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TÁNGER EN EL CINE – 6ª ENTREGA

Nueva entrega del cine rodado total o parcialmente en Tánger. Hoy entre los años 2001 y 2002.

En 2001 se estrenó Lejos (Loin) del gran realizador francés André Téchiné. En este film seguimos las andanzas de Serge, un camionero que suele hacer la ruta entre Europa y África, pero esta vez acepta pasar mercancía ilegal a Tánger. A la vez, somos testigos de la relación sentimental del protagonista con una mujer marroquí, Sarah; historias que se entrelazan con las de Saïd, amigo común de esta pareja y que vive con la esperanza de cruzar el estrecho.

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Excelente película, de las mejores que se han rodado en la ciudad, y con unos actores impecables: Stéhane Rideau, Lubna Azabal (esa actriz que me deslumbró en Incendies, de Denis Villeneuve), Mohamed Hamaidi, Jack Taylor, Gaël Morel, Rachida Brakni, Faouzi Bensaïdi y la escritora Yasmina Reza. La mayor parte del rodaje transcurre en Tánger, pero también se filmó en Algeciras.

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Del mismo año es Café de la plage, de Benoît Graffin. Producción igualmente francesa, interpretada por Ouassini Embarek, Jacques Nolot, Leila Belarbi, Delia Amrani, Meriem Serbah y Mohamed el Hasnaoui, en cuyo guion participó André Téchiné.

Cuenta la historia de Driss, un joven tangerino que se gana la vida con un coche abollado que le sirve de taxi y de cobijo. Un día, se topa por casualidad con Fouad, un viejo malvado y aprovechado que regenta un chiringuito de playa. Driss se convierte así en el amigo del alma de ese viejo misántropo y violento que podría ser su padre, pero pese a todo Driss lucha siempre por afianzar esa amistad que no todos logran entender… Se filmó íntegramente en Tánger.

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También en 2001 se rueda Tarik el Hob, del realizador francés Rémi Lange, que cuenta la historia de dos jóvenes que hacen un accidentado y largo viaje desde París a Larache para visitar la tumba de Jean Genet. Pretexto que le sirve al realizador para profundizar en la situación de las relaciones homosexuales en la cultura musulmana. Se filmó en Larache y Tánger.

Sus actores son Karim Tarek, Riyad Echahi, Silhem Benamoune y el escritor Abdellah Taia.

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Y al año siguiente se rueda también entre Tánger, Torremolinos, Marbella, Málaga y varias otras ciudades españolas, una excelente película española, galardonada en los premios Goya: La caja 507, del realizador Enrique Urbizu.

El film narra la historia de Modesto Pardo, un director de banco en una anónima localidad de la costa andaluza que es retenido en su propia sucursal por unos atracadores; en su cautiverio descubre por azar en la caja 507 información sobre la recalificación y compra de unos terrenos donde hubo un incendio forestal en el que había fallecido su propia hija en lo que parecía un fatal accidente. Modesto emprende una investigación para aclarar el caso que le enfrenta al ex-policía Rafael Mazas, a la mafia y a altas instancias del poder. Del contenido de esa caja depende también la vida y la seguridad de ese ex-policía corrupto y sin escrúpulos, que tratará de recuperar esos documentos como sea. 

Uno de los primeros films en abordar la corrupción urbanística que sacudió España tras la gran burbuja inmobiliaria. Cuenta con un gran duelo interpretativo entre José Coronado y Antonio Resines, quizá en unos de sus mejores papeles, secundados por Dafne Fernández, Goya Toledo, Sancho Gracia, Héctor Colomé, Javier Coromina, Younes Bachir, Félix Álvarez, Miquel Gelabet, Ismael Martínez y Mohamed Lamchinchi.

En capítulos anteriores:

CINE EN TÁNGER – 1ª ENTREGA años 1927 a 1951

https://sergiobarce.blog/2020/06/28/tanger-en-el-cine-1a-parte/

CINE EN TÁNGER – 2ª ENTREGA años 1952 a 1957

https://sergiobarce.blog/2020/07/04/tanger-en-el-cine-2a-parte/

CINE EN TÁNGER – 3ª ENTREGA años 1957 a 1968

https://sergiobarce.blog/2020/07/10/tanger-en-el-cine-3a-entrega/

CINE EN TÁNGER – 4ª ENTREGA años 1969 a 1988

https://sergiobarce.blog/2020/07/13/tanger-en-el-cine-4a-entrega/

CINE EN TÁNGER – 5ª ENTREGA años 1989 a 2001

https://sergiobarce.blog/2020/07/22/tanger-en-el-cine-5a-entrega/

Continuará – To be continued…

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LECTURA RECOMENDADA

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                                              Foto de Roxy Treceño

Para estas fechas, ¿qué voy a recomendar? Pues mi trilogía tangerina. En estas novelas encontraréis intriga, drama, crimen, traición, el Café de París, amistad, espionaje, venganza, la Librairie des Colonnes,  desierto, amor paterno filial, amor carnal, el Marshan, melancolía, humo, contrabando, jaquetía, sueños, pasión, el Monte Viejo, sexo, fe, añoranza, mayoun, frustración, viajes, el Minzáh, fantasía, guerra, el Café Fuentes, violencia, hachís, suspense, misterio, Marruecos, Tánger… 

Todo está en las páginas de El libro de las palabras robadas, La emperatriz de Tánger y Malabata, publicadas por Ediciones del Genal (Málaga).

 


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PRIMER CAPÍTULO DE “LA EMPERATRIZ DE TÁNGER”, UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

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Aquí tenéis el primer capítulo completo de mi novela La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal – Málaga, 2015), finalista del XVII Premio de Novela Vargas Llosa y del XXII Premio de la Crítica de Andalucía.

ISBN – 978-84-16021-46-8

Cuando llegó al barrio de Hafa tuvo la sensación de que todos los ojos se posaban en él y de que incluso sabían qué era lo que le traía hasta ese lugar. Pese a esa certeza, Augusto Cobos Koller, tras abotonarse la chaqueta de lino blanca y ajustarse el nudo de la corbata, encaminó sus pasos hacia la casa de Yamila con la excitación que experimentaba cada vez que iba a su encuentro, una excitación que alimentaba su orgullo masculino y su vanidad, habitualmente resentida y hambrienta.

     Bajó la cuesta aprisa, con la brisa húmeda acariciando su sudorosa frente. Veía, por entre las casas, el mar asomando en calma, como una inmensa alfombra que se extendiese hasta el límite mismo del horizonte. Se iba cruzando con los niños que llenaban las calles del barrio, a los que evitaba por un innato rechazo a los pequeños, y siguió bajando, empujado por su propia urgencia. Las pisadas dirigiéndolo como si no pudiera evitarlo. Llevaba varios días sin verla y un ardor lo corroía por dentro, igual que si le estrangulasen las entrañas. Sabía muy bien qué iba a hacer en cuanto la viese. Era un hecho cíclico e inevitable.

     Dobló la esquina y entró en un callejón estrecho y sombrío, escoltado por ventanas herméticamente cerradas. El suelo del callejón estaba salteado de charcos embarrados, en los que flotaban diminutos envoltorios de papel arrugados y colillas y cerillas quemadas. Se escuchaba el zumbido agitado de las moscas. Las paredes cuarteadas se proyectaban en la pesarosa superficie de los charcos, como un espejo roto en el suelo.  

     Miró por encima del hombro. Estaba solo. Se detuvo entonces ante una puerta verde, de madera astillada y goznes moribundos. Había una aldaba adherida de una forma imposible a la madera, como si jamás hubiese sido utilizada. Volvió a comprobar que nadie lo vigilaba, aunque siempre tenía la vaga sospecha de que, desde alguno de los ventanucos de los otros edificios, le observaban. Miró al cielo, nuboso, coactivo.

     Golpeó con los nudillos. Por un segundo pensó en el padre de Yamila, que Hamid  pudiera estar en la casa. No habría sido la primera vez que ese viejo le fastidiase la fiesta. Pero Yamila le había comentado que esa tarde estaría sola, y ahora volvió a golpear la puerta con más contundencia, algo más desesperado.

     Se miró el anillo de plata que llevaba en el dedo anular de la mano derecha en el que tenía grabado un áspid desafiante. Se lo había regalado Carmen al poco de conocerse, y verlo le hizo sentir cierta ansiedad. Con la otra mano comenzó a hacerlo girar sin sacárselo del dedo mientras aguardaba a que ella acudiera a su llamada. Comenzaba a chispear. Se desesperaba cuando Yamila tardaba en abrir e, impaciente, se puso a dar pequeños taconazos contra el suelo. Era tal su excitación que creía no poder contenerse más y, en voz baja, suplicaba que apareciese de una vez por todas.

     Al fin la hoja se abrió muy despacio, y entró sin contemplaciones. Yamila se apartó, pegándose a la pared del pasillo. Augusto empujó la puerta de un manotazo y se cerró ruidosamente. Al entrar fue como si la noche hubiese echado sus candados pero, a pesar de la penumbra, sus pupilas se encontraron con una intensidad crispada, llenas de abismos. En las de Yamila habitaba un cierto aroma a desaliento. Las de él, por el contrario, sin un escorzo de sentimiento, centelleaban de manera primitiva. Sus alientos se medían, tanteándose en un pulso de atracción.

     -¿Está tu padre? –de pronto, dudando, se había quedado quieto, tenso y conteniendo la respiración.

     –La –respondió confusa Yamila-. Ya sabes que no…

     Augusto Cobos se agachó, metió las manos por debajo del lívido caftán, y las dejó libres para que treparan por las piernas, yendo por delante de lo que su cerebro le transmitía; aún no era capaz de sentir el tacto de la piel, sólo avanzaba y buscaba, no había más. La atrajo hacia sí, pero eran sus manos las que seguían actuando a su antojo, mientras él era sólo un invitado. Su boca atrapó los labios ateridos de Yamila que había cerrado los ojos. Fue entonces cuando su consciencia alcanzó a su deseo fundiéndose con ella en un movimiento brusco de las extremidades.

     Las respiraciones se hicieron torpes, era el único sonido en la casa, vacía y somnolienta. De pronto, ella sintió cómo el sexo febril de Augusto la penetraba con el violento apetito de las anteriores ocasiones, con la misma desesperación. Era como si un brazo tanteara por su interior registrándolo todo. Abrió las piernas cuanto pudo para que llegara más adentro. Las embestidas eran apremiantes, pero no quería que ahora se detuviese, sabía que era el único instante en el que pasaba a ser suyo por completo. Él resollando con ansiedad sobre su cuello, alejado de cualquier nexo con el mundo exterior, y ella notando el ardor de la respiración con la certeza de que entonces Augusto no esperaba más que su entrega incondicional.

     No se habían movido del pasillo, petrificados aún por el instante, atados a sus alientos, agitados. Les llegaba como un eco el tamborileo de una fina lluvia. El borde de una manta de cordero colgaba de la terraza y, a causa del aire, golpeaba con suavidad contra una de las ventanas. Era un sonido sordo y repetitivo, un sonido que empezaba a sacar de quicio a Augusto. Le habría dado un manotazo a esa manta y la habría arrojado al patio, sin dudarlo. Pero sabía que, pese a todo, aquella no era su casa.

     Yamila aún temblaba, apoyada la espalda contra la pared. Aturdida, refugiaba sus manos entre las piernas, como si así pudiese retener unos minutos más la placidez que se había instalado en su sexo. Creía que se caería de un momento a otro, exhausta, vencida, en un desmayo de excitación.

     Augusto por su parte se había recompuesto tranquilamente el traje de lino, aunque ya quedaría arrugado sin remedio. Encendió un Olympic Bleue y le dio una profunda calada, pensativo. También se había recostado contra la pared del pasillo, descansando los hombros y la nuca, sintiendo así el frescor seco de los ladrillos desiguales. Como a ella, le ardía la piel. Pero cerró los ojos tratando de calmarse.

     Exhaló el humo con parsimonia, llenando el corredor de una nube densa y grisácea, pasándose una mano por la cabeza, una y otra vez, como si así aplacara el baño de sudor que le empapaba la espina dorsal. Abrió los párpados, y la miró entonces. Tras el humo, el rostro de Yamila se desdibujaba, con los ojos entornados, la boca entreabierta, tenía la piel erizada, manteniendo las manos temblorosas entre las piernas. Le pareció frágil, pero irradiaba una poderosa atracción difícil de explicar para él. Permanecieron embozados por el silencio, como aguardando una señal para lanzarse de nuevo el uno al otro.

     La voz del almuédano llamando a la oración de la tarde sumió a la casa en un irreal letargo, y Augusto comenzó poco a poco a sentirse molesto. El golpeteo de la manta contra la ventana, la llovizna repiqueteando en unos tablones, esa voz profunda convocando a los fieles, la respiración cálida de ella. Apuró el cigarrillo y tiró la colilla al suelo, aplastándola con el tacón de su zapato. Pensó en cuántas veces había sucedido ya esto mismo, y, sin embargo, cada ocasión se antojaba única e irrepetible. Incluso el olor montuno de Yamila parecía distinto, aunque lo reconociera siempre. Pero quería marcharse aun sabiendo perfectamente que no iba a dejarla así. Así no.

     Volvió a mirarla. Estaba deseando salir de la casa y acercarse al Café de París. Eso era lo que le gustaría hacer. Y pensó con un regusto de amargura que nunca se encontraba en el lugar en el que realmente le apetecía. La seguía mirando, y se dio cuenta de que no sabía lo que quería, de que nunca lo había sabido.

      Yamila también lo escrutaba. En cierto sentido lo temía, e incluso había ocasiones en las que dudaba sobre lo que realmente buscaba en ella. Sólo le cabía aguardar con esa paciencia aprendida de su madre, como si no existiera otro remedio, y, sin embargo, aunque estaba acostumbrada a que, una vez que se vaciaba, Augusto desaparecía hasta otro día, prefería pensar que en esta ocasión volverían a encontrarse esa misma noche en el cabaret, donde él se sentaría en su mesa habitual para verla danzar, para devorarla con su mirada, para hacerla creer que ella era la única. Luego quizá entraría en el camerino para dejarle algún regalo, medias importadas, un frasco de perfume francés, dinero. Quería convencerse de que la quería, de que era sincero con ella, pero lo demostraba de  una manera errática y confusa, de una forma devastadora. 

     En ese momento Augusto Cobos dio un paso, impulsivo e inesperado, y acercó sus labios a los suyos y se los mordió intensamente mientras daba un tirón del caftán. Los senos de Yamila quedaron al aire igual que rosas agitadas por el viento. La obligó a darse la vuelta, y el caftán cayó al suelo. Le besó el cuello, la espalda y las nalgas, y luego deslizó una mano por el sexo rasurado, tan distinto al de Carmen, y la oyó resoplar con esa especie de fiebre inconfundible. Sus alientos ardiendo como los de alimañas en celo. Entonces, súbitamente, se separó de ella para observarla en su desnudez, como si fuera una obra de arte: un cuerpo joven, moreno, aún turgente, quizá demasiado hermoso o demasiado perfecto. Ella se ruborizó, como le ocurría cada vez que la miraba, temblando de arriba abajo. Augusto volvió a tocarla, y Yamila se removió, casi agónica, levantando las caderas. Entonces la frotó con un atrevimiento canalla y a ella se le doblaron las piernas, debilitada por un placer intenso e insoportable, desbordada por la confusión, por el caos. Pero el caos se hizo más confuso cuando de pronto, alevosamente, Augusto Cobos dejó de tocarla, como si le quemara su fuego, como si se hubiera dado cuenta de que se aburría, de que había perdido todo interés. Un frío lacerante recorrió la piel de Yamila.

     Sin decir nada, Augusto abrió la puerta de la calle. Las últimas luces de la tarde se posaron en Yamila, que trató de cubrirse con los brazos, temiendo que alguien pasara por el callejón y pudiera verla. La puerta se cerró de un seco portazo, y ella permaneció allí quieta, en el pasillo, sin comprender esas formas bruscas de Augusto, sin descifrar lo que le cruzaba por la mente a ese enzerani del que quizá no debiera haberse enamorado. 

 

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“EN EL NOMBRE DE PADRE”, UNA NOVELA DE LUIS SALVAGO

Últimamente, cuando me aventuro a leer una novela ambientada en Marruecos, en especial en Tánger, que es la ciudad que acapara últimamente el foco literario, lo hago con cautela y hasta con cierta reticencia. Empiezan a cansarme esos libros (algunos con cierto éxito) en los que, desde el comienzo, te das cuenta de que el escritor no conoce en absoluto Marruecos, ni a su gente, ni siquiera a la ciudad en la que ambienta su trama, y que bien podría haberla situado en Estambul o en Barcelona, porque no habría diferencia alguna. Repudio las novelas en las que el lugar donde transcurre la historia que me cuentan es de cartón piedra.

Acabo de leer En el nombre de Padre, de Luis Salvago. Luis y yo nos conocemos virtualmente, pero nos comunicamos con bastante asiduidad. Sabía que había logrado el premio Vargas Llosa con esta novela, pero apenas había reparado en su argumento hasta que ayer sábado me llegó el volumen. Leí en la contraportada que el protagonista era un joven de Tánger, y que la época en la que se desarrolla son los años de la guerra civil… Lo confieso, eso hizo que entrara con aprensión en la novela, pero me he leído sus 332 páginas en dos sentadas y me he puesto en seguida a escribir de ella. Todo eso significa que me ha parecido magnífica, que el Marruecos que Luis Salvago describe, tanto Tánger como Cabo Juby, no son un mero decorado, y que su visión del estallido de la guerra civil española no es la visión manida de siempre.

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Su narrativa, como demuestran los siguientes párrafos, es aguerrida y firme.

“…En Tánger, la despedida es un acto social extremadamente frecuente. Le gente llega, establece un negocio, escapa del matrimonio, busca un matrimonio, huye de la ley, se alista en el Ejército, deserta, entra en el juego, sale del juego, bebe, fraterniza con los moros, los detesta; se piensa en Tánger como un lugar de tránsito, donde la gente no viene para quedarse, sino para tentar a la suerte. Podría pensarse que se vive con sensación de perpetua provisionalidad, pero eso no es del todo cierto: en la conciencia colectiva de los ciudadanos existe la abstracta creencia de que aquel que se va siempre puede volver. Nada es definitivo, nada es absoluto. De modo que una despedida nunca es trágica, a no ser que su destino sea el camino de un cementerio.

Al llegar a la calle Ohm descubrimos que habíamos caminado en dirección contraria. Volvimos sobre nuestros pasos, atravesando la medina. La ropa tendida ondeaba en las azoteas y ventanales. En el suelo, los gatos se alimentaban de los restos de comida que la gente abandonaba en los rincones. Los niños gritaban y corrían persiguiéndose sobre la acera húmeda. Se escuchó de pronto un ruido de motor, parecido al que mi madre hacía con su antigua máquina de costura; al poco vimos cruzar por encima de nuestras cabezas dos biplanos Breguet XIX que apenas duraron dos segundos en el espacio entre los edificios. Aquello también era provisionalidad: los aviones, las estaciones de tren, los puertos de mar y las sirenas de los barcos evocan provisionalidad. Mariza hundió más su cabeza en el suelo. Los bordes de la toca ya le cubrían parte de los ojos cuando llegamos a la entrada y un vigilante nos abrió la puerta.

Las copas de las higueras cubrían los flancos del cementerio y, bajo la sombra de sus grandes hojas, Mariza se encorvaba todavía un poco más. Creo que asociaba el olor de la fruta macerada a la descomposición de la carne y a una idea de acabamiento, y parecía encogerse y hacerse pequeña como si pretendiera desaparecer. Estaba hermosa, cierto, siguiendo mis pasos, acongojada en apariencia ante el desfile de tumbas, de silencios y de flores muertas. Pero, ¿a quién no le viene bien una cura de realidad?

Tal vez la visión de los aviones y esa precipitación a lo escabroso hizo que para una vez que Mariza abría la boca me hiciera una pregunta inconveniente:

-¿Crees que habrá una guerra?”

Los personajes, bien construidos, sólidos, nos sumergen en la vida cotidiana de Tánger, pero el padre del protagonista, al que se conoce como el Matarife, esconde tantos secretos y muestra tal grado de insensibilidad que la historia se torna inquietante. Ese padre que vive obsesionado con sus ideales políticos y con las armas, ese padre que instruye a su hijo para un destino que cree sublime y que supone ya escrito, ese padre que es capaz de convertir a su hijo en un potencial asesino… Así dicho, parece una historia imposible o excesiva, pero Luis Salvago escribe con tal soltura, con tanta seguridad, que a través de sus páginas nos vemos arrastrados por esta febril relación paternofilial que es a un tiempo original y visceral, distinta y sorprendente.

Hay instantes de tensión que deja al lector descolocado, asombrado de que alguien pueda actuar de esa manera para que sus ideas y principios calen en un hijo. Pero es a partir de la ausencia de ese padre, sin embargo tan omnipresente, cuando las páginas pasan una tras otra, y yo, como lector, me dejo llevar embaucado por una historia apasionante, amarga y dura, sin duda, pero hipnótica. Porque cuando León, el protagonista, ese hijo que vive en cierta manera aplastado por la pesada sombra de su padre, llega a su destino como soldado, a Cabo Juby, entramos en otra dimensión. Es ahí donde Luis Salvago despliega una narrativa aún más atractiva, más envolvente, y crea un microcosmos plagado de sensaciones y de sentimientos. El desierto, el silencio, la soledad, la ausencia y el destierro, pero también la pasión, el amor, la amistad, la honestidad, la cobardía, el perdón y la traición. Hay muchos temas que la pluma de Luis Salvago sabe encajar de manera casi matemática, sin que nada sobre, sin que nada falte.

Y crea la atmósfera perfecta en cada escena que imaginamos, como cuando comienza el levantamiento de las tropas en Marruecos contra el Gobierno legítimo de la República. Leyéndolo, uno se hace una idea cabal y muy creíble de lo que sucedió esos días en los cuarteles.

“…Entraron tres hombres: un capitán y dos tenientes, a una cierta distancia de él. Llevaban pistolas y apuntaban al techo con ellas. Cuando alcanzaron el centro de la sala se detuvieron. El capitán dio entonces dos pasos adelante, tan cerca de nosotros que podía ver el brillo de sus botas, las más limpias que vi en mi vida. Su expresión era severa y no podía anunciar nada bueno. Una vez se hubo asegurado la atención se aclaró la voz.

-Voy a pronunciar unas palabras -dijo-. Espero de ustedes una respuesta. De todos ustedes -insistió.

Se quedó en silencio. Comenzó a recorrer con la mirada cada uno de los rostros, uno por uno, despacio, tal como si los fuera dibujando en un papel imaginario con un lápiz imaginario.

-Piensen antes de responder.

La advertencia dejó a todos sobrecogidos. No a Demetrio, él buscaba citas en Vuelo nocturno, esperaba sorprenderme. De modo que yo me distraía con el brillo de unas botas y él se sumergía en la profundidad de la lectura.

El capitán se volvió hacia uno de los tenientes, le dijo algo al oído y este, con resolución, elevó más la pistola, estiró el cuello y gritó:

-¡Viva la República!

Los sonidos fueron absorbidos, devorados por un significado que, sin embargo, resultó incomprensible. Las gargantas crepitaron, alguien arrastró una silla y cayó al suelo. Muchos se quedaron a medio camino de levantarse, a medio camino de sentarse, a medio camino de todo. Por un momento temí escuchar a Sebastián, que hubiera aparecido a mis espaldas y no descubriera que esas palabras de euforia encerraban una trampa. Lo busqué a voleo entre la gente. ¡Qué expresiones de desconcierto encontré en esas miradas! Eran palabras incongruentes, inesperadas. Como tirarse al río y no mojarse. Estaban aturdidos, como yo. Alguien alzó el puño, un soldado de Aviación. <¡Viva la República!>, gritó. Se le rompió la voz, de tanto entusiasmo. Se unieron más voces aquí y allá, arrastradas todas por un misterioso fervor. El capitán los contaba, sus ojos iban y venían, se posaban en uno, luego en otro, con insistencia, dibujaba un esbozo con las pupilas, este trazo aquí, este otro allá. Yo imaginaba a cada uno de ellos con su expresión de arrebato, la ropa revuelta, sus figuras impresas en una lámina de Padre: La libertad guiando al pueblo. Solo que en esa escena imaginada no existía libertad que guiara, ni bandera a la que seguir, porque los colores se volvían confusos, imposibles de identificar. Tres más sentados a una mesa, también de Aviación, se levantaron, hicieron suya la proclama, aunque ya con cierta tibieza. Su determinación no era la misma que la de los primeros, porque en el último instante, probablemente, habían atisbado la mentira y, sin embargo, no pudieron dominar el impulso.”

León se convierte en lo que la vida le tenía predestinado, de manera insoslayable: en un soldado de la Compañía Disciplinaria destinada en Cabo Juby, en un fusilador. Y es ahí donde se introduce un elemento perturbador que le sirve al autor para plantear una visión del conflicto civil desde una perspectiva asombrosa, y, además, para ahondar en la disyuntiva moral y ética del hombre que ha de ejecutar a otro por orden de la superioridad.

La novela es ágil al introducir entre tanto dolor y tanto desasosiego una extraña y sugerente historia de amor entre León y una periodista, anclada en ese lugar perdido de dios. Pero es en el desenlace de todas las historias que se han ido entrecruzando cuando la novela nos coge por sorpresa y evita lo predecible, dejándonos noqueados.

Es esta una historia de perdedores: la de esos españoles a los que el levantamiento contra la República los sorprendió en el lugar equivocado o la de esos españoles que se plegaron a las circunstancias por cobardía o por pura supervivencia, la de esos españoles que lucharon contra sus propios ideales y contra su propia gente. No hay vencedores ni victoria que celebrar, sino un silencio que llega del desierto, desde lo más lejos, un silencio que nos abruma.

En el nombre de Padre es una novela exquisita, poderosa, excelente. 

Ha sido publicada por La Huerta Grande Editorial.

Sergio Barce, noviembre 2020

LUIS SALVAGO

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ASÍ COMIENZA MI NOVELA “EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS”

Así arranca mi novela El libro de las palabras robadas (Ediciones del Genal). Uno de los libros que más me enorgullece.

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El libro de las palabras robadas -

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