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LOS ESCRITORES MARROQUÍES EN LENGUA ESPAÑOLA, EN EL LIBRO DE ROCÍO ROJAS-MARCOS

Tánger, segunda patria (Almuzara, 2018), de Rocío Rojas-Marcos, ha pasado a convertirse en obra fundamental para comprender qué ha significado y significa la ciudad de Tánger como escenario de obras literarias, pero también como foco de escritores marroquíes que han escrito o escriben en español. En la primera parte de su libro, Rocío Rojas-Marcos, antes de centrarse en los escritores tangerinos, habla de la existencia de tres grupos de autores marroquíes que utilizan el español como idioma para crear sus obra. 

“…Debemos indicar unas etapas para esta literatura hispanomarroquí. Vamos a seguir las establecidas por Chakor y Macías (1996), pues parten de una observación minuciosa y fundamentada. En primer lugar, se agrupa a los mencionados estudiosos que coinciden cronológicamente con el Protectorado español en Marruecos, entre 1912 y 1956. Forman parte de este grupo escritores tan trascendentales como Mohammed Ibn Azuz Hakim, Abdul-Latif Jatib, Muhammed Temsamani, Moisés Garzón Serfati y Dris Diuri.

En segundo grupo lo formarían los escritores que empezaron a publicar desde la independencia de Marruecos hasta la década de los ochenta del pasado siglo. A él pertenecerían Abdelkader Ouarichi, Mohamed Mamún Taha, Mohamed Chakor, León Cohen Mesonero, Aziz Bennani y el tangerino Abdellah Djbilou (ägreda, 2008). Este último marcará un antes y un después en cuanto a la trascendencia de la literatura que tenemos entre manos y su resonancia en el ámbito cultural español cuando en 1986 publicó con la editorial Taurus Diwan modernista. Una visión de Oriente, en el que recopila textos de escritores marroquíes en español. Logró darles visibilidad en España, como explica Mohamed Bouissef Rekkab (2005: s.p.) <anima a los hispanistas marroquíes a plantearse la posibilidad de lanzarse a la publicación de sus trabajos>. Empiezan a tener repercusión.

Tánger segunda patria 1

Por último, el tercer grupo de escritores surge ya en la década de los noventa y perdura hasta el presente. El aumento del número de escritores es significativo, coincidiendo con el auge que la literatura hispanomarroquí ha experimentado estos últimos años. Dentro de este tercer grupo es donde incluimos nosotros a los escritores tangerinos que estudiamos en este trabajo. Entre los más destacados están: Mohamed Akalay, Mohamed Lahchiri, Ahmed Mohamed Mgara, Aziz Tazi, El Harti, Mohamed Bouissef Rekkab, Said Jedidi, Jalil Tribak, Abderrahman El-Fathi, Ahmed Doudi, Sara Alaoui, Simón Levy, Ahmed El-Gemoun, Ahmed Ararou o Mohamed Laabi. A los que nosotros añadimos Choukri El-Bakri, Farid Othman-Bentria Ramos y Sanae Chairi.

Es un número muy amplio, y como vemos, en permanente crecimiento…”

En fin, un amplio abanico de autores, algunos de ellos larachenses, que ofrecen en sus novelas, relatos, poemas y ensayos, una visión muy sui generis y original de las dos orillas. Esa que nace desde esta “literatura menor” que no se ha repetido en ningún otro país. Os animo a descubrirlos.

Sergio Barce, mayo 2018

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“TRIBUTO A DOS CIUDADES: LARACHE Y TÁNGER”, UN LIBRO DE LEÓN COHEN

En los próximos días, sale Tributo a dos ciudades: Larache y Tánger, el nuevo libro de relatos del escritor larachense León Cohen Mesonero, que publica la editorial Círculo Rojo

La cubierta es muy atractiva. Como me explicaba León, tras varias propuestas ha conseguido que, en la foto de la contraportada, aparezca la casa donde vivió su abuela Luna, en Larache, y que es la casa de su memoria.  En esa foto, se ve el balcón de Luna, un homenaje a ella.

cubierta Tributo a dos ciudades

Como adelanto, aquí podéis leer el prólogo que he escrito para el libro, que mi amigo León Cohen tuvo la deferencia de pedírmelo y que escribí mientras disfrutaba de la lectura de sus relatos.

Sergio Barce, febrero 2018

No sabía muy bien cómo abordar el prólogo de este libro. Tras muchas dudas, me he decantado por lo más sencillo, creo. Y es seguir las huellas que marca el propio autor, dejarme llevar por el orden de sus relatos. Tal vez así llegue a donde me propongo. A saber: desvelar al posible lector qué es lo que León Cohen Mesonero cuenta cuando narra.

Comienza en Larache, y su primera historia es la antesala a este viaje interior a los sueños y a la memoria, a ese pasado quizá construido en el deseo. Es un acierto comenzar por este relato titulado con simpleza: Larache, ya que, para quien no conozca esta ciudad, puede hacerse una idea exacta de su esqueleto, pintado al detalle por las palabras de León Cohen. Además, ilustra la arquitectura y las arterias de la ciudad con rápidas pinceladas de los personajes que le impactaron en los años que describe (de 1950 a 1964) y de los acontecimientos históricos más destacados. Y así, en pocos párrafos, resume un pequeño mundo, entre mágico y ensoñado, en el que, en las siguientes páginas, León Cohen sitúa sus relatos más enjundiosos.

Inevitablemente, con toda lógica, su siguiente relato describe su sentimiento y las sensaciones más íntimas cuando, años después de abandonar su ciudad natal, el autor regresa por primera vez. La emoción se desborda con cada palabra, embozando al lector con ese temblor del alma que causa el reencuentro con el pasado. León Cohen reconoce que, en un momento dado, no caminaba por la ciudad en la que se encontraba en ese preciso instante, sino por ese otro Larache que él llevaba en su memoria, como si se fuera materializando a cada paso que daba. Por supuesto, se estaba engañando. La realidad era más prosaica, más gris, más real. León Cohen hace entonces una finta, y decide, en connivencia con el lector, olvidarse de esa realidad y continuar avanzando en busca de su casa arropado por el Larache de su corazón. Opta por la memoria, que nunca es exacta, que lo endulza todo, que lo blanquea todo.

Larache

Larache

La calle Barcelona. Otro relato, y la meta ansiada en su camino por el Larache del reencuentro, por el Larache de su memoria. Ahí habita su infancia. Y, sobre todo, el recuerdo de su padre. Inconscientemente, cuando el padre de León Cohen aparece, aunque sea de manera furtiva en sus relatos, cobra vida, de manera inusitada, y la rápida descripción que hace de él, lo dota de vida, de protagonismo, como una presencia que nunca desapareciera.

Otra calle: la calle Real. Nuevos recuerdos que no se borran de su memoria. Por eso, nos lleva por esta vena histórica de la Medina de Larache, donde su segunda etapa infantil labra nuevos recuerdos que lo ayudan a formarse. Pequeño homenaje además a los judíos de Larache. Al acabar este corto relato, tengo la sensación de que las voces de esos hebreos parecen escucharse en un eco de olvido. Hay mucha nostalgia en su manera de describir ese micro mundo dentro de la Medina.

Larache - Madina

Los otros relatos de León Cohen, nos trasladan hasta lugares emblemáticos, hechizantes, como El Jardín de las Hespérides. Sin embargo, él regresa al útero sentimental de su memoria, a su casa. Mi casa es un relato detallista. Y un ensueño, ya que el mismo autor duda de que realmente ocurriera lo que describe: regresar a la casa de su infancia cincuenta años después de abandonarla. “Todos somos exiliados de la infancia que es nuestra patria, nosotros también lo éramos de nuestro pueblo, de nuestras calles. Porque una cosa son las calles propias, las de la infancia y la adolescencia y otra bien distinta, las calles prestadas, aquellas a las que llegamos perdidos y donde pudimos pasear nuestro exilio interior mejor o peor, cada uno según su circunstancia” escribe León Cohen con pulso, lleno de rabia contenida, de amargura dulce y de grito contra el destino traicionero.

Camisas mojadas. Como un pequeño islote entre esos relatos melancólicos, León Cohen deja aquí una declaración de intenciones, un pequeño homenaje a esos marroquíes que han tenido que cruzar el estrecho en pateras para buscarse la vida. Difícil ejercicio de condensación para articular un fiero discurso contra la injusticia. Lo logra, sobradamente.

Pero enseguida trata de refugiarse una vez más en su memoria, y nos vuelve a sumergir en ella con El espíritu de mi pueblo. Esto sí que es una declaración de amor a Larache, como si se aferrara a las rocas del espigón luchando contra las olas del tiempo. León Cohen narra un poema, y la musicalidad nace de su afecto y de su melancólica ternura por los lugares en los que sintió realmente la felicidad. Es bonito que el espíritu lo conformen personas y objetos, calles y edificios, nombres y apellidos. Hay sonidos que se escuchan en todos sus relatos, ecos que llegan de su pasado.

El guarda de la sinagoga. León Cohen nos deja entrar en la sinagoga Pariente, en el viejo Larache, para contar una pequeñísima anécdota que, sin embargo, contiene uno de los más bellos mensajes de este libro. Conciso, emotivo, incluso candoroso relato.

Su homenaje a Larache acaba con un sucinto poema. Entre estos versos y los recuerdos atados a sus cuentos, León Cohen construye un pequeño cofre lleno de sabores antiguos, de añoranzas y de suspiros por lo que fue y ya no es, o de lo que sigue siendo, pero en el universo personal de sus remembranzas más íntimas. Larache se convierte, en estas páginas, en un universo mágico que nos hace querer recuperar la candidez que se ha perdido en la sociedad actual. Es como una reivindicación de otra manera de vivir.

Cine Roxy

Tánger – Cine Roxy

A mitad de este libro, León Cohen viaja hasta Tánger, la otra ciudad que habita en su corazón.

Tánger mítica, Tánger mitificada. También desborda cariño en sus palabras por esta otra ciudad marroquí, pero es otra clase de amorío. León Cohen nos habla de los años 1964 a 1968. Y ya no es el niño de Larache, y Tánger no es aquella pequeña ciudad.

La banda del Koah es, quizá, el relato que lo resume todo. León Cohen rememora en él sus correrías con los amigos adolescentes, y, mientras nos describe aquel Tánger aún esplendoroso de finales de los sesenta, usa los pinceles de sus palabras para pintar ahora una acuarela de aguafuertes, llena de colores vivos: la ilusión de la adolescencia, la atracción por las chicas, la búsqueda de la utopía política y ética, la vida explotando cuando la juventud nos arrastra a la aventura, aunque sea sentados en el Haffita disfrutando de un té con hierbabuena…

Por supuesto, si León Cohen habla o escribe de Tánger, la presencia de Juanita Narboni, el personaje creado por Ángel Vázquez, ha de aparecer tarde o temprano. En este libro, por supuesto, lo hace. Carta a Juanita Narboni es uno de sus textos más pensados y elaborados, también es uno de los relatos cohenianos de referencia. A contracorriente del resto de los que conforman este libro, aquí la voz narradora se la cede León Cohen a una mujer, a Sol, y ella, tangerina, se encarga de poner al día a Juanita de lo que ha acontecido en Tánger en los últimos años. Una excusa inteligente y perfecta de la que se vale el autor para hablar largo y tendido de sus impresiones sobre la ciudad. Y es un largo lamento de aquel Tánger deslumbrante que ya no existe, al que ha sustituido una ciudad impersonal y vacía de alma. Tal vez sea el punto final definitivo a la historia que inició Ángel Vázquez.

El libro se cierra con Juanita y Sol, otro juego de malabarismo de León Cohen utilizando por enésima vez a Juanita Narboni, que, al final, se ha convertido casi en un personaje imprescindible de su narrativa.

Igual ocurre con Retrouvailles à Tanger. León Cohen ama Tánger, pero ama aquel otro Tánger que añora Sol, y que, en esta otra narración, vuelve a emerger del fondo de la nostalgia. Hay un nexo silencioso e invisible de Tánger con Larache. Leyendo este relato, nos damos cuenta de que ambas ciudades provocan la misma reacción en el autor: camina por una ciudad que ya no existe, pero camina por la ciudad que sólo él ve. Y es capaz, con esta argucia, de hacernos creer que ha regresado a aquella otra que ha desaparecido para siempre, como si se resistiera al paso del tiempo.

Las Gerofi

Yvonne e Isabelle Gerofi

El libro continúa con varios homenajes a personajes tangerinos que se condensan, de manera excepcional, en esa visita del propio autor a La Librairie des Colonnes. Este sí es un cuento que rezuma realismo mágico. Jugando entre la realidad, la fantasía y el sueño, León Cohen reúne a las Gerofi, a Chukri, a Juanita Narboni… a los tangerinos que más le han influenciado, en una suerte de reunión entre fantasmas en el Tánger fantasmal. La magia transforma este inverosímil encuentro en un acontecimiento que contemplamos con una sonrisa, casi como cómplices del ensueño de León Cohen.

Cuando cerramos este libro, tenemos la sensación de haber paseado por las calles de dos ciudades que no existen pero que, sin embargo, habitan en su alma. Y nosotros somos, ni más ni menos, que los exclusivos testigos de que esas otras dos ciudades ensoñadas ya sólo siguen vivas en la memoria blanqueada de León Cohen Mesonero, alias Cohete, alias Garrincha.

Sergio Barce, octubre 2017

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APERITIVO DE “TRIBUTO A DOS CIUDADES: LARACHE Y TÁNGER”, UN LIBRO DE LEÓN COHEN MESONERO

Dentro de pocas fechas, saldrá a la calle el nuevo libro del escritor larachense León Cohen Mesonero, y que lleva por título Tributo a dos ciudades: Larache y Tánger.

León, paisano y amigo, me ha pedido que le escriba el prólogo. He tardado en hacerlo, pero le ha llegado con tiempo para incluirlo en el libro. Estas palabras que ahora escribo son, sin embargo, un pequeño adelanto, un aperitivo al libro de León Cohen. Las cosas bien hechas, merecen ser presentadas poco a poco, con invitación previa, con degustación antes de sentarse a la mesa. Su nueva obra es un libro de relatos, que es lo que domina a la perfección León: las historias breves. Y, si además, como es el caso, las ambienta en las ciudades de su corazón, resultan más exquisitas.

LARACHE – foto de Akram Serifi Bouhsina

En estos tiempos, en los que cualquiera se lanza a escribir novelas y relatos ambientados en Marruecos aunque no conozcan nada del país ni de sus gentes, que son respaldados por editoriales a las que sólo les interesa el decorado exótico, que narran sin consistencia ni alma, sin pasión ni sangre, en estos tiempos, como digo, se agradece que salga una nueva obra de alguien que sí sabe de lo que escribe, que conoce a fondo lo que son y fueron ciudades como Larache y Tánger, que han convivido y vivido en sus calles, que además ha formado parte del paisaje humano.

Esto, ya lo he dicho, sólo es un aperitivo, así que os dejo, por ahora, con las palabras de presentación de Tributo a dos ciudades: Larache y Tánger, escrito por su propio autor: León Cohen Mesonero.

Larache se manifiesta como el paisaje de la infancia y de la adolescencia del autor, como su casa materna. Por su emplazamiento en la desembocadura del rio Lukus en el mar Atlántico, por su luz cegadora en verano, por sus avenidas y sus cruces de caminos, por sus cuestas, por su inigualable balcón sobre el mar, por su barra donde siguen rompiendo con ímpetu y bravura inusuales las olas de un mar bravío, por sus playas tan originales como diversas, por sus riquezas agrícola y pesquera, por sus salinas, Larache se me antoja como un pequeño paraíso donde nacer es una suerte del destino. En alguna parte escribí: “I was born in a little and beautiful town, near the sea, near the sun.”

Pero una cosa es Larache, el paisaje, y otra la época que me tocó vivir. Una cosa es el continente y otra el contenido.  No me voy a referir a lo político porque de todos es conocido, y además, porque por razones de edad, no era esa una cuestión que a mí me afectara ni mucho ni poco, todavía. Pero en lo social, aquel no fue precisamente un periodo dulce o de justicia social. Digamos, que casi todos por no decir todos, éramos o fuimos pobres, sobre todo si comparamos la situación con las vividas luego en democracia en España y en Europa. Mal de muchos consuelo de tontos, dice el refrán, aunque en nuestro caso, esa igualación por lo bajo resultó positiva en el sentido de que no hubieron en general desigualdades sociales significativas, y al menos en nuestro entorno, no era posible envidiar a quien no tenía. Lo que sí es cierto y me atrevo a afirmar, es que lo que se dice pasar hambre como la generación anterior, a nosotros afortunadamente no nos tocó. Fueron unos años de escasez y de carencias evidentes e innegables, que tampoco nos afectaron demasiado (digo a los niños) porque no habíamos conocido otra cosa. A pesar de todo, fuimos niños felices y juguetones, conocimos la solidaridad de los que nada tienen. Recibimos una educación primaria y secundaria de calidad, gracias a diversas instituciones como el Patronato, los Maristas, las Monjas, la Alianza israelita o la Misión universitaria y cultural francesa. Aunque algunos, los que estudiamos en el Colegio Francés, para acceder a la secundaria tuviéramos que desplazarnos a otras ciudades más o menos cercanas. 

Tánger – Edificio donde se ubicaba el Cine Mogador – foto de A.Lechugo – página Siempre Tánger

Creo haber descrito aquella época con crudeza, en varios relatos y más concretamente en uno titulado “Los trenes de mi infancia”: “Era la tristeza de unos niños hambrientos de tren, de “fuerte”, de soldaditos de plomo, de balón de reglamento. Era la mirada angustiada de unos niños de posguerra, dentro de aquellos pantalones “tres cuarto” zurcidos, dentro de aquellos “jerseys” oscuros como la época, dentro de aquellos eternos zapatos “gorila” a los que mamá había tenido que coser el contrafuerte para que aguantaran un invierno más. Toda nuestra infancia, toda nuestra España, era un parche para seguir tirando, porque cuando fuésemos mayores, seríamos otra cosa nos compraríamos el tren o la bicicleta que los mayores no querían o no podían regalarnos. Pero, ¿quiénes eran estos Reyes Magos tan pobres, tan poco generosos? Lo habían ido dejando todo en el camino, por Francia, por Europa, claro, como España estaba al final del trayecto… eso nos decían. Ni siquiera teníamos niños a quienes envidiar, todos éramos pobres.”

De esa primera infancia, destacaría por encima de todo, sus olores: olor a marisma, a yerbabuena, a culantro, a pinchitos, a “chuparquía”, a pan amasado y cocido en el horno del Zoco Chico, a “jaban coluban”, a sardinas asadas, olor a Camel de los cigarros que fumaban mi padre y mis tías, a dafina, el guiso de los sábados en casa de mi abuela Luna, a especias de los puestos y las tiendas, a grasa de cordero y a badana de los puff (que creo tenían el mismo origen)…Hace muy poco tiempo empecé a escribir un relato del que extraigo el comienzo. Aliocha soy evidentemente yo, y lo que cuento es exactamente lo que me parecía mi vida en esos primeros años en Larache, mi pueblo natal. Nadie elige donde nace, ni donde transcurrirá su primera infancia, pero puede ocurrir que el lugar de nacimiento determine su manera de ser y de percibir el mundo.

Larache: Primeros pasos

“Aliocha ha salido a pasear sin objeto, camina con alegría, es muy joven y la vida para él es un descubrimiento diario. Todo le sorprende y le asombra. Mira con admiración a su padre y trata siempre de contentar a su madre. Quiere agradar. Son sus primeros pasos por el camino. Cree que todos los que le rodean son sus maestros y que todos encierran algo que aprender. No se hace planteamientos extraños, ni preguntas sin sentido. Los maestros están para enseñar y la letra con sangre entra, como dice su amigo Nisimico, que por cierto es bizco. Hay que ser disciplinado y aplicado. Siempre va contento hacía el colegio. Le gusta. Sus amigos son numerosos y virtuosos. Su madre le canta el ángel de la guarda antes de dormirse: “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”. Tiene una familia amplia y se siente reconfortado y protegido. La naturaleza es misteriosa y bella. Siempre se extasía ante los colores de algunas mariposas. El campo huele a vida. Aliocha es un niño feliz y tan ingenuo que conmueve. Su padre le puso ese nombre, el del más pequeño de los hermanos Karamazov en homenaje a Dostoievsky. Aliocha es curioso. Recorre con los amigos todas las calles y callejones de su pueblo. No hay rincón que se le resista. A su edad es algo atrevido. Pero él quiere saber dónde vive. Cuando no tiene colegio, le gusta estar en la calle a todas horas, incluso a la sagrada hora de la siesta, y eso le ha acarreado algún que otro disgusto con los padres de sus amigos. Le encantan los juegos y los practica todos. Ha aprendido a convivir con el espléndido sol y con el mar majestuoso. Le sorprende la belleza de los acantilados de su pueblo natal y la bravura de su mar. Aliocha ama la vida y sus encantos. Sus amigos, van a la Iglesia, a la Mezquita o a la Sinagoga. En esto, él se siente un poco despistado y no entiende muy bien estas cosas, que en cierto modo le resultan extrañas como niño que es. Pero, en el fondo le da igual entrar en un templo que en otro, con tal de acompañar a algún amigo. Luego los dos se ríen, como si les hicieran gracia estas cosas de mayores. A él lo que le ocupa y le distrae es correr, saltar y jugar todo el tiempo. También ha descubierto el cine y le apasiona ver películas, incluso en sesión continua. Aliocha es un niño feliz. “

Fui por lo tanto un niño larachense feliz y desde el recuerdo de esa felicidad primera, al adulto solo le queda rendir tributo a su pueblo. Y ese homenaje queda reflejado en mis relatos, que también pretenden hacer realidad el sueño de una noche de verano, que empezó seguramente, cuando desde la ventana del ático de Edificio Bustamante, el niño que yo era, contemplaba con deleite, en las noches cálidas de verano, las luces de los pesqueros en el horizonte que le ofrecía el Balcón del Atlántico.

León Cohen Mesonero 

Una foto para nuestro recuerdo. De izquierda a derecha Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, Abdellah Djbilou, Mohamed Akalay y León Cohen – en Larache, hace ya unos años…

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“ENCUENTRO EN TÁNGER”, UN RELATO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN MESONERO

Esta vez, se ha hecho de rogar. Pero es seguro que las cosas buenas necesitan su tiempo: un buen vino, una buena novela. Es el caso de este nuevo relato de mi paisano y amigo León Cohen. Una vez más, me lleva a aquel Tánger, el Gran Tánger, que tanto  nos inspira a los escritores desarraigados. Sus palabras, utilizando en especial a su admirado personaje de Juanita Narboni y las expresiones de jaquetía, son sabias, y encierran una explicación, un porqué, tal vez el significado de lo que es ser tanyaui.  Como siempre, me enorgullece poder contar con sus relatos en mi blog, y descubrir, entre líneas, algún guiño a Larache. Leamos, pues, a León.

Sergio Barce, enero 2017

Encuentro en Tánger

1

Juanita  y Sol

Sol Bensusan era una joven tangerina como tantas otras, hasta que se le ocurrió escribirle una carta a Juanita Narboni que, para su sorpresa, dio la vuelta al mundo. Cualquiera puede encontrar la carta en Google. Juanita Narboni, como todos sabréis, se ha convertido con el paso de los años (la novela se publicó en 1976) en un arquetipo literario creado por el escritor también tangerino Ángel Vázquez, hasta tal punto que no sabremos nunca si Juanita fue un personaje real o ficticio. De manera que cuando en el año 2002, Sol le escribe a Juanita y le expresa su amistad y le transmite sus sentimientos, no sabemos si ambas se conocieron realmente o si Sol establece un diálogo con un personaje novelado. Al menos yo, tengo mis dudas. Tanto Sol como Juanita, poseen la impronta tangerina y eso se manifiesta en sus expresiones, en su manera de vivir su ciudad y de contar su pasado. Pero bueno, lo que yo como narrador pretendo, es relatar el encuentro de estas dos tangerinas, esperando que, del intercambio de vivencias, de reflexiones y de opiniones surja el milagro que ilumine el esplendor de Tánger y la memoria de sus habitantes. Es indiferente que ambas sean personajes reales o inventados.

Esta mañana de verano, Sol y Juanita se han citado en un café cercano a la playa municipal, junto al Hotel Rif. Sol está un poco nerviosa porque lleva años sin ver a su amiga Juanita. ¿Qué aspecto tendrá, qué habrá sido de ella, al bimier baharnes? Se pregunta mientras baja por la cuesta de la playa, qué quebradera, después hay que subirla, piensa. ¿Qué se dirán al verse de nuevo? ¿Cuánto les durará el primer silencio, ese que viene tras los besos y abrazos? Espero que poco, se dice Sol, que sea cortito por el Dio. Sol entra en el referido café y, apenas dentro, exclama: Uah mírala, es ella. Ahí está Juanita, sentada en una mesa con las piernas cruzadas, lleva gafas de sol y una especie de turbante de colores llamativos que le cubre parcialmente la cabeza. Conserva su tradicional elegancia tangerina. Parece salida de una película de los años 50. Llegado el momento tan esperado como temido por Sol, ambas mujeres se abrazan, se miden, se miran, como si nunca se hubieran visto.

VIDA PERRA, versión cinematográfica de Juanita Narboni, encarnada por Esperanza Roy

VIDA PERRA, versión cinematográfica de Juanita Narboni, encarnada por Esperanza Roy (del blog de Eduardo Sanz de Varona)

-¡Qué bien te conservas Juanita! Exclama Sol.

-Y tú qué joven estás Sol, nunca te hubiera imaginado así, tan lozana y hermosa, lo bueno.

Por fin se sientan.

-Mira Juanita, te he traído un regalito de España, por una parte, no sabía qué traerte, pero por otra no quería que, de nuestro encuentro, no te quedara ningún recuerdo, no es por lo material, ya me entiendes…

-No te hubieras molestado mujer, pues sabes muy bien que, desde que me dijiste que vendrías, no he podido olvidar el detalle. Muchas gracias de todos modos. Eres un diamante Solita.

Una vez pasados los primeros minutos e intercambiados los parabienes, ambas mujeres permanecen un tiempo en silencio, que Sol se encarga de romper.

-¿Juanita, te has parado alguna vez a pensar sobre nosotras y nuestra realidad? ¿Somos personajes de ficción o somos más bien la representación de muchas mujeres que vivieron en nuestra época y en nuestro lugar? 

-¿Qué importa que hayamos existido o no? ¿Y eso qué más da? -siguió Juanita-. Yo estoy convencida de que sino idénticas a nosotras, fueron muchas las Juanitas Narboni y las Soles Bensusan, con otros nombres sí, pero con vidas e inquietudes parecidas a las nuestras, en aquel Tánger de los 50 y los 60. Fíjate que cuando recibí tu primera carta, me sentí retratada y feliz porque alguien más reflejara con tanta precisión lo que yo misma había sentido en tantas ocasiones. Experimenté una sensación extraña, como si mi historia no hubiera acabado y su continuación me permitiera seguir viva. Ahora mismo estoy aquí de nuevo como si hubiera escapado del libro, hablando contigo, reina. Es casi un milagro. Es como si Ángel le hubiera dado el testigo a León para que siguiera.  Así que ahora podremos explayarnos y hablar de nuestro pueblo y también de nosotras.

-Han pasado cuarenta años desde que saliera tu vida perra a la luz, Juanita, yo soy algo más joven, hace solo una veintena de años que me convertí en personaje público -continuó Sol-. La pregunta que siempre me viene a la cabeza, Juanita, es: ¿Por qué Tánger? Yo nací en Larache, donde viví hasta los diecisiete, aunque casi la mitad de ese tiempo lo pasé entre Zoco-el-Arba y  Rabat, hasta que llegué a Tánger en el 64. Lo extraordinario no es cómo era entonces aquella ciudad, sino cómo la percibí y la interioricé yo, y cómo la convertí en mía para siempre. Tánger seguía siendo un espacio de mestizaje cultural y religioso, pero también social y político. Recordarás, Juanita, que habían bastantes centros educativos, como el Instituto español Severo Ochoa, el Liceo francés Regnault, el Instituto alemán Goethe, el italiano Dante Alighieri, la American School, el English College, además de los colegios marroquíes y de la Alianza israelita. No estaba nada mal para una ciudad que no alcanzaba los doscientos mil habitantes.

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-Es cierto -prosiguió Juanita-, que, el carácter o más precisamente la idiosincrasia tangerina, se forjó entre otras cosas, a base de afinar el oído y de familiarizarse con los sonidos, las entonaciones, las gesticulaciones y hasta los ruidos de tantos idiomas diferentes, que parecían fundirse en uno solo, cuando alguien pronunciaba: Arrête de déconner mon vieux, déjame en paz por favor, a jai baraka msdar. Como si necesitara decir las cosas en varios idiomas para ser entendido. Pero lo sorprendente, es que nadie podía adivinar cuál de estas tres lenguas era la materna de ese alguien. Porque los tangerinos no hablábamos varios idiomas, los interiorizábamos y los hacíamos nuestros. Decía un famoso filósofo español, creo que era Emilio Lledó: “Los otros son otros en la medida en que son diferentes de nosotros; la otredad es entonces esa posibilidad de reconocer, respetar y convivir con la diferencia”. Sin embargo, la manera tangerina de considerar la “otredad” enriquece, profundiza y amplía esa hermosa definición. No se trata ya solo de tolerar o de aceptar al otro, los tangerinos dimos un paso más, en el sentido de considerar al otro como a uno mismo, de ser, en definitiva, igual que el otro, de forma que el otro deja de ser otro y por tanto diferente. Y qué mejor para conseguirlo que hablar como el otro. Cuando una o uno se refería o pensaba en Gerard, Maurice, Khalid, Carmen, Alberto, Luigi o Rachida, solo veía unos rostros o más precisamente unos seres, cuyos nombres no eran más que etiquetas para distinguirlos, sin ningún otro prejuicio o componente racial, social o religioso. ¿Quién podría sentirse extranjero en aquel Tánger?

-¡Qué bien lo has expresado Juanita! -exclamó Sol-. Nunca olvidaré la frase de mi amiga Françoise, una italiana de origen, pero sobre todo una tangerina genuina: “Tánger es el único lugar donde me siento en casa”, me confesó una tarde noche durante un reencuentro de tangerinos en 2007. ¡Cuánta verdad y cuanto amor a su ciudad revelan sus palabras! A mí me estremecieron. Permíteme Juanita que dedique algunos minutos a hablarte de mi amiga Francesca, porque me consta que no llegaste a conocerla.

LA VIDA PERRA DE JUANITA NARBONI, interpretada por Mariola Fuentas, film dirigido por Farida Benlyazid

LA VIDA PERRA DE JUANITA NARBONI, interpretada por Mariola Fuentas, film dirigido por Farida Benlyazid

2

Francesca

-Francesca nació en Tánger a finales de la década de los años 40 del siglo XX. Sus padres se habían trasladado a nuestra ciudad huyendo de los bombardeos sobre Italia durante la segunda guerra mundial. Eran originarios de Aprilia, un pueblo distante solo 40 kilómetros de Roma. Francesca creció en el Tánger paradigmático de los 50. Primero en el colegio italiano donde cursó los estudios primarios y luego en el Lycée Regnault donde completó los secundarios. Fue tal su identificación con la cultura francesa que se hizo llamar Françoise, como todas sus compañeras la conocíamos. Con dieciséis años hablaba italiano, francés y español a la perfección, y como buena tangerina pasaba de una lengua a otra según le parecía y sin darse apenas cuenta. Cuando yo la conocí, debía de tener mi edad, diecisiete o dieciocho años. Chatita y pecosa, era una chica mona, sin más. Su atractivo residía en su sonrisa y en unas piernas nada desdeñables. En la década de los 70, se marchó a vivir a Paris, cuando el gran éxodo tangerino. Volví a verla en el año 2007, cuarenta años más tarde. Conservaba el mismo aspecto y el mismo atractivo. Me contó que se había casado en Paris con un judío tangerino y que había tenido una hija con él. Acabó separándose. Él, un hombre liberal y agnóstico en su juventud, se había convertido en alguien muy religioso e integrista. Su expresión reflejaba cierta melancolía cuando relataba su historia en el exilio parisino. Como si se diera cuenta de que su vida había sido una oportunidad fallida. Recuerdo sobre todo su mirada triste, vacía, ausente, que parecía recorrer todo su pasado, como si se preguntara una vez más por qué tuvo que abandonar su tierra. Había cierta amargura y desolación en esa constatación. Sin embargo, saberse en Tánger, aunque solo fuera por pocos días, parecía devolverle parte de la alegría perdida. Cuando me despedí de ella, comprendí mucho mejor lo que Tánger significó para todos los tangerinos y el dolor profundo e irremediable del exilio. Todas y todos nos convertimos en tangerinos errantes y vagamos por el mundo en una diáspora sin retorno. Ya sé que esta idea la he repetido en numerosas ocasiones de manera diferente, pero creo que es fiel reflejo de lo que ocurrió en nuestro interior.    

3

-Por lo que sé de ti, Sol -dijo Juanita-, tu llegada a Tánger coincidió con lo mejor de tu juventud. En esos años empezaron a desarrollarse tus inquietudes intelectuales y políticas. Y no sé hasta qué punto Tánger influyó o catalizó esos cambios personales. 

-No te equivocas Juanita -continuó Sol-. Conocí a tangerinos que, sin proponérselo, determinaron mi devenir, abriéndome puertas y caminos que desconocía y orientándome para seguir mi ruta vital. Fueron ellos, amigos y profesores, pero también la ciudad y lo que representaba. No sé si hablar de revelación sería apropiado, por la connotación religiosa que encierra esa palabra, pero algo de eso hubo.

-Indudablemente, una ha de estar preparada para recibir los magisterios, y ser los suficientemente permeable y sensible para que las influencias “positivas” penetren en nosotras. Quiero con esto significar que tú llegaste a Tánger en el momento preciso para que en ti tuviera lugar el cambio, la evolución o el descubrimiento, como quieras llamarle. La experiencia tangerina fue de algún modo la que faltaba para sumarse a las anteriores y llegó justo cuando tenía que haberlo hecho. Quizás por eso fue tan importante en tu vida.   

-No esperaba, amiga Juanita, que acabáramos reflexionando sobre las razones que convirtieron mi experiencia tangerina en algo insólito y definitivo. Pero todo puede pasar cuando dos personajes que basculan entre la ficción y la realidad se encuentran a medio camino entre ambas. Pero hablemos de ti, Juanita.

-De mí hay poco que añadir, casi todo lo dijo el malogrado de Ángel. Sigo llena de malentendidos, de contradicciones, y sigo llegando tarde a todos los sitios. Bueno, hay que decir que, a nuestra cita, he acudido muy puntual. Es broma. Quiero decir que siempre anduve unos pasos por detrás de la rueda de la vida. Y por eso se me escaparon casi todas las cosas buenas. Mis trenes pasaron de largo. Como ponía Ángel en mi boca: Dios le da pañuelos a quien no tiene mocos. A mí nunca me tocó la tómbola por muchas ferias a las que asistí. Pero sí puedo decir que vi el Gran circo Americano y a Manolita Chen. Y que tuve la suerte de vivir en el Gran Tánger. No debería quejarme reina. Pero yo soy así, como me parió mi madre. Por favor León, mi bueno, no sigas, porque vas a acabar escribiendo la segunda parte del libro de Vázquez. Y eso no, por favor, ya estoy harta, con una historia tuve bastante.

Las dos mujeres se abrazaron con ternura y complicidad y gritaron: ¡Viva Malabata! ¡Malabata for ever! Luego desaparecieron, se esfumaron para siempre. Si queréis encontrarlas, buscad, buscad y no descanséis nunca, seguro que se esconden en alguna morada tangerina, lejos, muy lejos de la realidad.  

                                                                                               León Cohen, enero 2017

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“LA LIBRAIRIE DES COLONNES, 2ª PARTE: LA CALLE GOYA”, UN RELATO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN

En septiembre pasado, colgaba en este blog un relato del escritor larachense León Cohen titulado La librairie des Colonnes, y ahora me envía la segunda parte.

Con este nuevo texto, regresamos, una vez más, a aquel Tánger increíble pero también tan decadente. En esa primera parte, lo hizo a través del encuentro imposible con Mohamed Chukri y con Ángel Vázquez, una forma original para desnudar las diferentes visiones que sobre la misma ciudad tuvieron esos dos autores y también la del propio León, que usando el personaje de Sol Bensusan, construye un retrato de Tánger más entrañable y hermoso que los de Chukri y Vázquez.

León Cohen a las puertas de la Librairie des Colonnes

León Cohen a las puertas de la Librairie des Colonnes

Y ahora, esta segunda parte de su relato le sirve para el mismo ejercicio pero cambiando a Chukri por Juanita Narboni y convirtiendo a Sol Bensusan en su reverso. Pero lo más atractivo de esta continuación del relato son los encuentros que el narrador va teniendo en su largo paseo por Tánger, encuentros entrañables de su pasado, con personajes, amigos y conocidos que nunca volverán.

Como dice en algún momento León Cohen en este cuento, resumiendo acertadamente cuál es su verdadera identidad: “No me siento de ningún lugar, soy una apátrida sin patria definida, ya que ninguna colma mis aspiraciones como hijo de todas que fui, cuando fui tangerino.”

Sergio Barce, septiembre 2015

La Librairie des Colonnes

2ª parte: La Calle Goya

¿Adónde se dirigió C. cuando dobló la esquina del Boulevard con la calle Goya? Nunca lo sabremos. Porque si bien todo lo que le ocurrió a nuestro personaje antes de entrar en la librería fue tan real como anodino, pues es verdad que se hospedó en el hotel Rembrandt y que desayunó en una cafetería próxima a aquél, siempre desconoceremos si lo que pasó dentro de la librería fue real o inventado y si transcurrió delante o detrás de ese fino e invisible velo que separa a la realidad de la ficción.

Antes de abandonar la librería, el empleado se despidió de él agradeciéndole la visita y entregándole un ejemplar del libro La Memoria Blanqueada, cuyo autor, León Cohen, era un escritor desconocido de origen larachense, que vivió en Rabat, Zoco-el-Arba y Tánger, y que siempre se consideró tangerino de vocación.

cine goya tánger

Para C., la calle Goya era una de las calles de su memoria sentimental y aquel paseo que había emprendido, era un paseo por el tiempo y la nostalgia, un paseo por las calles de su vida. Cuando uno rememora y recrea su pasado en un deseo vano de revivirlo, lo que subyace en ese intento es contar y captar la vida, la propia y la de los otros, la de aquellos seres que compartieron con uno, sonrisas, palabras, sonidos, olores, paisajes, lugares y miradas; la de aquellos seres que fueron testigos de un mismo tiempo y de unos mismos momentos.

Pero si bien es cierto que jamás podremos seguir a C. por la calle Goya, sí que podemos imaginarlo. C. tenía varias opciones y eligió seguir el camino que llevaba. Se adentró en la calle Goya, a la que curiosamente encontró muy poco cambiada. Hasta llegar al cruce con la calle Méjico, todo seguía igual. Decidió pararse en la puerta de la Pastelería Porte, donde casualmente, Monsieur Porte y su hijo, fumaban un pitillo en un descanso del quehacer diario. Los saludó y al hacerlo, recobró la imagen del hijo, aquel joven delgaducho, de pelo castaño, casi rubio, y de sonrisa socarrona. C. no estaba ya para sorpresas después de lo vivido en la librería. Monsieur Porte se dirigió a él con estas palabras:

-Nos alegra verte de nuevo por aquí en tanto que nosotros permanecemos como testigos de un mundo que ya no existe, pero cuya luz todavía alumbra el presente. Ningún tangerino de entonces podría pasar de largo por nuestro establecimiento sin que los recuerdos le asaltaran, ya que fuimos parte integrante e importante de aquel Tánger irrepetible. Hemos visto desfilar por aquí a lo mejor y a lo peor de la sociedad tangerina y del mundo: políticos, escritores, actores, millonarios, contrabandistas, prostitutas y grandes señoras. Este salón de té a todos seducía por la atención dispensada y por la calidad de nuestros productos. Por cierto, señor C., en una de nuestras mesas, están sentadas dos damas que usted conoce muy bien: Sol Bensusan y Juanita Narboni.

madame porte

C. no pudo resistirse y entró en el salón. Se acercó a la mesa donde las dos mujeres tomaban un té a la menta. Al llegar él, las dos damas mostraron primero sorpresa y luego un cierto júbilo alumbró sus rostros al verlo aparecer tan inesperadamente. Lo invitaron a sentarse. Nuestro personaje les contó que había estado en la librería y que había vivido instantes de una intensidad inolvidable, sobre todo en la trastienda. Ellas no parecieron sorprenderse por el relato de C.

-Amigo escritor, la inmortalidad o más precisamente la perennidad de un mundo desaparecido, existe por vosotros los escritores, los contadores de la memoria. Ese mundo camina con vosotros siempre y emerge cuando vuestro pensamiento vuelve a él y lo recrea, ya sea en relatos, cuentos o novelas. Esa necesidad que sentís por traer el pasado al presente, es la que hace que nunca aquel se olvide y que siga viviendo en ustedes y en vuestros lectores, dijo Juanita. C. apostilló:

-Hay mucho de verdad en lo que dices, pero ¿Por qué esa necesidad de volver a recrear lo que ya tuvo lugar?

-Porque la imaginación es libre, amigo, y además todo cuanto hemos vivido, sufrido o disfrutado, reaparece cualquier día, a la vuelta de cualquier esquina, y nos indica el camino a seguir. Algunos como tú, tenéis la “baraka” como decía mi recordado Mohamed Sibari, que os permite retratar con hermosas palabras, lo que los demás vivimos, dijo Sol. Y añadió:

-Yo por ejemplo, nací de tu pluma una noche de insomnio, cuando seguramente Tánger y mi amiga Juanita te visitaron para mostrarte la manera de hacerlo. Entonces, con tu pluma me puse a escribirle una carta a Juanita, llena de sentimiento, de nostalgia y sobre todo de amor hacia aquel Tánger único y a aquellos años, donde todos los jóvenes tangerinos compartimos la alegría de vivir y el esplendor de la juventud. Por eso hoy, Juanita y yo, nos entendemos y nos comprendemos, porque venimos de un mismo mundo y porque el edificio de nuestro pasado está construido con los mismos materiales. Tu pluma es la que ha conseguido que estemos sentadas en esta mesa y en este magnífico salón de té, hablando contigo de nuestras vidas entrecruzadas y de nuestra memoria común.

la vida perra

-A ti Sol Bensusan y a ti Juanita Narboni, a ambas os pregunto: ¿De dónde somos nosotros, acaso fuimos predestinados a nacer en tierra de nadie y a no tener ninguna identidad definida? Ni marroquíes, ni españoles, ni franceses, ni italianos, ni tampoco ingleses, aunque nos sintamos un poquito de todo y de todos. Poliglotas, como poco bi o trilingües, y sobre todo mestizos culturales, hoy estamos esparcidos por el mundo, por todas las patrias y por todas las religiones, pero a ninguna pertenecemos, porque no podemos evitar ser fundamentalmente tangerinos, y eso quería decir todo y de todo un poco. Yerra quien cree que por haber abandonado su casa, puede olvidarla y borrar sus orígenes, sus vivencias y su manera de ser. ¿Seríais capaces de dar una respuesta definida ante una pregunta tan directa como sencilla para cualquiera, como: Tú qué eres, judío, cristiano, musulmán, agnóstico, español, francés, marroquí…? Cualquier respuesta sería reduccionista, porque apenas abarcaría  alguna de las caras de nuestro prisma multicultural. Yo llevo toda mi vida tratando de contestar a esa pregunta y casi todos mis libros tienen una parte de mi respuesta todavía inacabada, dijo C. y añadió: No me siento de ningún lugar, soy una apátrida sin patria definida, ya que ninguna colma mis aspiraciones como hijo de todas que fui, cuando fui tangerino.

Sin esperar respuesta, C. se levantó de la mesa, abrazó a las dos mujeres y se despidió emocionado, sabiendo que su esfuerzo y su interés por recuperar el tiempo perdido, no había sido vano. Al salir, cambió de acera, pues desviándose unos pocos metros por la siguiente calle que atravesaba la Calle Goya, no sabía muy bien si trabajaba o regentaba el negocio de reparto de butano, el hermano de su amigo Abraham Bengio. Lo saludó con un gesto de la mano como solía en el pasado y este le devolvió el saludo. Volvió a la calle que traía desde un principio y unos metros más abajo, se detuvo para hablar un rato con Rachid el dueño de la disco 07 (eran los primeros años del superagente James Bond). Rachid era en aquel tiempo un joven alto, espigado y con el pelo dorado, muy apuesto:

-¡Joder Rachid! ¡Cuánto tiempo ha pasado y qué buenos ratos pasamos ahí abajo!

cine-roxy

Rachid sonrió y le dio un abrazo cariñoso. C. siguió su camino y unos metros más abajo, se detuvo en la puerta del Cine Goya, propiedad de la familia de su compañero de liceo Simón Cohen. Un gran tipo al que tuvo la oportunidad de impartir clases de Física junto a su otro amigo David Mamán durante una temporada. Recordaba que el pago por las clases a ambos eran 5 dirhams y la merienda, una merienda suculenta, que les servía la madre de David. Contiguo al cine, a su derecha, se hallaba el Sport Hall, un local de juegos diversos que regentaba un judío polaco apellidado Hirt. Era centro de reunión de jóvenes y menos jóvenes para jugar al billar, al futbolín o al ping-pong. Allí tuvo la oportunidad de practicar uno de sus deportes favoritos, el tenis de mesa, en memorables partidos contra el norteamericano David Woolman o el tangerino Mustafá. Prefirió no entrar, porque la emoción del reencuentro podría embargarle y desestabilizarle en la ruta que se había trazado. De una de las cajas de música del local se podía oír a Tom Jones cantando Delilah. Bajó unos metros por la pequeña cuesta que daba al cruce de caminos o “rond point” donde terminaba la calle. Optó por situarse en el centro del cruce, donde tenía a su frente el salón Roxy y un poco más abajo el Cine Roxy; a su izquierda el Lycée Regnault, a su derecha el edificio donde vivió que hacía esquina entre la calle Goya y la calle Juana de Arco. ¡Cuántos recuerdos, cuántas imágenes!

León Cohen frente al Cine Roxy

LEÓN COHEN frente al Roxy

En la puerta principal del “Lycée” departían amigablemente dos ilustres profesores como lo fueron Monsieur Rousseau y Monsieur Fabre, este último quizás el mejor profesor de siempre para C., por esa manera tan aparentemente sencilla como bien elaborada de explicar las matemáticas, tanto el Álgebra como la Geometría Analítica. Sus demostraciones le dejaban boquiabierto, y todavía hoy, pasados cincuenta años, era capaz de recordar con precisión algunas de estas. Solo alguien que había dedicado mucho tiempo y trabajo a la metodología didáctica, podía convertir una clase de matemáticas en una pequeña obra de arte. Un enunciado como: “Le trinôme du second degré a le signe de son premier coéfficient sauf por les valeurs de x comprises entre les racines” que podía parecer un axioma en el que convenía creer, lo transformaba Monsieur Fabre en la derivada lógica de un sencillo razonamiento inductivo que conducía al origen del trinomio de segundo grado y que C. era todavía capaz de repetir en los mismos términos y siguiendo los mismos pasos que su maestro.

Lycée Regnault

Lycée Regnault

En la pequeña terraza del salón Roxy, en una de las mesas departían amigablemente su compañero de entonces Guessous y Tahar Ben Jelloun, tomando un té y fumando un pitillo, dos acompañantes esenciales para una charla sosegada. Dentro se encontraban alrededor de una mesita tratando de solucionar un problema de Física, Tajjedine Raisuni, Armando Israel y Pepe Cerralbo, en apasionada discusión, mientras Cohen formulaba su solución al problema.

C. salió del salón y tomó la calle del Cine Roxy, al pasar por la puerta de este, recordó una anécdota que siempre conservó en su memoria: Era noviembre y llovía tenuemente, C. caminaba junto a Chantal que había empezado a ser algo más que su amiga, hablando de cosas propias de su edad. Llegados a la altura del cine Roxy, Chantal cruzó la carretera que separaba ambas aceras y se abalanzó sobre un joven que venía en dirección opuesta, fundiéndose en un abrazo más que cariñoso. C. con la palabra todavía en la boca, siguió su camino entre sorprendido y desolado. Pensó que aquella mujer se había comportado como una estúpida y nunca más le dirigió la palabra a lo largo del curso.

C. se detuvo ante la puerta del cine y alargó la vista hacia el final de aquella calle que no le apetecía recorrer. Unos metros más abajo, en la misma acera en la que se encontraba, regentaba su academia de dactilografía Mme Bouadana, academia a la que C. tuvo la oportunidad de asistir durante algunos meses, cuando todavía era muy útil aprender a escribir a máquina. Al final de la calle vivía con su familia, su compañero y amigo Gerard Zaoui, hijo de un ilustre abogado condecorado con la Gran Cruz de la Legión de Honor francesa por su participación en la Resistencia. A este hombre, que en lugar de hablar parecía declamar, como los grandes actores de la escena francesa, le oyó un día C. pronunciar estas palabras sin detenerse y sin necesidad de reflexión previa, tal era su capacidad de improvisación y su dominio de la oratoria: “Un primer fracaso es siempre necesario, un segundo fracaso es a veces útil, un tercer fracaso no es jamás inútil.”

C. volvió sobre sus pasos muy lentamente, cual un funambulista que está llegando al final de su trayecto sobre el alambre. Sintió que esta vez caminaba en sentido inverso, desde el pasado al presente, al final de un viaje de doble sentido, donde pasado y presente se turnaban, llegando incluso a confundirse. Se sentó en una de las mesas del salón Roxy a contemplar con parsimonia y detenimiento su entorno. Pudo comprobar por fin, que aunque casi nada había cambiado, ya nada era ni sería igual, pues: ¿No es la vida ese proceso continuo, dinámico y renovador, donde unas personas son sustituidas por otras, donde una época sucede a otra y una civilización reemplaza a la anterior; y así hasta el final de los tiempos? Se levantó y se dirigió a la acera de enfrente donde le esperaba fumando un cigarrillo, mientras mantenía la mano derecha en el bolsillo, en una pose muy suya, su entrañable amigo Leonardo. Se saludaron y en silencio, ambos emprendieron el camino de la calle Juana de Arco, que para ellos también había sido en muchas ocasiones el camino de la amistad inquebrantable. Caminaron una vez más sobre sus pasos perdidos en el cemento, hasta que sus siluetas se fueron disipando a medida que se alejaban, y acabaron desapareciendo en el espacio y en el tiempo, con vocación de eternidad.    

                                                            León Cohen

                                                            Octubre de 2015

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