiosa relación entre los dos protagonistas que asumen la diferencia de edad que los separa y que, por supuesto, los enfrenta al orden establecido. Genial el planteamiento de los partidos de tenis. Luego, página a página, vamos siendo testigos de la evolución de esta pareja, una evolución que es natural, lógica y abrumadoramente triste. El personaje de Susan resulta de una riqueza de matices impresionante. Barnes maneja los hilos narrativos de manera sutil, levantando una estructura impecable y elegante, sin olvidar sus siempre acertados toques de humor. Y consigue que la lectura de esta novela acabe convirtiéndose en un deleite.

Sergio Barce, julio 2019

Fragmento de La única historia:

“Te ha llevado años entender cuánto pánico y caos hay debajo de la risueña irreverencia de Susan. Por eso no te necesita a su lado, fijo y firme. Has asumido ese papel de buena gana, amorosamente. Te hace sentirte un garante. Ha supuesto, desde luego, que la mayor parte de tus veinte años te has visto obligado a renunciar a lo que otros de tu generación disfrutan como algo rutinario: follar como un loco a diestro y siniestro, los viajes hippies, las drogas, el desmadre y hasta la cojonuda indolencia. También has renunciado forzosamente a la bebida; pero tampoco es que estuvieras viviendo con una buena publicidad de sus efectos. No le guardabas rencor por nada de esto (excepto quizá por no ser bebedor), ni tampoco lo considerabas un injusto fardo que estabas asumiendo. Eran los hechos básicos de vuestra relación. Y te habían hecho envejecer, o madurar, aunque no por la vía que normalmente se sigue.

Pero a medida que las cosas se van deshilachando entre vosotros, y todos tus intentos de rescatarla fracasan, reconoces algo de lo que no has estado huyendo exactamente, sino que no has tenido tiempo de advertirlo: que la dinámica particular de vuestra relación está activando tu propia versión de pánico y caos. Mientras que probablemente presentas a tus amigos de la facultad de derecho una apariencia afable y cuerda, aunque un poco retraída, lo que se agita por detrás de esa fachada es una mezcla de optimismo infundado y abrasadora inquietud. Tus estados de ánimo fluyen y refluyen a tenor de los de ella: salvo que su alegría, incluso la extemporánea, te parece auténtica y la tuya condicional. Te preguntas continuamente cuánto durará esta pequeña tregua de felicidad. ¿Un mes, una semana, otros veinte minutos? No lo sabes, por supuesto, porque no depende de ti. Y por muy relajante que sea tu presencia para ella, el truco no funciona a la inversa.

Nunca la vez como a una niña, ni siquiera en sus fechorías más egoístas. Pero cuando observas a un padre preocupado que sigue las peripecias de su prole -la alarma ante cada paso zambo, el miedo a que tropiece a cada instante, el temor mayúsculo a que el niño simplemente se aleje y se pierda-, sabes que has conocido ese estado. Por no hablar de los súbitos cambios de humor infantiles, desde la maravillosa exaltación y absoluta confianza a la ira y las lágrimas y el sentimiento de abandono. Eso también lo conoces bien. Solo que este clima anímico, alocado y cambiante está atravesando ahora el cerebro y el cuerpo de una mujer madura.

Es esto lo que acaba quebrándote y te indica que debes marcharte. No lejos, solo a una docena de calles, a un apartamento barato de una sola habitación. Ella te exhorta a que te vayas, por razones buenas y malas: porque intuye que tiene que dejarte un poco libre si quiere conservarte; y porque quiere que te vayas de casa para poder beber siempre que le venga en gana. Pero de hecho hay pocos cambios: vuestra convivencia sigue siendo estrecha. No quiere que te lleves un solo libro de tu estudio, ni ninguna baratija que hayáis comprado juntos, ni ninguna ropa de tu armario: esos actos le producirán un enorme desconsuelo…”

La única historia (The only story) está editada por Anagrama, con traducción del inglés de Jaime Zulaika.

Julian Barnes

JULIAN BARNES  (foto: Robert Ramos)

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“HISTORIA DE LAHCEN E IDIR”, DE PAUL BOWLES

JANE Y PAUL BOWLES

JANE & PAUL BOWLES

Uno de mis placeres, es releer los cuentos que me han gustado en algún momento. Hay varios de Paul Bowles. Uno de esos relatos es el titulado Historia de Lahcen e Idir.

En el siguiente fragmento de este cuento, que lo reproduzco por el simple placer de poder compartir su lectura con vosotros, hay que dejarse llevar por las palabras, y, en seguida, ellas nos embozan y, pese a la sencillez de la historia, al instante creemos estar presenciando in situ lo que acontece.

Sergio Barce, julio 2019

“…A veces Lahcen venía por la noche con una botella de vino. Se bebía toda la botella mientras Idir fumaba su pipa de kif, y escuchaban la radio hasta el final del programa, a las doce. Luego, ya muy tarde, paseaban por las calles de Dradeb hasta un garaje donde un amigo de Lahcen era vigilante nocturno. Cuando había luna llena, superaba en luminosidad a las luces callejeras. En las noches sin luna no había nadie en las calles, y en unos pocos cafés los hombres se contaban lo que habían hecho los ladrones, y que había más que nunca. Esto se debía a que casi no se podía conseguir trabajo, y a que la gente del campo estaba vendiendo sus vacas y sus ovejas para poder pagar los impuestos, y se venía después a la ciudad. Lahcen e Idir trabajaban ocasionalmente, siempre que encontraban algo que hacer. Tenían un poco de dinero, comían siempre, y Lahcen podía permitirse algunas veces su botella de vino español. El kif de Idir era algo más difícil, porque cada vez que la policía decidía cumplir la ley contra su consumo, empezaba a escasear y el precio subía. Después, cuando lo había en abundancia porque la policía se dedicaba a buscar armas y rebeldes, el precio se mantenía alto. Él no fumaba menos, pero lo hacía a solas en su cuarto. Si fumas en un café, siempre hay alguien que se ha dejado el kif en casa y necesita usar el tuyo. Les dijo a sus amigos del café Nadjah que había abandonado el kif, y nunca aceptaba una pipa cuando se la ofrecían.

De regreso en su habitación a primeras horas de la noche, con la ventana abierta y el soporífero ruido urbano, pues era verano y las voces de la gente llenaban las calles, Idir se sentaba en la silla que había comprado y colocaba los pies sobre el antepecho de la ventana. De aquel modo, podía ver el cielo mientras fumaba. Lahcen aparecía para charlar. De vez en cuando iban juntos a Emsallah, a una barraca cerca del matadero, donde vivían dos hermanas con una madre débil mental. Emborrachaban a la madre y la ponían a dormir en el cuarto del fondo. Después conseguían que se embriagaran las muchachas y pasaban la noche con ellas, sin pagar. El coñac era caro, pero no tanto como podían costar las rameras.

A mediados del verano, en la época del Sidi Kacem, el tiempo se puso súbitamente muy caluroso. La gente instalaba tiendas hechas con sábanas en las azoteas de las casas, y cocinaba y dormía allí. Por la noche, bajo la luz de la luna, Idir veía todos los tejados, cada uno con su cubículo de sábana agitada por el viento, y dentro de éstos el resplandor rojo del fuego en el hornillo. De día, el sol reflejado en el mar de sábanas le hería los ojos, y se cuidaba de no mirar hacia afuera cuando pasaba por delante de la ventana al desplazarse por la habitación. Le habría gustado vivir en una habitación más costosa, que tuviera una persiana para no dejar entrar la luz. No había forma de protegerse contra el brillante fulgor veraniego que llenaba el cielo, y aguardaba ansiosamente el anochecer. Tenía por costumbre no fumar kif antes de la puesta del sol. No le gustaba hacerlo de día, sobre todo en verano, cuando la atmósfera es calurosa y la luz violenta. Cuando cada día empezó a ser más bochornoso que el anterior, decidió comprar comida y kif suficientes para varios días, y encerrarse en su cuarto hasta que hiciera más fresco. Aquella semana había trabajado dos días en el puerto y tenía algo de dinero. Puso los alimentos sobre la mesa y cerró la puerta con llave. Después quitó la llave de la cerradura y la arrojó al cajón de la mesa. Entre los paquetes y botes de la cesta de la compra había un voluminoso envoltorio de kif en papel de periódico. Lo abrió, apartó un manojo y lo olió. Pasó las dos horas siguientes sentado en el suelo arrancando las hojas y picándolas sobre una tabla de cortar pan, zarandeando, cortando, una y otra vez. En un momento dado tuvo que cambiar de sitio para huir de los rayos del sol, que lo habían alcanzado. Para cuando el sol se puso, tenía preparado el kif suficiente para tres o cuatro días. Se levantó del suelo y se sentó en la silla con el saquito y la pipa en el regazo, y fumó, mientras la radio tocaba la misma chleuh que se emitía siempre a aquella hora para los tenderos del Souss. En los cafés, los hombres solían levantarse y apagarla. Idir disfrutaba con ella. A los fumadores de kif generalmente les gusta, debido al naqus que siempre repite el mismo motivo.

La música duró largo rato, e Idir pensó en el mercado de Tiznit y en la mezquita con los troncos sobresaliendo de sus muros de barro. Miró al suelo. Todavía había luz diurna en el cuarto. Abrió los ojos al máximo. Un pajarillo caminaba lentamente por el suelo. Dio un salto. Cayó la pipa de kif, pero su cazoleta no se rompió. Antes de que el pájaro pudiera moverse le había colocado una mano encima. No se resistió, ni siquiera cuando lo sostuvo entre ambas manos. Él lo miró y pensó que era el pájaro más pequeño que hubiese visto nunca. Su cabeza era gris, y las alas blanco y negro. El pájaro lo miraba y no parecía asustado. Se sentó en la silla con el pájaro en el regazo. Cuando alzó la mano, el pájaro permaneció inmóvil. <Es un pichón y no sabe volar>, pensó. Fumó varias pipas de kif. El pájaro no se movió. El sol se había puesto, y las casas iban tornándose azuladas bajo la luz nocturna. Acarició con el pulgar la cabeza del pájaro. Después se quitó el anillo del dedo meñique y se lo deslizó sobre el suave plumaje del pescuezo. El pájaro no se inmutó.

-Un collar de oro para el sultán de los pájaros-dijo él…”

Historia de Lahcen e Idir, es uno de los relatos que se incluyen en los Cuentos reunidos, de Paul Bowles, publicado por Alfaguara, con traducción de Héctor Silva.

Cuuentos reunidos

 

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