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“MESAUDA”, UNA NOVELA DE ABDELHAK SERHANE

Esta novela es como un puñetazo en el estómago. No hay conmiseración con sus personajes, y tampoco vacilación por el autor, como si necesitase volcar de una vez todo lo que lleva a sus espaldas desde hace tiempo.

No había leído antes a Abdelhak Serhane, pero me ha sorprendido tanto que lo hago constar desde el comienzo de esta reseña. Su novela Mesauda no es un libro recién publicado, porque salió en 1983, y en España apareció de la mano de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo en 1989, con traducción de Inmaculada Jiménez Morell. Dejo también constancia pues de mi sonrojo intelectual ante mi desconocimiento durante todos estos años.

Mesauda es una novela tan potente como aparentemente caótica. Serhane cruza por diferentes niveles de relato y usa distintas voces, y eso conlleva que su lectura, en ciertas partes, no sea fácil. Pero eso no es óbice para subrayar su innegable calidad.

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Me da la impresión de que hay mucho del autor en el interior de esta historia desgarradora. Igual que Chukri, Gallab, Karrouch, Bouissef Rekab, Slimani, Taia, El Hachmi, El Morabet o Chraibi, no duda en despojarse de cualquier censura o autocensura y tira por la calle de en medio, decidido a llegar a su meta que no es otra que la de mostrarnos la vida de un niño que va creciendo y su relación con Mi (su madre), con sus hermanos y con ese monstruo que es su padre, un personaje que oscurece y anula con su presencia y con su ausencia la vida de todos. Y también están Hammada, el Fakir y, por supuesto, Mesauda. Pero Mesauda, una prostituta de Azru, el pueblo de donde se desarrolla la mayor parte de la acción, es solo la excusa para contar todo lo demás, porque ella es la fantasía sexual de los niños, pero también el cubo de la basura de los hombres del pueblo, porque es en ella donde arrojan no solo sus espermas sino también todas sus malas conciencias, todas sus frustraciones y todos los actos degradantes que son capaces de ejecutar. Mesauda es como una metáfora.

El lenguaje de Abdelhak Serhane está desprovisto de envolturas, no hay artificios para encubrir lo que describe:

“…El padre ya no amaba a Mi. Por otra parte, ¿la había amado alguna vez? Para él, el amor era una debilidad, por eso no amaba a sus hijos, no amaba a los demás, no amaba nada que no valiera la pena de ser amado, no amaba nada de lo que debiera ser amado, ni de lo que pudiera ser amado.

(…) El orinal estaba siempre lleno bajo la cama del padre. Había que vaciarlo todas las mañanas; era su forma de humillarnos. Llevar su orina y sentir el olor nauseabundo de su odio visceral. ..”

Contada en primera persona, el protagonista nos retrata a un padre egoísta, cruel, violento, pendenciero, putero y despreciable. Todo en él es abominable, castrante para su mujer y para sus hijos. La frustración e impotencia que padece el niño camino de su adolescencia nos mueve a la compasión, porque no hay vida más dura que la que nos describe Serhan: la niñez solitaria y maltratada, el paso por la escuela coránica, las palizas y humillaciones del padre, la presión de la madre, el peso de la religión y de las tradiciones, el inicio en el sexo… Todo es como una gran conjura para cercenar los sueños de un niño que solo pretende crecer como debiera hacerlo cualquier pequeño.

Y Mesauda. No sé qué decir de ella. Pero me recuerda de alguna manera a Rahmuniyya, el personaje de Aixa, el cielo de pandora, de Bouissef Rekab. La puta a la que todos buscan, pero de la que todos se mofan y a la que todos maltratan. Mesauda.

“…Cuando Mesauda se iba, las jóvenes se reunían junto a la fuente, se tocaban discretamente los senos por debajo del haik, se enseñaban el pecho y se acariciaban mutuamente el sexo.

Mi padre, como los demás, disfrutaba restregando la imagen envejecida que Mesauda guardaba entre sus piernas.

Para nosotros, era la mujer transparente, la virgen eterna y, también, la carne tumefacta y saqueada. Era la nebulosa con piernas arqueadas, siempre abiertas a los dedos peludos y a las ávidas miradas.

Mesauda, la ofrenda. La llaga del deseo colectivo, el maná celestial del que se alimentaban nuestros mayores. Pasatiempo de donde emergía su delirio y nacía nuestro placer censurado.

(…) Nos consumíamos esperando que pasara Mesauda. Nos excitábamos con la idea de que nunca llevaba nada debajo de la ropa.

Bastaba con que se sentara y abriese un poco las piernas para que la penetráramos con la mirada. Salivazo en las manos y sexos arrogantes. El movimiento de las manos se aceleraba con un ritmo amargo. Un pálido goce nos cegaba y nos liberábamos durante un instante de nuestra angustia…”

Y curiosamente, cuando Mesauda muere, todos se lamentan, todos la añoran, pero es un desconsuelo falso. Sin embargo, la descripción de su muerte por Abdelhak Serhane es de una belleza desgarradora.

La novela no deja nada al azar y es un retrato visceral de la sociedad marroquí. Los tabúes, las prohibiciones, la hipocresía religiosa, las apariencias, una denuncia sin tapujos sobre los asuntos más delicados, y también de la injusticia instalada en los tribunales y en la sociedad en general que se venden al patriarcado más machista y obsceno…

La escritura de Serhan se hace más liviana y libre en la segunda parte de la novela, pero no es menos dura, porque ahora todo se precipita. La relación con el padre se va enquistando hasta que los abandona en la absoluta pobreza, y el niño comienza a hacerse hombre, pero se encuentra entonces con las maniobras de una madre que no quiere que la deje sola, la frustración por un futuro imposible, los deseos de venganza, la rabia, el odio alimentado día tras día…

La narrativa de Serhan, la excelente narrativa de Serhane, la narrativa a veces poética de Serhane.

“…Mi, la mujer repudiada. Mi, la mujer rechazada.

Háblame, háblame del insulto en tu cuerpo, la herida abierta de tu alma tatuada por la injusticia social, la injusticia de los hombres. Háblanos de la lengua atada y la palabra temblorosa. Háblame del sexo amordazado y de tu cuerpo deshonrado, de la herida del tiempo que se abre en ti y nos engulló, de la señal de la infamia y tus arrugas aparecidas antes de la mañana. Háblanos de la noche cerrada en los horizontes de nuestra existencia y el ar quemado por el sol. Háblanos de la violencia del recién nacido en la noche inmóvil, cuando la mujer se hace madre y miseria, el niño piedra, y el resto humo y cenizas.

Háblame de la playa desierta después de la tormenta, y del desarraigo después de la herida, y de la sangre después del desgarro, y de la vergüenza después del sufrimiento, y de la cicatriz…

(…) Háblame de la reja del arado en nuestra carne, háblame de la injusticia, de la mujer detrás del muro, háblame de mi madre…

(…) ¡Háblame, madre, háblanos!

Háblame de tu silencio y tus ojos apagados.

Háblales de tu resignación y tu vida entre cuatro paredes.

Háblales de tu paciencia, háblales de tus rezos y tu negación.

Háblales, háblales del Mañana

y de la confusión.”

Y es que, como demuestran estos últimos párrafos, Abdelhak Serhane acaba por zarandear a su madre, a la conciencia de su madre (o a la de la madre del protagonista) porque necesita que se libere de ese marido que la ha anulado durante años, igual que a él. Y me parece que lo hace de una manera brillante.

Creo que, en definitiva, Mesauda es un doloroso homenaje a la madre. Y quizá por ello, Abdelhak Serhane dedica esta novela a la suya.

Sergio Barce, febrero 2021

 

ABDELHAK SERHANE
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“GENET EN EL RAVAL”, POR JUAN GOYTISOLO

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JUAN GOYTISOLO & JEAN GENET

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En 2010, cuando Pablo Aranda, a quien tanto echamos de menos, me escribió un mensaje para decirme que no sabía que Jean Genet estaba enterrado en Larache, le contesté lo siguiente:

“Querido Pablo, en Larache se han escrito muchas historias dignas de ser relatadas.

Cuenta Juan Goytisolo en Genet en el Raval: <La sencilla sepultura del poeta, a pocos metros de un acantilado en el que se estrellan sin tregua las olas impulsadas por las corrientes marinas, contrasta por su pulcritud y por las atenciones que la rodean… Manos anónimas depositan ramos de flores, riegan el césped que ciñe la sepultura, se apoderan incluso de su epitafio como una reliquia o recuerdo piadoso. Marroquís y europeos vienen a recogerse junto a ella y la envuelven en una aureola de respeto, casi de santidad.>

Un abrazo, Pablo

Sergio”

Esta breve anécdota, me sirve para reproducir una de las anécdotas que Juan Goytisolo relataba sobre Jean Genet en ese mismo libro, y que era el motivo de este post. Escribe Goytisolo:

“Releo al redactar estas notas L´enfant criminel. La experiencia carcelaria infantil de Genet, esa región moral, cruel y fascinadora de los centros correctivos para menores no dejará nunca de obsesionarle. Denunciado por el músico ciego a quien servía de lazarillo -España, con su brillo y andrajos, se cruza ya en su camino-, será enviado a reeducarse en uno de ellos por haber gastado en los tenderetes y barracas de la feria la pequeña cantidad de dinero que le había confiado aquél. Genet me dirá una vez que, al darse cuenta de su <crimen>, pensó en suicidarse. En su lugar, conocerá ese feroz universo que abona sus sueños de abyección y de gloria, crea una distancia insalvable entre falta y castigo, preserva intacto su orgullo rebelde y tenaz. La severidad de la pena le impone una conducta digna de la misma: Genet se esforzará en merecerla. En adelante, el niño adiestrado en la mímica hipócrita del monaguillo podrá entregarse a la verga dura de sus amantes senegaleses, robar, mendigar, prostituirse, aceptar con arrogante desafío su idealizada imagen de delincuente vocacional.

Cuando, escritor ya célebre, sea invitado por el director de una institución juvenil sueca a dirigir la palabra a los adolescentes en vía de rehabilitación, en una cárcel sin rejas, el discurso de Genet a éstos llenará de estupor al filántropo, que dejará al punto de traducirlo: la sociedad busca castraros, volveros grises e inofensivos, privándoos de cuanto os singulariza y distingue de ella, ahogando vuestra rebeldía, despojándoos de vuestra belleza; no aceptéis la mano tendida, no caigáis en la trampa; aprovechad la estupidez de este fulano para largaros y dejarlo plantado…

Según me dijo Genet al referir el episodio, los jóvenes le escuchaban sin comprender una palabra, el director estaba furioso y, olvidando su liberalismo y buenos sentimientos, le había conminado a irse de allí con amenazas e insultos…”

Una pincelada más de la personalidad irreverente de Genet. Curiosamente, desde que Juan Goytisolo falleciera, reposa junto a su amigo Jean Genet en el mismo cementerio marino de Larache, ambos con el Atlántico azul y esmeralda como paisaje eterno.

Sergio Barce, febrero 2021

Genet en el Raval, de Juan Goytisolo, fue editado por Galaxia Gutenberg en 2009.

 

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“ALIOSHA EN LARACHE”, POR LEÓN COHEN MESONERO

Traigo este interesante texto escrito por mi amigo y paisano el escritor León Cohen Mesonero en el que hace un curioso juego de memoria sobre su infancia en Larache utilizando a Aliosha, el personaje de los hermanos Karamazov, como si fuera su alter ego, un juego lleno de añoranza y melancolía teñida de cierta desilusión y con un hermoso homenaje a su pueblo de Larache y a la literatura en general.

Sergio Barce, enero 2021

Aliosha: Trilogía

Las opiniones de Albert Camus me condujeron hasta Dostoievsky, a “Crimen y Castigo” y a los “Hermanos Karamazov”. Entre Iván y Aliosha elegí al segundo. En esta  trilogía le rindo homenaje a Aliosha, aunque no sé todavía si convertirme en él puede resultar una idea poco acertada, descabellada o incluso pedante. Aunque el nombre del personaje no añade ni quita nada a lo relatado, sigo ignorando si la elección del nombre ha sido un capricho o una argucia literaria.

En esta trilogía, el escritor envuelto en su universo literario, vuelve a reescribir los primeros capítulos de su vida, a través del personaje  Aliosha, mostrando una vez más su innegable percepción de la vida como una novela o una película que merece la pena ser contada e incluso imaginada, desde un presente que le permite retocarla y ahondar en detalles, que el niño o el joven protagonista en su momento, no pudieron captar mientras vivían. 

 

Capítulo 1

 Larache: Primeros pasos

Aliosha ha salido a pasear sin objeto, camina con alegría, es muy joven y la vida para él es un descubrimiento diario. Todo le sorprende y le asombra. Mira con admiración a su padre y trata siempre de contentar a su madre. Quiere agradar. Son sus primeros pasos por el camino. Cree que todos los que le rodean son sus maestros y que todos encierran algo que aprender. No se hace planteamientos extraños, ni preguntas sin sentido. Los maestros están para enseñar y la letra con sangre entra, como dice su amigo “Nisimico”, que por cierto es bizco. Hay que ser disciplinado y aplicado. Siempre va contento hacía el Colegio Francés de su pueblo. Le gusta. Sus amigos son numerosos y virtuosos. De su colegio guardará para siempre un grato recuerdo. Ahí recibiría los primeros conocimientos básicos. Aprendió a leer y escribir en el hermoso idioma de Ronsard y de Molière. Aunque Aliosha estaba todavía demasiado verde para percibir que aquel colegio sería la primera puerta de entrada a una cultura que, como su piel, le acompañaría toda su vida y que, en cierto modo, determinaría su futura manera de hacer y de pensar. Todavía pasado medio siglo, era capaz de recordar los nombres de algunos de sus maestros como Mlle Beniluz, Monsieur Quiot, Mlle Vermury o Monsieur Carné.

Aliosha tiene una familia amplia y se siente reconfortado y protegido. Su madre le canta el ángel de la guarda antes de dormirse: “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”. La naturaleza es misteriosa y bella. Siempre se extasía ante los colores de algunas mariposas. El campo huele a vida. Aliosha es un niño feliz y tan ingenuo que conmueve. Su padre le puso ese nombre, el del más pequeño de los hermanos Karamazov en homenaje a Dostoievsky. Aliosha es curioso. Recorre con los amigos todas las calles y callejones de su pueblo. No hay rincón que se le resista. A su edad es algo atrevido. Pero él quiere saber dónde vive. Cuando no tiene colegio, le gusta estar en la calle a todas horas, incluso a la sagrada hora de la siesta, y eso le ha acarreado algún que otro disgusto con los padres de sus amigos. Le encantan los juegos y los practica todos. Ha aprendido a convivir con el espléndido sol y con el mar majestuoso. Le sorprende la belleza de los acantilados de su pueblo natal y la bravura de su mar. Aliosha ama la vida y sus encantos. Sus amigos van a la Iglesia, a la Mezquita o a la Sinagoga. En esto, él se siente un poco despistado y no entiende muy bien estas cosas, que en cierto modo le resultan extrañas como niño que es. Pero, en el fondo le da igual entrar en un templo que en otro, con tal de acompañar a algún amigo. Luego los dos se ríen, como si les hicieran gracia estas cosas de mayores. A él lo que le ocupa y le distrae es correr, saltar y jugar todo el tiempo. También ha descubierto el cine y le apasiona ver películas, incluso en sesión continua. Aliosha es un niño feliz.

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COLEGIO FRANCÉS – LARACHE, año 1953

Pero la felicidad es una flor caduca y frágil como el cristal. También puede ser un estado de ánimo y como tal es efímero. La felicidad del niño Aliosha tiene que ver entre otros, con la admiración que le produce el paisaje, y su pueblo, que él considera un rincón en el cielo, con la alegría de estar con sus primeros amigos, con la seguridad que le infunde un entorno familiar donde se siente querido y protegido, y con la dicha de la sorpresa y del aprendizaje constantes. Como no puede ser menos a su edad, vivir es para él una aventura nueva e ilusionante en ese torrente, en el que la fuerza arrolladora de la vida irrumpe imparable a diario, conquistando y arrastrando a este principiante que todavía ignora las vicisitudes y las sorpresas del camino.

 En el año 1956 en el que el niño Aliosha va a cumplir su primera década, aquel mundo personal e idílico, más propio de los sueños, donde siempre era primavera y donde vivir era un gozo diario, se tambalea, quizás zarandeado por la envidia de los dioses del destino. De manera tan inesperada como cruel, su plácida infancia se topa y se enfrenta de repente a las contrariedades de la vida y a una tormenta de sucesos imprevistos, a partir de los cuales no quedará en él sitio para la inocencia y la ingenuidad que le han acompañado hasta entonces.  

Todo empezó aquella luminosa tarde de abril, cuando Rabah, el esclavo negro del baja Raisuni, vino al colegio a buscar a su compañero Jali. Era la Independencia de Marruecos. Las consecuencias de este hecho histórico y a pesar de todo ciertamente previsible, serían nefastas. No para el pueblo marroquí que recuperaba su autonomía, sino para la población española que se vería en la tesitura de abandonar a corto o medio plazo, aquella tierra que para muchos era la suya y la única que conocían. Era la cara oscura y menos amable de la colonización. De hecho, apenas unos meses más tarde, su padre iría a buscar mejor fortuna a Venezuela y, en septiembre, le seguirían por razones muy distintas con el mismo destino, su prima (probablemente la persona a la que más quería en ese momento) y su tía. Afortunadamente, su padre volvería un año más tarde. Madre e hija no regresarían nunca.

 Un viernes nueve de agosto de 1957 se produjo la muerte de su otra tía con apenas treinta y dos años. Lo más cruel de la muerte de una persona joven son los años de vida robados. La muerte siempre está ahí agazapada, al otro lado de ese fino hilo de alambre que la separa de la vida y sobre el que caminamos todos los días todos los mortales, siempre dispuesta a pegar el zarpazo y a derrumbarlo todo. Además suele llamar sin avisar.

Ocurrió todo en un año. La familia se descompuso para siempre y la felicidad de Aliosha quedó hecha añicos. Todos esos acontecimientos supusieron para la sensibilidad de aquel niño de nueve o diez años, sacudidas y desgarros muy fuertes y profundos que superaría con el tiempo, pero que inevitablemente dejarían huellas y heridas imperecederas en su memoria sentimental. Aliosha sentía que había sido expulsado del paraíso en el que habían transcurrido esos primeros e inolvidables años de su corta vida.

 El niño tuvo que pasar página, dio la vuelta a la esquina de la infancia y se dirigió titubeante a la calle desconocida de la adolescencia. Nadie jamás podría robarle los años felices de su primera infancia pasados en aquel pequeño y hermoso pueblo lleno de luz,  a orillas del majestuoso mar Atlántico.

  León Cohen – Junio de 2020

https://leoncohenmesonero.blogspot.com/

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“LA BAHÍA DE VENUS”, NUEVA NOVELA DEL ESCRITOR LARACHENSE LUIS MARÍA CAZORLA

A finales del pasado año, ediciones Almuzara, publicaba la última obra de mi paisano y amigo Luis María Cazorla.

Después de sus novelas históricas ambientadas total o parcialmente en Larache, La ciudad del Lucus, El general Silvestre y la sombra del Raisuni, y La semilla de Annual, de las que tenéis reseñas en este mismo blog, y tras el anterior título La rebelión del general Sanjurjo, ahora Luis María Cazorla centra su atención en el llamado bienio negro en esta nueva novela:

La bahía de Venus

 

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LA FRONTERA LÍQUIDA Y MEHDI MESMOUDI

El libro La frontera líquida. Estudios sobre literatura hispanomagrebí, editado y coordinado por José Sarria y Manuel Gahete, y publicado por Tirant Humanidades (Valencia, 2019), se recogen todas las ponencias y estudios presentados en el Congreso celebrado en Córdoba en el mes de noviembre de 2019, en el que tuve la fortuna de participar. Continúo ofreciendo extractos de cada uno de los artículos recogidos en este volumen.

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El tercero que os traigo es la ponencia del profesor de la Universidad Autónoma de Baja California Sur (México) Mehdi Mesmoudi, texto con el que arranca el volumen, y que tituló La literatura marroquí en lengua española desde la transhispanidad literaria, del que extraigo los siguientes párrafos: 

“…Hablar de este Marruecos en lengua española ya es un acontecimiento en la crítica. Me refiero, por un lado, a un cuerpo social, intelectual, cultural y político que se encarga de pensar y discutir las cuestiones relacionadas con el mundo hispánico; y, por otro, a un imaginario de creencias, mitos, hábitos y costumbres que dan cuenta de este vínculo y traza en el aire <una comunidad del espíritu y de la sangre, del verbo encarnado> (Nicol, 1998 -1961-) y hace visible un ethos común. Al referirme a ambas nociones de este <cuerpo>, señalo un lugar desde donde se articula y se despliega esta serie de relatos de distinta índole que pretende sumarse al mundo de lengua española y su geodiscursividad; es decir, una sensibilidad particular asociada a dicha lengua, sus registros socio-semánticos y sus múltiples referencias geohistóricas, culturales y políticas.

Este Marruecos en lengua española es producto de tres fenómenos intelectuales, culturales y políticos que se pueden enumerar a continuación. El primero alude a la extensísima literatura en lengua española -y agregaría, europea y estadounidense- cuyo escenario es Marruecos; es decir, la producción literaria orientalista y africanista. El segundo se refiere al hispanismo en su vertiente diplomática durante las dos últimas décadas de la etapa protectoral y, en su vertiente académica, en el contexto del desarrollo de los departamentos de lengua y literatura en los ochenta y la consolidación de la investigación en los noventa. El tercero apunta a la literatura marroquí en lengua española que tiene lugar por allá de los años sesenta y se ha sofisticado en los ochenta. Estos tres discursos han forjado en el imaginario tanto intelectual como cultural una región atípica que es el Marruecos hispánico o de lengua española, ligado a su idiosincrasia, sus usos y costumbres, hábitos y prácticas, sus formas abigarradas de estar en el mundo…”

Continuará con los siguientes ponentes.

Sergio Barce, enero 2021

MEHDI MESMOUDI
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