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“LAS SEMILLAS DE ANNUAL”, UN ARTÍCULO DEL ESCRITOR LARACHENSE LUIS MARÍA CAZORLA

Con ocasión del centenario del llamado desastre de Annual, se ha publicado en el diario ABC un artículo firmado por el escritor larachense Luis María Cazorla Prieto, que utiliza como título el de su novela Las semillas de Annual (Almuzara, 2015). La novela cierra la trilogía que forma junto a La ciudad del Lucus (2011) y El general Silvestre y la sombra del Raisuni (2013). De todas ellas escribí la correspondiente reseña, que indico más abajo.

El artículo que nos ocupa ofrece una interesante visión de las razones por las que se llegó a aquella situación que desembocaría en el mayor desastre militar español de la época.

Con la generosidad de siempre, Luis me envía su artículo para poder compartirlo.

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ESCRIBIENDO DE LARACHE 3

Aquí os dejo la tercera entrega de los libros con Larache de protagonista que habitan en mi biblioteca. Alrededor de mi libro de relatos Paseando por el zoco chico, larachensemente, tenéis títulos y autores como Viajes a Larache, de Mohamed Laabi; Acercamiento al español de Larache, de Juan Carlos Martínez Bemejo, y El olivo de Larache, de Carlos Tessainer y Tomasich.

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LARACHE – SIGLOS XV-XVI (12ª PARTE)

12ª parte de la Historia de Larache durante los siglos XVI y XVII…

Año 1631. Al-Ayaxi, que asediaba Larache, con la intención de negociar el rescate de dos de sus hombres aún cautivos en España, permitió que los soldados españoles pudieran abandonar por unos días la fortaleza para recoger leña y, a la vez, envió al franciscano fray Antonio de Quesada, al que retenía desde hacía meses, para que negociara su propio rescate. El fraile informó entonces al Gobernador que el morabito preparaba a sus huestes y que planeaba atacar Larache con un fuerte contingente en el curso del año siguiente, un año especialmente trágico en estas crónicas.

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Planta de Larache de Bernardo Alderete, 1614, Biblioteca Nacional

Así es. El 7 de febrero de 1631, Al-Ayaxi cayó por fin sobre la ciudad y Larache quedó casi prácticamente aniquilada. Así lo cuenta García Figueras, que señala que ese día un gran número de soldados, al mando del capitán don Diego Ruiz de Colmenares, salió para recoger leña y fueron sorprendidos por los hombres de Al-Ayaxi. Había sucedido que un espía, que trabajaba para España, llamado Ben Abud, informó falsamente que las tropas del morabito no atacarían hasta la primavera. Su traición se debió a que Al-Ayaxi lo había apresado y bajo amenaza de muerte pasó a servirle a él. En cualquier caso, el ataque causó 436 bajas entre muertos y prisioneros, dejando las defensas de Larache con apenas 200 hombres. Desesperado, el Gobernador Sebastián Granero pidió ayuda urgente, siendo los Gobernadores de Ceuta y de Melilla los primeros en auxiliarlo con el envío de algunos soldados. Y no es hasta el día 19 de febrero cuando llegan los barcos enviados por el duque de Medinasidonia, el marqués de Villafranca y don Luis Bravo con soldados (apenas 48 hombres) y víveres, sin que pudieran alcanzar la costa dos galeras que se vieron imposibilitadas de cruzar la barra de Larache debido a la tempestad reinante. Y, mientras tanto, los miles de seguidores de Al-Ayaxi se instalaron en el campo exterior rodeando la ciudad,  pero sin que, incomprensiblemente, Al-Ayaxi atacase aprovechando su evidente ventaja limitándose a hostigar con fuego de arcabuz durante las noches.

Ante el peligro evidente que suponía esta amenaza, Felipe IV ordenó al Consejo de Guerra que tomara cartas en el asunto. Tras varias reuniones, se decidió exigir responsabilidades al Gobernador Sebastián Granero y nombrar como sustituto al duque de Medinasidonia (una elección personal del monarca que, sin embargo, no se concretaba por las dilaciones del duque quien, no obstante, comenzó los preparativos de las fuerzas que llevaría consigo). Pero las noticias del descalabro sufrido por las tropas españolas en Larache, hacía muy complicada la recluta de hombres en Andalucía. Todo esto retrasó la llegada de las fuerzas a Larache hasta el mes de marzo, con tan solo 200 hombres. Sin embargo, nada ocurrió porque, también de manera sorpresiva, Al-Ayaxi cambió de objetivos y retiró parte de las huestes que asediaban la ciudad del Lucus para atacar Tánger primero y La Mamora después, con sendos fracasos para el morabito, con lo que la presión sobre Larache disminuyó. Pero al poco, estaba de nuevo cerca de la ciudad justo en el momento que los notables de Fez proclamaban a Al-Ayaxi como único soberano del reino.

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FELIPE IV

Mientras tanto, con muchas dificultades, el duque de Medinasidonia trataba de conseguir más hombres para reforzar las defensas de Larache, y dado que seguía sin aceptar el cargo de Gobernador de la ciudad, finalmente Felipe IV designó al capitán don Fernando Navarrete Sotomayor.

Relata García Figueras que, antes de la llegada de Navarrete, se produjo en junio de 1631 un motín contra el todavía Gobernador de Larache, Sebastián Granero. Lideraron el motín dos soldados, Juan Poyatos y Juan Manuel de Escalante, que pretendieron apoderarse del Castillo de Santa María de Europa y retener allí a Granero hasta que llegase alguno de los barcos que traían bastimentos a Larache y, utilizando su rehén, conseguir regresar a España en ese mismo barco. Pero Granero logró detenerlos y los arcabuceó. Otros seis de los amotinados huyeron y se unieron al enemigo. Y, mientras tanto, Al-Ayaxi hubo de olvidarse de su asedio a la plaza para centrarse en sofocar une revuelta contra su poder en la Kasba de Salé.

En julio de 1631, mientras Sebastián Granero viajaba a España para rendir cuentas por su mala gestión, llegaba a Larache su sustituto, don Fernando Navarrete, un prestigioso soldado que había servido en Orán y otras plazas y que hablaba perfectamente el árabe. En seguida, puso en conocimiento del monarca que las defensas de la ciudad estaban en mal estado por los ataques sufridos, que contaba en esos instantes con 600 hombres (muchos destinados de manera provisoria), que los avituallamientos eran deficientes y que de los 52 cañones de bronce y 36 de hierro con los que contaba 26 de ellos eran inservibles y apenas tenían munición. Y llegado el año de 1632 todo seguía igual, con la ventaja de que Al-Ayaxi continuaba ocupado con sus luchas en Salé lo que dio un respiro a Larache.

Por entonces, a Al-Ayaxi se le presentó otro enemigo: el nuevo sultán Mawlay al-Walid, proclamado como soberano por los andaluces de la Kasba y Salé la Nueva. Al-Walid trató enseguida de granjearse el apoyo de los holandeses contra España, pero Felipe IV estaba más preocupado por Al-Ayaxi y el duque de Medinasidonia negoció con los moriscos y acordaron prestarse ayuda mutua. Esto no fue obstáculo para que, también, se negociase con Al-Ayaxi el canje de prisioneros. El morabito retenía desde hacía año y medio a 70 soldados españoles de la derrota infligida a Granero el 7 de febrero de 1631 por los que pedía 1.400 ducados de plata y la entrega de los cuatro marroquíes que el conde de Villamor apresó en su momento. Pero el conde acababa de fallecer y de los cuatro cautivos, solo uno estaba localizable, ignorándose el destino final de los otros tres, que bien pudieran estar pagando su pena en una de las galeras españolas. El problema residía en que sin la entrega de sus cuatro hombres Al-Ayaxi no aceptaba el trato, aunque le pagasen la cantidad fijada.

El 20 de abril de 1632 se produce otro imprevisto que complica la situación: en la Torre del Judío se retenía al espía Ben Abud y al único cautivo de los cuatro que solicitaba Al-Ayaxi y ese día, estos dos hombres junto al centinela cristiano que los custodiaba que deserta, huyen de la plaza.

Rescatar a los 70 cautivos españoles parecía enredarse aún más. De los 600 hombres destinados en Larache en esos momentos, los integrantes de la Compañía de Granada, que llegaron en su momento solo como apoyo provisional, llevaban ya dos años en la plaza y necesitaban ser reemplazados. El duque de Medinasidonia trataba de reclutar hombres en Jerez, pero el Cabildo se resistía a cederlos, y, para colmo, el 26 de abril de 1633, sin que se hubiera aún resuelto este problema, el alférez Sebastián Albertos, que había salido de la plaza junto a tres soldados para recoger unos carneros y cazar, fue capturado por los marroquíes y uno de los soldados murió.

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Por entonces, el capitán Navarrete cesa como Gobernador de Larache regresando sorpresivamente el que fuera antes denostado en el cargo don Sebastián Granero, que, a decir de García Figueras, debió demostrar que no eran tan responsable en el descalabro sufrido en 1631. Fuera como fuese, ahí estaba de nuevo como Gobernador de Larache.

Tres años después de su captura, de los 70 soldados españoles cautivos de Al-Ayaxi, por fin regresan libres 59 hombres tras cerrar las interminables negociaciones, hombres que entran casi desnudos y malnutridos.  España abonó por el rescato 800 reales de plata doble por cada uno de ellos, salvo dos de ellos por los que hubo de pagarse 1.200 reales por cada uno; más otros 11.200 reales en compensación por los cautivos marroquíes que no se pudieron entregar a Al-Ayaxi.

Es en marzo de 1634 cuando el Gobernador don Sebastián Granero consigue ahuyentar a las fuerzas de Al-Ayaxi al vencerlos por un ataque sorpresa, con bastantes bajas entre los hombres del morabito. Esto trajo consigo meses de relativa calma en la zona de Larache, que se prolongó unos tres años al estar Al-Ayaxi defendiendo su posición en Salé, lo que también facilitó que la Compañía de Granada regresara a España. En su lugar, llegó una nueva Compañía reclutada en Sevilla y Cádiz, al mando del capitán don Manuel del Castillo. El resto de las tropas acantonadas en Larache quedaban al mando de los capitanes Diego de Vera, Juan Leonisio de la Portilla y Antonio de Paredes.

Seguirá…

 

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INVITANDO A LEER “UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”, DE SERGIO BARCE

Una de las mejores maneras que he encontrado para animaros a leer Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal), es lanzaros pequeños anzuelos con extractos de los relatos que forman parte de mi último libro. Hoy, lo intento de nuevo con unos párrafos extraídos del cuento que cierra el volumen, titulado Cara de luz. 

Sergio Barce, junio 2021

A la altura del Cine Avenida se le encoge el estómago. Es un hombre al que le duele comprobar que casi todo se ha ido degradando, que los mejores lugares de su vida se han convertido si no en un desastre sí en un indicio de descalabro. El Ideal, el Teatro España y el Cine Coliseo acabaron por perderse abatidos por los depredadores inmobiliarios, pero el Avenida sobrevive dando bocanadas como esos peces que, una vez capturados, son arrojados a una cesta y se retuercen tratando de respirar inútilmente. Ahmed está ahí parado, mirando la taquilla en desuso y el cartel de un musical de Bollywood que continúa colgado en el expositor sucio y oxidado. Baja los ojos, y se da cuenta de que tiene los zapatos llenos de polvo. Cree haberlos limpiado antes de salir de casa, pero de pronto lo azora la idea de haberse convencido de algo que en realidad no había hecho.

   Chasquea entonces la lengua de nuevo, y decide bajar hacia la Plaza por la continuación de Ben Marhal, decidido ya a comprar lo que sea para comer y volver a casa para descansar antes de regresar al centro a media tarde, como es su costumbre inalterable desde hace años. Tantos, que no quiere ni calcularlos.

   Pero un impulso imprevisto lo empuja a entrar en la Farmacia Coliseo. Cuando entra, Lalla Hanane, que recoge una bolsita con varios medicamentos tras haberlos abonado, se da de bruces con él y le regala una sonrisa cautivadora.

   -¡Hach Ahmed! ¡Qué alegría verlo por aquí! -exclama Lalla Hanane, una de las viudas más hermosas de Larache.

   El hombre trata de reponerse del esfuerzo de su caminata que, sin embargo, nunca le había costado realizar tanto como hoy, y también del impacto que le provoca tener a esa mujer a tan escasa distancia, así que levanta la mano derecha rogando que le conceda un segundo para poder articular palabra, y cuando logra hacerlo recobra su conocido humor socarrón y educado. Como si de pronto rejuveneciera.

   -Hacía años que una mujer no me dejaba sin aliento…

   Lalla Hanane ríe quedamente, inclinando la cabeza con una coquetería madura. Lleva un hiyab negro que solo deja a la vista su perfecto rostro yebalí, de piel blanca y de labios gruesos y carnales pintados de un rojo suicida, cejas perfiladas, y esa mirada que a Ahmed le parece llena de historias secretas.

   -Siempre que le veo me hace reír -le confiesa llevándose una mano al cuello-. Bueno, me ha alegrado volver a verlo, Hach Ahmed.

   -Yo me alegro mucho más -le replica él cargando el acento-. Quién tuviera cuarenta años menos…

   La mujer vuelve a reír, y, mientras sale de la farmacia, Ahmed no puede dejar de admirarla, su cuerpo imaginado bajo el caftán negro, moviendo las nalgas bien perfiladas bajo la tela oscura que resaltan los tacones altos.

   Lalla Hanane es una mujer de cincuenta años que enviudó siendo aún joven, y las malas lenguas siempre malician que, usando ungüentos de bruja, habría acabado con la vida de su marido para hacerse con sus ahorros y con sus propiedades. Desde entonces, y ya han transcurrido más de veinte años de su muerte, no se le conocen amantes. Pero esas mismas lenguas afiladas hablan de un conocido diputado que la visita en su casa de Tánger e incluso de que la mitad de la población masculina de Larache ha pasado por su cama. Lo único que el Hach Ahmed el Ouazzani podría afirmar al respecto es que, en la terraza del Café Central, todos los parroquianos enmudecen al verla pasar. Y ni uno de ellos, de los solteros o viudos se entiende, se atreve a tirarle los tejos.

   –Mucha hembra -murmura Sibari cuando la siguen en silencio con la mirada-. Mucha hembra, jay.

   -¿Qué necesita, Hach Ahmed? -le pregunta el mancebo de la farmacia, y eso lo trae de regreso a la cruda realidad.

   -No me vas a creer, y me temo que te reirás de mí -le dice dibujando una mueca con la boca temiendo el chiste fácil que puede resultar de su consulta-. ¿Puedes tomarme la tensión? -Y en seguida levanta la mano derecha como si fuese a jurar con solemnidad para evitar precisamente el chascarrillo que espera-. Te doy mi palabra de que necesitaba hacerlo antes de ver a Lalla Hanane.

 

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ESCRIBIENDO DE LARACHE 2

Aquí os dejo una segunda entrega con la imagen de varios libros con Larache de protagonista que pueblan mi biblioteca. Junto a mi novela Una sirena se ahogó en Larache, tenéis títulos y autores como Larache a través de  los textos, de María Dolores López Enamorado; Te devuelvo la memoria, de Cristina Martínez Martín; Entonces y después, de Alicia González Díaz; Locura, de Mohamed Albaki; Ciegas esperanzas, de Alejandro Gándara; Aixa, el cielo de Pandora, de Mohamed Bouissef Rekab y El eco de la huida, de Hassan Tribak.

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