NOTAS A PIE DE PÁGINA Nº 1 – RAFAEL CHIRBES VERSUS PÉREZ-REVERTE

Pongo punto final al quinto relato del nuevo libro que preparo. Historias ambientadas en Tánger. Cuentos que pretendo que sean diferentes a los de Una puerta pintada de azul, quizá porque Tánger es muy distinta a Larache o porque los sentimientos sean dispares. Larache me conmueve y me abraza, Tánger me desborda y me seduce. No sé qué resultará del experimento, pero hay párrafos en estos nuevos textos que, al revisarlos, me parecen más que decentes.

También acabo esta mañana la lectura de los Diarios, de Rafael Chirbes. Tan distintos, pero, a la vez, tan humanos como los de Stefan Zweig. Dos libros en los que he subrayado y anotado infinidad de frases, ideas o comentarios. Pero los dos me confirman que nunca seré un gran escritor. A lo sumo, un narrador que cuenta historias aceptables. Lejos de estos autores que lo conocen todo, que lo han leído todo y a todos, que dominan las técnicas con la facilidad de quien vierte el interior de un azucarillo en el café.

Es probable que nunca haya sabido leer. Es cierto que lo hago compulsivamente, pero sin ton ni son. Pasan los días, y, como confiesa Chirbes (aunque creo que él miente), yo también olvido lo que leo. Eso me causa cierto desasosiego. Pienso en un libro que leí hace tiempo y sí, recuerdo que me gustó, lo abro, releo los párrafos que tengo subrayados con lápiz, pero no me acuerdo de nada, sólo de ese regusto dulzón de haberlo saboreado entonces.

Cuando Pérez-Reverte publicó Cabo Trafalgar, con Alfaguara, allá por el 2004, fui de los que compraron la novela. Comencé a leerla, pero, a medida que pasaban las páginas, me daba cuenta de que me irritaba y llegó un punto de exasperación y la lancé contra la pared, literalmente. Cabreado con la novela y con Pérez-Reverte. Y algo parecido me ocurrió con su novela “tangerina” Eva, también para olvidar. Cabo Trafalgar me pareció una gran estafa. Y, desde entonces, cuando me he acordado de ese título, he llegado a pensar que, quizá, el tiempo de su lectura me pilló en baja forma o en un mal momento. Pero, para mi regocijo y tranquilidad, me he encontrado al final de sus diarios con un acerado análisis de Rafael Chirbes que coincide conmigo. Al principio pensé que le dedicaría unas líneas, como a otros muchos libros que menciona, pero no, se nota que, en este caso, también él se fue calentando y, en varios párrafos, lo destroza. No es para menos. Respiro aliviado. Quizá no sea un lector metódico, pero al menos distingo lo bueno de lo malo. Que conste que, entre la variada y desigual producción literaria de Pérez-Reverte, hay alguna cosa que me gusta, como su Alatriste.

Leo en los Diarios de Chirbes (NB: un libro de obligada lectura, a mi modesto parecer)

“Cada día me cuesta más escribir y me gusta menos lo que escribo. Sin embargo, los amigos están convencidos de que, cuando escribo, tengo una gran seguridad en mí mismo y, sobre todo, facilidad. No sé de dónde han sacado esa idea. (pag.153)”

Al contrario que a él, cada día me cuesta menos escribir. Lo hago al atardecer y los fines de semana. Me siento frente al ordenador con más energía e ilusión que antes, las ideas me fluyen, me siento liviano, sin corsés, libre, aunque sé que nada de lo que escribo les interesa a las grandes editoriales. Mis dos últimas novelas sin publicar siguen dando tumbos de una a otra, como dos borrachos que se apoyasen hombro con hombro para no caer al suelo tratando desesperados de dar con un bar abierto. Sin embargo, tengo una pequeña legión de lectores que me siguen con una fidelidad pretoriana, y no puedo defraudarles. Por ellos, sólo por ellos, me esfuerzo por armar un nuevo libro que sea mejor que el anterior.

Se me escapa el tiempo. Odio mi trabajo, que me limita las horas para escribir. Si viviera de mis libros (estoy a punto de soltar una carcajada al pensar en los derechos de autor que he cobrado este año) sería el hombre más feliz del mundo. Me dejaría atar voluntariamente a mi escritorio y a mi ordenador sólo para crear historias.

Narrar se ha convertido en mi refugio frente a este mundo mediocre y hortera, en el que la educación pasó  a mejor vida, y que nos está tocando vivir. Tampoco veo mucha televisión, de la que escapo gracias a las películas y a las series. Las plataformas me ofrecen todo el catálogo del mundo y reviso títulos de cine clásico, pero sin dejar de ver todo lo nuevo que surge a diestra y siniestra. Y no dejo de acudir a las salas, pese a la mascarilla incómoda y a la frialdad de las máquinas expendedoras de entradas (¿querrán alejarnos de las salas de cine a base de deshumanizar el rito que siempre ha supuesto hacer cola, comprar tu entrada en la taquilla a alguien que te habla, te aconseja y te sonríe al otro lado, y, al acabar la proyección, comentar la cinta con tu acompañante con un buen vino y unas tapitas por delante?).

El sexto relato ya lo tengo en mente, desde hace días. Lo he rumiado mientras acababa el anterior. Este nuevo libro tangerino quiero mimarlo, que llame la atención. Espero que lo sea por su calidad. Y también deseo introducir dos colaboraciones que anhelo. Me ilusiona este proyecto.

Pero, en cuanto acabe con él (se publique o no), me pongo con otra novela que me espera y que también se está modelando en un rincón apartado de mi cerebro.

Me falta tiempo para todo. Y ya comienzo a ser mayor.

Sergio Barce – 22 de enero de 2022

 

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BARCELONA, 11 DE FEBRERO – PRESENTACIÓN DE «UNA PUERTA PINTADA DE AZUL»

Si todo va bien, el próximo 11 de Febrero, a las 19:00 horas, presentaremos en Barcelona, en la Librería Fahrenheit 451, Carrer de la Sal 5, mi libro de relatos «Una puerta pintada de azul«. Para anotar en agenda.

En los próximos días iré dando más detalles.

 

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REVISTA «AL-MOTAMID» (VERSO Y PROSA) Nº 17

Continúo compartiendo con vosotros los documentos antiguos que colecciono de Marruecos, y de Larache en particular. Tras hacerlo con el número 11, hoy os escaneo el número 17 completo de la revista Al-Motamid (Verso y prosa), número editado en Larache, en junio de 1949, siendo directora la poeta Trina Mercader, y donde aparece, entre los traductores, el poeta larachense Dris Diuri. Que lo disfrutéis.

Sergio Barce, enero 2022 

 

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ASOCIACIÓN CULTURAL LARACHE EN EL MUNDO

Desde hace años, la Asociación Cultural LARACHE EN EL MUNDO, viene desarrollando una constante labor en defensa del patrimonio cultural, material e inmaterial, de Larache.  A finales de 2021 se ha renovado la junta directiva, que ahora tomará un nuevo impulso. Los cargos han recaído en: 

Presidente: Abderrahman El Anjeri

Vicepresidente: El Hachmi Jebari

Tesorero: Mohamed Khalid Harrak

Secretaria: Ghizlane El Maya

Vicesecretario: Youssef Jebari

Presidente honorario: Sergio Barce

Coordinadores en el exterior: Hanane Hayani, Ángeles Ramírez y Abdelmalek Rghioui

Las actividades bajo la nueva junta dieron comienzo ya el pasado año colaborando en el Festival Entrerritmos de Larache. Iremos informando de las nuevas programaciones.

Pero hemos decidido recuperar nuestra memoria y, ahora que se cumplen ya casi dieciocho años desde su constitución, es hora de que hagamos recuento de todo lo que LARACHE EN EL MUNDO ha hecho en todo este tiempo.

Os dejo un resumen fotográfico de las Primeras Jornadas organizadas en 2004 (al repasarlas compruebo con tristeza que ya no están entre nosotros algunos de nuestros mejores y más queridos amigos: Mohamed Sibari, Dris Sbaihi, Abdellah Djbilou, Fadela Tadlaoui o Youssef El Mrabet, y este artículo es, después de todo, un homenaje a ellos). También os adjunto el número 0 de nuestra «Gaceta Informativa» donde se recoge el programa de ese año así como una serie de artículos que publicamos con ocasión de aquel evento. Seguro que a muchos os vendrán gratos recuerdos de entonces.

 

 

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SIDNEY POITIER

Siempre se pone de ejemplo a Cary Grant como el actor más elegante que ha pasado por la gran pantalla. Sin duda, Sidney Poitier no le anda muy a la zaga, pero jugaba con una carta de menos: no era blanco. En los años en los que comenzó a despuntar, ser negro no era ninguna ventaja, al contrario, hubo de luchar contra una absurda discriminación que postergaba a los actores de raza negra a roles menores, en general, de sirvientes o de esclavos. Pero apareció él y marcó estilo.

Yo era un ferviente admirador suyo por muchas razones: por su lucha en defensa de las libertades civiles, por su saber estar, por su educación, por su admirable elegancia natural, por su altísima calidad interpretativa. Además, hay que decirlo aunque uno sea hombre y heterosexual: el tipo era realmente guapo, atractivo y simpático. Sabía estar, y su poderosa presencia se imponía al resto de los actores que lo acompañaban en sus películas. Dio la réplica a Richard Widmark, a Clark Gable, a Burt Lancaster, a Spencer Tracy y Katherine Hepburn juntos, a Paul Newman (uno de sus grandes amigos) y a quien se le pusiera por delante. Actuaba, cantaba y bailaba. Y cuando se ponía un traje, caballeros, ah, entonces teníamos delante a un figura, un tipo que se movía con una soltura de gentleman. 

Creo que En el calor de la noche (In the heat of the night, 1967) la habré visto unas seis o siete veces. Cosas de enfermos por el cine. Su tour de force con Rod Steiger ha quedado ya entre las interpretaciones que cualquier cinéfilo rememora. Pero hay una escena en esa película que a mí, particularmente, me hace temblar de emoción. Se desarrolla en un invernadero al que acude el inspector Tibbs (Sidney Poitier) que investiga la muerte del señor Colbert, acompañado por el jefe de policía Gillespie (Rod Steiger). Hasta allí lo conduce un criado (negro, por supuesto), donde va a reunirse con el mandamás del pueblo, el señor Endicott, al que da vida el excelente Larry Gates. Endicott es un millonario lleno de odio y rencor que no soporta a los negros. Durante el diálogo que mantienen el inspector y él, hay un momento en el que Endicott pone de manifiesto su racismo y llega a comparar a los negros con una planta (hay que cuidarlos para que crezcan, como si no fuesen seres humanos). Pero, en ese momento, el inspector ha encontrado una pista que puede involucrarlo en el asesinato y Gillespie se da cuenta de ello. El señor Endicott percibe entonces que la visita no es de mera cortesía y se acerca al inspector Tibbs, pero el jefe de policía Gillespie quiere salir de allí cuanto antes. El diálogo que sigue es fantástico:

Gillespie:  No queremos molestarle más, señor Endicott.

Endicott:  ¿Por qué han venido ustedes?

Tibbs:  Para interrogarle sobre Colbert.

Endicott:  Me ha parecido no entender. ¿Ustedes dos han venido para interrogarme?

Tibbs:  Bueno, sus actitudes, señor Endicott, sus puntos de vista son bien conocidos. Algunas personas, todas las que trabajaban para el señor Colbert, podrían mirarle a usted como la persona que menos lamentaría su muerte… Tan sólo pretendemos aclarar algunas cosas… ¿Estuvo el señor Colbert en este invernadero anoche alrededor de las doce?

Endicott, mientras el inspector le hablaba, se ha ido acercando, y al escuchar esta última pregunta reacciona de una manera inopinada abofeteando a Tibbs que, por su parte, le responde inesperadamente al segundo devolviéndole la bofetada con el revés de la mano. Endicott se acaricia la mejilla, paralizado ante lo sucedido, al igual que Gillespie y el criado. Jamás nadie había osado en replicar al señor Endicott y menos aún en abofetearlo.

Endicott (aún estupefacto):  ¡Gillespie!

Gillespie (titubeante):  Diga…

Endicott:  ¿Lo ha visto usted?

Gillespie:  Sí… si, señor. 

Endicott:  Bueno, ¿qué va a hacer usted?

Gillespie (contrariado):  No lo sé…

Endicott (dirigiéndose a Tibbs, que lo mantiene la mirada, desafiante):  No olvidaré esto. Hubo un tiempo en que le hubiera hecho matar…

El inspector le da de lado y sale del invernadero, y, al poco, lo sigue el jefe de policía Gillespie. El criado, sin creerse lo sucedido, también abandona el lugar y el señor Endicott, ya a solas, no puede evitar ponerse a llorar de rabia, de frustración y de vergüenza, incapaz de soportar la humillación sufrida.

Cuando vi esta escena por primera vez en el cine, me revolví en mi butaca. Me había alegrado tanto de que ese personaje no se hubiese amilanado, que hubiera sido capaz de devolverle el golpe, y con esa elegancia, que hubiera aplaudido. Admiraba a ese inspector que iba contra todas las reglas, que rompía una lanza por la dignidad de los de su raza y, en general, por el ser humano. Pero en realidad era a Sidney Poitier a quien yo acababa de instalar en mi pódium particular de héroes imborrables. Y desde entonces ha permanecido en él. 

Sergio Barce, enero 2022

 

 

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