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“EL MUNDO DE AYER” (DIE WELT VON GESTERN), DE STEFAN ZWEIG

Vuelvo por enésima vez a este escritor austríaco que tanto me entusiasma y me enseña. Tras varias de sus obras de ficción y algunas biografías, y, tras acabar sus Diarios, me he sumergido en su otro bellísimo libro de memorias: El mundo de ayer (Die Welt von Gestern), y me he rendido a su prosa, a sus pensamientos, a sus vivencias, a su visionaria pulsión del mundo, clarividente y temerosa por lo que estaba a punto de suceder. Una obra maestra para leer y releer.

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He dudado antes de elegir el fragmento que deseaba compartir, pero finalmente me he decidido por el instante en el que publica su primera obra. Nadie podría haber descrito esas sensaciones con tal calidez y detalle, tan acertadamente. Leyéndolo, uno vuelve a experimentar muchos de esos sentimientos que solo se viven cuando ves tu primer título editado. Algo irrepetible, como muy bien expresa Zweig.

“Si repaso mi vida, recuerdo pocos momentos tan felices como los primeros de mi época universitaria sin universidad. Era joven y, por lo tanto, no sentía aún la responsabilidad de tener que hacer algo perfecto. Era bastante independiente, la jornada tenía veinticuatro horas y todas eran mías. Podía leer y hacer lo que quisiera, sin tener que rendir cuentas a nadie; la nube del examen académico aún no enturbiaba el claro horizonte, porque ¡cuán largos son tres años, comparados con el decimonoveno de tu vida! ¡Con qué riqueza, plenitud y exuberancia de sorpresas y obsequios los puedes configurar!

Lo primero que hice fue una selección de mis poemas que creí implacable. No me avergüenza confesar que para mí, bachiller de diecinueve años recién salido del instituto, el olor más dulce del mundo, más que la esencia de las rosas de Shiraz, era la de la tinta de imprenta. Cada vez que un periódico cualquiera me aceptaba una poesía, la confianza en mí mismo, débil por naturaleza, recibía un nuevo impulso. ¿Por qué no dar ahora el salto definitivo e intentar publicar un volumen entero? El aliento de mis compañeros, que creían más en mí que yo mismo, resultó decisivo. Tuve la osadía de enviar mi manuscrito justo a la editorial que en aquel momento era la más representativa de la lírica alemana, Schuster & Löffler, editores de Liliencrom, Dehmel, Bierbaum, Mombert, la generación que, junto con Rilke y Hofmannsthal, había creado la nueva lírica alemana. Y, ¡oh, milagro!, uno tras otro fueron llegando esos momentos inolvidables de felicidad que jamás se vuelve a repetir en la vida de un escritor, ni siquiera después de sus éxitos más grandes: recibí una carta con la marca de imprenta de la editorial y la retuve nervioso en la mano, sin atreverme a abrirla. Unos segundos después, conteniendo el aliento, leí que la editorial había decidido publicar el libro y que incluso se reservaba los derechos del siguiente. Recibí un paquete con las primeras galeradas que abrí presa de una gran agitación para ver el tipo de letra, la justificación de las líneas y la forma embrionaria del libro, y más adelante, al cabo de unas semanas, el mismo libro, los primeros ejemplares, que no me cansaba de contemplar, palpar, comparar, una vez y otra y otra. Y, luego, la infantil excursión por las librerías para ver si ya tenían ejemplares en los escaparates, si los habían expuesto en un lugar visible o escondido discretamente en un rincón. Y, luego, la espera de cartas, de las primeras críticas, de la primera respuesta de lo desconocido, de los incalculable… todas esas tensiones, emociones y entusiasmos que envidio en secreto a todo joven que lanza su primer libro al mundo. Pero este entusiasmo mío no era sino un enamoramiento a primera vista…”

Probablemente regrese a El mundo de ayer y vuelva a reproducir otro de sus magníficos párrafos. Algo tan delicioso, como lo son sus páginas, merece ser revisitado.

El mundo de ayer ha sido publicado por Acantilado, con traducción del alemán de J.Fontcuberta y A.Orzeszek.

Sergio Barce, septiembre 2021

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“DIARIOS” (TAGEBÜCHER), DE STEFAN ZWEIG

Acabo los Diarios (Tagebücher), de Stefan Zweig, que recopilan sus anotaciones personales de manera algo fragmentada entre septiembre de 1912 y junio de 1940, escritos durante sus estancias en París, Viena, Berna, Nueva York, Londres, Río de Janeiro… En ellos nos relata sus experiencias, sentimientos y pensamientos más íntimos con las dos mujeres con las que se casó (Friderike y Lotte), pero también con las que mantuvo breves encuentros, ya fuesen escarceos sexuales o eróticos o más personales; pero, sobre todo, profundiza en su trabajo creativo, en cómo se enfrentaba a su propia obra y a la obra de otros autores, y en las relaciones intelectuales y de amistad que mantuvo con los creadores de la época que le tocó vivir, como el músico Richard Strauss o los escritores Émile Verhaeren, Romain Rolland o Rainer María Rilke. Su admiración por Rolland es conmovedora.

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Su narrativa, en un aparentemente simple diario, se levanta con esa elegancia de la que siempre hace gala en sus obras, pulcra, perfecta, exacta. Baste como muestra lo que escribe la noche de su encuentro con Marcelle (su amante parisién):  

Sábado 29 de marzo de 2013  (…) Por la noche me reúno con Marcelle, que me cuenta muchas cosas de su vida, más oscura de lo que yo creía. Ha tenido una fuerza extraordinaria para salir adelante, aunque sin duda la bondad la ha frenado. Las concesiones que hizo a su brutal marido al divorciarse y el apoyo a la familia la consumen, a ella, que lo tiene todo, incluida una considerable soledad. El orgullo de las mujeres que se valen únicamente por sí mismas peligra a causa de la falta de un hogar, de eso se da cuenta, siente el vacío de su existencia, el agotamiento de ganar dinero para gastarlo repartiéndolo. Su sueño sería tener un hijo para comenzar de nuevo y consagrarse a él en cuerpo y alma. Con cuánta lucidez se da cuenta de todo, y cuánto coraje el de las personas que se abren camino solas en la vida. Y qué sana la confesión desacomplejada de su necesidad de tener un hijo: me inspiran un inmenso respeto las personas así. Vamos a un teatro de variedades para olvidar estos temas tan serios, y al terminar regresamos al hotel, donde por primera vez no tomamos ninguna precaución. Se estremece como si hubiera quedado embarazada, se inflama y jura estarlo, la idea la hace feliz, y también yo, curiosamente, me dejo arrastrar por la idea y el éxtasis. A la mañana siguiente, no obstante, me siento distanciado, pienso cuán lejos estoy y cuán atroz es para una mujer estar sola en esos instantes. Podría venir, perfectamente, en verano, dos semanas, y hacer otra visita en invierno, pero es muy poco tiempo para tanta distancia. Por ahora, debemos dejar que la cosa siga su curso, pero confieso que esta experiencia ha sido uno de los momentos más intensos de mi vida: el deseo consciente de un hijo, el resplandor de su cuerpo, de su ser entero, en el éxtasis de la entrega, la embriaguez de lo anhelado. Qué parecidos con ella y Friderike, qué figuras tan encantadoras y trascendentes me ha deparado el destino, para que, ante tal grandeza y consciente de su ductilidad, decida eludirlas (educadamente) en vez de abrazarlas con fuerza. Más tarde, por la noche, sopesaré el proyecto de mi novela corta en relación con las mezquindades que cometemos con las mujeres: por ejemplo, a causa de las miradas de dos cocottes miserables en un restaurante (voisin <vecino>), una mujer sencilla y abnegada (maïtresse servante) pierde valor a los ojos de un hombre que, pese a avergonzarse de ello, finalmente la defrauda…”

No se puede escribir mejor. Es como un capítulo de sus mejores novelas. Detallista, delicadamente certero.

Durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial asistimos a su desarrollo casi día a día gracias a la visión de Zweig, que anota cuando sucede en la campaña bélica y en la vida diaria de los austríacos, sus conciudadanos, a los que no trata con demasiada deferencia. Curioso asistir a la evolución de sus sensaciones, de una reprimida euforia inicial hasta la toma de conciencia del horror y del absurdo de la guerra, que sin embargo ya presumía desde el comienzo. Es en esos instantes cuando Stefan Zweig se convierte casi en un visionario, adelantándose a los acontecimientos, adivinando lo que va a suceder meses antes, acertando en sus presunciones sobre la Europa que nacerá tras esa primera contienda. Esta experiencia le servirá para advertir a todos de que la ascensión de Hitler años después será el acontecimiento histórico más devastador.

Pero, entre tanto dolor durante la Gran Guerra, también había instantes para desconectar de esa cruda realidad:

Viernes 4 de enero de 2018   Trabajo en los artículos, luego me reúno con Ehrenstein y otros, y por la noche vienen a verme Claire Studer e Ivan Goll. Después llega también Hochdorf, y a la reunión en la habitación de Cassirer con la señorita Si y todos los demás resulta estupenda. Estamos muy alegres, y algunos personajes nuevos, como la señora Dequist, de pelo rubio como el heno, dan al ambiente un cariz marcadamente erótico que produce un rejuvenecimiento general. Todos evitan ir demasiado lejos, aunque Kornhas no quita ojo a la señora Dequist, y Goll la emprende con Steinthal, de cuya esposa resulta ser el jefe. La situación es un auténtico caos: por suerte, soy de los que saben refrenar a tiempo ciertos impulsos y quedarse sólo con la mejor parte, la excitación.”

Stefan Zweig fue un trabajador incansable. Me sorprende comprobar cómo en aquellos años, el primer tercio del siglo XX, con los medios de comunicación existentes entonces, la fama de un escritor llegara a tantos rincones del mundo, como en Brasil, donde lo leían no sólo las capas altas de la sociedad sino también la clase media, lo que fue también una sorpresa para él. Algo que contrasta con el distanciamiento y casi ignorancia de su obra en Gran Bretaña, siempre tan concentrada en su propio ombligo.

Triste también el trato al que se vio sometido por la sociedad inglesa, que marginó a los alemanes residentes en el país por el solo hecho de su origen, aunque, como en el caso de Zweig (a quien se sumaba también su condición de judío), fuesen manifiestos enemigos del nazismo. La mezquindad humana pocas veces ha estado tan bien retratada como en estos diarios.

Jueves 13 de junio de 1940   París está sentenciada: en pocos días asistiremos a uno de los reveses más atroces de la historia. No puedo evitar preguntarme qué sentido tiene seguir pensando. Esta guerra se está librando en nombre de un principio sobre el que se basa nuestra existencia, pero si este principio se desmorona también lo hará el mundo que conocemos. De modo que ya no sé para qué ni dónde viviré. La vida tan sólo sería una huida incesante, un mero intento de mantenerse a flote, y no se me ocurre un solo país donde establecerme a mi edad. He renunciado a muchas cosas sin esfuerzo, porque, afortunadamente, no conozco la vanidad, pero no soporto la desconfianza ni el rencor que me rodean, estoy definitivamente harto. Tener que agachar la cabeza, sentirse en falta, puede soportarse unas semanas, pero resulta intolerable como forma de vida. Nunca había sido tan pesimista, jamás había tenido tan pocas esperanzas como ahora, cuando el combate (perdido ya hace tiempo) es tan sólo una lucha desesperada, sin ninguna posibilidad de victoria. Noto crecer la desconfianza hacia nosotros día a día…”

Stefan Zweig se suicidó, junto a su esposa, en Brasil el 22 de febrero de 1942, decepcionado por la deriva de Europa, por las constantes victorias de la Alemania nazi, creyendo erróneamente que nunca serían vencidos. Sus libros siguen siendo un referente moral y ético, pero también de una excelsa calidad.

Sergio Barce, julio 2021

Diarios (Tagebücher), de Stefan Zweig ha sido publicado por Acantilado, con traducción del alemán de Teresa Ruiz Rosas.

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“MIEDO”, DE STEFAN ZWEIG

 

“…Había conocido a aquel joven, un pianista que empezaba a gozar de cierta fama en círculos reducidos, durante una velada, donde mantuvieron una conversación casual. Pronto, sin ni siquiera proponérselo y casi sin ser consciente de lo que estaba pasando, se había convertido en su amante. No se puede decir que el deseo de estar con él inflamase su sangre, no había sido algo sensual y, en el fondo, tampoco algo espiritual lo que la había unido al muchacho: se había entregado sin necesitarlo ni desearlo verdaderamente, tal vez por la pereza de resistirse a la voluntad de él o por una especie de curiosidad…

Fragmento de Miedo

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Entre las lecturas habituales, siempre intercalo alguna novela o libro de relatos de los autores de los que aprendo a narrar, un ejercicio que es como sacar la cabeza de debajo del agua y tomar aire para seguir adelante. Porque son ellos los que marcaron las pautas y los que nos han enseñado que ha de cuidarse el vocabulario, el estilo, el ritmo. Sin sus textos, solo habría mediocridad. Ayer me leí la novela corta de Stefan Zweig titulada Miedo (Angst). Un pequeño placer. (Sergio Barce, abril 2021)

“…Inconscientemente, se consideraba merecedora de un castigo, pero se resistía con uñas y dientes a convertirse en víctima de la fatalidad. ¿Por qué ella precisamente? ¿Acaso era justo que recibiera un castigo tan brutal por un crimen que a ella le parecía insignificante? ¿Cuántas de las mujeres que conocía, vanidosas, frívolas, descaradas, tenían amantes, incluso por dinero, y burlaban a sus maridos sin el menor remordimiento de conciencia? Mujeres que vivían en la mentira, sintiéndose tan cómodas como en su propia casa, que ganaban atractivo con su secreto, a las que volvía más fuertes la persecución, más inteligentes el peligro, mientras ella se derrumbaba impotente, presa del miedo, al primer desliz…

Fragmento de Miedo

Miedo (Angst) ha sido editada por Acantilado, con traducción del alemán de Roberto Bravo de la Varga.

STEFAN ZWEIG
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“EL PERDÓN DE LOS PECADOS”, UNA NOVELA DE ANTONIO FONTANA

 

Aunque publicado en 2003, gracias a mi amigo el escritor Miguel Torres López de Uralde, descubro una novela extraordinaria: El perdón de los pecados, del autor malagueño Antonio Fontana, que hace pocas semanas fue galardonado con el Premio Café Gijón con Hasta aquí hemos llegado.

EL PERDÓN DE LOS PECADOS portada

Adentrarse en El perdón de los pecados es entrar en un mundo duro y desangelado, en el que las circunstancias hacen cambiar por completo la vida de una familia. Lo que plantea esta novela es cómo el nacimiento de un hijo o de una hija con un problema psíquico o físico (en el caso de la novela es una parálisis cerebral) hace cambiar a las personas, cómo ese problema se afronta de manera diferente por quienes rodean a ese inocente y cómo sus vidas cambian para siempre.

La habilidad de Antonio Fontana es la de obligarnos a enfrentarnos con ciertas preguntas muy incómodas. ¿Actuaríamos como lo hace la madre de Tecla, esa niña que nace limitada para el resto de su vida? ¿Lo haríamos como su padre? ¿O tal vez como Ángela, su hermana? Cada uno arrostra el acontecimiento de una manera, y es el tiempo el que los modulará para ser unos más valientes y otros más condescendientes, o más cobardes. ¿Habríamos comprendido al médico que asistió al parto de esa criatura diezmada? ¿Seríamos tan mezquinos como alguno de esos vecinos que le desean incluso la muerte a esa niña porque carecen de la más mínima piedad?

“Su voz se abrió paso en la penumbra:

-¿Por qué nos ha tocado a nosotros?

No era una pregunta: era una queja.

Desde la cama, la respuesta de mi madre llegó cortante, veloz; quizá porque la había meditado largo rato; quizá porque no había nada que meditar:

-¿Qué por qué nosotros? Por qué le ha tocado a ella, querrás decir. ¿Qué culpa tiene Tecla?

Mi padre saliendo de la habitación cabizbajo, envuelto en un silencio distinto del anterior: más profundo, más amenazador, más peligroso. Planeando ya la huida. Preparando las palabras con las que me dirá adiós -<diós, diós>- dentro de unos días. Ensayando su beso cobarde. El beso que recibes dormida y crees haber soñado. El beso con el que se despide -<diós, Dios>- quien no piensa llevarte consigo. Quien ha empezado a alejarse.”

Me conmueve el personaje de la madre: entregada, enrabietada, digna, fuerte, amorosa, dura, luchadora. Me enternece Tecla, por supuesto, una niña inocente que tiene una existencia amputada por el capricho del destino o por ese Dios que tan bien describe Antonio Fontana en boca de la narradora.

Y ese pueblo al que regresa la protagonista, que es uno de esos pueblos que apenas pueden ya mantenerse en esta España vacía nuestra, casi aterrador. La descripción de la estación de tren lo encierra todo en pocas palabras.

“…Mientras tanto, el tren espera. A alguien que no llegará, porque en estos pueblos cada vez hay menos gente, y la poca que queda es gente resignada, gente vencida, gente que ve pasar los trenes en la lejanía, que en eso consiste la resignación: en contemplar el paso de los trenes sin subir nunca a ellos; sin soñar siquiera con subir algún día a ellos. ¿Para qué?”

Hay mucho desaliento, mucha desilusión y mucha culpa y mala conciencia en esta historia de amor materno filial, y de desamor entre hermanas y entre madre e hija, y mucha aridez paterna. Los retratos de los personajes son delicados, pero perfectamente construidos. Y la narrativa de Antonio Fontana es magnífica, manteniendo el pulso desde la primera línea hasta el punto final sin el menor desfallecimiento. Contándonos lo que no querríamos saber, lo que la verdad esconde, lo que el pasado nos trae de vuelta sin que pueda evitarse, igual que la mala conciencia o los demonios que escondemos bajo la alfombra. Muy recomendable.

El perdón de los pecados está editada por Acantilado.

Sergio Barce, noviembre 2020

ANTONIO FONTANA

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