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LA LITERATURA MARROQUÍ EN LENGUA ESPAÑOLA, SEGÚN ABDELKADER CHAUI

Marruecos alegórico ensayos de literatura y cultura

Tras leer el libro Marruecos alegórico: ensayos de literatura y cultura, de Abdelkader Chaui, en el que se recogen artículos, conferencias y entrevistas del autor, he creído necesario destacar la conclusión a la que llega con relación a la literatura marroquí en lengua española, tanto por el significado testimonial como por la puesta en valor de esta literatura por alguien de la talla de Chaui. En ese sentido, el siguiente fragmento de su libro es elocuente:

“…Mi quinta observación, considerando los que acabo de cuantificar, tiene que ver con una de esas entidades literarias que se convirtió en un fenómeno literario que hace pocos años generó una polémica tensa a propósito de su existencia o ausencia-inexistencia. Me refiero a lo que se llama: la literatura marroquí escrita en lengua española, o literatura marroquí en castellano (denominada por Christian Ricci: literaturas periféricas). Y debo hacer notar, a pesar de todo, que esta entidad literaria tiene que ver con dos estructuras de suma importancia: la histórica que corresponde a la influencia cultural del hispanismo (como un fenómeno colonial del protectorado) y sus mecanismos de implantación mediante el establecimiento de nuevas estructuras sociales y económicas en el norte de Marruecos, que, con el paso del tiempo, ayudaron a forjar una élite local integrada o dispuesta a integrarse en el sistema arraigado en la sociedad del norte. Una larga historia para contar detallando los elementos que han contribuido a su elaboración y a su labor. La segunda es una estructura lingüística cultural por el uso de la lengua española como medio de expresión y comunicación, sin olvidar que esta lengua-cultura ha sido siempre vehiculada por el sistema de la enseñanza.

(…) Así que se este modo considero esta literatura como una variante de la llamada literatura marroquí moderna.”

Marruecos alegórico: ensayos de literatura y cultura, de Abdelkader Chaui, ha sido publicado la Editorial Alhulia, en su colección Ensayos Saharianos, en junio de 2019.

Sergio Barce, agosto 2020

Abdelkader Chaui (Bab Taza, 1950), es escritor y crítico marroquí, autor de la novela Patio de honor, con la que obtuvo el Premio a la Creación Literaria, entre otras, además de numerosos ensayos y artículos.

ABDELKADER CHAUI

ABDELKADER CHAUI

 

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“QUEBDANI”, UNA NOVELA DE ANTONIO ABAD

Quebdani, de Antonio Abad, es una novela original y muy a contracorriente. Ambientada en el poblado de Quebdani, situado en el Rif, y ambientado en los años del Protectorado español entre el desastre de Annual y la inminente independencia de Marruecos, se trata de un retrato nada complaciente de la ocupación española.

QUEBDANI portada

Antonio Abad, nacido en Melilla, y que pasó una gran parte de su infancia en Marruecos, es decir, buen conocedor de la realidad del país, nos sumerge en una historia de venganza llena de sorpresas y de giros inesperados, no tanto por su necesidad de enhebrar una trama que está repleta de un cierto suspense sino por su empeño por descubrir la cara menos amable de lo que fue el Protectorado español en Marruecos, con sus luces y con sus sombras. Y las sombras, en general, han quedado en muchos casos conscientemente olvidadas, de ahí lo imprescindible de obras como ésta.

Me ha gustado este libro de nuestro admirado Antonio Abad, al que siempre escucho con atención cuando hace alguna presentación en el Ateneo de Málaga, aunque ahora, tras la lectura de esta novela, se me hace más que necesario intercambiar con él impresiones y experiencias de nuestro amado Marruecos.

El punto de partida de su novela ya es bastante original: la situación en el Rif ocupado por España contado desde el punto de vista de un rifeño admirador y seguidor de Abd-el-Krim, pero que ha de trabajar en un molino propiedad de un español tirano y despreciable. Un chico que crecerá con la idea de vengar a su pueblo, sometido a un país extranjero y a unas élites coloniales que explotan su país para el beneficio de una metrópoli malherida y resentida en su orgullo. La sombra de Annual y la de la derrota marroquí tras el desembarco de Alhucemas planean en todo momento y alimentan esa sed de revancha del joven al que, despectivamente, llaman Braulio, aunque él se llame Abdelaziz (y al que su madre llamaba Soulami).

“…Era Ramadán cuando fui a comprar, no al zoco el Arbaa, sino al zoco el Jemis, a Comandante. Durante el camino pensé que el nombre que mejor le venía era el de Hayera que, como bien sabes, en amazige significa roca, porque se le veía duro y fuerte; pero a tu hermana María Dolores no le gustaba que tuviera nombre rifeño, así que nada más verlo dijo que el burro se llamaría Comandante y todos en el molino lo llamaron de aquel modo para no contrariarle sus caprichos de enferma…”

Quebdani en 1925

QUEBDANI – Dar Kebdani – año 1925

Hay pocos personajes españoles que merezcan nuestra simpatía, quizá Manol, al que Abdelazziz cuenta toda la historia que también nos relata a nosotros, el único de la familia dueña del molino que simpatiza y empatiza con los marroquíes, y el maestro don Ernesto quien, aunque sólo aparece en esta historia de manera tangencial, sin embargo, para mí tiene una trascendencia simbólica extraordinaria y coprotagoniza una de las escenas más emotivas y devastadoras del libro. En cualquier caso, los diversos personajes que transitan esta novela son de una gran contundencia, y reflejan muy bien esa parte de la sociedad que creyó ser dueña de lo que no les pertenecía.

“…Ese mismo día que me dijo que leyera aquello que ponía el periódico, que se lo leyera en voz alta, delante de Celestino para ver si era verdad que yo sabía leer, yo se lo leí, se lo leí antes de que ocurriera lo de Mauro y Celestino, y Celestino recibió una fuerte bofetada de tu padre y le dijo que si no le daba vergüenza que un moro como yo supiera leer y él no. Pues bien, ese mismo día, cuando yo estaba leyéndole el periódico a tu padre, fue cuando se le acercó a Tomás Dávila un chivanni.

Tomás Dávila estaba sentado junto a la mesa de los talonarios, en el suelo la lata de pintura colorada, y el viejo se le acercó negándole con la cabeza que lo que él se llevaba y lo que ponía en el recibo fuera lo mismo. Tendría aproximadamente unos setenta años, una larga y puntiaguda barba totalmente cenicienta, la chilaba raída, las sandalias de esparto, las manos como dos sarmientos temblorosos y toda la espalda era un arco de sumisión que un bastón de la sujetaba hasta donde la dignidad humana parece que no existe. Tenía acierto aspecto de unos de esos santones tan venerado por nosotros, un morabito. Los españoles bien que cuidaban de protegerlos y de engatusarlos para su causa y su conveniencia. El que vivía cerca del molino, estaba más que comprado por Tomás Dávila y recibía un ziyart anual puntualmente. En más de una ocasión lo sacó de un mal apuro, pues era mucha su influencia. Así que aquel pobre viejo se puso a gritarle a tu padre en amazige. En seguida se agolparon unos cuantos curiosos apoyando la postura del anciano, y luego otros más.

Tomás Dávila se levantó, lo cogió de la pechera de su chilaba sin miramientos y lo empujó tan brutalmente que cayó haciendo un ruido, raro, como cuando se tira un objeto de madera. Se produjo un grave silencio, de fieras al acecho, de rifles de pelotón. Nadie decía nada. El viejo tirado en el suelo apenas gemía, parecía un montón de ropa, de ropa vieja y sucia en la entrada del porche, amparándose en su propio abandono, latiendo todavía, sin dignidad, con rabia que nadie vio, que nadie podía escuchar.

Tuvieron que meterlo en la batea de una camioneta del ejército y llevarlo a Quebdani para que lo curara el médico. Varias costillas rotas y el miedo sucesivo recorriendo miradas en los días de zoco.

De aquel hecho no se dijo nada. Tratarnos con mano dura por cualquier asomo de protesta era toda una consigna que se había extendido para asegurar la permanencia en el Protectorado.

-Comida y leña es lo único que entienden -dijo Tomás Dávila. Cuando lo comentaba en la cantina, ufano, una copa de tinto en su mano, duras y oscuras sombras en algunos ojos.

-Lo malo -le contestó Mariano Sepúlveda, el cantinero- es que nosotros sólo sabemos darle leña. Fíjese en Francia, le dan más duro que nosotros, pero al menos el gobierno mete mucho dinero y personal especializado.

Se llevó la copa a los labios y se la empinó de un solo trago. Detrás del mostrador el cantinero se la volvió a llenar. Era un hombre enorme y barrigón que se cubría con un mandil lleno de manchurrones su ropa. Había también en el salón del bar algunos soldados que estaban dando cuenta de una botella. El ambiente era rancio, avinagrado y en el techo un ventilador de grandes aspas giraba lentamente. Su ritmo parecía marcar la permanencia de un tiempo empeñado en girar sobre sí mismo. Removía el aire, pero era el mismo aire, el mismo humo de los cigarrillos, el mismo tiempo indolente. Sólo las moscas trataban de romper el vuelo acompasado de esa órbita perfecta que era el ventilador describiendo líneas errantes en la sala menos aquellas que daban con sus vidas en las tiras de los papeles reales que colgaban del techo.

-La semana pasada fueron tres bombas, una en el Hotel Darsa, otra en la Delegación de Hacienda una tercera en un local comercial. Esta última, dice el periódico, fue la que causó más víctimas -decía Tomás Dávila-. Al día siguiente, unos grupos de agitadores se infiltraron entre los manifestantes y con piedras, palos, barras de hierro y demás objetos contundentes arremetieron entre gritos subversivos contra los policías encargados de mantener el orden. Incluso algunos elementos vestidos de uniforme fueron apaleados y desarmados por los alborotadores. No hay derecho a que esto ocurra. No se puede permitir ser blando con esta gente. Fíjate en lo que hacen en cuanto se les permite un margen de confianza, que lo ven como una muestra de debilidad de nuestro Gobierno. Por eso te digo que nada de ser blando, nada de que se te suban a las barbas. Mano dura, Mariano, y ya está bien de contemplaciones con esta gentuza. El general Silvestre, ese sí que los tenía bien puestos, una autoridad así es lo que haría falta. Desengáñate, Mariano, al moro leña, y cuanta más mejor…”

Es un largo extracto de esta magnífica novela, pero creo que muy representativa de lo que Antonio Abad trata de transmitir al lector: la decadencia de un sistema colonial ya insostenible, la realidad pertinaz e inevitable que va arrinconando los delirios de grandeza de quienes acudieron a Marruecos a explotar el país y a sus gentes, el racimos y la xenofobia que también se dio entre muchos militares africanistas y entre muchos empresarios y busca fortunas, el trato denigrante al marroquí por parte de esos mismos personajes, el desmembramiento de una estructura social creada de manera artificial sólo apoyada en la razón de la fuerza, el origen del odio al invasor, las consecuencias inevitables de todo ello…

Quebdani, además de ser un libro de una calidad narrativa incuestionable, es, como ya he dicho, una novela necesaria para comprender qué fue el Protectorado español en Marruecos, en concreto, en la zona del Rif. Porque esa parte de nuestra historia común está llena de aristas y de historias hermosas y de otras historias terribles. Y todo ha de ser mostrado.

Sergio Barce, agosto 2020

Quebdani, ha sido editada por etclibros (eltoroceleste), primera edición 1997 y segunda en 2018.

antonio abad

ANTONIO ABAD

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“UN CIERTO TÁNGER”, UN LIBRO DE FERNANDO CASTILLO

Seguí la sugerencia de Alberto Gómez Font y busqué Un cierto Tánger, el libro escrito por Fernando Castillo. Sencillamente magnífico.

Con elegancia, de manera amena, sin vericuetos innecesarios, pero con una cantidad de datos, anécdotas e información deslumbrantes, Fernando Castillo ha sabido condensar en sus 234 páginas la historia, la evolución y el sueño, la leyenda y la imaginería que ha crecido o se ha creado alrededor de la mítica ciudad marroquí.

UN CIERTO TANGER de Fernando Castillo - portada

Aunque muchos de los asuntos que aborda son ya conocidos para los que amamos el fascinante mundo tangerino, y a los que les interesa Marruecos en general, sin embargo, aporta un punto de vista distinto y atractivo. Repasa el pasado histórico de Tánger, su relación con la literatura y los autores que han elegido la ciudad como referente creativo, su etapa Internacional, los años de decadencia… Pero, en todo instante, Fernando Castillo enhebra las páginas de forma que nos envuelve de manera absoluta y es muy difícil soltar el libro hasta que no lo acabamos.

Pero es en el retrato que efectúa de algunos de los personajes que pasaron por la ciudad en sus mejores años cuando he devorado sus páginas con avidez. Tan bien narrado, tan sugerentemente expuesto que, a veces, parece que estemos leyendo una novela.

Podría elegir cualquier párrafo de Un cierto Tánger, porque en todos hallaremos un asunto de interés o una historia increíble, pero os invito a leer este que reproduzco más abajo sólo como botón de muestra.

Os recomiendo fervientemente este libro.

Un cierto Tánger, ha sido publicado por la editorial Confluencias, para su Colección Zocos.

Sergio Barce, junio 2020

“…A medida que avanzaba la guerra y llegaban a Tánger las noticias de las victorias franquistas, la opinión iba inclinándose hacia los sublevados, siendo cada vez más frecuentes las camisas azules en locales y calles tangerinas. Incluso, como recordaba Domingo del Pino, entre los simpatizantes franquistas de otros países se vistió la camisa de Falange, como hizo la Duquesa de Guisa, heredera del trono de Francia y por ende monárquica legitimista, que apareció fotografiada en los periódicos tangerinos con camisa azul el día que los franquistas le impusieron el yugo y las flechas de plata. Se diría que al siempre liberal Tánger había llegado un adelanto de la realidad que se estaba imponiendo en Europa, de la que huían numerosos refugiados muchos de los cuales acudían a la ciudad cada vez en mayor número, dejando lo que adivinaban se iba a convertir en infierno. Ahora, quienes de forma creciente desembarcaban en el puerto no se encaminaban hacia el centro de la ciudad con alegría, sino con esa combinación de esperanza y desasosiego que siempre acompaña al refugiado. Todos ellos se unían a los partidarios de la República que habían logrado escapar de la represión del Protectorado español o de la Península, sin saber que para ellos Tánger no iba a tardar en convertirse en un sucedáneo de Ceuta o Tetuán. Entre los tipos más curiosos que recalaron en Tánger en estos años se encuentra el controvertido Josep Dencás, líder de Esquerra y Estat Catalá y uno de los protagonistas de los acontecimientos de 1934, cercano a los aún más complicados hermanos Badía, los gánsteres del catalanismo. Tras un temprano y equívoco exilio, pues coqueteó con el fascismo mussoliniano, que comenzó en 1936 y pasó por la Italia fascista, recaló en Tánger donde ejerció como médico.

   Más suerte tuvieron los europeos que huían del nazismo, quienes en su mayor parte encontrarían en la libertad tangerina, en la que todas las contradicciones eran posibles, la seguridad suficiente para instalarse…”

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LOS JARIYÍES

Siempre escuchamos o leemos que las corrientes principales del Islam son la suní o sunita, ortodoxa, y la chií o chiíta, que derivan de los partidarios de que el califa fuera descendiente directo del profeta Mahoma. Pero había una tercera corriente que se nombra menos: la de los jariyíes. Esta vía defendía que cualquier musulmán digno y justo podía ser nombrado califa, sin tener en cuenta su origen, su raza e incluso que fuera esclavo negro, siempre y cuando, claro, perteneciese a la comunidad de creyentes. Y son quienes me interesan, porque esta corriente se desarrolló en Marruecos.

Tanto los chiíes en la antigua Persia como los jariyíes en Marruecos fueron dos de las diversas manifestaciones o ramas descontentas del islam primigenio y, por tanto, heterodoxas. Y fueron los bereberes de Marruecos los que se inclinaron en mayor medida hacia esa corriente jariyí, curiosa por defender la elección del califa por los propios creyentes y no impuesto por un orden sucesorio o por el poder. 

Su origen lo explica así María Rosa de Madariaga:

“El jariyismo surgió cuando el califa Alí, yerno del Profeta, aceptó someterse al arbitraje de los hombres en una batalla frente a su rival Moawiya, y un grupo de combatientes prefirió abandonar la batalla antes que sancionar con su presencia una decisión que correspondía a Dios y no a los hombres. Muchos de los partidarios de Alí dejaron después Kufa, donde acampaba el ejército, para unirse a los que habían abandonado primero el campo de batalla. A estos se les pasó a conocer con el nombre de jariyíes o jariyitas (literalmente “los salientes” o “los que salen”), que en este contexto significa los “disidentes”, “heréticos” o “separatistas”. En esta corriente del islam, puritana, austera e igualitaria, las reivindicaciones sociales se expresaron en forma de creencia religiosa. Frente al islam ortodoxo de los invasores árabes, los bereberes encontraron en el jariyismo una manera de afirmar su identidad y de manifestar su oposición.”

Fue precisamente un jariyí llamado Abd al-Rahman Ibn Mulyam quien asesinó a Alí en el año 661.

Su rigor en lo que al cumplimiento de los preceptos del islam se refiere tiene como contrapunto una gran tolerancia hacia las otras religiones.

SIYILMASA 1

SIYILMASA

Fueron los jariyíes los que en Marruecos, en el siglo VIII, encabezaron la sublevación contra el califa cuando se decretó la subida de impuestos, y, al mando de Maisara, se hicieron con el control de Tánger. Poco a poco, los jariyíes continuaron su expansión e infligieron una serie de derrotas a los ejércitos de los distintos califas de la época, hasta que fueron vencidos por el gobernador de Egipto que los doblegó cuando intentaban conquistar Kairuán. Esto dio lugar a que los jariyíes se dividiesen en diferentes reinos: el de Tahert, otro en Siyilmasa y el que se denominó “el reino de los oasis de palmeras del desierto”.

Y varias tribus, que habían seguido en su momento a Maisara en su revuelta contra el poder del califa, encontraron en Salih a su nuevo líder. Curioso personaje el de Salih que se proclamó profeta de los bereberes y redactó un Corán en su lengua con variaciones en su ritual. 

Cuando los almorávides se apoderaron de Siyilmasa, arrasaron sus lugares de placer y, algo llamativo, también destruyeron todos los instrumentos musicales. 

Dentro del jariyismo surgieron distintas tendencias, unas más radicales que otras, y hoy en día los jariyíes que quedan pertenecen a la secta de los ibadíes y se reparten por Omán, Zanzíbar y por algunas pequeñas zonas del Magreb. 

Sergio Barce, mayo 2020 

SIYILMASA

SIYILMASA

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BREVE FRAGMENTO DE “EL PASADO SIMPLE”, NOVELA DE DRIS CHRAIBI

EL PASADO SIMPLE PORTADA

La primera novela del escritor marroquí Dris Chraibi fue El pasado simple (Le passé simple) de 1954, novela de la que ya escribí una reseña, que os indico:

https://sergiobarce.blog/tag/dris-chraibi/

Pero no me he podido resistir a copiar un nuevo fragmento de este magnífico libro ambientado en el Marruecos bajo el Protectorado francés. 

Me ofrecía la llama de su mechero. Me observaba con bondad y, en el fondo de su mirada, seguía habiendo una pizca de amargura. La amargura del hastío. Estaba hastiado.

Estábamos hastiados. Florilegio de sortilegios, estoy seguro de que inmensamente hastiados. Como ese siervo que sudaba la gota gorda en las tierras de su caíd, y cuanto éste acertó a pasar por allí le preguntó: <¿Qué pasa?> <Pasa -respondió el siervo-, ¡maldita sea!, que prefiero ser caíd a sudar como estoy sudando>.

Estábamos hastiados.

Poco más o menos desde el día en que él había descubierto en mí no sé qué promesa o qué primicia con la que contaba: apto para el servicio, presunto heredero. Me envió a una escuela francesa, y, desde entonces, ni un solo instante hemos dejado, él, de querer yugularme, yo, de dar coces. De vigilarnos, porfiar, explorarnos, intuirnos, pertrecharnos y precavernos, modificando los parámetros del instante anterior en función del que estaba por llegar -ni siquiera la noche servía de tregua sino de reorganización, revalorización y aprovisionamiento de nuestras fuerzas-, hasta tal punto crueles uno y otro, que, a veces, me sorprendía en su pellejo, cuando justo él debía de estar en el mío.

El pasado simple (Le passé simple) fue publicado en España por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo en 1994, con traducción del francés de Leonor Merino e Inmaculada Jiménez Morell.

 

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