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ESCRIBIENDO DE LARACHE

Aquí os dejo la imagen de varios libros con Larache de protagonista que habitan en mi biblioteca. Alrededor de mi libro de relatos Una puerta pintada de azul, tenéis títulos y autores como Larache a través de  los textos, de María Dolores López Enamorado; Entre Tánger y Larache, de Mohamed Akalay; Larache, crónica nostálgica, de Sara Fereres de Moryoussef; Entre dos aguas, de León Cohen Mesonero; Voces de Larache, de Mohamed Laabi; La ciudad del Lucus, de Luis María Cazorla; El árbol del acantilado, de Carlos Tessainer; y De Larache al cielo, de Mohamed Sibari.

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TRES FOTOS Y UNA PUERTA PINTADA DE AZUL

Tres fotos que me han ido enviando tres lectores, por tanto, también tres buenos amigos, de la portada de mi último libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal, 2020). La primera desde Tánger, que me hace llegar Saloua El Arfaoui (una foto en la que están muchos de mis títulos); la segunda, es de Pedro Mate Calderoni, también tanyaui, pero que hizo en San Juan de Alicante, y, por último, desde Málaga, mi paisana larachense Pilar Carmona. La puerta azul sigue abriéndose…

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“CALLE DEL PERDÓN” (RUE DU PARDON), UN LIBRO DE MAHI BINEBINE

He terminado la lectura de un libro original, emotivo y sugestivo. Después de que me enganchase con sus Historias de Marrakech (Le griot de Marrakech) y en especial con su enorme novela Los caballos de Dios (Les Étoiles de Sidi Moumen), Mahi Binebine ahora me lleva por otros derroteros con Calle del Perdón (Rue du Pardon).

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Escrito en primera persona, Mahi Binebine adopta la visión y la personalidad de una joven que nos irá narrando su dura vida, pero también su preciosa historia de amor con su Abuelo (escrito así, con mayúsculas) y con Mamyta.

“…Al cumplir diez años dejé de escaparme yo sola: rondar por la Plaza se había vuelto peligroso por culpa de los <sobones>, unos energúmenos que la toman con tu trasero y se te pegan para restregarse con el miembro tieso.

(…) Aquí me tienes, Abuelo, en este cementerio donde descansas. Este recinto triste y abandonado a su suerte que han tomado las zarzas, los vendedores de higos secos, los mendigos que apestan a sebo y los lectores del Corán que salmodian versículos macabros sobre el fin del mundo.  Se abalanzan como rapaces sobre los escasos visitantes que flaquean ante la tumba de los suyos. El dolor los atrae como la sangre a los vampiros. Se las dan de interlocutores entre el hombre mortal que eres y el Señor, exhibiendo las llaves del Paraíso que pretenden poseer, con tal de que les arrojes una moneda. A mí no se me acercan. Llevo tanto tiempo viviendo al recogimiento de tu tumba que ya me conocen. Saben que no les voy a dar ni un céntimo. Me asquea la gente que se aprovecha de la debilidad ajena. ¿Qué, te parezco mala persona? No, Abuelo, lo único que hago es defenderme. Además, en gran parte te lo debo a ti. Tú me enseñaste a devolver los golpes. A no quedarme callada. Sin ti, seguramente nunca habría dejado a los míos cuando era adolescente…”

El Abuelo, al que en su trabajo se le conoce como el General, da lugar a uno de los episodios más entrañables y emotivos de esta novela. Mahi Binebine trata a sus protagonistas con una dulzura de poeta, y la historia avanza entre dolorosos instantes y sucesos violentos como si de un lento paseo se tratase, sorteándolos para mostrar que siempre hay otra cara de la vida más dulce. Sabe cómo embaucarnos y hacer que nos enamoremos de ellos. La originalidad de la trama es igualmente digna de agradecer, evitando los lugares comunes sin renunciar sin embargo a la denuncia de ciertas injusticias sociales que aún se viven a diario en Marruecos.

“(…) ¡Ay, Mamyta, cuánto echo de menos haber podido mimarte como me hubiera gustado! No para pagarte ninguna deuda, eso sería imposible, por supuesto, sino solo para darte gusto. Volver a ver por última vez el oro centelleante en tu boca, las manos dando palmadas en las rodillas, los ojos empapados de alegría cuando tus carcajadas se volvían incontrolables y te obligaban a echarte hacia atrás. Hacerte un poquito feliz, cubrirte con las joyas bereberes que te agradaban, con sedas del Lejano Oriente, babuchas de terciopelo bordadas… Me habría gustado llevarte de vacaciones al norte, a Tánger por ejemplo. Una ciudad donde los perros tienen un cementerio es imposible que maltrate a los artistas. Soñabas con ese viaje. Me habría gustado meterte en esos cabarets mórbidos para emborracharnos. Una botella de mahia mano a mano. Solo tú y yo. Luego habríamos bailado y les habríamos enseñado a los aficionados cómo nos las gastábamos. Te habría cogido de la mano una vez más, me habría soltado el pelo, te lo habría soltado a ti y nos habríamos embalado. De rodillas, una frente a otra, con una sola y única voz, les habríamos mendigado a los ángeles caídos un éxtasis postrero…”

Calle del Perdón es un largo poema, un canto a la fraternidad, a la familia verdadera (sin que eso suponga que deba ser la familia biológica), esa que forma la gente que se quiere de veras, también es un canto a nuestros mayores y a quienes luchan por hacernos mejores personas, esos que ponen la carne en el asador para tratar de que los suyos tengan un futuro esperanzador. No sobra nada en este libro, escrito con tanto cariño como estilo. Puro placer el leerlo.

Calle del Perdón (Rue du Pardon) ha sido publicado en España por Alfaguara, con traducción del francés de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego.

Sergio Barce, abril 2021

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“EL LUNES NOS QUERRÁN”, UNA NOVELA DE NAJAT EL HACHMI

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En 2015, escribí lo siguiente: <En El último patriarca, Najat el Hachmi, nos relata las peripecias de Mimoun, un emigrante marroquí que, salido de un aduar, emigra a Cataluña, y durante años asistimos a sus continuos devaneos entre lo que es y lo que querría ser. Relatado en su mayor parte en primera persona, como si la historia nos la contara la hija de Mimoun, vamos descubriendo de su mano a una personalidad atormentada, la de un hombre que vive entre dos mundos: el que representa su aduar y la familia que queda en Marruecos, en la que el peso de la tradición es casi asfixiante, y el que representa su vida de emigrante en la península, en la que, por el contrario, hay una lucha interna entre lo que ha dejado atrás, su cultura marroquí, y la nueva sociedad en la que trata de integrarse y que le abre otro futuro que, sin embargo, no deja de chocar frontalmente con su forma de ser. (…) También trata sobre el oprobio al que se somete a la mujer marroquí por parte de ese tipo de hombre anclado en una concepción arcaica de la superioridad masculina.>

Os dejo el enlace sobre la reseña de ese libro, por si os interesase:

https://sergiobarce.blog/2015/08/24/el-ultimo-patriarca-lultim-patriarca-2008-una-novela-de-najat-el-hachmi/

Ahora, acabo de leer su nueva novela, El lunes nos querrán, con el que El Hachmi ha obtenido el Premio Nadal de este año. De alguna manera, este libro podría ser casi una continuación de aquél o una aproximación al mismo tema desde otra perspectiva. De nuevo nos hallamos ante una historia contada en primera persona por una joven, pero la diferencia es que no relata la vida de su padre, de su patriarca, como en aquélla, sino la suya propia y la de dos de sus amigas, otra cara de la misma piedra poliédrica. No es ya una familia que llega de Marruecos y trata de adaptarse, sino de unos personajes femeninos cuyas familias son de origen marroquí y religión musulmana que ya han crecido en España, que se sienten españoles, y, sin embargo, han de hacer un esfuerzo sobrehumano para sentirse integrados en una sociedad que, pese a todo, sigue considerándolos extranjeros, emigrantes, aunque lleven toda la vida aquí, que las obligan no solo a superar las barreras ya difíciles para cualquier mujer sino algunas más, y, para más inri, han de soportar sobre los hombros la cultura ancestral de los orígenes familiares, que sigue ahí, representada por los padres y abuelos, refugiados en sus costumbres, las mujeres mayores aisladas del mundo exterior por las normas machistas impuestas por sus hombres. Es como un círculo vicioso del que es muy complicado salir. Y eso es lo que relata El Hachmi con una sencillez encomiable y con un gran conocimiento de esos obstáculos casi insalvables ante los que han de enfrentarse estas mujeres.

   “Esa Navidad fue de las más oscuras que recuerdo. No te lo conté porque ese tipo de cosas no se las contabas a nadie. Hacía frío y había nevado y la nieve se había quedado helada en las aceras. Un día que había ido al centro a por algo que me había encargado mi madre, me entretuve paseando por las calles y encontré una tienda de ropa de segunda mano. Entré y el que atendía era árabe. Me miraba muy fijamente a los ojos, y yo no sabía si tenía que bajar la mirada o no. Me probé un peto tejano ajustado y cuando me vio salir del probador me dijo: gírate. Y yo me giré. Estábamos solos en la tienda. Antes de entrar en los probadores él había cerrado la puerta, había girado el cartelito, y los que pasaban ya no leían <abierto>. No sabía muy bien lo que estaba pasando, pero sentía que me inundaba con sus ojos, y al girarme me miraba el culo y se mordía un labio y hacía todos esos sonidos aspirados de cuando una mujer les gusta. Por un momento se me pasó por la cabeza que, si quería, podía hacerlo allí mismo, con ese desconocido del que no sabía ni el nombre. Y no ocurriría nada. Había perdido lo único que me impedía hacerlo con quien quisiera, ya no tenía que preservar nada, estaba estrenada. Allí mismo había un sofá cubierto con telas estampadas que no se veía desde fuera. Todo dependía de mí, podía hacer lo que quisiera. Le sostuve la mirada como no se la había sostenido a ningún hombre y él también me la aguantó. Con una media sonrisa. Rozándome a veces sin querer cuando me daba algo que podía quedarme bien. Trajo un vestido escotado y luego dijo: no, mejor los tejanos, y en sus ojos veía el deseo, y el mío no era otra cosa que un reflejo del suyo.

No lo hice. Salí con una excitación que me ahogaba y volví a casa tan deprisa como pude. Al cabo de un rato llegó mi padre y empezó a gritar. Nada que me sorprendiera, pero era Navidad y hacía frío y la nieve se había helado en las aceras. Desde mi habitación pude escuchar algo más, un gemido medio ahogado que era la voz de mi madre diciendo para, anda, para, que no te he hecho nada. Mi madre parecía una niña pequeña. Cuando salí a ver lo que pasaba él la estaba golpeando en la espalda con los puños mientras ella se encogía sobre sí misma. Pensé que toda esa carne que se le había ido acumulando con los años era como una coraza. Pero no lo era porque las corazas no sienten dolor y la espalda de mi madre sí. No pude callarme como había hecho otras veces, le grité que parara, que parara, que parara. También gritaron mis hermanos, los dos mayores. Los pequeños tenían miedo y se habían escondido en la habitación tapándose los oídos. Mi padre repetía que no nos metiéramos, que era una puta, que la había descubierto coqueteando con el vecino.

Cuando acabó se fue y no supe cómo mirar a mi madre. Se puso a recoger la ropa que había quedado esparcida por el suelo después de que él le tirara el cesto. Y otra vez la culpa. Que Dios me castigaba por todo lo que había hecho. Que todas las mujeres iríamos al infierno, aunque el infierno ya empezaba en vida. Me dio tanta rabia que me puse a escribir. Pero en vez de hacerlo sobre el padre que gritaba y pegaba y veía amantes de su mujer por todas partes, me inventé la historia de amor de una chica de nuestro pueblo que perdía la virginidad entre brotes de menta, bajo la lluvia, y el chico del que estaba enamorada huía al extranjero y la dejaba abandonada. Al final, cuando la repudiaban por no ser virgen, el padre le daba una paliza y ella sentía un dolor punzante en la cabeza como si se la hubieran partido con un hacha.”

La religión como un peso que las aplasta, costumbres que parecen convertirse en una trampa, hombres que aparentan ser modernos para luego, con el paso del tiempo, ir desvelando que siguen anclados en viejos principios y en viejas prohibiciones que solo son aplicables a sus mujeres. El retrato que Najat El Hachmi hace de estos personajes es desolador y frustrante. Pero hay algo en la protagonista femenina que nos acerca a ella, que nos hace desear ser cómplices suyos. Una luchadora, una mujer que pretende ser libre, que solo aspira a que se la trate como a una persona.

Es un libro lleno de heridas y de cicatrices sin cerrar, pero que rezuma fuerza, el de la protagonista, el de su voluntad por quebrar las normas que reprimen su desarrollo, y es un libro lleno de gritos. Esa es la sensación que me ha transmitido, que en cada capítulo la joven que nos relata su vida grita desesperada para poder respirar libremente.

Quizá El último patriarca me impresionó más, pero El lunes nos querrán tampoco me deja indiferente y hay que escuchar con detenimiento cada uno de los gritos que escapan de estas páginas.

Sergio Barce, abril 2021

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“MIEDO”, DE STEFAN ZWEIG

 

“…Había conocido a aquel joven, un pianista que empezaba a gozar de cierta fama en círculos reducidos, durante una velada, donde mantuvieron una conversación casual. Pronto, sin ni siquiera proponérselo y casi sin ser consciente de lo que estaba pasando, se había convertido en su amante. No se puede decir que el deseo de estar con él inflamase su sangre, no había sido algo sensual y, en el fondo, tampoco algo espiritual lo que la había unido al muchacho: se había entregado sin necesitarlo ni desearlo verdaderamente, tal vez por la pereza de resistirse a la voluntad de él o por una especie de curiosidad…

Fragmento de Miedo

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Entre las lecturas habituales, siempre intercalo alguna novela o libro de relatos de los autores de los que aprendo a narrar, un ejercicio que es como sacar la cabeza de debajo del agua y tomar aire para seguir adelante. Porque son ellos los que marcaron las pautas y los que nos han enseñado que ha de cuidarse el vocabulario, el estilo, el ritmo. Sin sus textos, solo habría mediocridad. Ayer me leí la novela corta de Stefan Zweig titulada Miedo (Angst). Un pequeño placer. (Sergio Barce, abril 2021)

“…Inconscientemente, se consideraba merecedora de un castigo, pero se resistía con uñas y dientes a convertirse en víctima de la fatalidad. ¿Por qué ella precisamente? ¿Acaso era justo que recibiera un castigo tan brutal por un crimen que a ella le parecía insignificante? ¿Cuántas de las mujeres que conocía, vanidosas, frívolas, descaradas, tenían amantes, incluso por dinero, y burlaban a sus maridos sin el menor remordimiento de conciencia? Mujeres que vivían en la mentira, sintiéndose tan cómodas como en su propia casa, que ganaban atractivo con su secreto, a las que volvía más fuertes la persecución, más inteligentes el peligro, mientras ella se derrumbaba impotente, presa del miedo, al primer desliz…

Fragmento de Miedo

Miedo (Angst) ha sido editada por Acantilado, con traducción del alemán de Roberto Bravo de la Varga.

STEFAN ZWEIG
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