Archivo de la etiqueta: El libro de las palabras robadas

CÓMO ENCONTRAR MIS LIBROS

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A veces me preguntan cómo encontrar mis libros. Aquí tenéis la manera más sencilla. Entráis en la página de “Todos tus libros”, ponéis el título que os interese, por ejemplo: “Malabata” o “Una puerta pintada de azul“, por nombrar mis dos últimas creaciones. Al abrir, os aparecerá abajo del todo un mapa. Si ampliáis el mapa, tenéis señaladas las librerías que en cada ciudad o población española disponen en ese momento del libro que os interesa (pinchando en cada señal os aparece el nombre de la librería).

Aquí os dejo el enlace para encontrar las librerías en las que tenéis disponible “Malabata“:

https://www.todostuslibros.com/libros/malabata_978-84-17974-00-8

O el enlace para localizar las librerías que distribuyen actualmente “Una puerta pintada de azul

https://www.todostuslibros.com/libros/una-puerta-pintada-de-azul_978-84-18453-29-8

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“LA EMPERATRIZ DE TÁNGER” EN EL DIARIO “LA OPINIÓN DE MÁLAGA”, GRACIAS A EDICIONES DEL GENAL

Estupendo artículo en el diario La Opinión de Málaga sobre mi editorial habitual, Ediciones del Genal, en el que Jesús Otaola y Nuria Ogalla (la mejor diseñadora y maquetadora que podría tener) hacen mención a mi novela La emperatriz de Tánger como una de las obras de referencia de la casa.

En el siguiente enlace tenéis el artículo:

https://www.laopiniondemalaga.es/cultura-espectaculos/2021/02/12/ediciones-genal-editorial-millar-suenos-34518113.html

Y además la reseña es junto a algunos buenos amigos escritores que también publican con ellos: nuestro añorado Pablo Aranda, Eloisa Navas, Carmen Enciso o Patrick Tuite. Mi agradecimiento por su apoyo. Y a seguir, ahora con el nuevo libro de relatos Una puerta pintada de azul. Seguimos adelante.

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MIS LIBROS PARA LEER

Aquí os muestro la mayor parte de mis títulos. Si tenéis ganas de leer, en las páginas de estos libros hay historias que os llevarán a Larache, a Tánger, a Tetuán, a Málaga…y  os harán viajar en el tiempo. ¿Qué más podéis necesitar?

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“MALABATA”, EN KENITRA

Esta imagen me la envió mi amigo, paisano y compañero de fatigas y alegrías literarias Ahmed Oubali. Es una fotografía que hizo de mi novela Malabata en la Kasba de Kenitra. Me parece espectacular, y más que sugerente. Es como ver un bello objeto, porque todo libro es un hermoso objeto, abandonado al azar en medio de un paisaje mágico. Gracias, maestro.

 

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ASÍ COMIENZA “UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”, UN LIBRO DE SERGIO BARCE

 

Este lunes, 4 de enero, a partir de las 18:00 horas, firmaré ejemplares de mi nuevo libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal) en la Librería Proteo, de Málaga. Libro que reúne un total de ocho nuevos relatos ambientados en Larache. Momento idóneo para haceros con un ejemplar si habéis pensado regalar un libro para el día de Reyes.

Aquí os dejo como adelanto el comienzo del relato que abre el volumen…

LA MUJER DEL HAMMÁN

   Hoy es sábado, y después del viernes santo las tiendas y los bazares vuelven a abrir. Dris y Ahmed gandulean sobre sus esteras, tapados con sus mantas de cordero, aguardando a que, como cada mañana, Lalla Sahida los levante para que desayunen. Y en efecto, eso es lo que sucede. A las siete de la mañana los está zarandeando, y ellos haciéndose los remolones, fingiendo estar aún dormidos, solo para provocarla y escucharla protestar. Dris lo hace por inercia, porque imita a su amigo Ahmed. Pero finalmente, cuando ella se da por vencida, acaban por salir al diminuto salón, un habitáculo de dos por dos metros, donde ella espera sentada en el borde de la mtarba, con los brazos descansando sobre las piernas, vestida con un caftán deslucido sobre el que se ha puesto un dfin y con un hiyab verde cubriéndose la cabeza.

   Si hay dos chiquillos que sepan cómo poner patas arriba la Medina, esos son sin ninguna duda Dris y Ahmed. Ahora se alojan en la calle de los Chorfa, a un tiro de piedra del Zoco Chico, ocupando una habitación que les ha cedido Lalla Sahida, que se apiadó de ellos al encontrárselos mientras dormían en un zaguán, abrazados el uno al otro para abrigarse del frío, hambrientos y sucios. Se los llevó con la promesa de que se portarían bien y de que la ayudarían cuando ella lo necesitara, y, a cambio, podrían dormir en un cuarto que ella prepararía. Juraron que sí, y no cejaron en darle las gracias desde que abandonaron ese lugar situado al otro extremo de la Medina hasta la casa. Un juramento de falsedad porque en seguida lo infringieron. Desde aquel día, se engolfan en sus barrabasadas, que le han dado algún que otro disgusto a la pobre Sahida.

   Lalla Sahida es una mujer robusta, de unos cincuenta años, que sabe que aún atrae a los hombres, aunque los mantiene a raya; una mujer que siempre ha luchado sola contra tanto lobo y contra tanto desaprensivo, y que en su tiempo debió de ser bastante bonita, de hecho, aún queda algún rescoldo de su belleza en esa boca ancha y carnosa y en ese rostro ovalado, en el que se concentra tanta experiencia, pero el paso del tiempo ha envejecido sin duda su mirada.

   Sobre una sencilla tagra, ha colocado los vasos, la cafetera humeante y, en un plato, tortas de rarif untadas de mantequilla y de miel. Los chicos se sientan en silencio. Dris rascándose la cabeza, y Ahmed bostezando ostensiblemente. En cuanto Sahida les sirve el café, ellos se lanzan sobre las tortas y comen con un hambre de años. Así llevan todo ese tiempo, devorando cuanto les pone por delante. Ella se limita a sorber ruidosamente de su vaso, como si en vez de café bebiese té, y a observarlos en silencio.

   A las ocho menos cuarto Sahida recoge y les dice que han de marcharse hasta que vuelva. Trabaja en el hammán de la calle Real y ha de estar allí a las ocho en punto. Nunca los deja a solas en la casa, porque, camuflada bajo la mtarba, hay una loseta suelta que puede levantarse sin esfuerzo bajo la que esconde algunos dirhams y unos pendientes, un collar de piedras con engarces de plata, y tres colgantes y varias ajorcas de oro. También hay seis monedas de cinco duros, un recuerdo que no quiere que desaparezca, un recuerdo de su padre que le sirve a veces de consuelo. Todo eso, junto a lo que le pagan en el hammán, es todo su patrimonio, y no querría que los chicos pudieran descubrirlo. Además, sabe poco de ellos, aunque siente mucha lástima y le conmueve su situación.

   Apenas abren la boca. Durante esa larga semana que llevan ya en la casa, solo les ha sonsacado que Dris tiene once años y Ahmed doce, y que no son familiares. Que Dris abandonó a su padre, con el que vivía en Beni Gorfet, y al que no soportaba por las palizas que le daba cada vez que bebía, y que Ahmed viene del barrio de las Latas, donde se había criado junto a sus abuelos, hasta que los dos fallecieron por una enfermedad extraña e inesperada. Se llevaron los cadáveres de la chabola donde vivían y un tipo llegó una tarde y lo echó a patadas diciéndole que un niño no iba a poder pagarle el alquiler. Y, tras una peripecia de días, acabó construyéndose una cabaña en la esquina de un solar abandonado, al final de la cuesta del fondak, a base de cartones, chapas y maderos. Pero no le gustaba mucho ese sitio porque, por las noches, lo asediaban las ratas. Él es, de los dos amigos, el único que ha pisado el centro de menores. Los mejaznis lo pillaron saltando la tapia del Colegio de Nuestra Señora de los Ángeles después de robar de la capilla un par de candelabros sin demasiado valor, y en otra ocasión se lo llevaron tras una reyerta con otro chico de su edad, un empleado de Mula, al que, de una pedrada, le abrió un tajo en la frente que casi le cuesta la vida…

 

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