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ESCRIBIENDO DE LARACHE 3

Aquí os dejo la tercera entrega de los libros con Larache de protagonista que habitan en mi biblioteca. Alrededor de mi libro de relatos Paseando por el zoco chico, larachensemente, tenéis títulos y autores como Viajes a Larache, de Mohamed Laabi; Acercamiento al español de Larache, de Juan Carlos Martínez Bemejo, y El olivo de Larache, de Carlos Tessainer y Tomasich.

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EL RAISUNI, VISTO POR EL HISTORIADOR LARACHENSE CARLOS TESSAINER

El Raisuni, aliado y enemigo de España, es un completísimo y muy intenso estudio sobre el siempre singular y atractivo personaje del Cherif Muley Ahmed El Raisuni, escrito por el historiador larachense Carlos Tessainer y Tomasich, que se reeditó felizmente en 2015 por Librería Hispania Ediciones, y que ampliaba y completaba la anterior del año 1998 de la editorial Algazara.

Carlos me dedicaba mi ejemplar en ese 2015 con estas palabras: “Para Sergio, al que le hace tanta ilusión como a mí esta nueva edición sobre El-Raisuni. Con un fuerte abrazo, el autor. Carlos Tessainer”. Y es verdad que lo celebramos sabiendo cuánto esfuerzo le había supuesto este trabajo. Por esa razón, vuelvo a traer a mi blog este magnífico libro.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es el-raisuni-carlos-tessainer-portada.jpg

Reproduzco unos párrafos del capítulo titulado Colaboración del Cherif en el repliegue de Yebala. Muley Ahmed y Abd el Krim: enfrentamiento entre sus nacionalismos (1924-1925). Son un botón de muestra de la calidad y hondura del trabajo de investigación llevado a cabo por Carlos Tessainer, a lo que se une su narrativa que hace la lectura amena y fresca:

“…El 23 de agosto de 1924, tuvo lugar una conferencia en Tazarut entre el intérprete Cerdeira, Muley Sadic Raisuni (entonces Ministro de Hacienda del Majzen de la zona norte) y el Cherif. Cuando Clemente Cerdeira remitió al Alto Comisario un comunicado <personal y reservado> en el que resumía lo tratado en la entrevista, hizo constar que Muley Ahmed se encontraba en cama desde hacía un año, aquejado de grave enfermedad.

El Raisuni expuso que no dudaba en que recobraría el prestigio que por culpa de su enfermedad había disminuido. Valiéndose de él y de su fuerza, sometería la insubordinación de los cabileños sublevados ante lo que simbolizaba orden y gobierno.

Opinaba el Cherif que a los yebalas no les guiaba sentimiento patriótico ni religioso alguno, solo su ambición, por la cual había que ganarles. Para ello necesitaba dinero, pero no queriendo que España corriera con los gastos, pedía un empréstito por un año, que se lo hiciese el Estado español o una Compañía; él respondería con la hipoteca de sus fincas. La suma no debían entregársela en su totalidad, sino que fuera depositada en un Banco, de donde se extraerían las cantidades conforme las fuese necesitando. Una vez dominadas las cabilas, ellas pagarían la deuda.

Con este dinero pretendía ganarse a su causa a los cabecillas más relevantes y eliminar a otros. También crear una milicia voluntaria y limitada de cabileños, puestos al servicio del Majzen y que se impusieran a los rebeldes que quedasen.

Bajo su punto de vista, la pacificación consistía en un desarme general, dejando en cada cabila el menor número posible de hombres armados, constituidos en guardia permanente de sus respectivos territorios, bajo su responsabilidad personal y colectiva. El Mando militar español se quedaría en lugares estratégicos, estableciéndose en ellos fuertes destacamentos de manera permanente.

(…) A principios de septiembre de 1924, y siguiendo el plan de <semi abandono>, comenzó el repliegue de Yebala. A partir de entonces, puede afirmarse que la suerte de El Raisuni estaba echada. Como más adelante será expuesto, su alineamiento con los intereses españoles y sus negativas a las llamadas de Abd el Krim para la sublevación, fueron su pérdida.

(…) Los cierto es que El Raisuni no vio con buenos ojos el repliegue español. Tal vez porque lo creyó un error, pero también porque comprendió que se quedaba solo ante el enemigo…

(…) Desde comienzos de 1924, Abd el Krim logró formar un poderoso ejército con el que se proponía, no ya solo la independencia del Rif, sino adueñarse de todo Marruecos. El repliegue del ejército español hizo parecer que España renunciaba a su lucha contra los rebeldes. El sometimiento de las cabilas del Rif y Gomara, era algo que el jefe rifeño había conseguido. Ya hacía bastante tiempo que inició una activa propaganda sobre Yebala: ahora, la deserción de la mayoría de los seguidores de El Raisuni (cansados de su tiranía y contrarios a su colaboración con los españoles) y el repliegue español, motivaron que la mayoría de Yebala se uniese a la causa de Jattabi.

En este punto, cabe preguntar: ¿hubo algún tipo de relación entre los dos jefes marroquíes?, ¿existió algún intento para que el Cherif se sumase al levantamiento generalizado contra España?

Puede afirmarse sin lugar a dudas que Abd el Krim intentó por todos los medios conseguir que El Raisuni se sumara a su lucha contra la ocupación española. Todas las fuentes consultadas hablan de la correspondencia que en aquellos momentos ambos mantuvieron. Los originales de la misma no han sido hallados.

En un informe titulado <Ataque a Tazarut por las huestes rifeñas enviadas por el cabecilla Abdelkrim el Jatabi en 1 de Rayab año 1343 (27 de enero 1925) contra el Xerif Muley Ahmed Ben Mohamed El Raisuni, redactado según se afirma en el mismo por un familiar suyo (y recogido en septiembre de 1928 en un informe de la Central de Intervenciones de Larache), el mencionado pariente cita textualmente algunas de las cartas intercambiadas entre ambos, que evidencian la tirantez de relaciones.

Cuando Abd el Krim comprendió que el Cherif no se sumaría a la revuelta, le amenazó con atacar Tazarut, <Madrid de Yebala>, como lo llamaba. Según el mencionado informe, El Raisuni trató de convencer al rifeño de que depusiera su actitud:

<<Cierra tus ojos oh Fakih y recapacita y considera que este es un mar imposible de vadear. Tu norma de hacer la guerra no es la más legal, para hacerla como Dios aconseja, es preciso primero, respetar a tus hermanos en Dios, segundo respetar las leyes, respetar los bienes Habus. De esta forma podrás hacer la guerra al cristiano y Dios clemente te ayudará, además la pintura desaparece y no queda más que la realidad>>.

Abd el Krim le contestó:

<<Sabed oh Xerif Muley Ahmed que nos hemos dado cuenta de que vos solo aspiráis a la grandeza, arrojando a vuestros hermanos sobre el lodo inmundo de los cristianos. Vuestro amor a ellos es público, el olvido que habéis hecho de vuestra religión musulmana es público y notorio también para grandes y chicos, habéis arrojado a los musulmanes que creían que vos erais como ellos a los mares de las desdichas. En pago a ello, pronto, muy pronto iremos contra vos y contra aquellos cristianos que intenten defenderos. Este es nuestro último escrito a vos>>.

El Cherif indignado le contestó:

<<Nada puedo decirte, oh Fakih El Jatabi. Para nadie se oculta mi valía y mi poder, para nadie se oculta también tu proceder y tu ascendencia (…). El tiempo será el encargado de demostrarte que tu proceder es inhumano>>

(…).”

Como decía más arriba, libro intenso, detallista y revelador de quién fue, cómo actuó y qué motivaciones hicieron del Cherif Muley Ahmed Ben Mohamed El Raisuni uno de los personajes más polémicos y a la vez más sugerentes de la Historia de Marruecos.

Sergio Barce, mayo 2021

Sobre este mismo libro (y sobre su edición primera) ya escribí sendos artículos en su momento, cuyos enlaces os dejo por si fuese de vuestro interés:

https://sergiobarce.blog/2015/05/09/el-raisuni-aliado-y-enemigo-de-espana-un-libro-del-escritor-larachense-carlos-tessainer-y-tomasich/

https://sergiobarce.blog/2012/03/20/el-raisuni-aliado-y-enemigo-de-espana-un-libro-del-escritor-larachense-carlos-tessainer/

 

 

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“EL OLIVO DE LARACHE”, NUEVA NOVELA DE CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

el olivo de larache portada

“…-¡Sidi, qué viejo estoy!

-¡Qué viejos estamos amigo! Debemos tener más o menos la misma edad.

-Sí, es posible; quizá dos o tres años de diferencia. Pero mira, para remover este trocito de tierra, llevo no sé cuánto tiempo. ¡Y estoy que no puedo más!

-¡Ven! Vamos a sentarnos junto a tu casa. Dile a Farida que nos prepare un té. Y aunque no me dejan, dame un cigarrillo de picadura de los que tanto me gustan. ¡Espero que Eli no me vea! -Ahmed se echó a reír mientras iba a decirle a su mujer que les hiciera un té.

Ya sentados uno junto al otro, no lejos de la mesa de mármol en que hacía tanto tiempo Rudolf le había operado y que continuaba repleta de macetas, este le preguntó:

-Ahmed, ¿tú que piensas de los lihudis (en dariya, judíos)?

-¿Y qué quieres que piense? -Ahmed lo miró estupefacto-. No entiendo tu pregunta.

-Sí, que ¿qué piensas de ellos?

-Sidi, ya estás con tus preguntas raras. ¿A dónde querrás llegar? No pienso nada en especial. Son personas como tú y yo; son infieles, igual que tú, pero <gentes del Libro>. Tienen su Libro sagrado y eso es muy importante. Llevan en el Magreb al-Aksa viviendo desde tiempos remotos; luego llegaron los que echaron los reyes cristianos de España, que conservan hasta la lengua del país que los expulsó. Pero el sultán los tiene bajo su tutela y protección y, sin su permiso, nadie puede ni tan siquiera juzgarlos. Son como todos: ya te lo he dicho, como tú o como yo. Los hay buenos y malos; los hay inmensamente ricos, pues son astutos para los negocios. Pero también los hay pobres; algunos tienen que vivir de la beneficencia de su comunidad. ¿Qué más quieres que te diga?

-Pero tú, tus amigos o a quienes conoces, ¿tenéis algo contra ellos?

-¿Por qué íbamos a tenerlo? He oído que hace mucho tiempo, en épocas de hambre o subida de impuestos, hubo persecuciones o asesinatos contra estas personas, pero eso ocurrió en el pasado.

-¿Y crees que son diferentes a los musulmanes o a los cristianos?

-¿Y por qué? Tú y yo somos distintos, pues nuestras religiones son distintas. Pero vosotros sois también <gentes del Libro> y debemos respetarnos, así lo dice el sagrado Corán, nuestro Libro. Lo mismo ocurre con ellos: nacen, viven y mueren. Y tienen su Libro como camino para llegar a Dios; el que quiera lo seguirá y el que no, sabrá lo que hace. Pero ¿por qué me preguntas esto? Lo único que tengo claro es que soy musulmán y marroquí; que aunque a estas alturas puedo decirte que los españoles no nos están tratando mal del todo, luchamos contra ellos en el pasado para conservar nuestra independencia, lo que como bien sabes, no fue posible conseguir. Y que con el favor de Al-lah, algún día recobraremos tanto la de la parte de nuestro país ocupada por España, como la ocupada por los franceses, que esos sí que nos tratan peor… ¡Pues Marruecos es solo uno!”

Este párrafo pertenece a El olivo de Larache (La historia de un cónsul alemán) que publica la editorial Avant (Barcelona, 2018), la nueva novela del escritor larachense Carlos Tessainer y Tomasich. Con la que, junto a los anteriores títulos Los pájaros del cielo (Sarriá – Málaga, 2001) y El árbol del acantilado (Sarriá – Málaga, 2006), cierra su trilogía sobre Larache.

En esta ocasión, Carlos centra su novela, además de en el olivo al que hace mención el título y que tiene un importante significado espiritual en la trama, en un personaje que, gracias a su nobleza y a su humanidad, ocupa un importante papel en la pequeña historia de esta ciudad marroquí: el que fuera penúltimo cónsul de Alemania en Larache.

Este hombre está enterrado en el nuevo cementerio cristiano de Larache, situado junto a los cementerios hebreo y musulmán, y en la lápida de su tumba puede leerse lo siguiente:

“Ruhe in Frieden in der von Dir so geliebten marokkanischen Erde”, que significa: “Descansa en paz en tu tierra, en tu querida tierra marroquí”.

Y es que Renschhausen amó con toda el alma a la ciudad de Larache y a su gente, pero, como ha ocurrido tantas veces en la historia, al morir el olvido fue su recompensa.

Carlos Tessainer me ha hablado muchas veces del cónsul alemán de Larache, pero al leer su novela me doy cuenta de la gigantesca talla personal y moral de este personaje. Con la profusión de datos a los que nos tiene acostumbrados ya Carlos Tessainer en sus diferentes obras, ya se trate de las novelas antes mencionadas o en sus ensayos, como el dedicado al Raisuni, teje la historia de Renschhausen desde su juventud hasta su muerte. Historia personal y profesional que conoce, además de por su condición de historiador, por la relación personal que mantuvo Renschhausen con su familia, el austríaco Ferdinand Tessainer y su mujer Anna, cuando se veían en Auámmara, que es donde vivían por entonces los abuelos de Carlos.

Y así, en su novela, nos lleva de la Alemania en la que Renschhausen creció y donde conoció a quien fuera su amor, su mujer y su amiga, al Marruecos en el que, desde finales del siglo XIX, se instaló como hombre de negocios y luego como representante de su país en Larache. Todo ese largo periplo le sirve al autor para que conozcamos en profundidad a su personaje y cuáles fueron los resortes que impulsaron su vida posterior.

Cuando la novela se adentra ya en la época de la Segunda Guerra Mundial, es cuando el ritmo de la narración cobra un vigor más intenso y emotivo. Éste es el núcleo central de la trama. Para muchos lectores, y también para muchos larachenses, será una sorpresa conocer qué ocurrió en Larache en esos años de oscuridad. Tras el alzamiento contra la República, la represión se hizo evidente y es desde ese mismo instante que la personalidad llena de humanidad del cónsul Renschhausen crece y se convierte en alguien providencial. Y así conocemos sus artimañas para poner a salvo a republicanos que, sin su ayuda, habrían perecido por el solo hecho de pensar distinto. Y luego, con el estallido de la II Guerra Mundial, sus ardides para poner también a salvo a miles de hebreos marroquíes. Obviamente no voy a desvelar en este pequeño artículo qué es lo que hizo Renschhausen para, jugándosela ante las autoridades nazis, sortearlos y hacerles creer que colaboraba con ellos cuando en realidad ayudaba a quienes podían ser perseguidos, detenidos y deportados a campos de concentración.

Los hechos históricos que relata y narra Carlos Tessainer acaecidos en diciembre de 1941 son una muestra de la valentía y del coraje de unos hombres que se jugaron la vida por salvar la de otros. Y todo eso sucedió en una pequeña ciudad de Marruecos: Larache. Y es algo que personalmente me emociona.

Tal y como deja entrever esta novela, las injusticias a veces se cometen por ignorancia. Quizá sea tiempo para, a partir de este libro, reivindicar la figura del penúltimo cónsul alemán. Y con él, el ejemplo de convivencia entre las tres culturas que dio Larache al mundo. Porque, como también deja bien claro Carlos Tessainer, para salvar la vida de esos miles de hebreos en estos acontecimientos intervinieron tanto judíos como cristianos y musulmanes. Un trozo de historia por la que Carlos nos guía con conocimiento de causa y con la pasión de su narrativa.

Una novela que hay que leer para conocer de verdad nuestra historia y las pequeñas grandes gestas protagonizadas por quienes ya nadie recuerda.

Sergio Barce, enero 2019

Más información sobre esta novela y cómo adquirirla, en el siguiente enlace:

https://www.avanteditorial.com/libro/el-olivo-de-larache-obra-en-papel/

carlos tessainer y tomasich

CARLOS TESSAINER

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YA NO TENEMOS JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES, POR CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

Carlitos Tessainer y yo nos criamos en el mismo edificio, frente al Balcón del Atlántico. El tiempo ha hecho que, afortunadamente, nos reencontrásemos, él vive en Fuengirola y yo en Torremolinos, es decir, a pocos kilómetros uno del otro. Hace tiempo que Carlitos aporta sus opiniones y sus artículos a mi blog, y eso le da a esta página virtual un plus de autenticidad y de calidad. Nos llamamos a veces, nos escribimos bastantes emails y nos vemos en alguna ocasión. Nos reímos mucho. Yo siempre aprendo de él cuando nos vemos, porque es un portento de memoria. También solemos cabrearnos juntos cuando nos enteramos de que se ha cometido alguna barbaridad en Larache, de esas que nos duelen a todos. Estos días precisamente ha ocurrido esto último con el tema que Carlos aborda en este artículo, y que suscribo íntegramente.  

Sergio Barce, agosto 2016

¡YA NO TENEMOS JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES!

Cuando a finales de la pasada primavera mi amiga y paisana Raquel Moryoussef Fereres me dijo que iba a Larache, le pedí que de nuestra ciudad, “hiciese todas las fotos del mundo”, y que tras su regreso, me las mandara.

¡Bien que cumplió el encargo! Y me envió decenas de fotografías. Como creo que a todos nosotros nos pasa, disfruté viendo muchas de ellas; otras, me causaron pesar: lugares irreconocibles, edificios derribados, calles totalmente transformadas. En fin, el lógico desarrollo de cualquier ciudad que, como  ser vivo que es, va siendo transformada por sus habitantes  -los que precisamente la hacen vivir- según las circunstancias, las necesidades y, por supuesto, el transcurrir del tiempo.

Pero entre todas ellas, hubo una imagen  -dos para ser más exactos- que me rompieron el alma y me indignaron. ¡Ya no tenemos Jardín de las Hespérides! No me lo podía creer, pero las fotografías y lo que luego Raquel me ratificó de palabra, no dejaban lugar a dudas.

Raquel Moryoussef Fereres. Larache, Junio 2016.

Raquel Moryoussef  Fereres. Larache, Junio 2016

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Raquel Moryoussef Fereres. Larache, Junio 2016

Raquel Moryoussef  Fereres. Larache, Junio 2016

Los cambios toponímicos en las ciudades son frecuentes y lógicos. En España sucedió con el paso de la dictadura a la democracia y en Marruecos con el tránsito del Protectorado a la independencia. No obstante, estimo que siempre debe haber salvedades. Ya en su momento, en mi artículo “La Duquesa de Guisa y Larache” (Boletín trimestral de la “Asociación La Medina”, números 16 y 17, mayo y agosto de 2002) ampliamente reproducido en varias publicaciones, mostré mi disconformidad a que la calle que en Larache llevaba su nombre -Duquesa de Guisa-  a la que se abría la entrada principal de su palacio, hubiese sido en el pasado cambiada de nombre. Yo creo que por absoluto desconocimiento de las autoridades de aquel entonces (mediados de la década de 1960) cuando no por incultura. Sobre todo cuando la Duquesa allí había vivido durante cincuenta y dos años, en su acción solidaria siempre tuvo muy presentes a los marroquíes y las relaciones entre las familias reales  de Orleans y la Alauí, siempre fueron fluidas y amistosas.

Pero ¿que ahora le quiten el nombre al Jardín de las Hespérides? Querría saber de quién ha partido la idea: si del bajá de la ciudad o del gobernador de la provincia. Confieso que durante mucho tiempo, no supe quiénes eran las Hespérides…  Pero cuando me enteré, ya en la adolescencia, que según la mitología griega eran las ninfas que cuidaban un esplendoroso jardín en la parte más occidental de la Tierra entonces conocida y que la tradición situaba al pie de la Cordillera del Atlas, en el Magreb al Aksa, junto al Océano Atlántico, comprendí perfectamente porqué en su momento se le puso aquel nombre al jardín.

Da igual que fuese bajo la administración española  -como fue el caso-  o que lo hubiese sido bajo la marroquí. Le pusieron ese nombre tan acertado a un solar inhóspito situado frente a la fachada occidental del viejo Castillo de las Cigüeñas y que desde el principio surgió como un pequeño jardín botánico. En el pequeño terraplén que separa el castillo del resto de la explanada, había un sinfín de hibiscus (“pacíficos”) y cañas de bambú, ambas muy codiciadas por los niños: los hibiscus, porque les arrancábamos las flores para chupar un líquido dulzón que segregaban del fondo de los pétalos. Para cortar las cañas nos llevábamos navajas pues arrancar sus rizomas resultaba imposible. Con ellas conseguíamos unas largas y finas varas que agitadas al viento, sus silbidos nos transportaban a luchas imaginarias y a veces no tanto, pues en “armonía” nos dábamos varazos los unos a los otros, dejándonos moratones en las piernas. ¡Pero eso era lo de menos! Lo peligroso es que casi siempre aparecía el guarda, con su chilaba color blanco crudo, su fez rojo y un gran palo, corriendo detrás de nosotros para que dejásemos de hacer tropelías. Corríamos como locos y alguno en alguna ocasión, acabó en la comisaría de policía con la posterior reprimenda por parte de sus padres.

En el resto del jardín, fueron plantadas araucarias, por cuyos troncos trepaba la hiedra a su antojo; palmeras canarias, varios juníperos (variedad de coníferas), acacias de flor blanca, falsos pimenteros y hasta un drago, que, por su gran tamaño, sigue siendo en la actualidad digno de admiración. Y en la parte central del jardín, una jaula con un mono o mona, auténtico deleite para todos los niños que íbamos a verla y echarle cacahuetes. Y, junto a la jaula del simio, un estanque de rocalla donde apaciblemente nadaban numerosos patos, que al caer la tarde el guarda recogía y guardaba en una pequeña construcción aledaña para protegerlos durante la noche.

Recuerdos de niñez y primera adolescencia…

El actual Jardín de las Hespérides está hoy muy transformado, pero como decía anteriormente, debemos enmarcarlo dentro del lógico desarrollo de cualquier ciudad, aunque a veces éste no sea precisamente acertado. Descubro en él dos bellos “templetes” de estilo andalusí, blancos y de tejas verdes. Compruebo con pesar cómo senderos de arena, han sido sustituidos por pavimento. ¡El mismo error o atrocidad que el cometido en cualquier parque o jardín de España! Donde al parecer ya los niños no juegan en la arena con los cubitos y las palas…  ¡Ya no veo ni bambús ni hibiscus en el pequeño desmonte sobre el que se alza el castillo! ¡Ya no hay estanque con patos, ni bancos de azulejería andalusí! ¡Me resulta muy difícil reconocerlo!

Cuando vine a vivir a la costa malagueña, a mi casa le puse el nombre de “Hespérides”, el que sigue ostentando para orgullo de quienes en ella vivimos.

La primera novela de nuestro paisano Sergio Barce, no por casualidad lleva por título “En el Jardín de las Hespérides”. Quien lea mi novela “El árbol del acantilado” (finalista del X Premio de Novela Fernando Lara), en las páginas 112-113 y 157 y siguientes, encontrará detalles sobre el viejo jardín, el que casi todos tenemos en mente. Y en el que bastantes años después de la independencia de Marruecos, aún se celebraban en las noches de verano verbenas a las que acudían numerosos miembros de las tres comunidades que en Larache convivían y cuya recaudación, estaba íntegramente destinada a fines benéficos.

Nuestra paisana Mercedes  Dembo  Barcessat  tiene un hermoso poema escrito en jaquetía con el nombre de “Larashe  l´ezziza”, en algunos de cuyos versos queda inmortalizado no sólo el jardín, sino también su antiguo nombre:

Mizmo tus leones siguen impasibles,

taleando fielmente

sobre el mentado Jardín de las Esperides  (sic.).

Un  bel´lá de sicretos guarda  esejardín

de amores enjubilados,

de aventuras prohibidas,

de lágrimas vertidas.

Viendo las fotografías que acompañan a este texto, ya sabéis el nuevo nombre que le han puesto: “Jardin des Lions”, en referencia a los dos hermosos leones de mármol blanco que flanquean la entrada principal. En el de la izquierda figura el nombre en francés; en el de la derecha, en árabe. La lengua española se esfumó, no ha merecido un lugar para el nuevo nombre.

Y si pena me da que hayan cambiado el nombre (sin duda por la misma incultura que condujo a borrar del callejero larachense el nombre de “Duquesa de Guisa” para la calle que así se llamaba), más me la ocasiona si se sabe que fue un español quien donó estos leones a la municipalidad de Larache.

D. Francisco Román Quiñones

D. Francisco Román Quiñones

Efectivamente, fue el empresario y contratista de obras don Francisco Román Quiñones (propietario de la droguería “La América”) quien a comienzos de los años 1930 adquirió estos leones en pública subasta, cuando las autoridades incautaron en el puerto de Larache toda la mercancía que transportaba un barco de bandera italiana, entre la cual se encontraban los leones. Su idea inicial fue situarlos dentro del gran portal de la casa familiar que acababa de ser construida entre las antiguas calles 17 de Julio y Renschhausen (en la actualidad Mohamed Zerktouni  y Taza respectivamente). Pero su mujer, doña  Amalia Fuertes Jordán se opuso a ello, argumentando que eran demasiado ostentosos. Y don Francisco Román, que junto a su mujer y a su hija mayor Angelina habían llegado a Larache en 1912 (ciudad en la que los tres están enterrados), decidió donarlos para ornamento de Larache.

Dª Amalia Fuertes Jordán

Dª Amalia Fuertes Jordán

Postales antiguas atestiguan cómo inicialmente fueron colocados junto a la puerta principal del Castillo de las Cigüeñas -situada inmediatamente antes del edificio de la antigua Comandancia de Ingenieros- para posteriormente, y cuando el Jardín de las Hespérides fue concluido, pasar a ocupar la entrada del mismo.

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Primera ubicación de los leones

No comprendo en primer lugar por qué le han cambiado el nombre al jardín, pues era y es un nombre hermoso y en absoluto ofensivo para ninguna cultura. Bien es cierto que el nuevo nombre no me disgusta, pero que al menos las autoridades gubernamentales y locales de Larache sepan que esos leones que han decidido que den nuevo nombre al jardín, fueron donados a la ciudad por un español. Y que ni eso parece haber valido para que, junto al francés, el nombre del jardín figure también en español. Aquí, no hay incultura, sino una realidad con connotaciones cuanto menos desagradables y poco afortunadas. Valgan pues estas líneas para dejar constancia de lo que considero una ingratitud por parte de dichas autoridades.

Hay una frase rotunda que dice que una imagen vale más que mil palabras. Si se compara la postal del Jardín de las Hespérides de 1971 con la del mes de junio de 2016, bien podemos apreciar que ante lo que era un auténtico jardín, en la actualidad el cemento ha triunfado. ¡No!, no es la imaginación, ni la nostalgia o los recuerdos los que traicionan la mente, haciendo creer que lo de nuestra niñez y adolescencia era mejor. La comparación de las dos instantáneas, hablan por sí mismas.

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“Jardín de las Hespérides, 1971” (imagen tomada desde la fachada lateral del cementerio de Lal-la  Men-nana)

Quizás las Hespérides, al no tener realmente jardín que cuidar, hayan decidido abandonar el lugar que les correspondía, donde la mitología griega las situaba y del que las autoridades gubernamentales o locales de Larache, con sus desafortunadas remodelaciones, su desconocimiento y el incomprensible cambio de nombre, han determinado ignorarlas.

¡No! La incultura de las autoridades, no las exiliaron. Quiero pensar que ellas han decidido marcharse de su jardín. No sé si estarán buscando otro lugar que custodiar. Tal vez lo hayan encontrado. Y en cualquier enclave del antiguo poniente de la Tierra, alguien tenga la inteligencia y el ingenio de acordarse de ellas y en un jardín cualquiera –en un verdadero jardín- dándole su nombre, de nuevo las encomienden la misión para la que fueron ideadas.

Pero para los que en Larache nacimos, vivimos o crecimos, aquel que ya no lleva su nombre, siempre será el Jardín de las Hespérides, en el que el Castillo de las Cigüeñas, los leones sobre los que siendo niños nos subíamos, las palmeras, las araucarias y el drago, permanecen como testigos mudos de un pasado en el que las Hespérides daban muy acertadamente nombre a su jardín, al que sin duda cuidaban con esmero.

Carlos Tessainer y Tomasich

 

 

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“GUSANOS DE SEDA”, UN RELATO DE SERGIO BARCE

Como mañana viernes, día 5 de diciembre, a las 19:30, en la Librería Diwan, el periodista y escritor Javier Valenzuela presenta mi libro de relatos Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Jam Ediciones – Valencia, 2014), en compañía de Rajae Boumediane y de Ange Ramírez, me permito reproducir uno de los cuentos que forman parte de este libro. Es una manera espero que sugerente de invitaros a que acudáis a este evento.

El relato está dedicado a mi madre, que hace ya cuatro meses se marchó para siempre a su paraíso de Larache. Es una de las pequeñas anécdotas que guardo de ella, de las que se quedan conmigo, y de las que sin ninguna duda Carlitos Tessainer se acordará perfectamente.

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GUSANOS DE SEDA

Mi madre me traía de tarde en tarde una caja con gusanos de seda, que se escondían sin prisas entre hojas de morera. Me gustaba verlos moverse lentamente entre las verdes hojas, como si contaran con todo el tiempo del mundo para hacerlo. Mi madre se los comprobaba a una mujer de Beni Gorfet, la que se instalaba siempre en el suelo, en uno de los laterales de la Plaza, y que ofrecía a la venta, sobre su estera de esparto, queso de cabra, yerbabuena y hojas de morera con gusanos de seda.
Cuando las orugas acababan de devorarlas, igual que termitas voraces e insaciables, tiraba los restos que quedaban en el fondo de la caja de cartón, ya mustias y casi podridas, y me daba dos pesetas para que comprara nuevas hojas de morera. En cuanto las metía en la caja, los gusanos, que parecían unos ciegos que se moviesen por el olfato, volvían a comer sin descanso.
Semanas después, se iban formando ya los primeros capullos. Yo observaba el curioso espectáculo como si fuera Gulliver estudiando pacientemente cómo los liliputienses construían sus casas, pero con la diferencia de que estas orugas se iban enterrando vivas en sus ovalados féretros de seda, unos amarillos y algunos anaranjados, y me hacían pensar en diminutos faraones embalsamados. Les llevaba unos tres días terminar el proceso, hasta quedar completamente aislados en sus frágiles capullos que yo tocaba con la yema de mis dedos, temiendo que se deshicieran o que pudiera aplastarlos por accidente.
Solía instalarme en la terraza superior del edificio donde estaba mi casa, en la calle Mulay Ismail, y me sentaba junto a la caja de cartón. Movía los capullos, los agitaba con suavidad, pero parecían contener solo aire y vacío. Cuando me aburría dejaba la caja en cualquier parte y me iba a los jardines a capturar renacuajos.
Dentro del capullo, la crisálida eclosionaba un día y, de pronto, los féretros liliputienses comenzaban a resquebrajarse, el tejido denso y enmarañado se iba desmadejando hasta dejar escapar a las mariposas, que nosotros llamábamos palomitas; era el instante anhelado, el más emocionante, el más increíble de todo el proceso.
Resultaban bastante torpes al comienzo, y por el aspecto diríase que no habían cesado de alimentarse en todo ese tiempo en el que habían sobrevivido en la oscura cavidad del capullo. Trataban entonces de volar, ensayando despegues tan torpes como inútiles, aleteaban girando sobre sí mismas, golpeándose contra las paredes de la caja de cartón. Mientras, el rumor del acantilado me envolvía sugestivamente.
Durante días, las mariposas macho trenzaban movimientos compulsivos, ansiosos por copular, mientras las hembras, palomitas más grandes y perezosas, parecían esperar con paciencia a ser tomadas al asalto, resignadas al ciclo inevitable. El cortejo de esta especie es pedestre y primitivo: la hembra está parada sobre su vientre, petrificada, y el macho se limita a unir su abdomen con el de ella, una especie de penetración sin prolegómenos, fría y mecánica. Yo los veía entonces quedarse tan quietos que a veces creía que habían dejado de respirar, pero continuaban así copulando, sin un mínimo movimiento, durante varias horas. Es de imaginar que no sufrían demasiado desgaste físico. Solo a veces veía moverse a algunas, como si trataran de ajustar mejor sus cuerpos (imagino que eran las parejas más picaronas). En todos los casos, el macho, una vez que había satisfecho a la hembra que pocas horas antes había asaltado sin el más mínimo miramiento o consideración, la olvidaba y buscaba a otra que, por supuesto, aún fuera virgen, y repetía su hazaña febril (aunque tan poco imaginativa como la precedente), y dejaba a su conquista anterior compuesta y sin novio, destinada a parir huevos diminutos, amarillos y pegajosos, que se esparcían como pepitas de oro por el fondo de la caja. Luego, la parturienta moría sola y olvidada.
Y así comenzaba de nuevo la historia… Sin embargo, en algún momento de todo este ciclo que volvía a repetirse ineludiblemente al dictado de esa ley no escrita pero inviolable de la naturaleza, yo perdía el interés y la caja de cartón pasaba a manos de algún amigo o quedaba a merced del destino. No lo sé con certeza. Pero meses más tarde, mi madre aparecía de nuevo en la casa con otra cajita de cartón llena de gusanos de seda que le había comprado a la mujer de Beni Gorfet, la que se instalaba siempre en el suelo, en uno de los laterales de la Plaza, y que ofrecía a la venta, sobre su estera de esparto, queso de cabra, yerbabuena y hojas de morera con gusanos de seda.

Sergio Barce

Mi madre y yo, con mi hermana, cruzando el Lukus en barca

Mi madre y yo, con mi hermana, cruzando el Lukus en barca

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