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OTRO PEDACITO DE “UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”, UN LIBRO DE SERGIO BARCE

El título de mi nuevo libro, Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal), es también el de uno de los ocho relatos que conforman el volumen.

Aquí tenéis el comienzo de ese cuento, que espero que zarandee vuestra curiosidad por abrir esta puerta…

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UNA PUERTA PINTADA DE AZUL 

   Abdeslam abre el candado y a continuación hace lo propio con la doble puerta de madera pintada de azul. Tiene la heredada manía de hacerlo siempre tras depositar la barra de hierro que asegura esa puerta sobre los adoquines. Tal vez sería más cómodo dejarla apoyada en la pared, entre el puesto de sidi Ahmed y el suyo, lo que le evitaría tener que doblarse como una alcayata para recogerla del suelo, pero así lo hacía Tahar y antes que él El Hach. No me calientes la cabeza, suele decir Abdeslam a quien le sugiere esa otra alternativa. Esta operación la viene repitiendo cada mañana cuando regresa del primer rezo desde hace más de cincuenta años. Luego, también invariablemente, coloca la mercancía que va a exponer bajo el techado, entre las dos columnas, y da un repaso a lo que deja en el interior de su pequeño bazar. Cuando acaba de distribuirlo todo, se arremanga la chilaba, se sienta en el bordillo de su local y con la mano sobre la frente dormita cerca de una hora hasta que llega Hamid con su té de la mañana y unos churros envueltos en papel de estraza. Con parsimonia abre el cartucho, lo extiende sobre el suelo, el papel ya manchado por el aceite, y sitúa el vaso con el té hirviendo al otro lado. Tras un largo minuto de aparente meditación, da el primer ruidoso sorbo al té con flor de azahar y a continuación mordisquea uno de los churros. Es uno de los pocos placeres de los que disfruta durante el día.

   El silencio del Zoco Chico a esa hora de la mañana lo abraza de manera cálida, como si se tratara de una mujer que lo esperara con las primeras luces del alba para darle un beso de bienvenida. Mientras tanto, sus pequeños ojos negros olisquean a los que van llegando a ese pequeño rincón de Larache. Los reconoce a todos. Sabe de qué pie cojean, la mayoría son hijos de viejos compañeros del Istiqlal, y también conoce los secretos más recónditos de sus familias. Si contara todo lo que sabe de la gente de la Medina… Pero Abdeslam se limita a observarlos, a seguirlos con la mirada, a adivinar qué es lo que van a hacer a continuación. La mayoría, como él, también tienen sus manías y sus rutinas que se repiten una y otra vez.

   Cuando el sol despunta por encima de los edificios y cae tímidamente sobre su cabeza es cuando recoge el papel de estraza ya sin restos de los churros, lo arruga, coge el vaso de té también vacío y se refugia en el interior del diminuto local. Le gusta entonces envolverse con el olor del cuero y del hierro, de la plata y del oro, de la lana y de la piel de cordero. Su microcosmos está lleno de pequeños objetos y de grandes sueños, aunque estos últimos, desde que Mariam falleciera, yacen adormilados en no sabe dónde.

   Suele haber poco movimiento en el Zoco Chico durante la mañana. Si tiene suerte puede que baje algún nuevo cliente de la Maison Haute. Son visitantes acaudalados en su gran mayoría, pero son pocos y bastante rácanos a la hora de comprar. Además, en general, prefieren marcharse a Asilah para hacer sus compras, tal vez porque es un pueblo diseñado para turistas, pero eso es solo una presunción. Él prefiere a los que vienen del Hotel España. Son otro tipo de visitantes que buscan lugares más auténticos y, si se trata además de descendientes de larachenses españoles, sabe que tiene una venta segura. Lo de ser paisanos los enternece y flaquean a la hora de regatear y comprar algo. Para ellos en especial guarda pequeños anzuelos que sabe que les atraerá sin remedio, como unas botellas vacías que pertenecen a otro tiempo con logos grabados en los que puede leerse D.M.Ariza y Bengoa o bien Propiedad Montecatine Hnos., y en ambos casos también grabado el nombre de la ciudad de Larache bajo el título comercial, unas de vidrio azulado y otras esmeralda, y también les reserva pequeños programas de mano con títulos que se estrenaron hace mucho en el cine Ideal o en el Avenida… 

Sergio Barce

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FRAGMENTO DE “UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”, DE SERGIO BARCE

Una puerta pintada de azul, mi nuevo libro, se compone de ocho relatos, con el común denominador de Larache como lugar donde se desarrollan las historias, salvo uno que transcurre en parte en una casa de Tánger.

Aquí os dejo un fragmento del libro, el comienzo del segundo de los textos que lleva por título Las mujeres de mi padre.

LAS MUJERES DE MI PADRE  

Mi abuela Salud. ¡Ah, mi abuela! Es de esas personas de las que has escuchado hablar toda tu vida y que lamentas no haber podido tener a tu lado. Murió mucho antes de que yo naciera. Y sí, habría dado cualquier cosa por haberla conocido, porque ella es la heroína de la familia, nuestra Kahina.

Se llamaba María Salud Cabeza y era originaria de Cádiz. Llegó a Larache con mi abuelo, que provenía de una acaudalada familia que se había arruinado tras varios negocios calamitosos. Recalaron en Marruecos en busca de un nuevo horizonte y de una vida mejor. Sí, los españoles eran quienes a principios del siglo pasado cruzaban el estrecho en sentido inverso.

Ya en Larache, mi abuelo paterno entró a trabajar en un establecimiento llamado La bandera española, donde se convirtió en uno de los empleados más fieles y cumplidores, pero también en un hombre demasiado serio e introvertido. Era la cara opuesta a María Salud, una mujer vibrante, llena de vida y divertida. Por supuesto, ella era la que llevaba los pantalones y la que dirigía la vida familiar, y en el barrio de Las Navas se convirtió en todo un personaje. Además de sus tareas domésticas, era la matrona del barrio, e incluso hacía las funciones de practicante. Cuando recibía un aviso, se arreglaba ceremoniosamente y cogía su maletín de cuero negro, en el que siempre tenía todo su instrumental preparado, y atravesaba las callejuelas del barrio resuelta a cumplir con la faena. Y le daba igual de quién se tratase. Atendía por igual a una mujer musulmana que a una hebrea o a una cristiana, y, si se trataba de gente humilde, rechazaba que le pagasen. La mayoría de los niños que correteaban por Las Navas habían nacido gracias a su ayuda. Su influencia, por tanto, se extendía más allá de los confines de su casa. Y así se ganó el respeto de todas esas familias.

Mi padre me relata anécdotas de ella y lo hace con un orgullo contagioso. Una de las historias que protagonizó y que más me fascinan tuvo lugar curiosamente frente al que años más tarde sería su consuegro, sin que ninguno de los dos supiese en ese instante que sus vidas se entrelazarían más adelante. El incidente ocurrió poco después de finalizar la guerra civil española…

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FIRMANDO EJEMPLARES DE “UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”

Pese al frío y a las mascarillas, inmensamente feliz con la cantidad de lectores que ayer lunes se animaron a acercarse a la Librería Proteo, de Málaga, para que les firmara mi nuevo libro ‘Una puerta pintada de azul‘, tal y como recogió mi amigo Alfonso con su cámara mientras aguardaban turno.

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No puedo recordar a todos los que pasaron por allí, pero sí mencionar a Musta Kadda, Nuria Rico, José Andrés Salazar y María José, Inma y Charo, Pablo y Sergio, Elisa González y Pepe, Enrique Lobera, Pepe Mayo, Pilar y Cristóbal Jarillo, José Luis Rosas, Javi, Jose y Juan Carlos, Antonio Berrocal, Alfonso González, Carlos Postigo, Ricardo Fdez Palacios, Dolores Campos, Alfonso Muñoz, Miguel de San Nicolás, Carlos Martín, Miguel Losada… En fin, muchísimos amigos y lectores. Gracias a todos.

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