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MÁLAGA, 23 DE OCTUBRE – PROYECCIÓN Y COLOQUIO DE LA PELÍCULA «EN EL NOMBRE DEL PADRE» DE JIM SHERIDAN

VIERNES, 23 DE OCTUBRE. En la Sociedad Económica de Amigos del País, Plaza de la Constitución. Málaga

Proyección cinematográfica de EN EL NOMBRE DEL PADRE (In the name of the father, 1993) de Jim Sheridan.

Presenta: Pilar Flores

Coloquio. Interviene: Sergio Barce.

Patrocina: Fundación Unicaja

Organiza: Sociedad Económica de Amigos del País, de Málaga

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«LA BOLA NEGRA», UNA PELÍCULA DE JAVIER AMBROSSI Y JAVIER CALVO

Apabullante. Así es «La bola negra», de Javier Ambrossi y Javier Calvo. Apabullante, porque te traspasa como si te lanzasen ráfagas de sensaciones de las que sales tocado en lo más hondo. Desde la primera escena, la cinta sorprende por su ruptura con lo convencional. Los guionistas, Ambrossi, Calvo y Alberto Conejero, retuercen el pescuezo a la realidad y la exprimen para sacar de ella una suerte de juego malabárico. Narran en tres planos temporales que se engarzan a la perfección. No es una película sobre la guerra civil española, que lo es, ni un biopic de Lorca, al que homenajea y hace partícipe de una manera poética, onírica y magistral. Si digo que me he emocionado con esta película, tal vez me quede corto. Se te hace un nudo en la garganta y te hace pensar en tantas cosas distintas que la he tenido que ver en dos ocasiones. La segunda proyección me ha servido para descubrir la letra pequeña de este trabajo admirable de Ambrossi y Calvo, que se han convertido en referentes de un cine distinto y atemporal. La serie «La Mesías» ya me confirmó que estamos ante dos artistas arriesgados y audaces.

Sí, «La bola negra» es una cinta apabullante. Te corroe la conciencia, te remueve las entrañas, te zarandea por dentro de manera violenta. Lo que cuenta es vital que sea contado en estos días oscuros que vivimos. Es arrolladora en la forma en la que nos muestra, en carne viva, a pecho descubierto, lo que significa no poder ser quien uno es por imposición de otros. Aviso a navegantes en este resurgir actual de la ultraderecha. Porque también es un canto a la libertad absoluta, al libre pensamiento, al respeto al diferente. Cómo se cuenta todo esto es el gran descubrimiento. Los directores han creado una obra total. Desde el perfecto montaje de Alberto Gutiérrez hasta el resto del equipo técnico, con una dirección artística y de producción que deslumbran. La música es excelente. La banda sonora de Raúl Refree emboza al espectador como si fuese la piel de la película. El tema «La nieve», compuerta por Refree y Guitarricadelafuente, inspirada en versos de Lorca, no solo es parte de esta banda sonora, sino que se convierte en casi un himno, que no me resisto a transcribir. Dice así esta maravillosa canción:

Guardo el deseo en un camafeo
Reliquia, imperio andaluz
Espero el instante de esta tierra gigante
De hacerte un destello de luz
No pestañeo

Mira qué tontería
Arden las turbias palabras que nunca prendí
Y tú

Llegó el primero, donde arden mil fuegos
De carne y lucero, es mi cruz
Mira de frente, como hacía a los veinte
¿Y quién no le teme al Sol?
Llego a la nieve

Mira qué tontería
Arden las turbias palabras que nunca prendí
Y tú

Federico lo traspasa todo en esta bellísima película, esa es la verdad. Pero se hace de manera tan elegante, tan bonita, que deseas volver a sus poemas y releerlos una vez más.

Los otros temas conocidos de la banda sonora, como las versiones de «Soldadito español» o de «Milonga de Juan Simón», forman parte natural de un engranaje difícil de armar, y que, sin embargo, funciona como un reloj de precisión. No es una cinta fácil, al contrario. Habla de tantas cosas importantes de la vida que se pueden perder, que nos las pueden hurtar, que podrían censurarse y prohibirse, como ya ocurrió en el pasado, que va más allá incluso de la simple obra cinematográfica.

Javier Ambrossi y Javier Calvo dirigen de manera maestra a sus actores. Un descubrimiento absoluto el de Guitarricadelafuente como actor, que transmite humanidad y bondad; al igual que los trabajos de Miguel Bernardeau, Carlos González y Milo Quifes. La escena en la taberna que protagoniza Milo Quifes es un alarde de virtuosismo técnico y coreográfico. Excelentes los veteranos que los acompañan: Lola Dueñas, Penélope Cruz, Antonio Dechent, Albert Plá o Glenn Close. Saben sacar a su reparto lo mejor de cada uno de ellos.

Regresan sus imágenes a mi cabeza. Vuelvo a ver a Federico en blanco y negro, sonriendo a Rafael, y a Guitarricadelafuente tocando su trompeta mientras llora aterido por la culpa y el desamparo; veo la nieve cubriendo a Milo, y veo los camiones llenos de cadáveres.

«La bola negra». Una película bella y lúcida, luminosa y terrible, dolorosa y esperanzadora. Lorquiana, libertaria, liberadora.

Sergio Barce, 26 de septiembre de 2026   

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 19 – AGOSTO 2026

Agosto de 2026. Tras unos días en los que intento desconectar del trabajo, repaso los libros que he leído (menos de los deseados) y las películas y series que he visto (quizá me he saturado con estas últimas). En cualquier caso, el calor irrespirable e insoportable de este año me parece el síntoma más evidente de que todo va a peor. Los fascismos campan a sus anchas, el tablero político internacional se mueve al compás del capricho de los egocéntricos millonarios que conducen el destino de gran parte del mundo, un gran porcentaje de la juventud se inclina por sentir nostalgia por una dictadura que no vivieron, la desinformación y los bulos campan a sus anchas y nadie repara en que nos llevan a una sociedad plana, acrítica, embobada, sumisa e idiotizada.

Veo la serie THE BEAR y  me contagio de su ritmo, de ese pelear por un sueño que atrapa a sus personajes y que muestra quizá lo mejor de nosotros mismos. Tal vez por eso me ha enganchado, porque necesito que lo positivo demuela lo negativo, que el optimismo venza al pesimismo, que la tozudez por llegar a una meta sea lo que venza al final, pese a las dificultades y pese a los obstáculos con los que se enfrentan «la familia» de ese restaurante que está a punto de naufragar. Levantarse y no sucumbir al desaliento. Excelente Jeremy Allen White en el papel de Carmy, pero a la zaga Ebon Moss-Bachrach como Richie y Ayo Edebiri como la chef Sydney, todos bordando sus papeles. Pero también me quedo con los veteranos Jamie Lee Curtis, cada vez mejor actriz, y Oliver Platt que son el contrapeso perfecto a estos actores que irrumpen con tanta fuerza. Pero también llamo la atención sobre un personaje secundario que me ha hecho reír a carcajadas, el de Neil Falk, que interpreta Matty Matheson. Me fijé en él al darme cuenta de que además de aparecer en los títulos de crédito como actor de reparto también lo hacía como productor ejecutivo de la serie. Me había llamado la atención su trabajo, desternillante, representando a un trabajador del restaurante que, en realidad, no hace nada pero quiere hacerlo todo, que parece alelado pero con un corazón inmenso, que dice tales sartas de tonterías que uno cree que anda en las nubes todo el tiempo… Nada que ver con el Matty Matheson real: es canadiense y se le reconoce como uno de los mejores chefs de cocina de Norteamérica, dueño de una cadena de restaurantes y que aquí se zambulle en la aventura de producir una serie televisiva sobre la trayectoria de un restaurante que busca la excelencia pese al caos que lo rodea, y, siendo productor, elige ser también actor secundario, pero qué secundario tan original y tan inolvidable. Os recomiendo la serie. 

Acabo la lectura de la novela de Maggie O´Farrell: «Hamnet». Después de ver la película, a la que ya dediqué un artículo, el libro me ha parecido mejor, sin que desmerezca la cinta. Prosa elegante, preciosista y envolvente. Toda la historia emponzoñada por lo inevitable, por el destino ineludible. Las palabras te atrapan, los capítulos te subyugan.

Fragmento de «Hamnet» (editado por Libros del Asteroide, con traducción del inglés de Concha Cardeñoso):

«Así que dos hijos, no uno, se dice Agnes tumbada en la cama, con las cortinas echadas para evitar las corrientes bruscas.

Los primeros días no se sabe con certeza si la niña va a sobrevivir. Agnes lo sabe. Se lo dice la cabeza, se los dicen los huesos, la piel y hasta el corazón. Se lo dice la forma en la que su suegra entra de puntillas en la habitación, mira a los recién nacidos y a veces les toca el pecho. Se lo dice la urgencia con la que Mary pide a John que los lleve a cristianar: sus suegros los envuelven en varias mantas, los visten con sus ropitas y se los llevan prestamente al sacerdote. Mary vuelve a casa poco después, irrumpe con la actitud de quien ha terminado una carrera, de quien ha vencido al enemigo, y le entrega a su hija diciendo, ya está, por fin, aquí la tienes.

Al parecer, Agnes no puede dormir. No puede levantarse de la cama. No puede tener una mano ociosa ni vacía. Los recién nacidos, uno de ellos o los dos a la vez, necesitan que los tengan en brazos. Amamanta a uno, después al otro, luego otra vez al primero; o a los dos al mismo tiempo, con las cabecitas juntas en el centro de su pecho y el cuerpo protegido por un brazo. Agnes amamanta, amamanta, amamanta.

El niño, Hamnet, es fuerte. Lo sabe desde el primer momento en que lo vio. Se agarra al pecho con determinación, con seguridad, y mama con mucha concentración. La niña, Judith, necesita que la estimulen. A veces, cuando le abren la boca para introducirle el pezón, parece confusa, como si no supiera muy bien qué quieren que haga. Agnes tiene que tocarle las mejillas, darle golpecitos en la mejilla, pasarle un dedo por la mandíbula, recordarle que chupe, que coma para vivir.

Hace tiempo que Agnes se figura la muerte en forma de una habitación iluminada por dentro, tal vez en medio de un gran páramo. Es donde habitan los vivos; los muertos dan vueltas alrededor, por fuera, y presionan las manos, la cara y la punta de los dedos contra la ventana, desesperados por volver, por alcanzar a los suyos. Algunos de los de dentro oyen y ven a los de fuera; otros pueden hablar con ellos a través de las paredes, pero la mayoría no.

Es impensable que ese niñita diminuta tenga que vivir ahí fuera, en el páramo frío y brumoso, sin ella. No la dejará irse…»

Leer una buena novela es como sumergirse en aguas transparentes y bucear sin necesidad de salir a tomar aire.

Sergio Barce, 14 de agosto de 2026   

   

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MÁLAGA, 15 DE ABRIL – PROYECCIÓN DE «MORO» EN LA SALA UPPERY

Este miércoles, 15 de abril, se proyectará el cortometraje MORO, dirigido por Pablo Barce, en la Sala Uppery, calle Ámbar nº 7, Guadalmar, Málaga, a partir de las 18.30 horas. Os esperamos para hablar con los actores Ignacio Mateos y Laura Río sobre el rodaje de la película, y de Larache como la ciudad protagonistra de la historia.

 

 

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CHLOÉ ZAO

Chloé Zao es la directora de la película de moda: «Hamnet», una cinta maravillosa con unas interpretaciones, especialmente de Jessie Buckley, a la altura del texto y de la cinta. Hay miles de comentarios sobre esta producción, candidata a llevarse todos los premios, merecidamente. Confieso que «Hamnet» me llegó, que me traspasó, que me conmovió. Una cinta sobre la pérdida, la ausencia y el dolor. Temas que le apasionan a Chloé Zao y que ya había desarrollado de alguna u otra forma en otros dos trabajos anteriores que, lo confieso, me impresionaron aún más. Hablo de «Nomadland» (2020) y «The rider» (2017).

En «Nomadland» una insuperable Frances McDormand nos regala el retrato de una mujer que ha decidido vivir en contra de los convencionalismos, una mujer sin hogar fijo, que no quiere ya ataduras ni obligaciones más que las de vivir libremente. Una mujer que, también aquí, lo ha perdido todo con la gran recesión económica de USA, pero que, sin embargo, sabe cómo arrostrar su situación trabajando a salto de mata y viviendo en una  caravana que la lleva por diversos territorios y Estados, en una búsqueda de un futuro que ya carece de interés. Se trata de sobrevivir y de encontrarse a uno mismo. Una obra redonda.

No le va a la zaga «The rider», otro retrato sin paños calientes de la América más profunda, de los ciudadanos de a pie que ven truncados sus sueños en unos Estados Unidos que ya no son lo que fueron y que, en la actualidad, parece dirigirse a un abismo insondable. Con actores no profesionales, sin embargo, Zao sabe sacar lo mejor de ellos y ofrecernos su perfecta visión de ese jinete, que vive de los rodeos y de amaestrar caballos, al que, por un fatal accidente, se le hurta lo que más ama y sus sueños más queridos.

En todas sus películas, Chloé Zao, de origen chino, utiliza el paisaje como un personaje más: tierras inhóspitas, muchas veces desérticas, inabarcables, sin horizontes, tierras abiertas en las que se presiente la libertad que ya no se halla en otros lugares. Absorbentes territorios muy cercanos a John Ford o a Steinbeck.

Con Chloé Zao me he dado de bruces con una cineasta que puede convertirse en clásica.

Sergio Barce, 12 de febrero de 2026 

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