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“EL PRIMER BESO”, UN RELATO DE MOHAMED LAHCHIRI

No hay  nada tan emocionante y a la vez candoroso como los relatos de nuestra niñez o de nuestra juventud, cuando recordamos aquellos detalles que nos marcaron de alguna manera: el primer viaje, los primeros amigos, el primer amor.

A mi amigo, el escritor Mohamed Lahchiri, del que he hablado en varias ocasiones, a quien siempre pongo de ejemplo como uno de los mejores narradores marroquíes en lengua española, le pedí hace días que me enviara un cuento, porque hacía ya mucho que no ponía nada escrito por él, y me ha remitido “su” primer beso, que forma parte de su magnífico libro de relatos Pedacitos entrañables.

MOHAMED LAHCHIRI

MOHAMED LAHCHIRI

“El primer beso” tiene mucho de su estilo, el estilo lahchiriano: frases breves y dilapidarias, detalles a fogonazos, descripciones directas, y un característico fino humor, lleno de ironía. Además de ser un buen relato, es además el retrato de una época, de una determinada manera de ver la vida, de descubrir el deseo y el amor, y, por supuesto, contiene ese aroma a añoranza por aquel barrio del Príncipe Alfonso, el de la Ceuta natal de Lahchiri, que tanto le ha ayudado a construir sus preciosos pedacitos entrañables, como lo es este primer beso.

Siempre es un lujo hablar de Mohamed Lahchiri, y también lo es compartir con él una bebida fresca acompañada con sardinas asadas en el marsa de Larache, que espero que repitamos muy pronto.

Sergio Barce, junio 2014 

El primer beso

Aquella tarde de ligera lluvia y la chica con chilaba azul todavía las tengo aquí, en esta gran cabeza que tengo, “gran” en el sentido propio, no en el figurado. Chilaba azul y pelo largo en una trenza. En pleno infierno de la adolescencia. Nos encontramos para ir al cine. Era mi novia. Me acuerdo que esa tarde tenía la intención de besarla. Nunca lo había hecho antes. Era emocionante pero era como una carga para mis tímidos años adolescentes. Sentía sobre mis espaldas el deber de besarla. Ir al cine con una chica y no besarla, iqué vergüenza!, decían los chicos mayores, los que sabían más que nosotros, los que lo sabían todo… No sé si nos encontramos en nuestro barrio -El Príncipe Alfonso- y bajamos juntos al centro, a Ceuta, o bajó cada uno por su lado, para evitar los problemas del “nos pueden ver”. Estamos en los años 60… Me acuerdo de nosotros dos en el cine África, allá arriba. No recuerdo qué película era. Ya el cine estaba dejando de ser la cosa más importante del mundo… La sala estaba casi vacía. Nos sentamos.

Cine Africa de Ceuta

Yo hablaba probablemente de mis estudios en Tetuán. Pero el pensamiento de que tenía que besarla estaba ahí, tan insistente como un dolor. Jamás había besado a una chica antes. Al apagarse las luces tenía que encontrar una manera elegante de… Puse mi brazo sobre el respaldo de su asiento, esforzándome para que la cosa pareciera la más natural del mundo, me acuerdo perfectamente. Olía a buen jabón. Su pelo a alheña. De pronto, se apagaron las luces y al mismo tiempo vimos entrar a una pareja, que se plantó precisamente detrás de nosotros. Eran moritos nuestros del Príncipe. Y se pusieron a hablar. Todavía me acuerdo de la chica. La conocía. Ahora ya no la veo. A un hermano suyo sí. Cómo podía un tímido como yo, que nunca había besado, acercarse a su novia, con la respiración de esos dos pegotes azotándole el cogote. Llegué a rodear su cuello con el brazo y a acariciarle la mejilla derecha. Me acuerdo del calor de sus mejillas. Me sentía capaz de besarla. Tenía tantas ganas. Claro, estaba la excusa de los dos pegotes y no sentía el peso de la obligación. Pero terminó la película y salimos en silencio. Estaba lloviendo, no mucho. Creo que no me sentía bien. Pienso que ella estaba decepcionada. No había autobús para EI Príncipe. Para La Mezquita sí. Me alegré, así podíamos ir andando desde La Mezquita hasta nuestro barrio, pasando por los eucaliptos… Tomamos el autobús. En La Mezquita había que bajar por la carretera con el cementerio musulmán a la izquierda, llegar a la alcántara y subir por un caminito -que el tiempo y las obras han borrado ya- y llegar al barrio. En lo alto del caminito empezamos a bajar entre los eucaliptos…
Le pedí que se detuviera. Me preguntó por qué. Le dije que me diera un beso. Me respondió que no con la cabeza, sonriendo. ¿A qué esperas imbécil? La agarré y me puse a besarla como fuera… buscando la boca. Nos sentamos y continuamos. Yo estaba rabiosamente feliz. Ella no me rechazaba. Me abrazaba y me aceptaba. De pronto sentí que ella perdía fuerzas. Se durmió o se desmayó en mi regazo. Yo estaba algo sorprendido. Pensé que probablemente eran cosas que les pasaban a las chicas.
No sé cuánto tiempo me quedé así, en el silencio de los eucaliptos. Pero seguro que no fue mucho, porque ella no podía volver tarde a casa… Estaba con el corazón saltando alborozado, mirando las chispas de las luces de la parte del barrio que está frente al monte de los eucaliptos, proyectando en mi imaginación los momentos increíbles de mis labios succionando los suyos. Por primera vez en mi vida. Como un hombre, un verdadero hombre, mirando, intentando ver con los ojos enamorados empedernidos, en la ya semioscuridad, el rostro hermoso retocado por las telarañas del sueño y sintiendo profundamente la grandeza del momento que estaba viviendo, que todavía saboreaba, acariciando su mejilla, sus cabellos largos. En un momento dado, se me ocurrió acariciar sus pechos. Me sentía algo así como un niño con las manos en una travesura, ipero qué maravilla! Había oído en alguna película o leído en algún tebeo o revista o periódico lo de la otra mitad. Yo me sentía entero. Mi otra mitad estaba ahí pegada a mí, a mi regazo. No éramos dos.
Creo que al final tuve que despertarla. Bajamos hacia el barrio despacio. Ella todavía tambaleante. Me acuerdo que estaba abrazada a mí y que cuando penetramos en las primeras casas y las primeras luces, fui yo quien deshizo el abrazo, pensando o diciéndole -yo y no ella- que nos podían ver.
Nos separamos cerca de su casa, en una casi oscuridad. No me acuerdo, pero me gusta pensar que le di un beso de “hasta mañana”. Seguramente se lo di. Ya sabía darlo. Y era tan bueno hacerlo. En casa me miré en el espejo. Seguro que me vi guapo. Llevaba una chaqueta gris. Me acuerdo de esto al dedillo. Estuve endiabladamente simpático entre mis hermanos y mi madre. Más que cuando tenía algunas copas en el pecho. Me acuerdo que me dijeron si quería cenar. No. Cómo iba a pensar en comer si el sabor de su boca llenaba la mía, me llenaba todo. Quería conservar el sabor de su boca en mi boca. Quería seguir flotando. Soñando en mi sueño. Fue la noche más feliz de mi adolescencia.
Algún tiempo después, la “sabiduría” de los amiguetes me dijo que el hecho de que una chica tenga una ligera pérdida de conocimiento después de ser besada, significaba que no había besado -o sido besada- antes…
Muchos años después le hablé de esto a una colega española aquí, en Casablanca, y se burló de mí…
-¡No digas tonterías!

Mohamed Lahchiri

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PRÓXIMA APARICIÓN DE UN LIBRO DEDICADO AL ESCRITOR LARACHENSE MOHAMED SIBARI

El periodista Abdelkhalak Najmi, en el diario digital Calle de Agua, avanza esta grata noticia: se va a editar un libro dedicado a la figura y a la obra de nuestro querido Mohamed Sibari.

sibari y nosotros de Mgara, Guzmán y Cardoso

Me ha parecido importante traer a mi blog su artículo, que anuncia lo que probablemente solo sea la primera de las obras que se publiquen en los próximos meses sobre Sibari.

Para leerlo entra en el siguiente enlace:

http://najmiabdelkhalak.wordpress.com/2014/01/16/mgara-guzman-y-cardoso-publican-un-libro-sobre-mohamed-sibari/

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“LARACHE, SIN SIBARI”, POR SERGIO BARCE

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La poeta Paloma Fernández Gomá, tras la muerte de Mohamed Sibari, ha efectuado en su blog personal un pequeño homenaje a su memoria agrupando versos, relatos y textos escritos por varios de sus amigos: la propia Paloma, Encarna León, José Ramón Remacha, Ahmed Oubali, Rachid Boussad, Nuria Ruiz, Ángeles Ramírez, Abdelkhalak Najmi y yo mismo. Para leerlos podéis entrar en el blog de Paloma Fernández, que os indico:

http://palomafernandezgoma.blogspot.com.es/

Mi relato se titula <Larache, sin Sibari>, y dice así:

LARACHE, SIN SIBARI

Este fin de semana lo he pasado en Larache. De camino al hotel, vi la fachada del antiguo edificio del Café Central medio cubierta con un cartel anunciando la presentación de un libro de Hassan Tribak. Ya no está el café desde hace mucho tiempo. Y había una silla vacía abandonada junto al portal del edificio.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Ha sido una escapada corta pero, como siempre, intensa. En cuanto llegué, pasé por la casa de Sibari y di el pésame a la familia. Ya han pasado nueve días desde su pérdida. Su hija María me invitó a subir al salón en el que su padre solía recibirme, nos sentamos y hablamos de él. El hermano de Sibari estaba a su lado, muy callado, asintiendo con la cabeza cada vez que yo le decía a María cuánto íbamos a echarlo en falta.

Me contó que murió al amanecer, y que esa noche Sibari comenzó a decir cosas sin sentido y también que se notaba muy cansado. Le pesaba la vida. Hablamos de los tiempos en los que estuvo con mi abuelo, y de los tiempos en los que estuvo con mis padres, especialmente con mi madre, y de los tiempos en los que estuvo conmigo. María asentía, y susurraba un “lo sé” suave y dulce.

Me contó que después de editar su nuevo libro, su padre iba a dedicárselo, como con cada una de sus anteriores publicaciones, pero que cuando iba a hacerlo no encontró un bolígrafo a mano y lo dejaron para más tarde, y ahora tiene su novela sin las palabras que iban a ser solo para ella, y había en su voz un leve reproche dirigido a sí misma por no haber buscado en aquel momento ese bolígrafo. Y noté en María una congoja, una pena profunda, como si hubiera perdido lo último que Sibari podía regalarle.

Le conté entonces que tres días antes de fallecer, su padre me había enviado un mensaje para pedirme mi dirección de correo postal porque la había perdido, quería enviarme su última novela.

-Es un libro sibarístico –me escribió con su guasa habitual.

Le contesté en seguida, pero no tuvo tiempo de hacerlo.

María se levantó, entró en la habitación de su padre y me trajo un ejemplar. Le dije que no se preocupara, que lo compraría, pero ella insistió diciéndome que Sibari, como siempre había hecho, me lo habría regalado. Solo dijo eso, pero fue como si me confesara lo mucho que me había querido su padre. Ahora tengo el libro aquí, junto al teclado de mi ordenador mientras escribo este texto, y noto la cercanía de Sibari.

Le di las gracias a María, que estaba muy emocionada, y nos despedimos, y luego hice lo mismo con el resto de la familia que estaba en la casa. Yassín ya se había marchado hacía pocos días, así que no pude verlo.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Había algo extraño, una invisible niebla amarga en el aire y que se respiraba por sus calles, un aroma de ausencia.

En cada conversación surgía inevitablemente el nombre de Mohamed Sibari. Los que me conocen, sabían de nuestra estrecha relación y me hablaban de él y de que ya no lo veremos nunca más. Es raro imaginar Larache sin Mohamed Sibari. Es como si hubiesen derribado un edificio emblemático y ahora solo quedara un solar vacío en el que fuera imposible construir de nuevo.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Desde el Balcón del Atlántico miré al balcón de su casa, pero no había nadie. Mohamed Sibari ya no se asomará a él para ver el mar, ni tampoco nos verá llegar como antes, ni nos saludará desde allí agitando un brazo al pasar bajo su casa, y eso hará que nos convirtamos en forasteros al cruzar la calle de la Plaza.

SIBARI

SIBARI

Asistimos por la tarde al concierto que daba el grupo flamenco del Conservatorio de Córdoba en el Cine Avenida, y en el que también actuaron los músicos del Conservatorio de Larache. Fusionaron “La Tarara” y resultó electrizante. Ernesto Blanco, director del Conservatorio cordobés, y nacido en Larache, dedicó el concierto a Mohamed Sibari. Luego, hablamos de él. Nos parecía mentira que ya no estuviera allí.

Me encontré en la platea a Mohamed Laabi, y Sibari ocupó parte de nuestra conversación.

-Laabísticamente hablando –solía decir Sibari cuando Laabi comentaba algo, durante aquellos días en los que solíamos vernos en el Café Central.

En el Central - Sibari, Laabi y Barce, hace unos años

En el Central – Sibari, Laabi y Barce, hace unos años

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Qué extraño imaginarla sin Sibari. Ahora pienso que se ha ido despidiendo lentamente, que a causa de su enfermedad optó por una retirada silenciosa y humilde. Primero abandonó la terraza del Central, donde siempre lo encontrábamos al llegar de regreso, charlando, riendo, tomando su té con azahar. Y aunque resistió cuanto pudo, primero con sus muletas, luego con la silla, acudiendo puntual a su cita diaria, en cuanto cerraron el Café todo cambió. Fue como si le impidieran el paso con un muro infranqueable. Luego, dejó de ir a la Casa de España, y sus salidas se fueron espaciando, hasta que en los últimos tiempos apenas abandonaba su casa. Facebook se convirtió para Sibari en su ventana al mundo y en su balcón privado que se comunicaba con los balcones de sus amigos.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Y ya no he visto a ese hombre que antes caminaba a paso ágil y rápido pulcramente vestido con su chaqueta azul marino de doble pecho y botones dorados, camisa blanca inmaculada y corbata oscura, pantalón gris, zapatos negros, y su gorra a cuadros y su bufanda. La sonrisa brillante en medio de su rostro, los ojos achinados cuando reía, tras la montura dorada de sus gafas, y una broma preparada en los labios.

-Si vienes y no me ves, es que estoy del revés.

El Café Central de la plaza de la Liberación sigue cerrado. Ya no hay mesas alrededor de su fachada. Tampoco hay voces pidiendo a Hamid té, café o una botella de agua Sidi Alí. Ya no hay nadie que pida permiso para sentarse al lado de Sibari, ni de ninguno de los parroquianos habituales. Ya no se escuchan sus frases al saludar a un amigo que pasa.

-Perdóneme que no me levante, joven –le decía a un hombre mayor que le estrechaba la mano, Sibari sentado en su silla de ruedas, sonriendo.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Solo hay recuerdos vagando alrededor, y una sola silla junto al portal del edificio del Café Central. Una silla abandonada que nadie ocupará jamás.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Y Sibari ya no estaba.

Sergio Barce, 9 de diciembre de 2013

SERGIO BARCE, MOHAMED SIBARI Y RACHID SERROUKJ EN LA TERRAZA DEL CENTRAL

SERGIO BARCE, MOHAMED SIBARI Y RACHID SERROUKJ EN LA TERRAZA DEL CENTRAL

 

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LA ÚLTIMA OBRA DE SIBARI, POR ABDELKHALAK NAJMI

Publicado en el Diario digital Calle de Agua.

LA ÚLTIMA OBRA DE MOHAMED SIBARI YA ESTÁ EN LAS LIBRERÍAS

El escritor larachense Mohamed Sibari recién fallecido, a los 68 años, el pasado miércoles 28 de noviembre en su ciudad, Larache tiene ya lista una nueva novela en español ´Tres orillas y dos mares´.

tres-orillas

La obra ´Tres orillas y dos mares´ es una novela de 109 páginas y cuenta la historia de un tangerino llamado Loutfi Merchani que trabajaba en un barco, que hacía la travesía de Tánger a Gibraltar y viceversa.

El marinero entabló una relación amorosa con su compañera de trabajo, una inglesa llamada Mery. El padre de Loutfi no quiere que su hijo se casara con una cristiana sino con una musulmana tangerina.

En paralelo, la novela ´Tres orillas y dos mares´ cuenta, además de la historia de Loutfi, hechos históricos tales como: el cierre de la verja entre España y Gibraltar, la independencia de Marruecos y el fin del estatuto de Tánger como ciudad internacional. 

El libro ha sido editado por la editorial Slaiki Fréres (Hermanos Slaiki) 2013, mientras tanto, la portada fue diseñada por Rachid Hanbali y la poeta española Paloma Fernández Gomá ha escrito el prólogo de la novela abordando el tema de ´La mujer en la obra literaria de Mohamed Sibari´.

El escritor marroquí Mohamed Sibari tenía previsto presentar su libro en Algeciras este año y en Larache en febrero de 2014. Este es un de los correos que me mandó el escritor larachense el 25 de octubre de 2013 sobre la presentación de su última novela: “El lunes mandaré algunos libros a Paloma Fernández Gomá y Nuria Ruiz. Ellas harán la presentación en Algeciras en noviembre y yo la haré en Larache en febrero. Por el momento no podré ir a España”.

En otro de sus mensajes decía: “Estas invitado desde ahora tú y Nuria. Se hará en la Delegación de Cultura en Larache, Inchalah” y sobre su última novela afirma: “Bien y el último libro ha sido un éxito”.

Hay que señalar que las obras del escritor Mohamed Sibari, incluida la última, se venden en la editorial Hermanos Slaiki, la librería Des Colonnes y la librería Les insolites, en Tánger y en la propia casa-museo de Mohamed Sibari en Larache.

Texto y foto: Abdelkhalak Najmi

http://www.diariocalledeagua.com/noticias_detalle.asp?id=5955&c=1

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“ABDELLAH DJBILOU: UN VIAJE Y UN LIBRO”, POR SERGIO BARCE

Sergio Barce, Adbellah Djbilou, Mohamed Akalay y León Cohen, en la Casa de la Cultura de Larache

Sergio Barce, Adbellah Djbilou, Mohamed Akalay y León Cohen, en la Casa de la Cultura de Larache

Hace seis años que falleció el hispanista Abdellah Djbilou. Buena ocasión para traer de regreso a mi blog lo que escribí entonces sobre él.

   ABDELLAH DJBILOU:

UN VIAJE Y UN LIBRO

   Al profesor Djbilou lo conocí en Tánger, cuando presentaba mi primer libro. A Abdellah lo conocí en Larache, mientras charlábamos largamente sentados en la terraza del Central. A los dos, al intelectual y al hombre, los admiraba, y de los dos me atrajo su exquisita educación y su disponibilidad permanente.

   Lo recuerdo siempre elegante, sobrio, con una camisa blanca inmaculada, bien trajeado, gustaba de vestir con la adecuada corrección, coronado todo ello con su sonrisa deslumbrante, ese tipo de sonrisa que uno querría para sí. Además, poseía una voz poderosa que ayudaba a confeccionar un personaje completo. Sus ademanes eran delicados, sin dejar de vislumbrar su carácter fuerte y seguro.

Crónicas del norte de Djbilou

   En el año 2004 lo invité a participar en las Primeras Jornadas Culturales que organizábamos en Larache. En seguida, se ofreció a estar presente e hizo de moderador en una mesa redonda. A partir de ahí, nuestros contactos se hicieron más frecuentes y nos enviábamos nuestros libros o alguna reseña. Cuando me envió sus Crónicas del Norte. Viajeros españoles en Marruecos (Asoc. Tetuán Asmir, 1998) le confesé que, posteriormente, en una charla, utilicé parte de los textos que él había reunido en ese libro y me respondió que eso era un honor para él, sin disimular su orgullo. Luego, en esa larga charla en Larache, acomodados en una esquina de la terraza (recuerdo que hacía algo de viento y nos levantábamos la solapa de la chaqueta para protegernos del frío), nos olvidamos de la inclemencia del tiempo y continuamos allí un buen rato, sin movernos. Le dije que los textos que había seleccionado sobre Larache eran muy interesantes; entonces, el profesor Djbilou, cogió el ejemplar que yo tenía sobre la mesa y lo abrió, se puso las gafas y, levantando levemente el mentón, pasó varias páginas hasta que se detuvo en el capítulo titulado Luís Antonio de Vega. Nuevo descubrimiento de Larache. Me dijo que poseía ese texto un vago aroma a poesía y que era uno de los que más le habían gustado, especialmente una parte del mismo que comenzó a leer con su voz clara y firme:

“En Larache estuvo el Jardín de las Hespérides, en Larache estuvo el dragón. Y los dos mitos revivieron, se hicieron reales, aunque cambiaran de forma. El oro de las manzanas griegas se encuentra en toda la rica tierra de El Garb, en los naranjos y en los granados, en el bajalato ksari, tan rico en olivos, que a la ciudad allí ubicada se le llamó “la de los aceitunos”; en el Jolot, en Tilig y en Es Shael, en el suelo feraz del Occidente del Imperio Feliz. Y el dragón es la barra del Lükus impidiendo que nadie entre a buscar esas riquezas, impidiendo también que las riquezas salgan. Hasta que un día un ejército de Hércules modernos, grúas y escafandras, vaya a vencer por segunda vez al dragón.

Cuando la paz llueva sobre la Tierra, cuando sea un inmenso beneficio divino, el dragón recibirá la lanzada y los faros de Larache servirán para indicar a los navíos el camino que han de seguir para llegar al puerto, no para advertirles la presencia de las bocas innumerables, pues cada una de ellas está formada por uno de los granos que forman la barra peligrosa.

Y habrá un nuevo Larache. Y tendrá que ser otra vez redescubierto. Un día u otro sucederá, aunque, en lo que a la lírica se refiere, nos contriste a los que amamos el viejo Marruecos, el que yo divisaba desde mi ventana de la casa del Ermiki, que era entonces la más alta de la ciudad. El boceto no acababa de convertirse en obra. Pero aun con todo, ¡qué entrañable aquella ciudad, la más típicamente colonial de Marruecos, en el barrio de la cristianería, cogida por el talle por el Lükus y besada por el mar!

Y la Medina de los moros y de los judíos, y la muralla y el Castillo que se llamó con el precioso nombre de Nuestra Señora de Europa, cuando Felipe II aseguró que Larache valía por toda África. Ponderación excesiva entonces y ponderación excesiva después. No valía por todo África, ciertamente; pero nosotros, los de los últimos años de la guerra y los primeros años de la paz, la queríamos como si en realidad valiese.

Nuevo descubrimiento de Larache, que ya no es útil más que a lo que a la vieja Medina se refiere. El Zoco de Fuera se convirtió en la Plaza de España. Se marcharon de la orilla de la muralla los burreros que ataban allí a sus asnos, los geománticos, los médicos indígenas, los que entretenían el ocio de los musulmanes, con larguísimos cuentos o peleando con varas de acebo… Y hasta se marchó ese trozo de muralla para dejar paso a la Arquería, y se llenaron de villas los declives de la carretera de Alcazarquivir.

Todo esto estaba previsto, y todo esto, naturalmente, significa colonización… Sí, ya lo sé, pero… Cuando yo vuelva a Larache entraré con prisas en la Alcaicería, bajaré por la calle de Hamed Ben Tzami, hasta situarme en el muelle, y no miraré a la Medina de arriba abajo, sino de abajo arriba, casi podría decirse que con humildad, la veré como la veía mi amigo el Turco, aquel que no se atrevía a asomarse a la terraza… Y la encontraré como yo la quería, como yo la sigo queriendo, como una vieja estampa oriental… Colores y ventanas, ventanas y colores… Como un pañuelo judío, con arcos y cuestas llenos de gracia… Y con las casas con ojos para ver llegar a los navíos que habían zarpado de Sevilla y de Lisboa y se aproximaban a Larache, después de haber perdido cuarteles por el mar…”

   Se quitó entonces las gafas y fijó un momento sus ojos en mí; luego, echó una mirada melancólica a nuestro alrededor y se preguntó en voz alta si De Vega, un arabista de prestigio en su época, escribiría ahora lo mismo. Ambos lo dudamos, pero estuvimos de acuerdo en la carga poética que le había insuflado al texto y la pasión que la ciudad había despertado en él. Algo que, no obstante, tampoco nos extrañó, ya que los dos nos habíamos confesado embrujados por el viejo espíritu de Larache.

larache en los textos

   Le di las gracias a Djbilou por los textos que había decidido incluir en su libro, ya que se recogían bastantes referencias sobre Larache, que, en realidad, es lo que buscaba en ellos. De hecho, gracias a su selección, es fácil hacerse una idea de la ciudad en los siglos XIX y XX, una especie de viaje en el tiempo por las mismas calles o espacios, pero vistos desde diferentes puntos de vista y entornos históricos. Su obra abría así una veta que, posteriormente, han horadado otros autores (Larache a través de los textos <Junta de Andalucía – Sevilla, 2004> de María Dolores López Enamorado o Viajes a Larache I: Antología de los viajeros españoles a Larache <Dar el Laraich – Tánger, 2007> de Mohamed Laabi).

VIAJES_A_LARACHE_I

    Junto a Crónicas del Norte, Abdellah Djbilou me enviaba también un ejemplar de su estudio Temática árabe en las letras hispanas (Facultad de Letras de Tetuán, 1996). Aunque sabía que no soy un arabista ni un estudioso de la materia sino un simple narrador, me decía, en la carta que acompañaba a los libros, que éste último me ayudaría a aclarar algunas de las ideas que habíamos discutido largamente. Se refería a una charla que mantuvimos en Tánger sobre la visión que se tenía de Marruecos, y del mundo árabe en general, en varias obras de autores españoles. Defendí mi punto de vista como autor, solo plasmado por aquel entonces en mi primera novela En el jardín de las Hespérides (Aljaima – Málaga, 2000), y me apuntó que, después de haberla leído, el espíritu de esa novela no andaba muy lejos de lo que había dicho al respecto Rubén Darío (autor sobre el que diseñó su tesis doctoral).

TEMATICA ARABE EN LAS LETRAS HISPANAS

   Efectivamente, hube de darle la razón, como habría de dársela en otras ocasiones. En Temática árabe en las letras hispanas, concretamente en la página 20, el profesor Djbilou dice:

“Sabido es que el pasado constituye también uno de los caminos de la evasión, un <escondite> para soportar mejor la realidad. Rubén Darío, que <detesta el tiempo que le tocó vivir>, considera que <un verdadero  espíritu de poeta elegirá, con más o menos conciencia de ello, su ubicación ideal, su patria de adopción en alguna parte del pasado, cuya imagen evocada permanentemente, será un ambiente personal que lo aísla de la atmósfera de la realidad”.

    Y, aunque Rubén Darío se refería a Al-Ándalus, Abdellah, salvando las distancias, me estaba hablando de mi relación con Larache, donde, sin ningún rubor, yo había fijado mi patria, donde anidaban aún las huellas de mi pasado más querido.

   De manera que, mientras el profesor Djbilou me fue dando lecciones de arabismo a través de las conversaciones y de sus obras, el amigo Abdellah me atizaba afectuosamente para que le mostrara más de mi visión de Larache.

portada ULTIMAS NOTICIAS DE LARACHE

    Cuando le envié Últimas noticias de Larache y otros cuentos (Aljaima – Málaga, 2004), me llamó por teléfono para decirme que, como Luís Antonio de Vega, también había mucho cariño, y más pasión, en las poesías que yo había escrito sobre Larache. Le respondí que cómo me hablaba de poesías si todo mi esfuerzo había sido escribir una serie de cuidadas narraciones cortas. Riéndose, se burló elegantemente de mi ofuscación, para después corregirme la plana, añadiendo que yo no era un narrador sino un poeta que escribía prosa. Aserto que, años después, un poeta amigo volvería a repetir, exactamente con las mismas palabras, pero sobre otra novela diferente. En el fondo, no podía estarle más agradecido a su crítica, porque, en realidad, era un elogio inmenso.

   Sin ser un erudito, como ya he dicho, en cuestiones de arabismo ni de orientalismo, tan querido por nuestro homenajeado (ahí está también su Diwan modernista. Una visión de Oriente <Taurus – Madrid, 1986>), la elección de los textos de otros autores que hacía el profesor Djbilou en cada uno de sus estudios o de sus antologías, eran esmerados y certeros, convertidos así en una suerte de engarces ineludibles entre su pensamiento o tesis y el de esos textos ejemplarizantes. Sumergirse de su mano, por ejemplo, en la temática árabe en las letras hispánicas, supone ir descubriendo un mosaico de autores y de obras que nos enriquece, obviamente, pero que también ensancha la visión limitada y predeterminada que pueda tenerse sobre este asunto en particular. En definitiva, lo que ha hecho el profesor Djbilou es impartir una clase magistral sobre el orientalismo pero en pequeñas dosis, lentamente, casi por entregas, libro a libro. El conjunto final, es el reflejo de un trabajo concienzudo y esmerado.

CUENTOS DE ARABIA

   La otra materia, también querida por el profesor Djbilou, y ya apuntada más arriba, es el tema marroquí en la literatura española, que nos llevó a varias coincidencias en nuestros puntos de vista, y su preocupación porque no se conociera debidamente la literatura marroquí en España. Aunque mi estimado Mohamed Chakor (con Sergio Macías) ya lo hace espléndidamente en su libro Literatura marroquí en lengua castellana (Edic. Magalia – Madrid, 1996), no me resisto a transcribir parte del prólogo que Abdellah Djbilou escribió en su obra antológica Miradas desde la otra orilla. Una visión de España (ICMA – Madrid, 1992):

“…si el tema marroquí en la literatura española es un tema constante y ha inundado librería y bibliotecas y está siendo objeto de numerosos estudios y tesis doctorales, en cambio el tema español en la literatura marroquí es absolutamente desconocido. Incluso el interés por la literatura marroquí en España, no ha gozado del mismo privilegio que tuviera la literatura árabe en general. La escasez de traducciones y de estudios y antologías puede ser la razón del poco conocimiento que hay en España de la literatura marroquí actual. La proximidad geográfica no ha contribuido, pues, como era de esperar, a un mejor conocimiento, siquiera literario. Incluso el Protectorado español en Marruecos, que pudo constituirse –en principio- en coyuntura apropiada para que esa relación directa se produjera y diera los frutos adecuados, no fue de esta manera.

Y puede resultar extraño que en Marruecos exista una literatura de expresión francesa –llegando a constituir un fenómeno aparte- y no haya otra de expresión española, a pesar de que hubo nombres y circunstancias que podían haber dado frutos en este sentido…

…España, para el escritor marroquí, no es un país exótico ni lejano, ni siquiera le atrae como un opuesto cultural o como medio de evasión; más bien al contrario, al tratar el tema español se adentra más en su historia y en su identidad…

…Y en vano buscaríamos en la literatura marroquí textos para una antología sobre cualquier otro país europeo o africano, porque lo marroquí y lo español se complementan y se entretejen”

   Esta mirada de Djbilou, no exenta de cierto pesimismo, es del año 1992 y ciertamente es lapidaria. Sin embargo, es de justicia señalar los posteriores intentos que se vienen realizando por varios autores marroquíes que escriben en lengua española; ejemplo, la esforzada edición que supuso la antología La puerta de los vientos (Destino – Barcelona, 2004) –libro en el que se incluyen textos de autores como Abdelfattah Kilito, Ahmed Ararou, Mohamed Toufali, Mohamed Akalay, Darima Aomar Toufali, Mohamed Bouissef, Ahmed El Gamoun, Larbi El Harti, Mohamed Lahchiri, Mohamed Lemrini El-Ouahhabi, Mohamed Messari, Hamid el Ouarrad, Mohamed Sibari, Oumama Aouad, Ahmed Bouzfour o Rabia Rayhan (varios autores de Larache, hay que decirlo).

   Falta, incluso, alguno que, por afinidad, por nacimiento, he de mencionar por necesidad perentoria, tal es el caso del poeta larachense ya fallecido Mohamed Mamoun Taha Momata, al que nuestra asociación Larache en el Mundo rindió debido homenaje en su día, y que es autor de Lágrimas de una pluma (Editions Marocaines et Internacionales – Tánger, 1993) o de Susurros (Casablanca, 1995). Sin olvidar al exquisito Mohamed Mgara, y al extraordinario poeta tetuaní Abderrahman El Fathi, autor de África en versos mojados (Facultad de Letras de Tetuán, 2002) y Desde la otra orilla (Quórum Editores – Cádiz, 2004), y a otros tantos autores.

   El escritor Mohamed Lahchiri ha recordado en más de una ocasión el artículo publicado en el diario ABC el 8 de Julio de 2004, con ocasión de la presentación de la referida antología La puerta de los vientos, en el que se lee:

La puerta, la que se abre entre occidente y África; los vientos, los de la cultura y el entendimiento. Esa es la mejor forma de definir el espíritu con el que nace «La puerta de los vientos. Narradores marroquíes contemporáneos», publicado por Ediciones Destino y que ayer presentó en Madrid el escritor Lorenzo Silva, colaborador en la edición del libro. La obra se presenta como una recopilación de 26 relatos que nos acercan la realidad actual de Marruecos y que están escritos por 16 autores rifeños, 13 de los cuales emplean el español como lengua literaria. En este sentido, el libro es una apuesta personal del propio Lorenzo, ya que en su opinión «hay escritores marroquíes que escriben en castellano y que son de primera fila», autores que él mismo conocía y que deseaba hacer llegar al público español, tales como Ahmed Ararou o M. Lahchiri, a los que califica de «exquisitos».
A este respecto, el autor de «El alquimista impaciente» se quejó del poco interés que hay en nuestro país por publicar obras de autores extranjeros que escriben en nuestro idioma, lo que contribuiría a la difusión y estímulo del mismo.

   Dicho esto, retomo las palabras del profesor Djbilou: Y en vano buscaríamos en la literatura marroquí textos para una antología sobre cualquier otro país europeo o africano, porque lo marroquí y lo español se complementan y se entretejen”. Siendo así, resulta triste ese desconocimiento que se preocupa por denunciar de la literatura marroquí en España, que es absolutamente cierto. Pese a la proximidad, pese a una historia en común, la realidad se impone y estos débiles pasos que se han dado, esos intentos porque los autores marroquíes que escriben en español no sean unos absolutos desconocidos son aún débiles. Como también es patente la escasez de títulos de libros de autores marroquíes que escriben en árabe traducidos al castellano.

   En esta otra vertiente, el pasado año, en las Jornadas Culturales que organiza anualmente Larache en el Mundo en el mes de Agosto, en la Casa de la Cultura de Larache, se presentó un honestísimo trabajo de traducción y edición de otro poeta marroquí larachense: Mohamed Al Baki. A través del Centro Al Ándalus de Martil, Tetuán, y la asociación Desarrollo y Solidaridad, se publicó un cuaderno de poemas titulado simplemente Larache. Poemas, con traducción de la profesora María Dolores López Enamorado. Siendo modesto, el trabajo de edición es exquisito y no hace sino poner otro escalón más en este diseminado, por disperso, esfuerzo que realizan varios francotiradores por abrir las puertas a esos autores marroquíes absolutamente desconocidos en España.

   De modo que, desde esta perspectiva, es incuestionable que, pese a la interrelación, pese a que lo marroquí y lo español se complementa y se entreteje, el desolador panorama que ofrece el desconocimiento mutuo en materia literaria nos obliga a todos a hacer un esfuerzo de comprensión y de aprehensión que nos abra de par en par las puertas a la publicación y publicitación de esos autores marroquíes, ya lo sean escribiendo directamente en español –doblemente quijotesco su esfuerzo y valentía- o siendo traducidos al castellano desde su lengua materna, lo que nos deparará, seguramente, sorpresas gratificantes.

   Para concluir este modesto artículo de homenaje, añadiré que la penúltima llamada de Abdellah fue para decirme que no se encontraba muy bien, pero no me quiso desvelar la gravedad de su enfermedad. De hecho, habíamos convenido que viajaríamos para vernos en Larache, de nuevo. Cuando colgué el auricular, pensé que su voz no era la misma de siempre y que algo le preocupaba. Días después, volvió a llamar para decirme que iba a enviarme por correo su último libro y esta vez, aunque me aseguraba que estaba mejor, por alguna razón, sus palabras me supieron a despedida. Su último trabajo jamás me llegó. No tuvo tiempo.

Así que Abdellah Djbilou y yo tenemos aún pendiente un viaje y un libro.

Sergio Barce

En el diario digital Calle de Agua, también podéis leer un artículo en recuerdo de Djbilou, escrito por el periodista Abdelkhalak Najmi, entrando en el siguiente enlace:

http://www.diariocalledeagua.com/noticias_detalle.asp?id=194&c=3

Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, Abdellah Djbilou, Mohamed Akalay y León Cohen

Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, Abdellah Djbilou, Mohamed Akalay y León Cohen

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