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“EL PAÍS DE LOS OTROS” (LE PAYS DES AUTRES), UNA NOVELA DE LEILA SLIMANI

El país de los otros (Le pays des autres), es la última novela de Leila Slimani. Libro poliédrico donde se dan cita muchos de los temas que tanto le interesan a la escritora rabatí: la situación de la mujer en Marruecos, su emancipación, las costumbres ancestrales arraigadas en la vida cotidiana, la violencia machista, la religión, la libertad sexual e individual… Y a estos asuntos añade nuevos condimentos a veces ya apuntados: las relaciones interraciales, las relaciones interreligiosas, los matrimonios mixtos, los hijos nacidos de matrimonios entre marroquíes y europeos, la lucha por la independencia, la lucha contra el colonialismo… Todo este cóctel da lugar a las contradicciones que Slimani plantea en su novela, ambientada en Méknes y sus alrededores a finales de los años cuarenta del pasado siglo hasta los albores de la independencia de Marruecos. Por un lado, esas contradicciones que enervan y atormentan a Amín, como las de tratar de ser moderno y a la vez tradicional, el haber sido soldado en un ejército extranjero para luchar en tierras lejanas y luego ver al país al que se ha servido como el opresor del propio, el decidir vivir con una pareja que ni es de su raza ni de su religión, el tener hijos que no son ni franceses ni marroquíes, la lucha interna por tratar de reprimir el machismo mamado desde la infancia, el desear ser un amante esposo y a la vez el dueño de su familia, el esfuerzo por querer ser respetado por los colonos franceses… Y, por otro, esas otras contradicciones que rebelan y enrabietan a Mathilde, como las de continuar siendo una mujer libre y alegre en una sociedad opresora y tradicional, el haber sido una mujer avanzada capaz de abandonar Alsacia para estar junto al hombre que ama, un marroquí del que apenas sabe aún nada, el decidir vivir con una pareja que ni es de su raza ni de su religión, el tener hijos que no son ni franceses ni marroquíes, la lucha interna por no verse suprimida y oprimida por el machismo que asoma en fogonazos en la actitud de su marido, el deseo de ser una amante esposa y a la vez dueña de su destino, la lucha permanente para ser respetada y aceptada por los colonizados marroquíes y por la familia de Amín…

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“…Con los ojos bajos y el velo tapándole hasta la nariz, se sentía desaparecer y no sabía en realidad qué pensar. Si bien el anonimato la protegía, incluso la fascinaba, era como un abismo en el que se hundía a su pesar, y le parecía que, con cada paso que daba, perdía cada vez más su nombre, su identidad, y que, al enmascarar su físico, enmascaraba una parte esencial de sí misma. Se convertía en una sombra, en un personaje familiar, pero sin nombre, sin sexo y sin edad. Las pocas veces que se había atrevido a hablar a Amín de la condición de las mujeres marroquíes, de Muilala que nunca salía de su casa, su marido había zanjado de golpe la conversación. <¿De qué te quejas? Tú eres una europea, nadie te prohíbe nada. Así que ocúpate de ti misma y deja a mi madre tranquila>.

Pero Mathilde insistía, pues no podía dominar el deseo de llevarle la contraria. Por la noche, a un Amín agotado por el trabajo en el campo, exhausto por las preocupaciones, le hablaba de Selma, de Aicha, de esas niñas cuyo destino aún no estaba trazado. <Selma tiene que estudiar>, afirmaba. Y si él no le contestaba nada, ella seguía. <Los tiempos han cambiado. Piensa también en tu hija. No me digas que tienes la intención de educarla como a una mujer sumisa>. Mathilde le citaba, entonces, en su árabe con acento alsaciano, las palabras que la princesa Lala Aicha había pronunciado en Tánger en 1947. Fue en honor de la hija del sultán Mohamed V por lo que ellos habían elegido el nombre de su primogénita, y a Mathilde le gustaba recordarlo. ¿Acaso no eran los propios nacionalistas los que asociaban el deseo de independencia a la necesidad de favorecer la emancipación de las mujeres? Cada vez eran más numerosas las que recibían una educación, abandonaban el jaique y se vestían con chilaba o con ropa europea. Él asentía con la cabeza, refunfuñaba, pero no prometía nada. Al caminar por el campo, recordaba esas conversaciones. <¿Quién querría a una pervertida?>, se decía a sí mismo, <Mathilde no entiende nada>. Pensaba entonces en su madre, que se había pasado la vida encerrada. De pequeña, a Muilala no se le permitía ir al colegio con sus hermanos varones. Luego, Sidi Kadur, su difunto marido, construyó la casa en la medina. Había hecho una concesión a las costumbres, abriendo una única ventana en el muro del piso de arriba, cuyos postigos estaban siempre cerrados, y a la que Muilala le estaba prohibido acercarse. La modernidad de Kadur, que besaba la mano a las francesas y se permitía el capricho de frecuentar a alguna prostituta judía del barrio de El Mers, se acababa en cuanto se trataba de la reputación de su esposa. De pequeño, Amín había visto a su madre espiar por los intersticios los movimientos de la calle y poner el dedo índice sobre sus labios para sellar entre ellos ese secreto.

Para Muilala, el mundo estaba atravesado por unas fronteras infranqueables. Entre hombres y mujeres, entre musulmanes, judíos y cristianos, y ella estaba convencida de que, para entenderse bien, más valía no cruzarlas. La paz se conseguía si cada cual se quedaba en su sitio. A los judíos del mellah les encargaba la reparación de los anafres, la confección de los canastos, y a una costurera delgada y con las mejillas cubiertas de vello, los artículos de mercería indispensables para el hogar. Nunca conoció a los amigos europeos de Kadur que alardeaba de moderno y al que le gustaba vestir levitas y pantalones de pinzas. Y no hizo ninguna pregunta la mañana en la que, limpiando el salón privado de su esposo, descubrió en las copas y en las colillas de los cigarros unas huellas de carmín con la forma de unos labios…”

La novela mantiene el pulso de principio a fin, y el ambiente de violencia y opresión que supusieron los últimos años del dominio francés en el sur de Marruecos está perfectamente logrado. El retrato de la familia protagonista es como una gran fotografía de unos seres arrastrados por las circunstancias. Y es el amor que se profesan Mathilde y Amín el que es capaz de sortear cuantos obstáculos se van presentando en el camino. Hay muchas concesiones por ambas partes, pero me temo que es Mathilde la que cede más y la que, al final, es absorbida y la que acepta con resignación casi heroica el futuro que le espera.

“…Amín arrancó y condujo despacio para atravesar la nube de humo que se había formado. Llegó ante las verjas del parque y bajó apresuradamente del coche, dejando la puerta abierta tras él. De lejos, vio a su hermano y a su hijo jugando. Era como si los disturbios que se habían producido a unos cuantos metros de allí hubieran ocurrido en otro país. El Jardín de las Sultanas estaba tranquilo y silencioso. Un hombre, sentado en un banco, tenía a sus pies una jaula grande con los barrotes oxidados. Amín se acercó y vio en su interior un mono flaco de pelaje grisáceo, cuyas patas pisoteaban sus propios excrementos. Se agachó para ver mejor al animal que se giró hacia él, abrió la boca y le enseñó los dientes. Silbaba y escupía, y él no habría sabido decir si el mono reía o lo estaba amenazando.

Amín llamó a su hijo que corrió hacia sus brazos. No quería hablar con su hermano, no tenía tiempo para explicaciones o reproches y regresó al coche, dejando a Omar de pie en medio del césped. En el camino de vuelta a la finca, unos policías habían instalado un control de carretera. Aicha se quedó mirando la larga barrera de pinchos colocada en el suelo y se imaginó el ruido que harían los neumáticos al estallar. Uno de los gendarmes le dio el alto. Se acercó, se quitó las gafas de sol y escudriñó los rostros de los ocupantes. Aicha lo miró con una curiosidad que desconcertó al funcionario. Parecía no entender nada sobre esa familia que tenía delante y que tranquilamente lo observaba en silencio. Mathilde se preguntaba qué historia se estaría imaginando. ¿Se creería que Amín era el chófer? ¿Que ella era la esposa de un rico colono que aquel criado estaba encargado de acompañar? Pero el policía parecía indiferente al destino de los adultos y quienes llamaban su atención eran los niños: las manos de Aicha que rodeaban el pecho de su hermanito como para protegerlo. Mathilde bajó despacio su ventanilla y sonrió al joven agente.

<Se va a decretar el toque de queda. Váyanse a casa. ¡Venga!> El policía dio una palmada al capó y Amín arrancó…”

Hay otros personajes interesantes en esta historia: Omar, Mercier, Murad, Dragan, Selma, Corinne, Aicha… Pero son los protagonistas, Mathilde y Amín, los que llevan el peso del relato.

Cuando acabo el libro, me queda un regusto amargo en la boca, tal vez porque el final es un tanto desalentador, como si la reacción de la pequeña Aicha no sea más que el pesimista anuncio del mundo que se avecina, deshumanizado y cainita, que no es mucho mejor del que contempla, como si no existiera la esperanza para nuestra redención.

El país de los otros ha sido publicado por Cabaret Voltaire, con una primorosa traducción de mi querida y admirada Malika Embarek López.

Sergio Barce, julio 2021

LEILA SLIMANI – foto de la Fundación Tres Culturas
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EL GRAN ESPEJO (THE BIG MIRROR), UNA NOVELA DE MOHAMED MRABET

“Sentado allí solo, meditando sobre los últimos acontecimientos, Ali se convenció de que Rachida, al no haber conseguido cortarle el cuello a él, había matado a aquel hombre en su lugar. Estaba seguro de que había sido el grito de la chica del espejo lo que le había salvado. Y al mismo tiempo, esas dos ideas le parecían absurdas.

Rachida era su mujer y como la amaba no podía soportar la idea de que se estaba volviendo malvada.

Entonces recordó que la enfermedad de la belleza hacía que lo irreal se asemejara a lo real. Ali se sentía poseído por el mal, al borde de algo peligroso y maligno. Se echó a llorar.

Los trabajadores que pasaban cerca de la caseta, al oírlo, se paraban y llamaban a la puerta para ver si se encontraba bien.

Seguid con vuestro trabajo. Sé lo que me vais a decir. El mayor favor que me podéis hacer es dejarme solo.

Ali se incorporó, sintiendo que la boca oscura de la enfermedad se estaba aproximando, preparado para tragárselo. A veces la percibía tan cerca que podía notar cómo lo tocaba. En su mente flotaba la imagen de una tela blanca manchada de rojo. Al recrearse con detenimiento en aquella visión, le recorrió de repente una enorme ola de felicidad.

Sí, un musulmán vestido de blanco y con algo de sangre. Rachida tenía razón. Es como vestir seda y tomar miel…”

EL GRAN ESPEJO portada

Este fragmento pertenece a la novela El gran espejo (The big mirror) de Mohamed Mrabet que, en su momento, transcribió Paul Bowles. Acaba de ser editada por Cabaret Voltaire con traducción del inglés de mi querido amigo Alberto Mrteh, de lo que me alegro especialmente.

Narración ambientada en Tánger, aunque la ciudad en este caso no es ningún personaje relevante, se trata de un cuento fantástico, que se mueve entre lo gore y lo fantasmagórico. Intuyo trazos e influencias de Bowles en cuanto a ese tipo de tramas en las que la presencia de la brujería y de lo mágico marroquí siempre lo atraían de manera casi desaforada. Pero en este caso, la historia de Mrabet es algo menos contenida, y la novela parece querer dar algún quiebro o giro para dar a continuación un paso más retorcido que el anterior, tal vez en busca de aliento o de un hilo conductor, pero no estoy seguro de que termine de cuajar. Al menos es mi sensación. 

Es curiosa, sin embargo, esta historia de amor arrebatado y de locura contagiosa, que posee entre sus párrafos escenas de gran fuerza sensitiva y de una poderosa sensualidad, algo que tal vez pueda sorprender a lectores poco habituados a la narrativa marroquí. Pero echo en falta probablemente la fascinación que me han causado los anteriores libros de Mohamed Mrabet. Quizá la vida de la calle, la vida dura e inmisericorde de la calle, que tan bien conoce y que tan bien plasmó en Amor por un puñado de pelos (Love with a few hairs) y en El limón (The lemon) sea el terreno en el que Mrabet mejor relata y que a mí, personalmente, es la que me llega a las entrañas. No obstante, El gran espejo se deja leer gracias a la reconocible sencillez de su forma de contar y es seguro que embrujará a los lectores que busquen precisamente ser hechizados por alguna historia nada realista o ser desbordados por algo inesperado.

Sergio Barce, noviembre 2020

Alberto Gómez Font y Mohamed Mrabet

Alberto Gómez Font y Mohamed Mrabet

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EL QUE ES DIGNO DE SER AMADO (CELUI QUI EST DIGNE D´ÉTRE AIMÉ), UNA NOVELA DE ABDELÁ TAIA

EL QUE ES DIGNO DE SER AMADO portada

Cuando escribí la reseña a Mi Marruecos (Mon Maroc) de Abdelá Taia (Edit. Cabaret Voltaire, 2009), decía que se trataba de un libro entrañable, nostálgico, escrito por alguien que había conseguido salir de la miseria de su infancia para convertirse en un excelente narrador, alguien que desde París, donde vive, mira con un cariño desmesurado a su pasado y a su país de origen: Marruecos.

Y también decía que su narrativa es sencilla, pero envolvente, y nos va sumergiendo muy poco a poco en su pequeño universo, alrededor de M´Barka, su madre, a la que declara un amor profundo, y de sus hermanos, su padre y sus tíos. Cuando rememora a su tía Fatema, a la que llamaba mamá, su escritura se hace tierna, se dulcifica.

Ahora acabo de leer El que es digno de ser amado (Celui qui est digne d´étre aimé), que vuelve a editar en español Cabaret Voltaire en el año 2019, con traducción del francés de Lydia Vázquez Jiménez. Y esos diez años que transcurren entre un libro y otro se nota. No en su narrativa, que sigue siendo sencilla y envolvente, pero sí en el fondo de lo que cuenta.

Novela epistolar en la que reúne cuatro cartas distintas: dos que Ahmed, el protagonista, envía, y otras dos que recibe. Y he de decir que atrapan.

La primera de las cartas la dirige Ahmed a su madre Malika. De nuevo una declaración de amor a la madre, pero aquí se trata de una mujer fuerte, recia, que domina a su marido y a cuantos la rodean. Como ocurrirá en el resto de las cartas que componen la novela, la superioridad y la sumisión o el poder y el servilismo resultan temas capitales para Taia, estableciendo así las relaciones de los personajes protagonistas. En esta primera, Malika representa la inflexibilidad y la intolerancia de una mujer dictatorial (y que personifica a muchas mujeres marroquíes) que marcará la vida de los suyos, en especial de Ahmed quien, sin embargo, pese a los reproches por tantas cosas no deja nunca de amarla.

Agosto de 2015. Carta a Malika.

“…Sé ahora que tenía razón, que tenía valor, que tenía suerte. En este mundo en guerra permanente, había en ti un jefe, un general, un rey, un brujo poderoso, judío sin duda.

Ahora estoy solo celoso de aquel padre, de aquel hombre, de su dicha y hasta de su muerte.

Se murió un día en que le dijiste claramente, delante de nosotros, que el sexo se había terminado. Terminado.

<Se acabó el seco para ti, Hamid. Ni esta noche. Ni mañana. Ni nunca.>

Tenía 65 años.

No dije nada.

Se quedó viendo con nosotros el capítulo de la telenovela egipcia hasta el final, y luego se fue.

Nunca volvió con nosotros, entre nosotros.

Tú nunca volviste a reunirte con él en plena noche, mientras nosotros dormíamos.

Lo habías castigado, exiliado, matado.

Como siempre, obedeció.”

El segundo texto epistolar es una carta que Vincent le escribe a Ahmed. Desgarradora, es una desesperada llamada de auxilio de un amante despechado, malherido y despreciado. En realidad, parece como si Malika, su madre, se hubiese reencarnado en Ahmed, y que, según concluimos al leer su misiva, actuara con la misma arrogancia, como un dictador a imagen de ella. No hay rastro de misericordia o de piedad en su actos, como si se vengara de cuanto ha padecido hasta situarse en el país de acogida devolviendo su sufrimiento a quienes llegan a amarlo.

Julio de 2010. Carta de Vincent.

“…No te he olvidado.

En ningún momento.

Tienes que volver.

Debes hacerlo, Ahmed, debes hacerlo.

Sin haberlo visto nunca, estoy seguro de que conoces a mi padre mejor que yo. ¡Vuelve!

Al final del todo, le vino a la memoria una canción judía-marroquí de su madre. Hak, a mama. La cantaba muy bajito y se quedaba dormido.

Son las únicas veces en que le oí pronunciar palabras en árabe. Otra persona estaba entonces delante de mí, lejos de Francia, de su realidad, de su política y de su historia. Él: un crío en su mellah, en su gueto, en su paraíso perdido.

Se fue, mi padre. Murió. Y la canción Hak, a mama se quedó….”

La homosexualidad de Ahmed, al igual que ocurriera en Mi Marruecos, es parte fundamental del relato de Abdelá Taia, y Ahmed sirve de correa de transmisión. Si en ese libro nos desvelaba su condición sexual y esa sensación de soledad por las calles de París, en El que es digno de ser amado el protagonista hace examen de conciencia y es evidente que hay un reproche al país que lo acoge, a Francia, y que se encarna en la figura de Emmanuel, su primer amante francés.

Marroquí y homosexual. Eso le obliga a estudiar y hablar correctamente el idioma, con más ahínco que el resto de los inmigrantes, a integrarse, aunque los franceses no lo acojan como a un igual, a convertirse en una especie de amante exótico para usar y tirar. Es en esta carta a Emmanuel donde más amargura he percibido en el autor, como si hubiera descubierto que todo es una impostura y, quizá por ello, su redescubrimiento de Marruecos, su añoranza, su nostalgia.

Julio de 2005. Carta a Emmanuel.

“…Con 30 años, ya ni siquiera hablo árabe como antes. Al teléfono, mis hermanas se ríen de mí. Ahora tengo un acento raro en esa lengua.

Mi lengua ya no es mi lengua. ¡Qué tragedia! ¡Y qué tristeza! No podré volver atrás. El Ahmed que soy, en el fondo, lo conocí solo hasta los 17 años. En el cementerio de Salé, por voluntad propia, te ayudé a matarlo.

Había que cambiar. Había que transformarse. Había que dominar la lengua francesa. Esa era la vía regia para salir de la miseria, ser libre, ser fuerte.

Tú dijiste eso, tú me lo dijiste sin dudar un solo instante…”

Para cerrar el libro, Taia escoge una carta que escribe Lahbib a Ahmed. Lahbib es su mejor amigo de infancia. Y es precisamente él quien hace de Pepito Grillo. Anunciando quizá su inminente suicidio, su carta trata de revivir lo mejor de su amistad, sana, libre, en Marruecos, en su tierra. Y aunque quien escribe es Lahbib, quien siente es Ahmed.

Mayo de 1990. Carta de Lahbib.

“…Durante los segundos en que tendí el ramo de flores a Gérard, comprendí el mensaje de Simona y me creí liberado del influjo de su hijo. Pensé que podía conseguirlo.

Paso al acto. Le doy las flores a él y me voy. Hazlo, Lahbib. Hazlo. Tiene 45 años. Tiene una gran casa en Rabat, tiene un gran puesto en la embajada de Francia, tiene la virilidad que deseas, su sexo que adoras, ese vello suyo que te vuelve loco, pero tú, tú, Lahbib, solo tienes 17 años. En el mundo, hasta en el Marruecos que te oprime y te asfixia, hay otra cosa. El aire pertenece a todos. A todos nosotros y nosotras. Puedes vivir mientras respires el aire que te pertenece.

Solo tienes 17 años, Lahbib.

Tú, Ahmed, tienes dos años menos que yo. 15 años. Somos amigos, colegas, hermanos. Hemos conseguido seguir siéndolo, siempre. Hermanos que se pelean, que disputan, que se mantienen juntos a pesar de todo. Hermanos que respetan la promesa. La única promesa que cuenta. Encontrarse una vez por semana delante de los trenes que pasan, hablar de nosotros, tú y yo sin ellos…”

No es una novela epistolar condescendiente. Hay mucho desgarro y desengaño, y por ende mucho dolor tras estas cuatro historias que son una sola. Un excelente libro.

Sergio Barce, agosto 2020

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“EL CASTIGO” (LA PUNITION, 2018), UN LIBRO DE TAHAR BEN JELLOUN

   De Tahar Ben Jelloun he escrito en varias ocasiones, y quizá me repita al afirmar que Sufrían por la luz (Cette aveuglante absence de lumière, 2001) es, de entre sus libros, el que más me ha impresionado.

EL CASTIGO portada

Ahora llega El castigo (La punition, 2018) que sigue la estela marcada en aquella obra, pero narrando en esta ocasión no un suceso que le ha contado una tercera persona, sino una experiencia propia, la vivida por Tahar Ben Jelloun siendo muy joven cuando, en 1966, junto a otros noventa y tres estudiantes, fue encarcelado primero en El Hayeb y luego trasladado a Ahermumu, donde permaneció en total diecinueve meses, por haber participado en una manifestación pacífica contra la corrupción imperante, pidiendo justicia y democracia, y que acabó reprimida violentamente por las autoridades. Pero era la época de los años de plomo de Hassan II, y el calvario posterior para estos estudiantes fue una pesadilla.

“…5 de junio de 1967: ha estallado la guerra entre Israel y los países árabes. Alerta máxima. Nos han convocado a las seis de la mañana. El gran jefe nos va a comunicar algo. Aún no hace calor. Estamos a la espera. Se presenta en uniforme de combate, gafas negras, fusta bajo el brazo. Se diría que va a rodar un anuncio publicitario, del estilo <¡Alístate en el ejército: el mundo en tus manos!>. Se dirige a nosotros: <El enemigo sionista ha atacado. Nuestros hermanos de Egipto, Siria y Jordania combaten con valentía. Debemos estar preparados para acudir en su ayuda en cualquier momento, ya que estamos en guerra. ¡Todos en modo de combate! ¡Firmes! ¡Descansen! ¡Firmes! ¡Descansen!>.

A Marcel lo han convocado al despacho del teniente coronel. Ha sido liberado por orden de Rabat. Deben evitar cualquier incidente con un judío. Marcel recoge su ropa de paisano, la pone en una bolsa y se despide de nosotros, uno por uno. Algunos le dicen <qué suerte tienes>; otros, <vuelve pronto>. Hay incluso alguno que lo critica: <Lo han soltado para ir a combatir con sus hermanos sionistas>. Marcel nunca dudó de su identidad marroquí, árabe y judía. Forma parte de esos miles de familias judías que siempre vivieron junto a los musulmanes. Una vez nos contó que unos agentes del servicio secreto israelí fueron a convencer a sus padres de emigrar a Israel. Su padre ejercía el oficio de colchonero, heredado de padre a hijo. Se negó rotundamente. El agente lo amenazó diciendo que tomarían represalias contra él. Le respondió: <Yo estoy bien aquí. ¿Qué pinto yo al lado de unos polacos o americanos solo por el hecho de ser judío?>. El agente había vuelto a la carga, pero el padre de Marcel se mantuvo en sus trece.”

Eso es lo que nos cuenta con este relato Tahar Ben Jelloun: su tortura y la de sus compañeros. Y párrafos como el anterior tienen una gran carga de significado.

Pero lo curioso de la historia, es que todos ellos estuvieron bajo las botas del sargento Aqqa y del comandante Ababu, y luego el general Madbuh, personajes siniestros de la historia de Marruecos del siglo XX que posteriormente protagonizaron el sangriento atentado contra el rey Hassan II en Sijrat, que ocasionó más de cien muertos, pero que no acabó con la vida del monarca que sobrevivió milagrosamente al esconderse en los cuartos de baño. Finalmente, Tahar Ben Jelloun y sus amigos tuvieron la suerte de que no formaron parte del grupo de los 1.400 cadetes que estos militares utilizaron bajo engaño para perpetrar la matanza y el atentado fallido del monarca.

TAHAR BEN JELLOUN

TAHAR BEN JELLOUN

Pero antes de ese cruento episodio, esta novela nos cuenta el calvario sufrido por esos estudiantes románticos e idealistas bajo un régimen inflexible e inhumano. El trato vejatorio, las humillaciones, los padecimientos pasan ante nuestros ojos y nos estremecemos ante tales injusticias. Imaginar lo que soportó Tahar Ben Jelloun, viéndose humillado por militares inmorales y corruptos, con la única compañía de un solo libro, impresiona.

“…Tengo junto a mí la novela de James Joyce. La he llevado de un lado a otro y está sucia e impregnada de ese olor del cautiverio. Al abrirla, no consigo pasar más de una o dos páginas. No leo, solo recuerdo. Y los recuerdos no huelen bien. Mr. Joyce, le pido disculpas, su obra maestra se ensució con unos sufrimientos que ni remotamente hubiera usted imaginado. Se ha visto mezclado a algo brutal, enlodado por un entorno triste y nauseabundo. Pero su presencia me ayudó tanto…”

Ciertamente, ni El Hayeb ni Ahermumu eran el presidio de Tazmamart, un lugar que con solo pronunciarlo en Marruecos estremece a quien lo oye, pero es indudable que los tres centros significan lo mismo y tenían la misma finalidad: anular al disidente, acallar las críticas y aplastar la oposición del régimen, aunque fuese democrática y pacífica, aunque se tratase de jóvenes estudiantes.

Es de lectura fácil, sin florituras de ningún tipo, y se hace ameno. El retrato de esos personajes infames que actuaban por encima de la ley y de la moral refleja a la perfección el tipo de personas que eran y, por supuesto, logra que nos sintamos solidarios con esos estudiantes y, obviamente, con Tahar Ben Jelloun.

El castigo (La punition) ha sido publicado por Cabaret Voltaire, con traducción de mi querida Malika Embarek López.

Sergio Barce, mayo 2020

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LA SEDUCCIÓN DEL MIRLO BLANCO (Gawayat a-sbubrur al-abyad: nusus tacbribati maa al-qiraa wa al-kitaba, 1997) de MOHAMED CHUKRI

LA SEDUCCION DEL MIRLO BLANCO portada

Acostumbrado a los relatos y novelas de Chukri, o a sus libros dedicados a Jean Genet y a Paul Bowles, a su narrativa corrosiva y nerviosa, embarcarse en la lectura de La seducción del mirlo blanco (Gawayat a-sbubrur al-abyad: nusus tacbribati maa al-qiraa wa al-kitaba, 1997) supone un ejercicio diametralmente diferente. Se trata de un ensayo sobre la literatura, sobre el arte de escribir y narrar y sobre el oficio de escritor. Y todo desde el punto de vista de Chukri, lo que quiere decir que hay partes muy sustanciosas y otras en las que sus pensamientos divagan sin un orden concreto, el orden de su cabeza hiperactiva.

“…Hay ideas que escapan de las palabras y palabras que se derrumban antes de recibir el impacto de los pensamientos que las llenan de contenido. Situaciones y actos que desaparecen antes de que podamos apresarlos e incluirlos en la redoma de las esencias de las palabras…”

Lo que más sorprende del libro de Mohamed Chukri es que, siendo un analfabeto que aprendió a leer con veinte años ya cumplidos, y comenzó a estudiar en Larache poco después para sacarse la primaria, su conocimiento de la literatura universal y de los autores y sus obras es profundo y diverso, y eso es admirable. Se sumerge en este ensayo en obras como El extranjero, de Albert Camus, haciendo un estudio comparativo de las motivaciones del protagonista de su propio relato Violencia en la playa con el Meursault de Camus; entra en Crimen y castigo, de Dostoiewski; y enlaza obras de Sartre, Shakespeare, Naguib Mahfuz, Cervantes, Beaudelaire y André Gide para hablarnos del compromiso de la literatura con los más débiles, y del fracaso y de la supervivencia del escritor. Y no disimula su admiración por la narrativa de otro autor marroquí: Mohamed Zafzaf. Es sin duda, un análisis que puede resultar a veces un tanto disperso, pero ahí está el trazo nervioso y febril de Chukri deseoso de saltar de una idea a otra.

“…El mundo se nos escapa constantemente, y el arte intenta apresar esa huida. Cuando, por medio de la creación, recuperamos ese mundo esquivo, no lo convertimos en una imagen enmarcada que nos quedamos a modo de recuerdo. Su materia se modifica como cualquier metal que se funde para darle una nueva forma, más adaptada a nuestra época presente y futura. Este Zoco Chico, esas gentes que están ahora en la plaza, activas algunas de ellas como hormigas, otras quietas como tortugas inmóviles hasta que las presas estén a su alcance, y todas las cosas que nos rodean… pertenecen a nuestro mundo, que no es lo que era y deviene en lo que no es. Por lo tanto, nuestro mundo es lo que escapó, escapa y escapará de nosotros. Allí hay un joven ante mí, relajado, fumando y soñando, y de pronto ha entrado una muchacha bonita. Se mueve, se activa, él sonríe, ella sonríe, él le ofrece una silla, aparta a un lado sus libros y papeles, ella acepta el interés que le demuestra, él tira su colilla, ya no sueña, llama dos veces al camarero, está ahora ante un proyecto… quizá alcance con ella parte de su sueño, su sueño total o nada en absoluto.”

Las páginas que dedica a la literatura y autores árabes en general (Mahfuz, Darwix, Ahmad Shawqi, Al-Rafii, Quddus, Kamel Mahdi… ) es profusa, y no escatima sus dardos y su intento por torcer el brazo a un tipo de literatura anclada en el pasado y que necesita un revulsivo, porque Chukri siempre es revolucionario. Confieso que esta parte del libro me ha resultado más complicada porque gran parte de estos autores no están traducidos al castellano, y por tanto desconozco sus obras. Pero sí que llama poderosamente la atención su crítica feroz, la más dura de su libro, al escritor marroquí Tahar Ben Jelloun, al que acusa directamente de mercenario de las letras, dentro de ese grupo de autores que escriben por encargo sea lo que sea, y que describe con estas perlas: “…El ejemplo arquetípico de lo anterior (artistas que crean por encargo), que en el fondo y solo exagerando puede calificarse de literatura, es la escritura de Tahar Ben Jelloun: a la carta”. Y añade: “…Este tipo de literatura que escriben Tahar Ben Jelloun y otros como él llega a ser propio de guardería infantil. Es una escritura que juega con los sentimientos de los lectores más pobres intelectualmente…”. En fin, subyace en su manera de hablar de este autor un rencor, un desaire, un enfrentamiento personal evidente.

Obra por tanto fuera del marco narrativo habitual de Chukri para sumergirse en sus pensamientos teóricos sobre literatura, política y filosofía, y su concepción del oficio de escritor.

La cuidada traducción de este ensayo es obra de mi admirada Malika Embarek López y de Ana María Debbane Sabbagh.

La seducción del mirlo blanco (Gawayat a-sbubrur al-abyad: nusus tacbribati maa al-qiraa wa al-kitaba, 1997) acaba de ser publicada por Cabaret Voltaire en una elegante edición, como es habitual en esta editorial.

Sergio Barce, mayo 2020

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