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RESEÑA DE LA NOVELA “MALABATA”, DE SERGIO BARCE, POR LA ESCRITORA EMY LUNA

malabata portada 1

Emilia Luna, autora de la magnífica novela El viajante (Editorial Onuba – Huelva, 2018), cuya lectura os recomiendo, ha escrito una reseña sobre mi novela Malabata (Ediciones del Genal – Málaga, 2019), y he de agradecerle que lo haya hecho porque, en estos tiempos, qué bien sienta leer algo agradable y positivo sobre lo que uno narra para que los demás, los lectores, disfruten con ello. Y, además, por ese detalle de dedicar su tiempo de confinamiento a Malabata. Quiero pensar que mi historia la ha hecho salir de su encierro para trasladarse con la imaginación, a través de mis palabras, hasta ese Tánger noir de mi novela…

Aquí tenéis su reseña, y, a continuación, el impresionante currículo de esta autora que descubrí no hace mucho y con la que ha nacido una bonita amistad. El currículo lo he dejado tal y como ella lo presenta, casi como un relato.

Cualquier escritor puede escribir sobre Tánger y forjar una historia interesante en ella. No es difícil teniendo en cuenta el atractivo que esa ciudad ejerce sobre quien la conoce. Y mucho más si nos referimos a alguien que escribe. Pero hacerlo con la sabiduría y el conocimiento de causa con que lo hace Sergio Barce, no está al alcance de cualquiera.

Ya conocía su forma de escribir y había leído cosas de él con anterioridad a la lectura de Malabata, su última novela.

Para todos los que quieran conocer el influjo que esa ciudad ha tenido en la Literatura durante los últimos años, es indispensable leer a Ángel Vázquez y disfrutar con su Juanita Narboni. Es imposible descifrar el espíritu mágico de Tánger sin leer a Chukri, a Ceballos, a Sonia García Soubriet y su Al Bustan, y al mismo Paul Bowles, entre otros.

Y una vez que hemos adquirido la información suficiente, es cuando de verdad podemos valorar el perfecto ambiente que Sergio Barce construye, sabiamente, para el lector de Malabata. Un ambiente que llama la atención por su plasticidad y su poder evocador. Porque el lenguaje de este larachense tiene mucho de cinematográfico. Desde que empieza la novela hasta que termina, es la propia trama la que se encarga de impedir que el lector se aleje de sus páginas atrapándole en una acción rápida y un lenguaje directo propio del séptimo arte. Una trama envolvente que caracteriza a las mejores novelas policíacas, donde asesinatos, corrupción policial y encuentros amorosos transgresores construyen ese ambiente espeso, turbio y pernicioso que, a buen seguro, el autor pretende que saboreemos.

Malabata recuerda a una buena película de suspense pero sin música. No la necesita porque la inquietud la transmiten los personajes, bien construidos y claramente identificables con la realidad. Y todo ello dentro de los cafetines tangerinos y los lugares emblemáticos. También el lenguaje ayuda a que el lector se ubique en esa geografía determinada, utilizando para ello términos en árabe y en francés que nos trasladan de inmediato a otra época. La época del Tánger pleno de espías, desertores, huidos de la justicia y fugitivos de sus propias vidas. Aquella ciudad que descansó bajo el cielo protector y se repartió entre tantos amantes.

Desde la primera a la última página, en que nuestras ansias de curiosidad se ven saciadas, se articula el misterio de unos hechos muy concretos, pero también deja entrever otros aspectos que, de forma casi imperceptible, van alimentando el interés. El juego amoroso del inspector jefe, la sensualidad casi apocalíptica de Yamila, el alma rota del subinspector… Todo ello envuelto en una atmósfera de maldad sin límites como telón de fondo. Una maldad que a todos nos sobrecoge cuando descubrimos cual es el significado oculto que explica la forma de actuar de los personajes principales. Una obra de ficción pero que el autor equilibra de tal forma que podría ser perfectamente una historia real de aquellas que ocurrieron, a buen seguro, en la que algunos denominaron, incrementando su leyenda, “la ciudad del mal”. Uno de los mayores crímenes de la Historia y el desmedido dolor que supuso su revelación años más tarde para los europeos y para el mundo entero, actúa de telar imaginario sobre el que Barce teje, con su certera imaginación, esta estupenda historia.

Emy Luna. Algeciras 2020. Confinamiento

Emy Luna

Breve Currículo de Emilia Luna

He sido profesora de Lengua y Sociales de la Eso y, entre otras cosas, me gusta pintar y contar historias. En 2007 me tomé en serio la tarea de escribir. Desde entonces intento compaginar la casa y la familia con esta afición que poco a poco va ganando terreno en mis horas y en mis días. He sido una gran lectora desde pequeña y no dudo de que ha sido este hecho el que me ha llevado a escribir de manera inexorable; necesitaba inventar por mí misma historias y personajes, sentirme dueña de vidas y situaciones imaginadas. Pero por encima de todo, deseaba fervientemente ser capaz de trasladar a mis hipotéticos lectores a mundos creados por mi y que, además, disfrutaran con ello.

Me presento a los concursos porque es una manera de que gente que ama la literatura y no me conoce, puedan valorar mis textos y considerar que merecen la pena.

Desde que comencé a escribir he ganado algunos primeros premios en certámenes conocidos como El Laurel, Montefrío y Canyada Dárt y el de Villa de Mazarrón de la Universidad Popular de Murcia, el IES Pablo de Olavide de La Luisiana y de la Universidad de Cádiz; varios segundos como dos veces el Ars Creatio Torrevieja, Victoria Kent, Martín Carpena, San Fulgencio, Universidad de Jaén y Amigos de Lechago, y he quedado finalista más de una veintena de veces en certámenes como Puente de letras, Irreverentes, Latin Heritage Fundation, Ciudad Galdós, Caixa Forum…

También me gusta escribir microrelatos. He sido finalista en una docena certámenes que convocan editoriales como Hipálage y Borumballa, Obrapropia, Defoto…; en la Navidad de 2012 gané el del Primer día de La Ventana de Cadena Ser. Desde entonces, me han publicado algunos microrelatos que han sido seleccionados en certámenes como Luis del Val, Premio Exprèsate, Mundopalabras, Mujeres viajeras… entre otros.

Pertenezco al Circuito Andaluz de las Letras y colaboro con la Cadena SER en el programa de opinión Hoy por Hoy de Algeciras. Gané en 2018 el Premio de Artículos Periodísticos J Luís Tobalina.

La Editorial El desván de la memoria me publicó en Junio de 2012 mi primer libro: “Ojos de niña sobre el Estrecho” y en 2016 “Nanas del Estrecho”, un libro en prosa y poesía ilustrado por la artista Fátima Conesa. He ganado el Premio Onuba de Novela 2018 con mi primera novela, “El Viajante”. El premio ha sido la edición de 1000 ejemplares. Los tres han sido presentados en la Feria del Libro de Madrid.

En 2018 colaboré con la prestigiosa cadena de TV franco alemana ARTE en su programa Invitation au voyage para el documental Lándalousie vibrante de Paco de lucía.

He sido Pregonera de la Feria Real de Algeciras en 2013 y Pregonera de las Fiestas de la Patrona en 2019.

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“EL VIAJANTE”, UNA NOVELA DE EMILIA LUNA

Que existe en estos últimos tiempos una eclosión de literatura ambientada en Tánger, y más aún en el Tánger internacional y en los años posteriores, es evidente. Eclosión que se da en todos los géneros: narrativa, poesía, ensayo, historiografía… Pero centrándonos en la novela, la razón puedo suponerla: una ciudad cosmopolita, fascinante y misteriosa a la vez, una ciudad mitificada y por muchos añorada, una ciudad que tal vez ya no exista, una ciudad fácil de recrear si se la conoce o de imaginar e incluso de reinventar, una ciudad de literatura. Y es un tema recurrente que lleva años amasándose.

De autores tanyauis que la conocen hasta el tuétano y son capaces de transmitirnos el latido real de la ciudad que ellos conocieron y amaron en obras ya emblemáticas como La vida perra de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez,  El año que viene en Tánger, de Ramón Buenaventura, El pan a secas, de Mohamed Chukri; Tánger, Tánger, de Leopoldo Ceballos, o Un largo sueño en Tánger, de Antonio Lozano; de escritores vinculados con Tánger de una u otra manera y que la recrearon o la recrean en sus novelas, como es el caso de Antonio Parra, José Luis Barranco o el muy interesante Javier Valenzuela, con Tangerina y Limones negros, certeros retratos del Tánger actual; y otros novelistas consagrados que utilizan la ciudad como escenario físico y decorativo aunque sin profundizar en las entrañas del Tánger real, como es el caso de las últimas obras de Pérez Reverte o de López Barrios. Mis novelas ambientadas en Tánger, como ya saben quienes me siguen, se mueven entre el Tánger internacional que yo construyo e imagino y el Tánger que conocí en los años de mi niñez, e intento siempre, aunque se trate en novelas de género negro como La emperatriz de Tánger o Malabata, de serle fiel, de no quedarme en la superficie de sus calles sino de convertir a Tánger en un personaje más en mis tramas, como si tuviese vida propia, como si respirara por sí sola.

Y, a veces, encuentras novelas que navegan entre la realidad, la ficción y la libertad creativa, en una especie de arriesgado funambulismo, como es el caso de El viajante (Editorial Onuba – Huelva, 2018), de Emilia Luna. Un libro que ha caído en mis manos tras perseguirla durante días y que me ha descubierto a una excelente narradora. El libro obtuvo el Primer Premio Onuba de Novela 2018.

El viajante portada

Y decía que se mueve entre la realidad, la ficción y la libertad creativa, porque Emy Luna vertebra su novela tangerina jugando con la realidad de una ciudad, bien documentado y bien descrito ese Tánger que va de 1975 hasta nuestros días, y de unos personajes reales, como Paul Bowles o Mohamed Mrabet, ya visitados por otros autores; con la ficción, creando dos protagonistas muy interesantes (el narrador, un viajante vendedor de alfombras portugués, y Javier) que son el motor de la trama, y Suzanne, la amante quizá improbable pero por qué no imaginada y hasta deseada por la autora para Paul Bowles, poseedora de una atracción devastadora tanto para el propio escritor americano como para Javier y para el viajante (he de confesar que Suzanne es de esos personajes que a cualquier hombre nos despierta la curiosidad y todos los instintos), y, por último, con su libertad creativa para hacernos viajar desde Canfranc hasta Tánger pasando por Granada y por Arraiolos (Portugal), y en todos estos lugares Emy Luna nos envuelve con el ambiente de cada ciudad logrando que veamos esos lugares como a través de una cámara, lo que enriquece enormemente la historia.

En la página 91 leemos:

“…Después de comer, nos sentamos en el Café de París tras peregrinar bajo un sol acuciante por las callejuelas que subían hasta la Plaza de Francia. Tomamos café y continuamos con licor. Tras varias copas de mahía, Javier empezó a contarme su vida en es “ciudad de mal”, como decía entre risas parodiando a las tías. Al poco tiempo de llegar tuvo un encuentro inesperado en el Café Central, en el Zoco. No te imaginas cómo viví los días que siguieron el encuentro. Estaba con Marwani cuando entró un grupo de hombres vestidos a la manera europea. Iban borrachos, aunque guardando la compostura que da la experiencia. A mi pregunta de quiénes eran, mi amigo me explicó que ellos eran el reducto que quedaba de la élite intelectual extranjera en Marruecos. El día menos pensado desaparecerán, y con ellos, el sueño de la ciudad internacional de Tánger. Ya apenas queda nadie de los que dieron fama a esta ciudad en los años previos a la independencia. Estos son los que se engancharon y piensan acabar sus días aquí. Según Javier, Marwani se puso muy serio mientras le daba esta respuesta. ¿Se engancharon? Mi pregunta resultó infantil; no pude evitarlo, necesitaba más información, más detalles que alargaran la charla. Llevaba varias horas con el dibujante y aún no conseguía que entrara en profundidades. Sí, se engancharon a una forma de vida que irrumpió en esta ciudad bajo los dictámenes de los extranjeros que vinieron huyendo de sus países por diversas razones. Marwani odiaba que hubieran dado a luz a una filosofía a costa de Tánger, su ciudad. Que hubieran suplantado la verdadera identidad de Tánger por otra inventada por unos cuantos. Escritores, artistas, exiliados, refugiados, políticos, traidores a los lugares donde nacieron o de donde proceden…”

La novela cuenta la relación que se establece entre un viajante vendedor de alfombras portugués y Javier desde su primer encuentro en la estación de Canfranc hasta el laberinto que se va tejiendo entre lo que ocurre en Granada y lo que acontece en Tánger, hechos que marcan la vida de Javier y que arrastran al viajante de manera vertiginosa. Emy Luna convierte hábilmente la relación de estos dos hombres en una suerte de dependencia casi vampírica, donde uno de ellos tratará de apoderarse de la vida del otro para salvar la suya propia, un arriesgado juego del que Luna sale más que airosa.

Pero el centro de la trama se desarrolla en Tánger y es aquí donde la novela alcanza sus mejores momentos. Hay en las escenas entre Paul, Suzanne, Javier y el viajante un extraño y oscuro vínculo, a veces contradictorio, a veces enigmático, con un toque morboso, pero siempre lleno de sensualidad y de dobles lecturas. A veces es cierto que deja al lector ante la duda, como colgados en el vacío, pero eso es también parte del juego al que nos invita la autora a participar. Los saltos en el tiempo están bien marcados y el desarrollo de la trama va cerrando pequeños círculos que se abren en cada capítulo hasta ir zurciéndose al descubrir los motivos que mueven a los personajes. Y no siempre esos impulsos son nobles, en toda la novela hay un extraño halo de maldad flotando en el ambiente que carcome las vidas de estos personajes desesperados y malheridos.

He conversado con Emy Luna de algunos aspectos de la novela, y he descubierto a una escritora ansiosa por absorber cuanto la rodea para luego usar ese material en sus historias, una mujer entusiasmada con el ambiente tangerino y deseosa por seguir alimentando su alma de novelista. Sin duda, El viajante es una obra bien construida, con un vocabulario rico y trenzado, con personajes perfectamente dibujados y con una atmósfera que sabe mezclar de manera minuciosa los aspectos más íntimos, familiares y personales, con los más inquietantes, impulsivos y pasionales de los protagonistas. Sin olvidar, como ya he apuntado antes, que la autora ha realizado un arduo trabajo para documentarse sobre Tánger, pero también sobre Granada, Canfranc y Arraiolos, y con ello asienta su novela sobre una base creíble y realista. Aunque en sus páginas no todo es tan real como parece…

Cerraré esta reseña, reproduciendo lo que podemos leer en la contraportada del libro, resumen perfecto de lo que es El viajante:

“La novela, en primera persona, narra la vida de un viajante de alfombras portugués. Una vida plana, sin sombras ni esquinas. Más que vivir la vida, parece que el viajante la observa y se desliza sobre ella. Hasta que tropieza en una estación con Javier, estudiante de la Universidad de Granada. Este encuentro fortuito marcará su vida para siempre. A partir de aquel día en la Estación de trenes de Canfranc, el portugués solo vivirá para las citas con el joven. Gracias a encuentros en apariencia casuales, pero meridianamente planificados, el representante de alfombras descubrirá cosas de su propia vida a través de los ojos de Javier. Le perseguirá hasta la Tánger de los años 70 donde entrarán en contacto con Paul Bowles y otros autores de la generación beat que aún quedaban en la ciudad <maldita>. Se verán atrapados en un mundo de drogas y ambiciones personales. El influjo del escritor norteamericano, no siempre beneficioso, calará en ambos. El viajante recuperará el pasado, su pasado, bebiendo la vida de su joven amigo. Y no solo recuperará lo que fue, sino que construirá su futuro a expensas de Javier. Recuerda en algunos pasajes a Un invierno en Lisboa, de Muñoz Molina, y la admiración del viajante por Javier nos trae a la memoria algunas imágenes de Muerte en Venecia. Inevitable el influjo de Magris y de Sebald en lo que respecta al concepto del tiempo.”

Una buena novela para regresar una vez más a las calles de Tánger…

Sergio Barce, noviembre 2019

EMY LUNA

EMILIA LUNA

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EL VIAJANTE (Forushande, 2016) de ASGHAR FARHADI

El viajante (Forushande) del realizador iraní Asghar Farhadi ha obtenido el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

EL VIAJANTE cartel

Confieso que he ido al cine a ver este film con cierta reticencia. La razón era que, de su anterior filmografía, tanto Nader y Simin, una separación (Jodaeiye Nader az Simin, 2011) como El pasado (Le passé, 2013), me habían parecido películas maravillosas, y el hecho de que se le hubiera concedido el Oscar a su última cinta me hacía presagiar que, tal vez, Farhadi había cedido a un cine más comercial o más del gusto de los académicos americanos. Me equivoqué.

En cuanto la historia comenzó a andar, me di cuenta de que me zambullía una vez más en el mundo personal e íntimo de Asghar Farhadi, y de que no sólo era fiel a sí mismo sino también a quienes nos declaramos seguidores incondicionales de su cine.

el viajante

Shahab Hosseini y Taraneh Alidoosti en El viajante

Como en todas sus películas, priman tres cosas: una puesta en escena primorosa, sencilla, pero muy eficaz, unos actores bendecidos por algún benévolo djinn, y un guión sin fisuras. Y así es: volvemos a los entornos pequeños, a un micromundo que se desarrolla en una familia, y eso supone ya de por sí que el drama pueda surgir de manera espontánea, todo esto aderezado con un inteligente juego paralelo con la representación teatral de la obra de Arthur Miller Muerte de un viajante (Death of a salesman) en la ciudad iraní donde se desarrolla la película. El matrimonio protagonista es también el protagonista de la obra teatral. Es un ardid que permite avanzar en la historia real y en la trama que se ensaya y se representa con escasa fortuna en una pequeña sala, igual que sus existencias avanzan a trompicones por hechos que les hacen cambiar de vida sin que puedan hacer nada para evitarlo.

Los actores son excelentes. No sé de dónde los sacará Farhadi, pero los exprime hasta sacar lo mejor de ellos. Si Shahab Hosseini (que por este papel obtuvo la Palma al mejor actor en el Festival de Cannes) y Taraneh Alidoosti clavan sus personajes, el de un matrimonio que, de pronto, ve cómo su mundo se desmorona alrededor, a mí, personalmente, me conmueve más el actor que interpreta al agresor (no puedo decir mucho más, porque desvelaría parte de la trama y de la intriga, que también la hay), un veterano que me conmueve hasta la compasión.

EL VIAJANTE 2

Escena de El viajante

Farhadi juega con nuestros sentimientos: hay traición, hay humillación, hay venganza. El concepto del honor mancillado en la sociedad iraní (extensible a otros países de confesión musulmana) está perfectamente trazado. El personaje del marido, que se siente humillado por lo sucedido a su esposa, lleva su concepto del honor hasta límites insoportables. Farhadi hace que sintamos simpatía por él, que nos solidaricemos con el marido, pero poco a poco esa sensación va cambiando y es el agresor quien, en un momento dado, pasa a convertirse en la nueva víctima. Sin duda, como hace siempre, Asghar Farhadi sabe cómo meter los dedos en la estructura familiar y social iraní, y muestra sin pudor sus miserias.

La historia está tan bien trazada, dibujada y llevada que, durante las dos horas largas que dura esta película, uno se siente dentro del drama, y es que, cuando el cine es buen cine, uno acaba por vivirlo. Estamos, pues, ante una película brillante.

Por supuesto, no puedo evitar entrar en lo sucedido en la ceremonia de los Oscar con este premio en concreto.

Vivimos en un mundo extraño. Los populismos baratos están asaltando el poder. Asghar Farhadi, a través de su cine, ha dado desde siempre una lección de independencia y de visión crítica de la vida, es decir, cumple con el objetivo de todo buen creador. Por tanto, Farhadi es, sin ninguna duda, un artista indiscutible por su calidad y por su valor humano, alguien comprometido, y que se ha enfrentado al poder establecido. Sin embargo, Donald Trump, esa especie de hamburguesa parlante, ha conseguido algo inaudito: que gracias a su política migratoria anti islamista y xenófoba, alguien como Farhadi, un hombre que lucha por la libertad, no haya podido acudir a recoger su Oscar. En su lugar, el director envió a dos irano-estadounidenses: a Anousheh Ansari y a Firouz Naderi, una ingeniera y un científico vinculados a la NASA. Es decir, inteligencia frente a fuerza bruta, y le ha dado una lección de saber estar y no estar.

Tal vez Trump olvida que los hermanos Warner, Louis B. Mayer, Billy Wilder, Erich Von Stroheim, Cary Grant, Alfred Hitchcock, Charles Chaplin, Marléne Dietrich, Rouben Mamoulian, Ernst Lubitsch, Greta Garbo, Frank Capra, Kirk Douglas, Elia Kazan, Fred Zinnemann, Yul Brynner, Mike Nichols, Audrey Hepburn, Jean Negulesco, Fritz Lang… por nombrar sólo unos cuantos clásicos, de los cientos que hicieron de Hollywood la meca del cine y luego  ya más recientes también los hay y muchos (Max Von Sydow, Nicole Kidman, Salma Hayek, Charlize Theron, Alfonso Cuarón, González Iñárritu, Mads Mikkelsen…), todos ellos emigraron a Estados Unidos, una gran mayoría huyendo del fascimo, del nazismo o de otros sistemas autoritarios, y también otros de la miseria, para crear o participar en películas que son paradigmáticas del cine yankee. Gracias a estos nombres existen Con faldas y a lo loco, Avaricia y El crepúsculo de los dioses, Encadenados y Con la muerte en los talones, y Psicosis, El gran dictador, La Venus rubia, El signo del Zorro, Ninotchka y Margarita Gautier, Qué bello es vivir, Espartaco, La ley del silencio, Solo ante el peligro,  El rey y yo, El graduado, Sabrina y Vacaciones en Roma, Cómo casarse con un millonario, Los sobornados y Deseos humanos… Daniel Day-Lewis, irlandés, ha sido Lincoln para Steven Spielberg, y Anthony Hopkins, inglés, fue Nixon para Oliver Stone. Christoph Waltz, austríaco-alemán, se lleva los papeles con los mejores diálogos de los últimos años, y Javier Bardem, español, interpreta a uno de los malvados más inquietantes para los hermanos Coen… Y el Gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, es decir, Terminator, es austríaco… Lo nombro ya para rizar el rizo. Y los he nombrado a todos para subrayar que, cuando es la libertad y la democracia la que impera, el arte produce obras inolvidables.

En fin, que Asghar Farhadi merecía haber recogido su Oscar en persona, que el odio sólo trae odio y que la incultura en el poder sólo provoca el caos. Por eso es muy sano ver películas que lo cuestionen todo, como la última de Farhadi.

Sergio Barce, marzo 2017

ASGHAR FARHADI

ASGHAR FARHADI

 

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