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CREADORES LARACHENSES

Viene bien recordar, de tarde en tarde, la labor de los artistas de Larache, ya sean escritores, pintores, escultores o cineastas… Sirva hoy esta primera relación de algunas de nuestras portadas de nuestros libros, algunas de nuestras esculturas, algunas de nuestras pinturas o los carteles de nuestras películas. Sin duda, hay mucho que mostrar…

Novela

de SERGIO BARCE

Escultura

de MARINA LÓPEZ MATRES

Novela

de CARLOS TESSAINER

Libro de relatos

de MOHAMED AKALAY

Cuadro

de RACHID SEBTI

Libro de relatos

de LEON COHEN

Recopilación de Textos de varios autores

por MOHAMED LAABI

Poemas

de MOHAMED AL BAKI

Acuarela

de MANUEL BALAGUER

ARROUCHA, poemas de

ABDERRAHMAN JEBARI

Libro de Juegos

de FRANCISCO SELVA

Poemas

de MOHAMED SIBARI

Novela

de CRISTINA MARTÍNEZ

Cuadro

de HAKIM EL HARRAK

Poemas

de AHMED DEMNATI 

Novela

de LUIS MARÍA CAZORLA

Una película

de ABDESLAM KELAI

Poemas

de MOHAMED LARBI BOUHARRATE

RAS R´MEL un libro

de ANTONIO HERRÁIZ

Un libro

de CARLOS GALEA

Poemas

de MUSTAPHA BOUHSINA

Cuadro

de FRANCISCO SELVA

Un film

de MOHAMED CHRIF TRIBAK

Libro de relatos

de SARA FERERES DE MORYOUSSEF

Escultura

de EMILIO GALLEGO

Picaresca – teatro

de ABDELMAWLA ZIATI

Fotografía

de GABRIELA GRECH

Poemas

de MERCEDES DEMBO

Cuadro

de ABDELLATIF BELAZIZ

Libro

de JOSÉ EDERY BENCHLUCH

Novela

de SERGIO BARCE

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LA CALLE REAL, un relato del escritor larachense LEÓN COHEN

En el estupendo libro de relatos de León Cohen Mesonero “La memoria blanqueada” (Editorial Hebraica – Madrid, 2006) hay un relato sobre la calle Real en el que León despliega todo sus sentimientos hacia ese lugar tan pintoresco y especial de Larache, esa calle siempre llena de vida que todos, de pequeños, recorrimos corriendo como locos cuando bajábamos al embarcadero.

Una calle tan emblemática como llena de anécdotas, historias y recuerdos. Creo que este pequeño relato es un buen botón de muestra. Y otra pincelada más de este cuadro que estamos escribiendo entre todos sobre el Larache que cada uno de nosotros guarda en su alma, desde Driss Sahraoui a Carlos Tessainer, de Mohamed Sibari a Sara Fereres, de mis relatos a los del propio León Cohen… Pero vayámonos con él a su calle Real.

Sergio Barce, septiembre 2012

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 La Calle Real

 En mi última visita a Larache, no pude, como era mi intención, recorrer la Calle Real. He esperado largo tiempo hasta que ella misma me ha visitado para que la recree. Hela aquí una buena mañana de invierno. Con esta calle me sucede algo inusual: todos mis recuerdos se remontan a cuando tenía menos de diez años. Sobre la Calle Real llueve, han llovido siglos.

Es una calle empinada, que majestuosa, se acerca hasta la villa nueva. Es una calle humilde que desciende hasta el mismo puerto, cercano a las viviendas más pobres. Es por lo tanto una calle que sabe cómo acercar los dos mundos. Es una calle de concordia y convivencia.

En ella habitan una gran mayoría de judíos de origen español, los mismos que, seducidos por los agentes sionistas ya empiezan a emigrar y que en muy pocos años la abandonarán, para instalarse en un país ajeno en la distancia  y en la cultura. Muchos se arrepentirán toda su vida.

También son muchos los musulmanes y los españoles que conviven con los judíos. La mayoría de los españoles no sefarditas, es decir, cristianos, son pescadores de Barbate y de la Higuerita (Isla Cristina).

Viniendo desde la Calle Italia, a la derecha, una bodega profunda y oscura, que quedó fijada en mi retina, por una historia que solía contar mi padre sobre un legionario que por una apuesta se bebió una botella de coñac y cayó fulminado. Ese incidente contado tantas veces por mi padre hace parte de mi educación sentimental, fue para mí una lección práctica de las nefastas  consecuencias de beber alcohol.

Bajando unos metros, la tienda de un fassi (de Fez), a donde solíamos comprar los trompos y las bolas de colores. Era un tipo tranquilo, más bien antipático y que pronunciaba la r con dificultad, a la manera francesa. 

Enfrente, el churrero, que preparaba los mejores buñuelos de la historia. ¿Cómo olvidar su sabor y su textura inconfundibles al disolverse en la boca con un buche de té moruno? Yo disfrutaba como el enano que era, llevándolos bien ensartados en una hebra de palma hasta la casa de mi abuela Luna. Todavía puedo sentir en mi mano el calor que desprendían.

Más abajo del churrero, una escalerilla que llevaba hasta el Barandillo, y adjunta al flanco derecho de la escalera la casa de Cohen, apodado “el avión”, un tipo que no paraba de trabajar para que sus numerosas hijas crecieran sin necesidades. Debajo de la casa del “avión”, la sastrería de Bensason, un tipo singular.

Aquí terminaba la primera cuesta, y a partir de ese punto, la pendiente se dulcificaba un poco, convirtiéndose la calle por unos metros, en más transitable. En ese descansillo, dicho en argot ciclista, quiero recordar alguna zapatería y una peluquería, además del lugar de reunión y descanso de los “camalos” judíos, entre los que destacaría a Jaidaued. Según he podido saber más tarde, la mayoría de estos cargadores venían, como mi abuelo, de Debdou. Eran hombres de una fuerza poco usual. 

Luego la calle volvía a recuperar su pendiente hasta llegar a la casa del mecánico dentista León Oziel, padre de muchos hijos, los dos más pequeños amigos míos, y que enviudó de Messody, su mujer, antes de emigrar a lo que entonces se llamaba Palestina. Era un tipo alto, erguido y con mascota, azul o negra según el caso. 

Desde la casa del mencionado dentista, partían dos bifurcaciones, una justo enfrente, que también quiero creer que desembocaba en el Barandillo, a la altura del Hammam, la otra era la callejuela que conducía hasta la sinagoga a la que asistía con mi padre únicamente una vez al año, el día del Kippur.

No fueron demasiados los años en los que la visité, pero las visitas fueron intensas, todo el día allí encerrados sin comer y sin beber, oyendo unos rezos y unos cánticos de los que no entendía nada pero cuyas entonaciones no he de olvidar nunca. A mediodía salíamos a tomar el aire y recuerdo cómo los amigos de mi padre gastaban constantemente bromas sobre lo buenas que estaban a esa hora unas gambitas a la plancha o un platito de sardinas y qué decir de unos frojaldres (hojaldres) con té moruno, esa su manera de hacer más pasajero el día más largo, además de ser una expresión inequívoca del humor judeo-marroco-español (permítaseme la palabrota). Al llegar el atardecer, salíamos en grupitos, yo todavía, un mojoncín asombrado, y bajábamos hasta casi el final de la calle,  donde desde un arco se podía divisar el “advenimiento” de la esperada primera estrella, ahí se acababa por fin el martirio. No puedo olvidar la alegría de Monsieur Berros, que en tiempos fue maestro de mi padre, un hombre aquel, naturalmente afable y bromista. Era más bien bajito, enjuto y siempre vestido con una traje marrón adobado en la cabeza por una mascota tan bien acoplada que formaban una pareja inseparable. Se desplazaba con agilidad y velocidad inusuales y torcía el pie izquierdo de modo que este  parecía aspirar a zancadillear al derecho.

Antes de llegar al final de la calle, en la margen derecha se hallaba la casa de Reina “la asría”, porque era de Alcazarquivír, donde residió como huésped el comandante Franco, entonces Franquito, en los años veinte.  Ella hablaba de él con cariño. 

Del resto de la Calle Real, apenas quedaban unos metros hasta la desembocadura en el Bar Royal (creo que le decían Royal Bar). Era pues un bar real para una calle del mismo nombre. En fin, qué pena que todo lo demás se haya perdido en mi memoria.

León Cohen, 15-01-2004

León Cohen


                                                                      

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RACHID Y EL SEÑOR LEVY, un relato del escritor larachense LEON COHEN MESONERO

León Cohen también parece cada vez más animado a llenar este blog de buenos relatos, y en esta ocasión me remite “Rachid y el señor Levy“, cuento que incluyó en su libro “La memoria blanqueada“, pero con un final modificado con respecto al original (esto es una manía de todos los esritores, cuando lees algo escrito hace tiempo lo cambiarías de arriba abajo). Es otro cuento para disfrutar.

Sergio Barce

Rachid y el señor Levy

Como cada día el viejo profesor recorría la amplia avenida que separaba su casa de la Facultad. Él no era un profesor cualquiera, tampoco se le podía considerar un emigrante magrebí como había tantos cientos de miles en París. Él era distinto, por algo sus alumnos y sus colegas universitarios le apodaban con cariño y respeto, el viejo profesor.

Aquella mañana, sin saber por qué, los recuerdos le asediaban. Mientras caminaba, en un extraño intento de recobrar su infancia, se detuvo y volvió la vista atrás, como si todo su pasado le siguiera los pasos (todo hombre camina con su pasado a cuestas), como si su memoria fragmentada se extendiera cronológicamente sobre el camino recorrido, entonces recordó…

Ksar el Kebir

Rachid no era un chico corriente. Había nacido en Mechra Bel Ksiri, una aldea de la llanura del Gharb situada a medio camino entre el Norte y el Sur de Marruecos. Cuando nació Rachid, aquél era un pueblecito de colonos franceses en su gran mayoría de origen valenciano (ellos se auto denominaban españoles “naturalisés“). Recalaron allí siguiendo la ruta de la naranja. Sin embargo, aquél no sería el último destino de Rachid, pues muy pronto se trasladaría al Norte, donde su padre se establecería como carnicero. En aquellos tiempos El Ksar el Kebir era la capital comercial del Protectorado Español. Aquél cambio supuso una promoción social para toda la familia y fue determinante para que ocurrieran años más tarde los sorprendentes hechos que voy a narrar.

Desde muy pequeño, al salir del colegio, Rachid solía deambular por el zoco “chico”, aunque los Miércoles era cuando más gustaba de entretenerse, aquél día el zoco se llamaba zoco del “arba” o del cuarto día. Ese día venían los fabuladores, sus personajes preferidos. La gente se arremolinaba a su alrededor formando corros en cuyo centro estos charlatanes tan peculiares narraban con incomparable maestría historias de las mil y una noches, mientras un público fiel escuchaba atónito sus fábulas. Dotados de una voz potente y de una memoria prodigiosa, estos encantadores del verbo tenían una indudable capacidad para atraer y mantener la atención de los transeúntes que acababan convirtiéndose en la mayoría de los casos, en sus seguidores.

Zoco Chico de Larache

Otro de los juegos favoritos de Rachid (todo se convertía en juego a esa edad) era llevar al horno sobre una tabla de madera, los seis panes que su madre amasaba cada dos días. Colocaba la tabla sobre su cabeza y salía feliz hacia el horno que se hallaba a doscientos metros de su casa. No sólo disfrutaba durante el trayecto, haciendo equilibrios para demostrar y demostrarse su habilidad, sino también cuando se entretenía con el panadero, ayudándole a introducir el pan en el horno con una rudimentaria pala de madera, y a observar como aquél iba cociéndose entre poderosas llamas que le recordaban el purgatorio de los cristianos. 

En las noches de verano, Rachid solía sentarse a mirar las estrellas. Mientras las contemplaba, se distraía inventando juegos mentales. Le divertía por ejemplo cambiar el lugar y la función de los seres y las cosas. Imaginaba el cielo en lugar del mar o a Dios con forma de mujer, imaginaba a todos los hombres ricos y felices en un paraíso lleno de árboles frutales, de ninfas y de ángeles desnudos, era un poco el mundo al revés. Muchas noches el sueño le sorprendía soñando en un universo feliz. Así pasaron muchas lunas hasta que Rachid se convirtió en un muchacho fuerte y apuesto.

Había completado los estudios primarios, y llegó el día de darle la vuelta a la página y empezar a trabajar. Como solía  suceder en estas ocasiones, el padre de Rachid acudió a un buen amigo y éste accedió a darle el que sería su primer empleo. J. Levy, ese era el nombre del comerciante judío en cuyo almacén Rachid empezó como aprendiz de contable. Fueron sólo unos meses que determinarían su porvenir y su actitud vital. El señor Levy era un hombre sabio y cariñoso cuya personalidad marcaría profundamente la de Rachid.  

Entre otras muchas cosas, enseñó a Rachid que aunque nos llenara de luces y de sombras que el ignorante desconoce, sólo el conocimiento nos hace más libres. Sólo a través de él se abre el abanico y se multiplican las opciones que nos permiten elegir o no con dignidad. Le enseñó que vivir era como caminar y hacer de cada pisada una piedra, una huella, un símbolo que los demás pudieran seguir. Le enseñó que todos somos peores porque tenemos un yo que se afirma contra  el otro. Rachid aprendió, y siguiendo los consejos del maestro, no sólo conquistó Paris y La Sorbona, sino que hizo de toda su vida un vivo ejemplo de cuanto le enseñó el viejo humanista judío. Ser apodado  “el viejo profesor” era todo un título, todo un resumen para una vida dedicada al estudio, la enseñanza y la dedicación a sus semejantes, pensó el doctor Rachid mientras reemprendía el camino de la Facultad. Como dominado por una fuerza invisible no pudo evitar algunos instantes más tarde volverse de nuevo hacía su pasado…  

Era invierno, aunque en aquellas latitudes tanto el verano como el invierno eran estaciones suaves, atemperadas por la proximidad del mar. La noche temprana había sorprendido a Rachid terminando el balance contable mensual. Qué oscuridad,  se dijo mientras caminaba con paso veloz hacia su casa , la lluvia no invitaba a otra cosa. Tardaría todavía un buen rato, pues tenía primero que llegar a la Alcazaba y luego adentrarse por el laberinto de sus callejuelas angostas y tortuosas. Tenía un presentimiento aquella noche, incluso en algún momento le invadió una extraña sensación de miedo, ¿Estaré nervioso? se preguntó mientras aceleraba el paso. Al atravesar la puerta que daba entrada a la Alcazaba, se sintió en casa, sin embargo se equivocaba…

De repente tuvo la sensación de que alguien le seguía, y cosa aún más extraordinaria, la calle estaba iluminada a pesar de no ser aquella, noche de luna. Miró a todos lados, pero no había nada ni nadie que explicara esa claridad misteriosa venida de ninguna parte. Se asustó, aunque saberse cerca de casa, le dio alguna tranquilidad. Ni más tarde, ni nunca, alcanzó a adivinar por qué en aquellos minutos de terror, recordó que su madre estaría aún despierta esperando su llegada. Qué va a ser de ella si no llego esta noche – se preguntó. Por fin llegó, subió las escaleras saltando los escalones de tres en tres. Aquella noche no pudo conciliar el sueño.

Pasaron siete días y siete noches durante los cuales, a su vuelta a casa, Rachid oyó pasos tras él y la enigmática luz iluminó su camino. Guardó el secreto hasta entonces. Todo fue diferente a la noche siguiente. Aquella noche cuando se disponía a abrir la cancela del patio por el que se accedía a su casa, un irrefrenable deseo le hizo volverse. Aquella fue una visión fantasmagórica propia del mundo de los sueños… En la bocacalle, se erguían tres formas humanas de más de dos metros de altura vestidas con túnicas de distinto color. Cada una, aunque sería más apropiado decir cada uno porque los tres se distinguían por una barba canosa y amplia, portaba un candelabro cuya luz, por la fuerza del destello,  no parecía real. A su pesar y como impelido por una atracción indomable, Rachid se dirigió hacia el lugar donde permanecían inmóviles los tres seres que a él se le antojaban como una combinación humano-galáctica. Al llegar a su altura, el joven aprendiz de contable se detuvo como deslumbrado, encantado, atónito, perplejo, asombrado, atolondrado por lo que sus ojos tenían tan cerca.

Fue entonces cuando como surgidas de las profundidades Rachid pudo oír estas palabras: ” – Escucha hombrecito; has sido elegido por el Rabbi Levy. Por eso estamos aquí y así permaneceremos mientras tú seas digno de nosotros. Las palabras que vamos a pronunciar no volverás a oírlas nunca más y jamás apareceremos de nuevo ante ti. “

El gigante de la túnica roja habló el primero: “-Yo digo, como símbolo de la Sabiduría, que no es más sabio aquél que acumula más saberes sino aquél que atesora más amigos.” Se hizo el silencio, y de nuevo se oyó otra voz irreconocible que parecía provenir de la figura del centro: “-Yo afirmo, como reprentante de la Honradez, que sólo el hombre honrado es poseedor de la noche y dueño de su vigilia y de sus sueños.” El tercero que vestía una túnica verde se pronunció en estos términos: “-Yo soy la Humildad, y digo que el humílde no es aquél que oculta sus virtudes en un gesto de soberbia, sino el que aprecia de igual manera a los otros y a sí mismo.”

Aquella noche Rachid, como no podía ser de otro modo, tardó bastante en conciliar el sueño, sin embargo, tanto le apremiaba la curiosidad, que trató por todos los medios de dormirse, con el único objeto de preguntarle al día siguiente al señor Levy, el por qué de todo lo sucedido. Así amaneció inevitablemente.

Lo primero que hizo Rachid al llegar a la oficina, fue contarle a su jefe y maestro, todo lo acontecido durante la última semana y más precisamente la noche anterior.  El señor Levy le escuchó con atención, no pudiendo evitar esbozar una sonrisa que parecía delatar su participación en los hechos.  Luego habló:

Mira Rachid, siempre he considerado que entre las muchas virtudes que enriquecen la vida de un ser humano, la sabiduría, la honradez y la humildad son las que nos confieren mayor altura  y dignidad y son también aquellas  que mejor nos protegen de la osadía de la ignorancia, de la tentación de la corrupción y del atrevimiento de la vanidad. Como virtudes primordiales que son, las mandé acompañarte y protegerte mientras trabajas conmigo. Es mi manera de hacerte el heredero de lo más hermoso que aprendí en la vida, pero además lo hago en honor a tu padre, mi amigo y mi igual en tantos aspectos.          

Aquel extraño encuentro, a medio camino entre la realidad y el sueño, y las misteriosas palabras del señor Levy, que tanto tiempo le llevaría comprender, determinarían el comportamiento futuro de nuestro personaje. Nunca más volvió a trabajar con el viejo judío. Poco después emigraría a Francia…

Mientras caminaba, aquella mañana, por fin el viejo profesor se sintió  el continuador de la inestimable herencia que le dejó el señor Levy y pudo vislumbrar el alcance de su magisterio. Por fin comprendió el significado de aquellas figuras alegóricas. 

Al llegar a la Facultad, se topó como cada día con el conserje, se saludaron e intercambiaron unas palabras. El conserje se despidió con una sonrisa cómplice que parecía revelar la existencia o el conocimiento de un pasado común (?).  ¿Acaso el señor Levy… ?     

Nota del autor: La verdadera historia sobre la que se basa este relato mágico, ocurrió entre un joven llamado Jacob C. Levy y un señor de nombre Driss. Fue en Larache, durante el primer tercio del siglo XX. Y es que la historia no cambia si se permutan los protagonistas.   1994-2010     

             

León Cohen Mesonero

León Cohen, en su calidad de narrador, ha publicado relatos en diversas antología como  Caminos para la Paz (C. Ricci, I.López Calvo, 2007), Viajes a Larache (M. Laabi 2007), Calle del Agua (Manuel Gahete y otros 2008), en revistas como “Tres Orillas” y “Entreríos” es autor de los siguientes títulos:  “Relatos robados al tiempo” Año 2003. Editorial: www.librosenred.com,  “Cabos Sueltos” Año 2004. Editorial: www.librosenred.com  y edición en papel del autor en 2004.  “La Memoria Blanqueada”. Año 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones Madrid. www.libreriahebraica.com, y es coautor de “Ufrán Año 2010. Hebraica de Ediciones  Madrid. Y “Cartas y Cortos ” está previsto que salga en el primer semestre de 2011.

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LEÓN COHEN MESONERO, escritor larachense

 

León Cohen Mesonero, nació en Larache, y en 1968 se trasladó a España. Es Doctor en Ciencias Químicas y profesor titular de Ingeniería Química de la Universidad de Cádiz.

Tanto sus poemas, como sus relatos o sus cuentos, al igual que algunos de los artículos que ha publicado en diversas revistas, desvelan a un hombre comprometido con su tiempo. Su pensamiento, tanto ético como político, y su visión de nuestro mundo es el punto de partida de la mayor parte de su obra. Pero la nostalgia y la memoria (los propios títulos de algunos de sus libros lo corroboran) ocupan igualmente un lugar preferente en su producción literaria, y Larache, como espacio físico y sentimental de esa memoria “recobrada” se torna fundamental.

Sergio Barce, Abdellah Djbilou, Mohamed Akalay y Leon Cohen, en la Casa de la Cultura de Larache

Cuando León Cohen participó en la Casa de la Cultura de Larache en un encuentro de narradores larachenses, organizado por la Asociación “Larache en el mundo”, pese a su ya larga experiencia como profesor universitario y pese a su temple, el enfrentarse a su propio relato en aquel entorno tan entrañable hizo que la emoción reprimida rezumara en cada una de sus frases.

Sergio Barce, enero 2011

Las calles de la infancia huelen a nostalgia.

Nuestra memoria está llena de puertas entreabiertas donde reinan fantasmas y misterios por desvelar  (León Cohen)

Ejemplo de su empleo de la nostalgia como instrumento narrativo y sentimental, es el siguiente relato.

Recorrido sentimental por las calles de la memoria

Aparqué el coche en la Plaza de España. Me bajé y respiré hondo, como queriendo recuperar los olores perdidos en jardines de la infancia, como queriendo recobrar el aire de tantos años pasados, en un exilio no deseado aunque inevitable,  alejado de mi pueblo. Este era un viaje proyectado muchos años atrás, y siempre, por una u otra razón,  aplazado. Pero he aquí, que por fin estaba en Larache, la ciudad donde nací y donde transcurrieron mi infancia y adolescencia. Había venido solo, porque sólo yo podía realizar este paseo por el tiempo. Lentamente, como midiendo cada paso, me dispuse a cumplir el objetivo de aquel viaje. Enfilé la calle que empezaba con la sastrería “Mi Sastre” (mi sastre era un hombre alto, calvo y a pesar de ello canoso)  dejando a su flanco izquierdo a la Unión Española, y, caminando por el flanco derecho, pasé junto al “Bar Selva”, eché una mirada al interior y pude comprobar cómo los hermanos Selva, el de las gafas y el de la sonrisa puesta, seguían en la brecha, saludé al Momi, el barman, a quien encontré muy envejecido. Luego, me detuve ante el escaparate de la “Zapatería Companys”, el padre de mi compañera Margarita se mantenía como solía en la puerta de la tienda, alto y erguido, con su inhalador colgado del cuello y vestido con corbata y chaleco azul. Por un momento recordé su voz mitad ronca, mitad atiplada y su caminar, con los pies ligeramente enfrentados y la mano izquierda apoyada sobre el pecho. Pude asimismo comprobar cómo, todavía, el escaparate exhibía un par de zapatos gorila y unas sandalias de crepé. Seguí subiendo la pequeña cuesta hasta la esquina, donde aún lucía con cierto brillo la placa del despacho de abogados, y la casa a la que siempre relacioné con el juez Don Manuel Moreno Garzusta. Desde esa esquina se podía distinguir mirando hacía la izquierda y al fondo, la imprenta Cremades, el hombre de la acentuada cojera, un trecho más arriba, la farmacia Albarracin, del que nunca supe la identidad, para mí siempre fue su mancebo: un señor regordete con bata blanca, bigote poblado y muy pelado al cepillo, mirando  a la derecha, en la cuesta, podía intuir, la tienda de Balaguer y en la puerta casi siempre, alguna de las hijas o Delmas, su yerno, el cual, por su tez oscura, su pelo azabache y muy lacio, siempre me pareció un indio de Bombay. Crucé la carretera y por el camino me topé con la bodega de Salomón Fereres, miré hacía el interior y pude distinguir la figura de aquel apuesto zorro plateado. Luego, pasé junto a un taller de bicicletas y motocicletas dejando a mi izquierda lo que más tarde sería la Burraquía (mercadillo de telas, ropas y enseres domésticos). Recordé que en el callejón que había a mi derecha, vivió en un tiempo el señor Benchluch, el practicante, al que en alguna ocasión hube de visitar con mi padre para alguna inyección urgente. Aquel hombre bajito y ligeramente encorvado, de voz profunda y de nariz afilada y excesiva, celebraba con parsimonia el pequeño ritual de la desinfección de las agujas y de la preparación de la jeringa, infundiendo en el enfermo seguridad y temor a un tiempo. Llegado a la pequeña rotonda, me detuve para contemplar las cuatro calles que allí desembocaban. Por un lado, la calle del Cine Avenida, donde entre otras, se hallaban la comisaría de policía y la casa de los Torres, a mi derecha, la calle que llevaba a la farmacia Coliseo y a la plaza de abastos que diseñó el arquitecto Bustamante. Seguí hacía mi frente, dejando a un lado el  interminable  palacio de la Duquesa. Los pequeños gamberros que éramos entonces, saltábamos las vallas que daban a la calle colindante, la calle donde vivía Rubén el chofer del Lukus, el hombre más grande de Larache y del mundo, para recorrer los jardines, desafiando al guarda quien, según decían los más experimentados,  disparaba a los niños con una escopeta de sal. En la primera bocacalle, bajando unos metros se encontraba todavía el taller de plancha de mis “primas tías”  Simy y Allo, a las que recordé con el cariño que siempre merecieron. Ladeé unos pabellones donde tiempos ha, vivió mi amigo Carlitos, hijo de un policía armada, al que tanto le molestaba que yo fuera a por su hijo en horas de siesta. Al final del palacio, otro cruce de caminos, a mi derecha la calle donde vivieron los Pérez. No pude olvidar aquella noche de cena de despedida en casa de mi abuela Luna, recuerdo cómo aquellos jóvenes emigrantes reían y bromeaban para ocultar su nerviosismo y su ansiedad,  a media luz, que era lo que abundaba en aquellos años oscuros. Al día siguiente viajaban a Venezuela, hacía un destino incierto, era el año 1956, y entre ellos,  recuerdo desde mi pequeñez a Baldomero, a Pérez y a mi padre. Mi padre volvió al cabo de un año, pero Pérez se quedó y se perdió para siempre, en cuanto a  Baldomero nunca se supo de él.
Aceleré mi paso y en pocos minutos me planté en la segunda rotonda, la de los colegios de los Maristas y de las Monjas, en el primero jugué al fútbol (aquellos regates que hacíamos lanzando el balón contra  las paredes de las clases que limitaban el campo, recuerdo con precisión que Tuito era un maestro en este arte) en el segundo, estudió mi prima Flora y en más de una ocasión asistí a los partidos de baloncesto entre alumnas.
Me detuve de pronto y me percaté por vez primera que aquella imagen fija de la calle hacía mucho tiempo que se había borrado y supe que estaba haciendo un recorrido sentimental donde todo lo relatado fue y hoy ya nada era. Pero yo no tenía demasiado interés en ver lo evidente, así que decidí seguir mi propio camino. Arriba de la cuesta, hacía mi derecha se erguía el Patronato y un campito de tierra donde empecé a hacer gala de mis regates diabólicos con quince o dieciséis años, estaba por fin empezando a jugar bien, aunque fue en Tánger, dos años más tarde cuando exploté y di todo lo que había estado aprendiendo durante tantos años.

Por aquel campito, se podía llegar, si mi memoria era fiel, hasta la playa del Matadero. Luego, la rotonda de los Viveros, a mi derecha la entrada al parque y al lado, la Hípica,  adonde tantas veces acompañé a mi padre a las tiradas al plato y creo que de pichón, de las este era asiduo además de buen tirador, a la izquierda, una gran extensión de tierra baldía, que en nuestra infancia atravesábamos para llegar recortando camino a nuestras casas de la Calle Barcelona. En aquellos descampados tenían lugar nuestras guerrillas de moros y cristianos a pedrada limpia, en ocasiones, nos protegíamos con escudos de madera algunas veces reales y otras imaginarios, porque eso sí, nos sobraba imaginación. Mi vecino, Pepe Ortega Padilla, era nuestro jefe.
Más adelante, una suerte de casas adosadas que siempre se me antojaron ser unos pabellones militares y algo más distantes, al final de ninguna parte, los tres cementerios, los cementerios de las tres culturas, aquellas que hicieron a España y a Andalucía grandes entre las grandes, siglos atrás.
Había llegado al final de la primera etapa de mi viaje sentimental e imaginado por los caminos del recuerdo. Me prometí volver, para recorrer otros lugares…    (León Cohen)

 Además de artículos científicos, varios libros de textos técnicos y artículos de opinión en el diario “Europa Sur”, León Cohen, en su calidad de narrador, ha publicado relatos en diversas antología como  Caminos para la Paz (C. Ricci, I.López Calvo, 2007), Viajes a Larache (M. Laabi 2007), Calle del Agua (Manuel Gahete y otros 2008), y en revistas como “Tres Orillas” y “Entreríos”, y es también autor de los siguientes libros:  “Relatos robados al tiempo” (2003. Editorial: www.librosenred.com),  “Cabos Sueltos” (2004. Editorial: www.librosenred.com y edición en papel del autor en 2004),  “La Memoria Blanqueada” ( 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones Madrid. www.libreriahebraica.com), y es coautor de “Ufrán (2010. Hebraica de Ediciones  Madrid).  “Cartas y Cortos ” está previsto que salga en el primer semestre de 2011.


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