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«ANTONIO MACHADO. LOS DÍAS AZULES», UN FILM DE LAURA HOJMAN

Acabo de ver el documental Antonio Machado, los días azules, dirigido por Laura Hojman. Me ha emocionado profundamente. La vida del poeta sevillano desde su niñez hasta su triste muerte en el exilio, a través de testimonios de diferentes escritores e intelectuales, está perfectamente trazada. Pero introducir además de manera suave y en pequeñas dosis los poemas del maestro recitados por Pedro Casablanc, me parece el mayor de los aciertos. Es un deleite escucharlos en la voz de ese enorme actor, te hace vibrar. Cualquiera con un mínimo de sensibilidad sentirá una profunda congoja en cada verso, porque te atrapan y te envuelven por esa cadencia con la que Pedro Casablanc tizna las palabras del poeta. Y la música de Pablo Cervantes es igualmente exquisita. Creo que Laura Hojman, responsable también del guion, ha dirigido uno de los más hermosos homenajes que se le podían hacer a un hombre bueno. Un documental imprescindible.

Sergio Barce, 1 de septiembre de 2022

 

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«EL LABERINTO DE MAX», DE SERGIO BARCE, SEGÚN EL ESCRITOR DAVID ROCHA

Leo esto en la página de Instagram del escritor David Rocha acerca de mi novela El laberinto de Max (Ediciones del Genal & Mitad Doble Ediciones). Infinitamente agradecido por sus palabras.

 

 

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 8 – DE BERLANGA A HOUELLEBECQ

Llevo una semana hecho un guiñapo. El covid me ha cazado, así me lo ha confirmado el test de antígenos. Pero por suerte los síntomas que vengo padeciendo son como los de una gripe de toda la vida: cuerpo destemplado, cansancio, carraspera, algún estornudo y los músculos doloridos, como si me hubiesen apaleado. Suficiente para no tener ganas de nada. Y todo aderezado con este calor bochornoso y las noticias diarias que leemos en los periódicos o vemos en televisión que, en general, desmoralizan.

Pero no todo ha sido negativo. En estas semanas he visto buen cine, dos excelentes series de televisión y he leído también buenos libros.

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La serie de televisión es Better call Saul, y las cinco temporadas disponibles en Netflix han caído una a una sin respiro. De lo mejor que he visto, con un guion que no deja de dar giros y de sorprender. La otra es la miniserie In my skin, dirigida por Lucy Forbes y Molly Manners. Dura y sin concesiones, no solo retrata a la adolescente protagonista sino a toda la sociedad británica. Una serie que plantea situaciones inquietantes, pero con una sutil carga de humanidad. 

Muy recomendable el libro Berlanga. Vida y cine de un creador irreverente, biografía escrita por Miguel Ángel Villena, editada por Tusquets. Conocer a fondo a García-Berlanga te hace apreciar aún más su trabajo y su persona. Eso me ha llevado a visionar, por enésima vez, su obra maestra El verdugo (1963). No hay mejor alegato contra la pena de muerte que esta historia de humor negro-negrísimo. Una de esas películas en la que ni sobra ni falta nada, con escenas que se quedan grabadas para siempre. 

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Curiosa la película Roman J. Israel, Esq., dirigida por Dan Gilroy, con un excelente Denzel Washington. Me ha atrapado el personaje central, una especie de idealista anclado en el pasado, que, por una serie de circunstancias, se convertirá en lo que siempre detestó. Y otra buena cinta es Historia de un matrimonio (Marriage story) de Noah Baumbach. El matrimonio lo interpretan Scarlett Johansson y Adam Driver, que están impecables. Me gusta el ritmo del film, la aparente simpleza de lo que se nos narra. Cómo sacar partido de una historia sencilla. Hay claras influencias del cine de Woody Allen, sin duda. 

Si he revisado El verdugo, lo mismo he hecho con la relectura de Nada, de Carmen Laforet. Habían transcurrido no sé si cuarenta años desde que leí la novela por vez primera y al volver a hacerlo ahora me ha impresionado aún más. Es de una calidad admirable. Es una obra que no se marchita con el tiempo, al contrario, es moderna y actual. Me alegro de haber decidido volver a abrirla. 

Entre lo mejor que ha ocurrido este verano (lo numero por comodidad): a) recibir un correo del maestro Javier Valenzuela tras leer el borrador de una novela negra que le he enviado, y que escriba, entre otras cosas: “tienes una novela negra mejor que la mayoría de la basura que se publica en España” (Pues no digo nada. Un empujoncito de ánimo.); b) ver acabada la maquetación de mi libro de relatos El mirador de los perezosos, que sale a la calle a primeros de septiembre; c) recibir una llamada inesperada de Mohamed el Morabet para charlar por charlar, y eso hicimos; d) estar con mis hijos más tiempo -el que podemos-; e) nadar en la playa (poco, para lo que me gusta, pero intensamente); f) haber llamado a Luis Salvago para que me hablara de su libro afgano; g) haber tomado unas cervezas con Jose Garriga Vela, una vez más; h) no haber pisado la feria; i) las cenas que hemos disfrutado con los amigos; j) escuchar música de fondo mientras escribo; k) los ratos callados viendo cine; l) comer con Jesús Ortega para hablar de todo lo que nos gusta; m) no pensar en el trabajo cinco horas seguidas (ni me lo puedo creer); n) haber cumplido un año más y haberlo celebrado; ñ) no sé qué poner en la ñ; o) darme cuenta de que me fluyen ideas sin cesar para nuevos libros y relatos; p) que mi padre siga con nosotros, que sea capaz de vivir con autonomía en su casa, que mantenga su lucidez; q) haber escrito mi primer guion para un largometraje que, ayer, envié a mi hijo Pablo para conocer su opinión. Creo que hay buen material. Hay más, pero me lo guardo. 

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Menciono dos libros más, y acabo. El primero, Plataforma (Plateforme) de Michel Houellebecq. Edita Anagrama. Una novela contundente. De narrativa ágil, sus planteamientos son realmente interesantes. Me ha gustado, porque deja un inquietante sabor de boca que te hace pensar durante unos días tras acabar de leerla. El segundo libro, que también recomiendo, es Cuaderno de memorias coloniales (Caderno de Memórias Coloniais) de Isabela Figueiredo. Publicado por Libros del Asteroide. También es un libro impactante en su despiadado y realista retrato de la actitud de los colonos portugueses en Mozambique hacia los negros, la independencia del país, la salida de los colonizadores, todo ello visto desde los ojos de una niña blanca. Como la propia escritora reconoce, es un libro escrito para librarse de la culpa. Muy buena lectura. 

Me tomo otro paracetamol dispuesto a acabar con el covid que me ha trastocado los planes de estos días. Y acabo. No sé si tiene mucho sentido todo lo que he escrito, porque la idea inicial era hablar de Lorenzo Silva, de algo que he encontrado en un cuaderno de viajes. Lo dejaré para la próxima nota a pie de página.

22 de agosto de 2022

 

 

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14 DE AGOSTO – ANIVERSARIO

Hoy, 14 de agosto, es mi cumpleaños. Me han abrumado la cantidad de felicitaciones recibidas, algo que agradezco. Sin embargo, desde 2014 el día de mi nacimiento coincide con el día del fallecimiento de mi madre. Ya escribí en su momento que, siguiendo su habitual humor negro, tal vez quiso gastarnos una última broma haciendo coincidir su muerte con el día en el que dio a luz a su primer hijo. En cualquier caso, esta celebración tiene ahora un poso amargo y, como en estos ocho años sin ella, durante la jornada siempre hay un momento en el que Maruja, Maru o Maruchi (la llamaban de esas tres maneras) reaparece. Lo hace como lo hacía el personaje de Ágata en mi novela El libro de las palabras robadas: sin avisar.

Hoy me ha dicho que me esperaba en la ventana del salón. ¿Qué ventana del salón? Le he preguntado extrañado; porque, en mi casa, del salón se pasa directamente a la terraza. Ella se burla de mi inocencia y me replica: te espero en «nuestra» ventana.

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Esta era nuestra ventana. En la avenida Mulay Ismail, en Larache, sobre el Balcón del Atlántico, con el océano perdiéndose en el horizonte sin límite. Y ahí estamos mi madre y yo, congelados en una de las mejores fotografías que mi padre pudo hacer con su Leica. Pero hoy me ha hecho volver a su vera, con mis siete u ocho años, aunque siendo el hombre de hoy.

Yo a la izquierda y ella a la derecha, nos deleitamos en ver pasar a la gente por la avenida, en perder la vista en el océano, hoy en calma. Giro la cabeza para observarla. Tiene un bonito perfil mi madre. El fastidio de estos encuentros es que no podemos tocarnos, pero sí puedo percibir el olor de su piel. Siempre ha desprendido un suave aroma a mar abierto.

¿Por qué me has hecho venir hasta Larache? ¿Hay que mirar algo en especial? Ella asiente. Sí, añade. Y señala con el índice. Allí, en la balaustrada, dice. Vaya, exclamo en voz baja. Me ha sorprendido verla allí (ahora posee la facultad de estar en varios lugares a la vez, como cualquier muerto) junto a mi padre. Unos adolescentes que pasean de la mano. Ese día, me cuenta, tu padre me dio un beso que duró más de dos minutos y estuve a punto de ahogarme. ¿De veras?, le pregunto. ¡Qué va!, replica arqueando las cejas. Entonces no podíamos ni ir de la mano por si nos veía el abuelo, y los besos siempre a escondidas. Se ríe, de esa manera suya que le impedía seguir hablando hasta que conseguía contenerse. Pero, continúa ella, buscábamos la manera de hacer lo que queríamos sin que nadie nos viera, ¿qué te crees? Conociéndoos, no me extraña, le respondo. Siempre hubo pasión entre mis padres.

¿Te acuerdas cuando os enseñaba los picardías que compraba para ponerme? Sí, mamá, me acuerdo. Y también me acuerdo que papá se enfadaba contigo. ¡Maru, por favor!, refunfuñaba escondiéndose tras el periódico. ¡Pero si lo compro por ti!, le decías muriéndote de la risa. ¿O no te gusta verme entrar en la habitación con un camisón transparente? ¿Te lo vas a poner esta noche, mamá? Preguntaba yo. ¿Pues claro! A tu padre le encanta, insistías. Y papá se removía tras el periódico, pero acababa por rendirse y también reía contigo. Qué cosas tiene tu madre, protestaba sin convicción.

Veo a mis padres perderse por la avenida camino de la Plaza. ¿Hay algo más que quieras que mire?, le pregunto. Porque ella, pese a que sigue paseando de la mano con mi padre, también continúa apoyada en el marco de la ventana. Solo quería felicitarte por tu cumpleaños, me dice. ¿Recuerdas la tarta de merengue que comprábamos para los cumples en la Pastelería Montecatine? Claro, le digo. Me gustaba pasar el dedo índice por el borde y arrastrar el merengue, y luego llevármelo a la boca. ¿Y los pastelillos que preparaba Mina? ¿Te acuerdas? Claro, mamá. Tenía en la cocina una especie de molinillo en el que introducía la masa que luego iba saliendo poco a poco en forma de galleta rectangular por una boca lateral. 

¿Sabes por qué cada año te hago regresar a esta ventana? La miro intrigado. Porque aquellos años fueron los más felices de nuestras vidas. Sé que tu padre daría marcha atrás para volver a esa época. Te echa mucho de menos, le digo. Y añado: habla de ti cada día. Lo sé, me responde ella. Yo ando siempre cerca de tu padre y lo escucho; y noto que él sabe que siempre estoy ahí. 

Guardamos silencio. Es una pena no poder tocarla y he de conformarme con volver a mirarla. Su suave perfil, su cabello rubio, sus ojos llenos de añoranza.

Ahora me voy al río, me dice. Claro, replico. Me gustó aquella ceremonia que me dedicásteis antes de arrojar mis cenizas al Lucus. Se está bien ahí, añade. Es como estar en casa. Además, añade, es lo que yo deseaba y cumplísteis mi deseo. Me alegro, mamá.

Mi madre se desvanece camino del río y nuestra ventana desaparece. De pronto, estoy frente a mi ordenador escribiendo todo esto. Pero durante un buen rato aún se mantiene en el aire un vago aroma a mar abierto, y eso me reconforta.

Sergio Barce, 14 de agosto de 2022 

 

 

  

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MOHAMED Y SALMAN

Ayer apuñalaron a Salman Rushdie cuando iba a impartir una conferencia en Chautauqua, una localidad del estado de Nueva York, y, según las últimas noticias, su estado es grave. Llevaba 33 años condenado a muerte por una fatua de Jomeini que decidió que el escritor había insultado al Islam; y la prensa iraní, haciendo gala de su ignorancia y de la intransigencia heredada de los ayatolás, ha aplaudido la salvaje agresión cometida por un descerebrado. 

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Como bien ha expresado mi amigo, el realizador de cine Abdeslam Kelai, “Estoy seguro de que, el que lo apuñaló, no leyó su novela, y el que apuñalaba a Naguib Mahfouz no leyó la novela <Hijos de nuestro barrio>. ¡Porque el que lee no apuñala!”. 

Habría que recordar que, en 1989, el azote de los infieles y pecadores, el impresentable Jomeini, también dictó una fatua condenando a muerte al más famoso de los novelistas marroquíes, Mohamed Chukri. 

Dos condenas a muerte por escribir. A Rushdie por Los versos satánicos y a Chukri por El pan a secas. Qué miedo tienen estos guías espirituales a la libertad de pensamiento. Ellos que creen ser los portadores de una verdad manipulada que es su mentira. Ellos que utilizan a los más ignorantes. Ellos que prohíben libros. Ellos que solo siembran el odio. 

La libertad de expresión, de opinión, de conciencia y de creación debe ser preservada contra todo y contra todos. Uno puede sentirse cómodo o incómodo con una novela, un poema, una obra de teatro o una película, con un autor en concreto o con alguna de sus creaciones, estar o no de acuerdo con sus opiniones o puntos de vista, pero eso no da derecho a que se pueda prohibir o censurar su trabajo, menos aún a cercenar su vida. Al contrario, da derecho a conocer sus trabajos y a poder debatirlos, a cambiar impresiones y a cruzar ideas, en definitiva, a enriquecernos como personas. 

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De los dos autores condenados a muerte, siento especial debilidad por Chukri, por muchas razones. Y será a él a quien utilice como ejemplo de que los fanáticos jamás vencen. 

Chukri, desde que tuvo conocimiento de la fatua de Jomeini, llevaba un cuchillo encima y no se arredró, siguió defendiendo su concepción de la vida. No lo doblegaron. Sus obras le han sobrevivido y siguen ahí, en todas las librerías del mundo. Su figura crece cada año. Y ésa es su gran victoria frente a Jomeini que ya no es más que polvo olvidado en el desierto. 

No sé si Rushdie sobrevivirá o no, espero que sí. Pero este atentado a su vida hará que sus libros se vendan más, que llegue aún a más gente, que su obra se defienda con más vehemencia por quienes detestamos la intolerancia y la intransigencia, la imposición de las ideas o de la religión. Que, como Chukri, venza. 

Mohamed y Salman. Si Dios existe, no tengo ninguna duda de que está con ellos. 

Sergio Barce, 13 de agosto 2022

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