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INVITANDO A LEER “UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”, DE SERGIO BARCE

Una de las mejores maneras que he encontrado para animaros a leer Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal), es lanzaros pequeños anzuelos con extractos de los relatos que forman parte de mi último libro. Hoy, lo intento de nuevo con unos párrafos extraídos del cuento que cierra el volumen, titulado Cara de luz. 

Sergio Barce, junio 2021

A la altura del Cine Avenida se le encoge el estómago. Es un hombre al que le duele comprobar que casi todo se ha ido degradando, que los mejores lugares de su vida se han convertido si no en un desastre sí en un indicio de descalabro. El Ideal, el Teatro España y el Cine Coliseo acabaron por perderse abatidos por los depredadores inmobiliarios, pero el Avenida sobrevive dando bocanadas como esos peces que, una vez capturados, son arrojados a una cesta y se retuercen tratando de respirar inútilmente. Ahmed está ahí parado, mirando la taquilla en desuso y el cartel de un musical de Bollywood que continúa colgado en el expositor sucio y oxidado. Baja los ojos, y se da cuenta de que tiene los zapatos llenos de polvo. Cree haberlos limpiado antes de salir de casa, pero de pronto lo azora la idea de haberse convencido de algo que en realidad no había hecho.

   Chasquea entonces la lengua de nuevo, y decide bajar hacia la Plaza por la continuación de Ben Marhal, decidido ya a comprar lo que sea para comer y volver a casa para descansar antes de regresar al centro a media tarde, como es su costumbre inalterable desde hace años. Tantos, que no quiere ni calcularlos.

   Pero un impulso imprevisto lo empuja a entrar en la Farmacia Coliseo. Cuando entra, Lalla Hanane, que recoge una bolsita con varios medicamentos tras haberlos abonado, se da de bruces con él y le regala una sonrisa cautivadora.

   -¡Hach Ahmed! ¡Qué alegría verlo por aquí! -exclama Lalla Hanane, una de las viudas más hermosas de Larache.

   El hombre trata de reponerse del esfuerzo de su caminata que, sin embargo, nunca le había costado realizar tanto como hoy, y también del impacto que le provoca tener a esa mujer a tan escasa distancia, así que levanta la mano derecha rogando que le conceda un segundo para poder articular palabra, y cuando logra hacerlo recobra su conocido humor socarrón y educado. Como si de pronto rejuveneciera.

   -Hacía años que una mujer no me dejaba sin aliento…

   Lalla Hanane ríe quedamente, inclinando la cabeza con una coquetería madura. Lleva un hiyab negro que solo deja a la vista su perfecto rostro yebalí, de piel blanca y de labios gruesos y carnales pintados de un rojo suicida, cejas perfiladas, y esa mirada que a Ahmed le parece llena de historias secretas.

   -Siempre que le veo me hace reír -le confiesa llevándose una mano al cuello-. Bueno, me ha alegrado volver a verlo, Hach Ahmed.

   -Yo me alegro mucho más -le replica él cargando el acento-. Quién tuviera cuarenta años menos…

   La mujer vuelve a reír, y, mientras sale de la farmacia, Ahmed no puede dejar de admirarla, su cuerpo imaginado bajo el caftán negro, moviendo las nalgas bien perfiladas bajo la tela oscura que resaltan los tacones altos.

   Lalla Hanane es una mujer de cincuenta años que enviudó siendo aún joven, y las malas lenguas siempre malician que, usando ungüentos de bruja, habría acabado con la vida de su marido para hacerse con sus ahorros y con sus propiedades. Desde entonces, y ya han transcurrido más de veinte años de su muerte, no se le conocen amantes. Pero esas mismas lenguas afiladas hablan de un conocido diputado que la visita en su casa de Tánger e incluso de que la mitad de la población masculina de Larache ha pasado por su cama. Lo único que el Hach Ahmed el Ouazzani podría afirmar al respecto es que, en la terraza del Café Central, todos los parroquianos enmudecen al verla pasar. Y ni uno de ellos, de los solteros o viudos se entiende, se atreve a tirarle los tejos.

   –Mucha hembra -murmura Sibari cuando la siguen en silencio con la mirada-. Mucha hembra, jay.

   -¿Qué necesita, Hach Ahmed? -le pregunta el mancebo de la farmacia, y eso lo trae de regreso a la cruda realidad.

   -No me vas a creer, y me temo que te reirás de mí -le dice dibujando una mueca con la boca temiendo el chiste fácil que puede resultar de su consulta-. ¿Puedes tomarme la tensión? -Y en seguida levanta la mano derecha como si fuese a jurar con solemnidad para evitar precisamente el chascarrillo que espera-. Te doy mi palabra de que necesitaba hacerlo antes de ver a Lalla Hanane.

 

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“UNA PUERTA PINTADA DE PALABRAS AZULES”, UNA RESEÑA DE JOSÉ LUÍS PÉREZ FUILLERAT

El profesor, poeta, erudito y (solo en la intimidad y para los amigos) cantante de viejos temas en jaquetía, José Luis Pérez Fuillerat, dedica un preciso y precioso texto a mi último libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal, 2020), reseña que ha titulado Una puerta pintada de palabras azules, en un exquisito juego de metáforas, adjetivos y colores. Os dejo lo que José Luis ha encontrado al otro lado de mi puerta azul.

Sergio Barce, mayo 2021

UNA PUERTA PINTADA DE PALABRAS AZULES

por José L. Pérez Fuillerat

 

Comentario al libro de relatos UNA PUERTA PINTADA DE AZUL, de Sergio Barce Gallardo

Siempre que tengo en mis manos un libro de Sergio Barce, procuro no distraer el tiempo con otro, como en mí es habitual: leer dos novelas, ensayos o poesía, a la vez; un señalizador en ambos, y así activo la memoria con las dos intrigas/emociones que me ofrecen sus autores.

Dedica el autor este libro “A la gente de Larache, a Pablo Aranda y a Pablo Cantos, siempre”. Si tuviera que indicar una palabra que ocupa y abarca la isotopía temática, en la mayor parte de las novelas de Sergio Barce, esa palabra es Larache. Ya habrá tiempo de insistir sobre esto.

Están presentes en la dedicatoria dos amigos que, con su muerte “tan temprana”, le han marcado para siempre. Al segundo, escritor, guionista y director de cine, le dedica también “El libro de las palabras robadas” y en “La emperatriz de Tánger” lo incluye entre los agradecimientos.

En esta exquisita novela (“La emperatriz…”) muestra por él su amistad/agradecimiento “siempre”, dándole vida como personaje, y expresando su admiración mediante las palabras que el actante Augusto Cobos Koller mantiene con su adyuvante, Pablo Cantos (‘Dulce Aurora’ como nombre secreto), al que Augusto “admiraba por muchas razones: sus poemas, su claridad de ideas, su honradez y fidelidad, incluso su clandestinidad”, obligada, entre otras cosas y causas, por haber escrito “un poema incendiario contra el Generalisímo”. Confesión de Augusto, alter ego de Barce, al menos aquí, pues transmite idénticos sentimientos del autor hacia Pablo Cantos.

El título que voy a dar al presente comentario es este: Una puerta pintada de palabras azules. Curiosamente, es el color azul, que se incluye en la serie de los ciánicos o fríos, el que se identifica con Marruecos, país cálido, atractivo y, sobre todo, hospitalario. Puertas y ventanas del mismo azul, casi añil, que, junto a las paredes bien enjalbegadas y la profusión de macetas con gitanillas, geranios y buganvillas, mayean con luz propia en los patios de la ciudad natal de este comentarista.

Aunque en el índice de esta última obra del autor, larachense empedernido, se nos indican los ocho apartados narrativos, es en la página preliminar donde encontramos verdaderamente la estructura de este libro: los cinco pilares o preceptos del Islam: el Hach, el azalá, el Ramadán, la chahada y el azaque; todos intercalados en lo narrado por palabras con simbología azul, el color predominante en los espacios marroquíes; es decir, las palabras árabes citadas y sus dialectos, que nos van marcando la trama. (El lector agradece que todos estos arabismos estén debidamente explicados en el glosario final).

El primer Pilar, el Hach o peregrinación a la Meca contiene dos relatos: LA MUJER DEL HAMMAN y LAS MUJERES DE MI PADRE. En el primero, mediante la analepsis, salto atrás, se recorre un camino hacia el santuario que el autor, fictifizado en narrador (Siegfried Schmich), mantiene siempre en su memoria, la ciudad marroquí de Larache.

Las palabras que me he permitido llamar también ‘azules’ y que el lector encuentra en esta peregrinación son: mtarba, caftán, dfin, hiyab, tagra, rarif, hammán, mejaznis, shukram, sidi, incha, Lalla, kifi. Adecuadas para emprender el “camino” hacia el lugar sagrado: vestimenta, alejamiento de los espíritus malignos, incluso higiene en el baño público, y asientos para el descanso, etc…

Aquí, un narrador omnisciente nos presenta a dos mozalbetes, Dris y Ahmed, inocentes gandules, que son acogidos por una caritativa Lalla (señora) Sahida.

La literatura mística nos mostró cuál debe ser para el creyente el “Camino de perfección”: desde el esfuerzo continuo, ascesis, hasta la llegada a la unión extática con el Absoluto, Dios. La novela picaresca también nos presentó un cierto “Camino de imperfección”, hasta la humillación final del antihéroe, el pícaro.

Pues en este libro de Sergio Barce (yo diría que en casi todos sus libros) se nos orienta en su personal “Camino de recordación/purificación” hacia la meta que se mantiene en su mente/alma de forma indeleble: la ciudad marroquí de Larache. (Analepsis obligada, por los años pasados y residir en Málaga, donde ejerce como abogado).

El título de este segundo relato del Primer Pilar, Las mujeres de mi padre, se presta a equívoco. No son otras que las mujeres de la familia. Comienza en primera persona: “Mi abuela Salud. ¡Ah, mi abuela!”, y la peregrinación se detiene. Un narrador autodiegético (Gérad Genette, Figuras III ) ya no se enmascara. Se abre una crónica de su familia. De ahí que el autor se convierta en fautor (Oscar Tacca: Las voces de la novela). Es decir, autor que juzga, pondera y narra, desde una perspectiva subjetiva, ciertos acontecimientos familiares: la española, matriarca de la familia, María Salud Cabeza.

Chocante resulta la anécdota sobre la costumbre de toda la población larachense de entonces, al celebrar y procesionar a su santa Patrona, Lalla Menana al Mesbahia, hija de un santo de esa ciudad (sidi Jilali ben Abd Allah al-Masbahi), que está lejos de la cultura musulmana y obedece a la costumbre popular cristiana.

Dentro de la isotopía de personajes en la obra de Barce, una vez más, en esta segunda estampa narrativa, la figura de Mohamed Sibari (Alcazarquivir 1945-Larache, 2013). Escritor, periodista, novelista y poeta marroquí, que cultivó el español como lengua de expresión y escritura. Citado por Sergio Barce en este relato y otros. Sobre todo, en el cuento final de su libro “Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente”, en el que, de forma reiterada, siete veces, dice el autor: “Este fin de semana lo he pasado en Larache”, a modo del pésame que se va repitiendo de uno a otro de los familiares del difunto o que se interna en el corazón doliente del amigo, sin poder reprimir su sentimiento de dolor… y los recuerdos. La voz del autor se lamenta de que fueron nueve días los que tardó en acudir a Larache, tras el fallecimiento de Sibari, y sin haber podido recibir el libro que su amigo le iba a enviar: “Es un libro sibarístico – me anunció con su guasa habitual”.  

Las palabras ‘azules’ de esta estampa narrativa son: shrif, aixauas, darbukas, adecuadas para explicar los diferentes cargos, partícipes o instrumentos, propios de la manifestación religiosa citada. Con tanta explosión de gente y de cosas arrojadas por las ventanas al paso de la santa, nos dice el narrador, que “mi madre hubo de tirar de Mohamed Sibari, para sacarlo de allí, hechizado por el espectáculo”.

Segundo pilar: la azalá, las cinco oraciones al día. Contiene dos relatos: UNA SINAGOGA EN LA MEDINA y UNA PUERTA PINTADA DE AZUL. En primera persona de nuevo, el narrador autodiegético reconoce, en el primer relato, reverberaciones de la nostalgia, añoranza por el tiempo perdido/pasado. Es el Larache recordado de sus años de infancia, adolescencia y primera juventud, que tanto lo han marcado. Las tres religiones/culturas, que entonces convivían, parece que se han visto mermadas por la ausencia casi total de judíos sefarditas, tal como le contaba un amigo. Y es la voz del amigo la que reproduce todos esos recuerdos, con palabras azules, unas árabes y otras judías: esnoga, Netilat Yudaim, hiyab, Sefer Torá, jaquetía, hejal, tebá, sayada, barakalofi, hshuma. Todas ellas referidas a lugares, ritos, vestimenta, objetos, dialecto, púlpito, saludos o actitudes.

Con todo el trajín de visitas a la ciudad, al relator de ese desencanto, José Edery, se le olvidó “cumplir con la oración que había comenzado en honor de sus antepasados”.

En el segundo relato, que es el que da nombre a todo el libro, la voz que se “oye” es la de un narrador omnisciente, que nos presenta al actante sujeto, protagonista, Abdeslam, un comerciante poco religioso, pero que promete cumplir con los cinco rezos diarios y la visita a la Mezquita. La puerta de su establecimiento está pintada de azul. Las palabras que he destacado de este color son: Istiqlal, partido del que es miembro el comerciante. Movimiento político fundado años antes de la independencia de Marruecos, de ideología nacionalista. Precisamente, en el ‘mundo posible’ (E. Coseriu) de “La emperatriz de Tánger”, este grupo político también está presente. 

Otras palabras ‘azules’ son: grifa, fayar, chuparquía, almuédano, azalá; los saludos tanto en árabe (Salam Alekum), como en francés (Merci beaucoup). Todas intercaladas en lo narrado para ir señalando la trama: los recuerdos que Abdeslam tiene de las historias contadas por su abuela y las vivencias con su amigo de colegio, Omar (“a veces los encontraban en la playa y otras en un fondak, durmiendo como si fuesen vagabundos”). Medio dormido, en la puerta de su puesto del zoco, a Abdeslam lo despierta la voz del almuédano y le recuerda que había prometido, precisamente ese día, iniciar el rezo diario, la azalá. Una vez más, empatan con los sentimientos del autor los recuerdos del comerciante sobre su infancia y adolescencia, como si “perteneciesen a persona distinta”.

Tercer pilar: el Ramadán. En la Cuaresma católica, se trata de hacer sacrificios personales; penitencia, sobre todo, para imitar los cuarenta días de Jesús en el desierto, pasando hambre, sed, soledad y tentaciones del diablo. De igual manera, es precepto en el Islam el ayuno durante el mes del Ramadán. El creyente se ha de privar de comer y beber desde que amanece hasta que se pone el sol.

Contiene este pilar otros dos relatos: VISITA A RASHIDA y LA PEQUEÑA ZOUBIDA.

En el primero, vuelve la voz del yo narrativo, incluso con su nombre, Sergio, dicho por la anciana Rashida cuando le ve y lo reconoce, a pesar de padecer la enfermedad de Alzheimer. El contraste tan rotundo con las costumbres de ahora: el tiempo de su visita en Tánger, donde se ha trasladado la familia de su segunda madre, musulmana, y las que vivió en su infancia y juventud, cuando Rashida, por ejemplo, llevaba minifalda, es para el narrador/fautor “como si un huracán hubiera arrasado el pasado”.

Se produce en este relato otro “salto atrás” para recordar cuando Rashida entró a trabajar en un banco de Larache. (La misma entidad donde trabajaba el padre del autor). Palabras azules que adornan las secuencias narrativas sobre el Ramadán: Rashida se alisa su caftán mientras observa a su visitante. Este recuerda la mejor harira y el cuscús preparados por Rashida, durante el mes del sacrificio.

La voz del autor, en estas líneas finales del relato, provoca alguna que otra lágrima en el lector, cuando confiesa que hacía tres años que moría su madre y ahora “asisto a la ignominiosa pérdida de los recuerdos de mi madre musulmana”. Ha envejecido tanto que el tacto rugoso y seco de su piel la hace irreconocible. Ha sido raptada, nos dice, por espíritus malignos, los djinni.

Tal como nos lo cuenta el narrador autodiegético, parece que los que rodean a Rashida asistieran a un ensayo de su fallecimiento. Pero la anciana se mueve de un lado a otro, incluso llega a decirle a Sergio palabras emocionantes y que nos hacen pensar sobre esa enfermedad tan cruel: sé que te quiero mucho, pero no sé por qué.

(Interpolo la anécdota conocida del esposo que todos los días acude a la residencia donde su esposa está siendo atendida por padecer Alzheimer. Una persona le dice al esposo por qué venía a diario a visitarla, “si ella no sabe quién es usted”. A lo que el marido de la enferma residente le respondió: pero yo sí sé quién es ella].

Quizás Sergio sintió la misma sensación y hubiera respondido lo mismo a una pregunta similar. Es decir, aunque quizás “yo he dejado de existir para ella”, no ella para mí.

En “La pequeña Zoubida”, las palabras azules son: dariya, Iqraa, barmús, Lalla, Ramsar, beia y como en otras novelas del autor, un lugar repetido: Tlata de Reixana, pequeño pueblo donde su cultivan unos ricos melones y que dista pocos kilómetros de Larache. Llama la atención del lector, como en todas las novelas de Barce, la habilidad/destreza y sensibilidad en las descripciones. Para no hacer un spoiler (perdón por el anglicismo tan usado hoy) de este relato, solamente añadiré que las palabras destacadas como azules están al servicio de la intención del autor, que no es otra que la de destacar la valía de la protagonista, Zoubida, empleada desde los 9 años al servicio de los señores, doctor Zaidi y su esposa Lalla Latifa. El profesor Mustapha Lahchiri, también al servicio de esa familia, observa la situación de la pequeña Zoubida y de algunas injusticias sobrevenidas contra ella en ese hogar; la defiende, le da clases y descubre su talento para el dibujo.

Los recursos kinésicos de que hace uso el narrador son también indicadores de lenguaje, de actitud ante los acontecimientos de ambos protagonistas, el profesor y la pequeña Zoubida: sentimiento de vacío del profesor, que se reconoce en el dibujo/retrato que le hizo Zoubida: “facciones adultas, nariz recta, y esos ojos algo cansados, incluso esa minúscula mácula en la sien izquierda heredada de una pedrada en la niñez”. Y los ‘kines’ en la joven Zoubida, con un embarazo de los de toda la vida, entre adolescentes que conviven en la misma casa, en este caso, el hijo de los señores y la sirvienta: “la boca descolgada, una mano al cuello”, para indicar todo el nerviosismo y la decisión que habría de tomar ante el empuje/ánimo que le daba su protector, el profesor Lahchiri: “no te inclines ante nadie. Eres especial, y eres mujer”.

Es un relato extenso que, quizás, encierre todo un pensamiento múltiple: por una parte, contra el abuso de los señores respecto de sus empleados, en este caso, empleada ya al cumplir los 9 años. Desde que entró a trabajar para esos señores, Sidi Abdellatif Zaidi y Lalla Latifa, “jamás osó levantar la cabeza”. Y, por otra, a favor de las personas especiales, las mujeres. Curiosa bandera, enarbolada con palabras cargadas de función estética, cuando es bastante popular y extensiva la opinión de que el Islam subestima a la mujer.

[Pero cuando se hace un recorrido por la consideración/valoración de la mujer a lo largo de la historia de todos los pueblos, con culturas y religiones diferentes, se observan similitudes degradantes para ellas, si bien los tiempos modernos y, sobre todo, las naciones democráticas han resuelto las diferencias e injusticias en la relación hombres-mujeres. La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer es un Tratado Internacional adoptado en 1979 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, si bien no todas las naciones del mundo se adhirieron a este Tratado].

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JOSÉ LUIS PÉREZ FUILLERAT con mis libros

El Cuarto pilar es la profesión de fe o Chahada, que contiene un solo relato: LA HERENCIA. Un narrador experto en anacronía: unas veces analepsis y otras recuperando el presente para volver al pasado. Dos personajes, Moisés, judío, que fue adoptado como abuelo por el musulmán Ibrahim. Dos hombres muy diferentes, pero que se llevaban muy bien. El actante sujeto de la acción es Rayan, nieto de Ibrahim que tiene que decidir vender o no unas tierras heredadas tras la muerte del abuelo. Tierras que han tenido almazaras, produciendo un aceite de oliva muy ponderado en la narración. Porque “el aceite es la vida”, se repite. En efecto, sabemos que es símbolo de pureza, espiritualidad y luz. En el cristianismo se emplea en las ordenaciones sacerdotales y en la extremaunción. También en la masonería, junto al trigo y el vino, forman la triada simbólica de fecundidad, vigor y resistencia. De ahí todo el canto al aceite en este relato, en el que, ante un notario, se decide la herencia que ha de decidir firmar el nieto Rayan.  

Y para todos estos contratos, actos serios, incluso acciones cotidianas, hay que contar con la ayuda de Allah. Así que la profesión de fe es obligatoria repetirla a cada instante: “Sólo hay un Dios, Al’lah, y Mahoma su profeta”. Aunque el judío Moisés no nombra a Al’lah, sino a Dio, como debe ser; es decir en su forma etimológica más correcta.

[Las palabras castellanas/romance proceden en su mayoría del acusativo singular latino. Así de Deum > Dio. Por eso, históricamente, los judíos han tachado a los cristianos de politeístas, pues al decir Dios, procedente del acusativo plural “Deos”, en puridad etimológica, va referida esa palabra a los dioses. No es así: se trata de una de las palabras que procede del nominativo latino. En este caso de Deus, influida por el Theos griego].

Por tanto, los únicos términos azules que hay en este relato son: chahada, la profesión de fe, que hay que repetir en los momentos oportunos, y hamman, baño para lavarse y purificar el cuerpo. También el santuario dedicado a la Patrona de Larache, Lalla Menana. No es extraño que vuelvan a citarse lugares de la ciudad del Lukus, que ya conocemos los que somos lectores fieles de las novelas del que vive y va recorriendo el mundo “larachensemente”. Con la debida lentitud de fino observador, que capta todo en sus pupilas y anota en su memoria cuanto ve, siente y comparte. Lugares como el Café Lixus o el Balcón del Atlántico. Es ese mismo Balcón que “El Nadador” abandonó, para buscar el Paraíso europeo, con las mismas dudas que Rayan tenía para desprenderse o no de las tierras heredadas.

El nadador, a pesar de que conocía “el poder devorador de esa playa tan estigmatizada”, se lanzó al mar. Exhausto, fue recogido por un barco de pesca. Y Hakim clamaba a sus marineros salvadores: “Anna ir a lispania”. Su fe no pudo completarse para llegar al santuario. Y tuvo que volver y “correr hasta la tienda de su padre, abrazarlo, abrazarlo estrechamente”.

Este fracaso mítico, contado por Sergio Barce en el relato titulado “El Nadador”, incluido en su libro “Paseando por el Zoco Chico” (2014) ha sido llevado a la pantalla, con guión y dirección de su hijo Pablo y premiado en la 20ª Semana del Cortometraje de Madrid, el 15 de abril de 2018, y con el Premio Forqué en 2020. Y como “Sólo hay un Dios, Al’láh, y Mahoma su profeta”, no se debe desfallecer, pues “apenas cierra Dios una puerta, ya tiene una ventana abierta”.

[En una nota reciente que el autor escribe en su Facebook, nos anuncia que escribirá algo sobre los actuales sucesos en Ceuta y Melilla, y que, precisamente, su relato “El Nadador” (y cortometraje de su hijo Pablo) también nos quiere decir que la felicidad no siempre se encuentra alejándonos, buscando un futuro desconocido, sino en el hogar familiar, en la patria de uno. Y yo añado: siempre que en esa “Patria de uno” haya igualdad de oportunidades y justicia social como para que los jóvenes se abran camino].

El quinto y último pilar/precepto del Islam cierra este exquisito, entretenido y empático/contagioso libro de Sergio Barce: el azaque (la limosna). Un solo relato, titulado CARA DE LUZ, es el más extenso del libro. Fechado, para situarlo en el tiempo y en el espacio, en Larache y en el año 2010.

Nos advierte el narrador que debemos hacer un esfuerzo en la lectura: los diálogos de los personajes están en dariya, el dialecto marroquí, salvo los que aparecen en cursiva, que han de ser leídos como dichos en español.  Comenzaré por citar dos nombres. Aunque se repiten los nombres de aquellos dos mozalbetes, Ahmed y Dris,  del primer relato con los de este último, se trata de mera coincidencia, derivada de lo usual que son en el mundo musulmán.

En éste, el Hach Ahmed el Ouazzani, ya con 80 años, cumple con la entrega del azaque a la Beneficencia musulmana. Se encuentra con Sibari, apoyado en sus muletas por problemas de diabetes. Una vez más, el autor omnisciente, se enmascara en el personaje Ahmed que, en su recorrido por Larache,  recuerda plazas, cines y se lamenta de que ya no es la ciudad que era. Conversan y comunica a Sibari, con alegría, que Maruja Gallardo, hija de Manuel Gallardo (“el motorista, el mejor hombre que he conocido”, dice Ahmed) ha venido a Larache a pasar unos días. Esto permite al narrador dar un salto atrás y recordar a la pareja formada por Antonio Barce y Maruja Gallardo, “Cara de Luz” (padres del autor, Sergio Barce).

Todo un relato cargado de palabra azules: el azaque comienza y cierra la serie, que abarca casi un tercio del glosario aclarativo de las páginas finales del libro y que dejo al lector para que las vaya interpretando, conforme avanza en la lectura: fayar, jaquetía, smen, rarif, jay, tleta, safi, wáha, kulshi misián, darbukas, ¡se haga el mazal!, saha, hiyab negro, rostro yebalí, mejaznis, yaban kuluben, nesranis, Incha Al’láh, bilati, susi, safi.

Se trata de un recorrido completo por Larache, recordando lugares (El Café Lixus, el Zoco Chico,  Cines Ideal, Avenida y Coliseo; Teatro España). Pero, sobre todo, la figura de Maruja Gallardo, “Cara de Luz”, rubia de 13 años, de la que se enamoró Antonio Barce, sirviendo Sibari de mensajero (celestino). Se recuerda con nostalgia a toda una pléyade de personajes de la historia pasada de Larache.

Dejo para los lectores, la actitud del Hach Amed, arrepentido de no haber dado limosna a una mendiga: “lleva cuarenta y siete dirhams y no has sido capaz de darle uno solo a esa mujer” (voz del narrador). Tampoco pudo acudir al encuentro con ‘Cara de Luz’. Mucho arrepentimiento y promesas de ir a la mezquita, dar limosna y rezar.

Las páginas finales son muy emotivas.

Málaga, martes 25 de mayo de 2021 

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A VUELTAS CON “EL NADADOR” TRAS LOS SUCESOS DE CEUTA

Tras los sucesos de Ceuta, sobre los que estoy escribiendo un pequeño texto, y que publicaré en estos días, he pensado mucho en mi relato El nadador, que con tanta fortuna llevara al cine mi hijo Pablo. Y aunque su trama se desarrolla en Larache, bien podría trasladarse a otras ciudades marroquíes.

Lo que pretendíamos con mi historia y con el cortometraje, era demostrar que la felicidad, en la mayoría de las ocasiones, por no decir siempre, no se encuentra al otro lado, donde creemos que nos espera un futuro mejor (puede que a veces suceda, pero en la mayoría de los casos solo causa dolor, desarraigo y desesperanza, además de frustración y hasta de marginación), sino en el lugar donde están los nuestros. Yo, que no creo en las banderas, ni en las fronteras, ni en los políticos, ni en los nacionalismos del tipo que sean, me aferro a la ciudadanía, a la gente, a las personas.   

Para los que no conocéis mi cuento ni el argumento de la película, os traigo mi relato que inspiró el guion que escribimos entre Pablo y yo. Una experiencia que ya hemos repetido y que, si todo va bien, pronto dará sus frutos.

Os dejo pues mi historia y el enlace donde poder ver el corto.

El nadador forma parte de mi libro de cuentos Paseando por el zoco chico. Larachensemente (2ª edición – Edic. del Genal – Málaga, 2015).

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PABLO BARCE recogiendo el Premio Forqué al Mejor Corto de Ficción por “El nadador”, junto a los productores César Martínez y Antonio Hens

Enlace de El nadador, dirigido por Pablo Barce: 

http://www.dexiderius.com/p02.html

EL NADADOR

Los brazos se hundían fabricando una espuma salada que se diluía a su espalda tras una existencia efímera. Igual ocurría con la pequeña estela de ondas dispersas que abandonaba atrás. Todo el movimiento era de una armonía impecable: los brazos, las piernas, el giro de la cabeza al tomar aire, sumergirla y expulsar ese mismo aire por la boca, bajo el agua. En ningún instante cerraba los ojos. Hakim veía en el fondo primero la arena y las algas desvalidas, luego sólo arena y, más tarde, el verde azulado del océano.

Oía el chapoteo que él mismo provocaba avanzando sin descanso. Nada de parar, seguir, seguir, seguir adelante. Detenerse podía significar la rendición, perder el equilibrio, agotarse en medio del vacío. Había recorrido al menos doscientos metros, y oía el bombeo de su corazón, distinto al del comienzo, y cómo los brazos golpeaban la superficie esmeralda, cómo sus pies pateaban igualmente para ayudarlo a avanzar. Trataba de no perder la concentración en su respiración acompasada, obsesionado ante la idea de perder el ritmo y sucumbir, verse humillado. Pensó de pronto en Haddu y en Abdelilah, riéndose de su estrepitoso fracaso. Le lanzarían el balón de cuero contra la espalda, mofándose, como solían hacer cuando le colaban un gol por debajo de las piernas.

-Eres tonto, Hakim. ¿A dónde crees que vas? ¿A las Canarias?

Pensar en sus posibles burlas lo espoleó, e insufló un desesperado ardor a su empeño.

Calculó que ya estaría a medio camino. No quería comprobarlo porque el hecho de intentarlo siquiera podía agobiarlo, tragaría agua y entonces solo podría agitar los brazos sin encontrar nada. Ya le había ocurrido meses antes y se juró no repetir la experiencia. En aquel momento, creyó que moría, pero la providencia quiso que alguien, desde uno de los pesqueros, se percatara. Lo sacaron medio ahogado y estuvo un buen rato vomitando y tosiendo en la cubierta. Recordaba que olía mucho a salazón y a redes mojadas.

Hoy se había lanzado desde el faro del espigón. Dejó a la derecha la playa peligrosa y se esforzó por alejarse de la otra banda, de la entrada al puerto, de la desembocadura del Lucus. Ahí no corría el riesgo de verse arrastrado por la marea. Eran ya doce años nadando frente a los acantilados de Larache, su pueblo, y se conocía los vericuetos y las trampas que las aguas habían trazado desde los siglos.

A Hakim le gustaba nadar tras los barcos que arribaban a la almadraba. A veces lo hacía con Haddu y con Abdelilah, pero ellos se aburrían enseguida y regresaban a la playa. Preferían jugar a la pelota sobre la dura arena de la bajamar. También le gustaba a Hakim sentarse más tarde al borde del dique, inundado por el olor dulzón de los atunes muertos que, colgados a popa, reluciendo con el reflejo del sol anaranjado, parecían armaduras despojadas al enemigo y que se exhibían al pueblo como trofeos de victoria. Solía hacer incursiones por la boca del puerto, por entre las pateras que cruzaban a la gente hasta la otra orilla, ésas que iban a la playa y regresaban como agotadas tortugas. Los niños asomaban entonces los bracitos por encima de la borda de las barcas de remo. Hakim los perseguía asumiendo, con gozosa jovialidad, su papel de tiburón de guiñol. Disfrutaba con las risas nerviosas de los niños que, dando gritos, risueños, excitados, escondían sus bracitos resguardados en la patera mientras él se impulsaba con las piernas en un pequeño salto para dar un mordisco al aire.

-¡Ñam, ñam! –abría la boca con exageración.

Hakim soñaba con llegar a Europa, embarcarse en algún mercante o en uno de los pesqueros que fondeaban a unos cientos de metros frente al castillo de San Antonio. Los observaba desde el Balcón del Atlántico. Por la noche eran como diminutas luciérnagas que se mantuviesen paradas aleteando en un punto indeterminado. Hakim soñaba también con cruzar el océano, desembarcar en España y llegar a Madrid, poder ver jugar al Real en el Bernabeu. Desde muy pequeño suspiraba por sentarse en las gradas del estadio, pedirle un autógrafo a Roberto Carlos.

A Haddu se le abrían los ojos, brillando con excitación, al imaginarse también en los graderíos. Se morían de risa, de puro nerviosismo, cuando pensaban en todo aquello, cuando se veían vitoreados por la afición o corriendo por la banda hasta llegar al balón y abrir al área donde Zidane cabecearía al fondo de las mallas. Haddu se tumbaba boca arriba con una sonrisa atolondrada en los labios.

Hakim seguía nadando. Las burbujas subían casi rozando su cara, esquivándola, y formaban una espuma escuálida que se mezclaba con la que producían sus brazos. No quería mirar al frente, sólo al fondo del agua. Calculaba que aún debía de nadar otros veinte minutos más.

Durante las mañanas, Hakim ayudaba a su padre a montar el puesto de orfebrería que tenían en la calle Real. Estaba bien situado, pero su padre no era precisamente un hombre agradable, ni tenía dotes de comerciante. Si hubiese sido de otra manera, como Yebari, seguramente se habría labrado una buena posición. Pero como solía decir, en realidad sólo se había propuesto una cosa en su vida: pasar desapercibido, no molestar a nadie y no ser molestado. A Hakim lo sacaba de sus casillas ese carácter pusilánime de su padre y, en cuanto tenía oportunidad, se escabullía de la tienda. Entonces era cuando bajaba por la calle Real hasta las escalinatas del puerto, dejaba sus ropas en la patera de Abdussalam, se lanzaba al agua y nadaba. Se sentía entonces bien consigo mismo, como si la desembocadura del río, el mismo puerto y las playas de Larache fuesen el mejor lugar del mundo, el único en el que se sentía realmente libre y sin ninguna obligación.

Había descubierto el placer de nadar adentrándose en dirección al inalcanzable horizonte, evitando las corrientes, alejándose de la playa peligrosa cuanto sus brazos y sus piernas le permitían. Desoía a Abdelilah que, siempre temeroso, le gritaba desde la orilla, casi persiguiéndolo hasta que el agua le llegaba a la cintura.

Ayi, Hakim! ¡No seas loco! ¡Vuelve, por Dios!

Pero él se entregaba a las caricias del océano, dejándose llevar por su propio entusiasmo.

La playa peligrosa encerraba sus propias leyendas, viejas historias que contaban los ancianos del barrio de Las Navas y los ciegos del Zoco Chico. También Hakim había sido testigo del poder devorador de esa playa estigmatizada, siempre agitada, seria, con salvajes dibujos de crestas hambrientas rompiendo en un rugir atronador. Cuando estaba sentado, al borde de su orilla amenazadora, sentía que Aixa Candixa nadaba en sus aguas. Allí vio llegar un cuerpo hinchado, deforme e irreconocible, un hombre al que mordisquearon peces embriagados y que seguramente trató de mantenerse a flote creyendo poder doblegar a su propio destino. Vio ese cuerpo maltratado, con algas podridas asomando de una boca corrompida, oscura, y sintió que aquello era una advertencia.

-Ten cuidado –musitó Abdelilah a su lado, sin poder apartar la mirada de ese cuerpo desnudo.

Al anochecer, Hakim se quedaba sentado en la balaustrada del Balcón y seguía con sus ojos almíbar al sol, que caía lenta, pausada, lacónicamente. Haddu y Abdelilah le pasaban un pitillo, que compartían en silencio. La silueta del castillo de San Antonio, recortado contra el rojizo firmamento, avanzaba entonces como si con la noche le fuese permitido navegar sobre las aguas. Hakim lo observaba con atención y sentía un viejo palpitar en el interior del edificio, algo así como un alma agotada por sus recuerdos. Allí sentado, Hakim era capaz de llegar al borde del horizonte, nadando sin desmayo, ayudado por Lalla Menana, y algunas veces hasta se veía ya sentado en la tribuna del Santiago Bernabeu animando a su equipo.

Soltó el aire bajo el agua, notando cómo los pulmones quedaban vacíos, y vio las burbujas ascendiendo igual que diminutas bolas de cristal. No necesitaba levantar la cabeza para saber que se encontraba muy cerca del casco del pesquero español que había divisado desde el espigón. Su cercanía aumentaba sus pulsaciones. De pronto, la sombra de la silueta metálica le cubrió como un nubarrón sorprendente y dejó de nadar. Flotaba dejando el cuerpo lacio, haciéndose el muerto, con la cara resplandeciente y la vista vagando por el azul plano del cielo. Al poco, unas voces lo animaron a acercarse al barco. Hakim dio una brazada y alargó una mano al vacío. Sintió cómo lo asían con fuerza. Tiraron de él y lo entraron en la cubierta, empujado por varias manos de dueños diferentes y de ánimos encontrados.

Apenas pudo abrir los ojos. Se sintió tan agotado que las piernas no lo sostenían y lo dejaron descansar sobre los aparejos. Las gaviotas planeaban por encima de su cabeza. Las oyó graznar, como si exigiesen que se les sirviese el almuerzo a una hora convenida. Hakim apoyó los codos en las redes, el olor a pescado se le colaba por las fosas nasales con cierta virulencia. Una mano desconocida, encallecida y ruda, le ofreció una taza de caldo. Lo bebió con parsimonia, y le supo caliente y reconfortante. Cuando se sintió recuperado del todo, se incorporó, acercándose a los hombres que charlaban distraídamente en la sentina.

-Cómo se te ocurre venir nadando, chaval… –los tres hombres lo miraron con curiosidad, dibujando sonrisas indulgentes.

Anna ir a lispania… –dijo Hakim.

Sintió ese bocado que le aprisionaba el estómago cuando se aventuraba a pedir que le ayudaran a cruzar al otro continente, una extraña sensación de miedo a lo desconocido, a verse solo lejos de sus padres y de su hermano, de Haddu y de Abdelilah. Su bañador descolorido, que alguna vez fue negro, le daba un aspecto desangelado. O quizás fuese su delgadez extrema la que movía a compadecerse de su aparente fragilidad.

-Nos ha jodido bien… –refunfuñó el mayor de los tres marineros-. Éste lo que quiere es que lo llevemos de polizón…

Jay, io no molesta, lo juro. Taiudo… limpia, trabaja… –Hakim se llevó una mano nerviosa a la boca–. No coma mucho… no molesta.

Se mordió el labio. En el fondo, temía que lo ayudaran, que le dijesen que se escondiera en la bodega.

-Lo siento, colega. Hay demasiadas patrulleras.

Las gaviotas se acercaban a la cabina de manera un tanto suicida y sus graznidos parecían tornarse paulatinamente en alaridos desconsolados. A Hakim lo intimidaban, y de vez en cuando les dedicaba una mirada torva. Nunca se había fiado de ellas.

-…io no molesta, jay… Io ver Raúl y Roberto Carlos…

-¡Cagonlaputa! Éste es del Madrid, macho –el marinero más joven escupió en el suelo–. La has cagado, tío. El capitán es del Barsa… Joder, nos ha confundido con un barco de recreo…

El mayor de los marineros se quitó la gorra que le cubría medio rostro y la sacudió contra la pernera de su pantalón. Guardó silencio unos segundos, mirando a Hakim como sopesando la situación; luego, chasqueó la lengua y, poco después, meneando la cabeza de un lado a otro, señaló con la gorra a la costa.

-Vuelve a tu casa, chaval… Vete antes de que el capitán te dé una patada en el culo.

Io bueno, jay…

-Venga, paisa, no jodas la marrana…

Hakim apenas insistió. Y su exigua protesta la hizo además sin pizca de entereza. Era la misma historia que se repetía, como en las anteriores ocasiones en las que nadó hasta otros pesqueros. Sabía que ninguno correría el riesgo de llevarlo, pero siempre lo intentaba. Era como jugar con el azar. Presentía que Lalla Menana le tenía reservada una sorpresa, que su vida no podía ser como la de los otros niños de la calle Real. Y rezaba porque así fuese, rogando a la patrona que lo ayudara, y, si además, también lo hacía con sus padres y con su hermano mucho mejor.

Volvió a vigilar a las gaviotas y comprobó que estaban más interesadas en la cabina del barco que en él, de manera que aprovechó ese momento para lanzarse de nuevo al agua. Oyó vagamente las voces de los marineros, más débiles a cada brazada, hasta que se apagaron, al igual que los graznidos enfermizos y lastimeros de las aves. Se esforzó entonces por concentrarse en la respiración, en los movimientos de los brazos y de las piernas. No les contaría nada a sus amigos. Sólo les diría que había estado nadando un rato, como las otras veces. Sólo eso.

Volvió a sentirse tranquilo, libre de todos. Sin saber por qué, se atrevió a levantar la cabeza y vio la costa, el faro del espigón, el castillo de San Antonio irguiéndose con los restos de su orgullo resquebrajado, las rocas de Ain Chakka, bajo los jardines del Balcón, el cementerio viejo, también las casas apiñadas, como colgadas sobre el acantilado. Una ojeada rápida, subrepticia, y, pese a ello, Hakim se sorprendió de cuánto había podido abarcar con tan liviano gesto. Fue capaz de verlo todo y eso le hizo sentirse seguro de sí mismo. Supo que alcanzaría la playa sin demasiado esfuerzo, supo que eso era sin la menor duda lo que deseaba: llegar a la arena, pisarla, sentir la cercanía de su pueblo, correr hasta la tienda de su padre, abrazarlo, abrazarlo estrechamente.

Sergio Barce

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EN EL DÍA DEL LIBRO 2021

La pandemia no ha podido con nosotros. Ayer estuve en la Feria del Día del Libro de Málaga, invitado por la Librería Proteo, para firmar ejemplares de mi nuevo libro Una puerta pintada de azul. Y fue un día fantástico de libros, reencuentros y abrazos con los amigos. Varios larachenses, algunos tanyauis, varios compañeros de estudios y otros de escritura se acercaron hasta allí y pasamos un buen rato, la verdad. Por la mañana, el programa de TV Más Torremolinos me entrevistó de la mano de Roxanna Panero en la Librería Pérgamo de Torremolinos, así que fue una jornada redonda.

con JUAN LUIS CREMADES
con AUGUSTO SARMIENTO y PEPE JURADO, larachenses
CON PEPE JURADO, larachense
CON CLOTI Y JOSÉ GUZZO, tanyauis
CON PILAR CARMONA Y MARGARITA SARRIA, también larachenses
CON LOS POETAS VÍCTOR PÉREZ Y JOSÉ LUIS PÉREZ FUILLERAT
CON MARÍA DEL CARMEN BANDERAS MORA, larachense
CON LUCÍA DEL CARMEN
CON PEDRO DELGADO
CON JESÚS OTAOLA
Foto de SALOUA EL ARFAOUI tomada en Tánger
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ACLARACIÓN – MAÑANA VIERNES, 23 DE ABRIL – FIRMA EN EL DÍA DEL LIBRO EN LA CASETA DE LIBRERÍA PROTEO EN LA ALAMEDA

Ayer os anunciaba que mañana viernes, 23 de abril, estaré firmando ejemplares tanto de mi último libro de relatos “Una puerta pintada de azul”, como de mis novelas.

Os aclaro que será en la CASETA DE LA LIBRERÍA PROTEO que la Feria del Día del Libro instala en la ALAMEDA PRINCIPAL a la altura de la Iglesia de Stella Maris, a partir de las 19.00 horas.

No os despistéis, que no está la cosa como para que se nos pierdan por ahí los lectores.

Os espero.

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