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“ACERCAMIENTO AL ESPAÑOL EN LARACHE”, DE JUAN CARLOS MARTÍNEZ BERMEJO

En el año 2010, apareció el libro Acercamiento al español en Larache, de Juan Carlos Martínez Bermejo, estudio a pie de campo de la situación de la lengua española en la ciudad. Es un estudio lingüístico, y contiene algunas curiosidades sobre la manera de hablar español de los larachenses marroquíes y su peculiar uso del idioma. A continuación voy a reproducir algunos párrafos para quienes sientan curiosidad.

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“Vocalismo.

No hemos advertido grandes diferencias entre el vocalismo del español y el del habla de Larache.

En el vocalismo átono se observa un fenómeno fonético que, según mi opinión, podría considerarse como transferencia de la lengua árabe al español. Se trata de la indistinta pronunciación de las vocales (o) por (u) y de (e ) por (i), y al contrario. Esto obedece a una característica intrínseca de la lengua árabe, que no considera como rasgo pertinente este fenómeno, y el uso de una por otra no ocasiona ninguna variación en el significado de las palabras en esa lengua.

Sin embargo, éste es uno de los aspectos fonéticos más dificultosos para los hablantes árabes, y es muy posible que hasta que no alcancen un nivel de competencia alto sigan cometiendo estos errores. En el caso de los diptongos formados por estas vocales la dificultad se multiplica,  ya que son inexistentes en los dialectos árabes.

Visina = vecina   Disir = decir

Vicinos = vecinos / visinos = vecinos  Pulíticas = políticas 

Jobilado = jubilado / joubilado = jubilado   Picao = pecado     Jodíos = judíos  

Vení = vine   Aborría = aburría

Consonatismo. En este apartado se aprecian las mayores diferencias, algunas de ellas, sin embargo, están en consonancia con determinadas áreas geográficas de España, y muy especialmente, con las que se encuentras situadas en la zona meridional.

Las mayores divergencias entre el dialecto marroquí y el español se dan en las bilabiales b/p, las dentales d/t, las dorsales k/g y las líquidas l/r.

-Un rasgo fundamental es la no pertenencia en el consonantismo árabe de las consonantes p/b. En este caso se asimilan, careciendo el alfabeto árabe, además, del sonido (p). Ejemplos: (Bortugal “Portugal”, pocadillo “bocadillo”). A pesar de ello, no hemos encontrado ejemplos prácticos en las entrevistas.

-Uso del seseo. Este rasgo domina principalmente en la mayoría de los informantes, lo que puede ser debido a que se constata una cierta dificultad en la producción del fonema fricativo sordo interdental, aunque existe en árabe clásico, su uso, en la actualidad, es muy restringido, y en muchos casos, se ha transformado en un sonido interdental sordo (t).

Hay muchos ejemplos en las entrevistas, pero prefiero marcarlos de una manera generalizada, sin incluir todas y cada una de las realizaciones, pero extendiendo el campo con ejemplos de cada uno de los informantes. En definitiva, vemos que es un rasgo generalizado en la mayoría de las entrevistas.

Nasí = nací   Ejérsito = ejército   

Seuta = Ceuta   Fransés = francés

Acrobasia = acrobacia   Plasas = plazas Valensia = Valencia   Isquierda = izquierda Empesaron = empezaron   Troso = trozo

…(…)

-Caída de consonante final. Este uso tiene una cierta relación con la pronunciación característica de la España meridional. Aquí solamente expondremos las más habituales, después las detallaremos atendiendo a las distintas terminaciones consonánticas (pérdida de -s, -d, -l y -r). Después valoraremos cada uno de estos exponentes de manera separada.

Entonce = entonces   Verdá = verdad

Facultá = facultad   Españó = español Especialidá = especialidad

Mayore = mayores

-Uso de la aspiración en final de sílaba o palabra… (…)”

Acercamiento al español en Larache, fue editado por Litograf, en Tánger. ISBN 978-9954-9020-0-4. 

El libro va acompañado de un CD. 

 

 

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“JACOB COHEN”, UN LIBRO DE LEÓN COHEN MESONERO

Cuando yo vivía en Larache, mis padres y yo nos asomábamos a la ventana de casa, sobre el Balcón del Atlántico, y desde allí veíamos cada año el Campeonato de Tiro al Plato. Hasta ahora no sabía que uno de aquellos tiradores, probablemente el mejor de todos ellos, se llamaba Jacob Cohen, el padre de mi amigo León Cohen Mesonero.

“Larache. 1960. El pintor de brocha gorda había vendido todos sus enseres y se disponía al día siguiente a marcharse a Israel, el sueño de todo judío de la Diáspora. Aunque, aquel hombre, se agarraba a aquel sueño desesperado porque no le quedaba otro remedio, pues, si de él hubiera dependido, como una gran mayoría de correligionarios, nunca hubiera abandonado su pueblo. Se dijo que aquella noche de Purim bien valía desafiar al azar y se metió en el Casino Israelita para jugarse unos francos al bacarrá. En la banca estaba como siempre Jacobi y era su noche de suerte. La banca ganó aquella noche y el pintor de brocha gorda se quedó sin plumas. Ahora tenía razones para sentirse doblemente desesperado, por una parte, dejaba el pueblo donde nació, vivió y al que amaba profundamente, por otro lado, se había gastado de manera irresponsable todos los pocos francos que tenía ahorrados y aquellos que le habían dado por los muebles esa misma mañana. Ya se marchaba, despojado de todo, cuando Jacobi le interpeló, se acercó a él cuando éste ya estaba con un pie en la calle y le preguntó: <¿Cuánto perdiste “al malogrado”?> Y sin más, ante la sorpresa de aquél, le dio todo su dinero. El pintor de brocha gorda se lo agradeció entre abrazos y lágrimas…”

Este fragmento es uno de los ejemplos que León Cohen Mesonero nos ofrece para reconstruir la figura de su padre y para mostrarnos de qué pasta estaba hecho. Lo cierto es que uno acaba por encariñarse con ese hombre, y las mujeres lectoras, tal vez, terminen enamorándose de él platónicamente.

JACOB COHEN de León Cohen

Jacob Cohen es el libro que León Cohen Mesonero siempre tuvo en mente, escribiéndolo a retazos y construyéndolo con el paso de los años hasta embridarlo en este volumen. Supongo que ha zanjado una deuda pendiente. Y a los lectores les ha regalado una declaración de amor. La declaración de amor de un hijo por su padre.

Hay momentos en sus páginas que la emoción te agarrota del pescuezo y es difícil tragar saliva. Son instantes en los que te das de bruces con una confesión del autor o la descripción minuciosa de un hecho que está lleno de simbolismo, como el fragmento que he trascrito antes, o este otro que ahora copio:

“…No nos vemos desde el día 4 de julio de año 1997. Mucho tiempo, aunque todavía no demasiado. Sin embargo, hay días como hoy, en que no tengo mucho que hacer y me gustaría acercarme a tu tienda de coches usados a echar un rato contigo, como hacía hace unos años. Para nada en concreto. Para sentarme a tu lado en la tienda, mientras tú te fumarías un cigarrillo, y para estar callados y de vez en cuando hacer un comentario corto, una picotada sobre cualquier tema, sin venir demasiado a cuento, supongo que por no dejar al silencio vacío…”

¿Quién era Jacob Cohen? Un hombre que nació en Larache en diciembre de 1917 o en marzo de 1918 y que, según vamos descubriendo en estas páginas, en esta declaración de amor, también era un hombre afable, aventurero, algo pícaro, seductor, generoso, muy generoso, carismático, atractivo, arrojado, amante, jugador, marido, padre. Las instantáneas que León Cohen nos ofrece de él parten de relatos, de extractos de textos ya publicados, de fragmentos de otras obras en las que aparece como personaje, de cartas remitidas a través del tiempo, y estas instantáneas en sepia, y en blanco y negro, nos atrapan de una manera poderosa.

Jacob Cohen bien podría ser el protagonista de una novela. Un hebrero nacido en Marruecos, enamorado de Larache, que hizo sus pinitos con el contrabando en Tánger, que ganó dinero y luego lo perdió, que competía como galán y se las llevaba de calle, y que competía en la yincana o en los campeonatos de tiro al plato y también ganaba de calle. Alguien así no es alguien normal.

Escribe León Cohen:

“…Siempre tuve la sensación remota, pero cierta, de que tú no eras mi padre de carne y hueso, sino un personaje de película o de novela que se había instalado en mi vida…”

En casi todas las fotografías que se incluyen en este pequeño volumen, Jacob Cohen sonríe. Sonríe como lo hacen los galanes frente a una cámara, sonríe como un hombre seguro de sí mismo, sonríe como quien no le teme a nada, sonríe como si supiera que un día su hijo escribiría de él y por eso se esforzaba en mostrar su mejor imagen.

¿Quién era Jacob Cohen? Un soñador, un joven que fue detenido por los sublevados contra la República en Larache, un hombre comprometido, un hombre que amaba a los suyos.

Sólo hay un pequeño reproche por parte de León Cohen a su padre, pero las palabras son tan bellas que el reproche es otra inmensa declaración de amor.

“…Recuerdo cuando nos llevabas a mi hermano y a mí a ver los partidos en Santa Bárbara, primero a ver al Larache C.F. de Bozambo y más tarde al Chabab de Facundo, Bouchaid, los hermanos Roda, Said y Riahi entre otros. Tú eras hincha del Atletic de Bilbao. Años más tarde, a mediados de los 60, yo también me hice futbolista en equipos juveniles, pero tú nunca fuiste a verme jugar, ni siquiera en Tánger cuando mejor lo hice. Te lo perdiste, porque valía la pena. No tuvimos esa suerte, tú de verme y yo de que me vieras. Siempre mantuve la esperanza de que un día aparecieras. En más de una ocasión he tenido la tentación de robarle treinta o cuarenta años al tiempo que tiene tantos. En fin, hablar por hablar y desear por desear. Pero lo que tú nunca hiciste y que yo siempre deseé, ha tenido lugar en otro tiempo y con otros protagonistas. Yo soy ahora el abuelo espectador que hace las veces del padre que tú no fuiste conmigo y mi nieto es el extraordinario jugador que un día fui…”

¿Quién era Jacob Cohen? Un escéptico, un hombre con un gran corazón, y también un don Juan. Pero, ante todo, un buen hombre.

Aunque para saber de veras quién era y por qué de tantos adjetivos, hay que leer este libro de León Cohen y dejarse llevar hasta su mundo, el mundo de Jacobi, el guapo.

Sergio Barce, septiembre 2020

Jacob Cohen ha sido publicado por Ediciones Hebraicas (Madrid, 2020) ISBN 978-84-945152-9-3.

Para adquirir el libro se puede hacer a través del siguiente correo: jig.infodavar@gmail.com

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“GÉNESIS”, UNA NOVELA DE ABDELKARIM GALLAB

Abdelkarim Gallab (1919-2017), es un escritor marroquí nacido en Fez. Novelista, periodista, político, fue el editor del diario Al-Alam, órgano del partido Istiqlal. Estudió en la Universidad de Alqarawiyín de Fez y en la de El Cairo, en la que se licenció en Literatura árabe.

Su obra narrativa incluye entre otros títulos Moriré reconfortado (1965), El pasado enterrado (1966), Alí el maestro (1966), Mi amada tierra (1971), La sacó del paraíso (1971), Conozco ese rostro (1971), Siete puertas (1984),  La barca volvió a la fuente (1989), Comentarios en el espejo (1994) o La injusta vejez (1999).

Abdelkarim Gallab, además de su labor literaria, ha sido Ministro Plenipotenciario, diputado, Presidente de la Unión de Escritores de Marruecos o Secretario General de la Asociación de la Prensa Marroquí.

La Unión de Escritores Árabes de Egipto incluyó su novela Alí el maestro entre las cien mejores novelas árabes de la historia.

GÉNESIS - PORTADA

En 1996 apareció Génesis, que en España ha sido publicada por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, con traducción del árabe de Ángel Gimeno. Novela autobiográfica, en la que Abdelkarim Gallab nos hace un minucioso recorrido de su ciclo vital, desde su nacimiento hasta su actividad literaria, pero centrándose de manera especial en su actividad política en las células independentistas marroquíes contra el Protectorado francés y español. En ese sentido, además de su calidad narrativa, Gallab nos regala un documento de primera mano sobre los entresijos del movimiento independentista, la lucha del pueblo marroquí por su independencia y cómo fue ese proceso desde su interior, contado por uno de sus protagonistas directos.  

Pero también es una obra en la que las costumbres y tradiciones marroquíes se van entrelazando sutilmente en su relato, sus experiencias en la infancia, el paso por la escuela coránica, el descubrimiento de la adolescencia, la religión, la política, los estudios, la camaradería… Es una obra en ese sentido poliédrica y enriquecedora. Y hay en su pensamiento un arraigo a las tradiciones y a la religión, pero, a la vez, un sentido crítico y un ansia de modernidad que no está reñido con la salvaguarda de lo propio.

“…Puede que no hubiera padre más feliz. Puede que no existiera abuelo más dichoso. Era el primer niño en una familia poco extendida. Un niño viene a ser garante del propio linaje. Una niña fortalece la estirpe ajena. En él confluían la honra del padre y la de la madre. Ambos pertenecían a la misma familia y estaban emparentados por su tío paterno más cercano.

El padre no iba a ver al recién nacido. Se ocupaba de los preparativos que exigía el feliz acontecimiento. No vería a su esposa tras los primeros días del parto. El niño no salió de aquella habitación, cerrada a cal y canto, por miedo a una fatal corriente de aire. La madre, bien abrigada para no coger frío, no abandonaría el lecho hasta el séptimo día de haber dado a luz, día en el que se le pondría nombre al recién nacido. No lo apartaba de su seno, lo amamantaba cada vez que renegaba o se echaba a llorar. Sólo lloraba cuando tenía hambre. Ummi Attalibía no dejaba de visitar a la madre y aportarle caldos para que tuviera más leche y se repusiera; también le llevaba platos apetitosos para que se fortaleciera y regenerara la sangre que había perdido en el parto.

Una inmensa alegría reinaba en toda la casa. Grandes y pequeños desfilaban por la habitación donde estaba la madre y se asomaban a contemplar el semblante del recién nacido. Unos y otros proponían el nombre que les agradaba, aun a sabiendas de que era el abuelo quien guardaba ese secreto y que no lo desvelaría hasta la mañana del séptimo día, en el momento de sacrificar el cordero. El padre y la madre también lo desconocían y quizá ni fueran consultados. El abuelo fue el primer hombre que se acercó a conocer al niño. Le sonrió y le susurró palabras amorosas. Lo aunó al islam musitándole la llamada a la oración en la esperanza de que aquel mismo día quedara grabada en su memoria…”

Cada capítulo es un paso adelante en su inagotable ansia de conocimiento, de apertura a la experiencia, a su búsqueda de la libertad personal y colectiva. Su visión de Tánger, cuando la visita por vez primera, es bastante elocuente.

“…Nuestro amigo acreditó su independencia y madurez cuando por vez primera viajó solo a Tánger, una ciudad que conocía de forma vaga. Era la capital diplomática del Marruecos independiente, libre de la dominación francesa. Una ciudad internacional que no estaba bajo mandado francés o español. Ciudad cosmopolita y plurilingüe en la que circulaban varias monedas y donde la gente se vestía a la europea o usaba chilaba y fez con turbante. Allí había cafés por doquier; automóviles y carros que transitaban por sus calles, incluso por las más angostas. Enclavada entre dos mares, era la puerta del Estrecho de Gibraltar.

Nuestro amigo llegó a Tánger como beduino que recala en el zoco Semmaín. Al bajar del autobús y echar pie a tierra no sabía hacia dónde encaminarse. Tiró por la calle que tenía enfrente. Empezó a preguntar por el Zoco Chico. Un nombre que recordaba. Lo encontró y allí dio con un pequeño café que a él, sin embargo, se le figuró grande. Estaba abarrotado. Los parroquianos, arremolinados junto a las mesas, hablaban por los codos, fumaban cigarrillos y kif en una pipa muy alargada y jugaban al dominó o a las damas. No entabló relación con nadie en el café. Se familiarizó con la nitidez de la pronunciación tangerina, daba la sensación de que vocalizaban como maestros de escuela. Se puso a observar a la gente que transitaba sin rumbo determinado. Se percató de que las tiendas, a pesar de lo avanzado de la hora, seguían abiertas. Cerca del café había una papelería y vio que el dueño estaba colocando algunos periódicos; decidió acercarse y ojeando lo que tenía descubrió un ejemplar de la revista Arrisala. Se la compró, volvió al café y empezó a leerla. Consiguió aislarse de quienes hablaban a voz en grito sin pensar que podían molestar a los demás. Por primera vez se sentaba en un café, en plena calle, sin temor a miradas escrutadoras que pudieran descubrirlo y luego dar cuenta del hecho a su padre. En Tánger se sentía libre. En aquella primera noche había ejercido su libertad. Se había sentado en una mesa del cafetín, estaba tomando un café y leyendo una revista…”

Leer Génesis, es entender qué sentimientos albergaban los marroquíes hacia el colonialismo y hacia el Protectorado (en este caso, el francés, ya que la novela se desarrolla en su mayor parte en la ciudad natal del autor: Fez). Por esta razón, para mí es una obra esencial para comprender la historia más reciente de Marruecos a través de sus ojos.

De lectura fácil y amena, Gallab ha sabido conjugar sabiamente los pequeños detalles con las aspiraciones más sublimes, la vida cotidiana y la lucha política, en una especie de cuadro realista o documentalista, pese a que, evidentemente, rezuma adhesión inquebrantable a su idea de país y a su visión del Marruecos independiente. Y todos estos elementos hacen de su libro una obra interesante y muy sugerente.

Sergio Barce, agosto 2020

ABDELKARIM GALLAB

ABDELKARIM GALLAB

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“JACOB COHEN”, UN LIBRO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN MESONERO

Ya ha salido el nuevo libro de mi amigo y paisano el escritor León Cohen Mesonero. Se trata de un texto escrito en homenaje a su padre y de ahí el título: Jacob Cohen. Lo ha publicado Hebraica Ediciones (Madrid, 2020), y para conseguirlo podéis hacerlo a través del siguiente correo:   info@libreriahebraica.com

En los próximos días, publicaré la reseña correspondiente.

JACOB COHEN de León Cohen

 

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EL QUE ES DIGNO DE SER AMADO (CELUI QUI EST DIGNE D´ÉTRE AIMÉ), UNA NOVELA DE ABDELÁ TAIA

EL QUE ES DIGNO DE SER AMADO portada

Cuando escribí la reseña a Mi Marruecos (Mon Maroc) de Abdelá Taia (Edit. Cabaret Voltaire, 2009), decía que se trataba de un libro entrañable, nostálgico, escrito por alguien que había conseguido salir de la miseria de su infancia para convertirse en un excelente narrador, alguien que desde París, donde vive, mira con un cariño desmesurado a su pasado y a su país de origen: Marruecos.

Y también decía que su narrativa es sencilla, pero envolvente, y nos va sumergiendo muy poco a poco en su pequeño universo, alrededor de M´Barka, su madre, a la que declara un amor profundo, y de sus hermanos, su padre y sus tíos. Cuando rememora a su tía Fatema, a la que llamaba mamá, su escritura se hace tierna, se dulcifica.

Ahora acabo de leer El que es digno de ser amado (Celui qui est digne d´étre aimé), que vuelve a editar en español Cabaret Voltaire en el año 2019, con traducción del francés de Lydia Vázquez Jiménez. Y esos diez años que transcurren entre un libro y otro se nota. No en su narrativa, que sigue siendo sencilla y envolvente, pero sí en el fondo de lo que cuenta.

Novela epistolar en la que reúne cuatro cartas distintas: dos que Ahmed, el protagonista, envía, y otras dos que recibe. Y he de decir que atrapan.

La primera de las cartas la dirige Ahmed a su madre Malika. De nuevo una declaración de amor a la madre, pero aquí se trata de una mujer fuerte, recia, que domina a su marido y a cuantos la rodean. Como ocurrirá en el resto de las cartas que componen la novela, la superioridad y la sumisión o el poder y el servilismo resultan temas capitales para Taia, estableciendo así las relaciones de los personajes protagonistas. En esta primera, Malika representa la inflexibilidad y la intolerancia de una mujer dictatorial (y que personifica a muchas mujeres marroquíes) que marcará la vida de los suyos, en especial de Ahmed quien, sin embargo, pese a los reproches por tantas cosas no deja nunca de amarla.

Agosto de 2015. Carta a Malika.

“…Sé ahora que tenía razón, que tenía valor, que tenía suerte. En este mundo en guerra permanente, había en ti un jefe, un general, un rey, un brujo poderoso, judío sin duda.

Ahora estoy solo celoso de aquel padre, de aquel hombre, de su dicha y hasta de su muerte.

Se murió un día en que le dijiste claramente, delante de nosotros, que el sexo se había terminado. Terminado.

<Se acabó el seco para ti, Hamid. Ni esta noche. Ni mañana. Ni nunca.>

Tenía 65 años.

No dije nada.

Se quedó viendo con nosotros el capítulo de la telenovela egipcia hasta el final, y luego se fue.

Nunca volvió con nosotros, entre nosotros.

Tú nunca volviste a reunirte con él en plena noche, mientras nosotros dormíamos.

Lo habías castigado, exiliado, matado.

Como siempre, obedeció.”

El segundo texto epistolar es una carta que Vincent le escribe a Ahmed. Desgarradora, es una desesperada llamada de auxilio de un amante despechado, malherido y despreciado. En realidad, parece como si Malika, su madre, se hubiese reencarnado en Ahmed, y que, según concluimos al leer su misiva, actuara con la misma arrogancia, como un dictador a imagen de ella. No hay rastro de misericordia o de piedad en su actos, como si se vengara de cuanto ha padecido hasta situarse en el país de acogida devolviendo su sufrimiento a quienes llegan a amarlo.

Julio de 2010. Carta de Vincent.

“…No te he olvidado.

En ningún momento.

Tienes que volver.

Debes hacerlo, Ahmed, debes hacerlo.

Sin haberlo visto nunca, estoy seguro de que conoces a mi padre mejor que yo. ¡Vuelve!

Al final del todo, le vino a la memoria una canción judía-marroquí de su madre. Hak, a mama. La cantaba muy bajito y se quedaba dormido.

Son las únicas veces en que le oí pronunciar palabras en árabe. Otra persona estaba entonces delante de mí, lejos de Francia, de su realidad, de su política y de su historia. Él: un crío en su mellah, en su gueto, en su paraíso perdido.

Se fue, mi padre. Murió. Y la canción Hak, a mama se quedó….”

La homosexualidad de Ahmed, al igual que ocurriera en Mi Marruecos, es parte fundamental del relato de Abdelá Taia, y Ahmed sirve de correa de transmisión. Si en ese libro nos desvelaba su condición sexual y esa sensación de soledad por las calles de París, en El que es digno de ser amado el protagonista hace examen de conciencia y es evidente que hay un reproche al país que lo acoge, a Francia, y que se encarna en la figura de Emmanuel, su primer amante francés.

Marroquí y homosexual. Eso le obliga a estudiar y hablar correctamente el idioma, con más ahínco que el resto de los inmigrantes, a integrarse, aunque los franceses no lo acojan como a un igual, a convertirse en una especie de amante exótico para usar y tirar. Es en esta carta a Emmanuel donde más amargura he percibido en el autor, como si hubiera descubierto que todo es una impostura y, quizá por ello, su redescubrimiento de Marruecos, su añoranza, su nostalgia.

Julio de 2005. Carta a Emmanuel.

“…Con 30 años, ya ni siquiera hablo árabe como antes. Al teléfono, mis hermanas se ríen de mí. Ahora tengo un acento raro en esa lengua.

Mi lengua ya no es mi lengua. ¡Qué tragedia! ¡Y qué tristeza! No podré volver atrás. El Ahmed que soy, en el fondo, lo conocí solo hasta los 17 años. En el cementerio de Salé, por voluntad propia, te ayudé a matarlo.

Había que cambiar. Había que transformarse. Había que dominar la lengua francesa. Esa era la vía regia para salir de la miseria, ser libre, ser fuerte.

Tú dijiste eso, tú me lo dijiste sin dudar un solo instante…”

Para cerrar el libro, Taia escoge una carta que escribe Lahbib a Ahmed. Lahbib es su mejor amigo de infancia. Y es precisamente él quien hace de Pepito Grillo. Anunciando quizá su inminente suicidio, su carta trata de revivir lo mejor de su amistad, sana, libre, en Marruecos, en su tierra. Y aunque quien escribe es Lahbib, quien siente es Ahmed.

Mayo de 1990. Carta de Lahbib.

“…Durante los segundos en que tendí el ramo de flores a Gérard, comprendí el mensaje de Simona y me creí liberado del influjo de su hijo. Pensé que podía conseguirlo.

Paso al acto. Le doy las flores a él y me voy. Hazlo, Lahbib. Hazlo. Tiene 45 años. Tiene una gran casa en Rabat, tiene un gran puesto en la embajada de Francia, tiene la virilidad que deseas, su sexo que adoras, ese vello suyo que te vuelve loco, pero tú, tú, Lahbib, solo tienes 17 años. En el mundo, hasta en el Marruecos que te oprime y te asfixia, hay otra cosa. El aire pertenece a todos. A todos nosotros y nosotras. Puedes vivir mientras respires el aire que te pertenece.

Solo tienes 17 años, Lahbib.

Tú, Ahmed, tienes dos años menos que yo. 15 años. Somos amigos, colegas, hermanos. Hemos conseguido seguir siéndolo, siempre. Hermanos que se pelean, que disputan, que se mantienen juntos a pesar de todo. Hermanos que respetan la promesa. La única promesa que cuenta. Encontrarse una vez por semana delante de los trenes que pasan, hablar de nosotros, tú y yo sin ellos…”

No es una novela epistolar condescendiente. Hay mucho desgarro y desengaño, y por ende mucho dolor tras estas cuatro historias que son una sola. Un excelente libro.

Sergio Barce, agosto 2020

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