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“CRÓNICA DE UN REENCUENTRO”, PRÓXIMO LIBRO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN

Próximamente saldrá a la calle el nuevo libro del escritor larachense León Cohen Mesonero: Crónica de un reencuentro. Como primicia, la cubierta.

Seguiremos informando… 

CRONICA... DE LEON COHEN

 

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PRÓLOGO DE GLORIA NISTAL PARA “CRÓNICA DE UN REENCUENTRO”, DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN MESONERO

A punto de editarse el nuevo libro de León Cohen Mesonero, Crónica de un reencuentro: Relatos imaginarios con cinco personajes clave, me hace llegar el magnífico prólogo que le ha escrito Gloria Nistal y que nos sirve como exquisito adelanto de su nueva publicación, y que, además, hace que deseemos tener ya el libro entre nuestras manos.

Gloria Nistal es licenciada en Filosofía y Letras por la UAM, finalizó su doctorado en Informática en la Universidad Politécnica de Madrid. Ha sido profesora titular de la Universidad Camilo José Cela (UCJC) de Madrid, de la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial (UNGE) y tutora en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Actualmente es profesora en la Universidad de Varsovia. Ha sido Presidente del Consejo editorial de la revista Novática y miembro de las revistas INSS Oráfrica. Creó y dirigió la revista el ÁrHbol del Centro. Autora de numerosos artículos, ensayos y libros.

Gloria Nistal

PRÓLOGO 

Durante mi estancia en Polonia (de 2008 a 2013) amplié el ámbito de mi investigación desde la Literatura negroafricana o subsahariana en español a la Literatura africana en español

En esa época descubrí a un notable conjunto de autores magrebíes y saharauis que escribían en español y también fue el momento en que me encontré con la obra de León Cohen Mesonero. 

En el año 2008 la editorial SIAL, en la que yo había publicado ya varias obras en solitario y en colaboración, sacó a la luz el libro Calle del Agua, Antología de la Literatura Hispanomagrebí contemporánea. La  obra había sido concebida inicialmente por Rodolfo Gil Benumeya Grimau, que en la década de 1960 había dirigido un Centro Cultural Hispánico, dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, como yo también dirigí varias décadas después otro Centro Cultural español. No coincidimos ni en el tiempo ni en el lugar, pero sí coincidimos en haber sido ambos directores de dos centros culturales españoles en África. Lamentablemente Rodolfo Gil Benumeya murió en el mismo 2008. Aunque no tuve la oportunidad de conocerle, su proyecto fue culminado con éxito por Manuel Gahete y otros cuatro autores.  

calle-del-agua.jpg

Calle del Agua me ofreció por primera vez el nombre y la obra de León Cohen Mesonero. Se habían seleccionado para la mencionada antología dos relatos, uno autobiográfico, La calle Real (de Larache) y el magnífico Rachid y Señor Levy, que después tuve oportunidad de ver publicado en otras antologías y que se encuentra en el apéndice de la obra que hoy nos ocupa.       

Interesada ya de lleno por la obra de León Cohen, seguí buscando y di con selecciones de cuatro de sus libros en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes: Relatos robados al tiempo (2003), del que se habían seleccionado cuatro relatos; Cabos sueltos (2004), libro dividido en cuatro libros a su vez, los tres primeros de poemas y el cuarto de reflexiones de pequeño formato en prosa; La memoria blanqueada (2006), del que había dos narraciones; y Cartas y Cortos (2011), con una selección de cuatro títulos. 

la memoria blanqueada

Relatos robados al tiempo es un libro que me impactó profundamente. Allí tuve ocasión de conocer a Juanita Narboni y a Sol Bensusan,  a Jacobi, de volver a  encontrarme con Rachid y el Señor Levy, de enfrentarme al terrible viaje de los boat people, de revisitar una guerra civil que para mí estaba novedosamente deslocalizada, pero sobre todo fue la oportunidad para encontrarme con El Alquimista.    

Relatos robados al tiempo

Fui leyendo todo lo que encontraba escrito por León Cohen y sobre León Cohen y fui haciéndome mi propia imagen del autor. En la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes sus libros estaban indexados como Literatura marroquí; Literatura africana; Literatura española; Poesía marroquí; Narrativa española. El autor se me revelaba como algo misterioso y difícil de clasificar para que lo entendieran mis alumnos polacos. ¿Era autor judío, francés, marroquí, español? Mi respuesta era que sí, que un poco de todo.

A medida que iba leyendo sus relatos y los retazos de su biografía en blogs como el de Sergio Barce, dibujaba un mapa de su interesante vida, de padre judío nació en Larache en la época de los protectorados español y francés en Marruecos, diez años antes de la independencia del país magrebí. León Cohen tuvo la suerte de vivir los años de su crecimiento y primera juventud en ciudades cosmopolitas como la atlántica y tolerante Larache y sobre todo en la mítica Tánger en la época de su máximo esplendor. Tánger era una ciudad enteramente polifacética, orgullosa de su multiculturalidad, como no podía ser menos para una ciudad con estatuto de internacionalidad. Allí diferentes tradiciones y religiones convivían en serena concordia (en el momento de la independencia de Marruecos habitaban en Tánger 40.000 musulmanes; 31.000 cristianos y 15.000 judíos). En esos días León transitaba su infancia y adolescencia sin solución de continuidad por diferentes culturas, la judío-sefardita, la árabe-bereber, la francesa y la española, ésta última a su vez conformada por elementos castellanos viejos y andaluces.

Utilicé los relatos de León Cohen como parte del material para el seminario de literatura africana en español que estuve impartiendo en la Facultad de Iberística de la Universidad de Varsovia. Varios de mis alumnos eligieron los relatos de Cohen para sus comentarios de texto entre una buena oferta de autores magrebíes, guineo-ecuatorianos, cameruneses o gaboneses escribiendo en español.

Mi fascinación por algunos de los relatos de León no ha decaído en absoluto con el paso de los años.  Y esta Crónica de un reencuentro me ofrece la doble oportunidad de releer una vez más los admirados relatos y poder además escribir sobre ellos.

Dejando a un lado su producción académica y poética, la obra narrativa de Cohen puede dividirse en cuatro bloques, que responden a distintas posiciones del narrador. En el primer bloque el narrador será el Yo autobiográfico donde el autor se cuenta a sí mismo y comparte con sus lectores los lugares y los personajes de su pasado que le han convertido en el León Cohen que ahora es; el segundo bloque utilizará la tercera persona para dar lugar a la narración de acontecimientos objetivos; el tercer bloque se corresponde con la literatura epistolar donde el adquiere protagonismo en tanto que las cartas siempre van dirigidas a un tú concreto con nombre y apellidos, destinatario de los mensajes epistolares.  Finalmente en el cuarto bloque también habrá un narrador (aparentemente) objetivo que cuenta las historias de otros. Pero no nos dejemos engañar, en estas historias – como en El alquimista o en Rachid y el señor Levy -, el discípulo, el narrador y el alquimista; y Rachid y Levy son reflejos, avatares del autor. De una manera o de otra el escritor oculto, disfrazado, desdoblado o distópico, se va desvelando en sus personajes.

El primero y más numeroso de esos bloques está formado por las auto-narraciones que describen su microcosmos: las ciudades de los recuerdos o los recuerdos de las ciudades, la nostalgia de la adolescencia vivida y sentida en un tiempo milagrosamente paradisíaco a pesar de las carencias materiales, El  recorrido sentimental por las calles de la memoria, esas que se solapan, se bifurcan y convergen hasta identificarse plenamente con las calles físicas que un día existieron y que ahora se han transformado de forma dramática para el autor. En este bloque encontramos muchos relatos costumbristas que describen no solo calles, locales o ciudades, siempre espacios de la infancia, la adolescencia y la juventud, sino también miembros de su familia, como la querida abuela Luna y otros entrañables personajes. El obligado exilio, el desgarro de tener que abandonar la querida ciudad, la emigración con la familia marcarán ese recuerdo que destila añoranza. Relatos inolvidables de este apartado son Mi casa, La calle Real o la Calle Barcelona. 

El segundo bloque, el más periodístico, en el que el autor se objetiva y se distancia para hablar de problemas candentes de nuestro tiempo y de nuestra sociedad, así encontramos Camisas mojadas, sobre el cruce del Estrecho en pateras por pobres inmigrantes irregulares o Aquella mañana aciaga, sobre el atentado del 11-M en Madrid.

El tercer bloque se compone de cartas. Cohen utiliza con habilidad la literatura epistolar para hablar con personajes que se encuentran muy cerca del autor pero temporal o espacialmente lejos. En este grupo encontramos la exitosa Carta a Juanita Narboni 1; Carta a Juanita Narboni 2. Jacobi; Carta a una amiga americana; Carta a mi padre; Carta a mis tías; Carta de un ciudadano corriente o la Carta a Jacobo Israel Garzón.  

En el cuarto y último bloque narrativo aparecen los relatos del narrador menos autobiográfico y más virtuoso, el mago de las palabras, el malabarista, el hacedor, el creador de personajes con vida propia. Y entre ellos aparecen los increíblemente bien perfilados Rachid y el señor Levy y El alquimista, incluidos en el apéndice de esta obra.

Llegados a este punto de creación literaria nuestro autor ejecuta una original vuelta de tuerca por la que algunos de sus personajes mejor logrados vuelven a encontrarse con su autor, dialogan con él y tienen nueva voz.

tributo (1)

Cierto es que no es totalmente nuevo este recurso en nuestro autor dado que ya en Tributo a dos ciudades: Larache y Tánger aparecen tres narraciones en los que el autor y sus personajes, o los creadores de otros personajes que han influido en su obra,  se encuentran y dialogan en persona. Así encontramos:  La librairie des colonnes donde el escritor se reúne en un tiempo imposible con los por algunos considerados escritores malditos Mohamed Chukriy y Ángel Vázquez;  La Calle Goya donde Juanita Narboni (personaje principal creado por Ángel Vázquez) y Sol Bensusan (su contraparte o reverso, creada por León Cohen) participan con el mismo Cohen en un intenso diálogo; y finalmente  Encuentro en Tánger donde nuevamente Juanita y Sol se reúnen para rememorar la añorada Tánger, esa magnífica ciudad donde nadie podía sentirse extranjero, esa querido lugar del que tuvieron que exilarse para convertirse en tangerinos errantes vagando por el mundo en una diáspora sin retorno

En Crónicas de un reencuentro: relatos imaginarios con cinco personajes clave vuelve Cohen a recuperar, a revisitar a esos personajes afortunados, brillantemente perfilados muchos años antes. Esos personajes, a diferencia de su padre a quien escribe una carta años después de haber fallecido, nunca estuvieron muertos, no había que resucitarlos, solo había que visitarlos y comentar con ellos el efecto del tiempo.

Y esto es de lo que trata este libro, de hacer una reflexión sobre el proceso creativo diacrónicamente, a lo largo del tiempo, se trata de saber algo más de los personajes, cómo se comportan ahora, qué piensan después de los acontecimientos transcurridos, como actúan con sus nuevas circunstancias de tiempo y espacio, de historia a sus espaldas. 

Podemos pensar que necesariamente la evolución de los personajes ha de ser la del propio autor a lo largo de la línea temporal que ha recorrido, podemos pensar que necesita contarnos sobre los personajes algo más que quedó pendiente en su momento, o podemos pensar que los personajes están creados de una manera tan verosímil que tienen existencia  propia y sus ideas y su carácter han ido adaptándose a las cambiantes circunstancias. Sea cual sea la opción que el lector elija, en esta obra no son los personajes quienes buscan al autor, como nos dice Cohen en su prefacio citando a Pirandello, sino que es el autor quien ha llamado a la puerta de los personajes para ver cómo se desenvuelven en su vida actual. El creador no se olvida, el padre se preocupa por sus hijos. Cinco personajes: Rachid, el aprendiz de alquimista, Juanita, Sol y Jacobi dialogan años después con el escritor que les dio vida. Apenas treinta y cinco páginas son la esencia de un prodigioso y original juego donde el intelecto y la literatura se dan la mano.

Lector, queda en tu mano una nueva interpretación de este libro que se bifurca y crece de forma ilimitada. Lector, tienes en tus manos una fuente de innegable disfrute.         

Gloria Nistal           

Marzo 2019

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PALABRA ENCENDIDA

Hace muy pocas fechas, el poeta José Sarria daba su discurso de entrada a la Real Academia de Ciencias, Bellas Artes y Nobles Artes de Córdoba con un ferviente alegato por la Literatura Hispanomagrebí, que tanto apoyo necesita. A León Cohen y a mí nos ha llenado de orgullo (y así lo hemos comentado) que Pepe Sarria nos haya incluido  en esta lista de autores (con la mayoría de ellos me une una larga amistad de años) que usamos al español como “palabra encendida”. Ya me llamó una vez autor transterrado, así que otra razón más para seguir escribiendo y alimentando este ir y venir de experiencias y vivencias compartidas.

Sergio Barce, febrero 2019

LA PALABRA ENCENDIDA
Breve análisis de la Literatura Hispanomagrebí
Por José Sarria 
Discurso de entrada a la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba.

“Pensar que escritores como los sefardíes Isaac Laredo, Moisés Garzón Serfaty o León Cohen Mesonero, los españoles Alberto España, Ángel Vázquez, Antonio Lozano, Rafael de Cózar, Pilar Quirosa o Sergio Barce o los marroquíes Mohamed Chakor, Mohamed Sibari o Abdellah Djbiluo son simples autores de una u otra orilla que se expresan en español es no alcanzar a entender la dimensión de lo que viene ocurriendo en los países vecinos con respecto al desarrollo de una nueva corriente creacional: la que denominamos como Literatura Hispanomagrebí”

JOSE SARRIA

“La Literatura Hispanomagrebí se conforma, pues por un abigarrado conjunto de autores magrebíes que incursionan en el territorio creativo/mental a través de la lengua del otro (Mohamed Chakor, Abderrahman el Fathi, Mohamed Sibari, Aziz Tazi, Mohamed Lahchiri, Larbi El Harti o Mohamed Bouissef Rekab), de autores españoles/sefardíes de la frontera que han magrebizado sus obras (Moisés Garzón Serfaty, Sergio Barce, Leon Cohen Mesonero o Mustapha Busfeha García) y de autores magrebíes de segundas generaciones (Najat El Hachmi, Zuer el Bakali, Leila Karrouch, Farid Othman-Bentria Ramos o Said el Kadaoui) que no solo escriben en español sino, incluso, en otras lenguas del Estado español, contribuyendo, todos ellos, al establecimiento de un crisol multicultural que tiene al español como “palabra encendida”.”

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“DE LA OTRA BANDA AL RINCONCILLO”, UN RELATO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN MESONERO

Mi paisano y amigo León Cohen me envía este relato para que podamos disfrutar tanto de su historia como de su estilo inconfundible. De nuevo viajamos a Larache y nos damos un emotivo paseo por la otra banda, y luego León nos lleva hasta el Rinconcillo, ya en Algeciras, donde se instaló tras abandonar Marruecos. Como bien subtitula León, “un paseo por las dos orillas” de Larache y de Algeciras, sus dos ciudades. Pero un paseo también por las emociones. Porque todos hemos vivido algo muy parecido y podemos identificarnos con lo que León Cohen nos describe en este corto pero intenso relato.

Sergio Barce, enero 2019

La otra banda de Larache

La otra banda de Larache

De la otra Banda al Rinconcillo

 Paseo por las dos orillas

Desde la Plaza de España me dirigí al Balcón del Atlántico, y tomé la cuesta que me llevaba al Barandillo muy cerca ya del puerto pesquero. La verdad sea dicha, el camino hacia el Barandillo ha mejorado mucho desde entonces y resulta placentero recorrerlo. Allí, como siempre, como estancados en el tiempo seguían los barqueros dispuestos a transportar al primer llegado para llevarlo hasta la Otra Banda. Le dije al joven, que quería la barca para mí solo, y que por favor me llevara sin prisa. Me senté en la popa y sentí en mi cuerpo el suave balanceo de la barca sobre el agua sincronizado con las brazadas del remero, ese subir y bajar al ritmo de las olas, que provocaba en mí sensaciones conocidas que me retrotraían a tiempos remotos hundidos en mi memoria, y sin embargo nunca olvidadas. Transportado al ritmo de los movimientos de los remos, como tratando de vencer y hacer recular al tiempo transcurrido, me puse a soñar y a rememorar mi infancia, en un viaje que siempre me pareció sin retorno. Por fin desembarqué, primero en el río Lukus en el que en tantas ocasiones me bañé, y a cuatro pasos, la Otra Banda, la playa de mi infancia. La de las Escalerillas y la de los Bloques. En aquellos bloques aprendí a sumergirme y a contemplar la belleza y el misterio del fondo marino. Desde los Bloques caminé hasta el Espigón a cuyo pie, a la derecha, se extendía y permanecía inmutable la Playa Peligrosa. Bajé desde la barra a la playa y pude sentir bajo mis pies la suavidad de su incomparable arena blanca. Y ahí estaba el mar en toda su dimensión, su bravura y su majestuosidad. Y comencé a caminar  por su interminable orilla,  como esperando encontrarme al final con algún camino o puerta que me llevara a mi pasado. Pues el tiempo pasado o perdido, solo puede volver a reencontrarse en nuestra imaginación hecha de recuerdos. En esta ocasión mi pretensión era recorrer el imaginario trayecto que separaba a la Otra Banda de Larache del  Rinconcillo, la playa de Algeciras, que se convertiría con el paso del tiempo en la playa de casi toda mi vida. Era algo así como atravesar el tiempo que me llevaba desde mi infancia a la adolescencia y primera juventud. Seguí por mi camino soñado sobre la arena de la playa larachense, y el sueño me condujo hasta alcanzar y desembarcar en la Playa del Rinconcillo: Mi otra playa, mi otra orilla, llena de tantos recuerdos y momentos cercanos a la felicidad plena. Como mi admirado Camus, mi patria es el mar y soy hijo del sol. Llegado al Rinconcillo, tuve que de dirigirme a mi nuevo lugar de residencia en sentido contrario al que inicié en Larache, esta vez desde la playa hasta la ciudad. Así fui aprendiendo a cambiar con el tiempo unos nombres por otros: la Plaza de España por la Plaza Alta, la calle Chinguiti por la Calle Ancha, el Cine Ideal por el Almanzor, y el Chabab y Santa Barbara por el Algeciras y su estadio el Mirador. Y así fui construyendo un nuevo y desconocido presente sobre un pasado entrañable. Sobre la primera capa de mi vida en Larache, la más profunda, se sobreponía como en una cebolla, una segunda e inolvidable capa como lo fue mi estancia en Tánger, que en mi sueño me salté adrede para llegar directamente a la tercera capa algecireña, que sería en definitiva la más espesa y la más larga, y cuya superficie era la que permanecería siempre a la vista, porque a la postre sería mi presente continuo.  De la misma manera que durante el transcurso de la vida, la pubertad se sobrepone a la infancia y la edad adulta a la primera hasta llegar a la vejez. Como otros muchos larachenses, me esperaban dos adaptaciones, una la de la edad a la que todos estábamos destinados  y otra añadida, la de mi nueva casa y mi nueva orilla a las que llegué algo perdido y desorientado, imagino que casi como todos.

Llegado a la playa de Algeciras, decidí despertar y no alargar el sueño. Quise que mi paseo por el pasado fuera corto y empezara en la Otra Banda y acabara en el Rinconcillo, las dos playas de mi vida donde fui tan feliz. Quise que ambas fueran las protagonistas de este recuerdo. Situadas  en dos orillas cercanas y en cierto modo hermanas, por su historia y por su presente. Una más atlántica, otra más mediterránea como Larache y Algeciras, que en distintas etapas de su historia unieron sus caminos y en otras los alejaron. Larachense de nacimiento e infancia y algecireño por destino, siempre me consideraré en deuda con estos dos pueblos milenarios donde tuve la suerte de vivir y de ser. Dos pueblos marineros, bendecidos por la naturaleza, que guardan similitudes, como las de ser hijos del mar, del sol y de la luz y donde la alegría de vivir se palpa por doquier, ya sea en sus calles, sus playas o sus fiestas.   

León Cohen

Enero 2019

El Rinconcillo

Playa El Rinconcillo, Algeciras

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“EL ESCRITOR”, POR LEÓN COHEN MESONERO

Hay regalos curiosos que te llegan de manera inesperada. Hace días, tal vez ya semanas, mi amigo y paisano larachense el escritor León Cohen Mesonero me envió un texto para que lo publicara en este blog. Me decía en su correo que me lo mandaba como “su pequeño regalo de Navidad”. Es el segundo regalo que me hace, el primero y más importante es el de su amistad; y este segundo lo hace para compartirlo conmigo y con todos los que os aventuráis a leer estos posts. 

Se trata de un primer capítulo de un libro que León está preparando. Y he de decir que me ha hecho reflexionar mucho. Quienes escribimos nos vemos muy bien reflejados en lo que detalla y he acabado por sentirme cómplice y partícipe de sus certeras y bien cuidadas palabras.

Sergio Barce, diciembre 2018

 

                                                                   “¿Qué más puedo decir? Digo que sí

                                                                A la vida, al camino recorrido

                                                                       y a la verdad impresa en el oído.”

                                                         Blas de Otero

El escritor

Le pedían que fuera valiente y se lanzara a escribir una novela. Nunca había hecho el menor caso a esa amigable solicitud y creía tener razones de peso. Para él, escribir una novela suponía apartarse de su gente más próxima y dedicar su tiempo, ese elemento tan precioso como irrepetible, a la escritura o lo que es igual, a sí mismo. No es posible escribir una novela en un tiempo prudente, sin apartarse del mundo. Él se conformaba con ser un escritor ocasional, cuya labor no le robaba más tiempo que el imprescindible. Ya había superado como escritor lo que llamaba la prueba de la memoria, que todo escritor que se precie debe abordar en algún momento de su periplo vital. Se había adentrado y escrudiñado su infancia y adolescencia en Marruecos, país por el que sentía un cariño incondicional y al que consideraba su casa natal.

Calle Barcelona. Leın, David, el hijo del maestro y Stika

Calle Barcelona. Leın, David, el hijo del maestro y Stika

En su largo viaje por su memoria sentimental, había rescatado imágenes y detalles perdidos de su primera infancia. Había bajado y transitado por los primeros años de su vida y había recreado gran parte de lo que aquellos dejaron en él, recuperando la memoria entrañable de familiares, profesores, amigos y conocidos. ¡Cuán difícil es librarse de los cabos que nos atan a nuestro pasado! Había puesto todo su empeño y su cariño en relatar aquella época de su vida. No todo el mundo se hubiera atrevido a un viaje introspectivo de ese tipo. Era como vivir de nuevo desde una perspectiva diferente. Eligió el relato corto como medio, porque consideraba este género literario como el más directo, preciso y empático. Solo el relato o el cuento permiten transmitir con palabras, lo que un recuerdo o una imagen del pasado significaron para el escritor y hacerlo de una manera sencilla y rápida. Estos relatos eran algo parecido a cortometrajes donde destacaban los sentimientos de un niño que aprendía a querer, a admirar y a dejarse sorprender por la vida. Cualquiera de ellos podía ser visto como un poema o un tributo a aquel tiempo perdido más que como un ejercicio nostálgico. Recorrido el trayecto y saldada la deuda con ese pasado, ahora le apetecía abordar temas distintos y bajo otras formas literarias. 

la memoria blanqueada

Le gustaba escribir entre paréntesis de tiempo o de vida. Escribía por necesidad. Eran aquellos momentos en los que se alejaba de la realidad para contar historias, pero también para acercarse a sí mismo. Y en ocasiones como estas, se preguntaba si él era el que parecía, el que la gente veía o era el que escribía, el que pesaba cada palabra y medía cada pensamiento, el que inventaba historias que podían conmover a otros. Se preguntaba cuál de los dos era la persona y cuál la máscara. Y cuando afirmaba que escribía entre paréntesis, era ciertamente porque le concedía muy poco tiempo a la escritura frente a otras actividades u otros descansos en su vida. Escribir para él era entre otras cosas, un tiempo de introspección, pero también era su tiempo. Su vida estaba plagada de pequeños entreactos que le habían ayudado a ser quien quería ser, sin nada más ni nada menos. El posible lector siempre podría adivinarle detrás de las pequeñas historias que contaba, como también por su manera de hacerlo. Quizás escribir fuera en definitiva un ejercicio de vida donde se mezclaban paradójicamente dosis de egocentrismo y narcisismo con alícuotas de altruismo y de empatía. Escribir era para él, una expresión innegable de alteridad. Le vino entonces a la mente el verso de Blas de Otero: “Porque escribir es viento fugitivo y publicar columna arrinconada… digo vivir, vivir como si nada hubiera de quedar de lo que escribo”

Portada libro 2

El escritor reflexionaba sobre temas eternos como el irremisible paso del tiempo. Constataba que había llegado para él, sin avisar demasiado, un tiempo que ya no le pertenecía. Ya solo le quedaba clavarle las uñas y aferrarse al presente, porque para él, el futuro ya era mañana. El final acechaba a la vuelta de la esquina. Vivir como si no hubiera mañana, era además una manera de resistir y sobre todo de disfrutar. Hasta aquí, su manera de luchar contra el paso del tiempo había sido recrear su pasado y el de aquellos que lo compartieron con él, en un intento de su mente de vivir dos veces y así crear la ficción de una vida más larga. Como si hubiera pretendido revivir a los que ya no estaban para contarlo. Era su opción como escritor, entre otras muchas. Para él representaba algo así como reunirse con sus muertos y darles y darse una nueva oportunidad. También era su modo de agradecer haberlos conocido y querido. Siempre llevaba con él algún gesto, una sonrisa, una voz familiar, una mirada tierna, el calor de una presencia; pues como decía Tahar Ben Jelloun: “Se puede olvidar un rostro, pero en modo alguno se puede borrar de la memoria el calor de una emoción, la suavidad de un gesto, el sonido de una voz tierna”.

La labor del que escribe no es una línea recta y continua, sino más bien un recorrido lleno de obstáculos, de altos en el trayecto, de silencios y de idas y venidas sin fin y sin objeto. Reflexionó sobre los caminos inesperados a los que las palabras podían conducir al escritor cada vez que este se sumergía en los misterios de la escritura. El escritor ha de adentrarse y expresarse sobre conceptos eternos: el amor, la pasión, la decrepitud, el paso del tiempo, la amistad, la belleza, la vejez, la juventud, la envidia, el odio, la compasión, la lealtad, la fidelidad, la duda, la justicia, el reparto de la riqueza,  la admiración, la familia, la relatividad de los conceptos, la enfermedad, la muerte de los otros, la mentira, el respeto, el cariño, la humildad, la soledad… Pero el escritor trabaja  y maneja palabras, que moldea y combina a su antojo y que le sirven para expresar conceptos o sentimientos que todo lector ha de entender y sentir, aunque sea necesariamente en diferido. El escritor busca siempre la complicidad del lector, porque sin un lector cómplice con quien compartir y dialogar, la literatura quedaría reducida a un ejercicio de estilo, inútil y estéril.

León Cohen Mesonero

Portada ENTRE DOS AGUAS

 

 

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