Archivo de la etiqueta: Herminia Luque

LAS LLAMAS NO PODRÁN CON LA LIBRERÍA PROTEO DE MÁLAGA

Abderrahman El Fathi, Ahmed El Gamoun, Ahmed Mgara, Ahmed Oubali, Alberto Gómez Font, Alfredo Taján, Alice Wagner, Alicia Acosta, Alicia Muñoz Alabau, Ana Añón, Antonio Abad, Antonio Bravo Nieto, Antonio Fontana, Antonio García Velasco, Antonio Herráiz, Antonio Lozano, Antonio J. Quesada, Aurora Gámez, Aziz Amahjour, Bernabé López García, Carlos Salazar Fraile, Carlos Tessainer, Carmen Enciso, Cecilia Molinero, Cristián Ricci, Cristina Martínez Martín, David Rocha, Eloísa Navas, Emilia Luna, Encarna León, Enrique Baena, Enrique Lomas, Farid Othman Bentria Ramos, Felicidad Batista, Fernando Castillo, Fernando de Ágreda, Fernando Tresviernes, Francisco Morales, Francisco Muñoz Soler, Francisco Ruiz Noguera, Francisco Selva, Fuensanta Niñirola, Guillermo Busutil, Herminia Luque, Hipólito Esteban Soler, Inmaculada García Haro, Iñaki Martínez, Javier Lacomba, Javier Otazu, Javier Rioyo, Javier Valenzuela, Jes Lavado, José A. Garriga Vela, José Mª Lizundia, José F. Martín Caparrós, José L. Gómez Barceló, José L. Ibáñez Salas, José L. Pérez Fuillerat, José L. Rosas, José A. Santano, José Sarria, Juan Clemente Sánchez, Juan Gavilán, Juan Goytisolo, Juan José Téllez, Juan Pablo Caja, Julio Rabadán, Laila Karrouch, León Cohen Mesonero, Leonor Merino, Lorenzo Silva, Luis María Cazorla, Luis Leante, Luis Salvago, Manuel Gahete, Marceliano Galiano, Marcos Ana, María Sangüesa, Mario Castillo del Pino, Miguel Romero Esteo, Mohamed Abrighach, Mohamed Akalay, Mohamed Bouissef Rekab, Mohamed Chakor, Mohamed El Morabet, Mohamed Lahchiri, Mohamed Sibari, Miguel Sáenz, Miguel Torres López de Uralde, Miguel Angel Moreta Lara, Montserrat Claros, Mustafa Busfeha, Pablo Aranda, Pablo Macías, Pablo Martín Carbajal, Paloma Fernández Gomá, Patrick Tuite Briales, Paula Carbonell, Pedro Delgado, Pedro Munar, Pedro Pujante, Pepe Ponce, Presina Pereiro, Rafael Ballesteros, Ramón Buenaventura, Randa Jebrouni, Remedios Sánchez García, Roberto Novella, Rocío Rojas-Marcos, Sahida Hamido, Said El Kadaoui, Saljo Bellver, Salvador López Becerra, Santos Moreno, Sergio del Molino, Sonia García Soubriet, Susana Gisbert, Tahar ben Jelloun, Tomás Ramírez, Víctor Morales Lezcano, Víctor Pérez, Yolanda Aldón y Zoubida Boughaba Maleem.

Todos estos autores podéis encontrarlos en la página web de la Librería Proteo, de Málaga, que, como ya sabéis ha sufrido un grave incendio.

Librería Proteo necesita nuestra ayuda. Con todos estos autores que he mencionado me une algo, vínculos afectivos y de amistad en unos casos o eventos compartidos en otros. Por eso destaco sus nombres. Y para ayudar a la Librería Proteo, que tanto significa para Málaga y para nuestras vidas, que es además la sede de Ediciones del Genal, con quien he venido publicando mis últimos títulos, os pido que compréis al menos un libro de cualquier de estos escritores, el que más os guste o al que queráis descubrir por primera vez, y que la compra la hagáis a través de la web de Librería Proteo, que os indico:

https://www.libreriaproteo.com/

Entre todos, la librería Proteo de Málaga va a renacer, y entre todos vamos a ayudarles a que vuelva a señorear como ha hecho en estos cincuenta años. Durante la dictadura fue el lugar donde poder hallar los libros prohibidos y censurados, el refugio de quienes buscábamos aire puro. Tenemos que reencontrarnos de nuevo entre sus estanterías, abriendo los libros que se exponen, oliendo las páginas recién editadas, hallando nuevas aventuras en las que embarcarnos… 

Sergio Barce, mayo 2021

 

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RESEÑA DE HERMINIA LUQUE DE “UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”

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Herminia Luque, enorme escritora, que el pasado año obtuvo el Premio Narrativas Históricas Edhasa con “La reina del exilio“, ha escrito una preciosa reseña sobre mi libro de relatos Una puerta pintada de azul, que comparto con vosotros. Aparece publicada en su página web, y la titula del modo más sugerente: Una puerta de melancolía azul. Ya solo ese título la hace más atractiva. Podéis acceder a través del siguiente enlace, por si queréis entrar en su página:

http://www.herminialuque.com/2021/04/25/una-puerta-de-melancolia-azul/?fbclid=IwAR09iNGZNnMZyXwiQ2GGzj118CutLYhj5gOIWhk94LGH6q0C0F8an-cM-X4

Una puerta de melancolía azul

25 abril, 2021 by Herminia Luque Ortiz

Una espléndida portada (una vieja puerta con su ajada madera azul, su pomo, su cerradura y su ¿aldaba?, también azules, ocupando toda la superficie de tapa dura), nos abre, en perfecta concordancia con el título, Una puerta pintada de azul, el no menos espléndido libro de relatos de Sergio Barce (Málaga, Ediciones del Genal, 2020).

  Apenas la abrimos, intuimos ya el implacable paso del tiempo al que da acceso esa puerta. Una pátina de melancolía recubre los escenarios de una ciudad de Larache multicultural, multiamical (esa multiplicidad de amigos de orígenes distintos), un multiverso que no existe ya. O quizá sí, más que nunca, porque Sergio nos recrea con el poder y la infalibilidad de sus palabras la ciudad de su infancia: unas calles donde vivieron los Céspedes, los Navarro, los Barce o la familia Ben Lahsen, edificios tristemente desaparecidos, como los cines Ideal y Coliseo y el teatro España, el Zoco Chico, el Balcón del Atlántico, tan evocador…

   Nunca yerra Sergio en la descripción poética de sus personajes: ese José Edery, que vuelve a la sinagoga de su niñez, convertida ahora en una casa privada; ese Abdeslam que abre todos los días, como quien inaugura el mundo, “la doble puerta de madera pintada de azul” (página 51); esa Lalla Sahida, hermosa y compasiva, aunque, tal vez por eso, desdichada; ese Ahmed que vive en una pasado siempre presente, un pasado continuo y redivivo hasta su último aliento…

   Hay también una puerta pintada de verde (página 184), la de una antigua tienda de regalos donde vendieron, sin sospecharlo jamás sus dueños, lo mejor del tiempo, el mejor de los tiempos en forma de reloj marca Flica…

  Sergio nos ha dibujado en este libro un bellísimo retazo de una geografía emocional, inalterable ya por obra y gracia de su destreza literaria. Abran la puerta azul (o la verde) y lo verán.

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AMIGOS EN MI BIBLIOTECA

Algunos de los libros de mi biblioteca. Libros escritos por autores que son mis amigos o que hemos compartido algunos buenos momentos o con los que me une alguna afinidad.

Ahí tenéis títulos de Mohamed El Morabet, José A. Garriga Vela, Antonio Lozano, Miguel Torres López de Uralde y Antonio Fontana.

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De José Sarria, Abderrahman El Fathi, Marta Querol y Sergio del Molino.  De Encarna León, Inmaculada García Haro, Sonia García Soubriet, Abdellah Djbilou, Rocío Rojas-Marcos y Ahmed el Gamoun; y de Víctor Morales Lezcano, Hassan Tribak, Pepe Ponce, José L. Gómez Barceló y de Javier Otazu.  

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Obras de Farid Othman Bentria Ramos, Antonio Abad, Yolanda Aldón, Zoubida Boughaba Maleen, Pablo Aranda y Ana Añón. Junto a los de Javier Valenzuela, Peter Viertel (con traducción de Marcos Rodríguez y Carmen Acuña), Miguel Romero Esteo, Pedro Pujante y Mohamed Sibari; y a los de Mohamed Akalay, José L. Pérez Fuillerat, Presina Pereiro, León Cohen y Víctor Pérez.

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Y más libros de Juan José Téllez, Alfredo Taján, José Sarria, Manuel Gahete, Tahar Ben Jelloun o Najat el Hachmi. De Julio Rabadán, Salvador López Becerra y Pedro Delgado.

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Están los libros de Herminia Luque, Emy Luna, Iñaki Martínez, José F. Martín Caparrós y Luis Mateo Díez. Y de Felicidad Batista, Saljo Bellver, Mohamed Chakor, Mohamed Abrighach y Mario Castillo del Pino.

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Libros de María Dolores López Enamorado, Paloma Fernández Gomá, Lorenzo Silva, Ahmed Mgara y Pedro Munar. De Cristina Martínez Martín, Mohamed Lahchiri, Juan Goytisolo, Alicia González Díaz y José García Gálvez. 

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Títulos de Mohamed Bouissef Rekab, Juan Pablo Caja, Mohamed Laabi, Guillermo Busutil y Ramón Buenaventura. También de Abdellatif Limami, Aziz Tazi, Abdelmawla Ziati, Roberto Novella, José Sarria, Manuel Gahete y Abderrahman Jebari. Junto a otros de Luis Leante, Laila Karrouch, Mohamed Abid, Said Jedidi y Pablo Martín Carbajal.

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Al lado de Sara Fereres, Santos Moreno, Francisco Morales Lomas, Abdel Rusi el Hassani y Mohamed Mrabet (con traducción de Albert Mrteh); y de Rocío Rojas Marcos, Ahmed Oubali, Pedro Delgado, Fernando Castillo y Luis María Cazorla.

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Libros de Randa Jebrouni, Jess Lavado, Carlos Tessainer, Eloísa Navas, Alicia Muñoz Alabau, y de Hipólito Esteban Soler, Fuensanta Niñirola, Susana Gisbert Grifo y libros de la Generación BiblioCafé.

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Libros muy especiales de mi biblioteca porque a la creación se une el elemento personal y afectivo.

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“EL LABERINTO DE MAX”, DE SERGIO BARCE

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Pedro Pujante, Sergio Barce & Pablo Aranda

En marzo de 2018 apareció mi novela corta El laberinto de Max, dentro de la colección <Manguta de Libros>, de Ediciones del Genal & Mitad Doble Ediciones, junto a autores como Pedro Pujante, Herminia Luque, Jess Lavado, Eloísa Navas, Presina Pereiro, Salvador Rivas, José A. Sau y, por supuesto, al añorado y siempre recordado Pablo Aranda. 

HL SB ...

Herminia Luque, Sergio Barce, Eloísa Navas, Presina Pereiro y Jess Lavado

Para quienes no hayáis leído este libro, os regalo el primer capítulo, la mejor manera que encuentro para animaros a leer el resto de esta historia que transcurre entre libros…

Me he quedado tan sorprendido de que mi padre me haya llamado después de tantos años que no he sabido reaccionar. Pero le he confirmado que iría. Luego he colgado, sin aliento. Lo hago por Silvana, no por él. Y porque me encuentro en las últimas.

Ahora que estoy frente al local, no sé si ha sido una buena idea venir. Nunca me ha gustado su negocio. Siempre he hecho lo contrario que Max. Desde niño. Sobre todo en la adolescencia. Si mi padre quería ir a la playa, yo protestaba porque prefería la montaña. Si proponía ver una película de Hitchcock, yo sugería una cinta de Berlanga. Me pidió que me cortara el pelo, y me dejé melena. Por joder. Decidí no abrir un libro porque él regenta una librería. Esa es la razón de que no haya leído una novela en casi cuarenta años. También por joder. Nos distanciamos. Luego, al marcharme tras acabar los estudios, dejamos de vernos. Y nos hemos convertido en unos extraños.

Pero llevo ya dos años en el paro. Las ayudas sociales se acaban el mes que viene. Silvana ha debido de verme más apurado que en otras ocasiones. La verdad es que lo estoy. Por eso habló con su abuelo, sin que yo lo supiera. No sé qué le habrá contado a Max para convencerlo. Apenas cruzamos unas frases por teléfono, lo imprescindible. No sabía muy bien qué decir. ¿De qué hablas con alguien a quien has decidido eliminar de tu vida? El hecho es que me ha ofrecido trabajo en su negocio. Le respondí que lo pensaría. La realidad es que yo no sé nada de libros. Seguramente me necesitará para llevar la contabilidad. O algo así. Sea lo que sea, no voy a embarcarme con él. Max insistió. Hube de prometer que vendría a verlo para poder colgar de una puñetera vez.

Apenas me llega para pagar los gastos necesarios. Ni un solo capricho. El alquiler comienza a ser un problema. Adeudo ya dos meses. La primera vez que me retraso. Mis zapatos cumplen su primer lustro. Me es imposible hacerle un buen regalo a Silvana. Y el hándicap es mi edad. Nadie contrata a alguien con cincuenta y cinco años. Ya no soy joven. Tampoco viejo. Bueno, un poco mayor, digamos que maduro. Me consuelo porque me dicen que las canas hacen interesante. Me mienten. Para que no me deprima. La realidad es que todo se desmorona.

Silvana me encontró en casa borracho como una cuba. Me había soplado casi toda la botella. Llamó y no entendía lo que le decía. Eso la alarmó. Eso y que no volviera a descolgar cuando telefoneó de nuevo. Abrió con el duplicado que guarda de mis llaves. Vomité. Grité. Lloré. Ahora siento una vergüenza enorme. Me vio como nunca me había visto antes. Hice el ridículo. Y se rio mucho oyendo mis gilipolleces. Aunque se niega a contarme cuáles fueron mis palabras. Seguramente puse a parir a su madre. Es una arpía, de eso no cabe la menor duda. Pero no merece ningún insulto. Eso lo convierte todo en más deplorable.

En los quince minutos que llevo aquí parado no ha cesado de entrar gente a la librería. Un hecho que me parece insólito. He oído que todas están cerrando. No tengo demasiadas ganas de cruzar la calle y ver a Max. Los dos nos hemos atrincherado. No hemos querido saber nada el uno del otro. Durante años. Habrá envejecido. Claro. Como yo.

Al empujar la puerta he reconocido el olor. Es el mismo de siempre. Huele a madera y a libros. Llamativamente, el local me parece ahora más amplio, más grande. Hay al menos diez personas entre los estantes, curioseando o buscando algún título. Tantos que es imposible que nadie pueda leerlos todos. He de reconocer que la librería es preciosa. Mi padre tuvo buen gusto al montarla. Madera por todas partes, al estilo británico. No le ha hecho falta reformar nada. La concibió como un pequeño laberinto que impidiera a los clientes salir en seguida. Qué cabrón. Pero parece que eso le ha dado mejores resultados de lo que nadie hubiera imaginado. Hizo una fiesta al inaugurarla. Yo era un niño. Besó a mi madre delante de todos, como hacían los actores de cine, y me avergoncé. Luego volqué un tazón de chocolate sobre las piernas de una de mis primas. Suerte que ya se había enfriado. Si no, le hubiera causado quemaduras de segundo grado. Me castigaron encerrándome en el desván de la librería. Allí me rodeaban sombras siniestras, ruidos extraños. Alguien habitaba tras aquellas paredes, alguien que me vigilaba. Podía escuchar su respiración, cansada y rota. Pasé tanto miedo que decidí no volver a subir. Aunque hubo una segunda ocasión. Algo más tarde. Y aquí sigue la librería de Max, abierta, funcionando, con clientes. Un milagro en estos tiempos. Joder, creo reconocer a uno de los que buscan en los anaqueles de literatura clásica. Lo vi en varias ocasiones en mi niñez. Debe de llevar todos estos años dando vueltas, tal vez nunca haya podido encontrar la salida. Por eso seguirá en literatura clásica. Creo que era un pedante.

Llegar a la caja también es un poco complicado. Max la ubicó en el centro del pequeño laberinto. Este olor me rejuvenece. Quién me lo hubiera dicho. Zigzagueo y veo la vieja mesa de nogal. La mesa hace las funciones de mostrador. Es como si el tiempo se hubiera detenido aquí dentro.

No conozco a la mujer que está ahí sentada, junto a la caja registradora. Ya no se ven ese tipo de cajas registradoras. Recuerdo que, cuando había que limpiar, mi padre la levantaba y decía que pesaba treinta quilos. Treinta quilos sin monedas ni billetes, vacía. Le da un toque original al sitio. La empleada está leyendo. Esa era una norma de Max. Quien trabaje conmigo debe saber de qué tratan todos los libros que vendemos y ha de leérselos. Eso predicaba. Ella debe de estar cumpliendo sus órdenes. La mesa llena de ejemplares y de papeles, rodeándola. Me acerco. No levanta la cabeza y carraspeo. Ahora sí. Joder, qué guapa es la tía.

Después de recobrarme (confieso que me ha descentrado por completo), le pregunto por el señor Bazlen. Aunque sigo perdido en su rostro, como atontado. Me responde que no está en estos momentos. Al poco me lo repite, porque no me he enterado la primera vez. Reacciono. Torpemente. Yo soy el señor Bazlen. Lo digo casi de manera automática. Lo he hecho sin mala intención. En seguida me doy cuenta de que puede parecer que le tomo el pelo. De hecho, ella ha arrugado el ceño y mira a un lado y a otro. Es posible que piense que está frente a un chiflado. Soy su hijo, añado con rapidez. El hijo de Max. Trato de salvar el descalabro. Es entonces cuando ella esboza la sonrisa más hermosa que he visto en mucho tiempo. Soy Lili, se presenta. Me extiende la mano y se la estrecho. Habría preferido besarla. Y yo le respondo. Como Lillie Langtry. Ella aguarda a que le aclare de quién le hablo. La criatura más hermosa del mundo, le desvelo entonces, o eso es lo que afirmaba el juez Roy Bean cuando hablaba de Lillie Langtry. Ah. Lili solo rezonga eso: ah. No parece que le haya hecho gracia mi piropo enmascarado. Ava Gardner interpretó a Lillie Langtry, apostillo. La verdad es que, aunque no leo un libro desde hace más de treinta y tantos años, por joder, veo mucho cine. Quizá demasiado. Lili me transmite su desinterés. Puede esperarlo aquí, su padre no tardará mucho. Y añade: si quiere echar un vistazo… Y me invita con un gesto a que me entretenga con los libros y a que la deje en paz.

Actúo como si me interesara por los volúmenes que se exponen en literatura española actual. No conozco a ninguno de esos escritores. Así que no voy a perder el tiempo. Para qué. Lo que realmente hago es observar a Lili. Está leyendo. Concentrada. Se acerca una mujer con un vestido horrible a la mesa mostrador. Lili reacciona dibujando de nuevo esa sonrisa arrebatadora que había desaparecido. Es como para comprarle el libro que ella proponga. Sin discutirlo. Me lo llevo porque es usted bellísima. Eso es lo que le diría al pagarle. Veo cómo le indica a la señora del vestido horroroso los expositores de las ediciones de bolsillo. Y vuelve a su tarea. Me cuesta dejar de admirarla. Entonces llega Max a la librería. He reconocido su peculiar manera de abrir y cerrar la puerta. No podría describirla, porque aparentemente no es nada peculiar. Pero nadie abre y cierra una puerta como Max Bazlen…

EL LABERINTO DE MAX

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE LA NOVELA DE HERMINIA LUQUE “LA REINA DEL EXILIO”

 

El pasado lunes tuve la fortuna de presentar la novela La reina del exilio, con la que mi querida amiga Herminia Luque ha obtenido el Premio Narrativas Históricas de Edhasa.

Aunque parapetados tras nuestras mascarillas, y ante un público que aún se resiste a perder estos encuentros literarios, tan necesarios para hacernos escapar de esta maldita realidad que nos rodea, la verdad es que lo pasamos bien. 

SB Y HL

Aquí os dejo mi intervención, que os servirá para entrar de manera subrepticia y sigilosa en esta novela.

LA REINA DEL EXILIO, de Herminia Luque. Por Sergio Barce

Hace tiempo que conozco a Herminia Luque. Hemos compartido espacio en algunos libros colectivos de relatos, ella con sus cuentos y yo con los míos. Herminia ha presentado alguna de mis novelas, y yo he escrito sobre alguna de las suyas. Nos hemos leído, y hemos viajado juntos.

Yo la he llevado a Marruecos y ella me ha trasladado a otros tiempos, a mundos en los que has de “amar tanta belleza” que acabas agradecido y rendido; mundos en los que mujeres excepcionales luchaban contra una realidad mezquina y mentecata.

Cuando viajo a través de sus palabras, me dejo embozar por sus descripciones tan bien construidas y por sus personajes, que poseen vida propia.

Hoy viajamos de nuevo juntos hasta finales del siglo XIX, pero Herminia me coge de la mano, sin prolegómenos y sin preguntar siquiera, y me arrastra tras de ella para llevarme a París.

Por supuesto, no ofrezco resistencia alguna, sería una insensatez por mi parte hacerlo a estas alturas, y, al llegar al viejo palacio Basilewski, me abandona en las escalinatas de entrada.

Un feo gesto por su parte, todo hay que decirlo, ya que me había imaginado un largo paseo por la orilla del Sena o que nos sentaríamos en el “Café de Flore” en la misma mesa de Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre. Cometer alguna locura de escritores.

Así que la miro de soslayo con todo el fingido resentimiento del que soy capaz (es decir, ninguno, porque me puede más mi admiración y mi cariño por ella) y empujo con abatimiento la puerta de acceso. Lo hago vestido como Newland Archer (confieso que el vestuario lo he elegido del guardarropía de La edad de la inocencia; ventajas de viajar del presente al pasado), y de esa guisa me topo con “la Gorda”, que me observa con curiosidad desde una ventana.

Alevosamente, pues, Herminia me ha dejado a solas a las puertas del palacio que ocupa en París la reina Isabel II no sin antes haberme deslizado un ejemplar de lo que intuyo es una guía para moverme por el interior, titulada La reina del exilio.

Su majestad se ríe burlona, y ni siquiera me abre la puerta, quizá por ser ése un cometido de lacayos.

Sufro así dos desplantes en menos de cinco minutos.

Opto pues por leer el libro que me ha endosado Herminia. Desde la primera línea, sin necesidad de atravesar la puerta, me veo de pronto en el interior del palacio de Castilla, que es como se conocía al palacio Basilewski una vez fijada allí la residencia de Isabel. Y dentro me encuentro con diferentes historias en minúscula, con la Historia en mayúscula, con misterio y con un par de asesinatos, con traiciones, con amantes, con engaños, con intrigas palaciegas, con personajes reales y con personajes ficticios que Herminia hace que parezcan tan vivos o más que los otros…

He acabado así dentro del libro. Y descubro que no es ninguna guía, sino una novela magnífica. De manera que me hago pasar por un personaje sin diálogo, el de un fisgón que se ha colado por el resquicio de un párrafo, para poder saborearlo con deleite.

De nuevo son las palabras de Herminia Luque las que me hacen viajar a un lugar desconocido del que, lo confieso, nunca antes había oído hablar. Y, aunque todo es pura decadencia, me ajusto mis quevedos para no perder detalle de cuanto Herminia me describe meticulosamente en La reina del exilio.

A través de sus páginas, de estas páginas, descubro que puedo pasar de los engañosos salones del decadente palacio de Castilla, en pleno París, a las calles de un Madrid tosco, pobre, chusco y analfabeto, y que puedo codearme con una reina y con condes y marqueses, pero también con prostitutas, mesoneros, ladrones, malnacidos, buscavidas, proxenetas y cocheros de punto.

Me engolfo entre tantos recovecos como hay en su narración. Sigo la vida de la desdichada Teresa y las maniobras de Julio Uceda, paso de una estancia a otra del palacio de Castilla como quien visita una casa conocida, me siento frente a Isabel II y la oigo respirar y conversar con sus modales toscos y brutotes, aunque me admiro de su naturalidad, de su desparpajo, de su soledad última, rodeada de fantasmas y de viejos nobles que han perdido su lugar en el mundo.

Incluso los panfletos que le hacen llegar a la reina exiliada me mueven a la compasión. Qué bien utiliza este elemento Herminia en la historia.

A medida que pasan las páginas y los capítulos, también me doy cuenta de que Herminia es capaz de ser una narradora galdosiana o una novelista más inclinada a Dickens, según le venga en gana. Es tan buena escritora que usa sus armas a su antojo y capricho. Si hay que embarrarse, Herminia se embarra, y si hay que arremangarse las faldas y las enaguas, se las arremanga. Yo solo la sigo sin rechistar.

Sus frases son capaces de que oigamos el ruido de los trajes que visten esas damas al moverse por las habitaciones, que percibamos los perfumes y afeites que utilizan las señoras y que nos lleguen los sudores de las criadas y de las menesterosas, que de todo hay en su novela; sus frases se llenan de palabras en desuso, pero que pertenecen a esa época y no hay una sola que sobre o que falte; sus frases tienen la virtud de engatusarnos para seguir las vidas de sus protagonistas y de enredarnos en intrigas y traiciones muy españolas y muy castizas, y muy galantes, pero muy envenenadas; sus frases nos depositan en el dormitorio de la reina y en las lúgubres habitaciones de casas miserables; sus frases nos embaucan hasta hacernos creer que estamos en el interior de “un meublé” y la sensualidad de sus sustantivos y adjetivos hasta nos crean la ilusión de protagonizar la escena que se desarrolla en esa habitación…

Las palabras de Herminia, en fin, tienen la elegancia para hacernos soñar que asistimos a una conferencia de Emilia Pardo Bazán en pleno París. Yo aprovecho la ocasión y me siento junto a una “dama coreana” que también ha acudido a la charla, y a la que doña Emilia no le quita el ojo de encima.

Pero todo llega a su final. Y cuando cierro esta hermosa novela, bajando ya las escaleras del palacio Basilewski, echo un vistazo por encima del hombro y veo que Herminia Luque le dice algo al oído a Isabel II, sin duda cosas de mujeres emancipadas, y las dos se ríen, como si, pese a todo lo desvelado, aún compartiesen muchos más secretos que, maliciosas ellas, han decidido que permanezcan para siempre tras esas paredes.

la reina del exilio portada

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