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«PACO DE LUCÍA. EL HIJO DE LA PORTUGUESA», UN LIBRO DE JUAN JOSÉ TÉLLEZ

Juan José Téllez, el autor de esta profunda biografía, confiesa al final del libro que, cuando estaba acabando el texto de despedida que leyó en el entierro de Paco de Lucía, “llevaba encogida ya el alma y la garganta”. No me extraña. Porque yo, que no conocí a Paco de Lucía, también me he emocionado con esas palabras de Téllez dedicada al amigo muerto. Y es que, gracias a esta obra, uno acaba por conocer al maestro, por apreciarlo, por admirarlo ya no solo como artista sino como persona.

Juanjo Téllez, al enfrentarse a esta biografía, tenía la ventaja de haber sido amigo de Paco de Lucía, pero imagino que, por esa misma razón, el peso de la responsabilidad debió de abrir un profundo abismo, el lógico temor a defraudar su memoria o a la posibilidad de que no transmitiera todo lo que Paco de Lucía ha significado y significa. Sin embargo, lo ha logrado con creces. Disecciona toda una vida, desde su niñez hasta su muerte, con una franqueza y detallismo impresionantes, y nos sumerge de lleno en toda su labor creativa e interpretativa.

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Paco admiraba a Sabicas, uno de los grandes guitarristas de todos los tiempos, pero por supuesto él fue a más. Sabicas vio actuar a Paco de Lucía siendo aún muy joven, y Téllez cuenta:

“….En julio de 1967, Sabicas decidió volver a España durante una temporada. Había sido invitado a participar en la IV Semana de Estudios Flamencos, celebrado en Málaga, donde se rinde homenaje a Manolo Caracol y Pastora Imperio. Acompañado de esta última, el 6 de agosto, Sabicas asiste a un concierto que ofrece allí Paco de Lucía. A lo largo del recital, según Eusebio Rioja, Sabicas <no dejó de removerse y gesticular de asombro y satisfacción mientras tocaba Paco. Al finalizar, espontáneamente subió al escenario y abrazó y felicitó con toda efusividad a un Paco de Lucía rojo de emoción y de azoramiento por tan inesperada y sorprendente reacción de quien era justamente considerado el mejor guitarrista flamenco de la época. Fue allí donde Sabicas dio el espaldarazo público y definitivo a Paco de Lucía>.

(…) José Díaz González, de sobrenombre Rebolo, quien trató a Paco desde muy niño, recordaba que conoció <al difunto Sabicas> una vez en Madrid: <Cuando a Sabicas se le mentaba a Paco, preguntaba: ¿Tú te imaginas a un niño de cuatro años que tenga cuarto y reválida? ¿A que es imposible? Pues ese es Paco con la guitarra.

José Luis Marín fue a verle actuar una vez a Málaga y estaba Sabicas sentado junto a su esposa, en la fila delantera: <Y yo veía a Sabicas dando botes en el sillón mientras Paco tocaba. Hasta que se levantó diciendo: Esto no hay ya quien lo aguante, y se salió, de tanto como le gustaba y le asombraba lo que estaba haciendo Paco.

<Claro -añadió Rebolo- que he visto reacciones parecidas, en otras ocasiones. Una vez, en Madrid, estaba Paco probando una guitarra en Esteso y hubo un guitarrista que entró, que escuchó a Paco tocar la guitarra, se pegó dos guantadas él mismo en la cara, y cogió y se fue>.”

El retrato es de un miniaturista. Gracias a este libro he conocido a Paco de Lucía. Su manera de tocar, su obsesión por la perfección, su amor y defensa del flamenco, su arrojo al buscar nuevas formas de expresión musical, su aliento vital, su parte más humana, llena de dudas, su timidez personal, su valentía artística, su posicionamiento político, sus mujeres, su relación con sus hijos y con sus nietos, su manera de ver la vida. Y junto a todo eso, que va conformando ante nuestros ojos al hombre privado y al personaje público, su relación con los otros artistas que han marcado su carrera, desde su padre y hermanos hasta Chick Corea, desde Camarón hasta Alejandro Sanz, desde Al di Meola a Vicente Amigo, toda una existencia pegada a una guitarra.

Y cómo lo admiraban los otros intérpretes. Basta este botón de muestra que recoge Téllez entre otros muchos para confirmarlo:

“Tomate recuerda al dedillo cómo y cuándo conoció a Paco: <Yo estaba trabajando en la Taberna Gitana, un tablao de Málaga, con trece años. Por entonces, Paco iba allí con Pepe el Marismeño y con Camarón. En una feria, lo vi. Toda mi generación, cuando le escuchamos, nos quedamos pillados todos. En aquellos entonces era una cosa tan grande, cuando empecé a conocerlo y venía tocándole a Camarón a Coín y alguien le preguntó por su ímpetu, si había dos guitarras en vez de una. Escucharle a él era una forma de escuchar la guitarra distinta, y de ahí para adelante todo el mundo nos enganchamos a Paco, el mejor de todos los tiempos. Entre todos no hacemos un Paco de Lucía. Tenía flamencura, melodía, ritmo y un don natural porque Dios lo hizo así para que lo tuviera todo junto>.  

<Lo cierto es que me incorporé a La leyenda del tiempo porque Paco tuvo que hacer una gira y Ricardo Pachón quería hacer el disco. Así que Camarón me dijo: <Venga, Tomate>. A mí me resultaba extraño, pero era tan joven que con el hambre que tenía no me di cuenta de lo que aquello supuso hasta que fui más mayor. Cuando terminamos el disco, yo le decía a Camarón: <Yo quiero tocar con Paco, José>. Entonces fue cuando empezamos a hacerlo, a partir de Como el agua. Cuando toqué con Paco fue un sueño pendiente que se hizo realidad y que no me lo esperaba yo en la vida. Ya puedo morir tranquilo porque le toqué al mejor de todos los tiempos y con el mejor de todos los tiempos, de mi generación y de las que vienen. Paco fue todos los guitarristas en uno.”

Me gusta especialmente cómo Téllez relata sus años de infancia, los comienzos, la relación con su madre, Luzia, la portuguesa, y la que mantuvo con su padre; la vida humilde llena de privaciones de su niñez, las estrecheces familiares, su lento caminar hasta despuntar y acabar siendo uno de los más grandes guitarristas de la historia, sus primeros viajes al extranjero. También me fascina la cantidad de anécdotas que ha sido capaz de recoger en este libro, los detalles de sus giras, los desengaños, en especial, el que se produce tras la muerte de Camarón o las críticas injustas que recibió de Andrés Segovia o de Narciso Yepes, la paliza que le dieron unos fascistas… Su defensa a ultranza del flamenco, su búsqueda incansable del sonido perfecto, su miedo a la vejez a la que no le dio tiempo a llegar.

La documentación que maneja Juanjo Téllez es impresionante. Se nota que ha puesto la carne en el asador con este libro, que es una obra que deseaba rematar de manera brillante, estar a la altura del biografiado, y vaya si lo logra.

Y se aprende mucho de la filosofía de Paco de Lucía. Téllez ha sido capaz de extraer sus mejores sentencias, de confesiones llenas de humanidad, de sensatez y de realismo:

“Hay días -le declaraba a Téllez- en los que uno se hunde. Tú sabes la ansiedad, el desasosiego y la angustia que produce la creación, y a veces piensas que no sabes nada, que no sabes tocar, que no merece la pena.”

“Soy una persona tímida, no nací para estar en el escenario, sino sentado en el patio de butacas. Tocar es tan difícil, tan complejo que necesitas estar concentrado. Además, si abres los ojos y ves a uno de la primera fila que se le abre la boca bostezando, ya te ha jodío el concierto.”

“Si te anclas en el pasado, cada día te vas muriendo un poquito más.”

“Yo no hago música para mayorías, sino para quien entiende lo que hago. La verdad, cuando hago un disco pienso en los guitarristas, no en el público.”

Me admira la defensa a ultranza que hacía Paco de Lucía del flamenco, y ahí no cedía ante nada ni ante nadie. Hay una anécdota, que Juanjo Téllez relata con detalle, que dice mucho de su compromiso artístico con el arte que le vio nacer y con su tierra. Sucedió en el concierto Soñadores de España, que se celebró en Sevilla el 12 de octubre de 1989, en el que sin embargo Paco de Lucía no intervino. Narra Téllez:

“…su nombre, en los carteles, aparecía en letra más pequeña que el de los otros artistas que tenían previsto intervenir. Entonces, se acordó de su padre, con la guitarra rota por un señorito, y decidió que el dinero no era razón suficiente para actuar. (…) …el cartel anunciaba la presencia de Paco, de Plácido Domingo y de Julio Iglesias, junto a la guitarra de Ernesto Bitetti, la mezzosoprano estadounidense Julia Migenes-Johnson, la soprano Guadalupe Sánchez y el compositor Manuel Alejandro. El contrato especificaba que Paco habría de cobrar cinco millones de pesetas por una actuación de veinte minutos, que incluía un dúo con Plácido Domingo…”

En efecto, tal y como le avisó su hermano por teléfono, su nombre aparecía en letra pequeña junto a los precios. Paco pensó que eso era un desprecio al flamenco, no a él, y se acordó de su padre.

“De nuevo -cuenta Téllez- la vieja queja de Paco, el reproche justo, el airado rencor con fundamento. (…) Hubo quien escribió que Paco no había actuado por un exceso de vanidad, pero él insistió siempre en que no era cierta tal acusación: <Yo me rebelé por una cuestión histórica, el flamenco siempre ha estado muy mal tratado y lo sigue estando sin motivo, deberíamos estar orgullosos del flamenco porque es nuestro, y porque es una de las músicas más importantes del mundo. Si yo, que soy una figura dentro del flamenco, estoy arriba y me anuncian de esta manera, ¿cómo anunciarían a otro? Y además, lo más indignante es que esto pase en Sevilla…>.

(…) Toda esa rebeldía se le pasó por la cabeza cuando le llamó su hermano Pepe al hotel de Sevilla: <En ese momento, me estaba esperando el chófer en la puerta del hotel para ir al ensayo, y le dije: Dígale a la organización que yo no iré a tocar. Me fui a mi habitación y tal como esperaba sonó el teléfono enseguida: Que me ha dicho el chófer que usted no viene al ensayo, y le dije: No, no, al ensayo no, a tocar, que no toco mañana, y no me llamen más porque es una decisión irrevocable. Cogí el avión a la mañana y me fui a casa a ver a mis hijos, que hacía dos meses que no los veía y me lo pasé mucho mejor.”

Sus giras, como el tabaco, hicieron mella en su salud. Viajaba durante meses recorriendo distintos países, y Paco de Lucía notaba que su cuerpo cada vez aguantaba menos. Poco a poco, comenzó a distanciar sus actuaciones.

Téllez también nos recrea sus actuaciones junto a Carlos Santana, John McLaughlin, Chick Corea, Chano Domínguez, Al Di Meola, Camarón y tantos otros. Hace un recorrido por sus colaboraciones cinematográficas, para películas de Carlos Saura, Stephen Frears, José Luis Borau o Wes Anderson. Siempre dejando su huella, porque, como señala Juanjo Téllez, influyó más en los demás guitarristas que ellos en él, incluso con los músicos de jazz con los que compartió escenario.

Como decía más arriba, uno acaba por admirar mucho más a Paco, el de Lucía la portuguesa, después de leer este magnífico libro.

Para acabar, no me resisto a transcribir otro fragmento más, otra anécdota que me ha hecho reír y que Juanjo Téllez reproduce así:

“En la música popular de aquellos días, se sucedían relámpagos de talento, desde el flamenco al rock and roll, desde la canción de autor al jazz. A la sombra de Diego el del Gastor no se acercaron los gringos de la base aérea, tal y como confirma Estela Zarania. Sin embargo, a través de dicho enclave o el de la base de Rota y la de Gibraltar, el rock and roll penetraría en Andalucía. Y surgían movimientos mestizos, etiquetados de tarde en tarde con afanes comerciales como rock andaluz o sonido Caño Roto, a la manera de la Motown o del Philadelphia Sound que había inundado el mundo con melodías de Barry White. Así ocurría con Las Grecas, que apasionaron a José Monge y a Paco de Lucía, hasta el punto de que hay un claro eco del <Te estoy amando locamente> en la invencible rumba <Entre dos aguas>.

Lo cierto es que Paco, por aquella época, rulaba a veces con su viejo amigo Felipe Campuzano, el pianista gaditano que había crecido en Algeciras y con quien coincidía de pascuas a ramos en uno o en otro lugar o en las noches de farra en Madrid.

-A ver, la documentación -le exigió a Paco un guardia civil.

-Si sirve de algo, me gustaría decirle, con todo respeto, que soy Paco de Lucía.

-Sí, hombre, o Felipe Campuzano -remachó el agente.

-No. Felipe Campuzano soy yo -asomó la cabeza el copiloto del auto…”

Leyendo Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa, suena de fondo su guitarra, y la voz de Juanjo Téllez se transforma en la de un cantaor que lo acompaña con la voz rota por su ausencia.

Sergio Barce, junio 2022

 

JUAN JOSÉ TÉLLEZ Y PACO DE LUCÍA
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LEYENDO A TÉLLEZ, CON PACO DE LUCÍA DE FONDO

Llevo aún pocas páginas del libro Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa, biografía de Juan José Téllez. Pero lo estoy disfrutando, por ser un retrato tan hondo, tan humano y tan cercano. Siempre me ha gustado escuchar a Juan José Téllez cuando he tenido ocasión, porque aprendo con su rápido verbo y con las anécdotas inacabables con las que salpica sus intervenciones, pero también disfruto con sus artículos, con sus relatos (ahí está Profundo sur) y ahora con este libro sobre Paco de Lucía. Hago una parada en sus páginas para reproducir unos fragmentos que me han llamado la atención.

   “…<Nací con la guitarra en las manos>, zanjaba Paco.

No solo, sin embargo, fue instinto o genética. Algunos autores, como es el caso de Félix Grande, hablan de dos etapas primerizas en la relación de Paco con la guitarra. En un primer período, vería en ella una tabla de salvación para la modesta economía familiar, una suerte de aquel <sueño americano> a la española que, escribe Pohren, parecía reservado a los toreros y a los artistas. Pero, luego, Paco descubre la música, se erige en su sacerdote y convierte a su instrumento favorito en una suerte de médium para esa vieja alquimia de transmitir a terceras personas aquello que solo existe en las oscuras y personales regiones del espíritu.

Aunque cree que, al sacarlo del colegio, su padre solo hizo lo que le obligaban las circunstancias, hubo una época en que le acomplejaba el hecho de no haber completado estudios: <Hay situaciones donde echas de menos tener cultura, elocuencia en una conversación, estar al día en lo que sucede… Cada vez me pasa menos, con los años uno se acostumbra a ser y admitir lo que es. Cuando tienes dieciocho años quieres ser Supermán y, claro, de ahí vienen los complejos, los miedos y las timideces>.

Su padre, admirable, anacoreta y, en cierta medida, purista. Parece claro que nunca debieron de gustarle aquellos escarceos de su hijo por los paraderos del jazz y por los rumbos de otras heterodoxias musicales. <Cuando yo era niño todavía -confirma Paco, de viva voz- y empecé a componer mis falsetas, me acuerdo de que mi padre estaba medio en contra porque me veía un poco como un osado, como pretencioso. Pero, claro, ¿qué pasó? Había ya un orden preestablecido, una manera de tocar, unos esquemas para tocar la guitarra. Yo, de pronto, empecé a dudar de esos esquemas>.

Tampoco le gustaba a su hermano Ramón ese empeño suyo, esa búsqueda pertinaz, intuitiva y privada. Cuando Ramón de Algeciras le orientaba sobre las pautas que siempre le marcó el Niño Ricardo, Paco desobedecía: <Exacto, yo de pronto decía esto no es así, yo no lo veo así. Entonces, me llamaban chufla y me decían “este niño, ¿qué se ha creído?, este niño es pretencioso”. ¿Qué pasó? Que enseguida tuve un reconocimiento rápido. Mi primer disco solo, uno pequeño, lo hice con catorce años. Enseguida, los profesionales, la gente me lo reconocieron. Los guitarristas empezaban a hablar de mí y ellos veían que los demás empezaban a hablar bien de mí. Entonces ya dudaban de si lo estaba habiendo bien o no>.”

Sigo leyendo a Téllez, con la guitarra de Paco de Lucía de fondo.

Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa, está editado por Planeta.

Sergio Barce, 29 de mayo de 2022  

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«RUE DES SCHEREZADES», DE FARID OTHMAN-BENTRIA RAMOS

Farid es de esos autores que ya llevan en su nombre la firma del escritor: Farid Othman-Bentria Ramos. ¿Quién se puede llamar así si no es narrador o poeta? En este caso, un excelente poeta.

Aunque en más en una ocasión he manifestado mi predilección por la narrativa y mi nula capacidad para enhebrar unos versos decentes, sí distingo la buena poesía. Y si, además, el autor me sugestiona con sus palabras para que siga leyendo su poemario es razón más que suficiente como para dedicarle unas palabras. Ya lo consiguió Farid cuando leí su Mare Incógnita, y ahora lo ha vuelto a hacer con Rue des Scherezades, que cuenta, además, con un bellísimo prólogo del gran Juan José Téllez, uno de nuestros referentes.

Eso sí, Farid hace un juego malabárico en este nuevo libro al mezclar su estructura netamente teatral con breves textos de narrativa poética, que son como las bisagras de las puertas que han de ser abiertas al avanzar por el libro, y sus versos, embozados por la musicalidad de su aliento mestizo, hijo de las dos orillas, heredero de nuestra multiculturalidad más bella, nos mecen en un susurro de confidencias.

Como soy incapaz de hacer un análisis crítico de su poesía desde la perspectiva del narrador que soy, por pudor y por respeto, solo me atrevo a reiterar que los versos del poeta con nombre de poeta Farid Othman-Bentria Ramos merecen ser leídos con la atención que se merecen, con la certeza de que hay mucho de su mapa sentimental interior que, sin rubor, comparte con todos nosotros. 

Nada mejor que leer uno de los poemas que forman parte de Rue des Scherezades para confirmar todo lo anterior.

NADIE ME DIJO TU NOMBRE

Nadie me dijo tu nombre.

Te sentaste tan cerca…

Mi mano,

que podría haber ido

al fin del mundo,

decidió ser piel

por los caminos de tu espalda,

tu cuello, sin permiso,

hizo de los dos una caricia.

Buscamos los espejos

pero, esta vez,

nos miramos a los ojos,

entonces, mi calor,

entonces, la vida

y tus párpados,

y, entonces, nada más,

nada menos…

la luz de las letras

pronunciadas

acercándome a tu boca.

Rue des Scherezades ha sido publicada por Esdrújula Ediciones.

Sergio Barce, 8 de mayo de 2022

 

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CÓCTELES

Este fragmento, que pertenece a las memorias de Luis Buñuel, Mi último suspiro, se recoge en el último número de la revista Litoral dedicado a “Bares & Cafés”, en concreto en el capítulo titulado “Cócteles”, en el que también hay un precioso poema de Juan José Téllez.

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Transcribo el fragmento de Buñuel porque sé que le gustará al amigo Alberto Gómez Font.

“Desde luego, nunca bebo vino en el bar. El vino es un placer puramente físico que no excita en modo alguno la imaginación.

En un bar, para inducir y mantener el ensueño, hay que tomar ginebra inglesa. Mi bebida preferida es el dry-martini. Dado el papel primordial que ha desempeñado el dry-martini en esta vida que estoy contando, debo consagrarle una o dos páginas. Al igual que todos los cócteles, probablemente, el dry-martini es un invento norteamericano. Básicamente, se compone de ginebra y de unas gotas de vermut, preferentemente Noilly-Prat. Los buenos catadores que toman el dry-martini muy seco, incluso han llegado a decir que basta con dejar que un rayo de sol pase a través de una botella de Noilly-Prat antes de dar en la copa de ginebra. Hubo una época en la que en Norteamérica se decía que un buen dry-martini debe parecerse a la concepción de la Virgen. Efectivamente, ya se sabe que, según Santo Tomás de Aquino, el poder generador del Espíritu Santo pasó a través del himen de la Virgen <como un rayo de sol atraviesa un cristal, sin romperlo>. Pues el Noilly-Prat, lo mismo. Pero a mí me parece una exageración.

Luis Buñuel”  

   

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«FANDANGOS DE TETUÁN», DE ABDERRAHMAN EL FATHI

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Del libro de mi amigo Abderrahman El Fathi, estos versos que al leerlos se escapan al ritmo de una voz flamenca. Unos fandangos, para llenar de música la mañana.

Fandangos de Tetuán, forman parte del libro de poemas Volver a Tetuán, de Abderrahman El Fathi, editado por Q-book, de Cádiz, con prólogo de Juan José Téllez.

FANDANGOS DE TETUÁN

I

Rumores,

puede que los hayas oído.

Hazle caso a los rumores.

Desde que no estás conmigo

ando con pena de amores,

que por ti he perdido el sentido.

II

Las olas

que bañan mi Río Martil,

sólo lo saben las olas,

que voy a llorar por ti

hasta mi última hora,

hasta que llegue mi fin.

III

El Dersa,

montaña de mis recuerdos,

a las laderas del Dersa

arrastra el viento mis sueños

y entierra todas mis penas

mientras por ti me muero.

IV

Las fuentes,

si no te tengo a mi vera

que se sequen todas las fuentes.

No hay razón para la espera.

Si ya no vuelvo a tenerte

se acabó mi vida entera.

V

Que cierren

las puertas de la Medina,

yo le pido a Dios que cierren,

que se me escapa la vida

desde que tú estás ausente,

desde que ya no eres mía.

Abderrahman El Fathi

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