
La narrativa de Agustín Gómez Arcos es abrumadora. De nuevo entro en su territorio. En esta ocasión, en una novela ambientada en la oscura época del franquismo. El asesinato de un vil y feroz inspector de policía, maltratador y torturador, pervertido y corrompido -magnífica metáfora ésta del sistema franquista- es el centro sobre el que pivota toda la novela y todos sus personajes. El título es certero y tiene todo su sentido: «Escena de caza (furtiva)». Genial que el adjetivo vaya entre paréntesis.
Novela irreverente, revolucionaria, dura como pocas, ampulosa a veces, barroca en otras, vanguardista y transgresora, desmesurada, antifascista, estructuralmente fascinante, incómoda seguramente para algunos lectores, incluso blasfema, asombrosa para otros, divertida y esperpéntica a ratos, devoradora de adjetivos y de frases construidas por un arquitecto del lenguaje. Impacta su lectura e impacta el valor de su autor. Escrita entre 1977 y 1978, es tan moderna y visceral en sus planteamientos que, incluso hoy, resulta innovadora y diferente. Una obra que no puede dejar indiferente a nadie.
Sergio Barce, 2 de julio de 2026
Dos fragmentos de «Escena de caza (furtiva)»:
«…Germán Enríquez sabía muy bien cómo son los huérfanos. Y los orfanatos. Allí, de pequeño, se había hecho experto en delaciones. Todos aquello mocosos, carentes de núcleo familiar, eran un hatajo de sinvergüenzas. Regla general de la que él, policía, era la única excepción que la confirmaba.
Ordenó la sesión de tortura con la mente puesta en el ángel vestido de morado, hambriento de sacramentos, agazapado en la penumbra gótica. Chupó a la víctima hasta dejar un mero caparazón de pellejo y esqueleto. Le arrancó tan numerosas y contradictorias confesiones que el policía estaba seguro de haber conseguido su mejor trofeo de caza. Porque, además de ladrón, el huérfano resultó ser comunista, maricón, anarquista, ateo, prevaricador, chivato impenitente de los vicios monjiles, voyeur, fanático del placer solitario, obsesionado con enseñar sus partes íntimas a la monja cocinera (a la pobre pecadora no le disgustaba), blasfemo, protestante musulmán y judío a la vez, objetor de conciencia y, por ende, enemigo de la patria, torturador de palomas (símbolo del Espíritu Santo); o sea, profanador y deicida.»
«…Pero ella, la Muerte, no renuncia a sus ritos, a su pompa de llantos y silencios; le encanta el cansancio de la vida y exige que a ciertos muertos se los entierre en el odio para que, con ellos, la tierra no produzca flores ni frutos, sino escoria.»
El X Premio de Aforismos «Rafael Pérez Estrada» ha recaído este año en mi querido amigo Alfonso González Cachinero, por su libro «Fugacidades» (Editorial Renacimiento). En el pequeño volumen se recogen 55 aforismos, el número exigido para poder concursar al premio.
Escuchar a Alfonso explicar qué es un aforismo es empaparse de conocimiento y sapiencia, es descubrir un nuevo mundo literario hasta ahora casi desconocido para mí. No es que no supiera de los aforismos como «género» o como arte creativo, sino que me era ajeno el entramado de esas pequeñas frases que, en apariencia, son de fácil cosecha. Alfonso González Cachinero te descorre el telón de lo que se oculta tras un aforismo, tras un buen aforismo: horas y horas de trabajo concienzudo y de paciencia hasta dotar a cada palabra, a cada signo de puntuación, de su ritmo interno y externo, de su cadencia, de su musicalidad.
Dos ejemplos de excelentes aforismos que forman parte de «Fugacidades»:
«Y el tiempo, haciendo su trabajo»
«No es casualidad que la risa y el llanto sean políglotas»
Nada es fácil a la hora de escribir un aforismo. Alfonso distingue entre aforismo y ocurrencia, diferentes porque uno surge de lo inmediato, de sopetón, al segundo, generalmente con escaso peso literario; el aforismo, por el contrario, se amasa, se le da forma, cediéndole espacio y tiempo, horneándolo, hasta que alcanza su grado de perfección, su punto final.
Escribe Alfonso González Cachinero:
«Hay veletas tan rebeldes que van a su aire»
«Algunos globos sueltos eligen volver y buscar a su niño perdido»
También hay una profunda emoción en algunos de sus aforismos, como este precioso homenaje:
«Todavía cuando suena el teléfono un sábado temprano, pienso que es mi padre»
Una pequeña gran joya llamada «Fugacidades», de Alfonso González Cachinero. El aforista.
Sergio Barce, 9 de mayo de 2026
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