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LA NOVELA “MALABATA”, DE SERGIO BARCE, SEGÚN EL POETA JOSÉ SARRIA

JOSE SARRIA

JOSE SARRIA

En el pasado SIEL (salón Internacional de la Edición y del Libro XVI Edición) de Casablanca, se presentó mi novela Malabata (Ediciones del Genal – Málaga, 2019), presentación que corrió a cargo del poeta José Sarria, que, como siempre, se lució en su intervención e hizo que mi novela brillara de manera especial. No tengo palabras para agradecerle primero el que se desplazase hasta Casablanca para participar en este acto y segundo, y especialmente, el tiempo que ha invertido en preparar su detallado comentario del libro. Por eso lo reproduzco en mi blog, porque merece la pena leerse y porque es la única manera que tengo de volver a disfrutarlo y de darle las gracias.

Sergio Barce, febrero 2020

En ese amplio emplazamiento singular, casi mágico, diría yo, que se extiende desde Toledo hasta Marrakech, desde el cabo de Gata hasta el cabo Espartel o desde la desembocadura del Guadalquivir, hasta las estribaciones del río Draa, existe un continuo encuentro de culturas, de religiones, de creencias, de lenguas, alcanzándose una hibridación, un mestizaje, que ofrece al escritor un marco novelesco de incomparable valor y que muchos autores han sabido llevar a sus obras.

De manera excepcional, Tánger conserva el hálito de las lenguas: francés, español, dariya, haquetía, que supo poner banda sonora a la vida cotidiana de la antigua ciudad internacional. En sus cafetines y teterías deambulaban Moisés Garzón Serfaty, Ahmed Daoudi, Ahmed Mohamed Mgara o Mohamed Lachiri, con sus primeros escritos en español bajo el brazo. La decadencia del Teatro Cervantes aún recuerda el día que recaló entre sus bambalinas la compañía de Juanito Valderrama y su plaza de toros fue testigo de algunas de las faenas que encumbraron a El Cordobés a lo más alto del reinado taurino, mucho antes de que fuera reconvertida, la plaza, en campo de hacinamiento para quienes, llegados de los lugares subsaharianos intentaron, un día alcanzar el Dorado del norte.

El bar de la Casa de España, de Larache, acogió la esperanza de una nueva literatura escrita en castellano, donde Mohamed Sibari competía con versos y sardinas y animaba a Dris Diuri, Mohamed Mamoun Taha o Mohamed Akalay, que contemplaban cómo el esplendor de otra época sólo perduraba en su corazón y en sus textos, mientras la ciudad languidecía, con la decadencia del otrora edénico Jardín de las Hespérides. A la vez, el Balcón del Atlántico contemplaba al cementerio español, vertedero de nuestra propia memoria colectiva. Allí descansan, en su hospitalaria tierra, los restos de Juan Goytisolo.

Ese magma inconmensurable de lugares, personajes, historias o sentimientos, ha sido el material creativo que han sabido emplear, magistralmente, autores como Tahar Ben Jelloum, el escritor marroquí de mayor trascendencia entre los lectores europeos, especialmente en Francia, donde recibió el Premio Goncourt en 1987, por su novela La noche sagrada. Ben Jelloum visita con asiduidad, para ensanchar sus horizontes creativos, la legendaria Librairie des Colonnes de su Tánger juvenil, en un intento de reencontrarse con el desaparecido Mohamed Chukri, símbolo de resiliencia a partir de su emblemática novela El pan a secas y singular anfitrión de la Tánger internacional que supo recibir a la pléyade de artistas y escritores de la generación beat como Paul Bowles y su esposa Jane, Tenessee Williams o Burroughs, que erigieron a Tánger como OASIS DE LO IMPOSIBLE.

Todos ellos, unos y otros, desde Ángel Vázquez, allá por los años  60/70 con su novela La vida perra de Juanita Narboni, hasta los más recientes: León Cohen Mesonero (Larache), Antonio Lozano (Tánger, 1956, con su novela “Harraga”), Rafael de Cózar (Tetuán), Ramón Buenaventura Sánchez (Tánger, 1940), Carlos Tessainer o Sergio Barce (Larache), han pretendido, han intentado, describir un TIEMPO EN TRÁNSITO, anudar una época, unas personas, sus esperanzas, sus anhelos, sus frustraciones, en un marco tan inestable, tan movedizo, como es el de las fronteras y los espacios compartidos.

Todos ellos, autores transterrados, son escritores mestizados, de familia española o sefardí, que han vivido durante varias generaciones en Marruecos, al amparo de una identidad híbrida que se sustancia entre las dos orillas. Esto les lleva a eclosionar en un territorio narrativo sincrético, de lo hispanoandalusí, de lo marroquí y de lo sefardí, generando espacios compartidos, lugares donde los procesos creativos se establecen con una ausencia absoluta de riesgo de aculturación[1].

Y es ahí, donde aparece y se incardina nuestro autor, nuestro novelista, Sergio Barce, quien nace en Larache, en el año 1961, pasando en esta ciudad toda su adolescencia, hasta la edad de quince años, cuando su familia abandona Marruecos, tras tres generaciones de estancia en el país magrebí.

Hasta el momento ha escrito En el Jardín de las Hespérides (2000), Últimas noticias de Larache (2004) Sombras en sepia (Premio Tres Culturas de Novela, 2006), Una sirena se ahogó en Larache (Finalista del Premio Andalucía de la Crítica, 2011), El Libro de las palabras robadas (2013-2016), Paseando por el zoco chico (2014), La emperatriz de Tánger (Finalista del Premio Vargas Llosa, 2015), El laberinto de Max (2017) y Malabata (2019), convirtiéndose en el gran representante de la NARRATIVA MEMORÍSTICA: relatos del recuerdo de una época que se resiste a desaparecer y que se transforman en espacios vivos, en paraísos rescatados a través de su obra.

SOMBRAS EN SEPIA

Mi primera incursión en el mundo barciano, lo fue con su novela Una sirena se ahogó en Larache, texto marcado, de forma indubitada, por la experiencia vital de su infancia, que transcurrió en las calles de Larache.

Barce no se siente un extraño en la que fue su tierra; al contrario, hace de ella una utopía sobre la que fundamentar la construcción de su obra, utilizando el magma de la memoria, de las experiencias pasadas, de los recuerdos, para construir un relato visto desde el asombro, desde la imaginación encendida de los niños, con los ojos infantiles de Tami, su protagonista.

UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

Toda la novela, al igual que las que vendrán después (excepto El laberinto de Max), se enmarcan en el dédalo de calles, plazas y monumentos que conforman la ciudad de Larache, en los espacios decadentes o idílicos de la Tánger internacional, en los trayectos que separan las dos orillas, elaborando relatos y narraciones que fluyen en la frontera de las aventuras imposibles, de las vivencias infranqueables, crónicas de la vida en las calles y ciudades de un Marruecos idílico, contadas con la inocente mirada de los ojos de un hombre-adolescente que pretende hacer posible otra realidad, frente a la severidad de un presente decadente que, por doloroso, se hace inaceptable.

La suya, como otras familias españolas que vivían en la zona del Protectorado español de Marruecos, se ve obligada a abandonar la que durante décadas había sido su casa, su tierra. Esta “expulsión” del Jardín de las Hespérides, de su particular Arcadia, va a significar para el escritor la imperiosa necesidad de volver a crear su mundo, de volver a restablecer el orden perdido.

El libro de las palabras robadas -

Sus novelas, sea cual fuere el destino final de las mismas, acaban atrapadas en un continuo regreso a Marruecos, ya sea a su ciudad natal, como a Tánger o Tetuán, herederas del Protectorado, que confieren una tonalidad especial a la narración. Es en estos lugares donde el lector va a encontrar a Moses Shemtov, el psicólogo hebrero del escritor Elio Vázquez o a Arturo Kozer, así como a los protagonistas de El libro de las palabras robadas, que deambulan en el triángulo circunscrito por las ciudades Tánger, Málaga y Tetuán y que acompañarán a Damián y Ágata, los padres de Elio o al enigmático personaje de Dalila Beniflah y al editor Joan Gilabert, a través de las páginas de esta magnífica novela romántica de intriga.

En ese continuum espacial en el que se incardinan las narraciones de Sergio, conviven en su libro de relatos Paseando por el zoco chico, con disímil suerte,  Mina la negra, esa que “tenía una piel tersa, oscura, heredada de sus antepasados que vinieron de más allá de Chinguetti y aún más allá de Tombuctú”, sus padres paseando con el carabina de Mohamed Sibari, Luisito Velasco, Javier Lobo, Lotfi Barrada, César Fernández o Pablo Serrano: el escuadrón de la muerte que recorría libremente las calles de Larache al llegar el mes sagrado del Ramadán o el carrillo del señor Brital, apostado a la puerta del Cine Ideal, codiciado tesoro del que afloraban las garrapiñadas en cartuchos de papel estraza.

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

En sus historias, Sergio, el “moro” (así lo bautizó “El Pichi”, hermano marista de su primer colegio malagueño), será el proscrito que un día cruzó el Estrecho con su familia en aquel Renault 10 amarillo, cargado del miedo a la frontera, tras el abandono de la “ciudad de oro”, Al-Arà´is, donde experimentó “la aventura de cruzar en barca la desembocadura del río –Lucus-, percibir el olor a pescado y a especias que bajaba de las escalinatas del Mercado Central”, saborear “el té con flor de azahar que tomaba bajo la sombra del Castillo de las Cigüeñas”, deleitarse con los dulces de chuparquía o escuchar, cadente, la dulce melodía de Mamy Blue que sonaba diferente en los labios de Fatimita.

Un poco más al norte, la ciudad de Tánger, a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, será el lugar en el que Augusto Cobos Koller, escritor atormentado, desahoga sus frustraciones con la droga, el alcohol y las mujeres. Una especie de personaje extraído de las noches de desenfreno existencialista del grupo de escritores de la generación beat que aterrizó en la perla del norte de África: Esther Lipman, Yamila, Irena, Miriam Benasuly, Emilio Sanz, las Gerofi, el capitán Iriarte, Paul y Jane Bowles o Ángel Vázquez, que se convertirán en testigos y testimonio vivo de los intentos de Augusto Cobos por encontrar desesperadamente a la mujer que lo redima, a su emperatriz: La emperatriz de Tánger.

La emperatriz de Tánger

Y, ahora, para completar la triada, la trilogía, además de El libro de las palabras robadas y La emperatriz de Tánger, Sergio nos hace entrega del tercer eslabón que se completa con la novela Malabata. Tres libros, no encadenados entre sí, pero sí enlazados en y desde una ciudad: Tánger, un escenario que respira y existe como si fuese un personaje más, quizás el principal, en esta maravillosa obra. La Tánger internacional, el ambiente de intriga y desenfreno bajo su estatus de ciudad abierta, a la vez que carnal, donde el olor a té se mixtura con el del kif en sus teterías o cafetines, lugares en los que perdedores sin escrúpulos buscan su salvación a toda costa en partidas ilegales, intentando redimir sus pecados o, sencillamente, su locura, será el marco incomparable para ambientar una esmerada, y excepcionalmente elaborada,  trama de intrigas y venganzas: el mismo lugar en el que muchos los escritores habían caído rendidos al encanto de esta “sala de espera entre conexiones, una transición de una manera de ser a otra”, tal y como la describió Paul Bowles.

Atravesando sus páginas, el lector es seducido por una narrativa que le lleva, una y otra vez, desde los personajes, a ese gran personaje que es la ciudad y que se hace omnipresente en cada uno de sus episodios, porque lo que ha pretendido Sergio es, desde la trama y sus personajes, mostrar la vida de esta portentosa y fundante ciudad que lo ha atrapado hasta el agotamiento. Es la misma seducción que experimentaron, durante casi tres décadas, Burroughs, Tennessee Williams, Gore Vidal, Truman Capote, Mohamed Chukri, Jean Genet, Allen Ginsberg, Juan Goytisolo o el matrimonio de los Bowles: la seducción de la vedette que posa altiva en la puerta de África, al decir de Pierre Lotti.

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Existen libros cuyo título es, en sí mismo, una completa y auténtica obra de arte. Y, este, es uno de ellos, pues Malabata posee una germinativa eufonía que nos sitúa, desde el atrio narrativo, frente a la ciudad, convertida en un ómfalos, un ensueño, una desmesura: espejismo y fantasía de los hombres:

lo que significa ser un tanyaui: no eres de ningún sitio, careces de patria y desconoces tu bandera, pero sabes quiénes son tus amigos y dónde deberías morir

dirá el protagonista principal de la novela, el inspector jefe Amin Hourani. Novela noir o novela policíaca, que arranca, de manera intensa, protéica, con un doble asesinato:

El inspector jefe Hourani no podía librarse de la imagen de Christian Tesson yaciendo sobre el frío mármol en el depósito de cadáveres, solo y olvidado, algo que le costaba asimilar porque creía que el subinspector no merecía ese final tan trágico. La vida termina siendo injusta demasiadas veces, pero si meditaba en profundidad sobre todo lo ocurrido, tenía que admitir que en realidad nada podía haber acabado bien en esa historia. Ahora le parecía que había transcurrido un siglo y, sin embargo, todo se desencadenó tras el asesinato de Jacques Duhamel, cometido apenas unas semanas atrás”.

La narración impone un inesperado y dilatado flash back, que llevará al doble recorrido que transita todo el texto y que acompaña las pesquisas de los dos principales protagonistas: el inspector jefe marroquí Hourani, nacido y criado en Bélgica, quien se centra en desentrañar el enigmático y brutal asesinato de Jacques Duhamel, quien había sido previamente torturado de una manera sádica, hijo de Jean-Louis Duhamel, importante coleccionista, tenebroso hombre de negocios a quien se le consideraba colaborador de la Gestapo. Y, de otro lado, el subinspector Christian Tesson, obsesionado por restañar sus heridas pasadas, que le llevará a emprender una búsqueda casi obsesiva bajo la imperiosa necesidad de vengar el daño causado a su familia por quienes cree que se esconden en Tánger, a cuya cabeza figuraba Alois Brunner, antiguo jefe de la Gestapo en Francia. Localizarlos y vengarse será la razón última  que podría justificar su existencia.

La maldad o la capacidad de hacer el mal es, junto a la ciudad, otro de los contrafuertes sobre los que descansa la narración:

—Un hombre no sabe lo que puede hacer hasta que no se enfrenta a una situación extrema —Hourani sacaba un puro de la chaqueta—. Yo tampoco podría. Al menos no con premeditación. Me cuesta comprender que un tipo pueda decidir matar a un hombre, y que otro vaya y lo ejecute simple y llanamente porque se lo han ordenado, sin más. Se sesga la vida de alguien así de fácil y se acaba con sus relaciones afectivas, con sus vínculos familiares, con sus proyectos y con sus sueños.”

“—Llevamos la semilla del mal larvada en nuestra alma, jefe. De eso no tengo ninguna duda”.

Malabata, es una excelente novela negra recreada bajo un ambiente sombrío y lóbrego, que confiere al texto la escenografía adecuada, donde los asesinatos y sus intrigas discurren acompasados de intensidad emotiva, a veces de complicada intriga o de un suspense caliginoso que contribuye a mantener vivo el interés por desentrañar el enigma y descubrir la identidad y el móvil de los asesinos, quienes sellan el homicidio, arrojando treinta monedas al cadáver.

Así lo ha indicado el profesor Ahmed Oubali:

“….El truco que utiliza Barce está en la forma de narrar …/… Cada vez que la intriga parece concluir, aparece un nuevo cadáver, junto al cual se dejan treinta monedas, y surgen nuevos y funestos individuos que  la complican, buscando un misterioso libro. Y la espiral del crimen solo se detiene al final de la novela, con una de las resoluciones más sorprendentes que termina provocando un placer estético, después de tanta tensión, incertidumbre y la merecida satisfacción en el lector. La pluma del escritor se muta en la cámara del cineasta. El truco consiste en pasar de lo leíble a lo visible…”.

Los personajes secundarios aportan a la novela una consistente malla de levedad y tenuidad, con la que mitigar y atemperar un texto que, sin sus caleidoscópicas intervenciones: a veces repletas de ternura, otras disparatadas hasta el extremo, podría haber caído en una redacción tenebrosa o sombría, pero que nuestro autor resuelve magistralmente, dotando a la novela, gracias a estos adyacentes actores, de una hialina historia.

Así el subinspector Medina, ayudante del inspector jefe Hourani, policía angustiado y escéptico, Yamila, una bellísima danzarina, cuya acendrada mirada se convertirá en el cabo que mantendrá a flote la esperanza del inspector jefe, y que:

Había nacido allí mismo, en el corazón del barrio del Marshan, no muy lejos de las desoladoras tumbas púnicas del acantilado de Hafa. Yamila Lahcen sólo había conocido esas calles, como si los mapas no describieran otros lugares y nada existiera fuera de aquel lugar

hasta que su padre recibió de buen grado las primeras pesetas que convirtieron los labios de la joven tangerina en  “fruta virgen y salvaje que podía venderse a muy buen precio”; el Sultán Razine Al Sakuri, la suntuosa señora Malet, su sobrina Marie, su hijo Alain, Pedro Duarte o el escritor Augusto Cobos (protagonista de la anterior novela La emperatriz de Tánger), que reaparece en esta nueva entrega de Sergio Barce, conforman esa pléyade de historias paralelas que contribuyen a eludir la sordidez de la trama de asesinatos y que colaboran en la elevación de un texto verdadero, incardinado en frontera de la épica cotidiana.

De fondo, como ya hemos apuntado, la trama policial es relevada por el verdadero interés del autor: mostrar la caleidoscópica vida que emerge y se eleva, milagrosa, excepcional, portentosa, en una ciudad única e irrepetible, como fue la Tánger internacional.

Escribía Jaroslav Seifert que “recordar es la única manera de detener el tiempo”. Sergio Barce posee el talento de contar las experiencias para hacer posible el conjuro del milagro creativo. Sergio ha detenido el tiempo, rescatando del salón del olvido a todos aquellos que conformaron su infancia y su adolescencia, para hacerlos inmarcesibles.

Y ahora -siguiendo la hospitalaria invitación del señor Beniflah, en su libro Paseando por el Zoco Chico-, todos los que quieran pasar, que entren. Todos los que deseen comer, que pasen”.

Este es el mundo que Sergio Barce ha creado para todos, su legado, el testamento que ha construido a lo largo de veinte prodigiosos años y que nos entrega como testimonio de resistencia “a través de los ojos del niño que fue”, tal y como le enseñó Brital, el vendedor de chucherías.

Ahora, alcanzada la madurez creativa, Sergio Barce toma asiento en alguna de las sillas vacías del Café Central de Larache, escucha las bromas de Sibari y de Akalay y sonríe satisfecho. Saborea un té con flores de azahar, mientras suena de fondo, diferente, angelical, la melodía de Mamy Blue, en los labios resucitados de Fatimita y vuelve a sonreír porque sabe que ha cumplido su misión: mantener vivo el recuerdo y la imagen de quienes habitan, ya por siempre, en la que fue y será su auténtica matria, porque como nos enseñó Rilke: “La verdadera patria del hombre es la infancia”.

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Sergio Barce y José Sarria, en la presentación de MALABATA en Casablanca

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE “MALABATA”, DE SERGIO BARCE, EN EL SIEL DE CASABLANCA

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Este pasado miércoles, mi gran amigo el poeta José Sarria tuvo la gentileza de presentar mi novela Malabata (Ediciones del Genal – Málaga, 2019) en el SIEL de Casablanca, invitados por el Instituto Cervantes de Casablanca. Como siempre, fue un placer y una suerte que José Sarria se adentrara en las páginas de uno de mis libros porque los descuartiza hasta sacarle todo el jugo. Lo volvió a hacer, y sacó lo mejor que hay entre sus páginas. Muy agradecido a Jose, que ya lo sabe.

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He de dar igualmente las gracias a la directora del Instituto Cervantes de Casablanca, María Jesús García González por su calidez y sus atenciones, y por haber contado conmigo en estas jornadas. También a Maribel Méndez (como ya dejó expresado Aziz Amahjour) que siga siendo la argamasa que nos une en esta tarea de mantener vivo el contacto entre hispanistas y escritores españoles y marroquíes. Y una suerte haber conocido a Laura Gutiérrez y a Hanane el Houdaigui. 

Muy emocionante ver en el stand del IC en el SIEL todos mis libros expuestos al público.

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Por supuesto, lo pasé fenomenal compartiendo mesa de debate (y algunas cervezas) con Sergio del Molino, Rocío Rojas-Marcos, Mohamed Abrighach, Farid Othman-Bentria Ramos y Mohamed el Morabet (con el que ya parece que tengo una especie de conexión itinerante que espero se repita). Y muy feliz también de compartir momentos muy divertidos y de interesantes conversaciones, además de los antes mencionados, con Mustafa Akalay, Aziz Amahjour, Maribel Méndez, Khadija Karzazi, Ahmed el Gamoun, Raquel Landeros y Paula Carbonell (que para mí ha sido un descubrimiento luminoso). Especial, como siempre, reencontrarme con Alberto Mrteh, Boujemaa El Abkari y Ahmed Benremdane. Y además mi “sobrina” Zahraa Jbari también me acompañó en la presentación de mi novela.

En fin, que estos días han sido una gozada.

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Farid Othman-Bentria Ramos, Sergio Barce, Mohamed Abrighach, Sergio del Molino y Mohamed el Morabet

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Mª Jesús García González, Sergio Barce y José Sarria

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Alberto Mrteh y Sergio Barce

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Zahraa Jbari y Sergio Barce

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José Sarria, Mohamed el Morabet y Sergio Barce

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Maribel Méndez, Sergio Barce, Sergio del Molino, Rocío Rojas-Marcos, Mohamed el Morabet, Mustafa Akalay Nasser y su hijo

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Sergio Barce, Mustafa Akalay, Mohamed el Morabet y Farid Othman-Bentria Ramos

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Paula Carbonell, Mohamed el Morabet, Aziz Amahjour, Mohamed Abrighach, José Sarria, Sergio Barce, Boujemaa El Abkari y Ahmed el Gamoun

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CASABLANCA -12 DE FEBRERO- PRESENTACIÓN DE “MALABATA”, UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

SIELEste próximo miércoles, 12 de febrero se presentará en el SIEL (Salón Internacional de la Edición y del Libro de Casablanca) mi novela Malabata (Ediciones del Genal – Málaga, 2019), presentación que correrá a cargo del poeta y querido amigo José Sarria.

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El día anterior, martes 11, participaré también, en la mesa redonda que girará en torno a “La permeabilidad cultural en las fronteras compartidas” junto a varios amigos escritores y profesores: Sergio del Molino, Rocío Rojas-Marcos, Mohamed Abrighach y Farid Othman-Bentria Ramos. Todo un lujo.

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FRAGMENTO DE “MALABATA”, DE SERGIO BARCE

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De la mano del Instituto Cervantes de Casablanca, y gracias a su directora, María Jesús García González, el próximo día 12 de febrero se presentará en el SIEL (Salón Internacional de la Edición y del Libro de Casablanca) mi novela Malabata (Ediciones del Genal – Málaga, 2019). La presentación correrá a cargo del poeta José Sarria.

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Aquí os dejo un fragmento de la novela:

“…Había nacido allí mismo, en el corazón del barrio del Marshan, no muy lejos de las desoladoras tumbas púnicas del acantilado de Hafa. Yamila Lahcen sólo había conocido esas calles, como si los mapas no describieran otros lugares y nada existiera fuera de aquel lugar, hasta que al cumplir los quince años alguien se fijó en ella y habló con su padre que recibió de buen grado las primeras pesetas que le dieron a cambio de poca cosa. La enseñaron a maquillarse y a moverse como si fuera una mujer adulta, contoneando las caderas igual que un péndulo que diera la hora exacta. En poco tiempo sus labios se convirtieron en una fruta virgen y salvaje que podía venderse a muy buen precio. Luego aprendió a bailar. Pero no se trataba sólo de mover el cuerpo al ritmo de la música. También debía interpretar, atraer y cautivar. Y no se le daba mal. Muy poco después actuó en su primera fiesta privada.

Yamila Lahcen era una jovencita dócil y disciplinada. Y en aquella primera jarana sólo hubo de tocar las palmas, acompañar el ritmo de la música y hacer de comparsa de otra chica mayor que ella, Thuraya, una bailarina experimentada. Sin embargo, la música transformaba a Yamila de tal modo que a veces perdía la consciencia. Y algo así le ocurrió cuando comenzaron las notas iniciales de la tercera canción porque de pronto, sin saber cómo ni cuándo, los invitados empezaron a fijarse en ella, al principio con cierta perplejidad, pero cuando se dieron cuenta de que bailaba como si la meciera el viento se entusiasmaron y la animaron a que no parase. Era fascinante seguir a esa jovencita que no cejaba en moverse con un arte ya olvidado. Y Thuraya hubo de ceder su protagonismo a regañadientes.

A partir de ese momento sus actuaciones comenzaron a ser requeridas en la mayoría de las bodas musulmanas que se celebraban en Tánger y un año después, cuando su cuerpo dejó de ser tan inocente, inició un tedioso periplo por cabarets y clubs nocturnos. Su padre nunca preguntaba. Sólo extendía la mano con la palma hacia arriba aguardando a que los duros de la semana cayeran como hojas de otoño.

Thuraya acabó en un tugurio del que Yamila sólo recordaba el olor nauseabundo del sudor mezclado con el kif y con el vino barato. A menudo pensaba que, comparada con Thuraya, a ella la protegió su baraka. Podía haber terminado junto a su compañera o en uno de los prostíbulos de la medina, pero se libró por el caprichoso azar o por ese destino ya escrito que parece imposible de sortear. Le Chat Noir era otra cosa. Allí concibió la vana esperanza de que algún cliente adinerado acabara por sacarla de ese mundo. Las cosas no fueron tan sencillas y cuando hubo de salir de Le Chat decidió ocultar esos meses como algo ominoso, como un estigma que podía condenarla a un infierno eterno.

Pero al poco volvieron a hablar con Hamid, su padre, siempre tan condescendiente, tan cobarde, un hombre de pocas palabras y de memoria corta capaz de venderse por una quincalla con tal de no tener problemas. Pero Yamila lo consideraba un buen hombre, piadoso y dotado de candor. Hamid juraba que todo lo que hacía lo hacía por ella, y tal vez fuese cierto. Incluso cuando le anunció que trabajaría para sidi Mrabet. Yamila había oído hablar de él. Todos sabían en Tánger que Mrabet era el hombre de confianza de Italo Cresci, un empresario de espectáculos nocturnos del que se afirmaba que carecía de entrañas. Desde entonces venían a recogerla hasta su barrio, a la boca de la estrecha callejuela donde estacionaba un Citröen berlina negro. Cuando Yamila recorría el tramo de su casa al vehículo las mujeres la miraban con una envidia indisimulada. Luego entraba en el coche. El cristal de separación interior le impedía poder hablar con el conductor. Al lado de Yamila solía ir un tipo mal encarado, vestido con un sobrio traje de chaqueta, que no abría la boca en todo el camino hasta llegar al cabaret. Días después sabría que ese hombre era sidi Mrabet.

El primer local en el que Yamila Lahcen trabajó para Cresci fue en el Salón Alhambra. El corto programa sólo incluía la danza del vientre, que era lo que les gustaba a los europeos de Tánger y a los extranjeros que llegaban de paso. Ella se adaptó con suma facilidad. Asumía cada etapa de su existencia como un imponderable. Había aprendido a sobrevivir. Y su primer striptease tampoco le supuso mayor problema. Lo hizo tal y como le habían ordenado que lo ejecutara. Su pasado le facilitaba las cosas, especialmente sus días de Le Chat Noir donde trabajó con otra identidad. Fue sencillo además porque desde el primer segundo supo cómo abstraerse de los silbidos, de los gritos, de las obscenidades de un público embrutecido. Clavaba sus ojos en el cañón de luz que la iluminaba y se entregaba al baile hasta entrar en una especie de trance, tan intenso que en ocasiones debían de ayudarla para abandonar el escenario.

A veces Mrabet la esperaba allí, en el cuartito donde guardaba su ropa, y le entregaba unos duros extras después de follársela. Yamila Lahcen apenas sentía las embestidas de alguien que no le despertaba ningún sentimiento, ni tan siquiera asco. Era todo tan mecánico que ni lo escuchaba resollar a su espalda cuando se vaciaba. En esos instantes ella imaginaba encontrarse en las playas de Asilah y que nadaba junto al espigón y que se quedaba flotando boca arriba, mirando a las gaviotas que planeaban en el cielo. Cuando Mrabet se abrochaba los pantalones, Yamila Lahcen se vestía sin prisas y dejaba que la llevase de vuelta a su casa ya al amanecer. A veces se preguntaba qué podía hacer. Las cosas eran así.

Curiosamente durante aquellos meses ningún hombre osó acercársele. Era como si Mrabet la hubiera marcado prohibiéndola a los demás. Pero el tiempo pasaba y sus actuaciones eran más y más demandadas en los clubs tangerinos. Yamila poseía ángel, dejaba mudos a los espectadores y los enardecía en la misma proporción. Sólo temía que algún viejo cliente de Le Chat Noir pudiera reconocerla. Cuando ese temor le asaltaba ella se abstraía bajo la luz del foco y se ausentaba del presente.

Fue su intervención en el moderno Kursaal la que hizo que su vida diera un nuevo viraje. Mrabet, como en otras ocasiones, la esperó. Esta vez en un pequeño camerino que le habían asignado a Yamila, más limpio y decente de lo habitual. No hubo ninguna palabra de aliento o de felicitación por el éxito de su actuación sino el gesto brusco y seco de quien sólo tiene un objetivo. Sin preámbulos. Como si ella estuviese allí para satisfacerle al momento. Pero ese día todo se conjuraba de alguna manera. Mrabet la zarandeó de una manera insultante, tal vez más humillantemente que en las otras ocasiones, y la hizo arrodillarse mientras se desabrochaba los pantalones con una arrogancia hiriente. Luego tiró del cabello de Yamila atrayéndola hacia su verga excitada justo en el instante en el que la puerta se abrió de golpe. Un hombre se detuvo en el vano estupefacto al principio, irritado después, enfurecido al final.

—Señor Cresci, yo…

Mrabet trató de subirse los pantalones, pero mientras Yamila se cubría pudorosamente apartándose de él, Italo Cresci dio una zancada, asió a su hombre de confianza del cuello y lo arrojó al pasillo como si no fuera más que un montón de basura.

—No quiero volver a verte —le ordenó, escupiéndole en la cara.

Mrabet desapareció como por ensalmo sin limpiarse la saliva que le resbalaba por la mejilla, golpeándose contra las paredes del corredor, como si estuviera noqueado. Pero Cresci ya se había olvidado de él y miraba a Yamila. Dio un largo suspiro. Con elegancia recogió la chilaba que colgaba en el respaldo de una silla y cubrió su cuerpo, apartando la mirada. Era la primera vez que ella sentía vergüenza y eso le causó un extraño efecto de placidez y de calma, como si hubiera navegado toda la noche por un mar revuelto y al fin hubiera desembarcado en un puerto seguro…”

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CASABLANCA – SIEL – DEL 6 AL 16 DE FEBRERO DE 2020

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Maribel Méndez, del Instituto Cervantes en Fez, nos ha hecho llegar la programación de España en el Salón Internacional de la Edición y del Libro de Casablanca (SIEL), que, como bien dice, da un gran protagonismo a la Literatura Marroquí en Lengua Española, y en el que tengo la suerte de participar en una de las mesas redondas y presentando mi novela Malabata.

Actividades sobre LMLE:

Hispanistas que investigan la Literatura Marroquí en Lengua Española: Mohamed Abrighach, Khadija Karzazi y Hassan Boutakka (moderador).

Aproximación a la obra literaria de Sergio del Molino. Presentado por Mohamed el Morabet.

• Mesa redonda “Permeabilidad cultural en las fronteras compartidas”: Sergio del Molino, Sergio Barce Gallardo, Rocío Rojas-Marcos Albert, Mohamed Abrighach y Farid Othman-Bentria Ramos (moderador).

• Presentación de la novela de Sergio Barce, Malabata. Presentado por José Sarria.

• Mesa redonda “Escribir en español: una lengua de adopción”: Mohamed el Morabet, Aziz Amahjour, Ahmed El Gamoun y José Sarria (moderador).

Podéis ampliar la información en este enlace directo al programa:

https://casablanca.cervantes.es/imagenes/File/Programa_Espana_en_el_SIEL_2020.pdf

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