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“LA PUERTA PINTADA DE AZUL” COMIENZA A TEÑIRLO TODO DEL AZUL DE LARACHE

Ese color intenso, que huele a madera, se va extendiendo entre mis lectores, y se expande y avanza y al final tizna todo el aire con el azul mar de Larache, que es lo que se esconde tras esa vieja puerta con goznes oxidados que os invito a abrir.

Solo hay que empujar la puerta, con suavidad, y el mundo que he creado está ahí, esperando vuestra visita…

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FOTO ENVIADA POR EMILIO ANDRADE

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ANOUAR ELGUELLAFI

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FOTO ENVIADA POR NAIMA HAYAT

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BERNARDO VILA

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DAVID ROCHA

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CHARO RODRIGUEZ CUADRI

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FOTO ENVIADA POR MARIA BACALL

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CON ALFONSO GONZÁLEZ CACHINERO

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FOTO ENVIADA POR ISABEL FLUXA

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CON FLOR COBO

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FOTO ENVIADA POR MOHAMED LAABI

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CON MARÍA DEL MAR ÁLVAREZ

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CON MUSTA KADDA

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EN LIBRAIRIE DES COLONNES de Tánger

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CON NURIA RICO

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FOTO ENVIADA POR ANTONIO CÉSAR MUÑOZ

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CON MIS HIJOS SERGIO Y PABLO

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CON PACO SELVA Y VÍCTOR PÉREZ

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EMILIO GALLEGO

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FOTO ENVIADA POR NIEVES MARTÍNEZ

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FRANCISCO JURADO

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FRANCISCO NAVARRO

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JOSE LUIS ROSAS

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FOTO ENVIADA POR CARMEN VEGA

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JULEN GONZALEZ CUBEDO
LUIS VELASCO Y RACHID SERROUKH en la Librería Al Ahram de Larache
CON MARIBEL GIL, MAITE GÓMEZ Y ROXY TRECEÑO
MARIA JESÚS DOBLAS

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MARIBEL ORELLANA

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MARIO CASTILLO DEL PINO

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En la LIBRERÍA PÉRGAMO de Torremolinos

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NIEVES MARTÍNEZ

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NIEVES SÁNCHEZ, que encontró la puerta azul

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PAKO COBOS

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En la LIBRERÍA PROTEO de Málaga

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PAQUI CONTRERAS

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ROXY TRECEÑO

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FOTO DE ISABEL FLUX

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SERGIO BARCE JR.

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CON JESÚS OTAOLA

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dav

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TORREMOLINOS, 27 DE FEBRERO – FIRMA DE EJEMPLARES DE MI LIBRO “UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”

Este sábado, 27 de febrero

en la Librería Pérgamo, de Torremolinos

entre las 11.00 y las 14.00 horas

estaré firmando ejemplares de mi nuevo libro de relatos larachenses

Una puerta pintada de azul 

Allí os espero

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UNOS PÁRRAFOS DE “UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”, DE SERGIO BARCE

El relato que cierra mi nuevo libro Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal – Málaga, 2020) se titula Cara de luz. Aquí tenéis el arranque de esta historia con la que recorreréis muchas de las calles de Larache.

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“CARA DE LUZ

   Larache, año 2010.

   Al verlo, nadie diría que es un hombre que ya frisa los ochenta, porque físicamente su apariencia es impecable y representa menos edad. Pero hay quien sabe más de él que el propio Ahmed, que parece haber ocultado en un arcón bajo llave una parte de su vida. La realidad es que, a veces, sufre ausencias incomprensibles y es incapaz de recordar detalles relevantes de su pasado. Su fino humor y la serenidad que transmite lo hacen ser apreciado, respetado y muy querido por toda la gente que lo conoce. El Hach Ahmed el Ouazzani es un artista, un artesano de la madera y un enorme intérprete de laúd y de bandolina. Siempre alardea de que tocó junto a don Aurelio y a Sidi Dris Cherradi, y cuando cuenta esas anécdotas lo hace mirando al vacío, pensativo, con una sombra de nostalgia inevitable en los ojos.

   Hoy, como cada jornada, sale de su casa, situada entre la calle Gharnata y la avenida Mohamed Zerktouni. Se detiene en la acera y mira al cielo. Nublado, como cada amanecer. Ahmed sabe que, en menos de un par de horas, lucirá un sol del diablo y que hará tanto calor como el que viene soportando desde primeros de mes. Por esa razón, se ha puesto una candora fresquita, de color beige. Le agrada sin embargo esta hora, porque es más suave de temperatura y aún no hay demasiada gente por la calle.

   Camina con las manos cogidas a la espalda, el torso levemente inclinado hacia adelante, lo que provoca que su famosa nariz cyranesca parezca anunciar su llegada unos centímetros antes de alcanzar su meta. Luce Ahmed un bigote que se dejó crecer idéntico al del protagonista de una película egipcia que vio en su juventud, allá por el cincuenta y cinco. Desde entonces, jamás se lo ha quitado. Su apostura y ese bigote, junto a una poderosa mirada que encallaba en cualquier alma cándida, causaba estragos entre las chicas. De cabello agrisado y escaso, aunque repartido aún con una decente proporcionalidad, su bigotito ahora apenas se aprecia, tan blanco, tan deshilachado, que se rasca a ratos como si de un tic nervioso se tratase. Sus ojos negros, que albergan en sus pupilas un aroma a resignación, ahora le lagrimean de manera intermitente, como si reprimiera en todo momento las ganas de llorar. Ahmed ya no es el hombre alto que fuera, pero mantiene esa elegancia en el porte que siempre ha acentuado su delgadez.

   Verlo caminar es casi un ritual en Larache, como si formara parte del decorado urbano. Ahmed el paseante, Ahmed el pensativo, Ahmed el maestro. Le llaman de muchas maneras, pero cuando se dirigen a él siempre es El Hach Ahmed. Él que hizo la peregrinación a la Meca a principios del setenta y seis, poco tiempo después de la Marcha Verde, cuando tras ahorrar lo suficiente tuvo para pagar el viaje. Y ahora va a cumplir con el rito de la oración de fayar.

   Sus pasos son firmes para un hombre de su edad, y sortea con cierta agilidad los obstáculos con los que se encuentra. Las calles están mal asfaltadas y en las aceras hay losas rotas. Al pasar por la puerta de su taller de carpintería, se resiste a mirarlo porque se le atraganta una cierta congoja, de manera que acelera el paso. Desde que se jubilara, el taller lo regenta su hijo, pero su hijo es un desastre. Las terminaciones de sus trabajos dejan mucho que desear y algunos muebles ni siquiera consiguen mantenerse en pie, desequilibrados o con una pata más larga que el resto. Hace tiempo que ya no quiere saber nada de las quejas que le trasladan sus antiguos clientes. ¿Qué culpa tiene él de que su hijo sea un desmañado?

   Aunque tiene cerca de casa la mezquita Hassan II, prefiere desplazarse hasta la de Mohamed VI, emplazada junto al cementerio musulmán, que es más amplia y luminosa. Cuando llega, la voz del almuédano llamando al rezo le da la bienvenida. Deja sus zapatos en la entrada, junto al resto de los otros zapatos y de las babuchas, las zapatillas deportivas y las sandalias que enmudecen sus pisadas respetuosamente, ahí quietas como huellas cinceladas en piedra. Ahmed cumple con las abluciones de rigor y ya dentro nota en la planta de los pies la textura mullida y confortable de la alfombra que cubre el suelo de la mezquita. Luego, junto al resto de los fieles, se inclina y se incorpora repetidamente siguiendo al imán. A veces, pese a que hace un esfuerzo denodado por no distraerse, acaba por pensar en Houria, sin querer, sin resistirse al final tampoco. Houria ocupa buena parte de sus pensamientos de cada día.

   Desayuna en el Valencia, después de su lento y pausado caminar por la avenida Mulay Ismail, donde se demora asomándose al Balcón del Atlántico. Le gusta ese ir y venir del mar hasta la costa, ese romper de las olas contra las rocas de Ain Chakka sin más sentido que el de crear una sinfonía de imágenes. Le atrapa ese horizonte difuso que copula con el cielo de manera permanente y que le hace pergeñar una hipótesis absurda, la idea de que quizá el mundo acabe justo allí, donde la vista no llega, y de que sea falso que la tierra es redonda. Pero no se entretiene más que lo justo, y en poco rato llega a la calle Ibn Battuta, por la que sube y cruza hasta llegar a la cafetería, ya en la avenida Hassan II.

   El Valencia está en los bajos del anodino edificio que se construyó tras la demolición del Teatro España.

   –Un latrocinio imperdonable -suele clamar Ahmed en su perfecto español cuando discute con alguien de la pérdida del teatro, ocurrido hace ya demasiados años.

   Le gusta esa palabra: latrocinio. Y mezclar su dariya materno con palabras de su segundo idioma y con algunas expresiones de jaquetía que aprendió de sus amigos hebreos de la Medina, de los que ya solo queda Curro Mellul en la ciudad.

   En el Valencia se sienta en una de las mesas de la terraza, que suele ser la misma si no está ocupada por algún intruso. Solícito, le atiende Hassan, que le pone por delante su zumo de naranjas del Lucus, por supuesto, un café con leche muy caliente, cuatro piezas de pan tostado, mantequilla en una concha ovalada de cerámica, mermelada de fresa y de albaricoque, aceitunas aliñadas y un azucarero pequeño con una decena de terrones rectangulares de azúcar blanco.

   Ahmed comienza con el zumo, mientras se va untando la mantequilla, del tipo smen que traen expresamente para él, y no de esas que vienen en tarrinas de plástico y que repudia con desprecio, y a continuación extiende la mermelada con la punta del cuchillo. Luego, echa tres terrones y mueve muy lentamente el café hasta que cree asegurarse de que el azúcar se ha diluido por completo. Le da un pequeño sorbo y el primer bocado al pan, y se da cuenta por el rabillo del ojo de que Hassan lo observa desde el primer escalón de la entrada a la cafetería.

   -¿Todo bien, Hach Ahmed? -le pregunta Hassan.

   Él asiente con la boca llena, y levanta la vista al frente lo justo para ver a Sibari acercarse ayudándose de sus muletas. Viene acompañado de Rachid Serroukh, que trae cara de sueño, restregándosela con una mano, un tanto desaliñado aún, como si acabara de despertarse unos minutos antes y tratara de despabilarse antes de desayunar e ir después a abrir su librería-papelería. Sibari y Rachid, tras saludarlo, toman asiento a su lado, los tres dando la espalda a la fachada para tener una vista panorámica de la avenida.

   -¿Lo mismo de siempre? -les pregunta Hassan a los recién llegados.

   -Lo mismo de siempre. ¿Para qué vamos a complicar las cosas? -replica Sibari, y Hassan entra y regresa al rato con una bandeja con los cafés, las tostadas, mantequilla y aceitunas, y para Rachid rarif recién hecho.

   Ahmed termina su desayuno en silencio, oyendo la conversación entre Mohamed Sibari y Rachid Serroukh, paga a Hassan y se levanta con parsimonia…”

Foto de Emilio Andrade

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“ALIOSHA EN LARACHE”, POR LEÓN COHEN MESONERO

Traigo este interesante texto escrito por mi amigo y paisano el escritor León Cohen Mesonero en el que hace un curioso juego de memoria sobre su infancia en Larache utilizando a Aliosha, el personaje de los hermanos Karamazov, como si fuera su alter ego, un juego lleno de añoranza y melancolía teñida de cierta desilusión y con un hermoso homenaje a su pueblo de Larache y a la literatura en general.

Sergio Barce, enero 2021

Aliosha: Trilogía

Las opiniones de Albert Camus me condujeron hasta Dostoievsky, a “Crimen y Castigo” y a los “Hermanos Karamazov”. Entre Iván y Aliosha elegí al segundo. En esta  trilogía le rindo homenaje a Aliosha, aunque no sé todavía si convertirme en él puede resultar una idea poco acertada, descabellada o incluso pedante. Aunque el nombre del personaje no añade ni quita nada a lo relatado, sigo ignorando si la elección del nombre ha sido un capricho o una argucia literaria.

En esta trilogía, el escritor envuelto en su universo literario, vuelve a reescribir los primeros capítulos de su vida, a través del personaje  Aliosha, mostrando una vez más su innegable percepción de la vida como una novela o una película que merece la pena ser contada e incluso imaginada, desde un presente que le permite retocarla y ahondar en detalles, que el niño o el joven protagonista en su momento, no pudieron captar mientras vivían. 

 

Capítulo 1

 Larache: Primeros pasos

Aliosha ha salido a pasear sin objeto, camina con alegría, es muy joven y la vida para él es un descubrimiento diario. Todo le sorprende y le asombra. Mira con admiración a su padre y trata siempre de contentar a su madre. Quiere agradar. Son sus primeros pasos por el camino. Cree que todos los que le rodean son sus maestros y que todos encierran algo que aprender. No se hace planteamientos extraños, ni preguntas sin sentido. Los maestros están para enseñar y la letra con sangre entra, como dice su amigo “Nisimico”, que por cierto es bizco. Hay que ser disciplinado y aplicado. Siempre va contento hacía el Colegio Francés de su pueblo. Le gusta. Sus amigos son numerosos y virtuosos. De su colegio guardará para siempre un grato recuerdo. Ahí recibiría los primeros conocimientos básicos. Aprendió a leer y escribir en el hermoso idioma de Ronsard y de Molière. Aunque Aliosha estaba todavía demasiado verde para percibir que aquel colegio sería la primera puerta de entrada a una cultura que, como su piel, le acompañaría toda su vida y que, en cierto modo, determinaría su futura manera de hacer y de pensar. Todavía pasado medio siglo, era capaz de recordar los nombres de algunos de sus maestros como Mlle Beniluz, Monsieur Quiot, Mlle Vermury o Monsieur Carné.

Aliosha tiene una familia amplia y se siente reconfortado y protegido. Su madre le canta el ángel de la guarda antes de dormirse: “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”. La naturaleza es misteriosa y bella. Siempre se extasía ante los colores de algunas mariposas. El campo huele a vida. Aliosha es un niño feliz y tan ingenuo que conmueve. Su padre le puso ese nombre, el del más pequeño de los hermanos Karamazov en homenaje a Dostoievsky. Aliosha es curioso. Recorre con los amigos todas las calles y callejones de su pueblo. No hay rincón que se le resista. A su edad es algo atrevido. Pero él quiere saber dónde vive. Cuando no tiene colegio, le gusta estar en la calle a todas horas, incluso a la sagrada hora de la siesta, y eso le ha acarreado algún que otro disgusto con los padres de sus amigos. Le encantan los juegos y los practica todos. Ha aprendido a convivir con el espléndido sol y con el mar majestuoso. Le sorprende la belleza de los acantilados de su pueblo natal y la bravura de su mar. Aliosha ama la vida y sus encantos. Sus amigos van a la Iglesia, a la Mezquita o a la Sinagoga. En esto, él se siente un poco despistado y no entiende muy bien estas cosas, que en cierto modo le resultan extrañas como niño que es. Pero, en el fondo le da igual entrar en un templo que en otro, con tal de acompañar a algún amigo. Luego los dos se ríen, como si les hicieran gracia estas cosas de mayores. A él lo que le ocupa y le distrae es correr, saltar y jugar todo el tiempo. También ha descubierto el cine y le apasiona ver películas, incluso en sesión continua. Aliosha es un niño feliz.

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COLEGIO FRANCÉS – LARACHE, año 1953

Pero la felicidad es una flor caduca y frágil como el cristal. También puede ser un estado de ánimo y como tal es efímero. La felicidad del niño Aliosha tiene que ver entre otros, con la admiración que le produce el paisaje, y su pueblo, que él considera un rincón en el cielo, con la alegría de estar con sus primeros amigos, con la seguridad que le infunde un entorno familiar donde se siente querido y protegido, y con la dicha de la sorpresa y del aprendizaje constantes. Como no puede ser menos a su edad, vivir es para él una aventura nueva e ilusionante en ese torrente, en el que la fuerza arrolladora de la vida irrumpe imparable a diario, conquistando y arrastrando a este principiante que todavía ignora las vicisitudes y las sorpresas del camino.

 En el año 1956 en el que el niño Aliosha va a cumplir su primera década, aquel mundo personal e idílico, más propio de los sueños, donde siempre era primavera y donde vivir era un gozo diario, se tambalea, quizás zarandeado por la envidia de los dioses del destino. De manera tan inesperada como cruel, su plácida infancia se topa y se enfrenta de repente a las contrariedades de la vida y a una tormenta de sucesos imprevistos, a partir de los cuales no quedará en él sitio para la inocencia y la ingenuidad que le han acompañado hasta entonces.  

Todo empezó aquella luminosa tarde de abril, cuando Rabah, el esclavo negro del baja Raisuni, vino al colegio a buscar a su compañero Jali. Era la Independencia de Marruecos. Las consecuencias de este hecho histórico y a pesar de todo ciertamente previsible, serían nefastas. No para el pueblo marroquí que recuperaba su autonomía, sino para la población española que se vería en la tesitura de abandonar a corto o medio plazo, aquella tierra que para muchos era la suya y la única que conocían. Era la cara oscura y menos amable de la colonización. De hecho, apenas unos meses más tarde, su padre iría a buscar mejor fortuna a Venezuela y, en septiembre, le seguirían por razones muy distintas con el mismo destino, su prima (probablemente la persona a la que más quería en ese momento) y su tía. Afortunadamente, su padre volvería un año más tarde. Madre e hija no regresarían nunca.

 Un viernes nueve de agosto de 1957 se produjo la muerte de su otra tía con apenas treinta y dos años. Lo más cruel de la muerte de una persona joven son los años de vida robados. La muerte siempre está ahí agazapada, al otro lado de ese fino hilo de alambre que la separa de la vida y sobre el que caminamos todos los días todos los mortales, siempre dispuesta a pegar el zarpazo y a derrumbarlo todo. Además suele llamar sin avisar.

Ocurrió todo en un año. La familia se descompuso para siempre y la felicidad de Aliosha quedó hecha añicos. Todos esos acontecimientos supusieron para la sensibilidad de aquel niño de nueve o diez años, sacudidas y desgarros muy fuertes y profundos que superaría con el tiempo, pero que inevitablemente dejarían huellas y heridas imperecederas en su memoria sentimental. Aliosha sentía que había sido expulsado del paraíso en el que habían transcurrido esos primeros e inolvidables años de su corta vida.

 El niño tuvo que pasar página, dio la vuelta a la esquina de la infancia y se dirigió titubeante a la calle desconocida de la adolescencia. Nadie jamás podría robarle los años felices de su primera infancia pasados en aquel pequeño y hermoso pueblo lleno de luz,  a orillas del majestuoso mar Atlántico.

  León Cohen – Junio de 2020

https://leoncohenmesonero.blogspot.com/

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UNA FOTO DE ANTONIO CÉSAR MUÑOZ

Recibo otra excelente fotografía que, estoy seguro, invita a abrir mi nuevo libro de relatos Una puerta pintada de azul.

En esta ocasión, la foto es de Antonio César Muñoz, y le agradezco que me la haya hecho llegar para poder compartirla.

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