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“NARRATIVA ANACRÓNICA: PARA UNA LECTURA POSTCOLONIAL”, DEL PROFESOR JOSÉ MANUEL GOÑI PÉREZ

En este exhaustivo y denso artículo del profesor de la Aberystwyth University, Department of European Languages, de Gales (UK), José Manuel Goñi Pérez, se condensan muchos de los títulos más representativos de la literatura relacionada con el protectorado español en Marruecos y, especialmente, con el Tánger mítico y soñado. Me decía José Manuel en el correo que me enviaba al permitirme colgar este artículo en mi blog que “…escribí ese pequeño trabajo como una especie de recuerdo a los estudiosos de la literatura de una nueva narrativa sobre el Protectorado que creía en aquel entonces que tenía mucho que ofrecer al lector contemporáneo.” Y, para mi sorpresa, José Manuel, que menciona algunos de mis libros en este estudio, añadía: “…He de decir que soy muy aficionado a tu narrativa que considero de lo mejor que se publica en estos días, y que he leído con gran entusiasmo, y aprovecho para darte las gracias por esas obras tan amenas y de agradable estilo.” No he podido resistirme a transcribirlo, no por vanidad, sino porque verme mencionado entre autores que admiro y entre títulos que me resultan ejemplares, no deja de ser emocionante. En fin, que especialmente para quienes desean bucear en ese mundo tan atractivo como idealizado y mitificado, este artículo del profesor Goñi abre las páginas a libros tan atractivos como sugerentes y a autores que, de una u otra forma, retratan aquel mundo que nos ha marcado a todos los que venimos de la otra orilla.

Sergio Barce, febrero 2015

TANGER

TANGER

Narrativa anacrónica: para una lectura postcolonial

de

José Manuel Goñi Pérez

Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro. Lo que él respira es lo que a ti te asfixia, lo que come es tu hambre. Muere con la mitad más pura de tu muerte. Rosario Castellanos, El otro

La literatura del protectorado y de la ciudad internacional de Tánger en español, denominación de la producción literaria desde 1912 hasta 1956/1959, tiene a su vez otra literatura, homóloga, coetánea y anacrónica que versa sobre temas del protectorado y que en las últimas dos décadas ha empezado a despertar el interés no sólo de lectores nacidos o relacionados con la zona colonial sino de ciertas editoriales independientes y algunos reducidos círculos literarios (editoriales tales como 451 Editores -del escritor y filólogo Javier Azpeitia- la Librería Hebraica, la editorial Pre-Textos, la editorial Aljaima entre otras).(1)

Esta reciente poiesis está facilitando una reconstrucción histórica de los enclaves coloniales del norte de África y su interés no sólo se centra en la ficcionalización de la misma Tánger, Larache o Tetuán, sino que, como ya destacara Bernabé López García (Prólogo, Nogué y Villanova: 1999), este interés también ha vivificado el estudio sobre las relaciones entre España y el país magrebí en distintos ámbitos, así como los posibles significados de la época colonial. Por otro lado, la representación novelada de tales enclaves e historias no es la visión paradisíaca de un territorio distanciado y ajeno a ideologías absolutas y dominantes que imperaban en las décadas de los cincuenta y sesenta por allende y por aquende. Sino que, como es el caso de Último verano en el paraíso (2004), la obra literaria está marcada por la reflexión histórica sobre el norte de Marruecos, de los marroquíes y de los españoles y de los apátridas y sobre la meditación y definición del tornadizo concepto del Otro. (2) A esta ficción moderna, anacrónica y de mirada penetrante, hay que añadir la existencia hoy en día de distintos documentos, algunos de ellos digitales, que se están convirtiendo poco a poco en una base de datos -tanto histórica como literaria- que alberga memorias, ideologías, biografías, autobiografías, pensamientos y visiones sobre la cotidianidad de la vida bajo el Protectorado y la internacionalidad de Tánger, soterradas o que se creían perdidas, con la anexión de las tierras coloniales al reino alauí. De entre estos documentos destaca la revista Tingis (dirigida y editada por Lydia Sanz de Soto), que aúna todavía más la relación entre la historia y la intrahistoria, entendida esta última como una búsqueda del pasado histórico a través de lo humano y lo aprendido por el ser común e individual -antítesis del héroe histórico. (3) Esto es, la búsqueda del mundo olvidado y, a su vez, el temperamento histórico de la ciudad colonial. De ahí que la intrahistoria o su reconstrucción esté limitada a quienes de alguna u otra manera vivieron en ella y la rescriben. (4) La importancia de esta visión intrahistórica de Tánger reside en la individualidad de cada visión y en la amplitud de las mismas. Tánger no existe, pues, sino en la desmembración de cada una de sus visiones, pues a cada persona le corresponde un Tánger. No obstante, hay que especificar que estos datos históricos no son parte de la recuperación de una memoria histórica regida y desiderativa, sino, muy al contrario, una visión cercana a la ‘base eterna’ azoriniana, esto es, a lo que queda tras filtrar el pasado por el tamiz del presente. De ahí que parte de la literatura actual sobre Tánger tenga un cierto aire de reminiscencia realista o de ‘novela ecfrástica’, como El último verano en Tánger, de Juan Vega Montoya. (5)

EL ULTIMO VERANO EN TANGER

No obstante, lo que diferencia a la ficción coetánea sobre Tánger, producto de la emigración, la República y posteriormente la diáspora, producto de esa «España silente y la Tercera España silenciada» -como la llamara Ramírez Ortiz (2005: 9)- con la visión literaria tanto de finales del XIX como del primer tercio del siglo XX, es que el escritor tangerino (6), será un escritor independiente, emancipado y algunos de sus escritores alejados de las dificultades y penurias por la que transcurría la misma España, como bien se demuestra al leer la obra de A.Vázquez (7), mientras que la visión de escritores decimonónicos e incluso de principios del siglo XX como Joaquín Gatell (8) y Foch, Giménez Caballero, Díaz Fernández o el mismo Pedro Antonio de Alarcón –corresponsales, voluntarios al cuerpo del ejército o financiados por instituciones españolas– era una visión parcial e impedida. Manuela Marín en su exhaustivo estudio sobre las imágenes opresivas de la literatura de viajes sobre Marruecos explica que desde mitad del siglo XIX hasta comienzos del Protectorado en 1912 «la vigencia de unos signos interpretativos inmediatamente aceptados y difundidos a través de fórmulas literarias e iconográficas debe relacionarse con el carácter particular de la literatura española de viajes sobre Marruecos en este periodo», y añade que este es un periodo «de observación, catalogación y clasificación de una sociedad vecina pero fundamentalmente ajena» (2002: 88). Es menester añadir que la presencia española en el norte de África no produjo solamente una visión literaria en español sino que también facilitó la impresión de obras en árabe, posibilitada por la imprenta hispanoárabe del Padre franciscano Lerchundi en Tánger, quien también pusiera su empeño en sacar a la luz la revista Mauritania (Tánger, 1928). Darias de las Heras da cuenta de las publicaciones periódicas del Marruecos español: 

<Igualmente existió en las llamadas plazas de soberanía la esforzada y en muchos casos subvencionada publicación de prensa periódica poseedora de una admirable historia que se prolongará durante más de una centuria. Se inicia en 1860 con “El Eco de Tetuán”, fundado por Pedro Antonio de Alarcón, pionero de los corresponsales de guerra españoles, y que, tras fusionarse con “El Norte de África”, pasaría a llamarse ”La Gaceta de África”; continúa con el melillense ”El Telegrama del Rif” (1902), “El Faro” –rebautizado después como “El Faro de Ceuta” (1934)–, “El Eco de Chef Chauen” –editado desde 1920 inicialmente en multicopista y en el que colabora Tomás Borrás–, “El Heraldo de Marruecos” –que aparece en Larache en 1925– y los tangerinos ”El Porvenir”, ”El Diario de África” y sobre todo “España”, cuya trayectoria va desde 1938 a 1967, cubriendo los años de esplendor de la ”Ciudad Internacional” y siendo dirigida desde sus comienzos hasta 1955 por Gregorio Corrochano, otro preclaro corresponsal de guerra.> (2002)

Hasta fechas recientes se ha acusado a las letras españolas de no tener una literatura colonial africana, esto es, autóctona, y de tener una literatura sobre las colonias escritas por escritores peninsulares (Antonio Carrasco: 2000). A diferencia de la literatura hispanoamericana, véase el caso de Rosario Castellanos y en concreto Balún Canán (1958), la inexistencia de un narrador que penetrara en las relaciones de los distintos grupos sociales, en la mezcla de lenguas, de religiones y de intereses, ha sido una de las características más significativas de la literatura tangerina –si exceptuamos –ya a finales de la década de los 50– la narración íntima e inclusiva de Antonio Vázquez. El protectorado no termina por novelar y describir enteramente las distintas esferas sociales, etnias y clases sociales, y su difícil interacción. Si aceptamos siguiendo a Antonio Carrasco que las visiones coloniales de la literatura del Protectorado «son parciales y siempre imbuidas por la distancia del europeo hacia el africano, incluso los que se muestran más comprensivos con los marroquíes» –sin olvidar también a la comunidad sefardí– y que en su representación ficcional:

<La ilusión supone la falsedad de gran parte de las situaciones que se plantean en los libros españoles, la falta de objetividad al mostrar a unos y otros. Hay exceso de heroísmo injustificado y exceso de crueldad inventada. Ilusión es sugestión, distorsión, imaginación o deformación más o menos grande de la realidad. Es sentido de alteridad y, en muchas ocasiones, de superioridad, eurocentrismo o lo que los colonialistas ingleses llamaron jingoismo.>  (Eco de Tetuán, 2006)

Si aceptamos, decía, en mayor o menor medida este análisis generalista, (9) hay que añadir que será un grupo de escritores, cuyo rasgo común es el de la diáspora y el distanciamiento temporal de lo que fue Tánger y la zona del Protectorado español, el que describa y desentrañe a principios del siglo XXI, y de forma paulatina, una visión y una historia del pasado colonial reflexionada y acicalada por más de cuatro décadas de silencio. (10) En muchos casos estos textos literarios, creados desde visiones, ideologías e intenciones distintas, conforman no una corriente literaria, sino una respuesta común y coetánea a los problemas y conceptos del Otro y la diáspora. (11)

Definir la literatura sobre la ciudad de Tánger escrita en la última década como la representación de la búsqueda sublime de lo exótico, lo orientalista o el redescubrimiento de unas vidas colonizadas resulta arduo y hasta embarazoso. Ya que si la visión novelística actual ahonda más en el distanciamiento político y utópico de la zona internacional y colonial, y da más importancia a la reflexión del Yo y del no–Yo con referencia a los sentimientos vitales (literatura nostálgica se la ha llegado a denominar), la visión de la primera mitad del siglo XX tanto en narraciones, libros de viajes, pintura, y artes plásticas –postales dibujadas e incluso fotografías– están más cercanas al estereotipo peninsular que se tenía del norte de África. (12) Un estereotipo de rasgos exóticos y casi metaliterarios que dotará a la ficcionalización de los territorios colonizados de una falsa superioridad basada en comparaciones sociales y que les hará obviar los elementos culturales. Incluso el viajero de finales del siglo XIX, alimentado por esta caterva de miradas, descubrirá un mundo hostil y de difícil aclimatación. (13) Los libros de viajes, ya mencionados, darán una visión predeterminada y esperada por parte de un lector específico que buscaba el descubrimiento de lo ajeno, de lo desconocido y opuesto, de una nueva barbarie frente a la civilización incansable, de nuevo hilo que recondujera los designios de grandeza e hiciera olvidar la pérdida de las últimas colonias y el fracaso reconocido de finales del XIX y la estrepitosa inhabilidad política de principios del siglo XX y devolviera lo perdido a un pasado irrecuperable. Nuestro orientalismo no fue tal –pues incluso el modernismo español o el latinoamericano pasó por el tamiz de la visión orientalista de la literatura francesa, basada en la sensación y en la belleza de los ensueños proyectados por Shehrezade. Si nuestro orientalismo no fue tal, nuestro colonialismo fue más bien un intento fútil, efímero y visionario de reencontrarnos con la América perdida. Esto por una parte. Por otra, habría que añadir que el entendimiento de la ficción de la ciudad de Tánger en la literatura española contemporánea pasa también por el conocimiento de la mitificación (14) del Tánger de Paul Bowles, de Jane Bowles, de Tennessee Williams, de Ginsberg, de Kerouac y de William Burroughs, Genet, Truman Capote de escritores como Alejo Carpentier y Rodrigo Rey Rosa, y de esta y aquella efímera representación, y de todos aquellos que han mitificado la mitificación de la ciudad de Tánger, una ciudad en palabras de Domingo del Pino ‘de limbos’, ‘mitos y sueños tal vez necesarios pero no siempre reales’. (15) Y a todos y a cada uno de estos Tángeres les corresponde la visión del Tánger de For bread Alone o de Día de silencio en Tánger. Y si es cierto que toda representación de una ciudad real –véase la reciente deconstrucción onírica neoyorkina de Ray Loriga– es ficcional, también lo es heurística, como la búsqueda fugaz que llevara a cabo la generación Beat tan apartada de esas otras posibles realidades históricas de Tánger, de esas mismas realidades ligadas por una apócrifa internacionalidad cuestionada de forma sin par por Antonio Parra en El Obispo de Tánger:

<Ser ciudadano del mundo. ¡Qué ingenuidad! El cosmopolitismo sólo es posible cuando se es el dueño de la situación. En la Tánger discretamente cosmopolita del pasado la “internacionalidad” de sus habitantes no era más que un juego alegre de quienes, en el fondo, se sentían respaldados por la seguridad de una patria, por el calor de una raíz, de un origen. Eran, más que cosmopolitas, espectadores radiantes de un cosmopolitismo que en realidad no existía en ninguna parte, en ningún corazón, salvo en el de unos pocos mentecatos. Se necesita mucha superficialidad para ser un verdadero cosmopolita. La tierra no es sólo el terruño, lo mezquino de la aldea, sino la intuición elemental y sentimental, pero firme, de nuestra severa raíz campesina; la irredenta memoria de un lugar, en alguna parte, en algún tiempo, en el que fuimos felices pastores o primorosos hortelanos. El paraíso del que fuimos expulsados.>   (1995: 14-15)

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MALAGA – MIÉRCOLES, 11 DE SEPTIEMBRE, PRESENTACIÓN DE “ENTRE DOS AGUAS” NUEVO LIBRO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN

portada-entre-dos-aguas

Este Miércoles, 11 de septiembre,

a las 20:00 horas

en el Ateneo de Málaga

(calle Compañía nº 2  / plaza de la Constitución) 

se presenta el libro de relatos 

“Entre dos aguas”

del escritor larachense

LEÓN COHEN MESONERO

Acompañarán al autor en esta presentación

la poetisa Paloma Fernández Gomá

y el escritor Sergio Barce 

LEON COHEN (foto: Antonia Guerra)

LEON COHEN (foto: Antonia Guerra)

Escribe León Cohen en su cuento <Mi casa>:

“Yo no quisiera volver a vivir en Larache, porque aquel Larache se ha ido, y el mío ha quedado en mi retina de niño, como mi infancia, pero sí me gustaría decir que, en su momento, me robaron la parte que me correspondía de larachense (algunos años), y que lo único que me queda es escribir algún que otro relato que, como éste, me devuelve el recuerdo de mi pueblo, algo que siempre me pertenecerá y que ha de permanecer conmigo.” 

León Cohen con su hermano David en el espigón de Larache

León Cohen con su hermano David en el espigón de Larache

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MALAGA – 11 DE SEPTIEMBRE – PRESENTACIÓN DEL NUEVO LIBRO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN

El próximo día 11 de septiembre

en el Ateneo de Málaga

se presenta el libro de relatos del escritor larachense

León Cohen Mesonero

“Entre dos aguas”

Acompañarán al autor en esta presentación

la poetisa Paloma Fernández Gomá

y el escritor Sergio Barce.

Portada ENTRE DOS AGUAS

No obstante, cuando estemos más cerca de esta fecha volveremos a hacer un recordatorio para que no olvidéis acudir al acto. 

Entre los magníficos relatos que forman parte de este nuevo libro de León Cohen, se encuentra el titulado “Camisas mojadas”. que transcribo a continuación.

Camisas mojadas

Younés Ould Beni Makada había nacido en Tánger, seguramente en el barrio del mismo nombre. Junto a él, entre otros cientos, viajaba Driss Ben Mohamed que era de Larache.

Driss había crecido entre arena y olas, en la otra banda, una playa municipal donde río, mar y tierra concertaron sus nupcias estivales mientras Hércules era amamantado justo arriba, en la colina,  junto al jardín de las Hespérides. Sigue leyendo

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LEÓN COHEN MESONERO, escritor larachense

 

León Cohen Mesonero, nació en Larache, y en 1968 se trasladó a España. Es Doctor en Ciencias Químicas y profesor titular de Ingeniería Química de la Universidad de Cádiz.

Tanto sus poemas, como sus relatos o sus cuentos, al igual que algunos de los artículos que ha publicado en diversas revistas, desvelan a un hombre comprometido con su tiempo. Su pensamiento, tanto ético como político, y su visión de nuestro mundo es el punto de partida de la mayor parte de su obra. Pero la nostalgia y la memoria (los propios títulos de algunos de sus libros lo corroboran) ocupan igualmente un lugar preferente en su producción literaria, y Larache, como espacio físico y sentimental de esa memoria “recobrada” se torna fundamental.

Sergio Barce, Abdellah Djbilou, Mohamed Akalay y Leon Cohen, en la Casa de la Cultura de Larache

Cuando León Cohen participó en la Casa de la Cultura de Larache en un encuentro de narradores larachenses, organizado por la Asociación “Larache en el mundo”, pese a su ya larga experiencia como profesor universitario y pese a su temple, el enfrentarse a su propio relato en aquel entorno tan entrañable hizo que la emoción reprimida rezumara en cada una de sus frases.

Sergio Barce, enero 2011

Las calles de la infancia huelen a nostalgia.

Nuestra memoria está llena de puertas entreabiertas donde reinan fantasmas y misterios por desvelar  (León Cohen)

Ejemplo de su empleo de la nostalgia como instrumento narrativo y sentimental, es el siguiente relato.

Recorrido sentimental por las calles de la memoria

Aparqué el coche en la Plaza de España. Me bajé y respiré hondo, como queriendo recuperar los olores perdidos en jardines de la infancia, como queriendo recobrar el aire de tantos años pasados, en un exilio no deseado aunque inevitable,  alejado de mi pueblo. Este era un viaje proyectado muchos años atrás, y siempre, por una u otra razón,  aplazado. Pero he aquí, que por fin estaba en Larache, la ciudad donde nací y donde transcurrieron mi infancia y adolescencia. Había venido solo, porque sólo yo podía realizar este paseo por el tiempo. Lentamente, como midiendo cada paso, me dispuse a cumplir el objetivo de aquel viaje. Enfilé la calle que empezaba con la sastrería “Mi Sastre” (mi sastre era un hombre alto, calvo y a pesar de ello canoso)  dejando a su flanco izquierdo a la Unión Española, y, caminando por el flanco derecho, pasé junto al “Bar Selva”, eché una mirada al interior y pude comprobar cómo los hermanos Selva, el de las gafas y el de la sonrisa puesta, seguían en la brecha, saludé al Momi, el barman, a quien encontré muy envejecido. Luego, me detuve ante el escaparate de la “Zapatería Companys”, el padre de mi compañera Margarita se mantenía como solía en la puerta de la tienda, alto y erguido, con su inhalador colgado del cuello y vestido con corbata y chaleco azul. Por un momento recordé su voz mitad ronca, mitad atiplada y su caminar, con los pies ligeramente enfrentados y la mano izquierda apoyada sobre el pecho. Pude asimismo comprobar cómo, todavía, el escaparate exhibía un par de zapatos gorila y unas sandalias de crepé. Seguí subiendo la pequeña cuesta hasta la esquina, donde aún lucía con cierto brillo la placa del despacho de abogados, y la casa a la que siempre relacioné con el juez Don Manuel Moreno Garzusta. Desde esa esquina se podía distinguir mirando hacía la izquierda y al fondo, la imprenta Cremades, el hombre de la acentuada cojera, un trecho más arriba, la farmacia Albarracin, del que nunca supe la identidad, para mí siempre fue su mancebo: un señor regordete con bata blanca, bigote poblado y muy pelado al cepillo, mirando  a la derecha, en la cuesta, podía intuir, la tienda de Balaguer y en la puerta casi siempre, alguna de las hijas o Delmas, su yerno, el cual, por su tez oscura, su pelo azabache y muy lacio, siempre me pareció un indio de Bombay. Crucé la carretera y por el camino me topé con la bodega de Salomón Fereres, miré hacía el interior y pude distinguir la figura de aquel apuesto zorro plateado. Luego, pasé junto a un taller de bicicletas y motocicletas dejando a mi izquierda lo que más tarde sería la Burraquía (mercadillo de telas, ropas y enseres domésticos). Recordé que en el callejón que había a mi derecha, vivió en un tiempo el señor Benchluch, el practicante, al que en alguna ocasión hube de visitar con mi padre para alguna inyección urgente. Aquel hombre bajito y ligeramente encorvado, de voz profunda y de nariz afilada y excesiva, celebraba con parsimonia el pequeño ritual de la desinfección de las agujas y de la preparación de la jeringa, infundiendo en el enfermo seguridad y temor a un tiempo. Llegado a la pequeña rotonda, me detuve para contemplar las cuatro calles que allí desembocaban. Por un lado, la calle del Cine Avenida, donde entre otras, se hallaban la comisaría de policía y la casa de los Torres, a mi derecha, la calle que llevaba a la farmacia Coliseo y a la plaza de abastos que diseñó el arquitecto Bustamante. Seguí hacía mi frente, dejando a un lado el  interminable  palacio de la Duquesa. Los pequeños gamberros que éramos entonces, saltábamos las vallas que daban a la calle colindante, la calle donde vivía Rubén el chofer del Lukus, el hombre más grande de Larache y del mundo, para recorrer los jardines, desafiando al guarda quien, según decían los más experimentados,  disparaba a los niños con una escopeta de sal. En la primera bocacalle, bajando unos metros se encontraba todavía el taller de plancha de mis “primas tías”  Simy y Allo, a las que recordé con el cariño que siempre merecieron. Ladeé unos pabellones donde tiempos ha, vivió mi amigo Carlitos, hijo de un policía armada, al que tanto le molestaba que yo fuera a por su hijo en horas de siesta. Al final del palacio, otro cruce de caminos, a mi derecha la calle donde vivieron los Pérez. No pude olvidar aquella noche de cena de despedida en casa de mi abuela Luna, recuerdo cómo aquellos jóvenes emigrantes reían y bromeaban para ocultar su nerviosismo y su ansiedad,  a media luz, que era lo que abundaba en aquellos años oscuros. Al día siguiente viajaban a Venezuela, hacía un destino incierto, era el año 1956, y entre ellos,  recuerdo desde mi pequeñez a Baldomero, a Pérez y a mi padre. Mi padre volvió al cabo de un año, pero Pérez se quedó y se perdió para siempre, en cuanto a  Baldomero nunca se supo de él.
Aceleré mi paso y en pocos minutos me planté en la segunda rotonda, la de los colegios de los Maristas y de las Monjas, en el primero jugué al fútbol (aquellos regates que hacíamos lanzando el balón contra  las paredes de las clases que limitaban el campo, recuerdo con precisión que Tuito era un maestro en este arte) en el segundo, estudió mi prima Flora y en más de una ocasión asistí a los partidos de baloncesto entre alumnas.
Me detuve de pronto y me percaté por vez primera que aquella imagen fija de la calle hacía mucho tiempo que se había borrado y supe que estaba haciendo un recorrido sentimental donde todo lo relatado fue y hoy ya nada era. Pero yo no tenía demasiado interés en ver lo evidente, así que decidí seguir mi propio camino. Arriba de la cuesta, hacía mi derecha se erguía el Patronato y un campito de tierra donde empecé a hacer gala de mis regates diabólicos con quince o dieciséis años, estaba por fin empezando a jugar bien, aunque fue en Tánger, dos años más tarde cuando exploté y di todo lo que había estado aprendiendo durante tantos años.

Por aquel campito, se podía llegar, si mi memoria era fiel, hasta la playa del Matadero. Luego, la rotonda de los Viveros, a mi derecha la entrada al parque y al lado, la Hípica,  adonde tantas veces acompañé a mi padre a las tiradas al plato y creo que de pichón, de las este era asiduo además de buen tirador, a la izquierda, una gran extensión de tierra baldía, que en nuestra infancia atravesábamos para llegar recortando camino a nuestras casas de la Calle Barcelona. En aquellos descampados tenían lugar nuestras guerrillas de moros y cristianos a pedrada limpia, en ocasiones, nos protegíamos con escudos de madera algunas veces reales y otras imaginarios, porque eso sí, nos sobraba imaginación. Mi vecino, Pepe Ortega Padilla, era nuestro jefe.
Más adelante, una suerte de casas adosadas que siempre se me antojaron ser unos pabellones militares y algo más distantes, al final de ninguna parte, los tres cementerios, los cementerios de las tres culturas, aquellas que hicieron a España y a Andalucía grandes entre las grandes, siglos atrás.
Había llegado al final de la primera etapa de mi viaje sentimental e imaginado por los caminos del recuerdo. Me prometí volver, para recorrer otros lugares…    (León Cohen)

 Además de artículos científicos, varios libros de textos técnicos y artículos de opinión en el diario “Europa Sur”, León Cohen, en su calidad de narrador, ha publicado relatos en diversas antología como  Caminos para la Paz (C. Ricci, I.López Calvo, 2007), Viajes a Larache (M. Laabi 2007), Calle del Agua (Manuel Gahete y otros 2008), y en revistas como “Tres Orillas” y “Entreríos”, y es también autor de los siguientes libros:  “Relatos robados al tiempo” (2003. Editorial: www.librosenred.com),  “Cabos Sueltos” (2004. Editorial: www.librosenred.com y edición en papel del autor en 2004),  “La Memoria Blanqueada” ( 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones Madrid. www.libreriahebraica.com), y es coautor de “Ufrán (2010. Hebraica de Ediciones  Madrid).  “Cartas y Cortos ” está previsto que salga en el primer semestre de 2011.


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