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“NARRATIVA ANACRÓNICA: PARA UNA LECTURA POSTCOLONIAL”, DEL PROFESOR JOSÉ MANUEL GOÑI PÉREZ

En este exhaustivo y denso artículo del profesor de la Aberystwyth University, Department of European Languages, de Gales (UK), José Manuel Goñi Pérez, se condensan muchos de los títulos más representativos de la literatura relacionada con el protectorado español en Marruecos y, especialmente, con el Tánger mítico y soñado. Me decía José Manuel en el correo que me enviaba al permitirme colgar este artículo en mi blog que “…escribí ese pequeño trabajo como una especie de recuerdo a los estudiosos de la literatura de una nueva narrativa sobre el Protectorado que creía en aquel entonces que tenía mucho que ofrecer al lector contemporáneo.” Y, para mi sorpresa, José Manuel, que menciona algunos de mis libros en este estudio, añadía: “…He de decir que soy muy aficionado a tu narrativa que considero de lo mejor que se publica en estos días, y que he leído con gran entusiasmo, y aprovecho para darte las gracias por esas obras tan amenas y de agradable estilo.” No he podido resistirme a transcribirlo, no por vanidad, sino porque verme mencionado entre autores que admiro y entre títulos que me resultan ejemplares, no deja de ser emocionante. En fin, que especialmente para quienes desean bucear en ese mundo tan atractivo como idealizado y mitificado, este artículo del profesor Goñi abre las páginas a libros tan atractivos como sugerentes y a autores que, de una u otra forma, retratan aquel mundo que nos ha marcado a todos los que venimos de la otra orilla.

Sergio Barce, febrero 2015

TANGER

TANGER

Narrativa anacrónica: para una lectura postcolonial

de

José Manuel Goñi Pérez

Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro. Lo que él respira es lo que a ti te asfixia, lo que come es tu hambre. Muere con la mitad más pura de tu muerte. Rosario Castellanos, El otro

La literatura del protectorado y de la ciudad internacional de Tánger en español, denominación de la producción literaria desde 1912 hasta 1956/1959, tiene a su vez otra literatura, homóloga, coetánea y anacrónica que versa sobre temas del protectorado y que en las últimas dos décadas ha empezado a despertar el interés no sólo de lectores nacidos o relacionados con la zona colonial sino de ciertas editoriales independientes y algunos reducidos círculos literarios (editoriales tales como 451 Editores -del escritor y filólogo Javier Azpeitia- la Librería Hebraica, la editorial Pre-Textos, la editorial Aljaima entre otras).(1)

Esta reciente poiesis está facilitando una reconstrucción histórica de los enclaves coloniales del norte de África y su interés no sólo se centra en la ficcionalización de la misma Tánger, Larache o Tetuán, sino que, como ya destacara Bernabé López García (Prólogo, Nogué y Villanova: 1999), este interés también ha vivificado el estudio sobre las relaciones entre España y el país magrebí en distintos ámbitos, así como los posibles significados de la época colonial. Por otro lado, la representación novelada de tales enclaves e historias no es la visión paradisíaca de un territorio distanciado y ajeno a ideologías absolutas y dominantes que imperaban en las décadas de los cincuenta y sesenta por allende y por aquende. Sino que, como es el caso de Último verano en el paraíso (2004), la obra literaria está marcada por la reflexión histórica sobre el norte de Marruecos, de los marroquíes y de los españoles y de los apátridas y sobre la meditación y definición del tornadizo concepto del Otro. (2) A esta ficción moderna, anacrónica y de mirada penetrante, hay que añadir la existencia hoy en día de distintos documentos, algunos de ellos digitales, que se están convirtiendo poco a poco en una base de datos -tanto histórica como literaria- que alberga memorias, ideologías, biografías, autobiografías, pensamientos y visiones sobre la cotidianidad de la vida bajo el Protectorado y la internacionalidad de Tánger, soterradas o que se creían perdidas, con la anexión de las tierras coloniales al reino alauí. De entre estos documentos destaca la revista Tingis (dirigida y editada por Lydia Sanz de Soto), que aúna todavía más la relación entre la historia y la intrahistoria, entendida esta última como una búsqueda del pasado histórico a través de lo humano y lo aprendido por el ser común e individual -antítesis del héroe histórico. (3) Esto es, la búsqueda del mundo olvidado y, a su vez, el temperamento histórico de la ciudad colonial. De ahí que la intrahistoria o su reconstrucción esté limitada a quienes de alguna u otra manera vivieron en ella y la rescriben. (4) La importancia de esta visión intrahistórica de Tánger reside en la individualidad de cada visión y en la amplitud de las mismas. Tánger no existe, pues, sino en la desmembración de cada una de sus visiones, pues a cada persona le corresponde un Tánger. No obstante, hay que especificar que estos datos históricos no son parte de la recuperación de una memoria histórica regida y desiderativa, sino, muy al contrario, una visión cercana a la ‘base eterna’ azoriniana, esto es, a lo que queda tras filtrar el pasado por el tamiz del presente. De ahí que parte de la literatura actual sobre Tánger tenga un cierto aire de reminiscencia realista o de ‘novela ecfrástica’, como El último verano en Tánger, de Juan Vega Montoya. (5)

EL ULTIMO VERANO EN TANGER

No obstante, lo que diferencia a la ficción coetánea sobre Tánger, producto de la emigración, la República y posteriormente la diáspora, producto de esa «España silente y la Tercera España silenciada» -como la llamara Ramírez Ortiz (2005: 9)- con la visión literaria tanto de finales del XIX como del primer tercio del siglo XX, es que el escritor tangerino (6), será un escritor independiente, emancipado y algunos de sus escritores alejados de las dificultades y penurias por la que transcurría la misma España, como bien se demuestra al leer la obra de A.Vázquez (7), mientras que la visión de escritores decimonónicos e incluso de principios del siglo XX como Joaquín Gatell (8) y Foch, Giménez Caballero, Díaz Fernández o el mismo Pedro Antonio de Alarcón –corresponsales, voluntarios al cuerpo del ejército o financiados por instituciones españolas– era una visión parcial e impedida. Manuela Marín en su exhaustivo estudio sobre las imágenes opresivas de la literatura de viajes sobre Marruecos explica que desde mitad del siglo XIX hasta comienzos del Protectorado en 1912 «la vigencia de unos signos interpretativos inmediatamente aceptados y difundidos a través de fórmulas literarias e iconográficas debe relacionarse con el carácter particular de la literatura española de viajes sobre Marruecos en este periodo», y añade que este es un periodo «de observación, catalogación y clasificación de una sociedad vecina pero fundamentalmente ajena» (2002: 88). Es menester añadir que la presencia española en el norte de África no produjo solamente una visión literaria en español sino que también facilitó la impresión de obras en árabe, posibilitada por la imprenta hispanoárabe del Padre franciscano Lerchundi en Tánger, quien también pusiera su empeño en sacar a la luz la revista Mauritania (Tánger, 1928). Darias de las Heras da cuenta de las publicaciones periódicas del Marruecos español: 

<Igualmente existió en las llamadas plazas de soberanía la esforzada y en muchos casos subvencionada publicación de prensa periódica poseedora de una admirable historia que se prolongará durante más de una centuria. Se inicia en 1860 con “El Eco de Tetuán”, fundado por Pedro Antonio de Alarcón, pionero de los corresponsales de guerra españoles, y que, tras fusionarse con “El Norte de África”, pasaría a llamarse ”La Gaceta de África”; continúa con el melillense ”El Telegrama del Rif” (1902), “El Faro” –rebautizado después como “El Faro de Ceuta” (1934)–, “El Eco de Chef Chauen” –editado desde 1920 inicialmente en multicopista y en el que colabora Tomás Borrás–, “El Heraldo de Marruecos” –que aparece en Larache en 1925– y los tangerinos ”El Porvenir”, ”El Diario de África” y sobre todo “España”, cuya trayectoria va desde 1938 a 1967, cubriendo los años de esplendor de la ”Ciudad Internacional” y siendo dirigida desde sus comienzos hasta 1955 por Gregorio Corrochano, otro preclaro corresponsal de guerra.> (2002)

Hasta fechas recientes se ha acusado a las letras españolas de no tener una literatura colonial africana, esto es, autóctona, y de tener una literatura sobre las colonias escritas por escritores peninsulares (Antonio Carrasco: 2000). A diferencia de la literatura hispanoamericana, véase el caso de Rosario Castellanos y en concreto Balún Canán (1958), la inexistencia de un narrador que penetrara en las relaciones de los distintos grupos sociales, en la mezcla de lenguas, de religiones y de intereses, ha sido una de las características más significativas de la literatura tangerina –si exceptuamos –ya a finales de la década de los 50– la narración íntima e inclusiva de Antonio Vázquez. El protectorado no termina por novelar y describir enteramente las distintas esferas sociales, etnias y clases sociales, y su difícil interacción. Si aceptamos siguiendo a Antonio Carrasco que las visiones coloniales de la literatura del Protectorado «son parciales y siempre imbuidas por la distancia del europeo hacia el africano, incluso los que se muestran más comprensivos con los marroquíes» –sin olvidar también a la comunidad sefardí– y que en su representación ficcional:

<La ilusión supone la falsedad de gran parte de las situaciones que se plantean en los libros españoles, la falta de objetividad al mostrar a unos y otros. Hay exceso de heroísmo injustificado y exceso de crueldad inventada. Ilusión es sugestión, distorsión, imaginación o deformación más o menos grande de la realidad. Es sentido de alteridad y, en muchas ocasiones, de superioridad, eurocentrismo o lo que los colonialistas ingleses llamaron jingoismo.>  (Eco de Tetuán, 2006)

Si aceptamos, decía, en mayor o menor medida este análisis generalista, (9) hay que añadir que será un grupo de escritores, cuyo rasgo común es el de la diáspora y el distanciamiento temporal de lo que fue Tánger y la zona del Protectorado español, el que describa y desentrañe a principios del siglo XXI, y de forma paulatina, una visión y una historia del pasado colonial reflexionada y acicalada por más de cuatro décadas de silencio. (10) En muchos casos estos textos literarios, creados desde visiones, ideologías e intenciones distintas, conforman no una corriente literaria, sino una respuesta común y coetánea a los problemas y conceptos del Otro y la diáspora. (11)

Definir la literatura sobre la ciudad de Tánger escrita en la última década como la representación de la búsqueda sublime de lo exótico, lo orientalista o el redescubrimiento de unas vidas colonizadas resulta arduo y hasta embarazoso. Ya que si la visión novelística actual ahonda más en el distanciamiento político y utópico de la zona internacional y colonial, y da más importancia a la reflexión del Yo y del no–Yo con referencia a los sentimientos vitales (literatura nostálgica se la ha llegado a denominar), la visión de la primera mitad del siglo XX tanto en narraciones, libros de viajes, pintura, y artes plásticas –postales dibujadas e incluso fotografías– están más cercanas al estereotipo peninsular que se tenía del norte de África. (12) Un estereotipo de rasgos exóticos y casi metaliterarios que dotará a la ficcionalización de los territorios colonizados de una falsa superioridad basada en comparaciones sociales y que les hará obviar los elementos culturales. Incluso el viajero de finales del siglo XIX, alimentado por esta caterva de miradas, descubrirá un mundo hostil y de difícil aclimatación. (13) Los libros de viajes, ya mencionados, darán una visión predeterminada y esperada por parte de un lector específico que buscaba el descubrimiento de lo ajeno, de lo desconocido y opuesto, de una nueva barbarie frente a la civilización incansable, de nuevo hilo que recondujera los designios de grandeza e hiciera olvidar la pérdida de las últimas colonias y el fracaso reconocido de finales del XIX y la estrepitosa inhabilidad política de principios del siglo XX y devolviera lo perdido a un pasado irrecuperable. Nuestro orientalismo no fue tal –pues incluso el modernismo español o el latinoamericano pasó por el tamiz de la visión orientalista de la literatura francesa, basada en la sensación y en la belleza de los ensueños proyectados por Shehrezade. Si nuestro orientalismo no fue tal, nuestro colonialismo fue más bien un intento fútil, efímero y visionario de reencontrarnos con la América perdida. Esto por una parte. Por otra, habría que añadir que el entendimiento de la ficción de la ciudad de Tánger en la literatura española contemporánea pasa también por el conocimiento de la mitificación (14) del Tánger de Paul Bowles, de Jane Bowles, de Tennessee Williams, de Ginsberg, de Kerouac y de William Burroughs, Genet, Truman Capote de escritores como Alejo Carpentier y Rodrigo Rey Rosa, y de esta y aquella efímera representación, y de todos aquellos que han mitificado la mitificación de la ciudad de Tánger, una ciudad en palabras de Domingo del Pino ‘de limbos’, ‘mitos y sueños tal vez necesarios pero no siempre reales’. (15) Y a todos y a cada uno de estos Tángeres les corresponde la visión del Tánger de For bread Alone o de Día de silencio en Tánger. Y si es cierto que toda representación de una ciudad real –véase la reciente deconstrucción onírica neoyorkina de Ray Loriga– es ficcional, también lo es heurística, como la búsqueda fugaz que llevara a cabo la generación Beat tan apartada de esas otras posibles realidades históricas de Tánger, de esas mismas realidades ligadas por una apócrifa internacionalidad cuestionada de forma sin par por Antonio Parra en El Obispo de Tánger:

<Ser ciudadano del mundo. ¡Qué ingenuidad! El cosmopolitismo sólo es posible cuando se es el dueño de la situación. En la Tánger discretamente cosmopolita del pasado la “internacionalidad” de sus habitantes no era más que un juego alegre de quienes, en el fondo, se sentían respaldados por la seguridad de una patria, por el calor de una raíz, de un origen. Eran, más que cosmopolitas, espectadores radiantes de un cosmopolitismo que en realidad no existía en ninguna parte, en ningún corazón, salvo en el de unos pocos mentecatos. Se necesita mucha superficialidad para ser un verdadero cosmopolita. La tierra no es sólo el terruño, lo mezquino de la aldea, sino la intuición elemental y sentimental, pero firme, de nuestra severa raíz campesina; la irredenta memoria de un lugar, en alguna parte, en algún tiempo, en el que fuimos felices pastores o primorosos hortelanos. El paraíso del que fuimos expulsados.>   (1995: 14-15)

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INTERLUDIO MUSICAL – BANDAS SONORAS INOLVIDABLES

el bueno, el feo y el malo

 

ENNIO MORRICONE

Tema: L´estasi dell´Oro, perteneciente a la banda sonora de El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966) de Sergio Leone.

Concierto en la Plaza de San Marcos, Venecia, en 2007, dirige el propio Morricone.

 

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origen-inception

HANS ZIMMER

Tema: Inception, de la película “Origen” (Inception, 2010) de Christopher Nolan.

Concierto en Viena, en 2012, dirige David Newman.

 

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RYUICHI SAKAMOTO

Tema: “Merry Christmas, Mr. Lawrence”, 1983, del film del mismo título del realizador Nagisa Oshima.

Ryuichi Sakamoto al piano interpreta su propia composición.

 

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mission-impossible1 

LALO SCHIFRIN

Tema central de la serie de TV “Misión: Imposible” (Mission: Impossible, 1966), que sería luego llevada al cine en 1996 por Brian de Palma, en una primera entrega.

El tema está interpretado por la orquesta de Praga, en 2010. y el propio Lalo Schifrin está al piano.

 

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bajo-el-fuego 

JERRY GOLDSMITH

Tema “Nicaragua” para la película “Bajo el fuego” (Under fire, 1983) de Roger Spottiswoode; y usada por Tarantino para “Django desencadenado” (Django unchained, 2012)

No he conseguido ninguna interpretación personal de Goldsmith, pero sí la grabación de este hermoso tema. 

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man_on_wire_ver2 

MICHAEL NYMAN

Tema incluido en la banda sonora del documental “Man on wire” (2008) de James Marsh. Este tema ha sido utilizado en varias películas.

 

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 Desayuno don diamantes cartel

HENRY MANCINI

Tema: “Moon River”, perteneciente a la película “Desayuno con diamantes” (Breakfast al Tiffany´s, 1961) dirigida por Blake Edwards.

 

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007  inicio 

JOHN BARRY

Tema de James Bond, utilizado en todos los títulos del agente al servicio secreto de Su Majestad. 

En esta versión, dirige el propio compositor, el gran John Barry

 

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los-puentes-de-madison 

LENNIE NEUHAUS

Tema central de “Los puentes de Madison” (The bridges of Madison County, 1995) de Clint Eastwood.

 

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Redford & Newman 

BURT BACHARACH

Tema “Raindrops keep falling on my head” del film “Dos hombres y un destino” (Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969) de Roy Hill.

El propio Bacharach canta y toca el piano interpretando el tema central de este mítico western.

 

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 Midnight_Cowboy

Canción “Everybody´s talkin´”, perteneciente a la película “Cowboy de medianoche” (Midnight cowboy, 1969) dirigida por John Schlesinger.  Aunque la banda sonora es de John Barry, la famosa canción está compuesta por Fred Neil pero en el film está versionada e interpretada por Harry Nilsson.

 

 

 

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FELIZ NAVIDAD – MERRY CHRISTMAS

Como cada año, es un reto felicitaros de una manera original, pero creo que entre mis hijos y yo hemos dado con algo que a todos nos puede alegrar algo: buenos libros y mejores películas. Así que, con la portada de dos magníficos libros de relatos, los de Navidad de Dickens, y los cuentos de Capote, en cuyo volumen se recogen dos cuentos de navidad imborrables, y el póster de esa obra maestra del cine que es QUÉ BELLO ES VIVIR de Frank Capra, os deseo, junto a mis hijos Pablo y Sergio jr, lo mejor en estas fiestas. FELIZ NAVIDAD!

Y PARA QUE EL DULCE SEA DULCE DEL TODO, LO MEJOR ES LEER UNO DE LOS MEJORES CUENTOS CON LA NAVIDAD COMO TELÓN DE FONDO, UN RELATO EXTRAORDINARIO DE TRUMAN CAPOTE, TITULADO PRECISAMENTE UNA NAVIDAD:

Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleáns. El matrimonio sólo duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa: quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que abandonó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me dejó al cuidado de su numerosa familia de Alabama. 

Durante años, rara vez vi a mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleáns, y mi madre, tras graduarse, comenzaba a abrirse camino en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes cariñosos conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía a otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.  

EDMUND GWENN como Santa Claus

 Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su espesa barba, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo, bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleáns: mi padre quería que yo fuese a pasar con él la Navidad.    

Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: <Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve>.  

RICHARD ATTENBOROUGH como Santa Claus

¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que siempre soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleáns, ya que Nueva Orleáns es aún más calurosa. Pero qué más da. Trataba de infundirme coraje para emprender ese viaje.

Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. E1 caso es que iba a hacer el viaje solo. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.

Se trataba de un viaje de cuatrocientas millas, poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.

Era Nueva Orleáns. 

Y, de pronto, al bajar del autobús, un hombre me rodeó con sus brazos cortándome la respiración; reía y lloraba: un hombre alto y apuesto, riendo y llorando. Dijo:

– ¿No me conoces? ¿No conoces a tu padre?

Yo había enmudecido. No dije una sola palabra hasta que, al fin, mientras ya íbamos en un taxi, le pregunté:

– ¿Dónde está?

– ¿La casa? No muy lejos.

– No, la casa no. La nieve.

– ¿Qué nieve?

– Creía que habría un montón de nieve.    

Me miró con extrañeza, pero acabó por reír. 

JOHN MALKOVICH Santa Claus

 – Nunca ha nevado en Nueva Orleáns. Al menos que yo sepa. Pero escucha:
¿oyes ese trueno? Seguro que va a llover.

No sé qué es lo que más me asustaba, si el trueno, los fulminantes rayos que lo seguían o mi padre. Aquella noche, al acostarme, seguía lloviendo. Recité mis oraciones y recé para estar pronto de vuelta en casa con Sook. No sabía cómo iba a poder dormirme sin que ella me hubiera dado el beso de buenas noches. Lo cierto es que no conseguía quedarme dormido, de modo que me puse a pensar en lo que me traería Papá Noel. Quería un cuchillo con el mango de nácar. Y un gran rompecabezas. Un sombrero de cowboy con un lazo de rodeo. Un rifle BB para matar gorriones. (Años más tarde, tuve una escopeta BB con la que maté un sinsonte y un mirlo, y jamás he podido olvidar cuánto lo sentí y cuánta pena me dio; nunca volví a matar otra cosa, y todos los peces que pesqué los devolví al agua.) También quería una caja de lápices. Y, más que cualquier otra cosa, una radio, pero sabía que era imposible: no conocía ni a diez personas que tuvieran radio. Recordarán que era la época de la Depresión, y en el Profundo Sur eran muy pocas las casas que tuvieran radio o refrigerador.

Mi padre tenía las dos cosas. Parecía tenerlo todo: un coche con el asiento trasero descubierto, por no hablar de una casita color rosa en el Barrio Francés, con balcones de hierro forjado y un patio interior ajardinado, lleno de flores y refrescado por una fuente en forma de sirena. También tenía media docena, por no decir toda una docena, de amigas. Al igual que mi madre, mi padre no había vuelto a casarse; pero los dos tenían a admiradores asiduos, y, quisiéranlo o no, antes o después recorrieron el camino del altar; en realidad, mi padre lo recorrió seis veces. 

Pueden, pues, comprobar que tenía un gran encanto; y, de hecho, parecía seducir a la mayoría de la gente, a todos menos a mí. Eso era lo que me azoraba tanto, siempre arrastrándome de aquí para allá para que conociera a sus amigos, a todos, desde el banquero hasta el barbero que le afeitaba cada día. Y, naturalmente, a todas sus amigas. Y lo que es peor: se pasaba el tiempo besándome, achuchándome y presumiendo de mí ¡Me sentía tan avergonzado! Primero, no había nada de qué presumir. Yo era un auténtico chico de campo. Creía en Jesús y rezaba concienzudamente mis oraciones. Estaba convencido de que existía Papá Noel. Y, en mi casa de Alabama, excepto para ir a la iglesia, nunca llevaba zapatos, ni en invierno ni en verano. 

Era una auténtica tortura ser arrastrado por las calles de Nueva Orleáns dentro de aquellos zapatos fuertemente atados, calientes como el infierno, tan pesados como de plomo. No sé qué era peor, si los zapatos o la comida. En mi casa estaba acostumbrado al pollo a la parrilla, a las verduras estofadas, a las judías con mantequilla, a pan de maíz y a otras cosas reconfortantes ¡Pero esos restaurantes de Nueva Orleáns! Nunca olvidaré mi primera ostra, era como un mal sueño deslizándose por mi garganta; transcurrirían décadas antes de que volviera a probar otra. En cuanto a toda esa comida criolla cargada de especias, sólo pensarlo me da acidez. No señor, yo añoraba las galletas recién sacadas del horno, la leche fresca de vaca y la melaza casera.  

BILLY BOB THORNTON Bad Santa

 Mi pobre padre no tenía ni idea de cuán desgraciado era yo, en parte porque nunca dejé que lo notara ni porque jamás se lo dije; en parte porque, aunque mi madre protestara, él se las había ingeniado para conseguir mi custodia legal durante las vacaciones de Navidad.

Me decía:

– Di la verdad, ¿no quieres venir a vivir aquí conmigo, en Nueva Orleáns?

– No puedo.

– ¿Qué significa que no puedes?

– Añoro a Sook. Añoro a Queenie; tenemos un conejito de Indias muy divertido. Lo queremos mucho.

Dijo mi padre:

– ¿Es que a mí no me quieres?

Dije yo:

– Sí. 

Pero la verdad es que, a excepción de Sook y de Queenie y de unos pocos primos y de un retrato de mi hermosa madre al lado de la cama, no tenía una idea muy clara de lo que significaba querer.

Pronto lo descubrí. La víspera de Navidad, mientras caminábamos por Canal Street, me paré en seco, extasiado ante un objeto mágico que vi en el escaparate de una gran tienda de juguetes. Era la maqueta de un avión lo bastante grande como para sentarse dentro y pedalear como en una bicicleta. Era verde y tenía una hélice roja. Estaba convencido de que, si pedaleaba con la suficiente energía, ¡el avión despegaría y levantaría el vuelo! ¡Habría sido algo fantástico! Ya podía ver a mis primos en el suelo mientras yo volaba por entre las nubes ¡Ver para creer! Reí; reí y reí. Fue la primera vez que mi padre pareció sentirse a gusto conmigo, aunque no imaginara qué era lo que me había parecido tan divertido. 

Aquella noche recé para que Papá Noel me trajera el avión.  

Mi padre había comprado ya un árbol de Navidad, y estuvimos un montón de tiempo en un supermercado eligiendo cosas para adornarlo. Entonces, cometí un error. Coloqué un retrato de mi madre bajo el árbol. En el momento en que mi padre lo vio, se puso pálido y empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer. Pero él sí. Fue hacia un armario y sacó de él una botella y un vaso largo. Reconocí la botella porque todos mis tíos de Alabama guardaban otras exactamente iguales ¡Puro Moonshine, licor destilado ilegalmente durante la Prohibición! Llenó el vaso y se lo bebió entero de un trago. Hecho esto, fue como si el retrato se hubiera desvanecido.  

TIM ALLEN es Santa Claus

Esperé, pues, la Nochebuena y el siempre excitante advenimiento del orondo Papá Noel. Por supuesto, jamás había visto ese pesado y ruidoso gigante con la panza hinchada dejarse caer por la chimenea y exhibir alegremente su generosidad bajo un árbol de Navidad. Mi primo Billy Bob, que era un miserable enanito, pero que tenía un cerebro como un puño de hierro, afirmaba que todo eso era una tontería, que no existía semejante criatura.

– ¡Vaya! –dijo-. Creer que un Papá Noel existe es como creer que una mula es un caballo.    

Esta disputa tenía lugar en la plaza del pequeño juzgado. Le contesté:

– Existe un Papá Noel porque lo que hace es voluntad del Señor, y todo lo que es voluntad del Señor es verdad.

Y, escupiendo en el suelo, Billy Bob se alejó:

– ¡Bueno, parece que tenemos a otro predicador entre nosotros!    

Siempre me hacía a mí mismo la promesa de no dormir en Nochebuena, quería oír el baile saltarín del reno en el tejado y quedarme allí, al pie de la chimenea, esperando a Papá Noel para saludarle. Y, aquella Nochebuena en particular, nada me parecía más fácil que permanecer despierto.

La casa de mi padre tenía tres pisos y siete habitaciones, algunas espaciosas, sobre todo las tres que daban al jardín del patio: el salón, el comedor y una sala de música para los que querían bailar, tocar música y jugar a las cartas. Los dos pisos superiores estaban adornados con balcones de hierro forjado, cuyos intrincados barrotes verde oscuro se hallaban delicadamente entrelazados con buganvilla y rizadas guirnaldas de orquídeas, planta ésta que parece un lagarto chasqueando su lengua roja. Era el tipo de casa ostentosa con suelos encerados. Algún mimbre por aquí y algún terciopelo por allá. Podría haber sido confundida con la casa de un rico; pero era más bien la casa de un hombre con pretensiones de elegancia. Para un pobre (pero feliz) chico descalzo de Alabama, era todo un misterio el modo en que se las arreglaba para satisfacer esta aspiración.

Por el contrario, no había misterio alguno en lo que se refiere a mi madre, quien, tras graduarse en la universidad, se esforzó por ejercer todos sus encantos mientras luchaba por encontrar en Nueva York al novio adecuado que pudiera permitirle vivir en pisos de Sutton Place y adquirir abrigos de marta cebellina. No, los recursos de mi padre le eran de sobra conocidos aunque nunca mencionara el asunto hasta años después, cuando ya había conseguido poder comprarse collares de perlas que colgaban de su cuello envuelto en pieles. 

Había ido a visitarme a uno de esos internados esnobs de Nueva Inglaterra (donde mi enseñanza era costeada por su rico y generoso marido), cuando algo que comenté la enfureció; y gritó:

– ¡Conque no sabes por qué vive tan bien! Yates y cruceros por las islas griegas. ¡Pues gracias a sus mujeres! Piensa en esa larga lista: todas viudas, todas ricas. Muy ricas. Y todas mucho mayores que él. Demasiado viejas para que cualquier joven sensato se case con ellas. Es por lo que eres su único hijo. Y ésta es la razón por la que jamás volveré a tener otro; yo era demasiado joven para tener hijos, pero él era una bestia, y acabó conmigo, me estropeó.      

TRUMAN CAPOTE

 <Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare… Moon, moon over Miami… This is my first affair, so please be kind… Hey, mister, can you spare a dime?… Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare… >

Mientras estuvo hablando (yo intentaba no escuchar, porque, al decirme que mi nacimiento había acabado con ella, estaba ella acabando conmigo), estas melodías, u otras semejantes, merodeaban por mi cabeza. Me ayudaban a no escucharla, y me recordaban la extraña e inolvidable fiesta que dio mi padre en Nueva Orleáns en aquella Nochebuena. 

Iluminaron el patio de velas, al igual que las tres habitaciones que daban a él. Sigue leyendo

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Otros libros, otros autores: OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS (Other voices, other rooms) (1947) de TRUMAN CAPOTE

<Sin otra palabra volvió arriba y entró en el cuarto. Joel, incapaz de moverse, esperó en la escalera mucho tiempo. Había voces en las paredes, suspiros de piedra y madera, sonidos al borde del silencio.>

Su primera obra con éxito. Compleja, barroca, el paso de la adolescencia a la madurez relatada con evidentes conexiones con Steinbeck, Hemingway y Tennessee Williams. Truman Capote escribe tal y como siente, a veces enrevesadamente, a veces confusamente, pero eso es la adolescencia, un mundo lleno de contradicciones que Capote construye a partir de la historia de Joel, su evidente trasunto, que va en busca de su padre, del que no sabe nada, ni siquiera que está enfermo y paralítico, y el mundo que rodea a éste y que conforman una serie de personajes entre fantasmagóricos y enigmáticos, entre esperpénticos e idealizados:

 <Las mujeres de la edad de miss Amy, entre los cuarenta y cinco y los cincuenta, por regla general demostraban hacia él una cierta ternura que aceptaba de antemano. Y así, como sucedía muy pocas veces ese afecto no era manifiesto, sabía que resultaba sumamente fácil provocarlo: una sonrisa, una mirada ansiosa, una alabanza cortés.>

Su padre, un misterio inconcluso; Jesus Fever, miss Amy, Radcliff, Randolph, Zoo, Idabel, y su hermana Florabel, Little Sunshine, Wisteria… Una galería insólita.

 <…Little Sunshine era demasiado viejo, no tanto como Jesus Fever, por supuesto, pero viejo de todos modos. Y feo. Tenía una catarata azul en un ojo, casi ningún diente en la boca y olía muy mal. Mientras estuvo en la cocina, Amy mantuvo sobre la boca la mano enguantada, como si fuese un saquito lleno de hierbas perfumadas. Y cuando Randolph se lo llevó a su habitación (de la que surgieron hasta el alba sonidos de conversación de borrachos) lanzó un suspiro de alivio.

Little Sunshine levantó el brazo.

-Pronto, muchacho, persígnate –dijo con voz de trombón-, porque me has encontrado a la luz del día.>

No puedo añadir nada de Capote, todo está dicho. La novela, por supuesto, ocupa un lugar, y sólo cabría añadir alguna impresión personal: es de esas novelas que no sabes si te están gustando o no, simplemente avanzas porque algo indefinido te lleva hacia delante. Cuando terminas, te das cuenta entonces de que has estado sumergido en un mundo ajeno, enredado en las palabras de Truman Capote, de que te ha atrapado, y de que es al cerrar el libro cuando comienzas a echar de menos a esos personajes agónicos, desesperados y únicos.

Sergio Barce, junio 2011

Obras de Truman Capote son la obra maestra A sangre fría (In cold blood, 1966) , la extraordinaria Desayuno en Tiffany´s (Breakfast at Tiffany´s, 1958), Los perros ladran (The dogs bark, 1973), Música para camaleones (Music for chamaleons, 1980) o  Plegarias atendidas (Answered prayers, 1987).

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