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NOTAS A PIE DE PÁGINA 14 – EL PASO DE LOS AÑOS, LA AUTÉNTICA BOMBA NUCLEAR

No sé si la cercanía de mi cumpleaños me hace pensar más de lo habitual en el paso del tiempo, o sea esa otra sensación, cada día más acusada, de que los días transcurren ya sin rozarnos. El caso es que comienza a obsesionarme el correr de los años, este vivir a contrarreloj, y ahora, de pronto, todo lo que leo o todo lo que veo parece abordar este asunto, aunque sea tangencialmente.

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Asisto al concierto en directo de Iggy Pop. Un espectáculo. Lleno de vitalidad, de fuerza, de ganas de transmitir energía positiva a los asistentes. Se entregó al público. Pero verlo ahí, como siempre con el torso desnudo, a sus 76 años, es también contemplar su deterioro físico que se acrecentaba aún más en las dos grandes pantallas que flanqueaban el escenario. Producía un extraño efecto que movía, por un lado, a la admiración por su testarudez al continuar en la brecha y, por otro, a una especie de congoja o de conmiseración (entendida en el buen sentido) que, curiosamente, fue desapareciendo a medida que transcurría el concierto. El carisma de Iggy Pop y su simpatía borró de un plumazo cualquier atisbo de duda. Pero lo cierto es que, los referentes de nuestra generación, nuestros ídolos musicales o literarios, si no han desaparecido lo harán en los próximos años.

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Veo un western excelente: Old Henry (2021), dirigida por Potsy Ponciroli, con un sobrio Tim Blake Nelson, que interpreta a un viejo pistolero que vive ya retirado en una granja con su hijo pero que, por un hecho fortuito, después de muchos años, se verá obligado a usar de nuevo el revólver. Con evidentes influencias de Sam Peckinpah, homenajes visuales a John Ford y huellas de Sin perdón (Unforgiven) de Clint Eastwood. Se disfruta.

También leo a un veterano, Michel Houellebecq, en concreto su novela El mapa y el territorio (La carte et le territoire, 2010), con traducción del francés de Jaime Zulaika, editada por Anagrama. 

Una novela que se divide en tres partes, pero que, a mi parecer, contiene dos novelas en una. Como es habitual en Houellebecq, se adentra en el epicentro de nuestra sociedad para desentrañar sus miserias. En esta ocasión, él mismo es uno de los personajes y se convierte en coprotagonista también involuntario. La vejez y la edad también juegan un papel importante en este libro. Escribe: 

“…Pues tiene razón: mi vida se acaba y estoy decepcionado. No ha sucedido nada de lo que esperaba en mi juventud. Ha habido momentos interesantes, pero siempre difíciles, siempre arrancados al límite de mis fuerzas, nunca he recibido algo como un don y ahora estoy harto, sólo quisiera que todo termine sin sufrimientos excesivos, sin una enfermedad anuladora, sin dolencias.”

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La novela, como decía, tiene una primera parte en la que se adentra en el mundo del arte, su mercadería y las motivaciones por las que, de pronto, la obra de un pintor o un fotógrafo se convierte en un éxito o en un producto sólo al alcance de ciertas élites, precisamente las mismas que deciden quién accede a esa categoría. El poder del dinero lo abarca todo. Y también analiza acertadamente la relación paterno filial del protagonista. 

“…Su padre había prometido llegar a las seis.

Llamó abajo a las seis y un minuto. Jed le abrió por el interfono y respiró lenta, profundamente, repetidas veces, durante el trayecto del ascensor.

Rozó rápidamente las mejillas ásperas de su padre, que se plantó inmóvil en el centro de la habitación. <Siéntate, siéntate…>, dijo. Su padre le obedeció al instante, se sentó en el borde extremo de una silla y lanzó miradas tímidas a su alrededor. Nunca ha venido, se percató de pronto Jed, nunca ha venido a mi apartamento. También tuvo que decirle que se quitara el abrigo. El padre intentaba sonreír, un poco como un hombre que trata de mostrar que sobrelleva valientemente una amputación. Jed quiso abrir el champán, las manos le temblaban un poco, estuvo a punto de dejar caer la botella de vino blanco que acababa de sacar del congelador: estaba sudando. El padre seguía sonriendo, con una sonrisa un tanto fija. Allí estaba un hombre que había dirigido con dinamismo, y en ocasiones con dureza, una empresa de unas cincuenta personas, que había tenido que despedir y contratar; que había negociado contratos por valor de decenas y a veces centenares de millones de euros. Pero la cercanía de la muerte torna humilde a un hombre y esa noche parecía afanoso de que todo saliera lo mejor posible, parecía sobre todo deseoso de no causar ningún problema, era al parecer su única ambición ahora en la tierra…” 

Luego, en el último tercio de la novela, Houellebecq se decanta por una trama de intriga en la que unos nuevos personajes, dos policías, ocupan varios capítulos tratando de desmadejar el misterioso asesinato de un escritor. Me quedo con la primera parte de este libro, que no obstante me ha sorprendido menos que Plataforma (Plateforme). 

Lo contrario que Los años (Les années, 2008), de la gran Annie Ernaux, que regala otra obra redonda, vibrante e inteligente. Publicada por Cabaret Voltaire, con traducción de Lydia Vázquez Jiménez. En este libro, a la misma altura de El acontecimiento o El hombre joven, novelas que ya comenté en su momento, la escritora francesa disecciona con una agudeza envidiable cómo el transcurrir de los años va modificando nuestras aspiraciones, cómo los sueños se varan en la realidad, cómo nuestras ansias de libertad, las ganas por cambiar el mundo o de hacer girar el devenir se van torciendo hasta que todo se hace irreconocible y, mirar atrás, se torna fatigoso y desalentador.

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A partir de varias fotografías de la propia escritora tomadas a lo largo de su vida, desde la infancia hasta su madurez, repasa su existencia y el entorno social, político e histórico de cada decenio. Una novela-ensayo enjundiosa, enriquecedora, en la que nos podemos reconocer en algunos instantes.

Escribe Annie Ernaux tras contemplar una fotografía fechada en 1980:

“…Hasta donde remontaban los recuerdos, nunca había habido tantas cosas concedidas en tan pocos meses (algo que en seguida olvidaríamos, incapaces de concebir una vuelta a la situación anterior). La pena de muerte abolida, el aborto gratuito, los inmigrantes clandestinos legalizados, la homosexualidad autorizada, una semana más de vacaciones al año, una hora menos a la semana de trabajo, etc. Pero la tranquilidad se alteraba. El gobierno reclamaba más dinero, nos lo pedía, devaluaba, impedía que la moneda saliera del país para controlar el cambio de divisas. La atmósfera se hacía adusta, el discurso (<rigor> y <austeridad>) se volvía punitivo, como si tener más tiempo, más dinero y más derechos fuera ilegítimo, como si tuviéramos que volver a un orden natural dictado por los economistas…”

Lo que relata lo sitúa en Francia, en los ochenta, pero, al leer estos párrafos, ¿no parece que nos habla de la España actual? Quizá porque los ciclos históricos se repiten y porque, como bien expresa ella, la memoria es muy corta. Las semejanzas con el tiempo que nos está tocando vivir resulta cuanto menos inquietante. Los derechos tan arduamente conquistados, en peligro por la sombra alargada de la nueva extrema derecha (que es la vieja extrema derecha que ha vivido agazapada durante años) y por los dictados restrictivos de Christine Lagarde & Co.

Y sentencia Ernaux al abordar su vejez:

“….constata con sorpresa que, cuando le hacían un dictado de Colette, la escritora aún vivía, y puede que su abuela, que tenía doce años cuando murió Víctor Hugo, disfrutara del día de fiesta con motivo de aquel funeral de Estado… (…) Y mientras crece la distancia que la separa de la desaparición de sus padres, veinte y cuarenta años, y cuando nada en su manera de vivir y pensar se parece a la de ellos (<se revolverían en su tumba>), tiene la impresión de acercarse a ellos. A medida que el tiempo disminuye objetivamente ante ella, este se extiende cada vez más, más allá de su nacimiento y de su muerte, cuando imagina que, dentro de treinta o cuarenta años, se dirá de ella que conoció la guerra de Argelia como se decía de sus bisabuelos <han visto la guerra de 1870>…”

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Hablando de guerra. Espectacular la nueva cinta de Christopher Nolan. Oppenheimer es un alarde cinematográfico y narrativo. Obligatoria su visión en pantalla grande, donde es más apreciable su montaje, que en algunos tramos me recuerdan al adoptado por George Clooney como realizador en su memorable Buenas noches, y buena suerte (Good night, and Good luck, 2005), la excelente fotografía del suizo Hoyte Van Hoytema, la increíble banda sonora de Ludwig Göransson y un reparto en estado de gracia encabezado por Cillian Murphy, uno de los actores fetiches de Nolan que, en el papel protagonista, hace uno de sus mejores trabajos. Imborrable la pequeña pero esencial escena en la que Oppenheimer y Einstein intercambian unas palabras. La expresión del viejo científico ante lo que le revela el primero, su mutismo al cruzarse con Lewis Strauss (al que da vida Robert Downing jr.) resume a la perfección lo que significaba el resultado del descubrimiento al que acababa de llegarse.

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Como igual de simple pero también inolvidable es la secuencia con la que finaliza Los Febelman (The Febelmans, 2022), la última película de Steven Spielberg. Un bellísimo homenaje al cine clásico, un tributo al maestro John Ford al que, curiosamente, da vida otro director de culto: David Lynch. Pocas veces, con tan poco, se ha hecho una declaración de amor al cine con tanta carga emocional.

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Vuelvo a ver Atlantic City (1980), de Louis Malle. Lo hago por el simple placer de volver a regodearme en la insuperable interpretación de un Burt Lancaster ya viejo y cansado. Pero que da una lección magistral. Lancaster es en este film un matón de pequeña monta que se construye toda una fantasía para hacerse pasar por uno de los gánsteres más importantes de su época. Nos habla de las miserias humanas y de la redención. Pero también, de nuevo, del paso de los años y de la vejez.

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Y también rescato otro clásico de Elia Kazan: Baby doll (1956), con los excelentes Karl Malden, Eli Wallach y Carroll Baker. Basada en una obra de Tennessee Williams, la historia transmite una tristeza y una soledad desasosegante. Y, como ocurre en otras obras teatrales de Williams, el personaje femenino está lleno de contradicciones, resulta a veces irritante y desquiciado, pero siempre despierta nuestra ternura ante tanto sinsabor como el que padece.

Sigo escribiendo, embarcado en una nueva novela que avanza y que crece. Lleno páginas que no sé si acabarán siendo definitivas o no. Eso nunca se sabe hasta que tienes la historia completa y comienzas a retocar, a pulir y a podar. Incluso el final al que me lleva su trama es probable que no sea el mismo que ahora intuyo. El tiempo lo dirá.

Sergio Barce, 6 de agosto de 2023

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FRAGMENTO DE «ZOCO CHICO», DE MOHAMED CHUKRI

“Me compro un reloj. A veces, mi cuerpo parece nuevo, como este reloj. He tardado veinte minutos desde el Zoco Chico hasta el bulevar Mohamed V. Una mujer bajita y embarazada me adelanta apresuradamente. Luego, un hombre y una mujer, que caminan también deprisa y hablando muy alto. Él es barrigudo y ella culona. Un anciano me tiende la mano derecha:

-¡Una limosna por Dios, hijo!

Le doy una moneda. En la mano izquierda sostiene un pañuelo rojo moteado de blanco y negro. Tiene los ojos enrojecidos y enfermos. La enfermedad de sus ojos se refleja en los míos. Unas punzadas y lágrimas me turban la vista. Preferiría morir antes que acabar como este viejo. Dos hombres, uno vestido con chilaba y el otro con camisa y pantalón, caminan muy juntos, cogidos de la mano. ¿Será por solidaridad? ¿Por confraternidad religiosa? ¿O son unos campesinos que temen extraviarse en la ciudad? ¡Quién sabe! Dos jóvenes se besan. Caminan con pasos inciertos. Ella lo abraza, se recuesta en su hombro, lo acaricia con las manos. No existen más que ellos dos. Llaman la atención de la gente. A ratos, se paran y se abrazan. Sonríen. La chica parece más convencida, más apasionada.

Han pasado diez minutos desde que llegué al Bulevar. Contengo la respiración para sentir la asfixia del tiempo. Mi tórax es como el parche de un tambor, con la piel tensada mientras pasan los segundos y se pierden, como esas partículas de polvo flotando en los rayos de luz que penetran en una habitación sombría a través de algún resquicio. Es imposible atrapar y detener el tiempo, como si fuera un juego de niños, del mismo modo que el hombre retiene sus excrementos o el ruido de sus tripas. El tiempo existe. Me atraviesa, y absorbe mi cuerpo, lleno de órganos cuyas inmundicias me repugnan, cuyas formas me intimidan. Sienta o no el tiempo, ello no influye en su transcurrir. No recuerdo cuándo empecé a pensar en el tiempo por primera vez. Cierto día oí a dos hermanos, uno de tres años y el otro de cinco, hablar entre ellos. El menor preguntó:

-¿Cuándo iremos a Tánger?

Su hermano le contestó:

-Cuando durmamos y nos despertemos. Durmamos y nos despertemos. Luego, iremos a Tánger.

Quizá yo también de niño entendía el tiempo de esa manera. Tengo un recuerdo nítido de ello.

Con miedo, pregunté en la oscuridad:

-Madre, ¿cuándo callarán esos gritos y ladridos?

-Duerme, y desaparecerán los gritos y los ladridos. Duérmete. No tengas miedo, estamos contigo.

Entendí de las palabras de mi madre que el sueño mata el miedo. El miedo existe si se piensa en él. La voz de mi madre bastó para defenderme de los gritos y de lo ladridos en la noche, y hasta los hizo callar…”

Magnífico fragmento perteneciente al libro Zoco Chico (Editorial Cabaret Voltaire, edición de 2016) del gran Mohamed Chukri, con traducción del árabe de Karima Hajjaj y Malika Embarek López.

Sergio Barce, 27 de noviembre de 2022

 

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FASCINANTE CHUKRI

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Me fascina Mohamed Chukri. No es una novedad que lo diga ahora. He escrito tanto de él que quien me siga sabe que es uno de los autores que más me han influido (junto a Bukowski, Ford, Cortázar, Coetzee, Bowles o Lorca y tantos otros). Siempre es sano y recomendable volver a las fuentes de la transgresión, abrir las páginas de textos políticamente incorrectos y respirar aire libre. Falta nos hace con la permanente amenaza que nos acecha ante cualquier avance y conquista en las libertades civiles. Y, además, ahora que está a punto de salir a la luz el libro Mohamed Chukri, de mi amiga Rocío Rojas-Marcos, he pensado que es un excelente momento para releer alguna de sus novelas.

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El siguiente fragmento pertenece al que, según mi modesta opinión, es la obra mejor acabada del gran Chukri: Tiempo de errores (Zaman al-ajta). He tomado el texto de la edición publicada por Debate, de 1995, con traducción del árabe de Karima Hajjaj y Malika Embarek. En el año 2013 se reeditó este mismo título por Cabaret Voltaire.

La recomiendo fervorosamente.

Sergio Barce, junio 2021

“…Durante las vacaciones escolares de marzo, Buzián está más triste que nunca. Sigue yendo a Tetuán los mismos días, y, como de costumbre, toma su desayuno en el café de siempre y vuelve a la misma hora. La joven de la que está enamorado no aparece, pero él la sigue buscando con la mirada. Lo llevo a la casa de citas de Barguta. Hay tres putas. Le dejo elegir. Yo entro con la bizca y evoco con ella algunos de mis recuerdos en los barrios de Tetuán. En el Dean´s Bar le pregunto a Buzián qué tal le fue con la chica. <Es simpática, pero no me acosté con ella; me amargó contándome la historia de su vida. Tiene que mantener a su madre y a una hija de un año.>

Yo también odio a ese tipo de prostitutas que sueltan sus desgracias en la cama. Son la impotencia personificada.

Butami es el amante fiel de Sarah desde hace años, pero no es el único. Su avidez sexual atrae a todos los jóvenes folladores de la ciudad y de otros lugares. A algunos les empuja su pobreza y frustración; y a otros les atrae el mero hecho de ser extranjera, aunque sea vieja, como Sarah.

Hoy le toca el turno a su doncel preferido, que viene de Chauen. Es más joven que su hijo Carlos, de treinta años. Butami suele pasar con ella la noche del sábado y puede que su velada dure hasta la noche del domingo. Los demás días son para su esposa y sus tres hijas, pero hoy es lunes. Quizá alguien le ha indicado la presencia de ese ingenuo y ha venido a husmear a su rival.

Sarah está seductora y perfumada. El joven cena con nosotros. Come con voracidad. No bebe ni fuma. Para alimentarlo, y mostrarse generosa con él ante nosotros, cada vez que viene, nuestra cena se convierte en un banquete, con copiosa comida y bebida. ¡Ella sabrá amortizar este derroche! Me han contado que muchas veces la han visto comprar carne de burro o de caballo. Puede que sea verdad, porque el trozo de carne parece, a veces, de goma. Prefiero no creerlo. Esta pensión es de las más baratas del zoco Chico. Butami sube con Sarah a una de las habitaciones vacías. Escuchamos voces e insultos. Butami pasa ante la puerta del comedor, enfadado, lanzando una mirada de desprecio al joven. Sarah entra en la habitación de su madre. Aparece con unas gafas oscuras para disimular el puñetazo que le acaba de dar el gorila. Es terca, decidida y fuerte, no se siente vencida. ¡Como si no hubiese ocurrido nada! Ella es dueña de su libertad y de sus deseos. ¡Sabe lo que quiere! ¡Que se peleen, que se vayan, ya volverán! ¡Es dueña de sí misma! ¡Sarah es la reina de la buena vida, de la alegría y de la jodienda!”

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MARRUECOS Y CINCO NOVELAS IMPRESCINDIBLES

   Hoy me voy a limitar a recomendar cinco libros de obligada lectura, todos ellos relacionados con Marruecos, todos escritos por autores de origen marroquí. Novelas excepcionales, devastadoras y de gran calidad estilística y narrativa. Obras que no son nada complacientes.

Junto a cada título, os dejo el enlace de la reseña que les hice en su momento a cada uno de estos títulos.

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Tiempo de errores (Zaman al-ajta) de Mohamed Chukri. Editada por Cabaret Voltaire, con traducción del árabe de Karima Hajjaj y Malika Embarek.

https://sergiobarce.blog/2011/03/08/otros-libros-otros-autores-tiempo-de-errores-zaman-al-akhtaa-1992-de-mohamed-chukri/

https://sergiobarce.blog/2010/12/21/larache-visto-por-mohamed-chukri-en-tiempo-de-errores/

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El pasado simple (Le passé simple) de Dris Chraibi. Publicada por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, con traducción del francés de Leonor Merino e Inmaculada Jiménez Morell.

https://sergiobarce.blog/2019/05/21/el-pasado-simple-le-passe-simple-1954-una-novela-de-dris-chraibi/

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Sufrían por la luz (Cette aveuglante absence de lumiére), de Tahar Ben Jelloun. Editada por RBA, con traducción del francés de Manuel Serrat Crespo.

https://sergiobarce.blog/tag/sufrian-por-la-luz/

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El último patriarca (L´ultim patriarca) de Najat el Hachmi. Publicado por Planeta, con traducción del catalán por Rosa María Pratts.

https://sergiobarce.blog/2015/08/24/el-ultimo-patriarca-lultim-patriarca-2008-una-novela-de-najat-el-hachmi/

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Los caballos de Dios (Les Étoiles de Sidi Moumen) de Mahi Binebine. Editado por Alfaguara, con traducción del francés de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego.

https://sergiobarce.blog/2016/06/13/los-caballos-de-dios-les-etoiles-de-sidi-moumen-una-novela-de-mahi-binebine/

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LA SEDUCCIÓN DEL MIRLO BLANCO (Gawayat a-sbubrur al-abyad: nusus tacbribati maa al-qiraa wa al-kitaba, 1997) de MOHAMED CHUKRI

LA SEDUCCION DEL MIRLO BLANCO portada

Acostumbrado a los relatos y novelas de Chukri, o a sus libros dedicados a Jean Genet y a Paul Bowles, a su narrativa corrosiva y nerviosa, embarcarse en la lectura de La seducción del mirlo blanco (Gawayat a-sbubrur al-abyad: nusus tacbribati maa al-qiraa wa al-kitaba, 1997) supone un ejercicio diametralmente diferente. Se trata de un ensayo sobre la literatura, sobre el arte de escribir y narrar y sobre el oficio de escritor. Y todo desde el punto de vista de Chukri, lo que quiere decir que hay partes muy sustanciosas y otras en las que sus pensamientos divagan sin un orden concreto, el orden de su cabeza hiperactiva.

“…Hay ideas que escapan de las palabras y palabras que se derrumban antes de recibir el impacto de los pensamientos que las llenan de contenido. Situaciones y actos que desaparecen antes de que podamos apresarlos e incluirlos en la redoma de las esencias de las palabras…”

Lo que más sorprende del libro de Mohamed Chukri es que, siendo un analfabeto que aprendió a leer con veinte años ya cumplidos, y comenzó a estudiar en Larache poco después para sacarse la primaria, su conocimiento de la literatura universal y de los autores y sus obras es profundo y diverso, y eso es admirable. Se sumerge en este ensayo en obras como El extranjero, de Albert Camus, haciendo un estudio comparativo de las motivaciones del protagonista de su propio relato Violencia en la playa con el Meursault de Camus; entra en Crimen y castigo, de Dostoiewski; y enlaza obras de Sartre, Shakespeare, Naguib Mahfuz, Cervantes, Beaudelaire y André Gide para hablarnos del compromiso de la literatura con los más débiles, y del fracaso y de la supervivencia del escritor. Y no disimula su admiración por la narrativa de otro autor marroquí: Mohamed Zafzaf. Es sin duda, un análisis que puede resultar a veces un tanto disperso, pero ahí está el trazo nervioso y febril de Chukri deseoso de saltar de una idea a otra.

“…El mundo se nos escapa constantemente, y el arte intenta apresar esa huida. Cuando, por medio de la creación, recuperamos ese mundo esquivo, no lo convertimos en una imagen enmarcada que nos quedamos a modo de recuerdo. Su materia se modifica como cualquier metal que se funde para darle una nueva forma, más adaptada a nuestra época presente y futura. Este Zoco Chico, esas gentes que están ahora en la plaza, activas algunas de ellas como hormigas, otras quietas como tortugas inmóviles hasta que las presas estén a su alcance, y todas las cosas que nos rodean… pertenecen a nuestro mundo, que no es lo que era y deviene en lo que no es. Por lo tanto, nuestro mundo es lo que escapó, escapa y escapará de nosotros. Allí hay un joven ante mí, relajado, fumando y soñando, y de pronto ha entrado una muchacha bonita. Se mueve, se activa, él sonríe, ella sonríe, él le ofrece una silla, aparta a un lado sus libros y papeles, ella acepta el interés que le demuestra, él tira su colilla, ya no sueña, llama dos veces al camarero, está ahora ante un proyecto… quizá alcance con ella parte de su sueño, su sueño total o nada en absoluto.”

Las páginas que dedica a la literatura y autores árabes en general (Mahfuz, Darwix, Ahmad Shawqi, Al-Rafii, Quddus, Kamel Mahdi… ) es profusa, y no escatima sus dardos y su intento por torcer el brazo a un tipo de literatura anclada en el pasado y que necesita un revulsivo, porque Chukri siempre es revolucionario. Confieso que esta parte del libro me ha resultado más complicada porque gran parte de estos autores no están traducidos al castellano, y por tanto desconozco sus obras. Pero sí que llama poderosamente la atención su crítica feroz, la más dura de su libro, al escritor marroquí Tahar Ben Jelloun, al que acusa directamente de mercenario de las letras, dentro de ese grupo de autores que escriben por encargo sea lo que sea, y que describe con estas perlas: “…El ejemplo arquetípico de lo anterior (artistas que crean por encargo), que en el fondo y solo exagerando puede calificarse de literatura, es la escritura de Tahar Ben Jelloun: a la carta”. Y añade: “…Este tipo de literatura que escriben Tahar Ben Jelloun y otros como él llega a ser propio de guardería infantil. Es una escritura que juega con los sentimientos de los lectores más pobres intelectualmente…”. En fin, subyace en su manera de hablar de este autor un rencor, un desaire, un enfrentamiento personal evidente.

Obra por tanto fuera del marco narrativo habitual de Chukri para sumergirse en sus pensamientos teóricos sobre literatura, política y filosofía, y su concepción del oficio de escritor.

La cuidada traducción de este ensayo es obra de mi admirada Malika Embarek López y de Ana María Debbane Sabbagh.

La seducción del mirlo blanco (Gawayat a-sbubrur al-abyad: nusus tacbribati maa al-qiraa wa al-kitaba, 1997) acaba de ser publicada por Cabaret Voltaire en una elegante edición, como es habitual en esta editorial.

Sergio Barce, mayo 2020

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