Archivo de la categoría: RELATOS

“UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”, DE SERGIO BARCE, PRESENTACIÓN Y FIRMA EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID

 

 

16 de septiembre, a las 19:00 horas

en Casa Árabe, c/ Alcalá, 62

presentación del libro de relatos

“Una puerta pintada de azul”, de Sergio Barce

Presenta:  Luisa Mora, jefa de servicio de la Biblioteca Islámica “Félix María Pareja” de la AECID.

Para asistir, se requiere inscripción previa, que podéis cumplimentar en el siguiente enlace:

https://www.casaarabe.es/eventos-arabes/show/una-puerta-pintada-de-azul

***

Y el día 17 de septiembre, a partir de las 19:00 horas

Firma de ejemplares en la Caseta nº 138 de Librería Balqis Casa Árabe

Feria del Libro de Madrid      

Más información en:

https://www.facebook.com/casarabe/photos/a.10150385120916943/10159143736076943/

 

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TRES MUJERES EN CABO MALABATA, ÓLEO/TABLA, 120 X 80 CM., CONSUELO HERNÁNDEZ

El óleo cuelga sobre una pared en blanco. Su autora, Consuelo Hernández, anuncia que en próximas fechas se expondrá en el Instituto Cervantes de Tánger, donde tal vez con toda lógica deba estar, a unos diez kilómetros de cabo Malabata. Observo esta hermosa pintura, y concluyo que sólo puede nacer de una artista especial y brillante. Consuelo lo es. No es un gran descubrimiento por mi parte, pero lo consigno. Y, sin dejar de admirar esta obra, imagino que esas tres mujeres inanimadas se encuentran en este preciso instante justo allí, en Malabata, en esa misma actitud que muestran en el cuadro, y también imagino que me encuentro cerca de ellas. Estoy en el lugar que ocupó la pintora para plasmarlas, tal vez tomándome un té hirviendo que sorbo ruidosamente.

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Apenas las escucho, hablan en voz baja, pero en seguida deduzco que estoy frente a tres generaciones de una misma familia. La abuela me da la espalda, su hija está sentada a la izquierda y su nieta es la joven que permanece en pie. Intuyo que el abuelo ha fallecido no hace mucho. La nieta parece la más afectada, sin levantar la cabeza, pensativa y entristecida. Su madre recuerda los días en los que su padre venía hasta ese mismo lugar para sentarse frente al mar, perder la vista y entregarse al silencio. Parece que era su rincón favorito, al que venía una vez a la semana. La nieta solía acompañarlo de pequeña. Ahora se lamenta de no haber mantenido esa tradición en los últimos tiempos. Oigo a la madre reprochárselo, preguntándose por qué habría dejado de hacerlo, como si supiera algo que la avergonzara. La abuela tercia sin éxito, y no puede evitar que la mujer le echa en cara a su nieta que la han visto últimamente en el mirador de los perezosos hablando con ese muchacho tanyaui de la serrería. La abuela suelta una risita cuando oye la respuesta: se excusa diciendo que no sabe por qué iba a verlo, que el muchacho la había enredado con palabras que ella no comprendía. Sigo observándolas. Creo que la anciana es la más sensata de las tres. Y vuelvo a escuchar su risa reprimida antes de ordenar a su hija que se calle; luego, le dice a su nieta, a la que llama mi pequeña Hanan, que todo está bien, que lo hecho, hecho está, y que el abuelo Ahmed era feliz viéndola feliz. Y que ella, cuando fue joven, también se dejó enredar por las palabras de su abuelo. Descubro unas lágrimas cayendo por las mejillas de la joven, mientras su madre mueve la cabeza de un lado a otro con resignación. Durante unos minutos, permanecen en silencio. Sin la compañía de Ahmed, el tiempo que me queda de vida ya no tiene sentido para mí, sentencia la abuela. Las tres sin moverse, como paralizadas por esa frase lapidaria. Y entonces me doy cuenta de que el día, que había amanecido con un sol resplandeciente, se ha tornado gris, el cielo raso ha perdido el celeste habitual, el mar como de plomo, incluso las tres mujeres parecen embozadas por ese mismo tono de ausencia, por la ausencia de Ahmed. Sólo la tierra rojiza mantiene su color vivo y palpitante, como si cabo Malabata se resistiera a las inclemencias de todo tipo. Es una imagen de una tristeza solemne y profunda. Imagino a Consuelo en su estudio de pintura, acercando el pincel para dar un último retoque al hiyab de la pequeña Hanan y dar un paso atrás para revisar el resultado. Ahora sí, dice.

Sergio Barce, septiembre 2021

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MICRORRELATOS DE CAPITEL – CUADERNO Nº 7

Acaba de ver la luz el Cuaderno Capitel nº 7, que edita la Asociación Capitel, de Málaga; una asociación que aglutina a un buen número de poetas, narradores, pintores y artistas que, hasta la pandemia, celebraba reuniones periódicas en torno a un libro, a una exposición o a un acontecimiento cultural. Reuniones que tendrán que volver a celebrarse muy pronto. Por necesidad perentoria. Para mí es una isla en la que uno puede ponerse a salvo frente a la inclemencia externa.

En este nuevo cuaderno, titulado Microrrelatos de Capitel, he tenido la suerte y el privilegio de colaborar no sólo con un cuento, que podéis leer más abajo, sino también escribiendo el prólogo; un privilegio porque es como componer la abertura a esta colección de historias minúsculas, pero sugerentes, y las distintas voces que en él se dan cita.

Además, la cubierta y las ilustraciones que acompañan a cada texto son obra del pintor larachense Francisco Selva, un toque de magia que redondea así esta bonita edición.

La relación de autores es significativa. Este es el índice completo, con los títulos respectivos de los microrrelatos que se publican:

SERGIO BARCE –La otra imagen

JUANMA BRAVO – Hier ne reviendras pas

ANTONIO ESTÉVEZ – El plantón

MARIANO FERNÁNDEZ CORNEJO – En blanco

INMACULADA GARCÍA HARO –Traición. y -La decisión de Ruth

ANTONIO GARCÍA VELASCO – Los motivos del masón, y -La columna

AUGUSTO GARCÍA WEIL – El hombre más humilde del mundo

ROBERTO J. MARTIN – Capitel

PILAR MENOYO – Juego de niños

CARLOS GUILLERMO NAVARRO – El transcurso del tiempo; -Desengaño; y -La pasión del recuerdo

JUAN ANTONIO NÚÑEZ – El que está completo

JOSÉ LUIS ORTIZ RODRÍGUEZ –El mundo a sus pies

VÍCTOR M. PÉREZ BENÍTEZ –La pérdida; -Sin rima y con renglón torcido

JOSÉ LUIS PÉREZ FUILLERAT –Impunidad literaria

JUAN PÉREZ POZO –La patrulla insumisa

ANTONIO J. QUESADA –Capitel

RAMÓN RAMOS –Orestíada

JOSÉ ANDRÉS SALAZAR AGULLÓ –Y si…

FRANCISCO SELVA LÓPEZ –El niño y el contenedor de basura; y -Carteles bajo el capitel

DORI TORRES –Excluida; -Misa de domingo; -Soledad; -Cambios continuos; y -Olvido

ALICE WAGNER ORTUÑO –El pórtico

 

El Cuaderno nº 7 probablemente se presente en Málaga a finales de septiembre o en el mes de octubre. Un cuaderno que regala agradables y pequeños momentos de lectura.

Sergio Barce, agosto 2021

 

LA OTRA IMAGEN

Brígida caminaba trabajosamente ayudándose del bastón que la sostenía a duras penas. Llevaba ya tres años con ese artilugio con el que mantener la verticalidad si no quería volver a partirse una pierna o, peor aún, la cadera, lo que sería su sentencia de muerte. Le parecía increíble, casi inverosímil, que ya la hubiesen condenado a depender del bastón, el anuncio de que, más pronto que tarde, habría de cambiarlo por un andador con cuatro ruedecitas, fácil de empujar y, sin duda, más seguro. Avanzó unos metros preguntándose dónde había abandonado a su juventud, cómo era posible que los años hubiesen huido de ella a tanta velocidad. Se detuvo jadeante a la entrada de una tienda de muebles, con una puerta escoltada por dos columnas y sus recargados capiteles, y Brígida miró al escaparate. Su figura encorvada se reflejaba en un espejo que allí se exponía. Parpadeó incrédula, y meneó la cabeza. No, esa no soy yo, masculló con rabia, y creyó dar una larga zancada para alejarse de esa imagen impertinente e insultante. No, esa no soy yo, repetía en una letanía de desasosiego clavando el bastón a cada nuevo paso.

Sergio Barce

 

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EL FERRY “IBN BATOUTA”

 

Ahora que las relaciones entre España y Marruecos se complican por problemas meramente estéticos, por cuestiones que a la inmensa mayoría de los marroquíes y de los españoles les perece que se pueden tratar sin tantos aspavientos y sin regalar carnaza gratuita a esos que aprovechan cualquier disputa para azuzar el odio, por asuntos creados para desviar la atención de otros más acuciantes, veo una foto del barco “Ibn Batouta” y esta simple estampa me es suficiente para añorar Marruecos y a su gente. Tras estos meses de pandemia, anhelo volver a viajar hasta allí, necesito regresar a la tierra amada, abrazar a los amigos.

Ese barco pintado de blanco y amarillo era un ferry de la compañía Limadet (Lignes Maritimes du Detroit) que unió, que nos unió, a partir de julio de 1966. Cubría la travesía entre Tánger y Málaga. Luego, años después, pasó a realizar la ruta de Tánger a Algeciras.

El “Ibn Batouta” era mi barco. Yo era un niño y ese ferry me parecía un gigante. Recuerdo que, en las vacaciones de verano, dejábamos Larache montados en el Renault 10 de mis padres, también amarillo, con matrícula marroquí, y llegábamos al puerto de Tánger y ahí comenzaba la pesadilla de mi padre. Meter el vehículo en el barco era entonces toda una maniobra de pericia, porque los operarios deslizaban dos largas y estrechas planchas que unían el muelle a la boca de la bodega del “Ibn Batouta” y los coches debían introducir sus ruedas justo en esos dos railes metálicos mientras el ferry se balanceaba. Mi padre sudaba cada vez que se enfrentaba a esa prueba, temiendo no acertar y que el coche quedara colgado en el aire o, peor aún, pudiese caer al agua. Pasado ese mal trago, que se repetía al desembarcar, llegábamos a Málaga, donde residían mis abuelos maternos, que nos esperaban ansiosos por tener noticias de Larache, que ellos habían tenido que dejar en el 57 y que tanto añoraban.

Cuando el ferry hacía la travesía a Málaga, el viaje por mar se hacía eterno. Y cuando cambió para cruzar de Tánger a Algeciras, el trayecto en coche también resultaba interminable con esas carreteras de un solo carril en cada sentido. Esos eran viajes de verdad, bajo el calor del mes de julio o agosto, sin aire acondicionado, solo con las ventanillas bajadas, a poca velocidad porque los coches entonces no tenían la potencia de ahora, cargados hasta los topes, con la baca llena de maletas y regalos, con cinco personas metidas en el interior del Renault 10. Viajábamos de la misma manera que los emigrantes marroquíes que cruzan Europa. Exactamente igual. Pero aquellos eran viajes inolvidables. Luego, al finalizar las vacaciones, regresábamos a Marruecos, a Larache, ilusionados por volver.

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En uno de aquellos viajes en el “Ibn Batouta”, en mi barco, me perdí. No sé cómo lo hice, pero mis padres no daban conmigo y, mientras los delfines acompañaban el avance del ferry (no me lo invento, era así, el mar lleno de bellos delfines saltando a los costados del barco) yo me adentré por alguna zona y me quedé dormido sentado en una butaca de madera. Debía de estar agotado de corretear de un lado a otro. Mi padre dio aviso, y mi madre lloraba pensando que me había asomado con imprudencia por la borda y había acabado ahogándome. Qué exagerada. Yo, mientras tanto, inocentemente, soñaba a pierna suelta. La tripulación se puso a buscarme, hasta que alguien pensó que ese niño que dormía como un lirón con pantalones cortos y corbatita podía ser el niño perdido. No me regañaron o al menos no lo recuerdo. Pero mis padres ya no dejaron que me alejara de ellos.

Nunca me aburrieron esas travesías. Si no era porque me quedaba observando fascinado a los delfines era porque jugaba con otros niños que solo conocía en cada viaje, niños marroquíes y niños españoles, y a los que ya nunca volvía a ver. También me quedaba junto a algún mecánico que salía a fumarse un cigarrillo y lo escuchaba mientras hablaba de su trabajo o de cualquier cosa. A veces, el trayecto se complicaba si la mar estaba picada. El ferry se movía de verdad, como un frágil cascarón, y no como ahora, más seguros y mejor construidos, y yo me reía viendo a los viajeros que se asomaban a las barandillas para vomitar. Los niños tienen esa pizca de crueldad, y yo no me iba a librar.

Todo esto que narro no es más que un dibujo, una acuarela que me sirve para contar que, en realidad, cuando dejaba Marruecos y veía alejarse su costa, creía ir a mi país, porque no dejábamos de ser españoles, aunque mis bisabuelos se hubiesen instalado en Larache a principios del siglo XX, y, sin embargo, cuando estaba en España, al igual que le ocurría a mis padres, deseaba volver sobre la misma estela blanca que habíamos dejado atrás dibujada en el mar, como si fuesen las miguitas de pan que hubiésemos ido arrojando desde el “Ibn Batouta” para no perdernos a la vuelta.

Miro de nuevo esta fotografía y doy un salto en el tiempo. Me veo de nuevo en cubierta, notando la caricia de la brisa, y me llega el olor del puerto de Tánger, que no huele igual que los otros puertos; y me veo también bajar a la bodega y montarnos en el Renault 10 amarillo, ver a mi padre al volante, en tensión, cruzando sobre las dos planchas metálicas, como un equilibrista, mientras desembarcamos, detenernos ante el gendarme que echa un vistazo a los pasaportes y con una tiza hace un garabato sobre el cristal delantero y con un gesto ordenar a mi padre que avance. Tomar la antigua carretera de la costa, un viaje de horas, hasta ver de pronto asomar el faro de Larache, el acantilado de Ain Chakka, el puerto pesquero, el castillo, todo como una estampa. Y pensar que apenas en unos quince minutos ya estaremos de nuevo en casa.

No. Ni entonces ni ahora ningún político o ninguna cuestión política romperá todo lo que nos une.

Sergio Barce, junio 2021

 

 

 

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“UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”, DE SERGIO BARCE, SEGÚN EL ESCRITOR DAVID ROCHA

A veces, te topas con algún comentario sobre tus libros y te dices: bueno, quizá no lo haya escrito tan mal. Y sabes que has de continuar narrando. Eso me ocurrió ayer cuando me llegó a través de Instagram la reacción de alguien que acababa de leer mi último libro Una puerta pintada de azul, alguien al que aún no conozco, pero que no tardaré en conocer: David Rocha, escritor, autor de la novela La sombra de Teresa. Sus comentarios me dibujaron una gran sonrisa. Y le doy las gracias por ello. Feliz, además, por haberle hecho pasar un buen rato con mis historias. 

Sergio Barce, 28 de febrero 2021

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