Archivo de la categoría: OTROS AUTORES, OTROS LIBROS

«LOS PERROS DE TÁNGER», UN POEMARIO DE ISAAK BEGOÑA

Nos vemos en Tánger

dijiste

Y aquí he venido a esperarte

entre barcos a la deriva

sueños y malandros

Entre la bruma del estrecho

con una vieja chilaba

y zapatos ajados.

Este bellísimo poema se titula Nuestra historia siempre vuelve, y pertenece al libro Los perros de Tánger, de Isaak Begoña.

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El volumen recoge unos textos cargados de humanidad, añoranza y buena poesía. Tánger como inspiración, como lugar de retorno, como destino del alma y de los sueños. Isaak Begoña ha confeccionado un hermoso mosaico de palabras que me han taladrado, como lo hará a cualquiera que sienta esta nostalgia impenitente por Tánger en particular, por Marruecos en general, porque en su compleja sencillez te alcanzan el corazón. A veces, los versos me llegan y se varan en mi pecho. Los poemas de Isaak Begoña lo han hecho.

Medina

 

Los zocos

grandes y pequeños

son una alfombra de luz

que baja desde la kasbah

hasta el puerto

Territorio de verano

alacena de mis recuerdos

y sueños.

La edición está muy cuidada y es un placer tener el libro entre las manos. Los textos están en español, francés y árabe, con traducción de Abdelkrim Zekri Tarifet y Véronique Hoffmann-Martinot, acompañados de suaves y delicadas ilustraciones de Lucie Geffré. Edita Volapül Ediciones.

Sergio Barce, diciembre 2021

ISAAK BEGOÑA
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«DEL SILENCIO», UNA NOVELA DE SERGI BELLVER

Siempre he dicho que una de mis obsesiones cuando escribo una novela o un relato es su final, que cuido con esmero porque sé que es lo que dejará en el lector el último sabor de boca. Detesto esos autores que acaban sus historias de cualquier manera. He arrojado más de un libro contra la pared decepcionado por su desenlace tras haberme leído doscientas, trescientas o cuatrocientas páginas anhelando la guinda del pastel.

Todo este preámbulo es para decir que, hace unos diez minutos, he cerrado Del silencio, la novela de Sergi Bellver. Y es de esos textos que tienen un final a la altura del resto de libro.

No había leído nada de mi tocayo Sergi Bellver hasta este momento, pero me he sumergido en las páginas de su novela con el presentimiento de que tras esa atractiva portada se escondía algo que merecía la pena. A veces, las corazonadas aciertan.

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De entrada, me he encontrado una narrativa sólida y cuidada, de esa que sabes que se ha escrito con la sobriedad de quien tiene claro lo que desea transmitir, de esa que intuyes que encierra un corazón enorme tras las palabras impresas. Porque lo que he encontrado en esta novela es un narrador de una gran humanidad y ternura, y de un estilo vibrante.

Del silencio es una novela río que sorprende por la solidez de sus personajes y por la detallada localización física y temporal de su historia: de 1948 a 1969 viajamos con el protagonista de París a Óbuda y de Óbuda a París, de Budapest a Viena y de Roma a Praga. Una novela en la que el silencio es, por supuesto, uno de sus ejes, pero que le sirve a Sergi Bellver para armar jarana con su buena prosa, porque su silencio es el ruido de los males que han ido minando la concordia y la hermandad de los pueblos que conforman este mapa europeo en el que vivimos. Este viaje es un recorrido lúcido, ácido y crítico (tres esdrújulas para describir su novela) de la reciente historia de Europa, en el que asistimos a todos los hitos que han marcado a varias generaciones, desde las consecuencias de la segunda guerra mundial hasta el aplastamiento de los sueños de libertad que nacieron en Hungría primero y en Checoslovaquia años después, y el mayo francés del 68 que, con una mirada desapasionada y madura, Sergi Bellver desmonta de su romanticismo. Lo sorprendente es la facilidad con que logra ubicar al protagonista de esta novela en cada uno de esos acontecimientos, de forma natural, incluso lógica, empujado siempre por las circunstancias y por un ansia de libertad que, a mí particularmente, me hace volver a revivir muchos de los sueños de juventud.

Hay personajes conmovedores: el tío Gábor, Sanyi, la señorita Germain, Omar, Pablo, los abuelos y, por supuesto, Vêra (quién no se enamora de Vêra). Una trama en la que habitan pequeños héroes anónimos que son quienes han escrito realmente la historia de este continente. Y hallo tantos puntos de conexión entre su visión del mundo y el mío que me he reconocido en muchas de sus sentencias. Me gusta esa humanidad que supura de sus frases y esa cercanía al aproximarse a sus personajes hasta convertirlos en seres que respiran y se mueven a nuestro alrededor.

“Pronto llevaré tanto tiempo en Francia como el que pasé en Hungría, a veces Jean o János me suenan igual de raros y ya no sé muy bien a qué lugar pertenezco. Me pregunto cuánto queda en mí del niño que se crió en Óbuda o si de verdad he llegado a hacerme un hombre en Montparnasse. Cada vez me resulta más pesado hablar en cualquiera de mis dos lenguas, la materna y la aprendida, y tengo la sensación de haber ido construyendo un tercer país a mi alrededor, uno invisible y sin banderas, hecho de soledad y de silencio, aunque a veces salga de sus fronteras y me olvide un poco de mi particular guerra civil para visitar a varios de mis aliados…”

La descripción de los lugares donde se ubica la trama es minuciosa, y consigue que nos movamos por ellos como si realmente pisáramos las calles y barrios de París, Óbuda, Praga o Viena, los campos de Sumava e incluso la rivera del Moldava, del Sena, del Danubio… ríos que son vida y que mecen el silencio de la historia que Sergi Bellver ha trenzado como un cordel al que nos ata para que no dejemos de leer.

“……ella pone el disco de Janácek. Suena la primera pieza, encuentro una navaja y Vêra me traduce el título de la serie, <En el sendero cubierto de maleza>. Nos comemos el embutido y el pan de pie, frente a la cocina, y con los siguientes movimientos del piano, pelo la fruta, le doy un trozo a Vêra, me como otro y me chupo el jugo del pulgar. Dejo la navaja en un vaso y terminamos de cenar callados, con los acordes del tal Firkusný columpiándose en el ambiente de la estancia, la boca llena de pulpa de melocotón y la mirada clavada en la mirada del otro. <Buenas noches>, me dice entonces Vêra antes de besarme, y no entiendo, ni me importa, ya con los sabores de la fruta y de Vêra mezclados en mis labios. <La pieza, se llama así>, insiste, y le borro la sonrisa y otro <Bunas noches> con la lengua. Acaba la primera cara del disco pero la música ha dejado su manto en el silencio y la penumbra del piso. Nos acercamos a la ventana y allí, descalzos, me acuerdo de aquella otra isla de paz que un día compartimos, tan distinta Kispest de Malá Strana y aquella casa en el llano de este piso en la colina, pero con la misma sensación de refugio apartado del mundo y la misma compañía de los árboles. Tan distintos nosotros, también, de aquel par de jóvenes, con todas las heridas invisibles y todos los fantasmas que ahora nos habitan. Me siento en el sillón y Vêra se queda de pie frente a mí. Pero mi rostro a su vientre, exhalo desde lo más hondo y le abrazo así, mientras ella me acaricia el pelo desde arriba. Deslizo la mano por debajo del vestido, le subo media falda y, con el tacto y la memoria, leo la cicatriz de su rodilla. Con todo este silencio cargado de las palabras que no supimos ni pudimos decirnos en Budapest ni en todos los años que siguieron, cada uno en su mitad de esta Europa rota, sólo tenemos la piel y el gesto para que mañana, cuando volvamos a separarnos, no nos quede dentro tanto vacío. Trepan mis manos por sus muslos, retiro una tela y otra, le busco el sexo, le meto despacio dos dedos y me los llevo a la boca. <Te recordé bien>, le digo a Vêra, que me tira del pelo un instante y me devuelve la mirada hambrienta, los dos sumidos en el abismo del otro, ya sin sonreír ni jugar, sino como quienes cumplen al fin un juramento. Todos los sabores de Vêra permanecían intactos en mi recuerdo, la sal de su sexo, el pan de su vientre y la tierra de su espalda. Todos sus rincones se abren de nuevo a mis sentidos, el fulgor de su cuello, la fibra de su hombro y la especia de su axila…”

Hay mucha música en estas páginas, desde Beethoven y Chopin hasta The Beatles y David Bowie, pasando por el jazz y el rock, y hay también mucho cine, del que a mí me gusta y del que Sergi Bellver me ha descubierto o, al menos, del que ha conseguido despertar mi curiosidad. Así que esta novela no sólo habla del silencio del dolor, de la pérdida y de la nostalgia, del amor fraterno, paterno o romántico, también lo hace del silencio que se quiebra con un buen tema musical o con el sonido de un film proyectado en un viejo cine del siglo pasado. Pero sobre todo habla del amor escrito en silencio, pero en mayúsculas.

Ya he dicho antes que las páginas de esta novela contienen altas dosis de humanidad y ternura, y he de reconocer que hay momentos que llegan al corazón. La señorita Germain y su piano, su carta, su silencio. El dolor de Vêra y la luz que enciende Vêra en la vida de János. Esos entrañables momentos de intimidad a los que Sergi Bellver dota de verdad. Y, como ya anunciaba al inicio, su final es un broche excelente para quedarse con un sabor dulce en los labios, el mismo sabor de la pulpa de ese melocotón que comparten los amantes protagonistas.

“…Esta mañana, al levantarme y salir al porche, el mundo entero ha desaparecido. Los abuelos no están, la camioneta tampoco y la niebla lo tapa todo a sólo unos metros de la casa. No se oye ningún pájaro, ni a las gallinas, ni el crujido de una sola rama, ni rastro de viento. Creo que si le arrojara una piedra a la niebla, aun con todas mis fuerzas, la engulliría en silencio, como si ya no hubiera suelo ni paisaje en los que caer al otro lado…”

Del silencio ha sido publicada por Ediciones del Viento.

Sergio Barce, diciembre 2021

 

SERGI BELLVER
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BIOGRAFÍA DE «JAN MORRIS», POR ALBERTO OLMOS

La editorial Zut viene publicando una colección llamada Vidas térmicas, biografías concentradas en apenas 100 páginas sobre personajes realmente interesantes. Ya escribí de la magnífica biografía escrita por Rocío Rojas-Marcos acerca del gran Mohamed Chukri, con el añadido de haber tenido la suerte de acompañarla en su presentación en Málaga.

Ahora, acabo de leer otro de los títulos de estas Vidas térmicas, el dedicado a la vida de Jan Morris, que rubrica el escritor y periodista Alberto Olmos. De nuevo me encuentro con un texto interesantísimo y bien armado, que hace de la lectura un pequeño placer. El personaje elegido, además, es singular: James Morris es Jan Morris. James fue el único periodista que acompañó a la primera expedición que coronó el Everest en 1953 y, junto a este acontecimiento, cubrió otros eventos históricos que lo convirtieron en un afamado reportero freelance. Pero en 1972, viaja a Casablanca y, clandestinamente, jugándose la vida, cambia de sexo. A partir de ahí, su vida es otra.

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“…Jan Morris tiene a su vez mucho que decir sobre las diferencias entre ser hombre y ser mujer, pero casi ninguna de sus aportaciones guarda relación con la sexualidad. Ya vimos que Morris no era una persona esclavizada por la pasión erótica, ni siquiera se le nota en ningún momento muy concernido por ella. Siendo hombre o siendo mujer, ni los hombres ni las mujeres le vuelven loco.

Su inmersión completa en la feminidad empezó en aquella clínica de Casablanca. Morris considera que pasó 35 años como hombre, diez a media distancia entre ambos sexos y el resto de su vida (que serían 49 años) <como yo misma>. En ningún momento Jan Morris se siente parte de un grupo o colectivo, sean <los transexuales> o <las mujeres>. Desde luego nunca se sintió parte de <los hombres>. Durante toda su vida gozó, gracias a su singular hiperestesia, de una visión de sí misma cercana a cierta soberanía identitaria, un yo mítico y determinante que, desde una genuina vanidad, se consideraba distinto a cualquier otro sobre la faz de la Tierra…”

No hay morbo alguno en esta biografía, trazada con gran concisión y en la que es evidente que Alberto Olmos, atrapado por este sorprendente personaje, nos contagia su curiosidad por desentrañar quién se escondía tras James Morris y quién tras Jan Morris. Con su narrativa, nos conduce por una vida de 94 años en las que la misma persona fue marido, padre de cinco hijos, soldado y reportero, pero también mujer, compañera de la que antes fuera su esposa, historiadora y novelista. No se puede tener una existencia más fascinante y diferente.

“…Morris consideraba que el género orientaba de alguna manera al otro género, el literario, de modo que como hombre lo natural, según su concepción, era escribir reportajes y, como mujer, novelas. En realidad, Morris solo escribió dos novelas, a partir de los años ochenta, pero el cambio de sexo le parecía determinante hasta para la elección de expresión literaria; le parecía determinante para todo…”

Interesante seguir sus huellas y su concepción de la vida y de la literatura a través de los ojos de Alberto Olmos.

Jan Morris ha sido publicada por Zut Ediciones, en octubre de 2021.

Sergio Barce, diciembre 2021

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MOHAMED EL MORABET, GANADOR DEL PREMIO MÁLAGA DE NOVELA

Mi querido amigo el escritor Mohamed El Morabet ha sido galardonado con el Premio Málaga de Novela con la obra Desierto mar, que será publicada por Galaxia Gutenberg. Feliz porque haya recaído en alguien que aprecio tanto.

Mas información en el siguiente enlace:

https://www.diariosur.es/culturas/libros/mohamed-morabet-premio-malaga-novela-20211213134914-nt.html

Con Mohamed el Morabet en la pasada Feria del Libro de Madrid, en septiembre, cuando intentábamos buscar un sitio donde tomar la última copa

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«HORAS MUERTAS», UNA NOVELA DE JOSÉ A. GARRIGA VELA

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Galaxia Gutenberg ha publicado Horas muertas, la última novela de José Antonio Garriga Vela, uno de los autores que siempre menciono cuando me preguntan por alguna referencia de narrativa española actual. Fascinado siempre con sus historias y artículos, especialmente con Pacífico, que siempre recomiendo como novela modelo y de historia casi perfecta, me he sumergido ahora en esta nueva obra que, particularmente, me ha parecido una rara avis en su producción narrativa. Con evidentes puntos de conexión con otras de sus novelas, en especial con Muntaner, 38, a la que nos traslada cada vez que aparece el padre del narrador, también hay un salto al vacío y un arriesgadísimo ejercicio de estilo. La narrativa de Garriga Vela se reconoce desde los primeros párrafos (un arranque de novela fascinante y ejemplar), pero ha optado por un juego de espejos casi surrealistas a veces y eso requiere de una lectura atenta y concentrada, una complicidad con el lector que debe dejarse arrastrar por sus cambios temporales y espaciales.

Como decía, su primera página ya es un alarde de escritura cuidada y pulida:

«Me cruzo con Krauel por una  calle de Dublín siete años después de su muerte. Lleva una gabardina con el cuello levantado y anda cabizbajo sin fijarse en nada. Al oír su nombre levanta la mirada sin reconocerme, como si los fantasmas no tuviéramos memoria. Lo observo caminar despacio calle arriba con el cansancio del bañista que alcanza la orilla tras vencer la resaca y el vago deseo de dejarse arrastrar por la corriente. Quizá la pesada carga del olvido lo haya convertido en un hombre solitario que se obstina en buscar algo que hace tiempo perdió para siempre. El primer impulso es seguir sus pasos, pero me contengo. No quiero resucitar al amigo que desea permanecer muerto. Al afirmar que no me reconoce lo digo con la ingenua intención de justificar su conducta. No me siento ofendido por el hecho de que pase de largo, cuando existe complicidad entre dos personas no es necesario dar explicaciones ni siquiera en los momentos más delicados. Hay quien resuelve los problemas durmiendo, se acuesta y al día siguiente lo contempla todo de manera distinta. Krauel lleva más de siete años dormido y no está dispuesto a permitir que nadie le obligue a despertar de repente. La mañana que Sofía llamó por teléfono para comunicarme la noticia de su muerte intuí que el suicidio era un señuelo que él mismo había tramado para que lo dejáramos tranquilo…»  

La historia de unos guionistas de series televisivas que, en su día a día, mezclan sus historias inventadas con las de sus propias vidas y con las vidas de quienes han transitado en sus pasados. Y escribe:

«Me atrevería a decir que casi todo el mundo lleva una doble vida para no morir del todo»

Esta escueta frase en la página 71 es todo un resumen de esta novela a contracorriente, compleja sin duda, armada con varias <matrioskas> conectadas como vasos comunicantes y que se van abriendo una a una en cada uno de los pubs irlandeses en los que ubica cada uno de los capítulos, un acierto en su red de mentiras y verdades. Porque en eso consiste esta novela, en mezclar verdades y mentiras, personajes reales y ficticios, en historias que ocurrieron en el pasado y que se desarrollan en el presente junto a otras que solo existen en la imaginación de los protagonistas mientras afrontan sus vidas y las de sus creaciones televisivas. Guiños constantes al cine clásico y a James Joyce y a su Ulises y a Dublín. Hay mucha cerveza en sus páginas, y mucha literatura. Narrada al son de una música que bien pudiera haber compuesto Tom Waits, parece escrita en la barra del The Brazen Head con una pinta delante que nunca se acabara. Garriga Vela construye un mundo único, irreal, caótico a veces, hipnótico siempre. Ya sabemos que usa un viejo metrónomo para encadenar sus palabras, para atarnos a sus frases amansadas y pensadas al milímetro. Pero en esta ocasión, además, jugándosela contra todo pronóstico, aunque con un as guardado en la manga.

Sergio Barce, diciembre 2021

  

JOSE ANTONIO GARRIGA VELA & SERGIO BARCE
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