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LARACHE VISTA POR… FRAY MARCOS DE GUADALAJARA (1610)

Castillo de las Cigüeñas

Castillo de las Cigüeñas

Fray Marcos de Guadalajara y Javier (1560-1631) fue cronista e historiador. Es autor de obras favorables a la vergonzosa y triste política de expulsión de la época, como Memorable expulsión i iustissimo destierro de los moriscos de España, Prodición y destierro de los moriscos de Castilla hasta el valle de Ricote o Quinta parte de la Historia Pontifical y Católica.

Quinta parte de la Historia Pontifical y Católica

Marcos de Guadalajara describe la toma de Larache en 1610, con una detallada descripción de sus fortalezas y guarniciones. Tiene el interés de conocer de primera mano cómo se defendía la ciudad de posibles ataques, y también son muy curiosas sus pequeñas pinceladas de cómo era Larache entonces, tanto en la zona de la alcazaba, como del puerto y del actual balcón del Atlántico.

Pero en definitiva es una crónica militar e histórica, y de ahí su valor netamente testimonial.

Sergio Barce, abril 2014 

Embarcado el Marqués como queda dicho, salió al anochecer del puerto de Cádiz, y navegó toda la noche, y al sol salido llegó a Alarache. Habiendo dado fondo a las galeras, ordenó la gente que había de saltar en tierra: la cual puesta en sus barcones, todo se ejecutó luego. Desembarcó el Sargento Mayor Hernando Mexia de Gómez, con la gente señalada para entregarse del Castillo de arriba, y luego el Sargento Mayor Mateo Bartox de Solchaga Aragonés, para que con el mismo orden entrase en el Castillo de abajo, y para acudir a lo que se ofreciese el Marqués, con un escuadrón, a cargo de los Capitanes Pedro Cano y Francisco Ramírez Biceño.
Llegaron Mexia y Bartox, a los dos castillos, a donde fueron recibidos de los Alcaldes Ahmed Garni y Almanzor Ben Yahya, que para este efecto se apoderaron de los Castillos, y se los entregó con toda paz y sosiego, siendo lengua en esta ocasión el intérprete Diego de Urrea, que para ello vino con los Alcaldes al Marqués, de que los nuestros estaban dentro, fue en persona bien acompañado, y hecha la ceremonia de entrega, tomó posesión en nombre del amado Filipo.

Mapa de Larache del siglo XVII - tomado de la página www.tercios.org

Mapa de Larache del siglo XVII – tomado de la página http://www.tercios.org

Se admiró el Marqués con aquellos Caballeros de ver una fuerza tan grandiosa, en la cual se hallaron sesenta piezas de bronce y hierro colado. Es tanto lo que encarece la pólvora, balas y municiones que hallaron, y el inventario que se tomó tan desarropado, que me parece quitar de cuatro partes las tres, y esto con licencia de los provisores y así digo que tendrían pólvora casi para hacer una salva con tantas piezas.
Pusiéronle por nombre al Castillo mayor Santa María, por haberse tomado la posesión víspera de su presentación, más con la fuerza de su soberano nombre que con las nuestras, ni otra industria humana.
En el mismo día y hora se dio orden como vimos para entrar en el Castillo de la marina, donde hallaron treinta piezas de bronce, con muy poca munición, al cual pusieron por nombre San Antonio.

Castillo de San Antonio

Castillo de San Antonio

Los dos fuertes de Alarache están en terreno eminente, sobre su río y puerto. El mayor es el de la punta de la barra, haciendo una cortina del frente a la mar, la vuelta del norte, y otra al río, la vuelta de Levante. Es de figura cuadrada, de tierra y cal, teniendo de grosor la muralla doce palmos de ancho, y veinte y ocho de alto, y unas almenas a lo antiguo, con sus saeteras. Los cuchillos de los baluartes de piedra, sin agua el foso que sólo le hay a la parte de tierra, angosto el fondo, yéndose ensanchando hasta el cordón de forma que viene ser encampanado. Y no tiene entrada encubierta. El puente fijo de madera, de cuarenta y dos palmos de largo, y catorce de ancho. Tiene una cisterna de agua. Hay en el caballero que mira la tierra diez y ocho alojamientos de soldados, que pueden caber a dieciséis hombres en cada uno dentro, arrimados a la muralla.
Hay en los cuatro caballeros veinticuatro piezas de hierro, de a nueve palmos. Las trece están hechas pedazos, y dos de ellas en las casas matas, que hacen través a la cortina, que mira al otro fuerte y Mediodía. En la misma cortina que mira al fuerte de la tierra a dentro, tiene dos piezas de hierro de a trece palmos, de poco provecho. En la cortina que mira a la campaña y al Poniente, hay dos piezas de hierro, de a quince palmos. En la que mira al río y al Levante, hay dos de bronce, de a quince palmos, que fueron de Muley Meluc. En la cortina que mira a la mar, hay tres de bronce, de las que perdió el Rey don Sebastián en la batalla de Alcázar, y las dos de la parte del río, son dos medio cañones, y la de la mano izquierda una Culebrina. Toda la artillería está encabalgada, en maderamen fijo, sin ruedas, que no se puede mudar de los puestos que tienen, ni servir en otra parte, y las gruesas en las cajas sin ruedas.

larache-antiguo
En los dos caballeros que miran al río, habrá doscientas y cincuenta balas de piedra y hierro no uniendo casi una con otra. En el caballero que mira al mar hay dos casillas para pólvora, arrimados a los orejones de ellos, de la vuelta de Mediodía. La casa del castellano está en la plaza de Armas del fuerte.
Las dos cortinas que miran al río y al mar están hendidas, y puestas en ruina, y siempre que se dispara la artillería en el fuerte, tiembla el lienzo. La puerta que está en la cortina, que mira al fuerte de la tierra a dentro, es de madero, de dos piezas; cerrase con una tranca, o madero corto, de manera que los dos extremos no alcanzan a las dos murallas. Subiese desde ella, hasta la plaza de Armas, por una poca de eminencia, hechos unos hoyos como escalones, para no resbalar.
El otro fuerte de la tierra a dentro, está del de la barra distancia de cuatrocientos y cincuenta pasos en eminencia mayor, porque desde el de la barra, y de la mitad de la campaña, que es del Poniente, a la mar, se va subiendo a él; y el sitio que tiene hacia el río, y Levante, también es eminente, y a la vuelta del Mediodía y Alcázar está campaña igual.
Es la figura de este fuerte triangulado, y el caballero que mira hacia el río redondo: los dos, que uno mira al fuerte y el otro a la campaña y al Poniente en punta, los cuchillos de piedra, y la demás fábrica de terrapleno argamasado, y el de la muralla es de catorce palmos de ancho, y veinte y ocho de alto. De la unta del caballero que mira al Norte, y al otro fuerte, hasta el del río, hay un foso de catorce palmos de ancho, de piedra viva, sin agua, y a la parte del Poniente, en el mismo foso, hay una fuentecilla de poco agua.
Desde el caballero que mira al río, y al Levante, a donde se acaba el foso, hasta el que hace al Poniente, y al otro fuerte, están cosa de veinte casas de piedra y tierra y una Mezquita, con un pozo de agua muy abundante, ceñidas con una muralla de tierra y piedra muy flaca, de doce palmos de alto y seis de ancho, con unas almenas, entrase por un postigo sin puerta y tiene algunos portillos por la parte del río, que viene a ser el lugar, y el fuerte, como ciudadela, y desde las casas al fuerte y puerta que están en la Cortina que mira al río hay una placetilla de veinte pasos, en frente de la misma puerta, y las demás casas se arriman a la muralla, no habiendo de por medio por aquella parte foso alguno. La puerta como una cancel, con un arco con bóveda, que va por línea torcida, sin tronera ninguna, hasta dar a una puertecilla pequeña de madera, la cual se cierra como la otra, y el arco no tiene puerta, de forma que no hay más que una.

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Este fuerte tenía buena artillería, sacola Muley Xeque por las guerras que ha tenido con Muley Zidan su hermano, y puso en su lugar unas pecezuelas, pequeñas naranjas, que habían estado mucho tiempo enterradas y de esta perdidas, y algunos esmeriles, de que no hay que hacer caso. En el caballero que mira al otro fuerte, hay cuatro piezas de las del Rey don Sebastián, de bronce, y en aquel caballero doscientas balas de piedra y para las demás pecezuelas ciento y cincuenta balas, sin ser las más de ellas de servicio. Toda esta artillería está encabalgada, como la pasada sin rueda alguna. Hay dos Cisternas en el fuerte, sin agua y por limpiar.
Entre fuerte y fuerte, hacia la parte del río, sobre las mismas peñas hay hasta cincuenta chozas de caña, y por la ribera adelante hacia Alcázar otras tantas, y diez chozas de gente miserable, y desde la mitad del camino hasta el fuerte de la marina uno como cementerio para entierro de los moros. Y a la vuelta del río, al mismo paraje una Mezquita pequeña. A las dos partes del río, y de la mar, junto a los dos fuertes, por la parte de fuera de ellos, hay fuentes muy abundantes, sin que arcabucería ni artillería pueda estorbar el uso de ellas a los sitiadores.
Alrededor del fuerte de la tierra adentro, y a la vuelta del Poniente hay algunas chozas de caña, pocas. Poco más de una milla del fuerte, de la punta de la barra, hay un edificio desmantelado con una torrecilla y unas tapias caídas que llaman la Torre de Genoveses.
El terreno es raso yéndose subiendo, como se ha dicho, hacia el fuerte triangulado, en la forma referida, de arena, con algunos palmares, pocos y muy bajos, haciendo la arena unas quebradas y hondas, como dunas de Flandes, y por esta causa, en toda aquella parte del desembarcadero, y Castillo de Genoveses, a la vuelta de Alcázar, no solo la artillería de los fuertes no haría daño a cualquiera gente.
A media legua de los fuertes, la vuelta de Alcázar y Mediodía, hay un bosque de encinas y perales bravos. Desde el desembarcadero hasta más allá del fuerte triangulado, donde se puede cortar y no puede hacer daño con su artillería, habrá dos millas de espacio.
Hay en el agua tres fragatas de catorce bancos. Están dos barquillos, en que pasa la gente que viene la vuelta de Tánger y de Arzila los jueves al mercado, y en todo el río no hay otra embarcación de los moros.
La entrada del puerto tiene doscientos y cincuenta pasos fondables para navíos de trescientas toneladas, y el terreno limpio para dar fondo. La gente que solía haber de guarnición ordinaria, sino es que hubiese algún accidente, era de sesenta hombres. Y en el fuerte de la marina dormían siete moriscos de Granada, de los viejos, con sus mujeres e hijos. Y en el de la tierra a dentro seis. Y el Alcaide en una de las casas de fuera, arrimada al fuerte. Había en todo hasta doscientos hombres y caballo ninguno, sino que le tuviera el Alcaide. Nunca tenían bastimentos, ni abundancia de pólvora y pertrechos de guerra ninguna.

Fray Marcos de Guadalajara

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“ABDELLAH DJBILOU: UN VIAJE Y UN LIBRO”, POR SERGIO BARCE

Sergio Barce, Adbellah Djbilou, Mohamed Akalay y León Cohen, en la Casa de la Cultura de Larache

Sergio Barce, Adbellah Djbilou, Mohamed Akalay y León Cohen, en la Casa de la Cultura de Larache

Hace seis años que falleció el hispanista Abdellah Djbilou. Buena ocasión para traer de regreso a mi blog lo que escribí entonces sobre él.

   ABDELLAH DJBILOU:

UN VIAJE Y UN LIBRO

   Al profesor Djbilou lo conocí en Tánger, cuando presentaba mi primer libro. A Abdellah lo conocí en Larache, mientras charlábamos largamente sentados en la terraza del Central. A los dos, al intelectual y al hombre, los admiraba, y de los dos me atrajo su exquisita educación y su disponibilidad permanente.

   Lo recuerdo siempre elegante, sobrio, con una camisa blanca inmaculada, bien trajeado, gustaba de vestir con la adecuada corrección, coronado todo ello con su sonrisa deslumbrante, ese tipo de sonrisa que uno querría para sí. Además, poseía una voz poderosa que ayudaba a confeccionar un personaje completo. Sus ademanes eran delicados, sin dejar de vislumbrar su carácter fuerte y seguro.

Crónicas del norte de Djbilou

   En el año 2004 lo invité a participar en las Primeras Jornadas Culturales que organizábamos en Larache. En seguida, se ofreció a estar presente e hizo de moderador en una mesa redonda. A partir de ahí, nuestros contactos se hicieron más frecuentes y nos enviábamos nuestros libros o alguna reseña. Cuando me envió sus Crónicas del Norte. Viajeros españoles en Marruecos (Asoc. Tetuán Asmir, 1998) le confesé que, posteriormente, en una charla, utilicé parte de los textos que él había reunido en ese libro y me respondió que eso era un honor para él, sin disimular su orgullo. Luego, en esa larga charla en Larache, acomodados en una esquina de la terraza (recuerdo que hacía algo de viento y nos levantábamos la solapa de la chaqueta para protegernos del frío), nos olvidamos de la inclemencia del tiempo y continuamos allí un buen rato, sin movernos. Le dije que los textos que había seleccionado sobre Larache eran muy interesantes; entonces, el profesor Djbilou, cogió el ejemplar que yo tenía sobre la mesa y lo abrió, se puso las gafas y, levantando levemente el mentón, pasó varias páginas hasta que se detuvo en el capítulo titulado Luís Antonio de Vega. Nuevo descubrimiento de Larache. Me dijo que poseía ese texto un vago aroma a poesía y que era uno de los que más le habían gustado, especialmente una parte del mismo que comenzó a leer con su voz clara y firme:

“En Larache estuvo el Jardín de las Hespérides, en Larache estuvo el dragón. Y los dos mitos revivieron, se hicieron reales, aunque cambiaran de forma. El oro de las manzanas griegas se encuentra en toda la rica tierra de El Garb, en los naranjos y en los granados, en el bajalato ksari, tan rico en olivos, que a la ciudad allí ubicada se le llamó “la de los aceitunos”; en el Jolot, en Tilig y en Es Shael, en el suelo feraz del Occidente del Imperio Feliz. Y el dragón es la barra del Lükus impidiendo que nadie entre a buscar esas riquezas, impidiendo también que las riquezas salgan. Hasta que un día un ejército de Hércules modernos, grúas y escafandras, vaya a vencer por segunda vez al dragón.

Cuando la paz llueva sobre la Tierra, cuando sea un inmenso beneficio divino, el dragón recibirá la lanzada y los faros de Larache servirán para indicar a los navíos el camino que han de seguir para llegar al puerto, no para advertirles la presencia de las bocas innumerables, pues cada una de ellas está formada por uno de los granos que forman la barra peligrosa.

Y habrá un nuevo Larache. Y tendrá que ser otra vez redescubierto. Un día u otro sucederá, aunque, en lo que a la lírica se refiere, nos contriste a los que amamos el viejo Marruecos, el que yo divisaba desde mi ventana de la casa del Ermiki, que era entonces la más alta de la ciudad. El boceto no acababa de convertirse en obra. Pero aun con todo, ¡qué entrañable aquella ciudad, la más típicamente colonial de Marruecos, en el barrio de la cristianería, cogida por el talle por el Lükus y besada por el mar!

Y la Medina de los moros y de los judíos, y la muralla y el Castillo que se llamó con el precioso nombre de Nuestra Señora de Europa, cuando Felipe II aseguró que Larache valía por toda África. Ponderación excesiva entonces y ponderación excesiva después. No valía por todo África, ciertamente; pero nosotros, los de los últimos años de la guerra y los primeros años de la paz, la queríamos como si en realidad valiese.

Nuevo descubrimiento de Larache, que ya no es útil más que a lo que a la vieja Medina se refiere. El Zoco de Fuera se convirtió en la Plaza de España. Se marcharon de la orilla de la muralla los burreros que ataban allí a sus asnos, los geománticos, los médicos indígenas, los que entretenían el ocio de los musulmanes, con larguísimos cuentos o peleando con varas de acebo… Y hasta se marchó ese trozo de muralla para dejar paso a la Arquería, y se llenaron de villas los declives de la carretera de Alcazarquivir.

Todo esto estaba previsto, y todo esto, naturalmente, significa colonización… Sí, ya lo sé, pero… Cuando yo vuelva a Larache entraré con prisas en la Alcaicería, bajaré por la calle de Hamed Ben Tzami, hasta situarme en el muelle, y no miraré a la Medina de arriba abajo, sino de abajo arriba, casi podría decirse que con humildad, la veré como la veía mi amigo el Turco, aquel que no se atrevía a asomarse a la terraza… Y la encontraré como yo la quería, como yo la sigo queriendo, como una vieja estampa oriental… Colores y ventanas, ventanas y colores… Como un pañuelo judío, con arcos y cuestas llenos de gracia… Y con las casas con ojos para ver llegar a los navíos que habían zarpado de Sevilla y de Lisboa y se aproximaban a Larache, después de haber perdido cuarteles por el mar…”

   Se quitó entonces las gafas y fijó un momento sus ojos en mí; luego, echó una mirada melancólica a nuestro alrededor y se preguntó en voz alta si De Vega, un arabista de prestigio en su época, escribiría ahora lo mismo. Ambos lo dudamos, pero estuvimos de acuerdo en la carga poética que le había insuflado al texto y la pasión que la ciudad había despertado en él. Algo que, no obstante, tampoco nos extrañó, ya que los dos nos habíamos confesado embrujados por el viejo espíritu de Larache.

larache en los textos

   Le di las gracias a Djbilou por los textos que había decidido incluir en su libro, ya que se recogían bastantes referencias sobre Larache, que, en realidad, es lo que buscaba en ellos. De hecho, gracias a su selección, es fácil hacerse una idea de la ciudad en los siglos XIX y XX, una especie de viaje en el tiempo por las mismas calles o espacios, pero vistos desde diferentes puntos de vista y entornos históricos. Su obra abría así una veta que, posteriormente, han horadado otros autores (Larache a través de los textos <Junta de Andalucía – Sevilla, 2004> de María Dolores López Enamorado o Viajes a Larache I: Antología de los viajeros españoles a Larache <Dar el Laraich – Tánger, 2007> de Mohamed Laabi).

VIAJES_A_LARACHE_I

    Junto a Crónicas del Norte, Abdellah Djbilou me enviaba también un ejemplar de su estudio Temática árabe en las letras hispanas (Facultad de Letras de Tetuán, 1996). Aunque sabía que no soy un arabista ni un estudioso de la materia sino un simple narrador, me decía, en la carta que acompañaba a los libros, que éste último me ayudaría a aclarar algunas de las ideas que habíamos discutido largamente. Se refería a una charla que mantuvimos en Tánger sobre la visión que se tenía de Marruecos, y del mundo árabe en general, en varias obras de autores españoles. Defendí mi punto de vista como autor, solo plasmado por aquel entonces en mi primera novela En el jardín de las Hespérides (Aljaima – Málaga, 2000), y me apuntó que, después de haberla leído, el espíritu de esa novela no andaba muy lejos de lo que había dicho al respecto Rubén Darío (autor sobre el que diseñó su tesis doctoral).

TEMATICA ARABE EN LAS LETRAS HISPANAS

   Efectivamente, hube de darle la razón, como habría de dársela en otras ocasiones. En Temática árabe en las letras hispanas, concretamente en la página 20, el profesor Djbilou dice:

“Sabido es que el pasado constituye también uno de los caminos de la evasión, un <escondite> para soportar mejor la realidad. Rubén Darío, que <detesta el tiempo que le tocó vivir>, considera que <un verdadero  espíritu de poeta elegirá, con más o menos conciencia de ello, su ubicación ideal, su patria de adopción en alguna parte del pasado, cuya imagen evocada permanentemente, será un ambiente personal que lo aísla de la atmósfera de la realidad”.

    Y, aunque Rubén Darío se refería a Al-Ándalus, Abdellah, salvando las distancias, me estaba hablando de mi relación con Larache, donde, sin ningún rubor, yo había fijado mi patria, donde anidaban aún las huellas de mi pasado más querido.

   De manera que, mientras el profesor Djbilou me fue dando lecciones de arabismo a través de las conversaciones y de sus obras, el amigo Abdellah me atizaba afectuosamente para que le mostrara más de mi visión de Larache.

portada ULTIMAS NOTICIAS DE LARACHE

    Cuando le envié Últimas noticias de Larache y otros cuentos (Aljaima – Málaga, 2004), me llamó por teléfono para decirme que, como Luís Antonio de Vega, también había mucho cariño, y más pasión, en las poesías que yo había escrito sobre Larache. Le respondí que cómo me hablaba de poesías si todo mi esfuerzo había sido escribir una serie de cuidadas narraciones cortas. Riéndose, se burló elegantemente de mi ofuscación, para después corregirme la plana, añadiendo que yo no era un narrador sino un poeta que escribía prosa. Aserto que, años después, un poeta amigo volvería a repetir, exactamente con las mismas palabras, pero sobre otra novela diferente. En el fondo, no podía estarle más agradecido a su crítica, porque, en realidad, era un elogio inmenso.

   Sin ser un erudito, como ya he dicho, en cuestiones de arabismo ni de orientalismo, tan querido por nuestro homenajeado (ahí está también su Diwan modernista. Una visión de Oriente <Taurus – Madrid, 1986>), la elección de los textos de otros autores que hacía el profesor Djbilou en cada uno de sus estudios o de sus antologías, eran esmerados y certeros, convertidos así en una suerte de engarces ineludibles entre su pensamiento o tesis y el de esos textos ejemplarizantes. Sumergirse de su mano, por ejemplo, en la temática árabe en las letras hispánicas, supone ir descubriendo un mosaico de autores y de obras que nos enriquece, obviamente, pero que también ensancha la visión limitada y predeterminada que pueda tenerse sobre este asunto en particular. En definitiva, lo que ha hecho el profesor Djbilou es impartir una clase magistral sobre el orientalismo pero en pequeñas dosis, lentamente, casi por entregas, libro a libro. El conjunto final, es el reflejo de un trabajo concienzudo y esmerado.

CUENTOS DE ARABIA

   La otra materia, también querida por el profesor Djbilou, y ya apuntada más arriba, es el tema marroquí en la literatura española, que nos llevó a varias coincidencias en nuestros puntos de vista, y su preocupación porque no se conociera debidamente la literatura marroquí en España. Aunque mi estimado Mohamed Chakor (con Sergio Macías) ya lo hace espléndidamente en su libro Literatura marroquí en lengua castellana (Edic. Magalia – Madrid, 1996), no me resisto a transcribir parte del prólogo que Abdellah Djbilou escribió en su obra antológica Miradas desde la otra orilla. Una visión de España (ICMA – Madrid, 1992):

“…si el tema marroquí en la literatura española es un tema constante y ha inundado librería y bibliotecas y está siendo objeto de numerosos estudios y tesis doctorales, en cambio el tema español en la literatura marroquí es absolutamente desconocido. Incluso el interés por la literatura marroquí en España, no ha gozado del mismo privilegio que tuviera la literatura árabe en general. La escasez de traducciones y de estudios y antologías puede ser la razón del poco conocimiento que hay en España de la literatura marroquí actual. La proximidad geográfica no ha contribuido, pues, como era de esperar, a un mejor conocimiento, siquiera literario. Incluso el Protectorado español en Marruecos, que pudo constituirse –en principio- en coyuntura apropiada para que esa relación directa se produjera y diera los frutos adecuados, no fue de esta manera.

Y puede resultar extraño que en Marruecos exista una literatura de expresión francesa –llegando a constituir un fenómeno aparte- y no haya otra de expresión española, a pesar de que hubo nombres y circunstancias que podían haber dado frutos en este sentido…

…España, para el escritor marroquí, no es un país exótico ni lejano, ni siquiera le atrae como un opuesto cultural o como medio de evasión; más bien al contrario, al tratar el tema español se adentra más en su historia y en su identidad…

…Y en vano buscaríamos en la literatura marroquí textos para una antología sobre cualquier otro país europeo o africano, porque lo marroquí y lo español se complementan y se entretejen”

   Esta mirada de Djbilou, no exenta de cierto pesimismo, es del año 1992 y ciertamente es lapidaria. Sin embargo, es de justicia señalar los posteriores intentos que se vienen realizando por varios autores marroquíes que escriben en lengua española; ejemplo, la esforzada edición que supuso la antología La puerta de los vientos (Destino – Barcelona, 2004) –libro en el que se incluyen textos de autores como Abdelfattah Kilito, Ahmed Ararou, Mohamed Toufali, Mohamed Akalay, Darima Aomar Toufali, Mohamed Bouissef, Ahmed El Gamoun, Larbi El Harti, Mohamed Lahchiri, Mohamed Lemrini El-Ouahhabi, Mohamed Messari, Hamid el Ouarrad, Mohamed Sibari, Oumama Aouad, Ahmed Bouzfour o Rabia Rayhan (varios autores de Larache, hay que decirlo).

   Falta, incluso, alguno que, por afinidad, por nacimiento, he de mencionar por necesidad perentoria, tal es el caso del poeta larachense ya fallecido Mohamed Mamoun Taha Momata, al que nuestra asociación Larache en el Mundo rindió debido homenaje en su día, y que es autor de Lágrimas de una pluma (Editions Marocaines et Internacionales – Tánger, 1993) o de Susurros (Casablanca, 1995). Sin olvidar al exquisito Mohamed Mgara, y al extraordinario poeta tetuaní Abderrahman El Fathi, autor de África en versos mojados (Facultad de Letras de Tetuán, 2002) y Desde la otra orilla (Quórum Editores – Cádiz, 2004), y a otros tantos autores.

   El escritor Mohamed Lahchiri ha recordado en más de una ocasión el artículo publicado en el diario ABC el 8 de Julio de 2004, con ocasión de la presentación de la referida antología La puerta de los vientos, en el que se lee:

La puerta, la que se abre entre occidente y África; los vientos, los de la cultura y el entendimiento. Esa es la mejor forma de definir el espíritu con el que nace «La puerta de los vientos. Narradores marroquíes contemporáneos», publicado por Ediciones Destino y que ayer presentó en Madrid el escritor Lorenzo Silva, colaborador en la edición del libro. La obra se presenta como una recopilación de 26 relatos que nos acercan la realidad actual de Marruecos y que están escritos por 16 autores rifeños, 13 de los cuales emplean el español como lengua literaria. En este sentido, el libro es una apuesta personal del propio Lorenzo, ya que en su opinión «hay escritores marroquíes que escriben en castellano y que son de primera fila», autores que él mismo conocía y que deseaba hacer llegar al público español, tales como Ahmed Ararou o M. Lahchiri, a los que califica de «exquisitos».
A este respecto, el autor de «El alquimista impaciente» se quejó del poco interés que hay en nuestro país por publicar obras de autores extranjeros que escriben en nuestro idioma, lo que contribuiría a la difusión y estímulo del mismo.

   Dicho esto, retomo las palabras del profesor Djbilou: Y en vano buscaríamos en la literatura marroquí textos para una antología sobre cualquier otro país europeo o africano, porque lo marroquí y lo español se complementan y se entretejen”. Siendo así, resulta triste ese desconocimiento que se preocupa por denunciar de la literatura marroquí en España, que es absolutamente cierto. Pese a la proximidad, pese a una historia en común, la realidad se impone y estos débiles pasos que se han dado, esos intentos porque los autores marroquíes que escriben en español no sean unos absolutos desconocidos son aún débiles. Como también es patente la escasez de títulos de libros de autores marroquíes que escriben en árabe traducidos al castellano.

   En esta otra vertiente, el pasado año, en las Jornadas Culturales que organiza anualmente Larache en el Mundo en el mes de Agosto, en la Casa de la Cultura de Larache, se presentó un honestísimo trabajo de traducción y edición de otro poeta marroquí larachense: Mohamed Al Baki. A través del Centro Al Ándalus de Martil, Tetuán, y la asociación Desarrollo y Solidaridad, se publicó un cuaderno de poemas titulado simplemente Larache. Poemas, con traducción de la profesora María Dolores López Enamorado. Siendo modesto, el trabajo de edición es exquisito y no hace sino poner otro escalón más en este diseminado, por disperso, esfuerzo que realizan varios francotiradores por abrir las puertas a esos autores marroquíes absolutamente desconocidos en España.

   De modo que, desde esta perspectiva, es incuestionable que, pese a la interrelación, pese a que lo marroquí y lo español se complementa y se entreteje, el desolador panorama que ofrece el desconocimiento mutuo en materia literaria nos obliga a todos a hacer un esfuerzo de comprensión y de aprehensión que nos abra de par en par las puertas a la publicación y publicitación de esos autores marroquíes, ya lo sean escribiendo directamente en español –doblemente quijotesco su esfuerzo y valentía- o siendo traducidos al castellano desde su lengua materna, lo que nos deparará, seguramente, sorpresas gratificantes.

   Para concluir este modesto artículo de homenaje, añadiré que la penúltima llamada de Abdellah fue para decirme que no se encontraba muy bien, pero no me quiso desvelar la gravedad de su enfermedad. De hecho, habíamos convenido que viajaríamos para vernos en Larache, de nuevo. Cuando colgué el auricular, pensé que su voz no era la misma de siempre y que algo le preocupaba. Días después, volvió a llamar para decirme que iba a enviarme por correo su último libro y esta vez, aunque me aseguraba que estaba mejor, por alguna razón, sus palabras me supieron a despedida. Su último trabajo jamás me llegó. No tuvo tiempo.

Así que Abdellah Djbilou y yo tenemos aún pendiente un viaje y un libro.

Sergio Barce

En el diario digital Calle de Agua, también podéis leer un artículo en recuerdo de Djbilou, escrito por el periodista Abdelkhalak Najmi, entrando en el siguiente enlace:

http://www.diariocalledeagua.com/noticias_detalle.asp?id=194&c=3

Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, Abdellah Djbilou, Mohamed Akalay y León Cohen

Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, Abdellah Djbilou, Mohamed Akalay y León Cohen

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LARACHE vista por… MOHAMED LAABI

Parece que en las últimas fechas los escritores larachenses se prodigan mucho más que antes. Al menos ésa es la sensación. Hoy presento la última obra de investigación y recopilación de Mohamed Laabi, al que me une una larga y estrecha relación, como ya he comentado en alguna otra oportunidad.

Tras sus anteriores obras “Voces de Larache” (AEMLE-AECI – Tánger, 2005) y “Viajes a Larache I. Antología de los viajeros españoles a Larache” (Dar e-Laraïch – Tánger, 2007), obras en las que aglutinaba tanto poemas de escritores larachenses, en el primero, como una selección de textos de viajeros que recalaron en Larache durante diferentes épocas, en el segundo, ahora Laabi se decanta por recopilar diferentes textos literarios de numerosos escritores (distintos en la época en la que escribieron y distinto en su origen) que tienen como nexo común el haber dedicado bien sus versos, bien su prosa, a describir o a evocar el Zoco Chico de Larache.

Mohamed Laabi & Sergio Barce, en el Instituto Cervantes de Tánger

Y, en efecto, lo que hace con este libro es ofrecernos una “visión” histórica de cómo fue y de cómo es la ciudad pero vista desde ese enclave determinado y tan especial, un lugar físico concreto que es quizá el espacio neurálgico con más simbología y sabor de la vieja ciudad.

 Dice Mohamed Laabi en el prólogo:

Larache representa para mí el combustible indispensable para la escritura, o sea todos mis proyectos de investigación  y de escritura giran en torno a esta ciudad marroquí.

Priman en esta deliciosa y cuidada edición de “Un paseo por el Zoco Chico (Larache)” (Dar Laraïch – Tánger, 2010) la selección de fotos antiguas que nos muestran detalles tanto de su arquitectura como de la vida cotidiana que se ha desarrollado en este lugar de encuentro en diferentes épocas y etapas de la historia. Y acompañando a estas imágenes en blanco y negro, como dije más arriba, los textos de escritores, viajeros o poetas que pasaron, vivieron o disfrutaron del entorno, del color y de la vida de este pequeño rincón que todos los larachenses revivimos cada vez que pensamos en nuestra ciudad: el Zoco Chico.

Zoco Chico de Larache

Sólo me cabe agradecerle a Mohamed Laabi que se haya acordado de mí y haya tenido a bien el incorporar en su libro un humilde fragmento de lo que he escrito sobre ese mismo lugar.

Y muy acertado y emocionante, que Laabi dedique esta recopilación de textos e imágenes, a quien supo plasmar mejor que nadie a los larachenses y a Larache con su cámara de fotos: nuestro paisano Driss Sbaihi, que desapreció en el mejor momento de su vida y al que es imposible olvidar por su cariño y su trato cercano y entrañable.

Sergio Barce, marzo 2011

Zoco Chico

Mohamed Laabi nació en Larache. Diplomado por la Escuela de Traductores de Toledo, es profesor de Lengua y Literatura Española. Ha impartido conferencias en las Universidades de Granada, Barcelona, Sevilla, Huelva o Córdoba, y ha escrito numerosos artículos tanto en prensa como en revistas científicas.

Mohamed Laabi

Como queda dicho, ha editado tres libros: “Voces de Larache”, “Viajes a Larache I” y “Un paseo por el Zoco Chico (Larache)”.

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LEÓN COHEN MESONERO, escritor larachense

 

León Cohen Mesonero, nació en Larache, y en 1968 se trasladó a España. Es Doctor en Ciencias Químicas y profesor titular de Ingeniería Química de la Universidad de Cádiz.

Tanto sus poemas, como sus relatos o sus cuentos, al igual que algunos de los artículos que ha publicado en diversas revistas, desvelan a un hombre comprometido con su tiempo. Su pensamiento, tanto ético como político, y su visión de nuestro mundo es el punto de partida de la mayor parte de su obra. Pero la nostalgia y la memoria (los propios títulos de algunos de sus libros lo corroboran) ocupan igualmente un lugar preferente en su producción literaria, y Larache, como espacio físico y sentimental de esa memoria “recobrada” se torna fundamental.

Sergio Barce, Abdellah Djbilou, Mohamed Akalay y Leon Cohen, en la Casa de la Cultura de Larache

Cuando León Cohen participó en la Casa de la Cultura de Larache en un encuentro de narradores larachenses, organizado por la Asociación “Larache en el mundo”, pese a su ya larga experiencia como profesor universitario y pese a su temple, el enfrentarse a su propio relato en aquel entorno tan entrañable hizo que la emoción reprimida rezumara en cada una de sus frases.

Sergio Barce, enero 2011

Las calles de la infancia huelen a nostalgia.

Nuestra memoria está llena de puertas entreabiertas donde reinan fantasmas y misterios por desvelar  (León Cohen)

Ejemplo de su empleo de la nostalgia como instrumento narrativo y sentimental, es el siguiente relato.

Recorrido sentimental por las calles de la memoria

Aparqué el coche en la Plaza de España. Me bajé y respiré hondo, como queriendo recuperar los olores perdidos en jardines de la infancia, como queriendo recobrar el aire de tantos años pasados, en un exilio no deseado aunque inevitable,  alejado de mi pueblo. Este era un viaje proyectado muchos años atrás, y siempre, por una u otra razón,  aplazado. Pero he aquí, que por fin estaba en Larache, la ciudad donde nací y donde transcurrieron mi infancia y adolescencia. Había venido solo, porque sólo yo podía realizar este paseo por el tiempo. Lentamente, como midiendo cada paso, me dispuse a cumplir el objetivo de aquel viaje. Enfilé la calle que empezaba con la sastrería “Mi Sastre” (mi sastre era un hombre alto, calvo y a pesar de ello canoso)  dejando a su flanco izquierdo a la Unión Española, y, caminando por el flanco derecho, pasé junto al “Bar Selva”, eché una mirada al interior y pude comprobar cómo los hermanos Selva, el de las gafas y el de la sonrisa puesta, seguían en la brecha, saludé al Momi, el barman, a quien encontré muy envejecido. Luego, me detuve ante el escaparate de la “Zapatería Companys”, el padre de mi compañera Margarita se mantenía como solía en la puerta de la tienda, alto y erguido, con su inhalador colgado del cuello y vestido con corbata y chaleco azul. Por un momento recordé su voz mitad ronca, mitad atiplada y su caminar, con los pies ligeramente enfrentados y la mano izquierda apoyada sobre el pecho. Pude asimismo comprobar cómo, todavía, el escaparate exhibía un par de zapatos gorila y unas sandalias de crepé. Seguí subiendo la pequeña cuesta hasta la esquina, donde aún lucía con cierto brillo la placa del despacho de abogados, y la casa a la que siempre relacioné con el juez Don Manuel Moreno Garzusta. Desde esa esquina se podía distinguir mirando hacía la izquierda y al fondo, la imprenta Cremades, el hombre de la acentuada cojera, un trecho más arriba, la farmacia Albarracin, del que nunca supe la identidad, para mí siempre fue su mancebo: un señor regordete con bata blanca, bigote poblado y muy pelado al cepillo, mirando  a la derecha, en la cuesta, podía intuir, la tienda de Balaguer y en la puerta casi siempre, alguna de las hijas o Delmas, su yerno, el cual, por su tez oscura, su pelo azabache y muy lacio, siempre me pareció un indio de Bombay. Crucé la carretera y por el camino me topé con la bodega de Salomón Fereres, miré hacía el interior y pude distinguir la figura de aquel apuesto zorro plateado. Luego, pasé junto a un taller de bicicletas y motocicletas dejando a mi izquierda lo que más tarde sería la Burraquía (mercadillo de telas, ropas y enseres domésticos). Recordé que en el callejón que había a mi derecha, vivió en un tiempo el señor Benchluch, el practicante, al que en alguna ocasión hube de visitar con mi padre para alguna inyección urgente. Aquel hombre bajito y ligeramente encorvado, de voz profunda y de nariz afilada y excesiva, celebraba con parsimonia el pequeño ritual de la desinfección de las agujas y de la preparación de la jeringa, infundiendo en el enfermo seguridad y temor a un tiempo. Llegado a la pequeña rotonda, me detuve para contemplar las cuatro calles que allí desembocaban. Por un lado, la calle del Cine Avenida, donde entre otras, se hallaban la comisaría de policía y la casa de los Torres, a mi derecha, la calle que llevaba a la farmacia Coliseo y a la plaza de abastos que diseñó el arquitecto Bustamante. Seguí hacía mi frente, dejando a un lado el  interminable  palacio de la Duquesa. Los pequeños gamberros que éramos entonces, saltábamos las vallas que daban a la calle colindante, la calle donde vivía Rubén el chofer del Lukus, el hombre más grande de Larache y del mundo, para recorrer los jardines, desafiando al guarda quien, según decían los más experimentados,  disparaba a los niños con una escopeta de sal. En la primera bocacalle, bajando unos metros se encontraba todavía el taller de plancha de mis “primas tías”  Simy y Allo, a las que recordé con el cariño que siempre merecieron. Ladeé unos pabellones donde tiempos ha, vivió mi amigo Carlitos, hijo de un policía armada, al que tanto le molestaba que yo fuera a por su hijo en horas de siesta. Al final del palacio, otro cruce de caminos, a mi derecha la calle donde vivieron los Pérez. No pude olvidar aquella noche de cena de despedida en casa de mi abuela Luna, recuerdo cómo aquellos jóvenes emigrantes reían y bromeaban para ocultar su nerviosismo y su ansiedad,  a media luz, que era lo que abundaba en aquellos años oscuros. Al día siguiente viajaban a Venezuela, hacía un destino incierto, era el año 1956, y entre ellos,  recuerdo desde mi pequeñez a Baldomero, a Pérez y a mi padre. Mi padre volvió al cabo de un año, pero Pérez se quedó y se perdió para siempre, en cuanto a  Baldomero nunca se supo de él.
Aceleré mi paso y en pocos minutos me planté en la segunda rotonda, la de los colegios de los Maristas y de las Monjas, en el primero jugué al fútbol (aquellos regates que hacíamos lanzando el balón contra  las paredes de las clases que limitaban el campo, recuerdo con precisión que Tuito era un maestro en este arte) en el segundo, estudió mi prima Flora y en más de una ocasión asistí a los partidos de baloncesto entre alumnas.
Me detuve de pronto y me percaté por vez primera que aquella imagen fija de la calle hacía mucho tiempo que se había borrado y supe que estaba haciendo un recorrido sentimental donde todo lo relatado fue y hoy ya nada era. Pero yo no tenía demasiado interés en ver lo evidente, así que decidí seguir mi propio camino. Arriba de la cuesta, hacía mi derecha se erguía el Patronato y un campito de tierra donde empecé a hacer gala de mis regates diabólicos con quince o dieciséis años, estaba por fin empezando a jugar bien, aunque fue en Tánger, dos años más tarde cuando exploté y di todo lo que había estado aprendiendo durante tantos años.

Por aquel campito, se podía llegar, si mi memoria era fiel, hasta la playa del Matadero. Luego, la rotonda de los Viveros, a mi derecha la entrada al parque y al lado, la Hípica,  adonde tantas veces acompañé a mi padre a las tiradas al plato y creo que de pichón, de las este era asiduo además de buen tirador, a la izquierda, una gran extensión de tierra baldía, que en nuestra infancia atravesábamos para llegar recortando camino a nuestras casas de la Calle Barcelona. En aquellos descampados tenían lugar nuestras guerrillas de moros y cristianos a pedrada limpia, en ocasiones, nos protegíamos con escudos de madera algunas veces reales y otras imaginarios, porque eso sí, nos sobraba imaginación. Mi vecino, Pepe Ortega Padilla, era nuestro jefe.
Más adelante, una suerte de casas adosadas que siempre se me antojaron ser unos pabellones militares y algo más distantes, al final de ninguna parte, los tres cementerios, los cementerios de las tres culturas, aquellas que hicieron a España y a Andalucía grandes entre las grandes, siglos atrás.
Había llegado al final de la primera etapa de mi viaje sentimental e imaginado por los caminos del recuerdo. Me prometí volver, para recorrer otros lugares…    (León Cohen)

 Además de artículos científicos, varios libros de textos técnicos y artículos de opinión en el diario “Europa Sur”, León Cohen, en su calidad de narrador, ha publicado relatos en diversas antología como  Caminos para la Paz (C. Ricci, I.López Calvo, 2007), Viajes a Larache (M. Laabi 2007), Calle del Agua (Manuel Gahete y otros 2008), y en revistas como “Tres Orillas” y “Entreríos”, y es también autor de los siguientes libros:  “Relatos robados al tiempo” (2003. Editorial: www.librosenred.com),  “Cabos Sueltos” (2004. Editorial: www.librosenred.com y edición en papel del autor en 2004),  “La Memoria Blanqueada” ( 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones Madrid. www.libreriahebraica.com), y es coautor de “Ufrán (2010. Hebraica de Ediciones  Madrid).  “Cartas y Cortos ” está previsto que salga en el primer semestre de 2011.


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