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«LOS LUGARES VERDES», UNA NOVELA DE LUIS SALVAGO

Tras su extraordinaria novela En el nombre de Padre (Editorial La Huerta Grande, 2020) esperaba con interés el nuevo título de Luis Salvago. Intuía que no iba a defraudar, y así ha sido.

Los lugares verdes, que también publica con esmero La Huerta Grande, es una bellísima obra en la que se conjugan muchos temas: el dolor, la represión, la fantasía, la ilusión, los sueños imposibles, la religión, el sexo, el deseo, la clandestinidad, la venganza, el ocultamiento, la maldad, la bondad, la sumisión, la delicadeza y, sobre todo, el amor, todo ello en un marco difícil y agreste: Afganistán, donde Luis Salvago, militar además de escritor, estuvo destinado varios meses.

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Luis me hablaba de esta obra mientras la escribía, como una aventura descabellada, temiendo que los talibanes pudieran regresar, aunque nunca se hubiesen marchado. Y, una vez acabada, los talibanes, en efecto, regresaron al poder. Algo que él ya intuía y que apunta algún personaje de su novela, porque el mal siempre está ahí.

Me contaba Luis Salvago que, estando en el campamento hospital español en Herât, acudió una mujer afgana con la boca cosida con un alambre. Se lo había hecho su marido por haber cometido una “blasfemia”. También me contó que apenas pudo hablar con alguna mujer, porque ellas tienen prohibido el poder tratar a los hombres y, menos aún, si son extranjeros. Pero que pudo con muchos afganos varones y que así comprobó no solo el resultado atroz y doloroso de la guerra sino también el conocer su manera de vivir, sus vivencias; y de ahí, tras descubrir la existencia de los/las bacha posh, decidió escribir Los lugares verdes. Era casi una necesidad vital.

Escrita en primera persona, como si fuera narrada por Ismail, un hombre afgano, Luis nos conduce hasta el corazón de Kabul, a los barrios marginales y a la Universidad, y en ese contrapunto de dos mundos tan dispares en un lugar tan incierto y convulso, construye una historia humana, clandestina y sorprendente, a veces casi mágica.

Tengo medio libro subrayado, acotado, con anotaciones, porque la manera de contar de Luis Salvago es portentosa, de una gran calidad literaria. Cada descripción es detallista, hasta el punto de que uno se mueve por Kabul y es capaz de imaginar cada lugar en los que se desarrolla la trama: la casa del ulema y la casa de Ismail, la Universidad, el campo de fútbol, la colina en la que Ismail y Najimulah tienen un encuentro casi de ensueño.

“…Sus dedos, sin embargo, no se mueven, permanecen quietos, enredados en mi cabello. En este momento maldigo el instante de días atrás, en el salón de actos de la Universidad, en el que preferí a una mujer por ser mujer, el instante en que hice de Najimulah poco más que una sombra…”

La historia de Najimulah. La historia de Ismail. La historia de Ismail y Najimulah. Cómo se va estrechando la relación entre ellos es un proceso de encuentros y desencuentros, hasta que el amor estalla de manera absoluta, todo ello narrado de forma sutil, a modo de enredadera que va atando al lector a cada página. Y luego esos personajes que pivotan alrededor de ellos: el admirable ulema Samiullah, la interesada Saira, ese hombre destrozado y destruido que es Ibrahim, la desesperada Aisha, el terrible destino de Mansur, el poderoso Abdul… En un Kabul inhumano que condena a muchos a vidas inimaginables.

“…Su padre lo vendió cuando tenía diez años.

El trato no escrito contemplaba la opción de recuperarlo cuando pasara el tiempo, en cuanto desaparecieran los últimos restos de la adolescencia. Se interesó por él un alto cargo militar de la provincia de Helmand, un tayico corpulento que se había aburrido de su muchacho. Buscaba uno más joven, de ojos claros, con los finos rasgos de una mujer. Se enamoró de sus ojos verdes nada más verlo. Ibrahim dice de él que tenía la mirada suave, los dedos romos, la piel macilenta. En su rememoración existe un poso de nostalgia, una exaltación contenida.

Se lo llevó a una plantación de adormideras junto a otras familias, todos parientes suyos. Allí le enseñaron a danzar con la música del sitar y los tambores. Lo vistieron con ropa brocada y velos traídos de Pakistán. Le oscurecieron los ojos y pintaron sus uñas con pigmentos de kohl.

Cuando llega a esta parte de la historia, se queda callado por un instante, levanta una mano y examina su dorso con los dedos abiertos, como hacen las mujeres al poco de pintarse las uñas. También le enseñaron a complacer a los extranjeros con los que el comandante cerraba los negocios…”

Luis Salvago nos pone ante los ojos qué es ser mujer en Afganistán con trazos que deja escapar en frases que aparentan menos de lo que transmiten, pero la realidad está ahí, y las enfoca para que despertemos de nuestro bienestar y nos enfrentemos a otra realidad.

“…lo peor fue que la hermana de tu madre no quiso volver a ser mujer. Se negó a perder los privilegios de hombre: caminar con la espalda erguida, vestir sin cuidado, estudiar… La familia se lo prohibió. La obligó a tomar esposo.

Guardó silencio por un momento, preguntándose tal vez si era conveniente seguir hablando.

-Antes de eso decidió acabar con su vida…”

<Caminar con la espalda erguida> es uno de esos privilegios que esa mujer se negaba a perder. ¿Cómo imaginar en nuestra sociedad y cultura que una mujer no pueda caminar con la espalda erguida? Este tipo de sutileza que desliza Luis en el libro nos va empapando poco a poco, hasta que sentimos el dolor y la podredumbre de esas vidas cercenadas.

Decía antes que he subrayado y marcado frases que me han resultado tan fascinantes como inquietantes, sentencias que Luis Salvago escribe con maestría, que relampaguean en un texto rico en matices, en quiebros al destino.

“…Sin embargo, Aisha lo había dicho todo con una sola frase: la verdad asusta cuando no se puede cambiar.”

Me encanta el ulema Samiullah, le he tomado cierto afecto, me gusta su manera de encarar los acontecimientos, su forma de interpretar el Corán. Nada estridente, casi silente, pero prudente y sabio.

Pero es el personaje de Najimulah el que se retrata de una manera absoluta y total, uno de los protagonistas que me ha parecido tan interesante que he acabado por ponerle rostro y voz, pero al que luego he tenido que modelar cuando Luis, hábil narrador, nos desvela su desnudez interior y física. Ha creado uno de los mejores personajes con los que me he encontrado en mis últimas lecturas, de esos que se quedan grabados cuando acabas de leer la novela y siguen ronroneando en la cabeza.

“…Najimulah, ahora, ha trazado con sus brazos un límite claro. Los tensa cuando llego a ellos, clava su frente en la alfombra, para no mirarme a la cara. ¿Sientes vergüenza? Pero, ¿qué es la vergüenza, Najimulah? Pasaré por ti como si no hubiera pasado. No habrá marca, no habrá defecto, no dejaré una huella que pueda avergonzarte. Hay vergüenzas inútiles, Najimulah, vergüenzas sin sentido. No puedo explicártelo. Aunque sea un profesor. En mi caso, el deseo ha sido más poderoso que la vergüenza. El deseo es inconsciente. La vergüenza no.

-Najimulah… -digo, sin añadir nada.

Quise pedir perdón y he pronunciado su nombre: “Najimulah”. Eso también es inconsciente. Me apropio de su cuerpo y me apropio de su nombre, juego con él en mi boca, lo mastico, lo degusto, entra mezclado con la sal de su piel.

Los pies juegan en la sombra, se entrecruzan, se enredan los dedos. Acaricio sus plantas, sus pies pequeños, nos arañamos. Su espalda es fuerte, inmensa. Arrastro la camisa hasta el borde de los omoplatos, me acomodo sobre ellos. Apoyo mi oído. Escucho el ruido de sus entrañas. Como en la vía del tren.”

Najimulah e Ismail son como un oasis en medio del caos, un cielo azul en el centro del horror arcilloso y sucio, un mundo aparte del resto. Dos seres que se encuentran y que aprenden a asimilar muchas cosas, que descubren los secretos que ambos guardan y que, sin embargo, serán sobre los que se apoyen, los que les ayuden a sobrevivir y a vencer las dificultades a costa de jugarse sus vidas.

“…Conozco esa mirada a ningún lugar. Es la mirada de un hombre dividido. He crecido con ella. Y he visto envejecer los ojos que había detrás. Está inevitablemente asociada a un silencio, a una pregunta sin hacer…”

Es cierto. En Los lugares verdes hay muchos silencios, muchas miradas, mucho contacto físico, mucho miedo, pero también mucha esperanza. Quizá Luis Salvago es un optimista, pero uno acaba por desear que un rayo de luz se abra paso en las tinieblas que envuelven Afganistán. Najimulah es tal vez una parte de ese hermoso rayo de luz que vislumbra el autor al final de tanto dolor.

Sin ninguna duda, esta es una de esas novelas que debieran estar en primera línea de las librerías, por méritos propios.

Sergio Barce, 29 de octubre de 2022

 

Sergio Barce, María José y LUIS SALVAGO
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LAS LLAMAS NO PODRÁN CON LA LIBRERÍA PROTEO DE MÁLAGA

Abderrahman El Fathi, Ahmed El Gamoun, Ahmed Mgara, Ahmed Oubali, Alberto Gómez Font, Alfredo Taján, Alice Wagner, Alicia Acosta, Alicia Muñoz Alabau, Ana Añón, Antonio Abad, Antonio Bravo Nieto, Antonio Fontana, Antonio García Velasco, Antonio Herráiz, Antonio Lozano, Antonio J. Quesada, Aurora Gámez, Aziz Amahjour, Bernabé López García, Carlos Salazar Fraile, Carlos Tessainer, Carmen Enciso, Cecilia Molinero, Cristián Ricci, Cristina Martínez Martín, David Rocha, Eloísa Navas, Emilia Luna, Encarna León, Enrique Baena, Enrique Lomas, Farid Othman Bentria Ramos, Felicidad Batista, Fernando Castillo, Fernando de Ágreda, Fernando Tresviernes, Francisco Morales, Francisco Muñoz Soler, Francisco Ruiz Noguera, Francisco Selva, Fuensanta Niñirola, Guillermo Busutil, Herminia Luque, Hipólito Esteban Soler, Inmaculada García Haro, Iñaki Martínez, Javier Lacomba, Javier Otazu, Javier Rioyo, Javier Valenzuela, Jes Lavado, José A. Garriga Vela, José Mª Lizundia, José F. Martín Caparrós, José L. Gómez Barceló, José L. Ibáñez Salas, José L. Pérez Fuillerat, José L. Rosas, José A. Santano, José Sarria, Juan Clemente Sánchez, Juan Gavilán, Juan Goytisolo, Juan José Téllez, Juan Pablo Caja, Julio Rabadán, Laila Karrouch, León Cohen Mesonero, Leonor Merino, Lorenzo Silva, Luis María Cazorla, Luis Leante, Luis Salvago, Manuel Gahete, Marceliano Galiano, Marcos Ana, María Sangüesa, Mario Castillo del Pino, Miguel Romero Esteo, Mohamed Abrighach, Mohamed Akalay, Mohamed Bouissef Rekab, Mohamed Chakor, Mohamed El Morabet, Mohamed Lahchiri, Mohamed Sibari, Miguel Sáenz, Miguel Torres López de Uralde, Miguel Angel Moreta Lara, Montserrat Claros, Mustafa Busfeha, Pablo Aranda, Pablo Macías, Pablo Martín Carbajal, Paloma Fernández Gomá, Patrick Tuite Briales, Paula Carbonell, Pedro Delgado, Pedro Munar, Pedro Pujante, Pepe Ponce, Presina Pereiro, Rafael Ballesteros, Ramón Buenaventura, Randa Jebrouni, Remedios Sánchez García, Roberto Novella, Rocío Rojas-Marcos, Sahida Hamido, Said El Kadaoui, Saljo Bellver, Salvador López Becerra, Santos Moreno, Sergio del Molino, Sonia García Soubriet, Susana Gisbert, Tahar ben Jelloun, Tomás Ramírez, Víctor Morales Lezcano, Víctor Pérez, Yolanda Aldón y Zoubida Boughaba Maleem.

Todos estos autores podéis encontrarlos en la página web de la Librería Proteo, de Málaga, que, como ya sabéis ha sufrido un grave incendio.

Librería Proteo necesita nuestra ayuda. Con todos estos autores que he mencionado me une algo, vínculos afectivos y de amistad en unos casos o eventos compartidos en otros. Por eso destaco sus nombres. Y para ayudar a la Librería Proteo, que tanto significa para Málaga y para nuestras vidas, que es además la sede de Ediciones del Genal, con quien he venido publicando mis últimos títulos, os pido que compréis al menos un libro de cualquier de estos escritores, el que más os guste o al que queráis descubrir por primera vez, y que la compra la hagáis a través de la web de Librería Proteo, que os indico:

https://www.libreriaproteo.com/

Entre todos, la librería Proteo de Málaga va a renacer, y entre todos vamos a ayudarles a que vuelva a señorear como ha hecho en estos cincuenta años. Durante la dictadura fue el lugar donde poder hallar los libros prohibidos y censurados, el refugio de quienes buscábamos aire puro. Tenemos que reencontrarnos de nuevo entre sus estanterías, abriendo los libros que se exponen, oliendo las páginas recién editadas, hallando nuevas aventuras en las que embarcarnos… 

Sergio Barce, mayo 2021

 

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«EN EL NOMBRE DE PADRE», UNA NOVELA DE LUIS SALVAGO

Últimamente, cuando me aventuro a leer una novela ambientada en Marruecos, en especial en Tánger, que es la ciudad que acapara últimamente el foco literario, lo hago con cautela y hasta con cierta reticencia. Empiezan a cansarme esos libros (algunos con cierto éxito) en los que, desde el comienzo, te das cuenta de que el escritor no conoce en absoluto Marruecos, ni a su gente, ni siquiera a la ciudad en la que ambienta su trama, y que bien podría haberla situado en Estambul o en Barcelona, porque no habría diferencia alguna. Repudio las novelas en las que el lugar donde transcurre la historia que me cuentan es de cartón piedra.

Acabo de leer En el nombre de Padre, de Luis Salvago. Luis y yo nos conocemos virtualmente, pero nos comunicamos con bastante asiduidad. Sabía que había logrado el premio Vargas Llosa con esta novela, pero apenas había reparado en su argumento hasta que ayer sábado me llegó el volumen. Leí en la contraportada que el protagonista era un joven de Tánger, y que la época en la que se desarrolla son los años de la guerra civil… Lo confieso, eso hizo que entrara con aprensión en la novela, pero me he leído sus 332 páginas en dos sentadas y me he puesto en seguida a escribir de ella. Todo eso significa que me ha parecido magnífica, que el Marruecos que Luis Salvago describe, tanto Tánger como Cabo Juby, no son un mero decorado, y que su visión del estallido de la guerra civil española no es la visión manida de siempre.

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Su narrativa, como demuestran los siguientes párrafos, es aguerrida y firme.

“…En Tánger, la despedida es un acto social extremadamente frecuente. Le gente llega, establece un negocio, escapa del matrimonio, busca un matrimonio, huye de la ley, se alista en el Ejército, deserta, entra en el juego, sale del juego, bebe, fraterniza con los moros, los detesta; se piensa en Tánger como un lugar de tránsito, donde la gente no viene para quedarse, sino para tentar a la suerte. Podría pensarse que se vive con sensación de perpetua provisionalidad, pero eso no es del todo cierto: en la conciencia colectiva de los ciudadanos existe la abstracta creencia de que aquel que se va siempre puede volver. Nada es definitivo, nada es absoluto. De modo que una despedida nunca es trágica, a no ser que su destino sea el camino de un cementerio.

Al llegar a la calle Ohm descubrimos que habíamos caminado en dirección contraria. Volvimos sobre nuestros pasos, atravesando la medina. La ropa tendida ondeaba en las azoteas y ventanales. En el suelo, los gatos se alimentaban de los restos de comida que la gente abandonaba en los rincones. Los niños gritaban y corrían persiguiéndose sobre la acera húmeda. Se escuchó de pronto un ruido de motor, parecido al que mi madre hacía con su antigua máquina de costura; al poco vimos cruzar por encima de nuestras cabezas dos biplanos Breguet XIX que apenas duraron dos segundos en el espacio entre los edificios. Aquello también era provisionalidad: los aviones, las estaciones de tren, los puertos de mar y las sirenas de los barcos evocan provisionalidad. Mariza hundió más su cabeza en el suelo. Los bordes de la toca ya le cubrían parte de los ojos cuando llegamos a la entrada y un vigilante nos abrió la puerta.

Las copas de las higueras cubrían los flancos del cementerio y, bajo la sombra de sus grandes hojas, Mariza se encorvaba todavía un poco más. Creo que asociaba el olor de la fruta macerada a la descomposición de la carne y a una idea de acabamiento, y parecía encogerse y hacerse pequeña como si pretendiera desaparecer. Estaba hermosa, cierto, siguiendo mis pasos, acongojada en apariencia ante el desfile de tumbas, de silencios y de flores muertas. Pero, ¿a quién no le viene bien una cura de realidad?

Tal vez la visión de los aviones y esa precipitación a lo escabroso hizo que para una vez que Mariza abría la boca me hiciera una pregunta inconveniente:

-¿Crees que habrá una guerra?”

Los personajes, bien construidos, sólidos, nos sumergen en la vida cotidiana de Tánger, pero el padre del protagonista, al que se conoce como el Matarife, esconde tantos secretos y muestra tal grado de insensibilidad que la historia se torna inquietante. Ese padre que vive obsesionado con sus ideales políticos y con las armas, ese padre que instruye a su hijo para un destino que cree sublime y que supone ya escrito, ese padre que es capaz de convertir a su hijo en un potencial asesino… Así dicho, parece una historia imposible o excesiva, pero Luis Salvago escribe con tal soltura, con tanta seguridad, que a través de sus páginas nos vemos arrastrados por esta febril relación paternofilial que es a un tiempo original y visceral, distinta y sorprendente.

Hay instantes de tensión que deja al lector descolocado, asombrado de que alguien pueda actuar de esa manera para que sus ideas y principios calen en un hijo. Pero es a partir de la ausencia de ese padre, sin embargo tan omnipresente, cuando las páginas pasan una tras otra, y yo, como lector, me dejo llevar embaucado por una historia apasionante, amarga y dura, sin duda, pero hipnótica. Porque cuando León, el protagonista, ese hijo que vive en cierta manera aplastado por la pesada sombra de su padre, llega a su destino como soldado, a Cabo Juby, entramos en otra dimensión. Es ahí donde Luis Salvago despliega una narrativa aún más atractiva, más envolvente, y crea un microcosmos plagado de sensaciones y de sentimientos. El desierto, el silencio, la soledad, la ausencia y el destierro, pero también la pasión, el amor, la amistad, la honestidad, la cobardía, el perdón y la traición. Hay muchos temas que la pluma de Luis Salvago sabe encajar de manera casi matemática, sin que nada sobre, sin que nada falte.

Y crea la atmósfera perfecta en cada escena que imaginamos, como cuando comienza el levantamiento de las tropas en Marruecos contra el Gobierno legítimo de la República. Leyéndolo, uno se hace una idea cabal y muy creíble de lo que sucedió esos días en los cuarteles.

“…Entraron tres hombres: un capitán y dos tenientes, a una cierta distancia de él. Llevaban pistolas y apuntaban al techo con ellas. Cuando alcanzaron el centro de la sala se detuvieron. El capitán dio entonces dos pasos adelante, tan cerca de nosotros que podía ver el brillo de sus botas, las más limpias que vi en mi vida. Su expresión era severa y no podía anunciar nada bueno. Una vez se hubo asegurado la atención se aclaró la voz.

-Voy a pronunciar unas palabras -dijo-. Espero de ustedes una respuesta. De todos ustedes -insistió.

Se quedó en silencio. Comenzó a recorrer con la mirada cada uno de los rostros, uno por uno, despacio, tal como si los fuera dibujando en un papel imaginario con un lápiz imaginario.

-Piensen antes de responder.

La advertencia dejó a todos sobrecogidos. No a Demetrio, él buscaba citas en Vuelo nocturno, esperaba sorprenderme. De modo que yo me distraía con el brillo de unas botas y él se sumergía en la profundidad de la lectura.

El capitán se volvió hacia uno de los tenientes, le dijo algo al oído y este, con resolución, elevó más la pistola, estiró el cuello y gritó:

-¡Viva la República!

Los sonidos fueron absorbidos, devorados por un significado que, sin embargo, resultó incomprensible. Las gargantas crepitaron, alguien arrastró una silla y cayó al suelo. Muchos se quedaron a medio camino de levantarse, a medio camino de sentarse, a medio camino de todo. Por un momento temí escuchar a Sebastián, que hubiera aparecido a mis espaldas y no descubriera que esas palabras de euforia encerraban una trampa. Lo busqué a voleo entre la gente. ¡Qué expresiones de desconcierto encontré en esas miradas! Eran palabras incongruentes, inesperadas. Como tirarse al río y no mojarse. Estaban aturdidos, como yo. Alguien alzó el puño, un soldado de Aviación. <¡Viva la República!>, gritó. Se le rompió la voz, de tanto entusiasmo. Se unieron más voces aquí y allá, arrastradas todas por un misterioso fervor. El capitán los contaba, sus ojos iban y venían, se posaban en uno, luego en otro, con insistencia, dibujaba un esbozo con las pupilas, este trazo aquí, este otro allá. Yo imaginaba a cada uno de ellos con su expresión de arrebato, la ropa revuelta, sus figuras impresas en una lámina de Padre: La libertad guiando al pueblo. Solo que en esa escena imaginada no existía libertad que guiara, ni bandera a la que seguir, porque los colores se volvían confusos, imposibles de identificar. Tres más sentados a una mesa, también de Aviación, se levantaron, hicieron suya la proclama, aunque ya con cierta tibieza. Su determinación no era la misma que la de los primeros, porque en el último instante, probablemente, habían atisbado la mentira y, sin embargo, no pudieron dominar el impulso.”

León se convierte en lo que la vida le tenía predestinado, de manera insoslayable: en un soldado de la Compañía Disciplinaria destinada en Cabo Juby, en un fusilador. Y es ahí donde se introduce un elemento perturbador que le sirve al autor para plantear una visión del conflicto civil desde una perspectiva asombrosa, y, además, para ahondar en la disyuntiva moral y ética del hombre que ha de ejecutar a otro por orden de la superioridad.

La novela es ágil al introducir entre tanto dolor y tanto desasosiego una extraña y sugerente historia de amor entre León y una periodista, anclada en ese lugar perdido de dios. Pero es en el desenlace de todas las historias que se han ido entrecruzando cuando la novela nos coge por sorpresa y evita lo predecible, dejándonos noqueados.

Es esta una historia de perdedores: la de esos españoles a los que el levantamiento contra la República los sorprendió en el lugar equivocado o la de esos españoles que se plegaron a las circunstancias por cobardía o por pura supervivencia, la de esos españoles que lucharon contra sus propios ideales y contra su propia gente. No hay vencedores ni victoria que celebrar, sino un silencio que llega del desierto, desde lo más lejos, un silencio que nos abruma.

En el nombre de Padre es una novela exquisita, poderosa, excelente. 

Ha sido publicada por La Huerta Grande Editorial.

Sergio Barce, noviembre 2020

LUIS SALVAGO

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