


Sergio Barce y Ahmed Oubali

“Sureste de Ouarzazate, una tórrida tarde de agosto, en los alrededores de la zagüía sidi Munsif. Hace un calor de mil demonios. El paisaje yermo e inhóspito se extiende en la lejanía, hasta done llega la vista. La atmósfera asfixiante parece haber inmovilizado el tiempo.
Dos hombres rastreando huellas delatoras de la presencia de ofidios. Son cazadores y encantadores de serpientes. El mayor, Ziriab Dehia, aparenta unos cuarenta años, bien fornido, con barba oscura, expresión un tanto ausente y cara de hacha, desfigurada por un áspid que hace tiempo le escupió el veneno a los ojos, mientras rezaba a la intemperie y se volvía de lado para concluir con el saludo espiritual final, dejándolo tuerto. Viste un atuendo local, una gandura azul y turbante. Su vida se reduce a cazar serpientes y rezar. El más joven, Muntasir Dehia, frisando los treinta, de cabello negro y piel curtida, parece más deportivo, aventurero y jovial. Lleva vaqueros desteñidos, alpargatas y un enorme sombrero.
Caminan por donde abundan las madrigueras de rata obesa y ardilla moruna, de sustrato suelto, espacios donde se marcan bien las huellas de los reptiles. Saben identificar cada tipo, su hábitat, si son venenosas o no. No utilizan botas altas que cubran los tobillos y piernas ni pantalones de lona y guantes de cuero grueso ni botiquín de primeros auxilios. El mayor lleva solo una vara larga para mover rocas y troncos y el joven va armado de unas pinzas y un bastón ahorquillado.
Pronto empiezan a localizar unos surcos zigzagueantes que llevan a una hura…”

Sergio Barce y Ahmed Oubali en el Fondak Zeljou, Larache

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Me toca poner punto final a este hermoso homenaje a la Librería Proteo y Prometeo escrito por Patrick Tuite Briales. Difícil hacerlo a un texto labrado con cariño y dedicación.
Cincuenta años. Muchos años para estar al pie del cañón, desde aquella primera torre albarrana, oteando el horizonte para protegernos del ataque de los ignorantes y de los intransigentes. Muchos años de luchas, razias y escaramuzas hasta conseguir levantar el castillo más robusto. Muchos años para mantener en alto la bandera de la libertad.
Desde que Proteo y Prometeo decidió defender ese baluarte no ha cedido un milímetro, al contrario, ha rechazado los asaltos sin sufrir bajas y sin abandonar a quienes acudían huérfanos a buscar refugio tras sus muros. Primero frente a la dictadura, obsesionada por cercenar los sueños de quienes deseaban viajar con autores y títulos condenados al ostracismo. Luego frente a los que se empeñaban en dar por muertas a las librerías. Ahora frente al doble reto de frenar a quienes parecen desear volver al pasado y a quienes, amparados en oscuros poderes, tratan de implantar el pensamiento único. Muchos años para que ahora vengan los nuevos soportes a destruir tanta belleza, a eliminar el olor del libro recién llegado, el tacto de las tapas y del lomo y el placer de pasar las páginas. Cincuenta años bregando contra las conjuras.
Al leer la historia de la Librería Proteo y Prometeo y de las anécdotas rescatadas por Patrick, al rememorar este hercúleo esfuerzo por librar de las llamas miles de páginas llenas de creatividad y de ingenio, me he dado cuenta de que, sin saberlo, siempre han estado muy cerca, aquí, en Málaga, a un tiro de piedra, a nuestro lado. No se trata de ninguna quimera, de ningún reino antiguo y lejano. Desvelemos el secreto: el rey Arturo, junto a sus caballeros y a sus damas, se reúnen cada amanecer ante la mesa redonda y renuevan su juramento de fidelidad. Luego, intuyendo que alguien pueda encontrarse en peligro o que sencillamente busque la historia anhelada en una novela o el sosiego de un poema, Lancelot da orden de bajar el puente levadizo que da acceso a Camelot. Es entonces cuando la gente que se agolpa en Puerta Buenaventura cruza salvando el foso.
Siento ahora, tras la lectura de la narración de Patrick, una suerte de emoción al pensar que, desde adolescente, sin saberlo, yo también acudía a Camelot buscando amparo y que, tras sus muros, siempre encontré el libro que deseaba. Y sigo haciéndolo. Ese simple hecho me ha convertido en parte de su leyenda. Porque qué sería de los caballeros y de las damas del rey Arturo que lo vienen custodiando desde 1969 si no existiésemos también sus vasallos.
Proteo y Prometeo. Nuestro Camelot.
Sergio Barce, 2019

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Jesús Otaola y Paco Puche
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Patrick Tuite Briales
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