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OS INVITO A LEER MI RELATO “LA VENUS DE TETUÁN”

Seguimos en este confinamiento global. Después de ofreceros mi cuento Larachensemente como terapia para pasar el tiempo, he decidido invitaros a seguir leyendo otros relatos míos para tratar de que todo se haga menos amargo.

Para hoy, rescato este otro titulado La Venus de Tetuán que forma parte del libro colectivo de la Generación BiblioCafé Por amor al arte (Jam Ediciones, – Valencia, 2014). 

Es un texto con una gran dosis de sensualidad, y tal vez sea ahora un buen momento para que lo sensorial y lo erótico invadan nuestras casas… Ojalá logre atraparos con esta historia.

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Lienzo de Claudio Bravo

LA VENUS DE TETUÁN

 Llevaba años sin saber nada de él, y cuando recibió la llamada de Jadiya no supo negarse a ir. Pero de aquel trabajo en Tetuán recordaba muy a menudo los apacibles días, las largas sesiones en el estudio, las playas de Martil, los paseos hasta la plaza del Feddan, los valses embriagando las estancias, a veces, incluso, lo que nunca ocurrió. No podía hacer demasiadas conjeturas porque todo le parecía inesperado y extraño, y, sin embargo, cómo eludir esa cita, cómo despreciar la última voluntad de un hombre como Rivanera. Sin embargo, seguía sin comprender por qué al final se había acordado de ella.
Mientras el taxi, un viejo modelo Mercedes de los setenta, avanzaba por la carretera, un calor húmedo y cansado la acompañó durante la mayor parte del trayecto hasta Tetuán. El taxista le hablaba en perfecto castellano de su familia, del tiempo, de Castillejos, de que Marruecos no notaba la crisis porque llevaban toda la vida en crisis, del año que pasó en Barcelona trabajando en la construcción… Paloma cerró los ojos en algún instante, acunada por la voz del hombre, por el monótono ronroneo del motor, por el bochorno que entraba por la ventanilla del coche. En la breve duermevela quizá, fue cuando regresaron como la pleamar los largos meses que pasó con Rivanera. Se acordó de su casa, un riad en la vieja medina situado en una callejuela estrecha pero con un mirador espectacular, los colores, las voces, los alumnos que pasaban por allí, y aquella copia de La Venus del espejo de Velázquez que presidía el patio. Rivanera la había hecho reproducir a tamaño real y, cada mañana, se sentaba frente al cuadro y lo contemplaba durante una hora.
Pero en esta ocasión iba al encuentro de la sombra del artista. Jadiya le rogó que fuera porque, aunque hacía un mes que ya lo habían enterrado, debía enseñarle algo, algo que no podía dejar de ver, algo que él había legado para ella, pese a los años sin ningún contacto entre ellos. No le dijo de qué se trataba y Paloma no lo preguntó.
Paloma tenía una coqueta tienda de ropa en Sevilla, pero durante quince años fue una de las modelos más solicitadas por los pintores de Madrid. Modelo y musa, así la describieron en algún artículo de prensa. Y cuando Rivanera la reclamó para que acudiera a su estudio en Tetuán, fue sin pensarlo. Eso ocurrió en 1996. Entonces Paloma acababa de cumplir veinticinco años. Se miró las manos, delgadas, desde hacía tiempo le iban apareciendo manchas en la piel, muescas del tiempo que avanzaba imparable, y pensó que comenzaban a transformarse en las manos de una mujer mayor.
Rivanera pasaba por ser uno de los mejores pintores realistas del momento, y trabajar para él como modelo suponía entonces elevar el caché. Le pagaría bien, y además, durante su estancia en Marruecos, tendría cubierta la manutención y la estancia. La recibió en su casa como si esperase a alguien que iba a salvarlo de algún desastre. Eso halagó a Paloma, y se rindió en seguida a los educados modales de Rivanera, a su voz tranquila y modulada, a sus largos monólogos mientras pintaba, a sus discos. Pero lo primero que hizo cuando ella entró en la casa, fue enseñarle la réplica del Velázquez.
-Es la perfección –dijo entre dientes-. Lástima que no tengamos el original, ¿verdad?

La acomodó en la casa adyacente a la suya, a la que solo debía ir para asearse, cambiarse y dormir. Y salvo las horas que no estuviera obligada a posar, era libre de hacer lo que se le antojara. Paloma se acostumbró en seguida a su nuevo ritmo de trabajo, a los apacibles desayunos con rarif recién hecho y untado de miel, acompañada de Rivanera y de Jadiya, a veces también con algún admirador que él nunca dejaba en la calle, a las cenas en la terraza bajo el cielo embaucador del viejo Tetuán, a los largos paseos. Iba acordándose de esas escenas, que habían sido su única compañía en los últimos años, y de aquella casa, siempre llena de lienzos, caballetes, óleos, pinturas, y sobre todo de música, música que resonaba sin parar deteniendo las horas. Era fácil encontrar la casa de Rivanera porque se escuchaban los conciertos desde las callejas cercanas, como invisibles anzuelos lanzados al aire. Paloma sonrió. Veía a Rivanera con Jadiya entre sus brazos, bailando un vals, la chica con las mejillas rojas como rosas… Durante las dos primeras semanas creyó que ella era su amante. Luego supo que nunca hubo nada entre ellos. Solo era una alumna de la Escuela de Bellas Artes que, para pagarse sus clases, trabajaba en la casa. Para su suerte, Rivanera, además, le enseñaba el oficio.
El primer día, Rivanera le pidió a Paloma que posara vestida con un caftán. Garabateó bocetos, ideas, líneas. Una semana después le dijo que ya se había adaptado a ella, que le resultaba cómoda su compañía, y entonces comenzó a pintarla desnuda. Para eso la había contratado. A Paloma nunca le había resultado violento hacerlo, en realidad era extraño que un pintor no se lo pidiese. Tenía un cuerpo esbelto y fibroso, y el cabello negro y largo. Sus ojos recluían el eco de un misterio.
Por las mañanas, cuando entraba en la casa grande para desayunar, Paloma encontraba a Rivanera arrellanado en un sillón de mimbre, estudiando La Venus del espejo, y, dependiendo de su humor, con Chet Baker o con Miles Davis en el tocadiscos, a esa hora casi inaudibles, como un siseo de compases. Se quedaba allí una hora, y luego entraba en la cocina y se sentaba con ellas, y les hablaba del cuadro de Velázquez, como si cada día descubriera algo nuevo en esa pintura.
-Busca algo. Es la verdad –solía decir Jadiya meneando la cabeza de un lado a otro cuando él se encaminaba a la habitación convertida en su estudio.
Ahora que las rememoraba, a Paloma se le antojaba que aquellas maratonianas jornadas de trabajo nunca le pesaron en absoluto. Fue muy fácil posar para él.
Cuando Rivanera le enseñó el lienzo acabado, con ella de motivo, en un desnudo frontal y directo, a Paloma le pareció tan real que creyó estar viéndose en un espejo. Sin saber por qué, se ruborizó, y los dos rieron y sus miradas se cruzaron en unos segundos de palabras innecesarias.
Al día siguiente, Rivanera montó la cama. Jadiya se encargó de retocarla, de cubrirla con una sábana y de poner cada pliegue en el lugar exacto en el que sabía que él deseaba que estuviera, incluso la posición del almohadón tenía que estar en su sitio. También fue Jadiya quien le dio las instrucciones precisas de cómo debía de posar para esta nueva obra. Tendida en la cama boca arriba, desnuda, por supuesto, pero de costado, la pierna superior extendida, la que quedaba debajo ligeramente recogida, el brazo izquierdo sobre el pecho y la mano derecha asomando tras su silueta a la altura de las nalgas, la cabeza apoyada en el almohadón pero girada en dirección al caballete, mirando al maestro, como si ya llevara un tiempo recostada aguardando a que llegase su amante.
-Qué guapa… Es la verdad –dijo Jadiya antes de salir del estudio.
A Paloma nunca dejó de sorprenderle la desenvoltura y seguridad de esa chica de diecinueve años que parecía una adulta en el cuerpo de una adolescente.
Rivanera entró en el estudio y estuvo contemplando a Paloma, casi sin pestañear. Y luego, súbitamente, lanzó el pincel en un movimiento de inspiración. En ese instante, desde algún lugar de la casa, llegaron los primeros acordes del primer vals.
-Busca algo. Desde hace mucho tiempo. Es la verdad –era un latiguillo que Jadiya le repetía a menudo.
-¿Sabes por qué me ha elegido a mí como modelo? –le preguntó Paloma días después, caminando por la calle Tranqat mientras la chica elegía las verduras y las frutas que habían ido a comprar.
-Busca su Venus del espejo –Jadiya pareció ruborizarse-. A mí me ha retratado algunas veces. Y han venido muchas modelos, que han posado como tú… Pero no es lo que quiere.
-Es la verdad –se adelantó Paloma, y Jadiya se echó a reír dándole una palmadita en el hombro.
Tardó diecinueve meses en acabar el cuadro. Nunca dejó que Paloma lo viera. Como un misterio imposible. Y durante todo ese tiempo, Rivanera apenas le habló de su vida, que Paloma fue intuyendo como si deshiciera una madeja, y eludió su mirada, como si temiera perder la concentración. Se limitaba a contar anécdotas que conocía de la vida de los músicos que escuchaban en cada sesión, anécdotas increíbles y divertidas de Mozart, y de Strauss, y de Bach y de Rossini, o a describirle al detalle las pinturas de otros artistas. Evitaba la realidad.
Baker o Davis lo acompañaba cada mañana al escrutar el cuadro de la Venus de Velázquez, y luego comenzaban los valses y los conciertos y las óperas. Jadiya se encargaba de poner el tocadiscos. Rivanera tenía toda la colección de música clásica Deutsche Grammophon, y cuando se editaba un nuevo disco le llegaba enseguida desde Hannover. El jazz era personal, lo escuchaba a solas en su dormitorio.
Paloma no tardó en conocer a algunos profesores destinados en el Jacinto Benavente y en el Juan de la Cierva, con los que se veía en la Casa de España. Y también se aficionó a los tayin de carne que preparaba la madre de Jadiya. Poco a poco hizo una vida más o menos rutinaria, y hasta tuvo pequeños escarceos con un par de hombres con los que trató de consolarse pero de los que apenas se acordaba. Donde realmente se sintió a gusto durante los meses que pasó en Tetuán, fue en la casa de Rivanera. Tal vez la música tuviera algo de culpa. En algún momento, años después, supo que jamás había sido tan feliz como entonces, que solo allí había estado a punto de lograrlo.
Jadiya solía entrar en el estudio sin avisar, y traía té con chuparquía o zumo de naranja con pastas. Paloma se cubría con una túnica liviana y Rivanera dejaba a un lado el pincel y la paleta, y servía el té a la manera tradicional, tal y como Jadiya le había enseñado. Y los tres conversaban durante un rato.
Paloma volvió a sonreír, cómo no acordarse de aquel día en el que ambas creyeron que Rivanera regresaba al caballete para proseguir con su obra y, sin mediar palabra, dio un sorprendente giro sobre los talones, asió a Jadiya de la cintura y la hizo bailar al compás de Strauss. La chica reía a carcajadas. Luego, la dejó e hizo lo mismo con Paloma, que giró y giró llevaba por la firme destreza de Rivanera hasta que, mareada, se sentó en el borde de la cama. Notaba el fluir de la sangre, un sofoco, una necesidad. Su mareo era dulce y reconfortante, como si la hubiesen besado en la boca hasta dejarla sin aliento. Y Paloma se llevó una mano al pecho, mirando de soslayo al retrovisor del taxista, temiendo que el hombre hubiese notado su inesperada excitación. Pero tenía los ojos clavados en la carretera, y Paloma suspiró aliviada.
Todo había sido especial; especial e irrepetible. Hacer este viaje parecía despertarla de un lamentable e indecente olvido. Y no encontraba una explicación plausible. Hasta que de pronto sintió que su vida se podía escribir en una sola cuartilla.
Dejaron el coche en una plazoleta adoquinada. El taxista le llevó la maleta hasta la puerta de la casa, y se despidió con un ademán. La puerta se abrió, y Paloma, al levantar los ojos, reconoció de inmediato a la mujer que le sonreía dulcemente y que la miraba con cierta emoción desde su rostro enmarcado por un hiyab turquesa. Se abrazaron. Las dos temblando.
Al entrar, el aire caliente quedó fuera, y Paloma agradeció el frescor del interior. Las paredes estaban llenas de obras de Rivanera, como un mosaico interminable. Jadiya parecía conservar su juventud intacta, aunque había en sus gestos un resto de cansancio y un recogimiento. La Venus del espejo continuaba en su sitio, pero descolorida y envejecida.
Se sentaron en la mesa de la cocina, palpándose las manos mientras se preguntaban una a la otra cómo les había ido en esos casi veinte años que ya habían pasado y que tenían escritos en las arrugas de la piel. Jadiya se había casado y había enviudado, su marido murió en un absurdo accidente de tráfico. Tenía un hijo de dieciséis años que estudiaba en el Juan de la Cierva. Vivía bien. Y no temía al futuro porque Rivanera le había legado la casa y una buena cantidad de dinero. Se portó bien hasta el final.
-Era un hombre bueno. Es la verdad –sentenció.
Y Paloma esbozó una sonrisa al escucharla. No había cambiado nada.
-Me enteré de su muerte por Rachid Sebti, que me localizó no sé cómo…
-¡Ah Rachid! Sí. Se respetaban mucho…
Paloma recordaba a aquel Rachid que buscaba la luz en su pincel y que también pintaba mujeres desnudas. Venía a veces al estudio, y analizaba con ojos inquisitivos la técnica de Rivanera. Hablaban entre ellos en francés, casi en susurros, como si trataran de hallar un secreto que tenían delante de sus ojos pero que no veían. Podía verlo allí parado, en el vano de la puerta, observándola primero a ella, luego al cuadro que Rivanera seguía pintando después de trece meses intensos, y al final mirándola de nuevo con una sonrisa mal disimulada, para al final asentir con la cabeza y, sin decir nada, marcharse. Paloma intuyó en aquel momento que el cuadro comenzaba a cobrar vida. Pero Rachid no volvió al estudio mientras Paloma continuó en Tetuán.

-¿De qué ha muerto? –preguntó Paloma.
-Se estaba quedando ciego, ¿sabes? Tenía que ayudarle a hacer casi todo… Decidió que la vida no tenía ningún sentido si ya no podía pintar.

Almorzaron en silencio, y mientras tomaban un té con hierbabuena y flor de azahar, Paloma miró a Jadiya, interrogándola. Ella asintió, y la condujo directamente hasta el estudio en el que posó para Rivanera. Los cuadros se amontonaban en el suelo, como hojas caídas en otoño, pero los que colgaban de las paredes, una decena de óleos y grabados, se abalanzaron sobre Paloma y le arrebataron el alma. No podía respirar. Jadiya la ayudó a sentarse, y la abanicó con un trozo de cartón.
Los cuadros eran cinco retratos y cinco desnudos. Y todos los retratos y todos los desnudos eran de Paloma. Paloma mirando de frente, Paloma de perfil, Paloma pensativa, Paloma dormida, Paloma viva. Veía su cuerpo desnudo, joven y lozano, expuesto al mundo en poses que nunca hizo: apoyada contra un muro blanco, sentado en una silla de enea, tumbada en un suelo de terrazo, bañándose en un hammán, mirándose a un espejo de cuerpo entero. Verse así fue como montar en un tiovivo que girase desbocado. Y notaba que había perdido algo indescifrable.
Jadiya le trajo agua con limón, la tranquilizó, le contó que Rivanera se arrepintió siempre de no decirle lo que sentía. Paloma clavó sus ojos en las oscuras pupilas de Jadiya, que con su silencio le confirmaba lo que una vez solo pudo intuir. Rivanera era demasiado tímido, excesivamente prudente, quizá fue un cobarde.
-Siempre hablaba de ti.
-¿Eso es verdad?
-Eso es verdad.
-Me pintó dormida… -dijo mirando emocionada ese cuadro en concreto.
-Fueron muchas sesiones, y a veces caías rendida… -Paloma frunció el ceño, incapaz de acordarse de que eso hubiera ocurrido realmente-. Él aprovechaba esos momentos y te pintaba. Nunca volví a verlo tan feliz. Nunca.
Una rara sensación recorrió su espalda. De pronto comprendía que aquello que a veces había rememorado no había sido el sueño o la fantasía que creía que era. Ocurrió una tarde, al marcharse Jadiya. Ella seguía posando, tendida en la cama, en la misma postura de los meses anteriores, pero debía de estar tan cansada que se relajó, girando la cabeza. Estaba medio dormida pero inusualmente inquieta. De pronto, notó la cercanía de un aliento sobre su cuello, sintiendo que el borde de la cama se hundía con suavidad, que una mano se posaba entre sus piernas y que un dedo rozaba, casi imperceptiblemente, su sexo. Paloma decidió que dejaría que sucediera lo que parecía ya ineludible. Lo esperaba. Lo deseaba. Pero un segundo después, la desarbolaba una agria sensación de decepción al notar que volvía a estar sola en la cama. Ahora sabía con certeza que esa fue la única vez que Rivanera lo intentó.
-Aquel día volví a la casa porque había olvidado algo, y entré justo cuando él estaba sentado a tu lado, acariciándote… Al verme, se apartó de ti avergonzado. Creo que se sintió mal por mi culpa. Nunca hablamos de eso.
Paloma se preguntaba si Jadiya también era capaz de leer sus pensamientos, pero se limitó a abrazarse a ella. Luego, Jadiya se incorporó y se acercó al único caballete que había en la estancia, cubierto por una sábana grisácea.
-Encontró la Venus que siempre estuvo buscando. Eso es verdad… La tituló La Venus de Tetuán. Y eras tú.
Dio un tironazo del extremo y la sábana se deslizó suavemente, como si fuese el telón de un teatro que se abriera para mostrar el escenario. Paloma se llevó las manos a la boca, como si reprimiera un grito, y se quedó ahí tan quieta que incluso dejó de respirar. Al fin veía el cuadro para el que posara de modelo durante un año y medio, al fin tenía delante el secreto de Rivanera. Y rompió a llorar como si nunca antes hubiera llorado.
Jadiya le secaba las lágrimas con las manos, le besaba los párpados, le susurraba que se tranquilizase.
-No me di cuenta –dijo Paloma entre sollozos-. Nunca me di cuenta de cuánto me amaba.
-Hasta el final… -añadió Jadiya-. Dejó estos cuadros para ti. Por eso te llamé..
El ferry surcaba las aguas del estrecho dejando una estela blanca a su espalda. Paloma estaba sentada, pero hubo de levantarse y salir a babor, para que le diera el aire. Estaba mareada. Sentía náuseas, y vomitó. Llevaba los treinta primeros minutos de travesía pensando en aquel día en el que Rivanera estuvo a punto de ceder a su deseo, sin saber que la tuvo a su merced, rendida. Se atormentaba preguntándose por qué no lo intentó de nuevo, por qué nunca le dijo nada. Cerraba los ojos al pensar que cuando Rivanera dio ese paso atrás los condenó a ambos.
Paloma rompió a llorar. No podía contenerse. Era un llanto roto y seco, personal e íntimo. Mientras se desahogaba apoyada en la barandilla, no dejaba de pensar que, si Rivanera no hubiese descubierto a Jadiya en la puerta del estudio, seguramente su mano habría continuado hasta apoderarse de ella y sus días más oscuros se habrían iluminado con sus besos, sus días más fríos se habrían abrigado con sus abrazos y sus días más silenciosos se habrían llenado de valses.

Sergio Barce

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RESEÑA DEL PROFESOR Y POETA JOSÉ LUIS PÉREZ FUILLERAT AL RELATO “LA VENUS DE TETUÁN”, DE SERGIO BARCE

Una vez más, he de celebrar que mi admirado José Luis Pérez Fuillerat, poeta y profesor, dedique su tiempo y su talento a destripar una de mis obras. Ya lo ha hecho con alguna de mis novelas y con mi último libro de relatos, y ahora le ha hincado el diente al cuento que he publicado en el libro colectivo de la Generación BiblioCafé Por amor al arte (Jam Ediciones – Valencia, 2014). Sólo puedo dejar constancia de mi agradecimiento y de mi gratitud por sus palabras.

                       Sergio Barce, enero 2015

Jose Luis Pérez Fuillerat

Jose Luis Pérez Fuillerat

Comentario al relato de Sergio Barce

“LA VENUS DE TETUÁN (*)

por José Luis Pérez Fuillerat

Relato breve e intenso de este narrador de raíces larachenses y malagueñas.
Y otra vez la leyenda de Pigmalión. No ha sufrido apenas ningún cambio, ninguna metamorfosis, desde aquella de Ovidio, pues todas las versiones que se han realizado, ya sea como narraciones, teatro o cine, coinciden en la contemplación de la belleza ideal, corporeizada en la mujer, musa inspiradora del artista a la búsqueda constante de la obra perfecta.
No obstante, ¿qué añade el autor de este relato al mito del escultor Pigmalión y su modelo Galatea, en la historia del arte? Tal como está narrado, es quizás ese placer de la clandestinidad, tan natural en las pulsiones y pasiones humanas. Hay un momento de la historia narrada en que el personaje, el pintor Rivanera, posa su mano en la entrepierna de la modelo venusiana, incluso llega a tocar con sus dedos el sexo de la diosa aprovechando su sueño.
Pero no, no es cobardía, sino un paso en ese devenir, en esas escalas de amor que estaba recorriendo, como artista enamorado de la perfección de su modelo. En ella había encontrado lo que buscaba. Pero se conformó con tocarla. Eso sí, clandestinamente.
El artista, enamorado de su modelo ideal, una vez puesto en camino por medio de la palabra (la sharia), practicó la tariqa, actuó, pintó a la amada en diferentes posturas, manteniendo la admiración y el deseo, sin llegar a la consumación carnal, pues esa pasión nunca debe desequilibrarse, ya que su última aspiración es llegar a la haqiqa (la paz interior), dentro de los estados místicos descritos por la filosofía amorosa de los sufíes.
Esta idea de la clandestinidad puede malinterpretarse en el relato de Sergio Barce. Cabe la pregunta que la misma Paloma (la Venus de Tetuán) se hace desde su regreso en el ferry: por qué Rivanera (Pigmalión) no lo intentó de nuevo, ya que, al parecer, fue la llegada inesperada al estudio de Hadiya la que obstaculizó la entrega final, deseada también por ella. Es decir, no es el caso de la enamorada de la jarcha que se niega al último momento cuando gozosa y asustada dice:

¡Non me mordás, ya habibi, la!,
no qero daniyoso!
Al-gilala rajisa! ¡Basta!
A todo me refyuso!

***

No me muerdas, amigo, ¡No, / no quiero al que hace daño! El corpiño es frágil. ¡Basta! A todo me niego.

(Versión de estos versos, de Emilio García Gómez: “Las jarchas romances de la serie árabe en su marco”).

Pero si el deseo se hubiera hecho realidad, el cuento no hubiera sido posible. El narrador heterodiegético asume y “consume” la historia del amor idealizado, más auténtico (más literario) que cualquier otro, que se considera menos puro, al menos en la tradición literaria ascético-mística. Así el andaluz Ibn Arabí, en un verso de sus Odas tituladas El intérprete de los deseos nos dice:

“Converso con ella, mañana y noche,
con el lamento de un hombre que languidece
y el gemido de un sediento”.

La ceguera final del pintor Rivanera es también un acertado motivo literario. Ceguera física tal como se nos cuenta, pero ceguera también simbólica del amor mantenido en secreto. “Busca algo”, dice Hadiya mientras el artista mira insistentemente el cuadro de Velázquez. Una vez encontrada la belleza ideal, su Venus de Tetuán, ya nada le queda por ver… ni por vivir.

——————————————-

(*) Incluido en el libro de relatos “Por amor al arte”, Generación Bibliocafé, Málaga, 2014.

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“LA VENUS DE TETUÁN”, UN RELATO DE SERGIO BARCE

Mi relato La Venus de Tetuán se ha publicado en el libro colectivo de la Generación BiblioCafé Por amor al arte (Jam Ediciones, – Valencia, 2014) que presenté, junto a la escritora Herminia Luque, en Málaga, en la Librería Proteo.

Espero que disfrutéis de su lectura tanto como yo lo hice al escribirlo.

Sergio Barce, enero 2015

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LA VENUS DE TETUÁN

Llevaba años sin saber nada de él, y cuando recibió la llamada de Jadiya no supo negarse a ir. Pero de aquel trabajo en Tetuán recordaba muy a menudo los apacibles días, las largas sesiones en el estudio, las playas de Martil, los paseos hasta la plaza del Feddan, los valses embriagando las estancias, a veces, incluso, lo que nunca ocurrió. No podía hacer demasiadas conjeturas porque todo le parecía inesperado y extraño, y, sin embargo, cómo eludir esa cita, cómo despreciar la última voluntad de un hombre como Rivanera. Sin embargo, seguía sin comprender por qué al final se había acordado de ella.
Mientras el taxi, un viejo modelo Mercedes de los setenta, avanzaba por la carretera, un calor húmedo y cansado la acompañó durante la mayor parte del trayecto hasta Tetuán. El taxista le hablaba en perfecto castellano de su familia, del tiempo, de Castillejos, de que Marruecos no notaba la crisis porque llevaban toda la vida en crisis, del año que pasó en Barcelona trabajando en la construcción… Paloma cerró los ojos en algún instante, acunada por la voz del hombre, por el monótono ronroneo del motor, por el bochorno que entraba por la ventanilla del coche. En la breve duermevela quizá, fue cuando regresaron como la pleamar los largos meses que pasó con Rivanera. Se acordó de su casa, un riad en la vieja medina situado en una callejuela estrecha pero con un mirador espectacular, los colores, las voces, los alumnos que pasaban por allí, y aquella copia de La Venus del espejo de Velázquez que presidía el patio. Rivanera la había hecho reproducir a tamaño real y, cada mañana, se sentaba frente al cuadro y lo contemplaba durante una hora.
Pero en esta ocasión iba al encuentro de la sombra del artista. Jadiya le rogó que fuera porque, aunque hacía un mes que ya lo habían enterrado, debía enseñarle algo, algo que no podía dejar de ver, algo que él había legado para ella, pese a los años sin ningún contacto entre ellos. No le dijo de qué se trataba y Paloma no lo preguntó.
Paloma tenía una coqueta tienda de ropa en Sevilla, pero durante quince años fue una de las modelos más solicitadas por los pintores de Madrid. Modelo y musa, así la describieron en algún artículo de prensa. Y cuando Rivanera la reclamó para que acudiera a su estudio en Tetuán, fue sin pensarlo. Eso ocurrió en 1996. Entonces Paloma acababa de cumplir veinticinco años. Se miró las manos, delgadas, desde hacía tiempo le iban apareciendo manchas en la piel, muescas del tiempo que avanzaba imparable, y pensó que comenzaban a transformarse en las manos de una mujer mayor.
Rivanera pasaba por ser uno de los mejores pintores realistas del momento, y trabajar para él como modelo suponía entonces elevar el caché. Le pagaría bien, y además, durante su estancia en Marruecos, tendría cubierta la manutención y la estancia. La recibió en su casa como si esperase a alguien que iba a salvarlo de algún desastre. Eso halagó a Paloma, y se rindió en seguida a los educados modales de Rivanera, a su voz tranquila y modulada, a sus largos monólogos mientras pintaba, a sus discos. Pero lo primero que hizo cuando ella entró en la casa, fue enseñarle la réplica del Velázquez.
-Es la perfección –dijo entre dientes-. Lástima que no tengamos el original ¿verdad?

LA VENUS DEL ESPEJO
La acomodó en la casa adyacente a la suya, a la que solo debía ir para asearse, cambiarse y dormir. Y salvo las horas que no estuviera obligada a posar, era libre de hacer lo que se le antojara. Paloma se acostumbró en seguida a su nuevo ritmo de trabajo, a los apacibles desayunos con rarif recién hecho y untado de miel, acompañada de Rivanera y de Jadiya, a veces también con algún admirador que él nunca dejaba en la calle, a las cenas en la terraza bajo el cielo embaucador del viejo Tetuán, a los largos paseos. Iba acordándose de esas escenas, que habían sido su única compañía en los últimos años, y de aquella casa, siempre llena de lienzos, caballetes, óleos, pinturas, y sobre todo de música, música que resonaba sin parar deteniendo las horas. Era fácil encontrar la casa de Rivanera porque se escuchaban los conciertos desde las callejas cercanas, como invisibles anzuelos lanzados al aire. Paloma sonrió. Veía a Rivanera con Jadiya entre sus brazos, bailando un vals, la chica con las mejillas rojas como rosas… Durante las dos primeras semanas creyó que ella era su amante. Luego supo que nunca hubo nada entre ellos. Solo era una alumna de la Escuela de Bellas Artes que, para pagarse sus clases, trabajaba en la casa. Para su suerte, Rivanera, además, le enseñaba el oficio.
El primer día,

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“LA VENUS DE TETUÁN” RELATO DE SERGIO BARCE, SEGÚN CELIA CORRONS

Mañana sábado, 29 de Noviembre, en la Librería Proteo, de Málaga, a las 12:00 horas, presento junto a la escritora Herminia Luque Por amor al arte, libro de relatos de 28 autores. Mi cuento La Venus de Tetuán se incluye en esta preciosa publicación de Jam Ediciones / GB.

Y aprovechando que Celia Corrons ha escrito una breve reseña de mi cuento, la traigo al blog para invitaros a que acudáis al acto de mañana.

LA VENUS DEL ESPEJO

En Por Amor al Arte de Generación Bibliocafé, se siguen descubriendo hallazgos como este.

Rozar la perfección está reservado a pocos genios, como Velázquez que representa a través de sus cuadros la excelencia del arte. Uno de sus secretos es pintar de verde la piel de sus retratados y sobre este color aplicar otros matices que esconden el original sempiterno.
La Venus del Espejo es el reclamo en el que ha reparado Sergio Barce para construir su relato, una joya, y uno de los pocos desnudos del Siglo de Oro Español.
Cuando se contempla reiteradamente la pintura de un gran maestro como lo hace el protagonista de La Venus de Tetuán, es porque la obra esconde matices a primera vista inapreciables, que se manifiestan en cada mirada, en cada observación, y se avanza hacia la satisfacción plena al descubrir los rasgos que desnudan el enigma.
Su personaje, Rivanera, contempla la obra del pintor barroco cada jornada a la que asiste como un ritual para hallar claves que consoliden su futura obra.

Barce muestra su diseño para disfrutar desde la primera línea. Destacar las capacidades de su prosa no requiere ningún esfuerzo añadido. No hay nada oculto, es más, el lector cabalga sobre las líneas con una cadencia que le propicia avidez y le transporta junto a los tres protagonistas a conocer el pasado en un estudio de Tetuán, un recuerdo que enciende la memoria y emociona el volver a aquellos años sobre los que se sustentan los mejores días de su vida.

El lector se siente arrastrado por las pinceladas del autor. Algunas son largas, otras cortas, también las hay sonoras y silenciosas, todas, absolutamente todas, muestran la habilidad de poseer un lenguaje propio cargado de sinestesia poética que subyuga hasta el más advenedizo.

Una historia tan bien construida que merece ser continuada. Atrapados quedamos, Sergio Barce.

Celia Corrons

http://turnodetinta.wordpress.com/

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“EL REINO DEL PAN BLANCO COMO LA NIEVE”, UN RELATO DE HERMINIA LUQUE

Otra vez la Generación BiblioCafé. Me gusta descubrir poco a poco a los compañeros que forman parte de este grupo con el que Mauro Guillén está haciendo juegos de magia, y algo de malabarismo.
Hoy voy a hablar de Herminia Luque, que es, de todos los integrantes de la GB, la que más cerca vive de mí. Ella en Rincón de la Victoria, yo en Torremolinos, y en medio tenemos Málaga, que es como el ombligo de la carretera de la costa.

SesionContinuaPortada
Coincidimos ya en dos de los volúmenes publicados por Jam Ediciones: Sesión continua y Por amor al arte. En el primero se incluye su cuento La vida es bella. Me resultó simpático, porque es un ejercicio de divertimento puro y simple: escribir un relato en el que en casi todas las frases hay un título de película. Parece fácil, pero no lo es si, a la vez, se quiere contar una historia que tenga sustancia. Herminia lo consigue, y además hace sonreír con este trabajo de puzzle cinematográfico.
En Por amor al arte compartimos otro tipo de relatos. Quiero pensar que mejores narraciones, porque, a cada reto, tratamos de superarnos. El mío se titula La Venus de Tetuán, el suyo Retrato de dos hermanas. No pueden ser más distintos, pero nos une en ellos un fino hilo: Marruecos, aunque sea cogido por los pelos… Tu cuento me recuerda la Juanita Narboni de Ángel Vázquez, le escribo a Herminia, y ella me responde que se alegra de que me haya dado cuenta de que le apasiona la Narboni. No dejas respirar, le explico, es un relato fantástico. Ella me responde que también le ha gustado mi cuento, que recreo muy bien ese ambiente que tan bien conozco. Se refiere a Marruecos, claro.

POR AMOR AL ARTE - portada
Pero es verdad que su relato está magníficamente estructurado, con esa manera de describir sin pausa, como si el tiempo corriera en contra. Me parece el texto de una narradora excelsa.
Fragmento de Retrato de dos hermanas:

(…) …inicua pecadora, pecatriz, mezcla de pecadora y consumada actriz, tantos años guardándoselo, pero al fin se sabe todo, hoy tenía que ser veintitantos años después, no, no me la da con queso, cómo no voy a reconocerlo yo, acaso no he vivido toda la vida con ella, no la he cuidado, de chica, de grande, estando enferma, hasta cuando no se daba cuenta, en el baño, por ejemplo, cuando se bañaba en la tina colorada de niña y luego ya de jovencita cuando se daba esos baños tan largos, qué impudor, lo que estaría pensando mientras se pasaba por los pechos la esponja y se le quedaba allí la espuma como unas flores de almendro, el centro de las corolas color de rosa, las horas muertas se hubiera pasado en el agua si yo no hubiera aporreado la puerta harta ya de mirar por la cerradura, ella sin alterarse lo más mínimo, erguida frente al espejo y secándose con las toallas de hilo, las buenas siempre, las ásperas no, pero quién me lo iba a decir que ese cuerpo de pagana me lo iba a encontrar hoy en ese cuadro… (…)

Los dos andamos ahora tratando de organizar la presentación de Por amor al arte en Málaga, para finales de este mes. Esto es un anuncio subliminal, no sé si dan cuenta, pero ya avisaremos de lugar, día y hora…
Herminia Luque me ha enviado su cuento El Reino del Pan Blanco como la Nieve para poder hablar de su obra narrativa, de presentarla en mi blog. Es un relato con el que ganó en 2010 un premio en el certamen “Pilar Paz Pasamar” del Ayuntamiento de Jerez de la Frontera.

HERMINIA LUQUE durante a presentación de la Generación BiblioCafé en Madrid

HERMINIA LUQUE durante a presentación de la Generación BiblioCafé en Madrid

A Herminia le gustan los relatos de mujeres de otros tiempos. Lo noto en estos dos cuentos: el de Retrato de dos hermanas y en este de El Reino del Pan Blanco como la Nieve. Tiene ese poso amargo que los entrelaza, pero son diametralmente opuestos en su manera de estar contados. Uno es febril y sincopado, esto otro es triste y emotivo. La historia es de una simpleza descarnada, pero Herminia Luque la enfunda con la ternura del dolor y con una pátina de melancolía abrumadora. La memoria, los recuerdos que regresan por un detalle aparentemente nimio… Un relato bello y conmovedor.
Leer a Herminia Luque es entrar en un universo personal y tornasolado, de tiempos en los que la venganza más execrable y vil convertía a mujeres admirables en tristes sombras de sí mismas, y es el fulgor de su narrativa el que se introduce por las rendijas del pasado para rescatar fugazmente los recuerdos que se van perdiendo irremediablemente.
                                   

Sergio Barce, noviembre 2014

El Reino del Pan Blanco como la Nieve

No, no quería el pan. Había comido algo de eso que parecía pescado, aunque tenía forma de barritas, todas iguales. Y un poco de sopa. Lo que no se había atrevido a probar era esa masa, transparente y roja, que se mecía en el plato como un corazón vivo.

La mujer de las piernas delgadas insistía –era terca como una mula:

-Tome un poco de pan. El médico le dijo…
Eso la enfureció. El médico. Qué médico. Don Braulio nunca le había dicho eso. Arrojó el pan al suelo. La mujer torció el gesto:
-No puede seguir así, sin comer prácticamente nada.
La interpeló de nuevo:
-¿Quiere que le haga una tortilla?
Por toda respuesta apartó la bandeja, despejando una parte la superficie de la mesa camilla. Luego se retrepó en el sillón orejero.
-Está bien, duerma un poco –refunfuñó la mujer.- Por lo menos así no consume calorías –dijo como para sí.
Ella sólo quería descansar. Un cansancio inmenso le barrenaba el cuerpo, se le incrustaba hasta la médula de los huesos. Con el calor del brasero eléctrico pronto se apoderó de ella una agradable modorra. Cerró los ojos. Ya no estaba en casa de esa señorita que la conminaba a todas horas para que se tragase toda aquella comida. Y sin embargo ella estaba sumamente delgada: llevaba unos pantalones negros tan ceñidos que le hacían unas patitas como de mosca. Ahora camina con presteza por la cuesta que lleva a casa de su abuela, detrás de los naranjos. Le gusta ir a casa de su abuela Encarnación porque le da de merendar. Y siempre le cuenta un cuento. El de los siete cabritillos, tan tontos y que no escarmentaban nunca. El de Estrellita y su moco de pavo, que le crece en la frente. El del Enano Saltarín, con su canción incluida. Aunque el que más le gusta es el del Reino del Pan Blanco como la Nieve.
Mira el pelo blanco de su abuela, recogido en un moño blando sobre la cabeza, tan lindo. Su abuela no viste de negro riguroso, como el resto de las abuelas que conoce, sino con ropas de tonos grises, con rayas o florecitas blancas. Eso a pesar de ser viuda. Pero ese es el luto de alivio. Claro que el abuelo Raimundo se había muerto hacía muchísimos años, antes de que ella naciera, y sin embargo se le guardaba luto como si sólo hiciera tres años que se hubiera muerto.
Su abuela se sentó en la butaca de tela verde con una franja vertical y le hizo señas para que se acercara. Ella obedeció.
-Ahora te contaré el cuento del Reino del Pan Blanco como la Nieve.
Y volvía a contarle su cuento favorito, el del reino en el que el pan era blanco por completo, como si no tuviera corteza. Blanco como la cal. Blanco como el algodón en rama. Blanco como la nieve recién caída en enero.
Pero lo que más le gustaba era el colofón del cuento. Después de contarle las peripecias de los dos niños perdidos en el bosque, muertos de hambre, que encontraban el Reino del Pan Blanco y volvían a su casa cargados de panes blancos y de monedas de plata relucientes, su abuela le daba una enorme rebanada de pan blanco. No siempre podía darle pan, y por eso se tenía que conformar con los anises o cuatro peladillas como mucho. Pero cuando le contaba el cuento, ella sabía ya que después venía el trozo de pan inmaculado. Aunque a veces, incluso, para colmo de su felicidad, lo rociaba con un chorreón de aceite y un poquito de azúcar.
Ella se lo comía con una fruición solemne, porque en su casa no había este tipo de pan. Todos los días comían migas. Migas con tocino, si lo había. Migas con bacalao, en Cuaresma. Y por la noche, pan bazo. Un pan oscuro como la misma noche, que acompañaba a una sopa clara con un poco de col o de nabo flotando. El pan de la cartilla de ración. El único pan que llegaba a su casa. Su madre había intentado que el molinero le vendiera harina para hacer pan blanco en el horno que había en la casa. Que ella se la pagaría con lo que fuese. Con los cubiertos de plata. Con la vajilla inglesa. Que le pidiera lo que quisiera. Pero por amor de Dios, que le diera un poco de harina de la que tenía en esos sacos gordezuelos, escondidos debajo de la trampilla del molino. Y el molinero le decía que qué más quisiera él, pero que no podía. De verdad. Que se le murieran sus hijos si mentía. Como lo pillaran vendiéndole a la mujer de un rojo, lo trincaban a él y lo metían en chirona, con la de familia que tenía que alimentar, fíjese usted qué desgracia. Y tan bien describía su hipotética desgracia que hasta se le saltaban las lágrimas, imaginándose el molino parado, el caz mudo, las sacas vacías. Los niñicos con las tripas rugiendo de hambre. Y su madre volvía cabizbaja y le decía, anda niña, ve a casa de la abuela, que te cuente el cuento del pan blanco como la nieve. Y si te sobra algo, le traes algo a tu hermanillo. Y ella iba muy vivaz, muy contenta por el camino empedrado, el que pasaba por delante de la casa de don Braulio, y luego entre fincas de naranjos; el camino más largo pero el más bonito para llegar a casa de la abuela Encarnación.
Un ruido brusco la sobresaltó. Era un portazo. Se oyó una voz masculina saludando. La mujer de las piernas delgadas como patas de mosca le contestaba. Siguió con los ojos cerrados. No le apetecía ni abrir los párpados. El cansancio de siempre. El que le llegaba hasta la médula de los huesos.
Un hombre joven entró en la habitación. La mujer le chistaba para que se callase.
-Déjala, está dormida. No veas qué día ha tenido hoy,
-Pues yo no la veo hoy tan mal – se inclinó sobre ella.
-Es un suplicio, Andrés. No puedo más, me faltan las fuerzas.
-Tranquila –decía el hombre tratando de consolar a la mujer, que se retorcía las manos.- No te preocupes. El mes que viene irá a la residencia.
-Tu madre estará allí mejor cuidada. Tienen especialistas en demencias seniles y…
-Ya lo sé –el hombre la interrumpió con cierta brusquedad. Ahora era él el que lloraba. Pero no como el molinero: lloraba de verdad. Con los párpados entrecerrados vio, no obstante, cómo trataba de disimularlo limpiándose rápidamente con el dorso de la mano la lágrima que surcaba su mejilla, a la vez que se agachaba para coger un trozo de pan del suelo.
Un trozo de pan negro. Un trozo de pan bazo. Pan integral lo llamaba la mujer de las piernas como patas de mosca.

Herminia Luque

Herminia Luque Ortiz nació en Granada en 1964. Se licenció en Geografía e Historia en la Universidad de Granada, realizando también dos años de postgrado en Historia del Arte. En la actualidad, da clases en un centro de educación secundaria de Vélez-Málaga y reside en el Rincón de la Victoria (Málaga).

HERMINIA LUQUE

HERMINIA LUQUE

En 1990 recibió el segundo premio del certamen de narrativa breve para jóvenes del Ayuntamiento de Cádiz, y en 1992, un galardón del Certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Málaga por un conjunto de relatos.
Ha publicado poesía en antologías como Inéditos (Huerga y Fierro, 2002), y relatos en Narradores almerienses (La General, 1991), Relato español actual (Fondo de Cultura Económica, 2002), Espacios (Systime, Arhus, Dinamarca, 2003), Cuentos engranados (Granada, Transbooks, 2013), o Sesión continua (Valencia, Jam Ediciones, 2013).
Su pasión por el siglo XVIII le ha llevado a escribir sobre diversos temas del siglo ilustrado e investigar sobre autores como Juan Pablo Forner (Los vicios de Jazmín. El concepto de Naturaleza en Juan Pablo Forner, en Juan Pablo Forner y la Ilustración, Mérida, 2006).
En el 2010 recibió un premio en el certamen “Pilar Paz Pasamar” del Ayuntamiento de Jerez de la Frontera por el relato El Reino del Pan Blanco como la Nieve, así como otro galardón en el concurso de relato policíaco organizado por la Comisaría Provincial de Málaga.
Publicó también en 2010 su primera novela Bitácora de Poseidón (Sevilla, Paréntesis). En 2011 apareció su novela histórica El códice purpúreo asimismo en Paréntesis Editorial.
El libro Al sur de la nada, compuesto por tres novelas cortas, fue publicado en 2013 por e.d.a libros.
Su blog literario es http://www.lunaresnegros.blogspot.com. Y su página web http://www.herminialuque.com.

Al sur de la nada

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