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TÁNGER VISTA POR PÍO BAROJA

Extracto del texto escrito por Pío Baroja en enero de 1903 sobre Tánger, que se publicó en sus Ensayos (Apud.Obras Completas, t.VIII, Madrid – Aguilar, 1954) y que recoge el siempre recordado, entrañable amigo, profesor Abdellah Djbilou, en su libro Tánger, puerta de África (Editorial CantArabia, 1989).

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Lo transcribo por ser una mirada curiosa y hambrienta de un peninsular recién llegado en aquella época, y por estar escrito por uno de los grandes autores de nuestras letras. Escribe Pío Baroja:

“Es difícil formar una idea clara de Tánger; parece, a primera vista, que España es la nación que tiene mayor influencia.

Para un español, el cambio de Andalucía a Tánger apenas podría notarse si los hombres de esta tierra no llevaran sus ropajes árabes y no hablaran árabe.

El aspecto de la población es casi idéntico al de una población agrícola española. Una gran parte de los habitantes, los hebreos y españoles, hablan castellano; la moneda que circula es española; los letreros de las tiendas, en español aparecen; los anuncios, en español, y el periódico que veo en mano de los que charlan en el zoco, está escrito en castellano también. La colonia española es numerosísima: bastantes miles de almas. Por cierto, que se dijo en Madrid que España enviaba a Tánger al Infanta Isabel para que, en caso de un levantamiento de los indígenas, la colonia española se refugiase en el barquito de guerra. Es una idea graciosa.

Pues, a pesar de toda esta influencia española, parece que España es la que menos pito toca en este desafinado concierto tangerino.

Para un artista, claro es que este país es admirable; los espectáculos pintorescos se presentan a cada paso. Cuando, desde el barco, llegamos a la puerta de la ciudad, tuvimos que comparecer con nuestras maletas delante de unos moros que estaban sentados, formando tribunal, en la entrada de la Aduana. Un viejo magnífico, que presidía, el jefe, nos miró benévolamente; le habló al oído a un joven de cabeza afeitada y ropaje amaranto; luego se dignó echar una ojeada sobre nuestras pobres camisas, y nos dejaron pasar sin más obstáculo.

Las calles de esta ciudad ofrecen un aspecto abigarrado y pintoresco.

Como ayer, día primero del año, por rara coincidencia, fue día de fiesta para judíos, mahometanos y cristianos, todo el mundo se echó a la calle, y era el ir y venir de moros, árabes, hebreos y negros, rifeños, admirables tipos de fiereza, que deben dormir con un fusil; judíos de finísima cabeza y hopalandas oscuras, cubiertos con el fez negro o azulado; mujeres moras, envueltas en inmensos jaiques blancos; aguadores medio desnudos, de tipo egipcio, que proceden del Sur, en los confines meridionales del Imperio; soldados mulatos, y  luego la muchedumbre europea. De cuando en cuando pasan algún gentleman a caballo, alguna miss espiritada, montada en un borrico, al que un morazo que grita <Balac!, balac!> hace correr a palos.

En las tiendas parece que lo que está en venta es el tendero, generalmente un moro que ha engordado con la inacción, y que ofrece al comprador un semblante rollizo y barbudo, como el de un fraile español; otras veces, entre las mercancías amontonadas, se ve a un judío greñudo, que mira con sus ojos tristes a la multitud abigarrada que corre por la calle.

El Zoco chico es la Puerta del Sol de Tánger; se charla, se fuma, se toma café y, sobre todo, se miente, como en la famosa plaza madrileña.

El Zoco grande es una explanada que ahora está intransitable de fango y porquería, rodeada de tenduchos, y en el que las freidurías ponen un olor insoportable de aceite de argán.

Al ver freír estos pastelillos y buñuelos que un moro o un judío cochinísimo manosea, se encontrarían apetitosas las gallinejas del puente de Toledo.

En los cafés moros, concurridos desde la mañana hasta la noche, se toma café con posos y se fuma kif, una mezcla de tabaco, cáñamo índico y salvia, bastante agradable, pero que adormece a los moros y hace que sus cánticos sean más lánguidos. El encargado del café va y viene con sus pies descalzos entre las tazas de café puestas en el suelo sobre una esterilla.

Los mendigos son horribles; nada tan aparatoso como alguno de estos desgraciados, de cuyo rostro apenas queda más que los agujeros purulentos de los ojos y otra caverna en el lugar de la nariz. Los hay de todos colores; pero principalmente mulatos; pasan la vida acurrucados en un rincón pidiendo limosna con voz quejumbrosa.

En algunas tiendas se ven unos moros con barbas blancas y anteojos; me dice un indígena que son notarios, y un europeo añade, sonriendo:

-Notarios y memorialistas de portal.

Esta mañana vi al célebre Harris, corresponsal del Times, según se dice, más bien agente diplomático de Inglaterra. Parece que su retirada de Fez se debe a que su presencia comprometía al sultán. Los moros le llaman Diablo. Es un hombre delgado, bajito, de barbucha roja, puntiaguda; tiene tipo de judío. Hace diez años que vive en Tánger. Tiene una casa al otro lado de la bahía, casi ya en la cabila. Debe ser hombre enérgico y a propósito para la misión que desempeña. Inglaterra hace las cosas bien.

Veo a Canalejas con la plana mayor de su partido. Se pasea por las calles; yo creo que habla de política. En España no se hacen las cosas tan bien como en Inglaterra.

Cuando supe que había noticias de Fez y todo el mundo decía que los santones han aconsejado a Abd-el-Aziz que llame a su hermano, fui al telégrafo; era ya anochecido y llovía de una manera horrorosa. El telégrafo inglés está fuera de la ciudad, y no hay más remedio que telegrafiar por él, porque el español (cosa castiza) está roto hace días. Pues en el camino del telégrafo encontréme con rifeños atléticos, tremendos, con sus fusiles, que pasaron tranquilamente a mi lado. No ocurre nada; pero, sin embargo, al principio, la cosa impone.

Otro espectáculo hermoso: Un rifeño, guapo chico, de veinticinco años, y una famosa inglesa, borrachos perdidos, haciendo eses por las calles.

-¡Menuda ha sido la algazara que han armado los mozos!

La inglesa se agarraba al rifeño con una fuerza que demuestra su entusiasmo por el mahometismo.

He notado que a los soldados les desprecian; dicen los moros paisanos que aquéllos venden el fusil y las babuchas por un tarro de ginebra. Lo cierto es que, en parte, la sublevación de los Hiata ha sido debida al desenfreno de esa soldadesca desharrapada que se entregó a toda clase de barbaridades cerca de Taza.

Según se dice, cambiaban los cartuchos por comida, creyendo encontrarse en terreno amigo; pero un día agarraron cuarenta mujeres Kabilas y no hay imaginación calenturienta que se figure lo que allí ocurriría. Se armó una de tiros horrible, y aquello fue causa de que los Hiata formaran en la horda de ese Roghi misterioso, del que los moros tienen una idea tremenda. Creen que es un hombre que posee artes mágicas, que obtiene dinero por medios ocultos a todos los mortales. Sin embargo, algunos más avisados aseguran que las armas de los sublevados son de fabricación francesa, y que allí abundan las buenas monedas de cinco francos…

Pío Baroja, 2 de enero de 1903”

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ESCRIBIENDO MÁS DE TÁNGER

Segunda entrega de la imagen de varios de los libros con Tánger de protagonista que ocupan un lugar especial en mi biblioteca.

Tánger, puerta de África, de Abdellah Djbilou; Tánger 1916-1924, de Francisco de Asís Serrat; Hijo del siglo, de Eduardo Haro Tecglen; El frente de Tánger (1936-1940), de Bernabé López García; La letra y la ciudad: su trama en Tánger, de Randa Jebrouni; Si Tánger le fuese contado…, de Tomás Ramírez Ortiz; Tánger, de Eduardo Jordá o Ángel Vázquez en los papeles, de Sonia García Soubriet.

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AMIGOS EN MI BIBLIOTECA

Algunos de los libros de mi biblioteca. Libros escritos por autores que son mis amigos o que hemos compartido algunos buenos momentos o con los que me une alguna afinidad.

Ahí tenéis títulos de Mohamed El Morabet, José A. Garriga Vela, Antonio Lozano, Miguel Torres López de Uralde y Antonio Fontana.

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De José Sarria, Abderrahman El Fathi, Marta Querol y Sergio del Molino.  De Encarna León, Inmaculada García Haro, Sonia García Soubriet, Abdellah Djbilou, Rocío Rojas-Marcos y Ahmed el Gamoun; y de Víctor Morales Lezcano, Hassan Tribak, Pepe Ponce, José L. Gómez Barceló y de Javier Otazu.  

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Obras de Farid Othman Bentria Ramos, Antonio Abad, Yolanda Aldón, Zoubida Boughaba Maleen, Pablo Aranda y Ana Añón. Junto a los de Javier Valenzuela, Peter Viertel (con traducción de Marcos Rodríguez y Carmen Acuña), Miguel Romero Esteo, Pedro Pujante y Mohamed Sibari; y a los de Mohamed Akalay, José L. Pérez Fuillerat, Presina Pereiro, León Cohen y Víctor Pérez.

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Y más libros de Juan José Téllez, Alfredo Taján, José Sarria, Manuel Gahete, Tahar Ben Jelloun o Najat el Hachmi. De Julio Rabadán, Salvador López Becerra y Pedro Delgado.

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Están los libros de Herminia Luque, Emy Luna, Iñaki Martínez, José F. Martín Caparrós y Luis Mateo Díez. Y de Felicidad Batista, Saljo Bellver, Mohamed Chakor, Mohamed Abrighach y Mario Castillo del Pino.

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Libros de María Dolores López Enamorado, Paloma Fernández Gomá, Lorenzo Silva, Ahmed Mgara y Pedro Munar. De Cristina Martínez Martín, Mohamed Lahchiri, Juan Goytisolo, Alicia González Díaz y José García Gálvez. 

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Títulos de Mohamed Bouissef Rekab, Juan Pablo Caja, Mohamed Laabi, Guillermo Busutil y Ramón Buenaventura. También de Abdellatif Limami, Aziz Tazi, Abdelmawla Ziati, Roberto Novella, José Sarria, Manuel Gahete y Abderrahman Jebari. Junto a otros de Luis Leante, Laila Karrouch, Mohamed Abid, Said Jedidi y Pablo Martín Carbajal.

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Al lado de Sara Fereres, Santos Moreno, Francisco Morales Lomas, Abdel Rusi el Hassani y Mohamed Mrabet (con traducción de Albert Mrteh); y de Rocío Rojas Marcos, Ahmed Oubali, Pedro Delgado, Fernando Castillo y Luis María Cazorla.

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Libros de Randa Jebrouni, Jess Lavado, Carlos Tessainer, Eloísa Navas, Alicia Muñoz Alabau, y de Hipólito Esteban Soler, Fuensanta Niñirola, Susana Gisbert Grifo y libros de la Generación BiblioCafé.

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Libros muy especiales de mi biblioteca porque a la creación se une el elemento personal y afectivo.

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LOS ESCRITORES MARROQUÍES EN LENGUA ESPAÑOLA, EN EL LIBRO DE ROCÍO ROJAS-MARCOS

Tánger, segunda patria (Almuzara, 2018), de Rocío Rojas-Marcos, ha pasado a convertirse en obra fundamental para comprender qué ha significado y significa la ciudad de Tánger como escenario de obras literarias, pero también como foco de escritores marroquíes que han escrito o escriben en español. En la primera parte de su libro, Rocío Rojas-Marcos, antes de centrarse en los escritores tangerinos, habla de la existencia de tres grupos de autores marroquíes que utilizan el español como idioma para crear sus obra. 

«…Debemos indicar unas etapas para esta literatura hispanomarroquí. Vamos a seguir las establecidas por Chakor y Macías (1996), pues parten de una observación minuciosa y fundamentada. En primer lugar, se agrupa a los mencionados estudiosos que coinciden cronológicamente con el Protectorado español en Marruecos, entre 1912 y 1956. Forman parte de este grupo escritores tan trascendentales como Mohammed Ibn Azuz Hakim, Abdul-Latif Jatib, Muhammed Temsamani, Moisés Garzón Serfati y Dris Diuri.

En segundo grupo lo formarían los escritores que empezaron a publicar desde la independencia de Marruecos hasta la década de los ochenta del pasado siglo. A él pertenecerían Abdelkader Ouarichi, Mohamed Mamún Taha, Mohamed Chakor, León Cohen Mesonero, Aziz Bennani y el tangerino Abdellah Djbilou (ägreda, 2008). Este último marcará un antes y un después en cuanto a la trascendencia de la literatura que tenemos entre manos y su resonancia en el ámbito cultural español cuando en 1986 publicó con la editorial Taurus Diwan modernista. Una visión de Oriente, en el que recopila textos de escritores marroquíes en español. Logró darles visibilidad en España, como explica Mohamed Bouissef Rekkab (2005: s.p.) <anima a los hispanistas marroquíes a plantearse la posibilidad de lanzarse a la publicación de sus trabajos>. Empiezan a tener repercusión.

Tánger segunda patria 1

Por último, el tercer grupo de escritores surge ya en la década de los noventa y perdura hasta el presente. El aumento del número de escritores es significativo, coincidiendo con el auge que la literatura hispanomarroquí ha experimentado estos últimos años. Dentro de este tercer grupo es donde incluimos nosotros a los escritores tangerinos que estudiamos en este trabajo. Entre los más destacados están: Mohamed Akalay, Mohamed Lahchiri, Ahmed Mohamed Mgara, Aziz Tazi, El Harti, Mohamed Bouissef Rekkab, Said Jedidi, Jalil Tribak, Abderrahman El-Fathi, Ahmed Doudi, Sara Alaoui, Simón Levy, Ahmed El-Gemoun, Ahmed Ararou o Mohamed Laabi. A los que nosotros añadimos Choukri El-Bakri, Farid Othman-Bentria Ramos y Sanae Chairi.

Es un número muy amplio, y como vemos, en permanente crecimiento…»

En fin, un amplio abanico de autores, algunos de ellos larachenses, que ofrecen en sus novelas, relatos, poemas y ensayos, una visión muy sui generis y original de las dos orillas. Esa que nace desde esta «literatura menor» que no se ha repetido en ningún otro país. Os animo a descubrirlos.

Sergio Barce, mayo 2018

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APERITIVO DE «TRIBUTO A DOS CIUDADES: LARACHE Y TÁNGER», UN LIBRO DE LEÓN COHEN MESONERO

Dentro de pocas fechas, saldrá a la calle el nuevo libro del escritor larachense León Cohen Mesonero, y que lleva por título Tributo a dos ciudades: Larache y Tánger.

León, paisano y amigo, me ha pedido que le escriba el prólogo. He tardado en hacerlo, pero le ha llegado con tiempo para incluirlo en el libro. Estas palabras que ahora escribo son, sin embargo, un pequeño adelanto, un aperitivo al libro de León Cohen. Las cosas bien hechas, merecen ser presentadas poco a poco, con invitación previa, con degustación antes de sentarse a la mesa. Su nueva obra es un libro de relatos, que es lo que domina a la perfección León: las historias breves. Y, si además, como es el caso, las ambienta en las ciudades de su corazón, resultan más exquisitas.

LARACHE – foto de Akram Serifi Bouhsina

En estos tiempos, en los que cualquiera se lanza a escribir novelas y relatos ambientados en Marruecos aunque no conozcan nada del país ni de sus gentes, que son respaldados por editoriales a las que sólo les interesa el decorado exótico, que narran sin consistencia ni alma, sin pasión ni sangre, en estos tiempos, como digo, se agradece que salga una nueva obra de alguien que sí sabe de lo que escribe, que conoce a fondo lo que son y fueron ciudades como Larache y Tánger, que han convivido y vivido en sus calles, que además ha formado parte del paisaje humano.

Esto, ya lo he dicho, sólo es un aperitivo, así que os dejo, por ahora, con las palabras de presentación de Tributo a dos ciudades: Larache y Tánger, escrito por su propio autor: León Cohen Mesonero.

Larache se manifiesta como el paisaje de la infancia y de la adolescencia del autor, como su casa materna. Por su emplazamiento en la desembocadura del rio Lukus en el mar Atlántico, por su luz cegadora en verano, por sus avenidas y sus cruces de caminos, por sus cuestas, por su inigualable balcón sobre el mar, por su barra donde siguen rompiendo con ímpetu y bravura inusuales las olas de un mar bravío, por sus playas tan originales como diversas, por sus riquezas agrícola y pesquera, por sus salinas, Larache se me antoja como un pequeño paraíso donde nacer es una suerte del destino. En alguna parte escribí: “I was born in a little and beautiful town, near the sea, near the sun.”

Pero una cosa es Larache, el paisaje, y otra la época que me tocó vivir. Una cosa es el continente y otra el contenido.  No me voy a referir a lo político porque de todos es conocido, y además, porque por razones de edad, no era esa una cuestión que a mí me afectara ni mucho ni poco, todavía. Pero en lo social, aquel no fue precisamente un periodo dulce o de justicia social. Digamos, que casi todos por no decir todos, éramos o fuimos pobres, sobre todo si comparamos la situación con las vividas luego en democracia en España y en Europa. Mal de muchos consuelo de tontos, dice el refrán, aunque en nuestro caso, esa igualación por lo bajo resultó positiva en el sentido de que no hubieron en general desigualdades sociales significativas, y al menos en nuestro entorno, no era posible envidiar a quien no tenía. Lo que sí es cierto y me atrevo a afirmar, es que lo que se dice pasar hambre como la generación anterior, a nosotros afortunadamente no nos tocó. Fueron unos años de escasez y de carencias evidentes e innegables, que tampoco nos afectaron demasiado (digo a los niños) porque no habíamos conocido otra cosa. A pesar de todo, fuimos niños felices y juguetones, conocimos la solidaridad de los que nada tienen. Recibimos una educación primaria y secundaria de calidad, gracias a diversas instituciones como el Patronato, los Maristas, las Monjas, la Alianza israelita o la Misión universitaria y cultural francesa. Aunque algunos, los que estudiamos en el Colegio Francés, para acceder a la secundaria tuviéramos que desplazarnos a otras ciudades más o menos cercanas. 

Tánger – Edificio donde se ubicaba el Cine Mogador – foto de A.Lechugo – página Siempre Tánger

Creo haber descrito aquella época con crudeza, en varios relatos y más concretamente en uno titulado “Los trenes de mi infancia”: “Era la tristeza de unos niños hambrientos de tren, de “fuerte”, de soldaditos de plomo, de balón de reglamento. Era la mirada angustiada de unos niños de posguerra, dentro de aquellos pantalones “tres cuarto” zurcidos, dentro de aquellos “jerseys” oscuros como la época, dentro de aquellos eternos zapatos “gorila” a los que mamá había tenido que coser el contrafuerte para que aguantaran un invierno más. Toda nuestra infancia, toda nuestra España, era un parche para seguir tirando, porque cuando fuésemos mayores, seríamos otra cosa nos compraríamos el tren o la bicicleta que los mayores no querían o no podían regalarnos. Pero, ¿quiénes eran estos Reyes Magos tan pobres, tan poco generosos? Lo habían ido dejando todo en el camino, por Francia, por Europa, claro, como España estaba al final del trayecto… eso nos decían. Ni siquiera teníamos niños a quienes envidiar, todos éramos pobres.”

De esa primera infancia, destacaría por encima de todo, sus olores: olor a marisma, a yerbabuena, a culantro, a pinchitos, a “chuparquía”, a pan amasado y cocido en el horno del Zoco Chico, a “jaban coluban”, a sardinas asadas, olor a Camel de los cigarros que fumaban mi padre y mis tías, a dafina, el guiso de los sábados en casa de mi abuela Luna, a especias de los puestos y las tiendas, a grasa de cordero y a badana de los puff (que creo tenían el mismo origen)…Hace muy poco tiempo empecé a escribir un relato del que extraigo el comienzo. Aliocha soy evidentemente yo, y lo que cuento es exactamente lo que me parecía mi vida en esos primeros años en Larache, mi pueblo natal. Nadie elige donde nace, ni donde transcurrirá su primera infancia, pero puede ocurrir que el lugar de nacimiento determine su manera de ser y de percibir el mundo.

Larache: Primeros pasos

“Aliocha ha salido a pasear sin objeto, camina con alegría, es muy joven y la vida para él es un descubrimiento diario. Todo le sorprende y le asombra. Mira con admiración a su padre y trata siempre de contentar a su madre. Quiere agradar. Son sus primeros pasos por el camino. Cree que todos los que le rodean son sus maestros y que todos encierran algo que aprender. No se hace planteamientos extraños, ni preguntas sin sentido. Los maestros están para enseñar y la letra con sangre entra, como dice su amigo Nisimico, que por cierto es bizco. Hay que ser disciplinado y aplicado. Siempre va contento hacía el colegio. Le gusta. Sus amigos son numerosos y virtuosos. Su madre le canta el ángel de la guarda antes de dormirse: “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”. Tiene una familia amplia y se siente reconfortado y protegido. La naturaleza es misteriosa y bella. Siempre se extasía ante los colores de algunas mariposas. El campo huele a vida. Aliocha es un niño feliz y tan ingenuo que conmueve. Su padre le puso ese nombre, el del más pequeño de los hermanos Karamazov en homenaje a Dostoievsky. Aliocha es curioso. Recorre con los amigos todas las calles y callejones de su pueblo. No hay rincón que se le resista. A su edad es algo atrevido. Pero él quiere saber dónde vive. Cuando no tiene colegio, le gusta estar en la calle a todas horas, incluso a la sagrada hora de la siesta, y eso le ha acarreado algún que otro disgusto con los padres de sus amigos. Le encantan los juegos y los practica todos. Ha aprendido a convivir con el espléndido sol y con el mar majestuoso. Le sorprende la belleza de los acantilados de su pueblo natal y la bravura de su mar. Aliocha ama la vida y sus encantos. Sus amigos, van a la Iglesia, a la Mezquita o a la Sinagoga. En esto, él se siente un poco despistado y no entiende muy bien estas cosas, que en cierto modo le resultan extrañas como niño que es. Pero, en el fondo le da igual entrar en un templo que en otro, con tal de acompañar a algún amigo. Luego los dos se ríen, como si les hicieran gracia estas cosas de mayores. A él lo que le ocupa y le distrae es correr, saltar y jugar todo el tiempo. También ha descubierto el cine y le apasiona ver películas, incluso en sesión continua. Aliocha es un niño feliz. “

Fui por lo tanto un niño larachense feliz y desde el recuerdo de esa felicidad primera, al adulto solo le queda rendir tributo a su pueblo. Y ese homenaje queda reflejado en mis relatos, que también pretenden hacer realidad el sueño de una noche de verano, que empezó seguramente, cuando desde la ventana del ático de Edificio Bustamante, el niño que yo era, contemplaba con deleite, en las noches cálidas de verano, las luces de los pesqueros en el horizonte que le ofrecía el Balcón del Atlántico.

León Cohen Mesonero 

Una foto para nuestro recuerdo. De izquierda a derecha Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, Abdellah Djbilou, Mohamed Akalay y León Cohen – en Larache, hace ya unos años…

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