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LARACHE, ESTE JUEVES DÍA 7, EN SEVILLA

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«UNA PUERTA PINTADA DE AZUL», DE SERGIO BARCE – TERCERA EDICIÓN

Me comunica Jesús Otaola, responsable de Ediciones del Genal, que, en los próximos días, sale la 3ª edición de mi libro de relatos Una puerta pintada de azul.

Parece que el boca a boca está haciendo efecto. Gracias a todos.

 

 

Foto de Hanane Hayani
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FRAGMENTO DE «UNA PUERTA PINTADA DE AZUL»

Ya que el próximo día 11 de febrero, presentamos mi libro Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal) en Barcelona, y para quienes aún no los hayáis leído, os dejo un fragmento del relato titulado Las mujeres de mi padre:

(…) Junto a su arrojo y valentía, de las que carecían muchos hombres, mi abuela María Salud Cabeza era una mujer generosa. Cuando llegaba la fiesta del cordero, se ofrecía a las familias musulmanas del barrio de Las Navas y ayudaba a las mujeres a preparar unos tayines espectaculares.

   Pero era mi madre quien sabía sacarle más partido a esa festividad. Bueno, a esa y a todas, ya fuese el baile de Fin de Año, la fiesta del Pasad o la del Mulud. Ella se apuntaba a todo lo que se celebrase en Larache. Era algo que había heredado de mi abuelo Manuel, que no se perdía una. Si María Salud disfrutaba compartiendo la tarea de preparar suculentos platos, a mi madre lo que más le atraía era la romería al santuario de la patrona de la ciudad, Lalla Menana la Mesbahía, que se celebra al cuarto día del nacimiento del Profeta.

   Me gusta pronunciar el nombre de nuestra patrona: Lalla Menana la Mesbahía. Encierra en sus letras una musicalidad bellísima. Lalla Menana la Mesbahía, como el estribillo de una canción. En otros países musulmanes, ni se reza ni se venera a los santones, tampoco a los patronos y menos aún a una patrona, pero Marruecos es diferente en esto y en otras muchas cosas.

   Mi madre ha sido la persona que más historias familiares me ha contado, y la de aquella romería en concreto me la refirió en varias ocasiones, y siempre lo hizo con una añoranza evidente. Recuerdo que nos relató que un año, al llegar la gran fiesta, mi abuelo, que ya era por entonces policía de tráfico, junto a sus compañeros se habían quedado en Cuatro Caminos desviando el tráfico porque la avenida se había inundado de gente. La muchedumbre subía desde la plaza de España y bajaba desde el cruce. Mi madre, sabiéndose libre para hacer lo que le viniera en gana sin la vigilancia de su padre, también se había metido en medio del torbellino con unas amigas y con Mohamed Sibari. Eran jovencísimos e inconscientes. Tras varias tretas, lograron entrar en el recinto exterior del santuario, en la zona del cementerio. La veneración y el rigor presidían la romería. Algunos creyentes ya habían encendido velas en honor de Lalla Menana para conseguir de ella alguna petición concreta: su ayuda para mejorar sus vidas o la cura de algún familiar enfermo. Ninguno de esos fieles musulmanes mostraba rechazo por la asistencia de los cristianos o de los hebreos que se habían acercado a contemplar la celebración.

   El grueso de los creyentes llegaba del Zoco Chico, donde primero habían acudido a los alrededores de la Gran Mezquita, pero luego la procesión se atragantó en el propio santuario, donde era casi imposible moverse. El shrif, sobre una hermosa yegua blanca, presidía la ceremonia de ofrenda a la santa patrona, y a continuación los derviches, que pertenecían a la cofradía de los aixauas, iniciaron su danza. Comenzaron a hacerlo muy lentamente, pero, a medida que el ritmo de las chirimías, de los tambores y de las darbukas se aceleraba, el baile se hizo más y más histérico. Los bailarines cayeron en trance y algunos alcanzaron el paroxismo, con movimientos tan violentos que impresionaban a todos los asistentes. Mi madre me decía que causaba mucho respeto verlos tan de cerca, algo que ya sabía porque yo también los vi actuar. Pero allí estaba ella con sus amigas, paralizadas, sin atreverse a moverse del sitio. Sibari, por el contrario, palmeaba y daba pequeños saltos imitando a los derviches. Una de las chicas ya había coincidido con ellos en la Medina, y le había causado estupor verlos comer corderos y gallinas que les arrojaban desde las ventanas de las casas y que ellos mordían cuando los animales aún estaban vivos.

   Mi madre se acordaba muy bien de que uno de los aixauas se desmayó, y de que la muchedumbre se agolpó alrededor, arrastrándolas con ellos. Todo parecía descontrolarse, y entonces, sin haberse sobrepuesto del impacto por lo que acababan de presenciar, decidieron escabullirse y salir del santuario. Mi madre hubo de tirar de Mohamed Sibari para sacarlo de allí, hechizado por el espectáculo. Forcejearon, empujando a unos y a otros hasta que lograron alcanzar la avenida.

   Si Manuel Gallardo hubiese sabido que su hija y sus amigas se habían atrevido a ir a ver actuar a los aixauas, seguramente la habría castigado. Intuyo que, siendo policía de tráfico, y dado que Larache por entonces no era una ciudad demasiado grande, acabaría por enterarse. Pero ella era el ojito derecho de mi abuelo y le consentía todo. Incluso ya imaginaría que mi madre volvería a acudir a la misma celebración al año siguiente. Como ella me solía aclarar con aspavientos y muy resuelta: ¿Yo? ¡Claro que volvía! ¡Si me apuntaba a todo! Aunque me lo prohibiesen, yo me escapaba para ir a donde me llevara el cuerpo.

   Dicen que mi abuela paterna María Salud Cabeza era de esas gaditanas llenas de chispa que no paraban de canturrear y de bailar mientras trabajaban duramente, y cuentan que era una mujer de hierro, pero de corazón enorme. Ahora que reflexiono sobre estos detalles, advierto que mi madre era parecida. También le encantaba bailar, y viajar, y transpiraba una alegría contagiosa. Ella no era gaditana, había nacido en Alcazarquivir, pero era dueña de un gran sentido del humor. Las dos amaron Larache profundamente. María Salud descansa en su viejo cementerio cristiano, y mi madre en las aguas de su río Lucus. Y no hay un solo día en el que mi padre no las mencione por algún motivo, como si estuviesen a punto de aparecer por la puerta. Ni un solo día.

 

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