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PABLO BARCE, PREMIADO EN EL 23 FESTIVAL DE CINE ESPAÑOL DE MÁLAGA

El pasado miércoles, en el 23 Festival de Cine Español de Málaga, se le ha entregado a mi hijo Pablo Barce la Biznaga de Plata, Premio Málaga Cinema Oficios de Cine, por su trayectoria como montador de cine y como director del corto El nadador.

Antes de la entrega, se ha proyectado un pequeño vídeo en el que el director y productor César Martínez Herrada ha dedicado unas palabras muy cariñosas a Pablo.

Ha sido muy emocionante, en especial cuando Pablo ha recordado a nuestros amigos desaparecidos Pablo Aranda y Pablo Cantos.…

Supongo que estenderéis lo orgulloso que me siento de él. Es un profesional descomunal.

Y ahora trabajamos juntos en un nuevo cortometraje que, como ocurriera con El nadador, se basa en otro de mis relatos: Moro. Doble orgullo para mí comprobar que Pablo cuenta conmigo para sus proyectos.

En paralelo, trabaja también en su primer largometraje como director y continúa infatigable como montador de otros realizadores. No le faltan ni ganas ni ilusiones.

Os dejo el enlace del artículo del diario Sur sobre la gala de entrega del premio Málaga Cinema:

https://www.diariosur.es/festival-malaga/gala-malaga-cinema-20200826231628-nt.html

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“MORO”, UN RELATO DE SERGIO BARCE

Este relato lo escribí en julio de 2003, y forma parte de mi libro de cuentos Últimas noticias de Larache, Edit. Aljaima, Málaga, 2004. Lo cuelgo en el blog con algunas pequeñas modificaciones

   El Renault 10 de mi padre ya estaba listo a la puerta del edificio de la Unión Bancaria Hispano Marroquí, cargado hasta los topes, con toda una vida aprisionada en paquetes y en bolsas de plástico. Mi madre se había abrazado a Mina, que había pasado los últimos años con nosotros, y luego lo hizo con Pepita, la mujer de Manolo Álvarez. Yo me había sentado en los escalones de entrada al banco, que era además el edificio donde también vivíamos, en el segundo piso. Nos habíamos mudado allí después de muchos años en Mulay Ismail.

Con mi madre y mis hermanas Marisol y Mónica, a la puerta de nuestra casa, donde estaba también UNIBAN, hoy Banco de Marruecos, en Avenida Mohamed V

   De aquel día, sólo recuerdo que hubo mucho llanto y excesivas promesas. Mustapha, el chico que traía la compra de la Plaza, apareció a última hora con carne de cordero.

   -Ilispania carne no buena, Maru –le dijo a mi madre, como excusa para su regalo de despedida.

   -No podemos llevarla, Mustapha. Pero gracias. Quédatela tú.

   Luisito Velasco, Lotfi Barrada, César Fernández y Pablo Serrano estaban sentados a mi lado, en los escalones grises. Nos habíamos conjurado para escribirnos y volver a vernos muy pronto. Éramos excesivamente ingenuos. Creíamos controlar el tiempo, nuestros destinos y el de los demás. Nada sucedió como habíamos imaginado.

   Yo sentí un extraño desconsuelo, como si barruntara que todo iba a acabar ahí. Pensaba en Javier, y en Isabelita Matamala, que se habían marchado mucho antes, con los que también había hecho en su momento las mismas promesas y que nunca cumplimos. Sólo Luisito y Lotfi serían capaces de escribirme más tarde, aunque luego el tiempo se encargaría de diluir aquella hermandad presuntamente inquebrantable. A Pablo Serrano lo vi en Málaga una sola vez.

   Pablo, que era bastante bruto, fue el que menos habló entonces. Nuestras palabras se confundían en meandros esquivos, en frases huecas que sólo trataban de ahuyentar la ineludible despedida.

Junto a mi madre, con mi hermana en brazos, y Pepita Rodriguez y Miguel Álvarez. Apoyado sobre el Renault 10 de mis padres, matrícula de Larache

   Observábamos a mi padre tensar los ganchos del pulpo que sujetaba los bultos que iban en la baca del coche y descubríamos en su rostro una tensión árida y huidiza. Era como si no quisiera pensar demasiado en lo que hacía. Mi padre estaba a punto de dejar su pasado arrumbado en cada esquina de su pueblo, a punto de abandonar las huellas de su niñez en las callejuelas del barrio de Las Navas, a punto de soltar las amarras que aún lo ataban a las ilusiones de su juventud, a punto de separarse de los restos de una mujer indómita y única, los de su madre, mi abuela Salud, a punto, en fin, de embarcarnos a todos en el Ibn Battuta hacia un futuro incierto y demasiado lejano.

   Yo aún sentía un escalofrío en las entrañas, una especie de hielo incrustado en el estómago que me hacía tiritar. Lo había sentido desde que, la tarde antes, me había marchado con Luisito Velasco para pasar juntos las últimas horas en Larache. Engullí ese tiempo raquítico con la ansiedad del hambriento, con la gula del pecador más indecente, pero se me escapó por entre los dedos con la insolencia de las manecillas del reloj. Nada las puede detener.

   Habíamos dormido uno pegado al otro, y habíamos llorado durante una larga noche sin crepúsculo. Cada uno perdía la mitad de su alma infantil, y sufrimos el desgarro incruento de la separación, nosotros que habíamos crecido juntos. Y ambos comprendimos que las lágrimas, por muy abundantes que sean, no consiguen descifrar el inextricable significado del destino. Luisito  y yo habíamos sido uña y carne, más que hermanos, y sabíamos que nuestro pequeño mundo agonizaba, que nos alejábamos sin guardar la más mínima certeza de volver a vernos. Todo eso nos sumió, a la mañana siguiente, en un profundo silencio que no se quebró ni siquiera cuando fui a subirme al coche de mi padre.

   Seguía aún entre las ácidas ascuas de la noche, cuando, de pronto, apareció el susi del bacalito de al lado, con su babi azul y el mostacho trasquilado. Llevaba una pequeña bolsa de papel arrugada entre las manos. Se acercó a mi madre. Hablaron en voz baja. Vi que a ella comenzaba a traicionarle la amargura. Luego, los dos se giraron para mirarme con curiosidad. El susi se acercó a donde seguíamos sentados y me dio la bolsa de papel arrugado. Estaba llena de caramelos.

Avenida Mohamed V

   -Para ti, jay. Para el viaje, que es muy largo, por Dios.

   Yo continué allí sin moverme, no sé ni siquiera si le di las gracias. El susi se metió las manos en los bolsillos del babi azul, me dio la espalda, se despidió de mi padre y regresó al bacalito arrastrando los pies, pensativo. En ese instante, me di cuenta de que casi nadie de los que rodeaban a mis padres decía una palabra. Y, desde hacía unos minutos, los amigos se habían ido arremolinando alrededor del coche, como cobijando a mis padres con sus últimos abrazos.

   Me puse a pensar en Juan Yankovich, en Taha, en el hermano Espinosa, en Matilde, en José Gabriel, en Colomé, en los Sedeño, en Carlitos Tessainer, en Gabriela Grech, en la señorita Puri Paz, en Fatima, en Emilio Gallego, en Marina Gambero, en Javier Ruiz, en mi primo Antonio Abad… era un mar de nombres y de historias. En cuántos pensarían mis padres.

   -¿Y Silvana? –pregunté a Luís súbitamente, despabilando así de mi extraña ruta por esos nombres.

   -En su casa.

   Salí corriendo. Me metí en el callejón sin salida. Asía la bolsa de los caramelos con todas mis fuerzas. Corrí como si me empujara un viento iracundo hasta llegar a la casa de Silvana Fesser. Llamé a la puerta, con la respiración atolondrada y demasiado excitado como para recobrar el ritmo de mi corazón. Abrió su madre. Silvana no estaba allí, así que le di la bolsa de caramelos a aquella mujer que no entendía nada.

   -Dígale que es de mi parte –balbuceé con un leve temblor en la mandíbula. La mujer sonrió con una dulzura llena de conmiseración.

   Para cuando volví con mis amigos, el equipaje ya estaba fatalmente asegurado en la baca. Mis hermanas pequeñas estaban sentadas en el asiento de atrás del coche. En pocos minutos, todo comenzó a correr, a pasar ante mi vista con una especie de inusitada armonía. Manolo López Gambero, Abdelazziz Hakhdar, Manolo Alvarez, Juanito Vargas y los demás compañeros de trabajo volvían a abrazar, uno a uno, a mi atribulado padre. Mi madre, por su parte, se había aferrado a un pañuelo empapado de rocío que le servía, además, de refugio para ocultar su cara desencajada.

Sergio Barce y Antonio Abad, en el Balcón del Atlántico

   Algunas niñas aparecieron con Juan Carlos Palarea. Conchita Lama me miró con sus inmensos ojos aguamarina, como si fuese el último reflejo del Atlántico. En apenas un minuto, me vi al lado de mis hermanas metido en el coche, avanzando lentamente por la avenida Mohamed V. Sólo escuchaba el llanto reprimido de mi madre, el silencio sepulcral de mi padre, las voces que nos despedían a gritos y que se apagaban poco a poco a nuestras espaldas. Luisito se había quedado con el brazo medio encogido, dudando si yo conseguía verlo allí parado en el bordillo de la acera, entre tantos adultos que agitaban sus pañuelos enmudecidos. Pero sí, lo veía llorar desde mi miedo a la frontera, lo veía llorar solo, detrás de mis propias lágrimas.

   Mi padre aceleró. Fue un acto de rabia y de huida, pero también de valentía, y de temor a que le embargara el arrepentimiento. Pero ya todo estaba escrito y no había vuelta atrás. Había perdido de vista a Luisito. Pegué la frente contra el cristal, tembloroso y repentinamente acobardado.

   Al girar en Cuatro Caminos, la vi. Silvana caminaba al lado de su padre. Pegué mi cara aún más contra el cristal del coche. El vaho de mi respiración lo empañó hasta cubrir de una niebla imposible aquel rostro lleno de candor, de ojos celestes y suaves pómulos. La borré con mis ansias, con un garabato de aliento desesperado. Jamás volví a verla.

   El viaje hasta Tánger fue tan silencioso que duró un suspiro. Yo permanecí con la cabeza hundida entre los hombros hasta llegar al barco, como si me hubiese tragado la lengua. Todo quedaba lejos, así, sin más.

   Cuando veo a los emigrantes marroquíes viajar por las autovías en dirección a Algeciras, con todos esos bultos pertrechados en los maleteros y en las bacas de sus vehículos, no puedo evitar el ver de nuevo a mi familia en aquel Renault 10 amarillo, con matrícula de Larache, desembarcando en el mismo puerto de Algeciras al que ahora ellos se dirigen. No hay diferencia alguna. Todos viajamos con la misma memoria a nuestras espaldas.

   Pocos días después, ya en Málaga, asistí a mi primera clase en mi nuevo colegio. El profesor, un hermano marista al que apodaban El Pichi, me presentó de mala gana al resto de la clase. Me sentaron en un pupitre que había quedado vacío pocos días antes. Manolo Franquelo, mi compañero de mesa, me susurró que el niño que antes ocupaba mi sitio había muerto la semana anterior. Yo ahora ocupaba su ausencia.

   Entonces El Pichi se acercó a mí. Me ordenó que abriese el manual de inglés y que leyese un párrafo, un párrafo que me señaló con un dedo inquisitorial. Luego apoyó, de manera amenazadora, su puño cerrado en mi cabeza. Yo jamás había oído antes una palabra en inglés y, mucho menos, lo había visto escrito, porque en Marruecos sólo estudiábamos francés. De manera que comencé a leer. Imagino que pronuncié esas letras absurdas como mejor pude, quizá imitando el acento francés. El profesor no tardó en hacerme callar de inmediato dándome un coscorrón, que provocó el consiguiente alboroto de los chavales que se mofaron de mi ignorancia. Pese al dolor del golpe y al de la humillación pública, no me atreví a levantar la cabeza ni a quejarme, pero entonces él siseó para que le prestara atención.

Sergio Barce, con Rachid Serroujk

   -Así que no sabes leer este texto… –sus ojos pequeños y huidizos se achicaron, como si me escrutara para cerciorarse de que permanecía atento a su discurso. Se llevó las manos a la espalda, dio unos pasitos en la tarima, junto a su mesa, y entonces arrastró su siguiente palabra con un desprecio desconocido: Moro… Moro –repitió.

   Mi pupitre se agigantó, como engulléndome, y yo me convertí en un insignificante insecto, notando mis mejillas arder como ascuas. Por primera vez en mi vida me sentía solo, acobardado y extranjero.

   Permanecí encerrado en mi dormitorio durante toda la tarde. Mi habitación no tenía ventanas. Era un séptimo asediado por otros bloques de ladrillo visto y terrazas anónimas. Echaba de menos a Lotfi Barrada y a Juan Carlos Palarea y a Yankovich y a José Gabriel… Pero en ese instante, milagrosamente, mi paisaje se dibujó en el techo arrugado de la habitación. Tumbado boca arriba, mis ojos veían las callejuelas de mi pueblo, y recé con todas mis ansias para despertar de esa pesadilla, para despertar en la habitación de Luisito, para despertar donde nunca me habían humillado, donde siempre me había sentido seguro y feliz.

Sergio Barce

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