Archivo de la categoría: OTROS AUTORES, OTROS LIBROS

“HISTORIA DE LAHCEN E IDIR”, DE PAUL BOWLES

JANE Y PAUL BOWLES

JANE & PAUL BOWLES

Uno de mis placeres, es releer los cuentos que me han gustado en algún momento. Hay varios de Paul Bowles. Uno de esos relatos es el titulado Historia de Lahcen e Idir.

En el siguiente fragmento de este cuento, que lo reproduzco por el simple placer de poder compartir su lectura con vosotros, hay que dejarse llevar por las palabras, y, en seguida, ellas nos embozan y, pese a la sencillez de la historia, al instante creemos estar presenciando in situ lo que acontece.

Sergio Barce, julio 2019

“…A veces Lahcen venía por la noche con una botella de vino. Se bebía toda la botella mientras Idir fumaba su pipa de kif, y escuchaban la radio hasta el final del programa, a las doce. Luego, ya muy tarde, paseaban por las calles de Dradeb hasta un garaje donde un amigo de Lahcen era vigilante nocturno. Cuando había luna llena, superaba en luminosidad a las luces callejeras. En las noches sin luna no había nadie en las calles, y en unos pocos cafés los hombres se contaban lo que habían hecho los ladrones, y que había más que nunca. Esto se debía a que casi no se podía conseguir trabajo, y a que la gente del campo estaba vendiendo sus vacas y sus ovejas para poder pagar los impuestos, y se venía después a la ciudad. Lahcen e Idir trabajaban ocasionalmente, siempre que encontraban algo que hacer. Tenían un poco de dinero, comían siempre, y Lahcen podía permitirse algunas veces su botella de vino español. El kif de Idir era algo más difícil, porque cada vez que la policía decidía cumplir la ley contra su consumo, empezaba a escasear y el precio subía. Después, cuando lo había en abundancia porque la policía se dedicaba a buscar armas y rebeldes, el precio se mantenía alto. Él no fumaba menos, pero lo hacía a solas en su cuarto. Si fumas en un café, siempre hay alguien que se ha dejado el kif en casa y necesita usar el tuyo. Les dijo a sus amigos del café Nadjah que había abandonado el kif, y nunca aceptaba una pipa cuando se la ofrecían.

De regreso en su habitación a primeras horas de la noche, con la ventana abierta y el soporífero ruido urbano, pues era verano y las voces de la gente llenaban las calles, Idir se sentaba en la silla que había comprado y colocaba los pies sobre el antepecho de la ventana. De aquel modo, podía ver el cielo mientras fumaba. Lahcen aparecía para charlar. De vez en cuando iban juntos a Emsallah, a una barraca cerca del matadero, donde vivían dos hermanas con una madre débil mental. Emborrachaban a la madre y la ponían a dormir en el cuarto del fondo. Después conseguían que se embriagaran las muchachas y pasaban la noche con ellas, sin pagar. El coñac era caro, pero no tanto como podían costar las rameras.

A mediados del verano, en la época del Sidi Kacem, el tiempo se puso súbitamente muy caluroso. La gente instalaba tiendas hechas con sábanas en las azoteas de las casas, y cocinaba y dormía allí. Por la noche, bajo la luz de la luna, Idir veía todos los tejados, cada uno con su cubículo de sábana agitada por el viento, y dentro de éstos el resplandor rojo del fuego en el hornillo. De día, el sol reflejado en el mar de sábanas le hería los ojos, y se cuidaba de no mirar hacia afuera cuando pasaba por delante de la ventana al desplazarse por la habitación. Le habría gustado vivir en una habitación más costosa, que tuviera una persiana para no dejar entrar la luz. No había forma de protegerse contra el brillante fulgor veraniego que llenaba el cielo, y aguardaba ansiosamente el anochecer. Tenía por costumbre no fumar kif antes de la puesta del sol. No le gustaba hacerlo de día, sobre todo en verano, cuando la atmósfera es calurosa y la luz violenta. Cuando cada día empezó a ser más bochornoso que el anterior, decidió comprar comida y kif suficientes para varios días, y encerrarse en su cuarto hasta que hiciera más fresco. Aquella semana había trabajado dos días en el puerto y tenía algo de dinero. Puso los alimentos sobre la mesa y cerró la puerta con llave. Después quitó la llave de la cerradura y la arrojó al cajón de la mesa. Entre los paquetes y botes de la cesta de la compra había un voluminoso envoltorio de kif en papel de periódico. Lo abrió, apartó un manojo y lo olió. Pasó las dos horas siguientes sentado en el suelo arrancando las hojas y picándolas sobre una tabla de cortar pan, zarandeando, cortando, una y otra vez. En un momento dado tuvo que cambiar de sitio para huir de los rayos del sol, que lo habían alcanzado. Para cuando el sol se puso, tenía preparado el kif suficiente para tres o cuatro días. Se levantó del suelo y se sentó en la silla con el saquito y la pipa en el regazo, y fumó, mientras la radio tocaba la misma chleuh que se emitía siempre a aquella hora para los tenderos del Souss. En los cafés, los hombres solían levantarse y apagarla. Idir disfrutaba con ella. A los fumadores de kif generalmente les gusta, debido al naqus que siempre repite el mismo motivo.

La música duró largo rato, e Idir pensó en el mercado de Tiznit y en la mezquita con los troncos sobresaliendo de sus muros de barro. Miró al suelo. Todavía había luz diurna en el cuarto. Abrió los ojos al máximo. Un pajarillo caminaba lentamente por el suelo. Dio un salto. Cayó la pipa de kif, pero su cazoleta no se rompió. Antes de que el pájaro pudiera moverse le había colocado una mano encima. No se resistió, ni siquiera cuando lo sostuvo entre ambas manos. Él lo miró y pensó que era el pájaro más pequeño que hubiese visto nunca. Su cabeza era gris, y las alas blanco y negro. El pájaro lo miraba y no parecía asustado. Se sentó en la silla con el pájaro en el regazo. Cuando alzó la mano, el pájaro permaneció inmóvil. <Es un pichón y no sabe volar>, pensó. Fumó varias pipas de kif. El pájaro no se movió. El sol se había puesto, y las casas iban tornándose azuladas bajo la luz nocturna. Acarició con el pulgar la cabeza del pájaro. Después se quitó el anillo del dedo meñique y se lo deslizó sobre el suave plumaje del pescuezo. El pájaro no se inmutó.

-Un collar de oro para el sultán de los pájaros-dijo él…”

Historia de Lahcen e Idir, es uno de los relatos que se incluyen en los Cuentos reunidos, de Paul Bowles, publicado por Alfaguara, con traducción de Héctor Silva.

Cuuentos reunidos

 

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CONVERSACIONES CON WOODY ALLEN

Estoy leyendo Conversaciones con Woody Allen (Conversations with Woody Allen) de Eric Lax, publicado por Lumen y con traducción del inglés de Ángeles Leiva. Un libro muy bien editado, interesante y divertido. Y me encuentro con la siguiente anécdota que le relata el genial Woody Allen al entrevistador en abril de 2005 y que no me resisto a reproducir:

“…Eric Lax: ¿Sigue escribiendo a mano?

Woody Allen: Sigo escribiendo como siempre, a mano y luego con la máquina de escribir de toda la vida. Lo escribo a máquina porque nadie entiende mi letra. Luego lo repaso otra vez y como la mayoría de las veces lo destrozo tengo que volver a mecanografiarlo. Me quejo de tener que escribir a máquina, pero en el fondo no me importa tanto. Me pongo música y aprovecho para escuchar mis discos de Jelly Roll Morton.

A mis dos hijas les encanta jugar con la máquina de escribir. Siempre me preguntan: <¿Podemos escribir? ¿Podemos escribir?>. El otro día me estaba acordando de cuando la compré por cuarenta dólares; tenía dieciséis años y ahora tengo casi setenta, y ahí están mis hijas, enredando con la máquina de escribir; una Olympia manual portátil. No tiene ni un solo rasguño. Está reluciente como el primer día.

(Durante sus primeros años como escritor, Woody no sabía cambiar la cinta de la máquina de escribir, así que invitaba a cenar a alguien que sí sabía y durante la velada decía como quien no quiere la cosa: <Ah, por cierto, ¿podrías echarme una mano con esto?>.)” 

Conversaciones con Woody Allen

 

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YA A LA VENTA “CRÓNICA DE UN REENCUENTRO”, UN LIBRO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN

Ya ha salido a la calle el  nuevo libro del escritor larachense León Cohen Mesonero Crónica de un reencuentro (Círculo Rojo, 2019).

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Leemos en su contraportada lo siguiente:

Esto no es una novela ni lo pretende, ni siquiera aspira a ser un ensayo sobre la creación literaria, es solamente, como se indica en el título, la crónica del reencuentro de un autor con sus personajes para recorrer el camino literario en sentido inverso. Una entrega por capítulos en un universo mágico lleno de fantasía y de imaginación.

En palabras de Gloria Nistal: <Cinco personajes: Rachid, el aprendiz de alquimista, Juanita, Sol y Jacobi dialogan años después con el escritor que les dio vida. Apenas cuarenta páginas son la esencia de un prodigioso y original juego donde el intelecto y la literatura se dan la mano>

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“UN SOLAR ABANDONADO”, UNA NOVELA DE MOHAMED EL MORABET

Llevo una racha de lecturas excelente. Hace días acabada El pasado simple (Le passé simple) de Dris Chraibi, y mientras andaba con De mujeres con hombres (Women with men) de Richard Ford, se me ha colado Un solar abandonado, de Mohamed El Morabet. Además, he tenido la fortuna de conocer a Mohamed en persona y hemos conectado. Después de leer su libro he comprendido la razón: nos une el mismo alambique en el que se destilan los sentimientos.

UN SOLAR ABANDONADO portada

El estilo de Mohamed El Morabet es elegante y silencioso. Con algo de “vilamatense”. Sabe dosificar con inteligencia las distintas piezas con las que juega en esta novela: la vida diaria del protagonista, Ismael Atta, su obligado viaje de regreso a Alhucemas después de años de ausencia, los relatos que se cuentan en la Dekka sin dientes (feliz reunión de cuentistas), el desasosiego que crea ese solar abandonado que da título a la novela, los libros de la abuela…

Silencio.

Trato de escuchar con atención las palabras escritas por Mohamed El Morabet.

Largo silencio.

Y mientras nos pasamos la pipa, con boquilla de mármol blanco norteño, llena de kif, me llegan por fin algunas frases:

“…Mi abuela, ¿sabes Laia?, me cuidó desde que cumplí los cinco años. Era taciturna, igual que tú. Ya te dije que tuvo dos libros en su vida, aunque era analfabeta. No sabía leer ni escribir. Y amaba aquellos libros. Los ojeaba por las tardes, después de sus maratonianas mañanas de ama de casa atareada. Me pasé horas y horas mirándolos con ella. Los primeros años de nuestra convivencia, cuando la veía cogiéndolos del primer cajón de la estantería del salón, donde guardaba las servilletas, me acercaba y me acurrucaba a su lado, para disfrutar con ellos también. Ahora mismo que te estoy contando esto, me viene a la memoria el olor a alheña, con que se embadurnaba y teñía semanalmente el pelo para luego dejarlo bien cardado, y asimismo resucita en mí el aroma a especias, con que condimentaba todos los platos que cocinaba, tayines sobre todo. También me invade el olor del alcanfor que depositaba en las estanterías y que luego habitaba esos libros. No te puedes imaginar cómo me embriagaba de niño esa mezcla de perfumes, esa explosión de fragancias sigilosas. Ahora que lo pienso, creo que fue el olor de mi infancia por excelencia.

¿Qué por qué te estoy contando todo esto? Pues, porque así puedes llegar a conocerme, Laia. Estoy buscando algo, mi verdad supongo. Y si tú me vas a conocer, deseo que me estimes en mi esencia, con toda mi epifanía sembrada de una libertad absoluta. Sin mi abuela soy un espejismo, Laia. Ella hizo que mi vida tuviese un cuerpo y un destino. Pasábamos horas y horas juntos, sin decirnos nada. Nos mirábamos con amor. Sentía su fuerza, su cariño, sabía que sus miradas me cuidaban y que ella velaba por mí. Nunca me lo dijo y siempre lo supe. Su vida, después de haber muerto el abuelo, adquirió sentido cuando me fui a vivir con ella. Yo era la razón que retaba su soledad, su angustia, sus miedos…”

Un solar abandonado me ha llevado de regreso a mi tierra. Creo que de manera inevitable. Su abuela es mi abuelo. Alhucemas es Larache. Su niñez es mi niñez. Su solar abandonado es mi callejón sin salida. Su relato de un regreso es mi relato de otro regreso. Nos unen incontables hilos invisibles. Como si pudiésemos escribir a cuatro manos historias paralelas. Algo emocionante sin duda.

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SERGIO BARCE, ABDELLATIF BOUZIANE, MOHAMED EL MORABET Y PEPE SARRIA

Pero como ya adelantaba antes, además de esa hermosa historia entre el protagonista y su abuela, teñida sin embargo por una inesperada desilusión (que no desvelaré, por supuesto), Mohamed El Morabet apuntala su novela con otros elementos tan inesperados como enriquecedores: sus constantes remisiones a escritores a los que admira y a los que enhebra hábilmente en su propia historia, su cinefilia (que también me es tan próxima), su atracción por el jazz, los temas musicales que menciona o las canciones que acompañan a muchas de las escenas narradas, el propio viaje con Marta, los cigarrillos (parece que incluso en esto compartimos alguna obsesión narrativa), su fino humor, los cuentos que relatan los amigos reunidos alrededor del té y del kif… Esos amigos que, aunque no le explicite Mohamed El Morabet, acaban siendo los últimos halaiquís… (Tengo que hablar con Mohamed, porque incluso su encuentro con Juan Goytisolo es de un paralelismo casi borgiano con el que yo mantuve con él en Tánger).

Ya casi no quedan halaiquís, es verdad, pero El Morabet los recupera para nuestro deleite. Fascinantes todos los cuentos que inventa, o no inventa, para regalárnoslo en su novela. El primero, el que narra el “hereje” de Ismael, comienza así:

“…Un joven de unos veinte años, huérfano desde los seis, había nacido en una ciudad sin mar. Una ciudad sin mar, ni lago ni río. Un vagabundo la visitó por error y la bautizó Contraisla. Y son ese nombre se quedó. En Contraisla fue criado nuestro joven por su tío paterno soltero. Él sentía agradecimiento y cariño por su tío. Su tío sentía lástima y despecho por él. Algunos días, el joven se ponía feliz con lo mínimo que le rodeaba, y en esos días, Contraisla parecía una isla en medio de un inmenso océano. A los doce años, un día de esos de felicidad, pudo leer El viejo y el mar de Hemingway. No la entendió, pero anheló el mar y tuvo un deseo: llegar a pescar con caña alguna vez en su vida.

Era finales de verano. Un verano largo, duro y seco. Nunca antes había vivido un septiembre tan tórrido y denso como ese. Y se propuso cumplir su deseo después de ocho años. Fue al zoco y compró una caña de pescar con el dinero que había ahorrado.

Tenía todo. Tenía todo menos dónde pescar. Pensó. Suspiró. Se rascó la cabeza y, al final, decidió. Se le ocurrió pescar en el pozo del cementerio…”

Buen anzuelo el pozo del cementerio para encadenarnos a sus historias, a las que nos cuentan esos amigos entre largos silencios, bebiendo té y fumando kif con una pipa, con boquilla de mármol blanco norteño…

Me han embaucado muchos pasajes de esta novela, y los he disfrutado como si formaran parte de mi propia vida. Hay magia en las palabras de Mohamed El Morabet, como si fuese un cuentacuentos que escribiese poemas en medio de la plaza, y que los escribiera a voz en grito. Un solar abandonado es conmovedor y es agridulce, es cándido y es maduro, acaricia el alma, pero encoge el corazón.

Hay tanto en común en estas páginas con muchos de mis relatos y con algunas de mis novelas, que creo habitar en las páginas de esta novela. Me ha llegado profunda y sinceramente. Ha calado en mis sentimientos.

Mohamed, vayámonos a ese solar de Alhucemas (o a mi callejón sin salida de Larache) y volvamos a jugar al fútbol con una pelota vieja. Regresemos pese al dolor.

Sergio Barce, mayo 2019

Un solar abandonado, de Mohamed El Morabet, ha sido publicado por la editorial Sitara, dentro de la colección Fragua de Kulub, en 2018.

mohamed el morabet

MOHAMED EL MORABET

 

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