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IRENE PAPAS, GODARD Y LOS OTROS

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Seguimos perdiendo iconos y nombres muy ligados a nuestro pasado (hablo de quienes ya peinamos canas). De Jean-Luc Godard diré que he visto muchas de sus películas en el cine-club universitario, cuando nos parecía deslumbrante, pero, una vez que pasó la época del «despertar», yo, que me considero un loco del cine, he de confesar que Godard no me gusta. Me aburre sobremanera. Aunque salvo tres o cuatro de sus películas, en especial Al final de la escapada (À bout de souffle, 1960) por muchas razones: porque cuando la vi por primera vez me pareció fresca y luminosa, porque está Belmondo, porque era muy original cómo movía la cámara, porque me enamoré de Jean Seberg. Pero aparte de esos tres o cuatro títulos, su filmografía me es pedante y densa. Sin embargo, para mí es un director icónico por dos razones principales: porque es quizá uno de los directores más imitados, al que se le «fusilan» y «copian» escenas míticas de sus films (en los anuncios de Martini, en films de Bertolucci, en el cine americano…) y, sobre todo, porque dirigió a las actrices más sugerentes y eso hay que agradecérselo: Brigitte Bardot, Anna Karina, Marléne Jobert, Jane Fonda, Mireille Darc, Isabelle Huppert, Nathalie Baye, Maruschka Detmers, Hanna Shygulla, Juliet Binoche, Myriem Roussel, Julie Delpy o la mencionada Jean Seberg. Como le ocurrió a mi amigo Jesús Ortega, cuando en el año 85 fui al estreno de Yo te saludo, María (Je vou salue, Marie) prometí no volver a ver más cine de Godard. Y, sin embargo, lo admiro.

Con Irene Papas ocurre algo muy distinto. Es de esas actrices que uno asocia de inmediato a un título: Zorba, el griego (Alexis Zorbas, 1964), a su imagen triste y oscura, acosada por Anthony Quinn que se ha obsesionado con seducir a la viuda que ella interpreta. Y ahí se quedó, como esa mujer que irradiaba una sexualidad latente y reprimida por un pueblo antiguo y frustrante. Pero Irene Papas es mucho más que eso, y también la recuerdo en los films de Costa-Gavras, Lee Thompson y Cacoyannis o sus numerosos papeles dando la réplica a su amigo Anthony Quinn (no sé cuántos films rodaron juntos, pero más de media docena, seguro). Y sus cejas y sus ojos, que parecen creados para lucir en una pantalla grande. Era una mujer bellísima y una excelente actriz.

¿Y quiénes son los otros que menciono en el título de este post? Pues los supervivientes, esos actores que ya han sobrepasdo los noventa años de edad y que se acercan al final de sus vidas. Cada vez que desaparece uno de estos iconos del cine la lista se hace más corta. Sobreviven nombres míticos del cine, pero ya una minoría: Clint Eastwood, Eva Marie Saint, Angela Lansbury, Dick Van Dyke, Mel Brooks, Gina Lollogrigida, Vera Miles, Gene Hackman, Joanne Woodward, Philippe Leroy, Angie Dickinson, Claire Bloom, Leslie Caron, Héctor Alterio, Robert Duvall o Anouk Aimée. A la zaga, ya a las puertas de cumplir noventa, se acercan Michael Caine, Kim Novak, Shirley MacLaine o Brigitte Bardot. Se ve claramente que de los más grandes quedan muy, muy pocos. 

Sergio Barce, 15 de septiembre de 2022 

 

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FOTOS DE CINE – 27

En la foto: Faye Dunaway, Jack Nicholson y Roman Polanski, en un descanso durante el rodaje de la mítica película Chinatown (1974).

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Cuenta Peter Biskind en su libro Moteros tranquilos, toros salvajes (Easy riders, raging Bulls, 1998) acerca de lo que acontecía en el set:

“El rodaje de Chinatown comenzó en otoño de 1973. La relación entre Polanski y Town se había deteriorado hasta tal punto que el guionista sabía que no era bien venido en el plató. Veía los copiones por la noche con Evans, en la sala de proyecciones de éste, después de que Evans los viese con Polanski. El primer día, Evans se hizo llevar en coche hasta el lugar del rodaje -un naranjal-, tumbado de espaldas en una furgoneta familiar. Polanski, estresado y sintiéndose enfermo, iba echado a su lado. Cuando llegaron al plató, Nicholson y Dick Sylbert los esperaban apoyados en un árbol. Polanski bajó del coche, se les acercó y vomitó. >Así empezó nuestra película>, dice Sylbert. <A partir de ese momento, no hicimos más que ir cuesta abajo>.

Los actores estaban habituados a la <suave> escuela de directores americana, es decir, a un trabajo de equipo con mucho cariño y atenciones del director. Ése no era el estilo de Polanski. <Roman, con los actores, se comporta como Napoleón: <<Harán lo que yo les diga>>, cuenta Evans. <Solía decir: <<En Polonia, nadie se metía en mis películas, joder>>. Era un dictador, lo controlaba todo, y le dio a Nicholson tantas indicaciones de diálogo que Anthea Sylbert, la diseñadora de vestuario, llegó a creer que Jack terminaría hablando con acento polaco.

Pero Nicholson y Polanski eran buenos amigos, y Jack más bien se divertía con las excentricidades de Roman. Dice Anthea: <Jack siempre se divertía>. Por el contrario, Dunaway no le encontraba maldita la gracia a nada. En el papel de Evelyn Mulwray, se consideraba una <estrella>, y no hizo nada para congraciarse con el director ni con el equipo. Los actores tenían unos camerinos pequeños en el plató, y también caravanas. Según diversas fuentes, Dunaway tenía la costumbre de hacer pis en las papeleras para no tener que tomarse la molestia de ir caminando hasta su caravana. (Preguntada por sus hábitos urinarios, Dunaway dijo que <no recordaba> haberse comportado así.) Sin embargo, cuando usaba el servicio en su Winnebago, no se dignaba tirar de la cadena, y llamaba a un chófer para que lo hiciera por ella. Resultado: varios chóferes dejaron el trabajo…”

Moteros tranquilos, toros salvajes (Easy riders, raging Bulls, 1998), de Peter Biskind, está publicado por Editorial Anagrama. Con traducción de Daniel Najmías.

Sergio Barce, junio 2022

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 7 – RAY, VIGGO, MADS Y PEPE, CUATRO ACTORES DE CINE

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GOODFELLAS: RAY LIOTTA junto a Robert de Niro, Paul Sorvino y Joe Pesci

Hoy ha muerto Ray Liotta, mientras dormía. Para quienes amamos el cine, su papel icónico en Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) de Martin Scorsese es inolvidable. Un gángster que se iba acelerando al ritmo frenético de la cinta, un tipo que, desde lo más bajo, llega a lo más alto para luego caer en picado. Un retrato de la mafia que es ya una obra de referencia. El problema de Liotta es que, junto a excelentes películas, rodaba verdaderas bazofias, y eso, al final, hace que su carrera se resienta y de que su nombre no ocupe el lugar que pudo haber alcanzado.

Le ocurría lo contrario de lo que han sabido hacer Mads Mikkelsen y Viggo Mortensen, que ayer aparecían juntos en el Festival de Cannes. Estos dos tipos, por el contrario, se han ido labrando una carrera impecable, cada vez más interesante. Mikkelsen, con inteligencia, tras despuntar en el cine danés, del que es el actor más sobresaliente, saltó al mercado internacional gracias a su papel del malvado Le Chiffre en Casino Royale (2006), uno de los mejores films de la saga Bond. A partir de ahí, Mads Mikkelsen ha interpretado buenos films en todos los países, pero nunca ha dejado de recalar en el cine de su país y ha seguido rodando con los mismos directores con los que comenzó, y eso se nota en los resultados que han dado paso a algunas obras maestras. Citaré solo dos: La caza (Jagten, 2012) y Otra ronda (Druk, 2020), ambas del gran Thomas Vinterberg. Luego están sus films dirigidos por Anders Thomas Jensen, que tanto me divierten, siendo además estupendas cintas.

Por su parte, Viggo Mortensen comenzó haciendo un cine ramplón, comercial, bastante malo, pero, poco a poco, tras muchos años de dificultades, fue girando hasta ser el impulsor de algunos proyectos fascinantes, como la maravillosa cinta Lejos de los hombres (Loin des hommes, 2014), de David Oelhoffen, una de mis películas de cabecera; la también sorprendente Captain Fantastic (2016) de Matt Ross o su excepcional interpretación en Green book (2018) de Peter Farrelly. También ha contribuido a esta escalada sus habituales colaboraciones con David Cronenberg, estando sobresaliente en Una historia de violencia (A history of violence, 2005).

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VIGGO MORTENSEN Y MADS MIKKELSEN en el Festival de Cannes 2022

Como decía antes, Ray Liotta, sin embargo, se embarcaba en proyectos que ni llegaban a las salas o directamente se editaban en vídeo, junto a cintas algo más interesantes como las rodadas para Guy Ritchie o Jonathan Demme. Todo un caos.

Ayer revisaba una vez más El cochecito (1960) de Marco Ferreri, ese extraordinario film que interpreta ese irrepetible actor que fue Pepe Isbert. Era una de las películas favoritas de mi madre. El guion de Rafael Azcona es un artefacto con muy mala leche. Su humor negro empapa cada escena y su final es tan seco y sorprendente que, aún hoy día, más de sesenta años después, sigue siendo de una crudeza áspera y temible. No le gustó nada esta cinta a la dictadura franquista y, claro, la censuraron.

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PEPE ISBERT en El cochecito

A Pepe Isbert también le ocurrió un poco como a Liotta, que hubo de trabajar en películas mediocres o directamente deleznables, pero la diferencia es que Isbert lo tenía que hacer para sobrevivir (como le ocurrió luego a Fernando Fernán Gómez y a tantos otros artistas españoles) y Liotta supongo que las rodaba porque le daba igual.

Ray, Viggo, Mads y Pepe. Cine.

Sergio Barce, 26 de mayo de 2022

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ADIÓS, JACQUES – ADIÓS, TOTÓ

Ha fallecido el actor francés Jacques Perrin, que tantos buenos papeles nos regaló a lo largo de su carrera, en especial en los años 60 y 70. Pero también ha muerto Totó, el personaje que protagonizó en Cinema Paradiso, ese niño que amaba el cine y que, al hacerse adulto (y ahí aparecía Jacques dándole vida), regresaba a su pueblo tras la muerte del proyeccionista del cine Paradiso, Alfredo (al que interpretó magistralmente Philippe Noiret, que también nos dejó hace unos años).

Para mí, Jacques siempre será Totó, ese hombre que tras asistir al sepelio de Alfredo, por sorpresa, recibía como herencia las cintas censuradas que Alfredo había ido guardando celosamente para él. Luego, cuando regresa a la gran ciudad, se hace proyectar esos fotogramas que fueron en su día mutilados, pero ahora montados uno tras otro.

Esa es la escena que, aunque vuelva a verla una y otra vez, siempre me hace llorar.

Adiós, Jacques. Adiós, Totó. Gracias por haber interpretado con tanta sensibilidad la más bella escena de homenaje al cine.

Sergio Barce, 22 de abril de 2022

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HABLANDO / ESCRIBIENDO DE CINE

Hablar (mejor sería decir escribir) de cine para desconectar por un momento. Escapar del ruido que nos aturde estos días, estos meses, que ya son años interminables. Buscar asilo en la fantasía de las imágenes en movimiento.

Para eso, podría dedicarme a loar alguna de mis películas favoritas o recuperar alguna figura olvidada, pero prefiero ahora repasar los últimos títulos que he visto (obviando, por supuesto, las que no merezcan ser citadas) y que recomendaría a cualquiera.

Vuelvo a ver algunos que merecen ser revisitados. Ese placer íntimo por descubrir los detalles que no se apreciaron en anteriores proyecciones, relamerse con esas escenas que son nuestras favoritas, que nos conmovieron o nos excitaron en su momento. Mucho cine clásico, por supuesto, aunque lo de clásico ya es una etiqueta tan manoseada que no sé muy bien si abarca una época determinada o se va extiendo en el tiempo a medida que cumplimos años. Supongo que es lo segundo.

Pues, de ese cine “clásico”, por una u otra razón, he visto una vez más esa hermosa pero perturbadora cinta que es El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, 1947) de Edmund Goulding, con un ambiguo Tyrone Power como protagonista, que nos adentra en ese circo envuelto en una especie de irrealidad, lleno de oscuros rincones y secretos inconfesables, un inclemente retrato del alma humana en descomposición.

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También esa cinta de Wim Wenders, tan fascinante como magnética, que ya descubriera en su momento en un cine club, El cielo sobre Berlín (Der Himmel über Berlin, 1987), que te deja suspendido en el aire igual que sus ángeles protagonistas. Y, junto a ésta, otras obras maestras que se resisten al paso del tiempo, más aún, creo que siguen siendo muy actuales tanto en los temas que abordan como en sus producciones artísticas. Hablo en concreto de El gran carnaval (Ace in the hole, 1951) de Billy Wilder, film descarnado que muestra a una sociedad ávida de noticias trágicas y de la ambición desmedida por la fama y el dinero (¿algo ha cambiado desde ese lejano 1951 al actual 2022? Rotundamente no), con un Kirk Douglas inconmensurable; y hablo de La semilla del diablo (Rosemary´s baby) de Roman Polanski, tan inquietante como entonces, llena de matices y de un ambiente insano que pocos realizadores han logrado como el polaco.

Me refugié en las imágenes de París, Texas (1984), de nuevo de Wenders, que se acompaña de la música de Ry Cooder, para deleitarme otra vez con la interpretación de Harry Dean Stanton; e hice lo mismo con La última sesión (The past picture show, 1971) de Peter Bogdanovich, para homenajearlo tras su muerte, deliciosa cinta llena de una ternura y pesimismo, pero que no deja de conmover.  

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Otra película por la que no pasa el tiempo es El hombre de Alcatraz (Birdman of Alcatraz) de John Frankenheimer, con un inolvidable Burt Lancaster. Magnífico retrato del efecto negativo del sistema penitenciario americano de la época que, me temo, podría rodarse en nuestros días. Y una cinta fresca y diferente, por su manera de estar rodada, por su ritmo, por su vitalidad, y que es otro clásico de los sesenta: Amores con un extraño (Love with the proper stranger, 1963) de Robert Mulligan. Pasados los años, me doy cuenta de que Natalie Wood era una actriz soberbia, como lo fue Anne Bancroft, de la que también he vuelto a ver Siempre estoy sola (The pumpkin eater, 1964) de Jack Clayton, film en el que la Bancroft muestra una vulnerabilidad pocas veces retratada en el cine.

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Los juicios de Oscar Wilde (The trials of Oscar Wilde, 1960) de Ken Hughes, es otra de esas cintas que merecen la pena ser recuperadas, por la interpretación de Peter Finch y por recordar el calvario por el que hubo de pasar un genio como Oscar Wilde por culpa de la mentalidad puritana y castrante de la época que le tocó vivir.

He de decir que las películas de esos años son más libres que muchas de las que se ruedan en la actualidad, pero también ocurre que, a veces, hay detalles, situaciones o diálogos que ahora nos chocan, cuando antes pasaban desapercibidas. Me ocurrió hace unos días viendo de nuevo La última noche de Boris Grushenko (Love and death) de Woody Allen, película con la que me reí en su momento y con la que he vuelto a desternillarme ahora. Woody es Woody, y, como decía, sí hay algún que otro chiste que, me temo, hoy no pasaría la censura de la sociedad represora y políticamente correcta en la que vivimos.

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Me zampé en una sentada de fin de semana la trilogía de El padrino (The Godfather I, II y III, 1972-1974 y 1990) de Francis Ford Coppola. La enésima vez que lo hago (cosa de frikis), la enésima vez que las disfruto, en especial las dos primeras partes, imperecederas.

Junto a los clásicos, he visto cine más reciente o que no había tenido la oportunidad de hacerlo, y que he de mencionar. Antes de que se iniciara esta ruin guerra de Putin, visioné Masacre: ven y mira (Idi I smotri, 1985) película rusa de Elen Klimov, que muestra la dureza y la crueldad de la guerra, y que, irónicamente, ahora vuelve a reproducirse muy cerca de donde se desarrolla esta historia desoladora. Una denuncia del dolor que causa una guerra rodada por un ruso. Ya digo, no deja de ser irónico en estas fechas.

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Otras cintas más recientes y muy recomendables son Sidney (Hard Eight, Sidney, 1996) de Paul Thomas Anderson,  El poder del perro (The power of the dog, 2021) de Jane Campion, Jinetes de la justicia (Reftaerdighedens ryttere, 2020) de Anders Thomas Jensen, la impresionante y dura cinta islandesa Déjame caer (Lof mér aô falla, 2018) de Baldvin Zophoniasson; Hierve (Boiling point, 2021) de Philip Barantini, esta última ya merece la pena solo por ver actuar a Stephen Graham. Otra buena cinta es una pequeña producción titulada Wind river (2017) de Taylor Sheridan. Grata sorpresa.

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Pero hay dos cintas que me han impresionado. La primera ha sido Fue la mano de Dios (È stata la mano di Dio, 2021) de Paolo Sorretino, película maravillosa, preciosista, humana y, como es habitual en Sorrentino, casi genial. De esas historias con las que uno se reconcilia con el mundo, con las que es fácil enamorarse del cine. Espero que se lleve el Óscar a la mejor cinta en lengua no inglesa de este año.

La segunda es Redención (Tyrannosaur, 2011) de Paddy Considine. Un film sin concesiones ni medias tintas sobre el maltrato a la mujer. Te corta el aliento. Sus intérpretes, claro, hacen que la cinta sea aún mejor, porque Olivia Colman, esa actriz que se come la pantalla en cuanto aparece, y Peter Mullan lo bordan.

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De las cintas españolas, destaco El olvido que seremos (2021) de Fernando Trueba, que llega a lo más hondo del alma, y en la que Javier Cámara, ese actor total, realiza un trabajo para quitarse el sombrero. Me emocionó. Lo contrario que Madres paralelas (2021) de Pedro Almodóvar. Yo soy de los que defienden el cine de Almodóvar, pero últimamente es muy inconstante, y en esta cinta el guion se resiente, me ha parecido fallida y, aunque esperaba más de esa parte que dedica a la memoria histórica, se queda en agua de borrajas, y no hay una conexión sólida entre las historias de las madres y ese drama, que acaban descolgándose una de otra. Pero me gustó mucho el trabajo de Aitana Sánchez-Gijón.

Las leyes de la frontera (2021) de Daniel Monzón, por contra, me sorprendió agradablemente. La novela de Javier Cercas me gustó y dudaba que se hubiera adaptado con solidez, pero sí, Monzón ha logrado rodar una buena cinta. Destacaría a la actriz Begoña Vargas y un banda sonora muy bien elegida con temas de los Chunguitos, Las Grecas y demás, que ayuda a transportarnos a aquella España del Torete y el Vaquilla en la que se desarrolla la trama.

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Al igual que El buen patrón (2021), otra excelente película dirigida por Fernando León de Aranoa, con un excepcional Javier Bardem, actorazo donde los haya. Muy recomendable.

Para terminar esta crónica, mencionaré alguna serie de TV. Para pasar buenos momentos, relajarse y dejarse llevar, historias sin grandes pretensiones pero que te hacen esbozar una sonrisa o te llegan a emocionar, mencionaría Us (2020) de Geoffrey Sax, y la serie escrita, dirigida e interpretada por Ricky Gervais: After life. Las dos contienen las dosis justas de drama, melodrama, comedia y mala leche para que cada capítulo invite a ver el siguiente.

Sergio Barce, marzo 2022.

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