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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE “MALABATA”, DE SERGIO BARCE, EN EL SIEL DE CASABLANCA

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Este pasado miércoles, mi gran amigo el poeta José Sarria tuvo la gentileza de presentar mi novela Malabata (Ediciones del Genal – Málaga, 2019) en el SIEL de Casablanca, invitados por el Instituto Cervantes de Casablanca. Como siempre, fue un placer y una suerte que José Sarria se adentrara en las páginas de uno de mis libros porque los descuartiza hasta sacarle todo el jugo. Lo volvió a hacer, y sacó lo mejor que hay entre sus páginas. Muy agradecido a Jose, que ya lo sabe.

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He de dar igualmente las gracias a la directora del Instituto Cervantes de Casablanca, María Jesús García González por su calidez y sus atenciones, y por haber contado conmigo en estas jornadas. También a Maribel Méndez (como ya dejó expresado Aziz Amahjour) que siga siendo la argamasa que nos une en esta tarea de mantener vivo el contacto entre hispanistas y escritores españoles y marroquíes. Y una suerte haber conocido a Laura Gutiérrez y a Hanane el Houdaigui. 

Muy emocionante ver en el stand del IC en el SIEL todos mis libros expuestos al público.

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Por supuesto, lo pasé fenomenal compartiendo mesa de debate (y algunas cervezas) con Sergio del Molino, Rocío Rojas-Marcos, Mohamed Abrighach, Farid Othman-Bentria Ramos y Mohamed el Morabet (con el que ya parece que tengo una especie de conexión itinerante que espero se repita). Y muy feliz también de compartir momentos muy divertidos y de interesantes conversaciones, además de los antes mencionados, con Mustafa Akalay, Aziz Amahjour, Maribel Méndez, Khadija Karzazi, Ahmed el Gamoun, Raquel Landeros y Paula Carbonell (que para mí ha sido un descubrimiento luminoso). Especial, como siempre, reencontrarme con Alberto Mrteh, Boujemaa El Abkari y Ahmed Benremdane. Y además mi “sobrina” Zahraa Jbari también me acompañó en la presentación de mi novela.

En fin, que estos días han sido una gozada.

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Farid Othman-Bentria Ramos, Sergio Barce, Mohamed Abrighach, Sergio del Molino y Mohamed el Morabet

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Mª Jesús García González, Sergio Barce y José Sarria

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Alberto Mrteh y Sergio Barce

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Zahraa Jbari y Sergio Barce

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José Sarria, Mohamed el Morabet y Sergio Barce

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Maribel Méndez, Sergio Barce, Sergio del Molino, Rocío Rojas-Marcos, Mohamed el Morabet, Mustafa Akalay Nasser y su hijo

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Sergio Barce, Mustafa Akalay, Mohamed el Morabet y Farid Othman-Bentria Ramos

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Paula Carbonell, Mohamed el Morabet, Aziz Amahjour, Mohamed Abrighach, José Sarria, Sergio Barce, Boujemaa El Abkari y Ahmed el Gamoun

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CASABLANCA – SIEL – DEL 6 AL 16 DE FEBRERO DE 2020

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Maribel Méndez, del Instituto Cervantes en Fez, nos ha hecho llegar la programación de España en el Salón Internacional de la Edición y del Libro de Casablanca (SIEL), que, como bien dice, da un gran protagonismo a la Literatura Marroquí en Lengua Española, y en el que tengo la suerte de participar en una de las mesas redondas y presentando mi novela Malabata.

Actividades sobre LMLE:

Hispanistas que investigan la Literatura Marroquí en Lengua Española: Mohamed Abrighach, Khadija Karzazi y Hassan Boutakka (moderador).

Aproximación a la obra literaria de Sergio del Molino. Presentado por Mohamed el Morabet.

• Mesa redonda “Permeabilidad cultural en las fronteras compartidas”: Sergio del Molino, Sergio Barce Gallardo, Rocío Rojas-Marcos Albert, Mohamed Abrighach y Farid Othman-Bentria Ramos (moderador).

• Presentación de la novela de Sergio Barce, Malabata. Presentado por José Sarria.

• Mesa redonda “Escribir en español: una lengua de adopción”: Mohamed el Morabet, Aziz Amahjour, Ahmed El Gamoun y José Sarria (moderador).

Podéis ampliar la información en este enlace directo al programa:

https://casablanca.cervantes.es/imagenes/File/Programa_Espana_en_el_SIEL_2020.pdf

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“LAILA”, UN LIBRO DE LAILA KARROUCH

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   Empiezo a encontrar tantas similitudes con escritores marroquíes o de origen marroquí que más se afianza mi convicción, ya hace tiempo asumida, de que mi personalidad y mi manera de ser nacen de similares experiencias a las de ellos y de que, en definitiva, nos parecemos íntima y profundamente. Me ha ocurrido al leer a Mohamed el Morabet, a Najat el Hachmi, a Said el Kadaoui, a Mohamed Lahchiri, a Abderrahman el Fathi y otros autores… y ahora con Laila Karrouch y su libro Laila (Oxford University Press – Madrid, 2010), editada dentro de la colección El Árbol de la Lectura – Serie Juvenil.

Ha sido una lectura amena y llena de pequeñas agradables sorpresas. Laila Karrouch (nacida en Nador) cuenta su vida desde que abandonó Marruecos siendo niña hasta su edad adulta en España y sus viajes de vuelta a su país natal y sus sensaciones en cada viaje y durante sus años infantiles, de adolescencia y ya adulta. Y en cada capítulo, había algo de mí. Cuando leía a El Morabet, El Kadaoui, a Lahchiri o a El Fathi encontraba huellas y ecos de mi pasado. Cuando leía a Karrouch me encontraba de vuelta en Larache.

La mejor sinopsis de Laila puede leerse en la contraportada del propio libro:

“Cuando Laila llega a España procedente de Marruecos empieza una nueva vida marcada por los contrastes: tendrá que asumir, junto a su familia, una nueva cultura y una nueva forma de vida sin renunciar a sus raíces. Con una prosa sencilla y conmovedora, Laila es toda una lección para aquellos que todavía creen que las barreras entre culturas son inquebrantables. En palabras de Laila: <¿Por qué no un buen cuscús para comer y una tortilla de patatas para cenar?>”.

Efectivamente, el libro de Laila Karrouch utiliza una prosa sencilla y especialmente conmovedora. Su partida me recordó mi salida de Marruecos, ese desgarro, ese dejar atrás cuanto amábamos en la infancia. Parecía pisar las mismas calles que Laila y sentía las mismas sensaciones, e, incluso, hay imágenes casi idénticas. Ella desde Nador y yo desde Larache. Leerla era como reescribir mis relatos.

LAILA KARROUCH

LAILA KARROUCH

Sus primeros años ya en su nueva ciudad, sus compañeras de colegio, todo me remontaba a una misma experiencia; incluso al hecho de que a ella la llamara alguien “mora” y a mí “moro”. He transitado por las páginas de su libro como si paseara por mi pasado, como un alma gemela.

Luego, claro, hay un hecho concreto que sí que nos separa accidentalmente pero que la unen de manera íntima y personal a los otros autores mencionados (El Morabet, El Kadaoui, El Hachmi, etc…) y es el comprobar que hay costumbres y vínculos afectivos y religiosos que les hacen reflexionar sobre su propia identidad, especialmente en sus viajes de vuelta a sus poblaciones de origen tras años de ausencia: las tradiciones ancestrales, el uso del hiyab, las prácticas religiosas de los abuelos y padres, la forma de vida en Marruecos, la contradicción entre el progreso y el conservadurismo, la forma de vida occidental cristiana y la forma de vida marroquí musulmana… En Laila, la añoranza de la protagonista-autora por sus abuelos y los reencuentros que periódicamente tiene con ellos y sus familiares le irán descubriendo su propia cultura, en parte abandonada en Marruecos o al menos difuminada en su nueva vida en España. Ese vaivén de sensaciones que nos hace reflexionar y que nos abre de par en par a una experiencia enriquecedora, porque Laila Karrouch tiene la virtud como escritora y como persona de haber hallado lo mejor de cada una de las culturas en las que vive.

Escribe Laila Karrouch:

“…De repente vimos unas figuras humanas; el corazón me empezó a latir a toda velocidad. <Date prisa, papá>, pensaba. Las figuras correspondían a unas diez personas y entre ellas descubrí a mi abuelo. Era inconfundible: alto y delgado, un señor de la cabeza a los pies. Así era mi querido abuelo Amar. Y a su lado, la yaya. La reconocí porque hacía rato que tenía los brazos abiertos y preparados para abrazarnos. Fueron los quinientos metros más largos de mi vida. No se acababan nunca. Pero ya estábamos. Los perros ladraban desesperados y sus gritos resonaban por todo el pueblo de los Karrouch. Se debían de haber contagiado de nuestra alegría. Antes de que el R-12 acabara de frenar del todo, nosotros ya estábamos fuera del coche.

-¡Hijos míos, hijos míos! –gritaba mi abuela, mientras nos abrazaba uno a uno y luego a todos juntos. La abracé durante un buen rato. Me fijé en seguida en que iba sin zapatos. Volví a abrazarla y le dije que no corriera descalza. Ella lloraba y lloraba…”

Este es un ejemplo de su candor al narrar, la sencillez y la emoción de la mano, transmitiendo esa sensación hermosa e inolvidable del reencuentro tan anhelado.

Laila Karrouch nos detalla las reacciones de sus compañeras de colegio e instituto españoles cuando llegaba la fiesta de Ramadán o cualquier otra celebración y su vida diaria moviéndose entre las dos culturas, una especie de funambulismo que ha sabido ejecutar a la perfección, con la fortaleza de la que hace gala página a página de este libro tan cándido y envolvente.

También nos desvela pequeños detalles de cómo ella iba enfrentándose a su propia cultura marroquí, a las peculiares relaciones familiares, al pasado de sus padres o de sus tíos y abuelos:

“…Mohamed no era tímido. Su hermano Omar, que también entró para hacerse una foto, era mucho más tímido que él. Mi abuela me dijo que Omar sería el hombre de mi vida, que me cuidaría muy bien. Yo cambié de tema inmediatamente.

Bebimos té y comimos pastitas hechas por mi madre, y cuscús… Yo acabé cansadísima y me fui a dormir, pero la fiesta continuó con más bailes y más bailes.

Al día siguiente fui a buscar a mi abuela y le expuse la duda que tenía desde hacía días, le pregunté cómo era que aquella señora, Fadma, la madre de Mohamed y Omar, saludaba a papá de aquella manera y…

Se echó a reír.

-¿Es que no lo sabes? -me dijo-. ¿No sabes que es la hermana de tu padre? Mi hija mayor. Hoy volverá a venir con su marido para pactar la dote de Hayat.

-¿Dote? -pregunté.

Al darse cuenta de mi ignorancia, intentó explicarme cómo funcionaba el <asunto, para el día de mañana, cuando te cases…>.

Me explicó que habían pactado unas trescientas mil pesetas para vestir a la novia. Primero me quedé con cara de no entender nada, pero después me lo explicó.

-Quiero decir que es dinero para Hayat, para comprarse oro especialmente, ropa típica y otras cosas que le apetezcan.

Mi madre limpiaba el patio y lavaba los platos. Tenía un aspecto cansado y afligido. Mientras todos cantaban y hablaban, ella controlaba que no faltara de nada. Dejó el patio muy limpio y se fue a desayunar con la yaya. Mientras, yo me quedé sentada a la puerta de la habitación, pensando en lo que me había explicado mi abuela…”

Laila va descubriendo así, viaje tras viaje de regreso a Marruecos, cuáles son sus verdaderos orígenes, pero sin renunciar a todo lo bueno que le puede ofrecer su vida en España, sabedora de que, sin renunciar a esas raíces, beber de las dos culturas la hace mejor persona.

Leer Laila es dejarse mecer suavemente, dejarse conducir rio abajo por un río de aguas apacibles y amables hasta llegar al punto final y cerrar el libro con una suave sonrisa. En mi caso, además, Laila Karrouch me ha hecho revivir mi pasado y esas vivencias que nos unen para siempre. Un precioso libro de recuerdos y experiencias noveladas.

Sergio Barce, enero 2020

DE NADOR A VIC

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE MI NOVELA “MALABATA” EN MADRID

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El pasado sábado, 14 de diciembre, se presentó en la Librería Sin Tarima, de Madrid, mi novela Malabata (Ediciones del Genal – Málaga, 2019) de la mano de mi hijo Pablo Barce. 

Después de discutirlo brevemente, decidimos improvisar y que todo sucediera al azar. Y la verdad es que todo fluyó con naturalidad y nos sentimos muy a gusto y cómplices en todo momento. Los asistentes nos transmitieron esa misma sensación al acabar el acto, y eso me tranquilizó, aunque ya se percibía a medida que el encuentro discurría a buen ritmo. Se abrió un bonito debate donde, inevitablemente, los tanyauis y larachenses que asistían se dejaron llevar por la emoción, algo ya habitual en mis presentaciones.

Estuve rodeado una vez más de buenos amigos y de excelentes escritores. Por fin coincidí con Iñaki Martínez, autor de La ciudad de la mentira (finalista del Premio Nadal) que también se desarrolla en Tánger, y sellamos nuestra amistad con la promesa de vernos de nuevo y seguir compartiendo lecturas de nuestras novelas. También estuvieron Malika Mbarek, una de mis debilidades por la admiración que le profeso como traductora y ahora amiga; Alberto Gómez Font, cuya sola presencia ya envuelve los encuentros y presentaciones de libros y obras relacionados con Tánger de una pátina de calidad, otro lujo; como lo fue tener allí a Abderrahman el Fathi, una sorpresa inesperada que me hizo especialmente feliz. 

Temo olvidar a todos los amigos, paisanos y compañeros, pero trataré de nombrar a los que recuerdo y que tuvieron la deferencia de desplazarse para arroparnos a Pablo y a mí en torno a Malabata: María Poveda, paisana  y fan de mis libros, hay que decirlo, y que además me cedió temporalmente pero con gran generosidad un libro fascinante con viejas fotografías de Tánger (y que para mi sorpresa y la de ella, resultó que en su publicación había participado Alberto Gómez Font como comisario de su edición); los entrañables Ángela García Salazar y su marido, junto a otros queridos paisanos larachenses, Mohamed Aboudzaz Elfedali y Najim El Ouahabi, a los que siempre es tan grato de ver, y Hicham el Jamraoui, también larachense; Sandra López, artista fascinante donde las haya y enamorada de Larache; Roberto Novela, casablanqueño de pro y autor de un bello libro de recuerdos del viejo Casablanca;  Dulce Orduña que nos trajo un pedazo de Tánger junto a Consuelo Hernández, a la que fue un placer conocer, como también a la encantadora Nieves Martínez; y no me olvido de los inseparables de Pablo y que siempre acuden a mis presentaciones, Leandro Pavón y Juan Carlos Moreno; ni a esas personas que ya son de mi familia, como mi “hermana” Gabriela Grech, la fotógrafa que ha atrapado el Larache que llevamos en el recuerdo, Ángeles Ramírez (Ange), que nos trajo como siempre una sorpresa llena de emotividad, y Lola Ruiz (más inseparable aún de Pablo). Y, evidentemente, Berry.

También tuvo la deferencia de acudir el nuevo consejero de la Embajada de Marruecos en Madrid, Nabil Druich, al que agradezco enormemente el gesto.

Nos acordamos de Antonio Lozano, como no podía ser menos hablando de Tánger; y, por supuesto, de Pablo Cantos, la persona que nos unió felizmente a Charo Sánchez y César Martínez, que también nos arropaban. Y claro, inevitable fue que se hablara del cortometraje dirigido por mi hijo Pablo y producido por César. Todos nos conjuramos para irradiar toda la energía positiva posible para que se alce con el galardón en los Premios Forqué y, especialmente, en los Goya que se fallarán en el mes de enero. Incha alláh.

Acabando el acto, llegó mi querido amigo Mohamed el Morabet y nos arrastró (sin mucho esfuerzo) a un bar de los ochenta en el que bebimos, nos reímos y escuchamos viejos temas musicales que disfrutamos.

Se me ha escapado alguna fotografía del día, pero trataré de rescatarlas para incorporarlas al álbum de este acto.

NB: si observáis bien, en algunas fotos en las que aparezco da la sensación de que mi cabeza flota en el vacío… Os doy mi palabra de que es un efecto provocado por la cortina negra del fondo y de mi jersey negro de cuello alto. Nada que ver con trucos de Houdini.

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Pablo Barce

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Dulce Orduña, tanyaui hasta la médula

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EN EL CONGRESO “LA FRONTERA LÍQUIDA”, DE CÓRDOBA

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El pasado martes, 26 de noviembre, participé en el Congreso Internacional La frontera líquida, organizado por la Asociación Colegial de Escritores de España, Sección de Andalucía, que tan perfectamente han dirigido José Sarria y Manuel Gahete, a los que hay que reconocer todo el esfuerzo y la dedicación, así como el afecto y calidez que nos han demostrado a todos los participantes.

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Mi ponencia formaba parte de la mesa redonda sobre La narrativa de la frontera y de los escritores transterrados, mesa que conformábamos los novelistas Mohamed Lahchiri, Mohamed Bouissef Rekab, Mohamed el Morabet y yo mismo, es decir, una mesa formada por amigos, lo que hizo muy fácil nuestras respectivas intervenciones, o al menos así lo percibí y lo viví. Nos moderó Paco Huelva, con mano férrea pero a la vez flexible. Un placer haber compartido luego una pequeña charla con Paco de la mano de una copa de montilla (previa a las cervezas).

En las distintas ponencias e intervenciones hubo un grupo nutrido y variado de escritores y estudiosos españoles y marroquíes en su mayoría, todos de un alto nivel, de manera que ha sido un privilegio coincidir por vez primera con algunos de ellos en unos casos y una suerte volver a ver a amigos en otros. Por fin conocí en persona a mi admirada Malika Embarek, una de las traductoras más importantes, un encanto de persona y de una modestia admirable. Y a Maribel Méndez, que desde el Instituto Cervantes de Fez siempre tiene un aliento para animarme, y a la que así pude darle las gracias. Y volví a disfrutar de los amigos, los ya mencionados el Morabet, Lahchiri y Bouissef, y Rajae Boumediane, la reina del boulevard, Nisrin Ibn Larbi, Farid Othman Bentria, Khalid Raissouni, Fernando de Ágreda, Francisco Morales Lomas, Larisa y Ana, Paloma Fernández Gomá, Abdellatif Limami, Mohamed Abrighach, Antonio García Velasco, Zuer el Bakali, Mohamed Dahiri, Remedios Sánchez, Aziz Amahjour… 

Además de los mencionados, en el Congreso también intervinieron Antonio Manuel, Paco Morales, Juana Castro, Sahida Hamido, Alicia Aza, Raquel Lanseros, Ahmed el Gamoun, José Cabrera, Mezouar el Idrissi, Manuel Vázquez Medel, Ahmed Benremdane, Ahmed Mgara, Abdul Hadi Sadoul, María Rosal, Hossain Bouzineb, Antonio Enrique… Poetas, profesores e investigadores a quienes sigo desde hace tiempo, y a los que acabo de descubrir en este encuentro y que seguiré también.

En fin, una larga lista que demuestra que, además del trabajo desarrollado, lo más importante fue el reencuentro con ellos y compartir ese tiempo que siempre nos enriquece un poco más. Con Juan José Téllez solo pude hablar por teléfono a causa del accidente que había sufrido el día antes y que me impidió verlo el martes. Y tanto Rafael Ballesteros como Javier Rioyo se me escaparon antes de poder abordarlos. Pero sí coincidí con María Jesús García González, directora del Instituto Cervantes de Casablanca, con quien pocos días antes había intercambiado unos correos, y nos emplazamos para vernos en Casa. Cosas que ocurren cuando hay tanto talento junto.

Reiterar mi admiración a José Sarria y a Manuel Gahete, a quienes me une un afecto y amistad especiales, y a los que no me canso de dar las gracias por su generosidad hacia mi persona y mi obra. Los dos han hecho un trabajo hercúleo que no solo acaba con estas jornadas, sino que se extiende con la publicación del libro La frontera líquida. Estudios sobre literatura hispanomagrebí (Tirant Humanidades – Valencia, 2019), que acaba de publicarse, y en el que se incluye mi trabajo sobre la narrativa de Mohamed Lahchiri.

Todo ha sido un verdadero lujo.

Sergio Barce, noviembre 2019 

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Sergio Barce, Mohamed el Morabet, Mohamed Bouissef Rekab, Mohamed Lahchiri y Paco Huelva

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Malika Embarek y Sergio Barce

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Sergio Barce, Mezouar el Idrissi y Farid Othman Bentria

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Mohamed el Morabet, Farid Othman, Maribel Méndez y Sergio Barce

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Raquel Landeros y Sahida Hamido

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Rajae Boumediane, Malika Embarek, Khalid Raissouni, Mezouar el Idrissi y José Cabrera

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José Sarria

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Manuel Gahete

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El Gamoun, Mohamed Abrighach, Abdellatif Limami y Antonio García Velasco

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Abdellatif Limami y Paloma Fernández Gomá

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Mohamed Lahchiri, detrás Maribel Méndez y Mohamed el Morabet

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Fernando de Ágreda y Hossain Bouzineb

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Nisirn, Raquel, Zuer y Sahida

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Paloma y Remedios

Paloma Fernández Gomá y Remedios Sánchez

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Un marco incomparable donde se desarrolló el congreso

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