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MAX VON SYDOW Y MI LABERINTO

Tras la muerte de Kirk Douglas (y no me olvido de la también reciente de José Luis Cuerda), los clásicos van desapareciendo de forma inexorable y ya casi de manera continuada. Hoy ha fallecido el actor sueco Max Von Sydow. Y él tiene mucho que ver con la novela corta que publiqué el pasado año con Ediciones del Genal y Mitad Doble: El laberinto de Max. Y es que, mientras escribía, me imaginé desde el primer momento que mi personaje de Max tenía los rasgos y el físico de Max Von Sydow, a quien tanto he admirado, y por eso le di su nombre.

“…Subamos, me invita Max. Y yo lo sigo. Su espalda, efectivamente, parece la de un hombre cansado. Pero continúa siendo Max Bazlen. El exorcista. Así lo llamaban mis compañeros. Decían que se parecía al protagonista de la película. Para colmo, su nombre es Max, como el de Max von Sydow. Hoy, por fin, compruebo que tenían razón. Espero que ahí arriba no trate de expulsar al demonio que llevo dentro…”

(Fragmento de la novela El laberinto de Max)

EL LABERINTO DE MAX

Como bien apunto con otras palabras en ese libro, Max Von Sydow fue y será siempre el padre Merrin de la inolvidable película El exorcista (The exorcist, 1973) de William Friedkin; un personaje que marcó a nuestra generación.

Pero Max Von Sydow ha sido mucho más que eso. Durante los años que fui asiduo al Cine Club Universitario y a la Academia Kaplan, en Málaga, se convirtió en uno de los actores que más nos  hacía pensar tras las proyecciones de los films de Ingmar Bergman, desde El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1957) (me niego a hacer cualquier referencia a la mítica partida de ajedrez a la que todos se están remitiendo en todos los artículos que se publican en todos los periódicos que dedican alguna página a su muerte, y no lo hago por simple hartazgo), pues bien, como decía, desde esa película hasta La carcoma (The touch, 1971), Bergman y Von Sydow eran como uña y carne, como si el actor fuese la encarnación del realizador. Su colaboración convirtió a Max Von Sydow en uno de los intérpretes europeos más reputados, y ha seguido siéndolo durante casi siete décadas, que no es moco de pavo. Y es que la sola presencia de Sydow llenaba la pantalla, aunque actuara como intérprete de reparto, daba igual. Como muestra, un botón: su inquietante presencia secundaria en la trama de Los tres días del cóndor (Three days of teh condor, 1975) de Sydney Pollack, actuando junto a Robert Redford y Faye Dunaway, fue inolvidable y le daba un toque más sofisticado a la conspiración que se desarrollaba en pantalla.

Fue un actor que elegía bien sus papeles, y su facilidad para los idiomas hizo que actuara en distintas cinematografías sin ninguna dificultad, (dejando aparte las cintas ya mencionadas) desde la sueca, participando en otros títulos de Ingmar Bergman tan celebradas como El manantial de la doncella (Jungfrukällan, 1960), por mencionar una, hasta la americana, con títulos como La historia más grande jamás contada (The greatest story ever told, 1965) de George Stevens, La carta del Kremlin (The Kremlin letter, 1970) de John Huston, Hannah y sus hermanas (Hannah and her sisters, 1986) de Woody Allen, Minority Report (2002) de Steven Spielberg o en Shutter Island (2010) de Martin Scorsese; en la cinematografía gala, donde destaca su papel en La muerte en directo (La mort en direct, 1980) de Bertrand Tavernier; y pasando por cintas danesas como Pelle el conquistador (Pelle erobreren, 1987) de Bille August; españolas, en la estimable Intacto (2001) de Juan Carlos Fresnadillo; en films alemanes como Hasta el fin del mundo (Bis ans ende der welt, 1991) de Wim Wenders, e incluso una coproducción rodada en Marruecos dirigida por el realizador Souheil Ben-Barka, titulada Les amants de Mogador (2002).

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Su elegancia y su calidad interpretativa hacía que también contaran con él en superproducciones: Conan (1982) de John Milius, Dune (1984) de David Lynch, Robin Hood (2010) de Ridley Scott, Star Wars., Epidosio VII (2015) de J.J.Abrams o en Juego de Tronos (Game of Thrones, 2019) para televisión. Lo incluían en ellas porque les regalaba un toque de qualité, porque era impresionante y porque arrollaba. 

Von Sydow pertenece a esa generación asombrosa de los treinta: Clint Eastwood, Michael Caine, Sean Connery, Gene Hackman, Christopher Plummer… Vaya lista de monstruos de la interpretación.

De entre sus últimos trabajos, además de la sobriedad que usó en su papel para la mencionada Minority Report, el que probablemente me ha sobrecogido más es el que hizo para La escafandra y la mariposa (Le scaphandre etle papillon, 2007) de Julian Schnabel. Hermosísima película en la que su saber estar me emocionó.

Nos escribíamos mi hijo Pablo y yo esta mañana al saber la noticia, y le dije que si un día llegábamos a rodar El laberinto de Max (hemos comentado ya que de esa novela podría salir un guión precioso) ya no podríamos tener a Max Von Sydow para ese papel. Una lástima no contar ya con su presencia si ese sueño un día llegara a cumplirse. 

Sergio Barce, marzo 2020

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LA NOVELA “MALABATA”, DE SERGIO BARCE, SEGÚN EL POETA JOSÉ SARRIA

JOSE SARRIA

JOSE SARRIA

En el pasado SIEL (salón Internacional de la Edición y del Libro XVI Edición) de Casablanca, se presentó mi novela Malabata (Ediciones del Genal – Málaga, 2019), presentación que corrió a cargo del poeta José Sarria, que, como siempre, se lució en su intervención e hizo que mi novela brillara de manera especial. No tengo palabras para agradecerle primero el que se desplazase hasta Casablanca para participar en este acto y segundo, y especialmente, el tiempo que ha invertido en preparar su detallado comentario del libro. Por eso lo reproduzco en mi blog, porque merece la pena leerse y porque es la única manera que tengo de volver a disfrutarlo y de darle las gracias.

Sergio Barce, febrero 2020

En ese amplio emplazamiento singular, casi mágico, diría yo, que se extiende desde Toledo hasta Marrakech, desde el cabo de Gata hasta el cabo Espartel o desde la desembocadura del Guadalquivir, hasta las estribaciones del río Draa, existe un continuo encuentro de culturas, de religiones, de creencias, de lenguas, alcanzándose una hibridación, un mestizaje, que ofrece al escritor un marco novelesco de incomparable valor y que muchos autores han sabido llevar a sus obras.

De manera excepcional, Tánger conserva el hálito de las lenguas: francés, español, dariya, haquetía, que supo poner banda sonora a la vida cotidiana de la antigua ciudad internacional. En sus cafetines y teterías deambulaban Moisés Garzón Serfaty, Ahmed Daoudi, Ahmed Mohamed Mgara o Mohamed Lachiri, con sus primeros escritos en español bajo el brazo. La decadencia del Teatro Cervantes aún recuerda el día que recaló entre sus bambalinas la compañía de Juanito Valderrama y su plaza de toros fue testigo de algunas de las faenas que encumbraron a El Cordobés a lo más alto del reinado taurino, mucho antes de que fuera reconvertida, la plaza, en campo de hacinamiento para quienes, llegados de los lugares subsaharianos intentaron, un día alcanzar el Dorado del norte.

El bar de la Casa de España, de Larache, acogió la esperanza de una nueva literatura escrita en castellano, donde Mohamed Sibari competía con versos y sardinas y animaba a Dris Diuri, Mohamed Mamoun Taha o Mohamed Akalay, que contemplaban cómo el esplendor de otra época sólo perduraba en su corazón y en sus textos, mientras la ciudad languidecía, con la decadencia del otrora edénico Jardín de las Hespérides. A la vez, el Balcón del Atlántico contemplaba al cementerio español, vertedero de nuestra propia memoria colectiva. Allí descansan, en su hospitalaria tierra, los restos de Juan Goytisolo.

Ese magma inconmensurable de lugares, personajes, historias o sentimientos, ha sido el material creativo que han sabido emplear, magistralmente, autores como Tahar Ben Jelloum, el escritor marroquí de mayor trascendencia entre los lectores europeos, especialmente en Francia, donde recibió el Premio Goncourt en 1987, por su novela La noche sagrada. Ben Jelloum visita con asiduidad, para ensanchar sus horizontes creativos, la legendaria Librairie des Colonnes de su Tánger juvenil, en un intento de reencontrarse con el desaparecido Mohamed Chukri, símbolo de resiliencia a partir de su emblemática novela El pan a secas y singular anfitrión de la Tánger internacional que supo recibir a la pléyade de artistas y escritores de la generación beat como Paul Bowles y su esposa Jane, Tenessee Williams o Burroughs, que erigieron a Tánger como OASIS DE LO IMPOSIBLE.

Todos ellos, unos y otros, desde Ángel Vázquez, allá por los años  60/70 con su novela La vida perra de Juanita Narboni, hasta los más recientes: León Cohen Mesonero (Larache), Antonio Lozano (Tánger, 1956, con su novela “Harraga”), Rafael de Cózar (Tetuán), Ramón Buenaventura Sánchez (Tánger, 1940), Carlos Tessainer o Sergio Barce (Larache), han pretendido, han intentado, describir un TIEMPO EN TRÁNSITO, anudar una época, unas personas, sus esperanzas, sus anhelos, sus frustraciones, en un marco tan inestable, tan movedizo, como es el de las fronteras y los espacios compartidos.

Todos ellos, autores transterrados, son escritores mestizados, de familia española o sefardí, que han vivido durante varias generaciones en Marruecos, al amparo de una identidad híbrida que se sustancia entre las dos orillas. Esto les lleva a eclosionar en un territorio narrativo sincrético, de lo hispanoandalusí, de lo marroquí y de lo sefardí, generando espacios compartidos, lugares donde los procesos creativos se establecen con una ausencia absoluta de riesgo de aculturación[1].

Y es ahí, donde aparece y se incardina nuestro autor, nuestro novelista, Sergio Barce, quien nace en Larache, en el año 1961, pasando en esta ciudad toda su adolescencia, hasta la edad de quince años, cuando su familia abandona Marruecos, tras tres generaciones de estancia en el país magrebí.

Hasta el momento ha escrito En el Jardín de las Hespérides (2000), Últimas noticias de Larache (2004) Sombras en sepia (Premio Tres Culturas de Novela, 2006), Una sirena se ahogó en Larache (Finalista del Premio Andalucía de la Crítica, 2011), El Libro de las palabras robadas (2013-2016), Paseando por el zoco chico (2014), La emperatriz de Tánger (Finalista del Premio Vargas Llosa, 2015), El laberinto de Max (2017) y Malabata (2019), convirtiéndose en el gran representante de la NARRATIVA MEMORÍSTICA: relatos del recuerdo de una época que se resiste a desaparecer y que se transforman en espacios vivos, en paraísos rescatados a través de su obra.

SOMBRAS EN SEPIA

Mi primera incursión en el mundo barciano, lo fue con su novela Una sirena se ahogó en Larache, texto marcado, de forma indubitada, por la experiencia vital de su infancia, que transcurrió en las calles de Larache.

Barce no se siente un extraño en la que fue su tierra; al contrario, hace de ella una utopía sobre la que fundamentar la construcción de su obra, utilizando el magma de la memoria, de las experiencias pasadas, de los recuerdos, para construir un relato visto desde el asombro, desde la imaginación encendida de los niños, con los ojos infantiles de Tami, su protagonista.

UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

Toda la novela, al igual que las que vendrán después (excepto El laberinto de Max), se enmarcan en el dédalo de calles, plazas y monumentos que conforman la ciudad de Larache, en los espacios decadentes o idílicos de la Tánger internacional, en los trayectos que separan las dos orillas, elaborando relatos y narraciones que fluyen en la frontera de las aventuras imposibles, de las vivencias infranqueables, crónicas de la vida en las calles y ciudades de un Marruecos idílico, contadas con la inocente mirada de los ojos de un hombre-adolescente que pretende hacer posible otra realidad, frente a la severidad de un presente decadente que, por doloroso, se hace inaceptable.

La suya, como otras familias españolas que vivían en la zona del Protectorado español de Marruecos, se ve obligada a abandonar la que durante décadas había sido su casa, su tierra. Esta “expulsión” del Jardín de las Hespérides, de su particular Arcadia, va a significar para el escritor la imperiosa necesidad de volver a crear su mundo, de volver a restablecer el orden perdido.

El libro de las palabras robadas -

Sus novelas, sea cual fuere el destino final de las mismas, acaban atrapadas en un continuo regreso a Marruecos, ya sea a su ciudad natal, como a Tánger o Tetuán, herederas del Protectorado, que confieren una tonalidad especial a la narración. Es en estos lugares donde el lector va a encontrar a Moses Shemtov, el psicólogo hebrero del escritor Elio Vázquez o a Arturo Kozer, así como a los protagonistas de El libro de las palabras robadas, que deambulan en el triángulo circunscrito por las ciudades Tánger, Málaga y Tetuán y que acompañarán a Damián y Ágata, los padres de Elio o al enigmático personaje de Dalila Beniflah y al editor Joan Gilabert, a través de las páginas de esta magnífica novela romántica de intriga.

En ese continuum espacial en el que se incardinan las narraciones de Sergio, conviven en su libro de relatos Paseando por el zoco chico, con disímil suerte,  Mina la negra, esa que “tenía una piel tersa, oscura, heredada de sus antepasados que vinieron de más allá de Chinguetti y aún más allá de Tombuctú”, sus padres paseando con el carabina de Mohamed Sibari, Luisito Velasco, Javier Lobo, Lotfi Barrada, César Fernández o Pablo Serrano: el escuadrón de la muerte que recorría libremente las calles de Larache al llegar el mes sagrado del Ramadán o el carrillo del señor Brital, apostado a la puerta del Cine Ideal, codiciado tesoro del que afloraban las garrapiñadas en cartuchos de papel estraza.

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

En sus historias, Sergio, el “moro” (así lo bautizó “El Pichi”, hermano marista de su primer colegio malagueño), será el proscrito que un día cruzó el Estrecho con su familia en aquel Renault 10 amarillo, cargado del miedo a la frontera, tras el abandono de la “ciudad de oro”, Al-Arà´is, donde experimentó “la aventura de cruzar en barca la desembocadura del río –Lucus-, percibir el olor a pescado y a especias que bajaba de las escalinatas del Mercado Central”, saborear “el té con flor de azahar que tomaba bajo la sombra del Castillo de las Cigüeñas”, deleitarse con los dulces de chuparquía o escuchar, cadente, la dulce melodía de Mamy Blue que sonaba diferente en los labios de Fatimita.

Un poco más al norte, la ciudad de Tánger, a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, será el lugar en el que Augusto Cobos Koller, escritor atormentado, desahoga sus frustraciones con la droga, el alcohol y las mujeres. Una especie de personaje extraído de las noches de desenfreno existencialista del grupo de escritores de la generación beat que aterrizó en la perla del norte de África: Esther Lipman, Yamila, Irena, Miriam Benasuly, Emilio Sanz, las Gerofi, el capitán Iriarte, Paul y Jane Bowles o Ángel Vázquez, que se convertirán en testigos y testimonio vivo de los intentos de Augusto Cobos por encontrar desesperadamente a la mujer que lo redima, a su emperatriz: La emperatriz de Tánger.

La emperatriz de Tánger

Y, ahora, para completar la triada, la trilogía, además de El libro de las palabras robadas y La emperatriz de Tánger, Sergio nos hace entrega del tercer eslabón que se completa con la novela Malabata. Tres libros, no encadenados entre sí, pero sí enlazados en y desde una ciudad: Tánger, un escenario que respira y existe como si fuese un personaje más, quizás el principal, en esta maravillosa obra. La Tánger internacional, el ambiente de intriga y desenfreno bajo su estatus de ciudad abierta, a la vez que carnal, donde el olor a té se mixtura con el del kif en sus teterías o cafetines, lugares en los que perdedores sin escrúpulos buscan su salvación a toda costa en partidas ilegales, intentando redimir sus pecados o, sencillamente, su locura, será el marco incomparable para ambientar una esmerada, y excepcionalmente elaborada,  trama de intrigas y venganzas: el mismo lugar en el que muchos los escritores habían caído rendidos al encanto de esta “sala de espera entre conexiones, una transición de una manera de ser a otra”, tal y como la describió Paul Bowles.

Atravesando sus páginas, el lector es seducido por una narrativa que le lleva, una y otra vez, desde los personajes, a ese gran personaje que es la ciudad y que se hace omnipresente en cada uno de sus episodios, porque lo que ha pretendido Sergio es, desde la trama y sus personajes, mostrar la vida de esta portentosa y fundante ciudad que lo ha atrapado hasta el agotamiento. Es la misma seducción que experimentaron, durante casi tres décadas, Burroughs, Tennessee Williams, Gore Vidal, Truman Capote, Mohamed Chukri, Jean Genet, Allen Ginsberg, Juan Goytisolo o el matrimonio de los Bowles: la seducción de la vedette que posa altiva en la puerta de África, al decir de Pierre Lotti.

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Existen libros cuyo título es, en sí mismo, una completa y auténtica obra de arte. Y, este, es uno de ellos, pues Malabata posee una germinativa eufonía que nos sitúa, desde el atrio narrativo, frente a la ciudad, convertida en un ómfalos, un ensueño, una desmesura: espejismo y fantasía de los hombres:

lo que significa ser un tanyaui: no eres de ningún sitio, careces de patria y desconoces tu bandera, pero sabes quiénes son tus amigos y dónde deberías morir

dirá el protagonista principal de la novela, el inspector jefe Amin Hourani. Novela noir o novela policíaca, que arranca, de manera intensa, protéica, con un doble asesinato:

El inspector jefe Hourani no podía librarse de la imagen de Christian Tesson yaciendo sobre el frío mármol en el depósito de cadáveres, solo y olvidado, algo que le costaba asimilar porque creía que el subinspector no merecía ese final tan trágico. La vida termina siendo injusta demasiadas veces, pero si meditaba en profundidad sobre todo lo ocurrido, tenía que admitir que en realidad nada podía haber acabado bien en esa historia. Ahora le parecía que había transcurrido un siglo y, sin embargo, todo se desencadenó tras el asesinato de Jacques Duhamel, cometido apenas unas semanas atrás”.

La narración impone un inesperado y dilatado flash back, que llevará al doble recorrido que transita todo el texto y que acompaña las pesquisas de los dos principales protagonistas: el inspector jefe marroquí Hourani, nacido y criado en Bélgica, quien se centra en desentrañar el enigmático y brutal asesinato de Jacques Duhamel, quien había sido previamente torturado de una manera sádica, hijo de Jean-Louis Duhamel, importante coleccionista, tenebroso hombre de negocios a quien se le consideraba colaborador de la Gestapo. Y, de otro lado, el subinspector Christian Tesson, obsesionado por restañar sus heridas pasadas, que le llevará a emprender una búsqueda casi obsesiva bajo la imperiosa necesidad de vengar el daño causado a su familia por quienes cree que se esconden en Tánger, a cuya cabeza figuraba Alois Brunner, antiguo jefe de la Gestapo en Francia. Localizarlos y vengarse será la razón última  que podría justificar su existencia.

La maldad o la capacidad de hacer el mal es, junto a la ciudad, otro de los contrafuertes sobre los que descansa la narración:

—Un hombre no sabe lo que puede hacer hasta que no se enfrenta a una situación extrema —Hourani sacaba un puro de la chaqueta—. Yo tampoco podría. Al menos no con premeditación. Me cuesta comprender que un tipo pueda decidir matar a un hombre, y que otro vaya y lo ejecute simple y llanamente porque se lo han ordenado, sin más. Se sesga la vida de alguien así de fácil y se acaba con sus relaciones afectivas, con sus vínculos familiares, con sus proyectos y con sus sueños.”

“—Llevamos la semilla del mal larvada en nuestra alma, jefe. De eso no tengo ninguna duda”.

Malabata, es una excelente novela negra recreada bajo un ambiente sombrío y lóbrego, que confiere al texto la escenografía adecuada, donde los asesinatos y sus intrigas discurren acompasados de intensidad emotiva, a veces de complicada intriga o de un suspense caliginoso que contribuye a mantener vivo el interés por desentrañar el enigma y descubrir la identidad y el móvil de los asesinos, quienes sellan el homicidio, arrojando treinta monedas al cadáver.

Así lo ha indicado el profesor Ahmed Oubali:

“….El truco que utiliza Barce está en la forma de narrar …/… Cada vez que la intriga parece concluir, aparece un nuevo cadáver, junto al cual se dejan treinta monedas, y surgen nuevos y funestos individuos que  la complican, buscando un misterioso libro. Y la espiral del crimen solo se detiene al final de la novela, con una de las resoluciones más sorprendentes que termina provocando un placer estético, después de tanta tensión, incertidumbre y la merecida satisfacción en el lector. La pluma del escritor se muta en la cámara del cineasta. El truco consiste en pasar de lo leíble a lo visible…”.

Los personajes secundarios aportan a la novela una consistente malla de levedad y tenuidad, con la que mitigar y atemperar un texto que, sin sus caleidoscópicas intervenciones: a veces repletas de ternura, otras disparatadas hasta el extremo, podría haber caído en una redacción tenebrosa o sombría, pero que nuestro autor resuelve magistralmente, dotando a la novela, gracias a estos adyacentes actores, de una hialina historia.

Así el subinspector Medina, ayudante del inspector jefe Hourani, policía angustiado y escéptico, Yamila, una bellísima danzarina, cuya acendrada mirada se convertirá en el cabo que mantendrá a flote la esperanza del inspector jefe, y que:

Había nacido allí mismo, en el corazón del barrio del Marshan, no muy lejos de las desoladoras tumbas púnicas del acantilado de Hafa. Yamila Lahcen sólo había conocido esas calles, como si los mapas no describieran otros lugares y nada existiera fuera de aquel lugar

hasta que su padre recibió de buen grado las primeras pesetas que convirtieron los labios de la joven tangerina en  “fruta virgen y salvaje que podía venderse a muy buen precio”; el Sultán Razine Al Sakuri, la suntuosa señora Malet, su sobrina Marie, su hijo Alain, Pedro Duarte o el escritor Augusto Cobos (protagonista de la anterior novela La emperatriz de Tánger), que reaparece en esta nueva entrega de Sergio Barce, conforman esa pléyade de historias paralelas que contribuyen a eludir la sordidez de la trama de asesinatos y que colaboran en la elevación de un texto verdadero, incardinado en frontera de la épica cotidiana.

De fondo, como ya hemos apuntado, la trama policial es relevada por el verdadero interés del autor: mostrar la caleidoscópica vida que emerge y se eleva, milagrosa, excepcional, portentosa, en una ciudad única e irrepetible, como fue la Tánger internacional.

Escribía Jaroslav Seifert que “recordar es la única manera de detener el tiempo”. Sergio Barce posee el talento de contar las experiencias para hacer posible el conjuro del milagro creativo. Sergio ha detenido el tiempo, rescatando del salón del olvido a todos aquellos que conformaron su infancia y su adolescencia, para hacerlos inmarcesibles.

Y ahora -siguiendo la hospitalaria invitación del señor Beniflah, en su libro Paseando por el Zoco Chico-, todos los que quieran pasar, que entren. Todos los que deseen comer, que pasen”.

Este es el mundo que Sergio Barce ha creado para todos, su legado, el testamento que ha construido a lo largo de veinte prodigiosos años y que nos entrega como testimonio de resistencia “a través de los ojos del niño que fue”, tal y como le enseñó Brital, el vendedor de chucherías.

Ahora, alcanzada la madurez creativa, Sergio Barce toma asiento en alguna de las sillas vacías del Café Central de Larache, escucha las bromas de Sibari y de Akalay y sonríe satisfecho. Saborea un té con flores de azahar, mientras suena de fondo, diferente, angelical, la melodía de Mamy Blue, en los labios resucitados de Fatimita y vuelve a sonreír porque sabe que ha cumplido su misión: mantener vivo el recuerdo y la imagen de quienes habitan, ya por siempre, en la que fue y será su auténtica matria, porque como nos enseñó Rilke: “La verdadera patria del hombre es la infancia”.

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Sergio Barce y José Sarria, en la presentación de MALABATA en Casablanca

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DE “MALABATA” A OTROS MUNDOS

Malabata (Ediciones del Genal – Málaga, 2019), mi última novela, está resultando ser un caladero de buenas sensaciones que, además, no han cesado aún. Quedan las presentaciones del libro en Sevilla, Casablanca, Tetuán y Tánger, así como la presencia en la Feria del Libro de Málaga para firmar ejemplares, que son los lugares ya confirmados para 2020.

Por supuesto, ya ando escribiendo otra novela y queda muy poco para poner el punto final. Escribir es mi pasión.

Pero tengo otro manuscrito en reserva ya acabado desde hace un tiempo, y que algunos buenos amigos han leído. Sobre esta última contaré algo inaudito: desde que Núria, mi agente, comenzó a enviarla, las editoriales no cejan en su empeño por hacerse con los derechos. Nos han propuesto acuerdos muy ventajosos y contratos suculentos, pero hace semanas que decidí dejar que las cosas discurrieran al azar, que las editoriales, alguna muy potente, sigan peleándose por hacerse con mi libro. Mi agente me adelantó ayer noche que la oferta de una de estas compañías editoriales, con sede en Barcelona para más señas, llegaría a primera hora de la mañana de hoy y que duplicaría la propuesta de la que parecía más sólida (la de Madrid en este caso). Lamentablemente me he quedado con las ganas de saber cuánto ofrecía la editora catalana porque, cuando llegó su correo a mi bandeja de entrada, como cada mañana a las siete en punto sonó el despertador. Joder, por apenas unos segundos.

Sergio Barce, enero 2019

Foto de María Ortega

La foto es de María Ortega Ayllón

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