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“PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE” DE SERGIO BARCE

Dice el escritor José Garriga Vela de Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente:

Sergio Barce pertenece a ese tipo de escritores capaces de encerrar un mundo en una frase, igual que encierra el mar en la jaula mágica de una caracola. Me he sentido un privilegiado al pasear con él por Larache, andar y desandar hasta encontrarnos con los recuerdos, la fantasía, los seres queridos presentes y los queridos ausentes; toda la fuerza del sedimento que van dejando los sueños. Sergio ha tocado mi fibra sensible: el pasado que vuelve. Los fantasmas que regresan para instalarse felices en el castillo imborrable de la memoria. La memoria, la única capaz de expulsar la muerte.
Hablo de la complicidad que me une a Sergio, detalles ínfimos que me estremece recordar, como el silbido de su padre al llegar por la tarde a casa que es el mismo silbido de mi padre al volver del trabajo por las tardes. Y los gusanos de seda que su madre le llevaba en una caja de cartón con hojas de morera son los mismos que traía mi madre. Recuerdos de seda que vencen el olvido. Sergio iba al cine Ideal de Larache y yo al cine Emporio de Barcelona. Larache, Barcelona, Málaga, qué más da, cuando se apaga la luz en la salas de cine los dos estamos en el mismo lugar de la película. Los lugares de la memoria y la fantasía que mencionaba antes. “¡Cuántas películas habrás visto!”, le preguntó alguien una vez al hombre del carrillo con chucherías y frutos secos que se instalaba todas las tardes delante del cine Ideal. Y el hombre del carrillo dice Sergio que se quedó pensando un buen rato, hasta que respondió en silencio: “El cine que conozco lo he visto a través de los ojos de los niños”. Quizá así contemplamos nosotros las películas del pasado, a través de los ojos del niño que fuimos y que nunca nos abandona.

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Y José Luís Ibáñez Salas, también escritor y editor, escribe:

‘Larachensemente’, hecho a la manera de Larache, llevado a cabo según la centenaria tradición de forja de conciencias que fue a lo largo de los siglos la atlántica y norteafricana ciudad de Larache. Eso quiere decir ‘larachensemente’. Y ese es el subtítulo de un libro de relatos verdaderamente único, conmovedor y cercano, demasiado cercano, tan cercano que parece imposible que uno no haya estado jamás en África, en el África más próxima, y sin embargo tenga la sensación al leer este conjunto de cuentos de Sergio Barce de que su vida estuvo allí, su pasado y buena parte de sus recuerdos, porque sólo los grandes escritores logran compartir verdaderamente su memoria con sus lectores a través del arte que destila ese oficio suyo de narradores.

Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, acaba de ser reeditado por Ediciones del Genal. Con traducción al árabe y al francés del relato que cierra el libro Larache, sin Sibari. Una edición muy cuidada y llena de nostalgia.

Puedes conseguir tu ejemplar fácilmente a través de tu librería habitual. 

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“PASEANDO POR EL ZOCO CHICO, CON MI MANO COGIDA A LA DE SERGIO BARCE”, POR JOSE LUIS PÉREZ FUILLERAT

El profesor, escritor y poeta José Luis Pérez Fuillerat, que ya hizo una reseña muy especial a mi novela Sombras en sepia, ahora lo hace con Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, y realmente me ha dejado impresionado por su intensidad y por la profundidad de sus palabras.
Al enviarme su reseña, me indicaba, entre otras cosas, lo siguiente (y es como otra pequeña reseña a modo de avanzadilla de lo que luego detalla a fondo):
Querido amigo Sergio: te adjunto ese comentario que he terminado sobre tus relatos últimos. No sabes lo que he disfrutado leyéndolos. Como puedes figurarte los he leído dos y, algunos, hasta tres o más veces, pues me han enganchado desde las primeras páginas. Esos relatos hay que leerlos varias veces, como la poesía. No sirve para nada leer un poema una sola vez. Y esos relatos son auténtica poesía, porque tú eres un poeta.
La sensualidad que recuerdo de Gabriel Miró (El libro de Sigüenza), el detalle de los cuentos de Azorín, la facilidad para expresar la variedad de olores que dominan los ambientes (El perfume: historia de un asesino, de Patrick Süskind) el sentimiento nostálgico de un autor tan sincero, me han dejado honda huella. No te exagero si te digo que me siento ya un poco de Larache pues conozco casi todas sus calles (…)
Espero que te agrade mi comentario y sepas perdonar lo que se me haya pasado y que tú creas importante. Yo lo he pasado muy muy bien y por eso te doy las gracias. Un abrazo. José Luis P.F.”
Estas palabras ya me han supuesto una satisfacción enorme, pero su reseña hace que, junto a las que han escrito José Garriga Vela, José Sarria, Manuel Gahete, Víctor Pérez, Fuensanta Niñirola, Celia Corrons… piense que este libro ha merecido la pena escribirlo y publicarlo.
Sergio Barce, noviembre 2014

Jose Luis Pérez Fuillerat

Jose Luis Pérez Fuillerat

“Paseando por el Zoco Chico” con mi mano cogida a la de Sergio Barce

Por José Luis Pérez Fuillerat

En treinta relatos, aparentemente inconexos cronológicamente, y diferentes por su contenido narrativo, el autor cuenta y, sobre todo, describe personajes, espacios y vivencias personales en la ciudad de Larache.

Aunque pueda parecer que el yo del autor-narrador invade y domina la narración, el personaje no es otro que esa ciudad marroquí en la que pasó su infancia y primera adolescencia y que rememora en cada uno de los relatos, citando lugares, nombres y acontecimientos reales, pero elevados, en su recuerdo, a la categoría de verdaderos mitos. Es esta la lectura que interesa al lector de una crónica que, además de tener interés en sí misma, destaca por el modo de contarla. Quiero decir, una lectura más que en clave localista que, ciertamente existe, reflejando los ambientes concretos, nombres reales, familia y amigos del propio autor-narrador, una lectura focalizada en dos perspectivas: la sociológica y la histórica, junto a constantes fictivizaciones (S. Schmidt) y, por consiguiente, con abundante intención poética en ambos puntos de vista. Función estética que llama la atención de cualquier lector, pero que va dirigida a unos narratarios concretos, las personas que compartieron con este narrador autodiégetico su experiencia vital, y a todos aquellos que, aunque no participaran en las mismas peripecias, decidieron pasar a la península tras el final del Protectorado español en Marruecos, a partir de 1956.
Pero ¿cuáles son esos recursos de función poética que dominan en estos relatos de Sergio Barce y que convierten un libro, que podría parecer solamente memoria o crónica de un tiempo vivido, en unos relatos profundamente literarios? Pues residen, sobre todo, en las descripciones cargadas de emotividad y de sensualidad. Tan solo unos ejemplos de esto último en Mimo (2000). Vista: “Mimo se fijó en los ojos del soldado, eran grandes y apacibles”; el oído: “la voz de Driss era ahora tan profunda que resultaba arcana, milenaria, casi demoníaca”; el tacto: “Apoyó la espalda a la pared. La notó húmeda, algo fresca…”; el olfato y el tacto: “Hueles a ajonjolí y a hierba del prado –le musitaba Mustapha, mientras las manos bajaban por la cintura y se expandían como una flor de terciopelo sobre sus nalgas”; sinestesias tan expresivas como: “voz aguardentosa” (del viejo Driss), “chispas de odio”, “escupitajos llenos de veneno…”
Esta sensualidad recorre, aunando en cuerpo y alma, todos los relatos.
Pero vayamos por orden cronológico, paseando con lentitud, larachensemente, con esa señal kinésica propia de los hombres musulmanes que interpretan la amistad verdadera como hermandad; es decir, paseando por entre los relatos, con mi mano cogida a la del autor-narrador.

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Del año 2000 son Mimo y El Flaco. Dos de los relatos en los que predomina la regla “F” (fictivización). En el primero, breve e intenso, se entrecruza el recuerdo de un marido huido y un hijo muerto, con el quehacer diario de la vieja Mimo en un puesto del zoco, junto a la Puerta de la Medina, en la plaza de España. La ira y el egoísmo de un vendedor, Driss, choca con la generosidad del soldado que logra refrescar en la anciana los recuerdos de su marido y de su hijo.
El segundo, extraordinaria descripción de un personaje enigmático, intocable, con cierto poder delegado por algún otro más importante, con un rostro que da cierto miedo: “huesudo, cuencas hundidas… cabello rojizo” (por cierto, como dicen fue el cabello de Judas, y por eso en El Buscón, de Quevedo, se dice al describir al clérigo cerbatana: “de cabeza pequeña, pelo bermejo. No hay más que decir para quien sabe el refrán, ni gato ni perro de aquella color”).
De 2001 es Dukali, el niño que demuestra un amor enternecedor a sus padres. La felicidad puede estar en un simple regalo, un símbolo del deseo romántico de la ensoñación poética, un colgante con la luna, que regala a su madre: “Mira, mamá, te traigo la luna llena… y es solo para ti”. La sensibilidad del narrador se manifiesta, una vez más, en la descripción de los lugares en los que el niño Dukali, que “parecía insignificante e indefenso”, se sentía todopoderoso “sentado en el techo del castillo de San Antonio”. Los lugares descritos son abundantes: las salinas de Lixus, la Avenida Mohamed V, Iglesia del Pilar, Avenida Hasan II, cine Avenida, el río Lucus, Hotel Riad… Todo al servicio de un ambiente contado en tercera persona, pero en donde el narrador se hipostasia (se encarna de forma ideal) en el personaje.

calle Chinguiti y Cine Ideal - Larache

calle Chinguiti y Cine Ideal – Larache

También de este año es El Ideal. Narrado en primera persona, reproduce una visita a Larache y contagia al lector de esas vivencias, por la forma tan familiar de contarlo. Aparecen aquí dos de sus amigos, Laabi y Sibari, con los que se veía en el Café Central. Más tarde, en otra visita a Larache, fechada en un relato de 2013 (Sibari), ya comprobó lo que este le anticipó: “si vienes y no me ves, es que estoy del revés”. Efectivamente, en noviembre de este año murió el escritor, novelista, poeta y traductor larachense, Mohamed Sibari, uno de los fundadores de la “Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española”, gran amigo del autor.
Del año 2002 son tres relatos que podríamos definir como líricos, auténtica prosa poética: El corazón del Océano, Mina, la negra y El nadador.
En el primero hay exacerbación de los sentidos, colores y olores que se sintetizan y subliman en el deseo cumplido de ver el mar. Un narrador omnisciente, dominador de la historia, nos presenta al viejo Rachid que sueña con conocer el mar que siempre le describía su amigo Zacarías. Con su nieto viaja hasta la playa. Hay ecos de aquella tarde remota recordada por el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, en “que su padre lo llevó a conocer el hielo” (Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez). Es el mismo sueño por contemplar lo que se conoce relatado y que se desea hacer realidad. Así también el viejo Rachid sueña con ver un “espectáculo de fuerza primitiva que le hiciese temblar” mucho más que “algo pacífico y sosegado como la de la otra banda”. Y cuando logra ver “una inmensa arena blanca salpicada de matorrales, que asomaban por las pequeñas dunas” queda decepcionado porque la narración de su amigo Zacarías en nada se parecía a lo que estaba viendo. Sin embargo, conforme se dirigía hacia el mar y se adentraba en sus aguas, la sensación que experimentó fue la del paraíso prometido por A’láh (sea siempre alabado). No se adentró en el mar para quedarse allí y morir, como un lector romántico podría creer -y el nieto Ahmed llegó a sospechar-, no. Rachid Ben Hassan recibió una especie de bautismo, que le hizo salir del agua reconfortado. Puso en su oído la caracola que le acercó su nieto y, así, pudo admirar “esa ingente belleza encarcelada en una jaula tan diminuta”.
Con unos kines muy significativos, finaliza el relato: piernas cruzadas; mirada entregada, silencioso, temblando…
En Mina, la negra, vuelve al punto de vista subjetivo. Describe el mundillo que pulula por el mercado: un viejo tullido, un ladrón, tamboriles y chirimías, danzarines, un ciego y, sorprendentemente, el propio autor, el niño Sergio con sus escuálidos ocho años, “con cara de hambre”, según lo vio la bella Rachida Ben Hassen, su madre marroquí, su segunda madre. Mundo sensorial recurrente: “turbantes blancos, azules o grises, chilabas pardas, caftanes verdes, celestes, amarillos y rosas; Mina tenía una piel tersa, oscura; los aros tintineaban en sus orejas; sonido estridente de tamboriles y chirimías; olores a hierbabuena, cilantro y pimienta; olor del cuero, del tinte, de la fruta y del salitre; de los mulos, de los camellos, y de sus excrementos”, junto con los más agradables “del pachuli, del sándalo, del agua de rosas o del agua de azahar; del sudor, de las especias, de los perfumes y de los dulces de dátiles y almendras tostadas; de la miel y el olor a crepúsculo”. En definitiva, alimento “de puro olfateo”.
Quizás sea este relato el que mejor refleja el paseo por el Zoco Chico, que es el título general del libro.
En El nadador, un antináufrago, un inmigrante fallido, que nunca consigue llegar a la otra orilla. Nadaba sin descanso, seguro de sí mismo, soñando con llegar a Europa, entregándose “a las caricias del océano, dejándose llevar por su propio entusiasmo”, ver al Real Madrid y pedir un autógrafo a Roberto Carlos. Pero, curiosamente, el patrón del barco pesquero que lo recoge y que es seguidor del Barça, no le hace ningún caso. Hakim vuelve a nado a su arena, pudiendo contemplar la estampa de su pueblo y regresar junto a su familia. Un relato que sintetiza la idea del regreso, la identificación con el origen, el deseo que todo emigrante tiene de volver, una autoanagnórisis, para reconocerse en sus raíces.
El primer regreso, Moro, Últimas noticias de Larache, Al otro lado del Estrecho, Abdelazziz y Solo quiero remar son del año 2003. En todos estos relatos lo autobiográfico domina lo narrado. Al lector le parece que el narratario es el propio autor-narrador, para servirle de catarsis, purificación de todos sus nostálgicos recuerdos. Una concatenación de emociones en las visitas a Larache: regreso por primera vez a su pueblo, después de quince años y, frente a la decepción de ver casi destruida, abandonada, su casa, en la ventana solitaria, pudo reconocer su hogar (la parte por el todo, en una sinécdoque emotiva y, además imagen muy cinematográfica la del hogar encarcelado en el marco de la ventana).

En Moro narra la salida de Larache con su familia, navegando en el Ibn Battuta, barco que recibió el nombre del viajero más importante del siglo XIV y que ha significado tanto en los viajes por el Estrecho.
Resulta imposible reprimir una lágrima al leer este pasaje de la despedida. Refiere “un mar de nombres” de amigos y familiares. Pero en uno de esos viajes de regreso, el hombre del carrito, Abdellaziz, le reprocha el haberse ido de Larache. Es este personaje, junto con el sabio Sibari la pareja de amigos que siembran en el autor-narrador la esencia de ser marroquí, pues ve en ellos cumplido, de manera estricta, el hannan; es decir, el sentido musulmán de la hospitalidad innata, la generosidad, el candor y el perdón hacia el que te hace daño.

El espigón y la otra banda - Larache

El espigón y la otra banda – Larache

El yo domina en todos estos relatos de 2003. En Solo quiero remar cita a sus amigos, con nombres y apellidos para volver a la realidad histórica. Le sirven al autor-narrador de terapia, pues parece como si tuviera sentimiento de culpa por haber tenido que abandonar aquel pueblo. Los olores, una vez más, están ahí para el recuerdo más lírico, más intimista: “Abdussalam olía a sudor marino, a esfuerzos sin recompensa, a sueños embarrancados. Su olor era el almizcle de Lucus y del Átlántico, del azúcar y de la sal, de las redes encanecidas y del humo de los cangrejos cocidos”.
Puente entre estos relatos de los primeros años del 2000 y los escritos a partir de 2011, son los titulados, Un paseo por la Medina de Larache (2005) y Los herederos de Al-Ándalus (2007). Si dije al principio de este comentario que hay dos posibles lecturas en este libro de Sergio Barce, a saber, la sociológica y la histórica, aquí tenemos un modelo de estas dos perspectivas: por un lado la visión de un Larache desatendido, con deterioro de sus edificios más emblemáticos (2005); por otro, la historia de Al-Ándalus (2007), desde la expulsión en 1495, hasta la instalación en Larache de sus protagonistas, un musulmán, Ahmed Ben Hassen el Hakhdar y un judío, Salomón Samun, y la perspectiva social mediante la constatación de la tolerancia y la convivencia entre las tres religiones. Una historia breve e intensa de Larache, la antigua Lixus, desde el primer asentamiento de judíos y musulmanes hasta el posterior de moriscos en esta tierra, el “Jardín de las flores” o de las Hespérides. Tres idiomas y tres religiones, creando un lenguaje propio y genuino, la haquetía, emparentado con el ladino, mezcla de hebreo, castellano antiguo y árabe dialectal. Una confesión final muy emotiva del autor-narrador, conmueve al lector: “nadie es forastero en Al-Ándalus de Larache […]. Yo vengo de allí”.
Entre 2011 y 2013 están el resto de los relatos de esta extraordinaria compilación de experiencias, vivencias y emociones de un autor que tiene el corazón en el Océano, el alma en Larache y todo su recuerdo asentado, y germinando, en la ciudad definitiva, la Ciudad del Paraíso, como llamó Vicente Aleixandre a Málaga.
Ellos vuelven a Larache (2011) es un homenaje a su padre y a otros miembros de su familia. Curioso el nombre de la tienda que regentaba el padre del autor, La Bandera Española. Resulta obvio el comentario acerca del nombre con el que se hace confesión, desde la entrada a ese comercio, de la españolidad de su dueño.
Ramadán en Larache (2011) es un canto a la libertad de la infancia y la toma de posesión de la ciudad por los muchachos en bicicleta, sobre todo en el mes del Ramadán en el que “éramos los dueños de las calles de Larache”, tan libres y dominadores de sus plazas como para sentirse “los emperadores de Lixus”.
De 2012 es Esa foto de la otra banda. Relato de los QUÉS, es decir, de las preguntas: no sé qué año, qué sentiría, qué notaría, cuál es dureza… como interrogaciones retóricas, haciendo partícipe de las respuestas a algún confidente que también participara de esas mismas vivencias. El presente histórico potencia las imágenes del recuerdo para hacerlas más reales: “salgo del agua; me zambullo en el agua; nado hacia la orilla; Fátima me mira; me acerco de nuevo al espigón; me dirijo a las casetas; ayudo a Ahmed; llegan los amigos; huelo a salitre”…En definitiva, todo un recorrido por aquella playa, que vuelve a disfrutar contemplando la foto.
Otra foto, la de Mohammed, el niño de Alhucemas (2012) sirve para recordar a este niño, adolescente y mayor en diversos acontecimientos vividos con la familia de los abuelos maternos del autor. La historia del niño Mohammed es motivo para citar nombres de sus familiares y para que el lector conozca dónde nació y cómo en el año 1973 salió de Larache hacia Málaga donde ya vivían sus abuelos. Es la crónica de un viaje, que contiene también, brevemente, el episodio de los años de la guerra civil española vividos por su familia en Larache.
Voy a detenerme en dos relatos más: el titulado Larachensemente y el que aparece en los finales del libro: Larache sin Sibari.
Del primero hay noticias ya en El callejón sin salida (2013). Los chicos se sentaban a observar cómo jugaban a la damas los hombres del Casino y lo hacían larachensemente, es decir, con calma, sin prisas. Luego una descripción modélica (muy apropiada para un análisis-examen de texto universitario), en donde se nos dibuja “el callejón de abajo“, el callejón sin salida de sus juegos y aquella pared que cerraba el callejón con la voz de su madre que lo llama: “¡Sergio, a merendar!”
Vivir Larachensemente (2013) es no tener prisa para casi nada. El diálogo entre los protagonistas de este relato es muy vivo, pero las actitudes son muy lentas, según las palabras reflejadas en el texto: “Al que madruga, Dios no le ayuda”.
El poeta, periodista, novelista y traductor Mahamed Sibari nació en Alcazarquivir, provincia de Larache, en el año 1945 y falleció el 28 de noviembre de 2013. Nueve días después de su muerte, Sergio Barce visita Larache, Larache sin Sibari. De una forma reiterativa, poética, y como si esa recurrencia fuera un pesar profundo por no haber podido estar junto a su amigo Sibari antes de su final, el autor-narrador repite “este fin de semana lo he pasado en Larache”. Como si hubiera sido el tiempo más triste vivido allí, en contraste con todos los recuerdos alegres que ha reflejado en los anteriores relatos. Sibari también se fue larachensemente, “se ha ido despidiendo lentamente”.
Este lector ha de confesar que ha releído estos relatos también lentamente y procurando no soltarse de la mano del autor-narrador, tal como hacen los amigos musulmanes cuando caminan por las calles de las ciudades, pues para los que siguen el Corán la amistad es un vínculo, se considera la mitad del intelecto y, en cierto modo, es parentesco que se adquiere.

As-Salamu Alaicum
Evenu Shalom Alehem
La Paz sea con vosotros
Málaga, 10 de noviembre de 2014

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

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WEBISLAM: ESTE VIERNES, PRESENTACIÓN DE “PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE”

En Webislam, el periodista Abdelkhalak Najmi, anuncia la presentación de mi libro en Málaga, este vienes, 17 de Octubre.

http://www.webislam.com/articulos/96127-presentacion_del_ultimo_libro_del_escritor_larachense_sergio_barce_en_malaga.html

El escritor José Antonio Garriga Vela presentará este viernes 17 de octubre la última obra del escritor larachense Sergio Barce Gallardo ´Paseando por el Zoco Chico larachensemente´. El acto tendrá lugar el próximo viernes 17 de octubre en Librería Proteo-Prometeo (c/ Puerta de Buenaventura, 6), Málaga.

Este libro de relatos ha sido editado por la editorial Jam Ediciones/Generación BiblioCafé y la portada del libro es una fotocomposición de la fotógrafa larachense Gabriela Grech. La maquetación es obra de Mauro Guillén Grech.

Según el propio autor, Sergio Barce Gallardo: “En este libro se recopilan los relatos que he ido escribiendo a lo largo de más de quince años y que tienen a la ciudad de Larache como nexo común. Algunos pertenecen a mi libro Últimas noticias de Larache, que se publicó en 2004, y, del resto de los cuentos, unos han visto la luz en revistas o libros colectivos, otros en mi blog personal a través de internet, y un puñado de ellos, inéditos, salen ahora por vez primera”.

La escritora y crítica literaria Fuensanta Niñirola afirma sobre esta obra de 160 páginas: “Barce ha seguido manteniendo un contacto periódico con su ciudad natal y con lo que queda de sus amigos, y nos muestra, en muchos de los textos, la evolución que ha sufrido la ciudad y la decadencia de muchos de los sitios cuyo recuerdo perdura en su corazón”.

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

Por su parte, Celia Corrons subraya: “Ejercer la seducción con colores no es un arte fácil, la singular proeza la consiguió Marruecos sobre Matisse cuando el genial pintor se desplazó para inmortalizar al país exótico. Intensos azules se fueron apropiando de su antigua paleta y pronto se declaró un converso al nuevo color.

En Sergio Barce, el pigmento entró de forma más pausada. Los doce años que vivió hechizado por el aroma de Larache, fueron coloreando a la vez que fraguaban en su memoria Paseando por el Zoco Chico”.

Sergio Barce Gallardo (Larache, 1961). Licenciado en Derecho por la Universidad de Málaga, desarrolla su actividad profesional compaginándola con su labor literaria. Es Miembro de Honor de la Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española y de la Asociación Colegial de Escritores de Andalucía.

Ganador del Primer Premio de Novela Tres Culturas de Murcia con “Sombras en sepia” (Pre-Textos, 2006) y finalista del Premio de la Crítica de Andalucía 2012 con “Una sirena se ahogó en larache” (Círculo Rojo, 2011).

Desde la Universidad, se vinculó a grupos de narrativa que, finalmente, pasaron a agruparse en el Taller dirigido por el dramaturgo Miguel Romero Esteo.

Es en la propia Universidad donde comienzan sus primeras publicaciones, y obtiene el Primer Premio de Narrativa de la Universidad de Málaga, con el cuento “El profesor, la vecina y el globo de plástico”, quedando igualmente finalista del mismo certamen con el relato “La soga”. Ha publicado, también, una colección de sus cuentos bajo el título de “Escena primera, toma primera” en la colección de narrativa “Los papeles del Calafate”, de la propia Universidad de Málaga (Facultad de Filosofía y Letras).

En el año 2000 publicó su primera novela: “En el Jardín de las Espérides” (Editorial Aljaima). En 2004 vio la luz su segundo libro, en esta ocasión una colección de relatos: “Últimas noticias de Larache y otros cuentos” (Editorial Aljaima). Y en 2013 se edita “El libro de las palabras robadas” (Editorial Círculo Rojo).

Esta semana ve la luz su relato “La Venus de Tetuán” en el libro colectivo “Por amor al arte”, un libro que recopila 28 relatos de 28 escritores, y que publica Jam Ediciones, de Valencia.

Actualmente trabaja en las próximas ediciones de dos nuevas novelas ya acabadas: “La emperatriz de Tánger” y “Viejas brumas de Tánger”.

https://najmiabdelkhalak.wordpress.com

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“MAN ON WIRE” (El alambrista) de JAMES MARSH

Si alguien me hubiese dicho que un documental sobre un alambrista iba a emocionarme, de entrada lo habría puesto en duda. Sin embargo, MAN ON WIRE te atrapa desde los primeros minutos. La historia real que describe es el empeño, la ilusión y los avatares de Philippe Petit, el alambrista francés, por conseguir un sueño casi imposible: cruzar las Torres Gemelas de Nueva York caminando sobre un cable, hecho acaecido en 1974.

Philippe Petit, el alambrista

La historia se nos cuenta desde la actualidad (la película se rodó en 2008), pero hábilmente su director, James Marsh, no se limita sólo a entrevistar a los protagonistas de esa gesta, sino que entremezcla imágenes de archivo con una reconstrucción de los hechos a modo de film de intriga, de manera que el espectador participa en la propia aventura de Petit y los amigos que le ayudaron. Hay escenas impactantes, imágenes inolvidables. La música es un contrapunto esencial a la hora de que la tensión del film aumente a cada fotograma, especialmente el tema de Michael Nyman, majestuoso, hasta llegar al clímax, y es entonces cuando comprendes que acabas de ver una película extraordinaria, única.

Este film tan especial y sugerente, que os recomiendo fervorosamente que no dejéis de ver, te descubre algo inaudito: que cruzar un alambre a cientos de metros de altura es un acto poético y bellísimo, y que el funambulista  Philippe Petit, como poeta del alambre, desafía a la muerte con tal de alcanzar unos breves minutos de éxtasis.

Podría seguir escribiendo de este documental, pero hay un magnífico artículo del escritor Jose Garriga Vela, que comparte mi entusiasmo con la película (de hecho, los dos no nos la quitamos de la cabeza), que publicó en el diario “Sur” de Málaga y donde explicita aún mejor lo que yo pudiera contaros de este film. Así que reproduzco su artículo para vosotros.

Sergio Barce, enero de 2011


MAN ON WIRE por Jose A.  Garriga Vela (Diario “Sur” de Málaga, 20 de febrero de 2010)

El 7 de agosto de 1974, el funambulista francés Philippe Petit estuvo paseando sobre el alambre durante cuarenta y cinco minutos entre las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York. El día anterior, él y su equipo de colaboradores habían entrado ilegalmente en los edificios con unas tarjetas de identificación falsificadas en las cuales figuraba que eran contratistas que iban a colocar una valla electrificada en la azotea. El grupo de colaboradores y el propio Petit pasaron la noche ocultos en el piso 104 de la torre sur. Al despuntar el alba, lanzaron con arco y flecha un sedal entre ambas torres y luego tensaron un cable de acero. Otros dos compañeros se hallaban en la azotea de la torre norte. Philippe Petit ya había paseado antes entre la torres de Notre Dame de París y sobre el puente del Puerto de Sydney.

Philippe Petit, sobre la bahía de Sydney

Ahora estaba dispuesto a pasear por la cima del mundo. El Dueño del Aire estaba a cuatrocientos diecisiete metros de altura y dispuesto a cubrir varias veces la distancia de 42,672 metros que separaba ambas torres, sosteniendo entre sus manos una pértiga desmontable. Durante tres cuartos de hora Philippe Petit bailó, se sentó, se tendió sobre el alambre, hizo reverencias y habló con una gaviota que volaba sobre su cabeza. Sólo un avión atravesando el cielo de Manhattan voló aquella mañana más alto que él.

Acabo de llegar de Nueva York. Antes del viaje, vi en DVD el excelente documental ‘Man on wire’, de James Marsh, basada en el libro del propio Philippe Petit donde narra su obsesión por pasear entre los rascacielos más altos del mundo. Nos cuenta que se encontraba en la consulta del dentista en 1965 cuando leyó un artículo en el que se mencionaba el proyecto de las Torres Gemelas y desde entonces se propuso unirlas con un alambre y caminar entre ellas. Fue un trabajo arduo. Se entrenó en Francia y visitó varias veces Nueva York para estudiar el modo de colarse en las torres sin levantar sospechas. El documental, que consiguió varios premios en 2008, entre ellos el Oscar a la mejor película documental y el Bafta a la mejor película británica del año, plantea la aventura del funambulista francés como si fuera el proyecto de un gran robo. En realidad, la hazaña de Philippe Petit fue considerada como el «delito artístico del siglo». El arte de pasear por el aire. La visión del documental me resultó emocionante. Siempre me han atraído los funambulistas. Una chica que vi haciendo malabarismos sobre la cuerda floja me inspiró el personaje de Estelita Raval en la novela ‘Pacífico’. Cuando hace una semana visité el aire vacío de la Zona Cero, imaginé a Philippe Petit aquella lejana mañana de hace treinta y seis años. Lo imaginé danzando sobre ese cielo que ahora permanece vacío, con el edificio en obras de la Libertad escalando el mismo espacio en el que estuvieron las Torres Gemelas. La vida de más de dos mil seiscientas personas se derrumbó la mañana del 11 de septiembre de 2001.

El sargento Charles Daniels fue el encargado de convencer al hombre del alambre de que cesara en su paseo por el paraíso de Wall Street. Así cuenta en el documental su experiencia de ese día: «Observé al bailarín, porque no podía llamarlo paseante, aproximadamente a medio camino entre las dos torres. Y cuando nos vio, sonrió e inició una danza sobre el cable. Al aproximarse al edificio le pedimos que bajara de la cuerda, pero en lugar de eso se dio la vuelta y retrocedió de nuevo hacia el centro. Se balanceaba arriba y abajo. Sus pies perdían contacto con el cable y volvían a situarse de nuevo sobre él. Era realmente increíble. Todos estábamos hechizados viéndolo». El sargento Charles Daniels y sus hombres lo amenazaron con destensar el cable y con atraparlo desde un helicóptero, pero el intrépido funambulista sólo abandonó el alambre cuando decidió que ya había disfrutado durante suficiente tiempo y culminado su sueño. Un sueño que ahora, con el paso del tiempo y tras la tragedia del 11 de septiembre de 2001, yo evoco al mirar el aire transparente, el vacío que ocuparon las torres gemelas y sus miles de inquilinos. Es como intentar capturar en el aire el reflejo de una quimera.

Philippe Petit, siendo arrestado

Philippe Petit fue arrestado nada más poner el pie en la azotea de la torre sur. La policía lo esposó y lo empujó escaleras abajo, algo que posteriormente Petit describió como el momento más arriesgado de la acrobacia. Al ser preguntado por los periodistas por el motivo de aquella espectacular aventura, él respondió: «Cuando veo tres naranjas, hago juegos malabares; cuando veo dos torres, las cruzo». La inmensa repercusión mediática y admiración pública que causó la hazaña de Philippe Petit tuvo como consecuencia la retirada de todos los cargos que se le habían imputado. Únicamente se le obligó a caminar por el alambre en Central Park, a una altura moderada. Fue obsequiado con un pase vitalicio para la plataforma de observación de las Torres Gemelas; aunque al resto de sus colaboradores se les expulsó de los Estados Unidos y se les impidió su vuelta para siempre.

Al día de hoy, cerca de cumplir los sesenta años, Philippe Petit sueña con pasear por el aire del Gran Cañón del Colorado. Desde entonces, desde su paseo por las nubes de Manhattan, es amigo de numerosos artistas como el cineasta Werner Herzog y el escritor neoyorquino Paul Auster, que en 1982 escribió ‘En la cuerda floja’, un texto dedicado al artista francés y en el que dice: «Philippe había asumido total responsabilidad por su propia vida y yo sentía que nada podría alterar esa resolución. El equilibrismo no es un arte moral, sino un arte vital, de una vida vivida con plenitud; lo que equivale a decir que la vida no se esconde de la muerte, sino que la mira directamente a los ojos. Cada vez que Philippe se sube a una cuerda, toma posesión de esa vida y la vive en toda su regocijante inmediatez, en toda su dicha».

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Con Jose Garriga Vela

Agosto de 2006. Junto al escritor Jose A. GARRIGA VELA, en una mesa redonda sobre creación literaria en la Casa de la Cultura de Larache.

Jose A. Garriga Vela & Sergio Barce

Jose A. Garriga Vela, 1954. Novelista, autor de teatro y articulista, obtuvo el Premio Jaén de Novela por “Muntaner, 38” (1996), el Premio Alfonso García-Ramos de Novela en 2001 por “Los que no están” y con su última obra “Pacífico” (2008) ha conseguido el Premio Dulce Chacón.

Y yo, fervorosamente, os recomiendo PACÍFICO, una de las novelas más desasogantes que he leído. Confieso que, cuando llegué a la última página de este libro, literalmente estaba temblando.



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