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“MESAUDA”, UNA NOVELA DE ABDELHAK SERHANE

Esta novela es como un puñetazo en el estómago. No hay conmiseración con sus personajes, y tampoco vacilación por el autor, como si necesitase volcar de una vez todo lo que lleva a sus espaldas desde hace tiempo.

No había leído antes a Abdelhak Serhane, pero me ha sorprendido tanto que lo hago constar desde el comienzo de esta reseña. Su novela Mesauda no es un libro recién publicado, porque salió en 1983, y en España apareció de la mano de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo en 1989, con traducción de Inmaculada Jiménez Morell. Dejo también constancia pues de mi sonrojo intelectual ante mi desconocimiento durante todos estos años.

Mesauda es una novela tan potente como aparentemente caótica. Serhane cruza por diferentes niveles de relato y usa distintas voces, y eso conlleva que su lectura, en ciertas partes, no sea fácil. Pero eso no es óbice para subrayar su innegable calidad.

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Me da la impresión de que hay mucho del autor en el interior de esta historia desgarradora. Igual que Chukri, Gallab, Karrouch, Bouissef Rekab, Slimani, Taia, El Hachmi, El Morabet o Chraibi, no duda en despojarse de cualquier censura o autocensura y tira por la calle de en medio, decidido a llegar a su meta que no es otra que la de mostrarnos la vida de un niño que va creciendo y su relación con Mi (su madre), con sus hermanos y con ese monstruo que es su padre, un personaje que oscurece y anula con su presencia y con su ausencia la vida de todos. Y también están Hammada, el Fakir y, por supuesto, Mesauda. Pero Mesauda, una prostituta de Azru, el pueblo de donde se desarrolla la mayor parte de la acción, es solo la excusa para contar todo lo demás, porque ella es la fantasía sexual de los niños, pero también el cubo de la basura de los hombres del pueblo, porque es en ella donde arrojan no solo sus espermas sino también todas sus malas conciencias, todas sus frustraciones y todos los actos degradantes que son capaces de ejecutar. Mesauda es como una metáfora.

El lenguaje de Abdelhak Serhane está desprovisto de envolturas, no hay artificios para encubrir lo que describe:

“…El padre ya no amaba a Mi. Por otra parte, ¿la había amado alguna vez? Para él, el amor era una debilidad, por eso no amaba a sus hijos, no amaba a los demás, no amaba nada que no valiera la pena de ser amado, no amaba nada de lo que debiera ser amado, ni de lo que pudiera ser amado.

(…) El orinal estaba siempre lleno bajo la cama del padre. Había que vaciarlo todas las mañanas; era su forma de humillarnos. Llevar su orina y sentir el olor nauseabundo de su odio visceral. ..”

Contada en primera persona, el protagonista nos retrata a un padre egoísta, cruel, violento, pendenciero, putero y despreciable. Todo en él es abominable, castrante para su mujer y para sus hijos. La frustración e impotencia que padece el niño camino de su adolescencia nos mueve a la compasión, porque no hay vida más dura que la que nos describe Serhan: la niñez solitaria y maltratada, el paso por la escuela coránica, las palizas y humillaciones del padre, la presión de la madre, el peso de la religión y de las tradiciones, el inicio en el sexo… Todo es como una gran conjura para cercenar los sueños de un niño que solo pretende crecer como debiera hacerlo cualquier pequeño.

Y Mesauda. No sé qué decir de ella. Pero me recuerda de alguna manera a Rahmuniyya, el personaje de Aixa, el cielo de pandora, de Bouissef Rekab. La puta a la que todos buscan, pero de la que todos se mofan y a la que todos maltratan. Mesauda.

“…Cuando Mesauda se iba, las jóvenes se reunían junto a la fuente, se tocaban discretamente los senos por debajo del haik, se enseñaban el pecho y se acariciaban mutuamente el sexo.

Mi padre, como los demás, disfrutaba restregando la imagen envejecida que Mesauda guardaba entre sus piernas.

Para nosotros, era la mujer transparente, la virgen eterna y, también, la carne tumefacta y saqueada. Era la nebulosa con piernas arqueadas, siempre abiertas a los dedos peludos y a las ávidas miradas.

Mesauda, la ofrenda. La llaga del deseo colectivo, el maná celestial del que se alimentaban nuestros mayores. Pasatiempo de donde emergía su delirio y nacía nuestro placer censurado.

(…) Nos consumíamos esperando que pasara Mesauda. Nos excitábamos con la idea de que nunca llevaba nada debajo de la ropa.

Bastaba con que se sentara y abriese un poco las piernas para que la penetráramos con la mirada. Salivazo en las manos y sexos arrogantes. El movimiento de las manos se aceleraba con un ritmo amargo. Un pálido goce nos cegaba y nos liberábamos durante un instante de nuestra angustia…”

Y curiosamente, cuando Mesauda muere, todos se lamentan, todos la añoran, pero es un desconsuelo falso. Sin embargo, la descripción de su muerte por Abdelhak Serhane es de una belleza desgarradora.

La novela no deja nada al azar y es un retrato visceral de la sociedad marroquí. Los tabúes, las prohibiciones, la hipocresía religiosa, las apariencias, una denuncia sin tapujos sobre los asuntos más delicados, y también de la injusticia instalada en los tribunales y en la sociedad en general que se venden al patriarcado más machista y obsceno…

La escritura de Serhan se hace más liviana y libre en la segunda parte de la novela, pero no es menos dura, porque ahora todo se precipita. La relación con el padre se va enquistando hasta que los abandona en la absoluta pobreza, y el niño comienza a hacerse hombre, pero se encuentra entonces con las maniobras de una madre que no quiere que la deje sola, la frustración por un futuro imposible, los deseos de venganza, la rabia, el odio alimentado día tras día…

La narrativa de Serhan, la excelente narrativa de Serhane, la narrativa a veces poética de Serhane.

“…Mi, la mujer repudiada. Mi, la mujer rechazada.

Háblame, háblame del insulto en tu cuerpo, la herida abierta de tu alma tatuada por la injusticia social, la injusticia de los hombres. Háblanos de la lengua atada y la palabra temblorosa. Háblame del sexo amordazado y de tu cuerpo deshonrado, de la herida del tiempo que se abre en ti y nos engulló, de la señal de la infamia y tus arrugas aparecidas antes de la mañana. Háblanos de la noche cerrada en los horizontes de nuestra existencia y el ar quemado por el sol. Háblanos de la violencia del recién nacido en la noche inmóvil, cuando la mujer se hace madre y miseria, el niño piedra, y el resto humo y cenizas.

Háblame de la playa desierta después de la tormenta, y del desarraigo después de la herida, y de la sangre después del desgarro, y de la vergüenza después del sufrimiento, y de la cicatriz…

(…) Háblame de la reja del arado en nuestra carne, háblame de la injusticia, de la mujer detrás del muro, háblame de mi madre…

(…) ¡Háblame, madre, háblanos!

Háblame de tu silencio y tus ojos apagados.

Háblales de tu resignación y tu vida entre cuatro paredes.

Háblales de tu paciencia, háblales de tus rezos y tu negación.

Háblales, háblales del Mañana

y de la confusión.”

Y es que, como demuestran estos últimos párrafos, Abdelhak Serhane acaba por zarandear a su madre, a la conciencia de su madre (o a la de la madre del protagonista) porque necesita que se libere de ese marido que la ha anulado durante años, igual que a él. Y me parece que lo hace de una manera brillante.

Creo que, en definitiva, Mesauda es un doloroso homenaje a la madre. Y quizá por ello, Abdelhak Serhane dedica esta novela a la suya.

Sergio Barce, febrero 2021

 

ABDELHAK SERHANE
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“EL HOMBRE DEL LIBRO”, UNA NOVELA DE DRIS CHRAIBI

Hace un tiempo, escribía acerca de la magnífica novela El pasado simple (Le passé simple, 1954) del escritor marroquí Dris Chraibi, nacido en El Yadida en 1926 y fallecido en Crest (Francia) en 2007.

EL HOMBRE DEL LIBRO de Dris Chraibi Portada

Impelido a leerlo de nuevo, me he sumergido en El hombre del libro (L´Homme du livre), de 1995. Pero me he encontrado con una obra radicalmente distinta a El pasado simple. Si su primera novela es un retrato duro y sin concesiones del Marruecos bajo el Protectorado francés, El hombre del libro es casi el otro extremo, y Dris Chraibi lo aborda con soltura, inteligencia y maestría.

Esta obra es una bella aproximación a la figura del profeta Mohammed (Mahoma). Para ello, Chraibi reconstruye y retrata al personaje desde su lado más humano, y qué mejor para hacerlo que partir de los días en los que le llega la gran Revelación, los instantes más cercanos al momento en el que se le desvela que él es el profeta, el Elegido.

Me gusta el tono del libro, con una narrativa poética llena de aciertos. Conocemos a Mahoma justo cuando Jadiya hace aparición en su vida y se convierte en su esposa devota y apasionada, y la delicada y sutil descripción de cómo era y cómo actuaba Jadiya me ha fascinado.

“…El rostro de Jadiya, contemplado tan de cerca, tenía algo de libro -un libro al que le faltaban páginas: aún no estaban escritas…”

DRIS CHARIBI 1

Dris Chraibi no censura los deseos más íntimos de esta mujer que se enamora de un hombre mucho más joven que ella pero al que decide seguir en todo momento, sabedora de que no es un hombre como los demás. Tampoco oculta lo que el propio Mahoma podía pensar o sentir acerca de la fascinante Jadiya, o sobre sus hijas.

“…Era una mañana radiante. A la caída de la tarde, fui a visitar a mi destino. Jadiya permanecía inmóvil frente a la hornacina, aquella donde estaba colocada la lámpara de cristal. Tenía la espalda erguida, y su abundante melena caía en cascada por debajo de la cintura. No se dio la vuelta. Con una voz neutra, me preguntó:

-¿Aceptas?

Dije:

-Sí.

Pasó un largo rato envuelto en silencio. Luego, desde el centro del silencio, ascendió la alegría: ¡qué bonita era esa risa, y verdadera e indecible, que resonaba contra la pared de la hornacina y me alcanzaba por todas partes! No se dio la vuelta ni el grosor de un cabello. Su voz sonaba grave, grave y lenta cuando me dijo:

-Te quiero. Te quiero porque siempre te sitúas en el centro, evitando tomar partido con la gente por esto o por aquello. Y te quiero por tu rectitud, por tu hermoso carácter y porque tus palabras no mienten. Te quiero sobre todo por ti mismo. Ahora vete. Vete, te lo ruego.

¿Se dio por fin la vuelta? ¿Y había en sus ojos esa desnudez en la mirada, privilegio de la infancia? Era la primera noche…”

Como decía antes, la novela posee una bella narrativa muy poética y musical. A través de sus palabras, Dris Chraibi no sólo  nos describe esa parte de la vida de Mahoma: cuando se casa con la viuda Jadiya, cuando conoce el amor de esa mujer, cuando asiste al triunfo de Qais en la justa poética que, cada año, se celebraba en Meca y al que el rey de Yemen proveía de premios al vencedor (una espada de oro macizo y un caballo de pura raza), episodio este de gran belleza narrativa; cuando Mahoma va vislumbrando por pequeños hechos y acontecimientos que algo está a punto de suceder y cómo va dándose cuenta de que esa sucesión de hechos lo van a llevar a ocupar un lugar en la Historia que nunca hubiera imaginado, cuando al fin Mahoma se transforma en “el hombre del Libro”…

La historia está jalonada de otros capítulos no menos interesantes y con otros personajes vistos desde la perspectiva musulmana: Moisés, Jesús, Abraham… Todo narrado con una exquisitez primorosa. Ya casi al final del libro, Chraibi introduce al personaje para mí inesperado de Muhyiddin Ibn Arabí, al que dedica unos párrafos llenos de admiración, respeto y belleza.

“…Una hogaza amasada con aceite de oliva. Un hombre la mastica lentamente. Es su única comida del día, o casi. No tiene hambre. Tiene hambre de lo que es, de lo que hay detrás de la ciencia y del arte. Tiene sed de lo insondable. Se llama Muhyiddin Ibn Arabí. Delgado, ni alto ni bajo, y vestido con un sayal. La coronilla despoblada, párpados frágiles y cejas negras enmarañadas. Imberbe. En la mano derecha, en la palma y el dorso, y sobre todo en la punta de los dedos, manchas de tinta. El cálamo está en el tintero. El tintero está vacío, seco. La última gota de su contenido acaba de utilizarla Ibn Arabí para escribir la última palabra de su libro Las perlas de la sabiduría. Ha escrito numerosas obras en los últimos años, pero éste es su recién nacido. Está temblando todavía -y el durmiente tiembla con él. ¿Quién, quién llora -llora sin ruido? ¿Las lágrimas son perlas del pensamiento, como el rocío tras una noche oscura: lo último de lo que un hombre ha podido sentir y pensar, y que su pluma no ha podido traducir en palabras? Ibn Arabí se siente vacío, vacío y solo. No vuelve a leer lo escrito, igual que una mujer que acaba de parir no puede volver a tener el mismo parto…”

Preciosa esta última parte.

Como ya hiciese en El pasado simple, la Noche del Poder, la noche vigesimoséptima del mes sagrado de Ramadán, ocupa una parte importante de su novela, es una clave, el punto de inflexión, y dota a ese acontecimiento de un barniz mágico y eterno, una noche de fe, en la que, según la tradición, todos los deseos son otorgados. Pero aquí la arrostra en el momento en el que Mahoma ocupa el lugar que le tiene reservado el Destino.

“…Era la vigesimoséptima noche de Ramadán, a mediados de agosto del año 610 de la era cristiana. Un hombre de unos cuarenta años, vestido con un jaique de lana cruda sin costuras ni mangas, iba al encuentro de su destino. Nada, todavía nada, presentía de ese destino, salvo la inminencia indecible que lo había sacado de la cama y lo empujaba ahora hacia delante, dirigiéndolo inexorablemente al monte Hira. Iba descalzo y con la cabeza descubierta. En lo más profundo de su orgullo y de su nobleza, tenía la íntima convicción de que, del más lejano al más presente, del más grave al más benigno, todos los momentos de su existencia lo acompañaban paso a paso. Más negra de que las tinieblas, una sombra lo precedía y le indicaba claramente el camino. Se había detenido dos o tres veces y había escrutado las tinieblas en torno suyo. Estaba solo, y su cuerpo no proyectaba ni un ápice de sombra. Y la sombra estaba allí, delante de él, parada también, impaciente y conminatoria.

-Se acerca la hora…”

Como bien indica mi admirada Leonor Merino “no se trata de un libro de historia… sino de una obra de pura ficción, aunque verse sobre un personaje formidable: el profeta Mahoma, a quien la obra devuelve su dimensión humana con frecuencia ocultada…”

El hombre del libro, ha sido publicado por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, con traducción del francés de Inmaculada Jiménez Morell.

Sergio Barce, octubre 2020

L´Homme du livre

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BREVE FRAGMENTO DE “EL PASADO SIMPLE”, NOVELA DE DRIS CHRAIBI

EL PASADO SIMPLE PORTADA

La primera novela del escritor marroquí Dris Chraibi fue El pasado simple (Le passé simple) de 1954, novela de la que ya escribí una reseña, que os indico:

https://sergiobarce.blog/tag/dris-chraibi/

Pero no me he podido resistir a copiar un nuevo fragmento de este magnífico libro ambientado en el Marruecos bajo el Protectorado francés. 

Me ofrecía la llama de su mechero. Me observaba con bondad y, en el fondo de su mirada, seguía habiendo una pizca de amargura. La amargura del hastío. Estaba hastiado.

Estábamos hastiados. Florilegio de sortilegios, estoy seguro de que inmensamente hastiados. Como ese siervo que sudaba la gota gorda en las tierras de su caíd, y cuanto éste acertó a pasar por allí le preguntó: <¿Qué pasa?> <Pasa -respondió el siervo-, ¡maldita sea!, que prefiero ser caíd a sudar como estoy sudando>.

Estábamos hastiados.

Poco más o menos desde el día en que él había descubierto en mí no sé qué promesa o qué primicia con la que contaba: apto para el servicio, presunto heredero. Me envió a una escuela francesa, y, desde entonces, ni un solo instante hemos dejado, él, de querer yugularme, yo, de dar coces. De vigilarnos, porfiar, explorarnos, intuirnos, pertrecharnos y precavernos, modificando los parámetros del instante anterior en función del que estaba por llegar -ni siquiera la noche servía de tregua sino de reorganización, revalorización y aprovisionamiento de nuestras fuerzas-, hasta tal punto crueles uno y otro, que, a veces, me sorprendía en su pellejo, cuando justo él debía de estar en el mío.

El pasado simple (Le passé simple) fue publicado en España por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo en 1994, con traducción del francés de Leonor Merino e Inmaculada Jiménez Morell.

 

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“EL PASADO SIMPLE” (Le passé simple, 1954), UNA NOVELA DE DRIS CHRAIBI

A Dris Chraibi, nacido en El Yadida en 1926 y fallecido en Crest (Francia) en 2007, se le considera el padre de la literatura marroquí moderna (aunque escribía en francés, una de las ventajas de estos escritores que pueden narrar en árabe, francés o español, y no por ello pierden su condición de creadores marroquíes). Estudió química en París, pero posteriormente se interesó por la neuropsiquiatría, la literatura y el periodismo, y produjo programas de televisión y fue profesor de literatura del Magreb en la Universidad de Quebec.

El pasado simple cubierta

Su primera novela fue El pasado simple (Le passé simple) de 1954, novela que hoy traigo aquí. Se trata de un retrato duro y sin concesiones del Marruecos bajo el Protectorado francés. El protagonista, llamado Dris, como el propio autor, vive en un mundo lleno de contradicciones difíciles de arrostrar. Por un lado, la relación con su padre, el Hach Fatmi Ferdi, un déspota, autoritario e inflexible, que rige su vida bajo los dictados del Corán, y que somete, humilla y maltrata tanto a sus hijos como a su mujer. Por otro, el propio Dris, un joven que ha de enfrentarse a esa autoridad para sobrevivir, y que, sin embargo, es animado por su propio padre para que estudie y se forme en un colegio francés. Además, por su aspecto físico, es normalmente confundido con un cristiano. Este detalle que introduce Dris Chraibi en su alter ego es el que utiliza para mostrar esa lucha entre la tradición y la costumbre y el deseo de progresar y romper con el pasado. Además, le permite introducir un tema interesante cual es la de la relación entre los colonos y los nativos, la amistad entre los burgueses franceses y los marroquíes que aspiraban a salir de su entorno, y el encontronazo que se produce entre las dos sociedades.

Junto al padre y al hijo, los hermanos, el tío, la madre. Todos ellos personajes fundamentales para entender el proceder de uno y de otro. Y planeando sobre ellos la tragedia, que aparecerá de la manera más cruda y sangrante en sus vidas.

Dris Chraibi narra con un pulso endiablado. Con un vocabulario rico y con una estructura elaborada. Es sin duda un escritor fascinante. Es hábil al retratar a los personajes. El padre, al que siempre se le llama Señor, representa la peor cara del país. Usa el Corán para someter a los demás siempre usando su interpretación más intransigente y, sin embargo, es capaz de desviar el camino en su peregrinación a La Meca para estar con prostitutas y gastar el dinero de la familia.

Son extraordinarios los pasajes que dedica a los días de Ramadán en los que se desarrolla la historia, con descripciones ricas en detalles, como el siguiente:

“…Salí a la calle, llevando una alfombrilla verde, vestido con chilaba y tocado con un fez.

-La noche vigesimoséptima es una noche de revolución -me había dicho mi tío.

-Una noche de fe – añadió Kenza.

-La Noche del Poder ( N.del T.: Laylatû lqadr, la noche del destino o la noche del decreto divino. Se trata de la vigesimoséptima noche del Ramadán en la que, según la tradición, todos los deseos son otorgados) -dijo mi madre.

Estaba chupando un dátil, el último que le quedaba del kilo que había traído el Señor de Medina. Preguntaron a la vez:

-¿A dónde vas?

-No lo sé -contesté-, a dar una vuelta por ahí, a callejear, a fumar y a beber en una taberna, tal vez entrar en una mezquita y en ese caso rezar a quien se me ocurra. Los negocios paternos todavía se resienten, no lo olvidéis.

Era la Noche del Poder. Un ulema de los Karauin había encendido un cirio de cera virgen al atardecer, y cuarenta alminares rutilantes de bombillas azules, amarillas, rojas y verdes se habían iluminado, cuarenta gargantas habían gritado la llamada a la fe, el contenido de las tiendas se había vaciado precipitadamente en las calles, mercados y andrajos perfumados con sándalo e incienso, y los que no creían creyeron, los que se arrastraban echaron a andar, surgían petardos y bengalas, transformándose en hogueras de leña por encima de las cuales saltaban, como se salta a la comba, agarradas de la mano o en corro, chiquillas y viejas, sin acordarse ninguna de que habían tenido hambre, sed, frío, calor, dolor en el alma y miseria en el cuerpo, y que la vieja había sido la chiquilla, y que ésta a su vez sería la vieja, desdentada, ajada, oliendo a estiércol, a reclusión, a clavo y a orina, y los mendigos en hordas engrosadas con los que lo serían mañana, que atravesaban la muchedumbre como los narcisos de nieve, llevando serones, cestos de palmito y sacos de yute en los que normalmente la caridad islámica debía verterse en monedas, pero en los que solamente caían higos agusanados, nueces podridas, trapos, restos viscosos de las cazuelas, zapatos viejos, ropa vieja, vuelve el año que viene, ya han pasado veinte de tus hermanos; secuencias temporales: esas manos que -tendones blancos, hoyos azulados entre tendones, nerviosas y despavoridas- reciben un mendrugo de pan y luego se transforman -dignas de una dina y de un calor humano- cuando llevan ese mendrugo a otro mendigo, que carece de pan y que solo tiene muñones, o es un lisiado sin piernas atado a un mojón de la esquina por miedo a que se le antoje echarse a rodar como un tonel y se pierda como un niño en este cataclismo de ruidos y vidas; secuencias también en ese par de ojos de granuja clorótico, en los que se plantan y se injertan sobreexcitaciones, luces y estruendo, y los cierra, como mi madre había cerrado los suyos en el autocar de Julio César, y se pregunta si no será que Dios, a la luz del cirio de cera virgen, ha dado rienda suelta a todas las criaturas del infierno para que confraternicen con los ángeles en esta Noche del Poder…”

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No hay respiro en esta novela. Asistimos página a página a la evolución de Dris. Primero sumiso, aterrado ante la figura omnipresente del Señor, su padre, y luego, a medida que avanza la trama, rebelde y furioso con esa vida y con el destino que le ha tocado, enfrentándose al fin de manera violenta y vengativa a su padre. Algo que parecía inevitable desde la primera línea. Pero Dris Chraibi lo narra de manera que todo va in crescendo y la tensión se palpa en diversos momentos, como en la siguiente escena que se desarrolla entre padre e hijo y que parece desembocar en una segura tragedia:

“(…)

Apagué el cigarrillo.

-¿Ya no le gustan las metáforas?

-¿A dónde quieres ir a parar?

-Estamos en ello.

Mi colilla todavía se podía fumar. Tres o cuatro bocanadas le traen sin cuidado; y a mí me harán mucho bien. La vuelvo a encender.

-Aún podemos llegar a un acuerdo. Estoy dispuesto a olvidar todo lo que ha sucedido. ¿Qué digo?, ya lo he olvidado todo. Dispuesto a comerme las habas, a no dormir si le parece, a permitir a su esposa la transcendencia que está esperando -mírela: se ha engalanado- y mañana renacerá Dris, su hijo, y Dris, su esclavo. Con la condición…

-¿Condiciones? ¿A nosotros, condiciones? ¿Pero de quién se están burlando aquí?

Nos levantamos al mismo tiempo. Y mientras su tarbús rueda por el suelo, y yo apago el centímetro de colilla con los dedos, me pregunto si el mendigo se ha marchado, por qué el reloj no toca ya, qué hora puede ser, y si el gato ha decidido morirse.

-Con la condición…

-Nada de condiciones, ni de chantajes.

-¿Acaso va a soplarme encima y convertirme en cenizas? Ya no creo en las mil y una noches. Con la condición, digo, de que se resigne a cambiar su teocracia en paternidad. Necesito un padre, una madre y una familia. Y también indulgencia y libertad. Y si no, haber limitado mi enseñanza a la escuela coránica. Habas, esperas, oraciones, servilismo y mediocridad. Una ligera reforma que podría concederme, sin que por ello se atente contra soberanía puesto que sigo bajo su tutela. El borrico ha crecido y ahora necesita tres sacos de avena. Y no intente persuadirme de que precisamente usted no ha dejado de ser un padre fuera de serie, algo que yo no he dejado de ignorar. Porque le respondería que ese tarbús que nos separa es una calabaza. Bueno, ¿qué?

-¿Y si no?

-Si no, el segundo filo de la navaja. ¿Sentado o de pie?

-De pie, perro.

-Como usted quiera, un perro que lo va a morder. Pero antes reflexione. Confío en usted. Usted es inteligente, muy inteligente, inteligentísimo. Y sé que no tolera, no ya la idea de que me haya rebelado contra su autoridad (lo hice desde los cuatro años, usted lo sabía y lo aceptaba), sino que esta rebeldía haya podido alcanzar su objetivo. ¿La teocracia musulmana? La cuarta dimensión. Sin embargo, usted tiene que haber oído hablar de Atatürk. Si continúa revistiéndose con la toga de su intransigencia, habrá un segundo Atatürk. Aquí. Ahora mismo. ¿He sido claro?

He entrecortado las palabras, gritándolas o susurrándolas, me trae sin cuidado, y además eso no es lo esencial. Cincuenta y ocho años, barba negra, calvo, y buena presencia, reducido a sí mismo, lo quiero mucho. En Europa hubiese sido un mediocre tendero o un íntegro funcionario.

-¿Has terminado?

-Creo que sí.

-Sal.

Esa breve palabra arrojada con la punta de los labios: igual que un salivazo.”

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DRIS CHRAIBI

Es sorprendente comprobar la actualidad de esta novela. Publicada en 1954 sin embargo podría estar escrita hoy mismo. Dris Chraibi destila rabia en sus frases, elegantes y crudas a un tiempo. No hay censura en los temas que aborda: desde su denuncia a la hipocresía de la sociedad marroquí de la época hasta su revelación de la asfixia que causa la religión, desde su rechazo frontal a la autocracia y al patriarcado imperante hasta su crítica a la reprochable sumisión de la mujer, desde su acusación de la falta de libertad que vive Marruecos hasta su desprecio por los falsos santones, en fin, desde la crítica al colonialismo hasta su lamento por la vida miserable que soportan los más humildes… El abanico es amplio y denso.

Pero lo indudable es que El pasado simple es una novela magnífica, irreprochable, un grito de rebeldía contra la injusticia moral, política y religiosa. Una novela que hay que reivindicar.

Gracias, Alberto Mrteh.

Sergio Barce, mayo 2019

El pasado simple (Le passé simple) fue publicado en España por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo en 1994, con traducción del francés de Leonor Merino e Inmaculada Jiménez Morell.

El hombre del libro

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