Archivo de la categoría: OTROS AUTORES, OTROS LIBROS

AMIGOS EN MI BIBLIOTECA

Algunos de los libros de mi biblioteca. Libros escritos por autores que son mis amigos o que hemos compartido algunos buenos momentos o con los que me une alguna afinidad.

Ahí tenéis títulos de Mohamed El Morabet, José A. Garriga Vela, Antonio Lozano, Miguel Torres López de Uralde y Antonio Fontana.

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De José Sarria, Abderrahman El Fathi, Marta Querol y Sergio del Molino.  De Encarna León, Inmaculada García Haro, Sonia García Soubriet, Abdellah Djbilou, Rocío Rojas-Marcos y Ahmed el Gamoun; y de Víctor Morales Lezcano, Hassan Tribak, Pepe Ponce, José L. Gómez Barceló y de Javier Otazu.  

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Obras de Farid Othman Bentria Ramos, Antonio Abad, Yolanda Aldón, Zoubida Boughaba Maleen, Pablo Aranda y Ana Añón. Junto a los de Javier Valenzuela, Peter Viertel (con traducción de Marcos Rodríguez y Carmen Acuña), Miguel Romero Esteo, Pedro Pujante y Mohamed Sibari; y a los de Mohamed Akalay, José L. Pérez Fuillerat, Presina Pereiro, León Cohen y Víctor Pérez.

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Y más libros de Juan José Téllez, Alfredo Taján, José Sarria, Manuel Gahete, Tahar Ben Jelloun o Najat el Hachmi. De Julio Rabadán, Salvador López Becerra y Pedro Delgado.

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Están los libros de Herminia Luque, Emy Luna, Iñaki Martínez, José F. Martín Caparrós y Luis Mateo Díez. Y de Felicidad Batista, Saljo Bellver, Mohamed Chakor, Mohamed Abrighach y Mario Castillo del Pino.

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Libros de María Dolores López Enamorado, Paloma Fernández Gomá, Lorenzo Silva, Ahmed Mgara y Pedro Munar. De Cristina Martínez Martín, Mohamed Lahchiri, Juan Goytisolo, Alicia González Díaz y José García Gálvez. 

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Títulos de Mohamed Bouissef Rekab, Juan Pablo Caja, Mohamed Laabi, Guillermo Busutil y Ramón Buenaventura. También de Abdellatif Limami, Aziz Tazi, Abdelmawla Ziati, Roberto Novella, José Sarria, Manuel Gahete y Abderrahman Jebari. Junto a otros de Luis Leante, Laila Karrouch, Mohamed Abid, Said Jedidi y Pablo Martín Carbajal.

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Al lado de Sara Fereres, Santos Moreno, Francisco Morales Lomas, Abdel Rusi el Hassani y Mohamed Mrabet (con traducción de Albert Mrteh); y de Rocío Rojas Marcos, Ahmed Oubali, Pedro Delgado, Fernando Castillo y Luis María Cazorla.

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Libros de Randa Jebrouni, Jess Lavado, Carlos Tessainer, Eloísa Navas, Alicia Muñoz Alabau, y de Hipólito Esteban Soler, Fuensanta Niñirola, Susana Gisbert Grifo y libros de la Generación BiblioCafé.

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Libros muy especiales de mi biblioteca porque a la creación se une el elemento personal y afectivo.

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«EL PERDÓN DE LOS PECADOS», UNA NOVELA DE ANTONIO FONTANA

 

Aunque publicado en 2003, gracias a mi amigo el escritor Miguel Torres López de Uralde, descubro una novela extraordinaria: El perdón de los pecados, del autor malagueño Antonio Fontana, que hace pocas semanas fue galardonado con el Premio Café Gijón con Hasta aquí hemos llegado.

EL PERDÓN DE LOS PECADOS portada

Adentrarse en El perdón de los pecados es entrar en un mundo duro y desangelado, en el que las circunstancias hacen cambiar por completo la vida de una familia. Lo que plantea esta novela es cómo el nacimiento de un hijo o de una hija con un problema psíquico o físico (en el caso de la novela es una parálisis cerebral) hace cambiar a las personas, cómo ese problema se afronta de manera diferente por quienes rodean a ese inocente y cómo sus vidas cambian para siempre.

La habilidad de Antonio Fontana es la de obligarnos a enfrentarnos con ciertas preguntas muy incómodas. ¿Actuaríamos como lo hace la madre de Tecla, esa niña que nace limitada para el resto de su vida? ¿Lo haríamos como su padre? ¿O tal vez como Ángela, su hermana? Cada uno arrostra el acontecimiento de una manera, y es el tiempo el que los modulará para ser unos más valientes y otros más condescendientes, o más cobardes. ¿Habríamos comprendido al médico que asistió al parto de esa criatura diezmada? ¿Seríamos tan mezquinos como alguno de esos vecinos que le desean incluso la muerte a esa niña porque carecen de la más mínima piedad?

“Su voz se abrió paso en la penumbra:

-¿Por qué nos ha tocado a nosotros?

No era una pregunta: era una queja.

Desde la cama, la respuesta de mi madre llegó cortante, veloz; quizá porque la había meditado largo rato; quizá porque no había nada que meditar:

-¿Qué por qué nosotros? Por qué le ha tocado a ella, querrás decir. ¿Qué culpa tiene Tecla?

Mi padre saliendo de la habitación cabizbajo, envuelto en un silencio distinto del anterior: más profundo, más amenazador, más peligroso. Planeando ya la huida. Preparando las palabras con las que me dirá adiós -<diós, diós>- dentro de unos días. Ensayando su beso cobarde. El beso que recibes dormida y crees haber soñado. El beso con el que se despide -<diós, Dios>- quien no piensa llevarte consigo. Quien ha empezado a alejarse.”

Me conmueve el personaje de la madre: entregada, enrabietada, digna, fuerte, amorosa, dura, luchadora. Me enternece Tecla, por supuesto, una niña inocente que tiene una existencia amputada por el capricho del destino o por ese Dios que tan bien describe Antonio Fontana en boca de la narradora.

Y ese pueblo al que regresa la protagonista, que es uno de esos pueblos que apenas pueden ya mantenerse en esta España vacía nuestra, casi aterrador. La descripción de la estación de tren lo encierra todo en pocas palabras.

“…Mientras tanto, el tren espera. A alguien que no llegará, porque en estos pueblos cada vez hay menos gente, y la poca que queda es gente resignada, gente vencida, gente que ve pasar los trenes en la lejanía, que en eso consiste la resignación: en contemplar el paso de los trenes sin subir nunca a ellos; sin soñar siquiera con subir algún día a ellos. ¿Para qué?”

Hay mucho desaliento, mucha desilusión y mucha culpa y mala conciencia en esta historia de amor materno filial, y de desamor entre hermanas y entre madre e hija, y mucha aridez paterna. Los retratos de los personajes son delicados, pero perfectamente construidos. Y la narrativa de Antonio Fontana es magnífica, manteniendo el pulso desde la primera línea hasta el punto final sin el menor desfallecimiento. Contándonos lo que no querríamos saber, lo que la verdad esconde, lo que el pasado nos trae de vuelta sin que pueda evitarse, igual que la mala conciencia o los demonios que escondemos bajo la alfombra. Muy recomendable.

El perdón de los pecados está editada por Acantilado.

Sergio Barce, noviembre 2020

ANTONIO FONTANA

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE LA NOVELA DE HERMINIA LUQUE «LA REINA DEL EXILIO»

 

El pasado lunes tuve la fortuna de presentar la novela La reina del exilio, con la que mi querida amiga Herminia Luque ha obtenido el Premio Narrativas Históricas de Edhasa.

Aunque parapetados tras nuestras mascarillas, y ante un público que aún se resiste a perder estos encuentros literarios, tan necesarios para hacernos escapar de esta maldita realidad que nos rodea, la verdad es que lo pasamos bien. 

SB Y HL

Aquí os dejo mi intervención, que os servirá para entrar de manera subrepticia y sigilosa en esta novela.

LA REINA DEL EXILIO, de Herminia Luque. Por Sergio Barce

Hace tiempo que conozco a Herminia Luque. Hemos compartido espacio en algunos libros colectivos de relatos, ella con sus cuentos y yo con los míos. Herminia ha presentado alguna de mis novelas, y yo he escrito sobre alguna de las suyas. Nos hemos leído, y hemos viajado juntos.

Yo la he llevado a Marruecos y ella me ha trasladado a otros tiempos, a mundos en los que has de “amar tanta belleza” que acabas agradecido y rendido; mundos en los que mujeres excepcionales luchaban contra una realidad mezquina y mentecata.

Cuando viajo a través de sus palabras, me dejo embozar por sus descripciones tan bien construidas y por sus personajes, que poseen vida propia.

Hoy viajamos de nuevo juntos hasta finales del siglo XIX, pero Herminia me coge de la mano, sin prolegómenos y sin preguntar siquiera, y me arrastra tras de ella para llevarme a París.

Por supuesto, no ofrezco resistencia alguna, sería una insensatez por mi parte hacerlo a estas alturas, y, al llegar al viejo palacio Basilewski, me abandona en las escalinatas de entrada.

Un feo gesto por su parte, todo hay que decirlo, ya que me había imaginado un largo paseo por la orilla del Sena o que nos sentaríamos en el “Café de Flore” en la misma mesa de Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre. Cometer alguna locura de escritores.

Así que la miro de soslayo con todo el fingido resentimiento del que soy capaz (es decir, ninguno, porque me puede más mi admiración y mi cariño por ella) y empujo con abatimiento la puerta de acceso. Lo hago vestido como Newland Archer (confieso que el vestuario lo he elegido del guardarropía de La edad de la inocencia; ventajas de viajar del presente al pasado), y de esa guisa me topo con “la Gorda”, que me observa con curiosidad desde una ventana.

Alevosamente, pues, Herminia me ha dejado a solas a las puertas del palacio que ocupa en París la reina Isabel II no sin antes haberme deslizado un ejemplar de lo que intuyo es una guía para moverme por el interior, titulada La reina del exilio.

Su majestad se ríe burlona, y ni siquiera me abre la puerta, quizá por ser ése un cometido de lacayos.

Sufro así dos desplantes en menos de cinco minutos.

Opto pues por leer el libro que me ha endosado Herminia. Desde la primera línea, sin necesidad de atravesar la puerta, me veo de pronto en el interior del palacio de Castilla, que es como se conocía al palacio Basilewski una vez fijada allí la residencia de Isabel. Y dentro me encuentro con diferentes historias en minúscula, con la Historia en mayúscula, con misterio y con un par de asesinatos, con traiciones, con amantes, con engaños, con intrigas palaciegas, con personajes reales y con personajes ficticios que Herminia hace que parezcan tan vivos o más que los otros…

He acabado así dentro del libro. Y descubro que no es ninguna guía, sino una novela magnífica. De manera que me hago pasar por un personaje sin diálogo, el de un fisgón que se ha colado por el resquicio de un párrafo, para poder saborearlo con deleite.

De nuevo son las palabras de Herminia Luque las que me hacen viajar a un lugar desconocido del que, lo confieso, nunca antes había oído hablar. Y, aunque todo es pura decadencia, me ajusto mis quevedos para no perder detalle de cuanto Herminia me describe meticulosamente en La reina del exilio.

A través de sus páginas, de estas páginas, descubro que puedo pasar de los engañosos salones del decadente palacio de Castilla, en pleno París, a las calles de un Madrid tosco, pobre, chusco y analfabeto, y que puedo codearme con una reina y con condes y marqueses, pero también con prostitutas, mesoneros, ladrones, malnacidos, buscavidas, proxenetas y cocheros de punto.

Me engolfo entre tantos recovecos como hay en su narración. Sigo la vida de la desdichada Teresa y las maniobras de Julio Uceda, paso de una estancia a otra del palacio de Castilla como quien visita una casa conocida, me siento frente a Isabel II y la oigo respirar y conversar con sus modales toscos y brutotes, aunque me admiro de su naturalidad, de su desparpajo, de su soledad última, rodeada de fantasmas y de viejos nobles que han perdido su lugar en el mundo.

Incluso los panfletos que le hacen llegar a la reina exiliada me mueven a la compasión. Qué bien utiliza este elemento Herminia en la historia.

A medida que pasan las páginas y los capítulos, también me doy cuenta de que Herminia es capaz de ser una narradora galdosiana o una novelista más inclinada a Dickens, según le venga en gana. Es tan buena escritora que usa sus armas a su antojo y capricho. Si hay que embarrarse, Herminia se embarra, y si hay que arremangarse las faldas y las enaguas, se las arremanga. Yo solo la sigo sin rechistar.

Sus frases son capaces de que oigamos el ruido de los trajes que visten esas damas al moverse por las habitaciones, que percibamos los perfumes y afeites que utilizan las señoras y que nos lleguen los sudores de las criadas y de las menesterosas, que de todo hay en su novela; sus frases se llenan de palabras en desuso, pero que pertenecen a esa época y no hay una sola que sobre o que falte; sus frases tienen la virtud de engatusarnos para seguir las vidas de sus protagonistas y de enredarnos en intrigas y traiciones muy españolas y muy castizas, y muy galantes, pero muy envenenadas; sus frases nos depositan en el dormitorio de la reina y en las lúgubres habitaciones de casas miserables; sus frases nos embaucan hasta hacernos creer que estamos en el interior de “un meublé” y la sensualidad de sus sustantivos y adjetivos hasta nos crean la ilusión de protagonizar la escena que se desarrolla en esa habitación…

Las palabras de Herminia, en fin, tienen la elegancia para hacernos soñar que asistimos a una conferencia de Emilia Pardo Bazán en pleno París. Yo aprovecho la ocasión y me siento junto a una “dama coreana” que también ha acudido a la charla, y a la que doña Emilia no le quita el ojo de encima.

Pero todo llega a su final. Y cuando cierro esta hermosa novela, bajando ya las escaleras del palacio Basilewski, echo un vistazo por encima del hombro y veo que Herminia Luque le dice algo al oído a Isabel II, sin duda cosas de mujeres emancipadas, y las dos se ríen, como si, pese a todo lo desvelado, aún compartiesen muchos más secretos que, maliciosas ellas, han decidido que permanezcan para siempre tras esas paredes.

la reina del exilio portada

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«EL HOMBRE DEL LIBRO», UNA NOVELA DE DRIS CHRAIBI

Hace un tiempo, escribía acerca de la magnífica novela El pasado simple (Le passé simple, 1954) del escritor marroquí Dris Chraibi, nacido en El Yadida en 1926 y fallecido en Crest (Francia) en 2007.

EL HOMBRE DEL LIBRO de Dris Chraibi Portada

Impelido a leerlo de nuevo, me he sumergido en El hombre del libro (L´Homme du livre), de 1995. Pero me he encontrado con una obra radicalmente distinta a El pasado simple. Si su primera novela es un retrato duro y sin concesiones del Marruecos bajo el Protectorado francés, El hombre del libro es casi el otro extremo, y Dris Chraibi lo aborda con soltura, inteligencia y maestría.

Esta obra es una bella aproximación a la figura del profeta Mohammed (Mahoma). Para ello, Chraibi reconstruye y retrata al personaje desde su lado más humano, y qué mejor para hacerlo que partir de los días en los que le llega la gran Revelación, los instantes más cercanos al momento en el que se le desvela que él es el profeta, el Elegido.

Me gusta el tono del libro, con una narrativa poética llena de aciertos. Conocemos a Mahoma justo cuando Jadiya hace aparición en su vida y se convierte en su esposa devota y apasionada, y la delicada y sutil descripción de cómo era y cómo actuaba Jadiya me ha fascinado.

“…El rostro de Jadiya, contemplado tan de cerca, tenía algo de libro -un libro al que le faltaban páginas: aún no estaban escritas…”

DRIS CHARIBI 1

Dris Chraibi no censura los deseos más íntimos de esta mujer que se enamora de un hombre mucho más joven que ella pero al que decide seguir en todo momento, sabedora de que no es un hombre como los demás. Tampoco oculta lo que el propio Mahoma podía pensar o sentir acerca de la fascinante Jadiya, o sobre sus hijas.

“…Era una mañana radiante. A la caída de la tarde, fui a visitar a mi destino. Jadiya permanecía inmóvil frente a la hornacina, aquella donde estaba colocada la lámpara de cristal. Tenía la espalda erguida, y su abundante melena caía en cascada por debajo de la cintura. No se dio la vuelta. Con una voz neutra, me preguntó:

-¿Aceptas?

Dije:

-Sí.

Pasó un largo rato envuelto en silencio. Luego, desde el centro del silencio, ascendió la alegría: ¡qué bonita era esa risa, y verdadera e indecible, que resonaba contra la pared de la hornacina y me alcanzaba por todas partes! No se dio la vuelta ni el grosor de un cabello. Su voz sonaba grave, grave y lenta cuando me dijo:

-Te quiero. Te quiero porque siempre te sitúas en el centro, evitando tomar partido con la gente por esto o por aquello. Y te quiero por tu rectitud, por tu hermoso carácter y porque tus palabras no mienten. Te quiero sobre todo por ti mismo. Ahora vete. Vete, te lo ruego.

¿Se dio por fin la vuelta? ¿Y había en sus ojos esa desnudez en la mirada, privilegio de la infancia? Era la primera noche…”

Como decía antes, la novela posee una bella narrativa muy poética y musical. A través de sus palabras, Dris Chraibi no sólo  nos describe esa parte de la vida de Mahoma: cuando se casa con la viuda Jadiya, cuando conoce el amor de esa mujer, cuando asiste al triunfo de Qais en la justa poética que, cada año, se celebraba en Meca y al que el rey de Yemen proveía de premios al vencedor (una espada de oro macizo y un caballo de pura raza), episodio este de gran belleza narrativa; cuando Mahoma va vislumbrando por pequeños hechos y acontecimientos que algo está a punto de suceder y cómo va dándose cuenta de que esa sucesión de hechos lo van a llevar a ocupar un lugar en la Historia que nunca hubiera imaginado, cuando al fin Mahoma se transforma en “el hombre del Libro”…

La historia está jalonada de otros capítulos no menos interesantes y con otros personajes vistos desde la perspectiva musulmana: Moisés, Jesús, Abraham… Todo narrado con una exquisitez primorosa. Ya casi al final del libro, Chraibi introduce al personaje para mí inesperado de Muhyiddin Ibn Arabí, al que dedica unos párrafos llenos de admiración, respeto y belleza.

“…Una hogaza amasada con aceite de oliva. Un hombre la mastica lentamente. Es su única comida del día, o casi. No tiene hambre. Tiene hambre de lo que es, de lo que hay detrás de la ciencia y del arte. Tiene sed de lo insondable. Se llama Muhyiddin Ibn Arabí. Delgado, ni alto ni bajo, y vestido con un sayal. La coronilla despoblada, párpados frágiles y cejas negras enmarañadas. Imberbe. En la mano derecha, en la palma y el dorso, y sobre todo en la punta de los dedos, manchas de tinta. El cálamo está en el tintero. El tintero está vacío, seco. La última gota de su contenido acaba de utilizarla Ibn Arabí para escribir la última palabra de su libro Las perlas de la sabiduría. Ha escrito numerosas obras en los últimos años, pero éste es su recién nacido. Está temblando todavía -y el durmiente tiembla con él. ¿Quién, quién llora -llora sin ruido? ¿Las lágrimas son perlas del pensamiento, como el rocío tras una noche oscura: lo último de lo que un hombre ha podido sentir y pensar, y que su pluma no ha podido traducir en palabras? Ibn Arabí se siente vacío, vacío y solo. No vuelve a leer lo escrito, igual que una mujer que acaba de parir no puede volver a tener el mismo parto…”

Preciosa esta última parte.

Como ya hiciese en El pasado simple, la Noche del Poder, la noche vigesimoséptima del mes sagrado de Ramadán, ocupa una parte importante de su novela, es una clave, el punto de inflexión, y dota a ese acontecimiento de un barniz mágico y eterno, una noche de fe, en la que, según la tradición, todos los deseos son otorgados. Pero aquí la arrostra en el momento en el que Mahoma ocupa el lugar que le tiene reservado el Destino.

“…Era la vigesimoséptima noche de Ramadán, a mediados de agosto del año 610 de la era cristiana. Un hombre de unos cuarenta años, vestido con un jaique de lana cruda sin costuras ni mangas, iba al encuentro de su destino. Nada, todavía nada, presentía de ese destino, salvo la inminencia indecible que lo había sacado de la cama y lo empujaba ahora hacia delante, dirigiéndolo inexorablemente al monte Hira. Iba descalzo y con la cabeza descubierta. En lo más profundo de su orgullo y de su nobleza, tenía la íntima convicción de que, del más lejano al más presente, del más grave al más benigno, todos los momentos de su existencia lo acompañaban paso a paso. Más negra de que las tinieblas, una sombra lo precedía y le indicaba claramente el camino. Se había detenido dos o tres veces y había escrutado las tinieblas en torno suyo. Estaba solo, y su cuerpo no proyectaba ni un ápice de sombra. Y la sombra estaba allí, delante de él, parada también, impaciente y conminatoria.

-Se acerca la hora…”

Como bien indica mi admirada Leonor Merino “no se trata de un libro de historia… sino de una obra de pura ficción, aunque verse sobre un personaje formidable: el profeta Mahoma, a quien la obra devuelve su dimensión humana con frecuencia ocultada…”

El hombre del libro, ha sido publicado por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, con traducción del francés de Inmaculada Jiménez Morell.

Sergio Barce, octubre 2020

L´Homme du livre

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«ACERCAMIENTO AL ESPAÑOL EN LARACHE», DE JUAN CARLOS MARTÍNEZ BERMEJO

En el año 2010, apareció el libro Acercamiento al español en Larache, de Juan Carlos Martínez Bermejo, estudio a pie de campo de la situación de la lengua española en la ciudad. Es un estudio lingüístico, y contiene algunas curiosidades sobre la manera de hablar español de los larachenses marroquíes y su peculiar uso del idioma. A continuación voy a reproducir algunos párrafos para quienes sientan curiosidad.

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“Vocalismo.

No hemos advertido grandes diferencias entre el vocalismo del español y el del habla de Larache.

En el vocalismo átono se observa un fenómeno fonético que, según mi opinión, podría considerarse como transferencia de la lengua árabe al español. Se trata de la indistinta pronunciación de las vocales (o) por (u) y de (e ) por (i), y al contrario. Esto obedece a una característica intrínseca de la lengua árabe, que no considera como rasgo pertinente este fenómeno, y el uso de una por otra no ocasiona ninguna variación en el significado de las palabras en esa lengua.

Sin embargo, éste es uno de los aspectos fonéticos más dificultosos para los hablantes árabes, y es muy posible que hasta que no alcancen un nivel de competencia alto sigan cometiendo estos errores. En el caso de los diptongos formados por estas vocales la dificultad se multiplica,  ya que son inexistentes en los dialectos árabes.

Visina = vecina   Disir = decir

Vicinos = vecinos / visinos = vecinos  Pulíticas = políticas 

Jobilado = jubilado / joubilado = jubilado   Picao = pecado     Jodíos = judíos  

Vení = vine   Aborría = aburría

Consonatismo. En este apartado se aprecian las mayores diferencias, algunas de ellas, sin embargo, están en consonancia con determinadas áreas geográficas de España, y muy especialmente, con las que se encuentras situadas en la zona meridional.

Las mayores divergencias entre el dialecto marroquí y el español se dan en las bilabiales b/p, las dentales d/t, las dorsales k/g y las líquidas l/r.

-Un rasgo fundamental es la no pertenencia en el consonantismo árabe de las consonantes p/b. En este caso se asimilan, careciendo el alfabeto árabe, además, del sonido (p). Ejemplos: (Bortugal “Portugal”, pocadillo “bocadillo”). A pesar de ello, no hemos encontrado ejemplos prácticos en las entrevistas.

-Uso del seseo. Este rasgo domina principalmente en la mayoría de los informantes, lo que puede ser debido a que se constata una cierta dificultad en la producción del fonema fricativo sordo interdental, aunque existe en árabe clásico, su uso, en la actualidad, es muy restringido, y en muchos casos, se ha transformado en un sonido interdental sordo (t).

Hay muchos ejemplos en las entrevistas, pero prefiero marcarlos de una manera generalizada, sin incluir todas y cada una de las realizaciones, pero extendiendo el campo con ejemplos de cada uno de los informantes. En definitiva, vemos que es un rasgo generalizado en la mayoría de las entrevistas.

Nasí = nací   Ejérsito = ejército   

Seuta = Ceuta   Fransés = francés

Acrobasia = acrobacia   Plasas = plazas Valensia = Valencia   Isquierda = izquierda Empesaron = empezaron   Troso = trozo

…(…)

-Caída de consonante final. Este uso tiene una cierta relación con la pronunciación característica de la España meridional. Aquí solamente expondremos las más habituales, después las detallaremos atendiendo a las distintas terminaciones consonánticas (pérdida de -s, -d, -l y -r). Después valoraremos cada uno de estos exponentes de manera separada.

Entonce = entonces   Verdá = verdad

Facultá = facultad   Españó = español Especialidá = especialidad

Mayore = mayores

-Uso de la aspiración en final de sílaba o palabra… (…)”

Acercamiento al español en Larache, fue editado por Litograf, en Tánger. ISBN 978-9954-9020-0-4. 

El libro va acompañado de un CD. 

 

 

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