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«NARRATIVA ANACRÓNICA: PARA UNA LECTURA POSTCOLONIAL», DEL PROFESOR JOSÉ MANUEL GOÑI PÉREZ

En este exhaustivo y denso artículo del profesor de la Aberystwyth University, Department of European Languages, de Gales (UK), José Manuel Goñi Pérez, se condensan muchos de los títulos más representativos de la literatura relacionada con el protectorado español en Marruecos y, especialmente, con el Tánger mítico y soñado. Me decía José Manuel en el correo que me enviaba al permitirme colgar este artículo en mi blog que “…escribí ese pequeño trabajo como una especie de recuerdo a los estudiosos de la literatura de una nueva narrativa sobre el Protectorado que creía en aquel entonces que tenía mucho que ofrecer al lector contemporáneo.” Y, para mi sorpresa, José Manuel, que menciona algunos de mis libros en este estudio, añadía: “…He de decir que soy muy aficionado a tu narrativa que considero de lo mejor que se publica en estos días, y que he leído con gran entusiasmo, y aprovecho para darte las gracias por esas obras tan amenas y de agradable estilo.” No he podido resistirme a transcribirlo, no por vanidad, sino porque verme mencionado entre autores que admiro y entre títulos que me resultan ejemplares, no deja de ser emocionante. En fin, que especialmente para quienes desean bucear en ese mundo tan atractivo como idealizado y mitificado, este artículo del profesor Goñi abre las páginas a libros tan atractivos como sugerentes y a autores que, de una u otra forma, retratan aquel mundo que nos ha marcado a todos los que venimos de la otra orilla.

Sergio Barce, febrero 2015

TANGER

TANGER

Narrativa anacrónica: para una lectura postcolonial

de

José Manuel Goñi Pérez

Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro. Lo que él respira es lo que a ti te asfixia, lo que come es tu hambre. Muere con la mitad más pura de tu muerte. Rosario Castellanos, El otro

La literatura del protectorado y de la ciudad internacional de Tánger en español, denominación de la producción literaria desde 1912 hasta 1956/1959, tiene a su vez otra literatura, homóloga, coetánea y anacrónica que versa sobre temas del protectorado y que en las últimas dos décadas ha empezado a despertar el interés no sólo de lectores nacidos o relacionados con la zona colonial sino de ciertas editoriales independientes y algunos reducidos círculos literarios (editoriales tales como 451 Editores -del escritor y filólogo Javier Azpeitia- la Librería Hebraica, la editorial Pre-Textos, la editorial Aljaima entre otras).(1)

Esta reciente poiesis está facilitando una reconstrucción histórica de los enclaves coloniales del norte de África y su interés no sólo se centra en la ficcionalización de la misma Tánger, Larache o Tetuán, sino que, como ya destacara Bernabé López García (Prólogo, Nogué y Villanova: 1999), este interés también ha vivificado el estudio sobre las relaciones entre España y el país magrebí en distintos ámbitos, así como los posibles significados de la época colonial. Por otro lado, la representación novelada de tales enclaves e historias no es la visión paradisíaca de un territorio distanciado y ajeno a ideologías absolutas y dominantes que imperaban en las décadas de los cincuenta y sesenta por allende y por aquende. Sino que, como es el caso de Último verano en el paraíso (2004), la obra literaria está marcada por la reflexión histórica sobre el norte de Marruecos, de los marroquíes y de los españoles y de los apátridas y sobre la meditación y definición del tornadizo concepto del Otro. (2) A esta ficción moderna, anacrónica y de mirada penetrante, hay que añadir la existencia hoy en día de distintos documentos, algunos de ellos digitales, que se están convirtiendo poco a poco en una base de datos -tanto histórica como literaria- que alberga memorias, ideologías, biografías, autobiografías, pensamientos y visiones sobre la cotidianidad de la vida bajo el Protectorado y la internacionalidad de Tánger, soterradas o que se creían perdidas, con la anexión de las tierras coloniales al reino alauí. De entre estos documentos destaca la revista Tingis (dirigida y editada por Lydia Sanz de Soto), que aúna todavía más la relación entre la historia y la intrahistoria, entendida esta última como una búsqueda del pasado histórico a través de lo humano y lo aprendido por el ser común e individual -antítesis del héroe histórico. (3) Esto es, la búsqueda del mundo olvidado y, a su vez, el temperamento histórico de la ciudad colonial. De ahí que la intrahistoria o su reconstrucción esté limitada a quienes de alguna u otra manera vivieron en ella y la rescriben. (4) La importancia de esta visión intrahistórica de Tánger reside en la individualidad de cada visión y en la amplitud de las mismas. Tánger no existe, pues, sino en la desmembración de cada una de sus visiones, pues a cada persona le corresponde un Tánger. No obstante, hay que especificar que estos datos históricos no son parte de la recuperación de una memoria histórica regida y desiderativa, sino, muy al contrario, una visión cercana a la ‘base eterna’ azoriniana, esto es, a lo que queda tras filtrar el pasado por el tamiz del presente. De ahí que parte de la literatura actual sobre Tánger tenga un cierto aire de reminiscencia realista o de ‘novela ecfrástica’, como El último verano en Tánger, de Juan Vega Montoya. (5)

EL ULTIMO VERANO EN TANGER

No obstante, lo que diferencia a la ficción coetánea sobre Tánger, producto de la emigración, la República y posteriormente la diáspora, producto de esa «España silente y la Tercera España silenciada» -como la llamara Ramírez Ortiz (2005: 9)- con la visión literaria tanto de finales del XIX como del primer tercio del siglo XX, es que el escritor tangerino (6), será un escritor independiente, emancipado y algunos de sus escritores alejados de las dificultades y penurias por la que transcurría la misma España, como bien se demuestra al leer la obra de A.Vázquez (7), mientras que la visión de escritores decimonónicos e incluso de principios del siglo XX como Joaquín Gatell (8) y Foch, Giménez Caballero, Díaz Fernández o el mismo Pedro Antonio de Alarcón –corresponsales, voluntarios al cuerpo del ejército o financiados por instituciones españolas– era una visión parcial e impedida. Manuela Marín en su exhaustivo estudio sobre las imágenes opresivas de la literatura de viajes sobre Marruecos explica que desde mitad del siglo XIX hasta comienzos del Protectorado en 1912 «la vigencia de unos signos interpretativos inmediatamente aceptados y difundidos a través de fórmulas literarias e iconográficas debe relacionarse con el carácter particular de la literatura española de viajes sobre Marruecos en este periodo», y añade que este es un periodo «de observación, catalogación y clasificación de una sociedad vecina pero fundamentalmente ajena» (2002: 88). Es menester añadir que la presencia española en el norte de África no produjo solamente una visión literaria en español sino que también facilitó la impresión de obras en árabe, posibilitada por la imprenta hispanoárabe del Padre franciscano Lerchundi en Tánger, quien también pusiera su empeño en sacar a la luz la revista Mauritania (Tánger, 1928). Darias de las Heras da cuenta de las publicaciones periódicas del Marruecos español: 

<Igualmente existió en las llamadas plazas de soberanía la esforzada y en muchos casos subvencionada publicación de prensa periódica poseedora de una admirable historia que se prolongará durante más de una centuria. Se inicia en 1860 con “El Eco de Tetuán”, fundado por Pedro Antonio de Alarcón, pionero de los corresponsales de guerra españoles, y que, tras fusionarse con “El Norte de África”, pasaría a llamarse ”La Gaceta de África”; continúa con el melillense ”El Telegrama del Rif” (1902), “El Faro” –rebautizado después como “El Faro de Ceuta” (1934)–, “El Eco de Chef Chauen” –editado desde 1920 inicialmente en multicopista y en el que colabora Tomás Borrás–, “El Heraldo de Marruecos” –que aparece en Larache en 1925– y los tangerinos ”El Porvenir”, ”El Diario de África” y sobre todo “España”, cuya trayectoria va desde 1938 a 1967, cubriendo los años de esplendor de la ”Ciudad Internacional” y siendo dirigida desde sus comienzos hasta 1955 por Gregorio Corrochano, otro preclaro corresponsal de guerra.> (2002)

Hasta fechas recientes se ha acusado a las letras españolas de no tener una literatura colonial africana, esto es, autóctona, y de tener una literatura sobre las colonias escritas por escritores peninsulares (Antonio Carrasco: 2000). A diferencia de la literatura hispanoamericana, véase el caso de Rosario Castellanos y en concreto Balún Canán (1958), la inexistencia de un narrador que penetrara en las relaciones de los distintos grupos sociales, en la mezcla de lenguas, de religiones y de intereses, ha sido una de las características más significativas de la literatura tangerina –si exceptuamos –ya a finales de la década de los 50– la narración íntima e inclusiva de Antonio Vázquez. El protectorado no termina por novelar y describir enteramente las distintas esferas sociales, etnias y clases sociales, y su difícil interacción. Si aceptamos siguiendo a Antonio Carrasco que las visiones coloniales de la literatura del Protectorado «son parciales y siempre imbuidas por la distancia del europeo hacia el africano, incluso los que se muestran más comprensivos con los marroquíes» –sin olvidar también a la comunidad sefardí– y que en su representación ficcional:

<La ilusión supone la falsedad de gran parte de las situaciones que se plantean en los libros españoles, la falta de objetividad al mostrar a unos y otros. Hay exceso de heroísmo injustificado y exceso de crueldad inventada. Ilusión es sugestión, distorsión, imaginación o deformación más o menos grande de la realidad. Es sentido de alteridad y, en muchas ocasiones, de superioridad, eurocentrismo o lo que los colonialistas ingleses llamaron jingoismo.>  (Eco de Tetuán, 2006)

Si aceptamos, decía, en mayor o menor medida este análisis generalista, (9) hay que añadir que será un grupo de escritores, cuyo rasgo común es el de la diáspora y el distanciamiento temporal de lo que fue Tánger y la zona del Protectorado español, el que describa y desentrañe a principios del siglo XXI, y de forma paulatina, una visión y una historia del pasado colonial reflexionada y acicalada por más de cuatro décadas de silencio. (10) En muchos casos estos textos literarios, creados desde visiones, ideologías e intenciones distintas, conforman no una corriente literaria, sino una respuesta común y coetánea a los problemas y conceptos del Otro y la diáspora. (11)

Definir la literatura sobre la ciudad de Tánger escrita en la última década como la representación de la búsqueda sublime de lo exótico, lo orientalista o el redescubrimiento de unas vidas colonizadas resulta arduo y hasta embarazoso. Ya que si la visión novelística actual ahonda más en el distanciamiento político y utópico de la zona internacional y colonial, y da más importancia a la reflexión del Yo y del no–Yo con referencia a los sentimientos vitales (literatura nostálgica se la ha llegado a denominar), la visión de la primera mitad del siglo XX tanto en narraciones, libros de viajes, pintura, y artes plásticas –postales dibujadas e incluso fotografías– están más cercanas al estereotipo peninsular que se tenía del norte de África. (12) Un estereotipo de rasgos exóticos y casi metaliterarios que dotará a la ficcionalización de los territorios colonizados de una falsa superioridad basada en comparaciones sociales y que les hará obviar los elementos culturales. Incluso el viajero de finales del siglo XIX, alimentado por esta caterva de miradas, descubrirá un mundo hostil y de difícil aclimatación. (13) Los libros de viajes, ya mencionados, darán una visión predeterminada y esperada por parte de un lector específico que buscaba el descubrimiento de lo ajeno, de lo desconocido y opuesto, de una nueva barbarie frente a la civilización incansable, de nuevo hilo que recondujera los designios de grandeza e hiciera olvidar la pérdida de las últimas colonias y el fracaso reconocido de finales del XIX y la estrepitosa inhabilidad política de principios del siglo XX y devolviera lo perdido a un pasado irrecuperable. Nuestro orientalismo no fue tal –pues incluso el modernismo español o el latinoamericano pasó por el tamiz de la visión orientalista de la literatura francesa, basada en la sensación y en la belleza de los ensueños proyectados por Shehrezade. Si nuestro orientalismo no fue tal, nuestro colonialismo fue más bien un intento fútil, efímero y visionario de reencontrarnos con la América perdida. Esto por una parte. Por otra, habría que añadir que el entendimiento de la ficción de la ciudad de Tánger en la literatura española contemporánea pasa también por el conocimiento de la mitificación (14) del Tánger de Paul Bowles, de Jane Bowles, de Tennessee Williams, de Ginsberg, de Kerouac y de William Burroughs, Genet, Truman Capote de escritores como Alejo Carpentier y Rodrigo Rey Rosa, y de esta y aquella efímera representación, y de todos aquellos que han mitificado la mitificación de la ciudad de Tánger, una ciudad en palabras de Domingo del Pino ‘de limbos’, ‘mitos y sueños tal vez necesarios pero no siempre reales’. (15) Y a todos y a cada uno de estos Tángeres les corresponde la visión del Tánger de For bread Alone o de Día de silencio en Tánger. Y si es cierto que toda representación de una ciudad real –véase la reciente deconstrucción onírica neoyorkina de Ray Loriga– es ficcional, también lo es heurística, como la búsqueda fugaz que llevara a cabo la generación Beat tan apartada de esas otras posibles realidades históricas de Tánger, de esas mismas realidades ligadas por una apócrifa internacionalidad cuestionada de forma sin par por Antonio Parra en El Obispo de Tánger:

<Ser ciudadano del mundo. ¡Qué ingenuidad! El cosmopolitismo sólo es posible cuando se es el dueño de la situación. En la Tánger discretamente cosmopolita del pasado la “internacionalidad” de sus habitantes no era más que un juego alegre de quienes, en el fondo, se sentían respaldados por la seguridad de una patria, por el calor de una raíz, de un origen. Eran, más que cosmopolitas, espectadores radiantes de un cosmopolitismo que en realidad no existía en ninguna parte, en ningún corazón, salvo en el de unos pocos mentecatos. Se necesita mucha superficialidad para ser un verdadero cosmopolita. La tierra no es sólo el terruño, lo mezquino de la aldea, sino la intuición elemental y sentimental, pero firme, de nuestra severa raíz campesina; la irredenta memoria de un lugar, en alguna parte, en algún tiempo, en el que fuimos felices pastores o primorosos hortelanos. El paraíso del que fuimos expulsados.>   (1995: 14-15)

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«LA ROMANÍA DE LAS MIGRACIONES: LITERATURA DE IDA Y VUELTA», DE JUANA CASTAÑO RUIZ

En el Volumen 16-17, de los Estudios Románicos, publicado por la Universidad de Murcia, la profesora Juana Castaño Ruiz me incluía entre los escritores que menciona en su artículo titulado La romanía de las migraciones: Literatura de ida y vuelta. Es un texto por supuesto  erudito, pero también muy interesante para quienes hemos vivido en Marruecos o que provenimos de emigrantes que se buscaron la vida al otro lado del estrecho. Por supuesto, es muy revelador para quienes nos hemos lanzado a escribir sobre aquella experiencia. Personalmente, además, me enorgullece aparecer al lado de autores que la talla de Lobo Antunes o Ben Jelloun, y especialmente de Pablo Aranda, al que, además de admirarlo, me une un afecto sincero.

Sergio Barce, enero 2015

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LA ROMANIA DE LAS MIGRACIONES:
LITERATURA DE IDA Y VUELTA
de Juana Castaño Ruiz

(Extracto)
(ISSN: 0210-4911 – Universidad de Murcia – Murcia, 2008)

I. DEL IMPERIO A LOS IMPERIOS

Cuando el Imperio Romano se rompe como entidad política, el término Romania seguirá representando su herencia desde el punto de vista lingüístico y cultural. Esa herencia está hoy representada por las lenguas románicas descendientes del latín. Si recordamos la historia de estas lenguas para llegar a la actualidad, debemos partir de la implantación de la lengua latina como consecuencia lingüística de la romanización, lo que se conoce como latinización. Se impuso el latín en territorios muy amplios y sobre lenguas muy distintas (las llamadas lenguas de sustrato) como el galo, el etrusco, el ibérico o el dacio, acabando con todas esas lenguas, aunque dejaron su huella en la lengua conquistadora. Tras la ruptura del Imperio, el latín recibiría la influencia del germánico y del árabe (lenguas de superestrato), que contribuirían a la configuración de las lenguas románicas. Se dice que el francés, el español o el italiano representan el latín hablado en el siglo XXI, puesto que estamos ante un grupo de lenguas que suponen un estadio en la evolución ininterrumpida de la lengua latina a lo largo del tiempo. Las lenguas de sustrato desaparecieron, aunque dejando marcas, al ser sustituidas por el latín, mientras que éste se transformó en las lenguas románicas, recibiendo influencias de las lenguas de superestrato. (…)

Imperio Romano - web Raíces de Europa

Imperio Romano – web Raíces de Europa

Hoy, los lugares ocupados por las lenguas románicas no se corresponden exactamente con los lugares a los que llegó el latín y el primitivo concepto de Romania se ha matizado con otros que nos explican su situación en el mundo actual. Muchos territorios no se romanizaron por completo y se perdieron para la romanización desde el punto de vista lingüístico. O se romanizaron superficialmente, de manera que se mantuvo la lengua de origen o se impuso como lengua posterior. (…)

(…) Debemos insistir en la importancia de las migraciones para la expansión de las lenguas y las culturas en distintas etapas históricas. Del latín a las lenguas románicas, pero también la expansión del español en el siglo XV con la expulsión de los judíos españoles y la llegada de los españoles a América. En la actualidad, la lengua y la española cumple con un importante papel comunicativo en Estados Unidos como consecuencia de la llegada de hispanos de diverso origen. (…)

(…) En nuestro tiempo asistimos a un fenómeno mundial de grandes oleadas migratorias debidas a causas políticas y económicas, fundamentalmente, que tienen como resultado la llegada de inmigrantes a países de acogida distintos al suyo para establecerse en busca de mejores condiciones de vida. Las sociedades se están convirtiendo en sociedades multiétnicas, lo que no es nuevo en el caso de las comunidades románicas. Recordemos que el Imperio Romano fue también un mosaico de poblaciones y de culturas, al que se refiere Giovanni Sartori al hablar de la conciencia que se tiene en la sociedad moderna de que el ciudadano nace con la Revolución Francesa: “En realidad, el civis romano es anterior a 1789. Y el Imperio Romano, en tanto que era poliétnico, policultural, politeísta y, en resumen, “poli-todo” (hubiera sido un verdadero manjar para los multiculturalistas), estaba precisamente cimentado en la protección que la ciudadanía romana suministraba a los pueblos que lo aceptaban y la pedían”. (…)

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RESEÑA DEL PROFESOR Y POETA JOSÉ LUIS PÉREZ FUILLERAT AL RELATO «LA VENUS DE TETUÁN», DE SERGIO BARCE

Una vez más, he de celebrar que mi admirado José Luis Pérez Fuillerat, poeta y profesor, dedique su tiempo y su talento a destripar una de mis obras. Ya lo ha hecho con alguna de mis novelas y con mi último libro de relatos, y ahora le ha hincado el diente al cuento que he publicado en el libro colectivo de la Generación BiblioCafé Por amor al arte (Jam Ediciones – Valencia, 2014). Sólo puedo dejar constancia de mi agradecimiento y de mi gratitud por sus palabras.

                       Sergio Barce, enero 2015

Jose Luis Pérez Fuillerat

Jose Luis Pérez Fuillerat

Comentario al relato de Sergio Barce

“LA VENUS DE TETUÁN (*)

por José Luis Pérez Fuillerat

Relato breve e intenso de este narrador de raíces larachenses y malagueñas.
Y otra vez la leyenda de Pigmalión. No ha sufrido apenas ningún cambio, ninguna metamorfosis, desde aquella de Ovidio, pues todas las versiones que se han realizado, ya sea como narraciones, teatro o cine, coinciden en la contemplación de la belleza ideal, corporeizada en la mujer, musa inspiradora del artista a la búsqueda constante de la obra perfecta.
No obstante, ¿qué añade el autor de este relato al mito del escultor Pigmalión y su modelo Galatea, en la historia del arte? Tal como está narrado, es quizás ese placer de la clandestinidad, tan natural en las pulsiones y pasiones humanas. Hay un momento de la historia narrada en que el personaje, el pintor Rivanera, posa su mano en la entrepierna de la modelo venusiana, incluso llega a tocar con sus dedos el sexo de la diosa aprovechando su sueño.
Pero no, no es cobardía, sino un paso en ese devenir, en esas escalas de amor que estaba recorriendo, como artista enamorado de la perfección de su modelo. En ella había encontrado lo que buscaba. Pero se conformó con tocarla. Eso sí, clandestinamente.
El artista, enamorado de su modelo ideal, una vez puesto en camino por medio de la palabra (la sharia), practicó la tariqa, actuó, pintó a la amada en diferentes posturas, manteniendo la admiración y el deseo, sin llegar a la consumación carnal, pues esa pasión nunca debe desequilibrarse, ya que su última aspiración es llegar a la haqiqa (la paz interior), dentro de los estados místicos descritos por la filosofía amorosa de los sufíes.
Esta idea de la clandestinidad puede malinterpretarse en el relato de Sergio Barce. Cabe la pregunta que la misma Paloma (la Venus de Tetuán) se hace desde su regreso en el ferry: por qué Rivanera (Pigmalión) no lo intentó de nuevo, ya que, al parecer, fue la llegada inesperada al estudio de Hadiya la que obstaculizó la entrega final, deseada también por ella. Es decir, no es el caso de la enamorada de la jarcha que se niega al último momento cuando gozosa y asustada dice:

¡Non me mordás, ya habibi, la!,
no qero daniyoso!
Al-gilala rajisa! ¡Basta!
A todo me refyuso!

***

No me muerdas, amigo, ¡No, / no quiero al que hace daño! El corpiño es frágil. ¡Basta! A todo me niego.

(Versión de estos versos, de Emilio García Gómez: “Las jarchas romances de la serie árabe en su marco”).

Pero si el deseo se hubiera hecho realidad, el cuento no hubiera sido posible. El narrador heterodiegético asume y “consume” la historia del amor idealizado, más auténtico (más literario) que cualquier otro, que se considera menos puro, al menos en la tradición literaria ascético-mística. Así el andaluz Ibn Arabí, en un verso de sus Odas tituladas El intérprete de los deseos nos dice:

“Converso con ella, mañana y noche,
con el lamento de un hombre que languidece
y el gemido de un sediento”.

La ceguera final del pintor Rivanera es también un acertado motivo literario. Ceguera física tal como se nos cuenta, pero ceguera también simbólica del amor mantenido en secreto. “Busca algo”, dice Hadiya mientras el artista mira insistentemente el cuadro de Velázquez. Una vez encontrada la belleza ideal, su Venus de Tetuán, ya nada le queda por ver… ni por vivir.

——————————————-

(*) Incluido en el libro de relatos “Por amor al arte”, Generación Bibliocafé, Málaga, 2014.

POR AMOR AL ARTE - portada

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«LA VENUS DE TETUÁN» RELATO DE SERGIO BARCE, SEGÚN CELIA CORRONS

Mañana sábado, 29 de Noviembre, en la Librería Proteo, de Málaga, a las 12:00 horas, presento junto a la escritora Herminia Luque Por amor al arte, libro de relatos de 28 autores. Mi cuento La Venus de Tetuán se incluye en esta preciosa publicación de Jam Ediciones / GB.

Y aprovechando que Celia Corrons ha escrito una breve reseña de mi cuento, la traigo al blog para invitaros a que acudáis al acto de mañana.

LA VENUS DEL ESPEJO

En Por Amor al Arte de Generación Bibliocafé, se siguen descubriendo hallazgos como este.

Rozar la perfección está reservado a pocos genios, como Velázquez que representa a través de sus cuadros la excelencia del arte. Uno de sus secretos es pintar de verde la piel de sus retratados y sobre este color aplicar otros matices que esconden el original sempiterno.
La Venus del Espejo es el reclamo en el que ha reparado Sergio Barce para construir su relato, una joya, y uno de los pocos desnudos del Siglo de Oro Español.
Cuando se contempla reiteradamente la pintura de un gran maestro como lo hace el protagonista de La Venus de Tetuán, es porque la obra esconde matices a primera vista inapreciables, que se manifiestan en cada mirada, en cada observación, y se avanza hacia la satisfacción plena al descubrir los rasgos que desnudan el enigma.
Su personaje, Rivanera, contempla la obra del pintor barroco cada jornada a la que asiste como un ritual para hallar claves que consoliden su futura obra.

Barce muestra su diseño para disfrutar desde la primera línea. Destacar las capacidades de su prosa no requiere ningún esfuerzo añadido. No hay nada oculto, es más, el lector cabalga sobre las líneas con una cadencia que le propicia avidez y le transporta junto a los tres protagonistas a conocer el pasado en un estudio de Tetuán, un recuerdo que enciende la memoria y emociona el volver a aquellos años sobre los que se sustentan los mejores días de su vida.

El lector se siente arrastrado por las pinceladas del autor. Algunas son largas, otras cortas, también las hay sonoras y silenciosas, todas, absolutamente todas, muestran la habilidad de poseer un lenguaje propio cargado de sinestesia poética que subyuga hasta el más advenedizo.

Una historia tan bien construida que merece ser continuada. Atrapados quedamos, Sergio Barce.

Celia Corrons

http://turnodetinta.wordpress.com/

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«PASEANDO POR EL ZOCO CHICO, CON MI MANO COGIDA A LA DE SERGIO BARCE», POR JOSE LUIS PÉREZ FUILLERAT

El profesor, escritor y poeta José Luis Pérez Fuillerat, que ya hizo una reseña muy especial a mi novela Sombras en sepia, ahora lo hace con Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, y realmente me ha dejado impresionado por su intensidad y por la profundidad de sus palabras.
Al enviarme su reseña, me indicaba, entre otras cosas, lo siguiente (y es como otra pequeña reseña a modo de avanzadilla de lo que luego detalla a fondo):
«Querido amigo Sergio: te adjunto ese comentario que he terminado sobre tus relatos últimos. No sabes lo que he disfrutado leyéndolos. Como puedes figurarte los he leído dos y, algunos, hasta tres o más veces, pues me han enganchado desde las primeras páginas. Esos relatos hay que leerlos varias veces, como la poesía. No sirve para nada leer un poema una sola vez. Y esos relatos son auténtica poesía, porque tú eres un poeta.
La sensualidad que recuerdo de Gabriel Miró (El libro de Sigüenza), el detalle de los cuentos de Azorín, la facilidad para expresar la variedad de olores que dominan los ambientes (El perfume: historia de un asesino, de Patrick Süskind) el sentimiento nostálgico de un autor tan sincero, me han dejado honda huella. No te exagero si te digo que me siento ya un poco de Larache pues conozco casi todas sus calles (…)
Espero que te agrade mi comentario y sepas perdonar lo que se me haya pasado y que tú creas importante. Yo lo he pasado muy muy bien y por eso te doy las gracias. Un abrazo. José Luis P.F.»
Estas palabras ya me han supuesto una satisfacción enorme, pero su reseña hace que, junto a las que han escrito José Garriga Vela, José Sarria, Manuel Gahete, Víctor Pérez, Fuensanta Niñirola, Celia Corrons… piense que este libro ha merecido la pena escribirlo y publicarlo.
Sergio Barce, noviembre 2014

Jose Luis Pérez Fuillerat

Jose Luis Pérez Fuillerat

“Paseando por el Zoco Chico” con mi mano cogida a la de Sergio Barce

Por José Luis Pérez Fuillerat

En treinta relatos, aparentemente inconexos cronológicamente, y diferentes por su contenido narrativo, el autor cuenta y, sobre todo, describe personajes, espacios y vivencias personales en la ciudad de Larache.

Aunque pueda parecer que el yo del autor-narrador invade y domina la narración, el personaje no es otro que esa ciudad marroquí en la que pasó su infancia y primera adolescencia y que rememora en cada uno de los relatos, citando lugares, nombres y acontecimientos reales, pero elevados, en su recuerdo, a la categoría de verdaderos mitos. Es esta la lectura que interesa al lector de una crónica que, además de tener interés en sí misma, destaca por el modo de contarla. Quiero decir, una lectura más que en clave localista que, ciertamente existe, reflejando los ambientes concretos, nombres reales, familia y amigos del propio autor-narrador, una lectura focalizada en dos perspectivas: la sociológica y la histórica, junto a constantes fictivizaciones (S. Schmidt) y, por consiguiente, con abundante intención poética en ambos puntos de vista. Función estética que llama la atención de cualquier lector, pero que va dirigida a unos narratarios concretos, las personas que compartieron con este narrador autodiégetico su experiencia vital, y a todos aquellos que, aunque no participaran en las mismas peripecias, decidieron pasar a la península tras el final del Protectorado español en Marruecos, a partir de 1956.
Pero ¿cuáles son esos recursos de función poética que dominan en estos relatos de Sergio Barce y que convierten un libro, que podría parecer solamente memoria o crónica de un tiempo vivido, en unos relatos profundamente literarios? Pues residen, sobre todo, en las descripciones cargadas de emotividad y de sensualidad. Tan solo unos ejemplos de esto último en Mimo (2000). Vista: “Mimo se fijó en los ojos del soldado, eran grandes y apacibles”; el oído: “la voz de Driss era ahora tan profunda que resultaba arcana, milenaria, casi demoníaca”; el tacto: “Apoyó la espalda a la pared. La notó húmeda, algo fresca…”; el olfato y el tacto: “Hueles a ajonjolí y a hierba del prado –le musitaba Mustapha, mientras las manos bajaban por la cintura y se expandían como una flor de terciopelo sobre sus nalgas”; sinestesias tan expresivas como: “voz aguardentosa” (del viejo Driss), “chispas de odio”, “escupitajos llenos de veneno…”
Esta sensualidad recorre, aunando en cuerpo y alma, todos los relatos.
Pero vayamos por orden cronológico, paseando con lentitud, larachensemente, con esa señal kinésica propia de los hombres musulmanes que interpretan la amistad verdadera como hermandad; es decir, paseando por entre los relatos, con mi mano cogida a la del autor-narrador.

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Del año 2000 son Mimo y El Flaco. Dos de los relatos en los que predomina la regla “F” (fictivización). En el primero, breve e intenso, se entrecruza el recuerdo de un marido huido y un hijo muerto, con el quehacer diario de la vieja Mimo en un puesto del zoco, junto a la Puerta de la Medina, en la plaza de España. La ira y el egoísmo de un vendedor, Driss, choca con la generosidad del soldado que logra refrescar en la anciana los recuerdos de su marido y de su hijo.
El segundo, extraordinaria descripción de un personaje enigmático, intocable, con cierto poder delegado por algún otro más importante, con un rostro que da cierto miedo: “huesudo, cuencas hundidas… cabello rojizo” (por cierto, como dicen fue el cabello de Judas, y por eso en El Buscón, de Quevedo, se dice al describir al clérigo cerbatana: “de cabeza pequeña, pelo bermejo. No hay más que decir para quien sabe el refrán, ni gato ni perro de aquella color”).
De 2001 es Dukali, el niño que demuestra un amor enternecedor a sus padres. La felicidad puede estar en un simple regalo, un símbolo del deseo romántico de la ensoñación poética, un colgante con la luna, que regala a su madre: “Mira, mamá, te traigo la luna llena… y es solo para ti”. La sensibilidad del narrador se manifiesta, una vez más, en la descripción de los lugares en los que el niño Dukali, que “parecía insignificante e indefenso”, se sentía todopoderoso “sentado en el techo del castillo de San Antonio”. Los lugares descritos son abundantes: las salinas de Lixus, la Avenida Mohamed V, Iglesia del Pilar, Avenida Hasan II, cine Avenida, el río Lucus, Hotel Riad… Todo al servicio de un ambiente contado en tercera persona, pero en donde el narrador se hipostasia (se encarna de forma ideal) en el personaje.

calle Chinguiti y Cine Ideal - Larache

calle Chinguiti y Cine Ideal – Larache

También de este año es El Ideal. Narrado en primera persona, reproduce una visita a Larache y contagia al lector de esas vivencias, por la forma tan familiar de contarlo. Aparecen aquí dos de sus amigos, Laabi y Sibari, con los que se veía en el Café Central. Más tarde, en otra visita a Larache, fechada en un relato de 2013 (Sibari), ya comprobó lo que este le anticipó: “si vienes y no me ves, es que estoy del revés”. Efectivamente, en noviembre de este año murió el escritor, novelista, poeta y traductor larachense, Mohamed Sibari, uno de los fundadores de la “Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española”, gran amigo del autor.
Del año 2002 son tres relatos que podríamos definir como líricos, auténtica prosa poética: El corazón del Océano, Mina, la negra y El nadador.
En el primero hay exacerbación de los sentidos, colores y olores que se sintetizan y subliman en el deseo cumplido de ver el mar. Un narrador omnisciente, dominador de la historia, nos presenta al viejo Rachid que sueña con conocer el mar que siempre le describía su amigo Zacarías. Con su nieto viaja hasta la playa. Hay ecos de aquella tarde remota recordada por el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, en “que su padre lo llevó a conocer el hielo” (Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez). Es el mismo sueño por contemplar lo que se conoce relatado y que se desea hacer realidad. Así también el viejo Rachid sueña con ver un “espectáculo de fuerza primitiva que le hiciese temblar” mucho más que “algo pacífico y sosegado como la de la otra banda”. Y cuando logra ver “una inmensa arena blanca salpicada de matorrales, que asomaban por las pequeñas dunas” queda decepcionado porque la narración de su amigo Zacarías en nada se parecía a lo que estaba viendo. Sin embargo, conforme se dirigía hacia el mar y se adentraba en sus aguas, la sensación que experimentó fue la del paraíso prometido por A’láh (sea siempre alabado). No se adentró en el mar para quedarse allí y morir, como un lector romántico podría creer -y el nieto Ahmed llegó a sospechar-, no. Rachid Ben Hassan recibió una especie de bautismo, que le hizo salir del agua reconfortado. Puso en su oído la caracola que le acercó su nieto y, así, pudo admirar “esa ingente belleza encarcelada en una jaula tan diminuta”.
Con unos kines muy significativos, finaliza el relato: piernas cruzadas; mirada entregada, silencioso, temblando…
En Mina, la negra, vuelve al punto de vista subjetivo. Describe el mundillo que pulula por el mercado: un viejo tullido, un ladrón, tamboriles y chirimías, danzarines, un ciego y, sorprendentemente, el propio autor, el niño Sergio con sus escuálidos ocho años, “con cara de hambre”, según lo vio la bella Rachida Ben Hassen, su madre marroquí, su segunda madre. Mundo sensorial recurrente: “turbantes blancos, azules o grises, chilabas pardas, caftanes verdes, celestes, amarillos y rosas; Mina tenía una piel tersa, oscura; los aros tintineaban en sus orejas; sonido estridente de tamboriles y chirimías; olores a hierbabuena, cilantro y pimienta; olor del cuero, del tinte, de la fruta y del salitre; de los mulos, de los camellos, y de sus excrementos”, junto con los más agradables “del pachuli, del sándalo, del agua de rosas o del agua de azahar; del sudor, de las especias, de los perfumes y de los dulces de dátiles y almendras tostadas; de la miel y el olor a crepúsculo”. En definitiva, alimento “de puro olfateo”.
Quizás sea este relato el que mejor refleja el paseo por el Zoco Chico, que es el título general del libro.
En El nadador, un antináufrago, un inmigrante fallido, que nunca consigue llegar a la otra orilla. Nadaba sin descanso, seguro de sí mismo, soñando con llegar a Europa, entregándose “a las caricias del océano, dejándose llevar por su propio entusiasmo”, ver al Real Madrid y pedir un autógrafo a Roberto Carlos. Pero, curiosamente, el patrón del barco pesquero que lo recoge y que es seguidor del Barça, no le hace ningún caso. Hakim vuelve a nado a su arena, pudiendo contemplar la estampa de su pueblo y regresar junto a su familia. Un relato que sintetiza la idea del regreso, la identificación con el origen, el deseo que todo emigrante tiene de volver, una autoanagnórisis, para reconocerse en sus raíces.
El primer regreso, Moro, Últimas noticias de Larache, Al otro lado del Estrecho, Abdelazziz y Solo quiero remar son del año 2003. En todos estos relatos lo autobiográfico domina lo narrado. Al lector le parece que el narratario es el propio autor-narrador, para servirle de catarsis, purificación de todos sus nostálgicos recuerdos. Una concatenación de emociones en las visitas a Larache: regreso por primera vez a su pueblo, después de quince años y, frente a la decepción de ver casi destruida, abandonada, su casa, en la ventana solitaria, pudo reconocer su hogar (la parte por el todo, en una sinécdoque emotiva y, además imagen muy cinematográfica la del hogar encarcelado en el marco de la ventana).

En Moro narra la salida de Larache con su familia, navegando en el Ibn Battuta, barco que recibió el nombre del viajero más importante del siglo XIV y que ha significado tanto en los viajes por el Estrecho.
Resulta imposible reprimir una lágrima al leer este pasaje de la despedida. Refiere “un mar de nombres” de amigos y familiares. Pero en uno de esos viajes de regreso, el hombre del carrito, Abdellaziz, le reprocha el haberse ido de Larache. Es este personaje, junto con el sabio Sibari la pareja de amigos que siembran en el autor-narrador la esencia de ser marroquí, pues ve en ellos cumplido, de manera estricta, el hannan; es decir, el sentido musulmán de la hospitalidad innata, la generosidad, el candor y el perdón hacia el que te hace daño.

El espigón y la otra banda - Larache

El espigón y la otra banda – Larache

El yo domina en todos estos relatos de 2003. En Solo quiero remar cita a sus amigos, con nombres y apellidos para volver a la realidad histórica. Le sirven al autor-narrador de terapia, pues parece como si tuviera sentimiento de culpa por haber tenido que abandonar aquel pueblo. Los olores, una vez más, están ahí para el recuerdo más lírico, más intimista: “Abdussalam olía a sudor marino, a esfuerzos sin recompensa, a sueños embarrancados. Su olor era el almizcle de Lucus y del Átlántico, del azúcar y de la sal, de las redes encanecidas y del humo de los cangrejos cocidos”.
Puente entre estos relatos de los primeros años del 2000 y los escritos a partir de 2011, son los titulados, Un paseo por la Medina de Larache (2005) y Los herederos de Al-Ándalus (2007). Si dije al principio de este comentario que hay dos posibles lecturas en este libro de Sergio Barce, a saber, la sociológica y la histórica, aquí tenemos un modelo de estas dos perspectivas: por un lado la visión de un Larache desatendido, con deterioro de sus edificios más emblemáticos (2005); por otro, la historia de Al-Ándalus (2007), desde la expulsión en 1495, hasta la instalación en Larache de sus protagonistas, un musulmán, Ahmed Ben Hassen el Hakhdar y un judío, Salomón Samun, y la perspectiva social mediante la constatación de la tolerancia y la convivencia entre las tres religiones. Una historia breve e intensa de Larache, la antigua Lixus, desde el primer asentamiento de judíos y musulmanes hasta el posterior de moriscos en esta tierra, el “Jardín de las flores” o de las Hespérides. Tres idiomas y tres religiones, creando un lenguaje propio y genuino, la haquetía, emparentado con el ladino, mezcla de hebreo, castellano antiguo y árabe dialectal. Una confesión final muy emotiva del autor-narrador, conmueve al lector: “nadie es forastero en Al-Ándalus de Larache […]. Yo vengo de allí”.
Entre 2011 y 2013 están el resto de los relatos de esta extraordinaria compilación de experiencias, vivencias y emociones de un autor que tiene el corazón en el Océano, el alma en Larache y todo su recuerdo asentado, y germinando, en la ciudad definitiva, la Ciudad del Paraíso, como llamó Vicente Aleixandre a Málaga.
Ellos vuelven a Larache (2011) es un homenaje a su padre y a otros miembros de su familia. Curioso el nombre de la tienda que regentaba el padre del autor, La Bandera Española. Resulta obvio el comentario acerca del nombre con el que se hace confesión, desde la entrada a ese comercio, de la españolidad de su dueño.
Ramadán en Larache (2011) es un canto a la libertad de la infancia y la toma de posesión de la ciudad por los muchachos en bicicleta, sobre todo en el mes del Ramadán en el que “éramos los dueños de las calles de Larache”, tan libres y dominadores de sus plazas como para sentirse “los emperadores de Lixus”.
De 2012 es Esa foto de la otra banda. Relato de los QUÉS, es decir, de las preguntas: no sé qué año, qué sentiría, qué notaría, cuál es dureza… como interrogaciones retóricas, haciendo partícipe de las respuestas a algún confidente que también participara de esas mismas vivencias. El presente histórico potencia las imágenes del recuerdo para hacerlas más reales: “salgo del agua; me zambullo en el agua; nado hacia la orilla; Fátima me mira; me acerco de nuevo al espigón; me dirijo a las casetas; ayudo a Ahmed; llegan los amigos; huelo a salitre”…En definitiva, todo un recorrido por aquella playa, que vuelve a disfrutar contemplando la foto.
Otra foto, la de Mohammed, el niño de Alhucemas (2012) sirve para recordar a este niño, adolescente y mayor en diversos acontecimientos vividos con la familia de los abuelos maternos del autor. La historia del niño Mohammed es motivo para citar nombres de sus familiares y para que el lector conozca dónde nació y cómo en el año 1973 salió de Larache hacia Málaga donde ya vivían sus abuelos. Es la crónica de un viaje, que contiene también, brevemente, el episodio de los años de la guerra civil española vividos por su familia en Larache.
Voy a detenerme en dos relatos más: el titulado Larachensemente y el que aparece en los finales del libro: Larache sin Sibari.
Del primero hay noticias ya en El callejón sin salida (2013). Los chicos se sentaban a observar cómo jugaban a la damas los hombres del Casino y lo hacían larachensemente, es decir, con calma, sin prisas. Luego una descripción modélica (muy apropiada para un análisis-examen de texto universitario), en donde se nos dibuja “el callejón de abajo«, el callejón sin salida de sus juegos y aquella pared que cerraba el callejón con la voz de su madre que lo llama: «¡Sergio, a merendar!”
Vivir Larachensemente (2013) es no tener prisa para casi nada. El diálogo entre los protagonistas de este relato es muy vivo, pero las actitudes son muy lentas, según las palabras reflejadas en el texto: “Al que madruga, Dios no le ayuda”.
El poeta, periodista, novelista y traductor Mahamed Sibari nació en Alcazarquivir, provincia de Larache, en el año 1945 y falleció el 28 de noviembre de 2013. Nueve días después de su muerte, Sergio Barce visita Larache, Larache sin Sibari. De una forma reiterativa, poética, y como si esa recurrencia fuera un pesar profundo por no haber podido estar junto a su amigo Sibari antes de su final, el autor-narrador repite “este fin de semana lo he pasado en Larache”. Como si hubiera sido el tiempo más triste vivido allí, en contraste con todos los recuerdos alegres que ha reflejado en los anteriores relatos. Sibari también se fue larachensemente, “se ha ido despidiendo lentamente”.
Este lector ha de confesar que ha releído estos relatos también lentamente y procurando no soltarse de la mano del autor-narrador, tal como hacen los amigos musulmanes cuando caminan por las calles de las ciudades, pues para los que siguen el Corán la amistad es un vínculo, se considera la mitad del intelecto y, en cierto modo, es parentesco que se adquiere.

As-Salamu Alaicum
Evenu Shalom Alehem
La Paz sea con vosotros
Málaga, 10 de noviembre de 2014

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