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LA VIEJA POSTAL – un relato de JUAN MANUEL FERNÁNDEZ GALLARDO

    Me dice que la encontró por casualidad, cuando buscaba otra cosa <i>, y me comenta que al observarla con atención se dio cuenta de la peculiaridad de los elementos que contenía. Entonces, descubrió que aquella antigua tarjeta era, salvando las distancias, un poco como él… que es de Larache, pero que lleva incorporada a su ser más íntimo una marca indeleble alcazareña que lo singulariza. La postal es una foto que muestra un paisaje de Larache, y tiene adherido en su esquina superior derecha un sello de Alcázar que está obliterado <ii> por un matasellos redondo entintado.

Opina que si intentásemos despegar la estampilla de la foto, lo más seguro es que estropearíamos el timbre y dejaríamos malparada la postal. Por tanto, para que ambos objetos permanezcan indemnes, deben continuar juntos para siempre más, en una especie de pacto de parasitismo compartido <iii> que garantice la pervivencia de uno y otro ente, aunque de la coexistencia mutua salga más beneficiado el efecto postal, condenado al olvido o, como máximo, a engrosar en compañía de otros congéneres suyos el oscuro álbum de algún coleccionista filatélico.  

En la unión entre ambos, que podemos ver certificada −como cualquier enlace permanente que se precie− con una alianza circular que los abraza, se puede observar como las veteranas palmeras de Sidi Jacob aproximan su frondosidad al escuálido, joven y solitario eucalipto larachense, mientras que el religioso alminar de la alcazareña mezquita indica a la torre almenada de la Jefatura la dirección que debe seguir y que no es otra más que el camino del cielo en derechura a las estrellas.

La esbelta atalaya laica que sirve de faro indicador de la existencia de la sede donde reside el poder civil “protector foráneo” −instalado tras ventanas árabes de medio punto y observando desde un balcón <iv> estilo “mucharabieh”, el transcurrir de la historia−, ve pasar abúlico las horas marcadas por su reloj, a la espera de que la voz del almuédano se expanda desde lo alto del minarete del templo musulmán a toda la medina para recordar a los fieles mahometanos las obligaciones que tienen contraídas −y que deben cumplir− respecto al poder religioso nativo.

Para que el pueblo no olvide la dependencia que tiene de ambos estamentos, cuando vaya a saciar su sed a la fuente que se adivina a la derecha del cuadro, habrá de pasar entre las horcas caudinas de los dos leones sedentes <v>, representantes de las jerarquías que imponen las leyes espirituales y terrenales.

Pero volvamos al busilis de la cuestión… Me decía al inicio de estas rayas que la añeja postal le recordaba, con las lógicas diferencias que existen entre una persona y una cartulina, a si mismo. Desde siempre, y para no dejarse atrapar por su natural personalidad irresoluta y dubitativa, ha procurado ser permanentemente taxativo en sus decisiones y nada complaciente con las incógnitas existenciales que le han abrumado: ha tenido necesidad de definirse continuamente para saber en todo momento cual era su norte y ha intentado que su comportamiento fuese, en cualquier circunstancia, coherente con el objetivo marcado.

Larache

Reconoce que ha sido muy estricto con su comportamiento “público” (¡Permítase la “boutade”!) y que también ha intentado serlo con las cosas y los temas referidos a su esencia vital, en el ámbito de su privacidad. Cuando ha tenido una duda, ha buscado los mecanismos necesarios para intentar despejar la incógnita y seguir avanzando, a sabiendas de que es un sino humano tropezarse de continuo en el camino que nos conduce hacia el destino con incertidumbres que habrán de superarse a medida que vayan surgiendo.   

Una de las cosas que lleva toda la vida intentando explicarse es la interrogación sobre de donde es él. ¿Es de Larache o es de Alcázar? Nació en Larache, es verdad, pero se crió en Alcazarquivir y, aparte de las explicaciones que le han ido dando algunos componentes de su familia sobre su existencia en Larache, sus recuerdos personales de infancia, los que son verdaderamente propios y no herencia oral transmitida por sus mayores son todos ellos de Alcazarquivir. 

¿Es de Alcázar o de Larache? Esta pregunta siempre ha rondado por su cabeza y nunca ha sabido a que carta quedarse. Muchas veces ha pensado que había llegado la ocasión en la debía decidir tajantemente por una de las dos opciones posibles: o era de Larache o era de Alcázar. Así, taxativamente, sin dudas ni vacilaciones. Las cosas debían ser siempre claras… ¡O carne o pescado! 

Alcazarquivir

Pero era una decisión complicada. Si renunciaba a lo que Larache significa para él a fin de declararse inequívocamente alcazareño, estaba abjurando no sólo de los tres primeros años de su existencia, sino de las vivencias de aquellos meses que sus padres habían intentado sembrar en él y a los “días de vino y rosas, de sonrisas y lágrimas <vi>” que su familia vivió allí.

Si renunciaba a su ser alcazareño para declararse unívocamente larachense estaba contradiciendo no solo sus diez años de residencia alcazareña sino a los principios morales, culturales y éticos sobre los que ha construido su personalidad y que le fueron aportados en esa década en la que se formó como ser racional. Después de su alejamiento de Alcázar ha seguido aprendiendo muchas cosas, ha perseguido con ahínco el conocimiento y la sabiduría y  ha ido intentando descubrir (sin conseguirlo, claro está) las bases certeras sobre las que se sustenta la existencia humana y las normas sobre las que se desarrolla la convivencia entre las personas.

No quiere juzgarse… No sabe si ha aprovechado bien las oportunidades que la vida le ha ofrecido o si ha respondido positivamente a las expectativas que otros esperaban de él. Pero siempre ha sabido que su paso por “el mundo” lo ha desarrollado con el bagaje que adquirió en sus años de formación básica en aquella pequeña ciudad del Protectorado español de Marruecos que colindaba con la frontera de “la Zona francesa”. Después se ha sofisticado, se ha moldeado, se ha pulido; ha ido adquiriendo destreza y disimulo, cinismo y esgrima, tolerancia y educación, pero en su fuero interno siempre ha sabido que él solo era “un chavea de Alcázar”. Sabe que, aún hoy, comete las mismas faltas ortográficas que el día en que se examinó de ingreso de bachiller y sabe que sigue utilizando el mismo baremo (Por cierto… Casi nunca le falla) para “calificar” a las personas que conoce de nuevo que el que utilizaba cuando había de decidir en un segundo si debía confiar su amistad al niño con el que le hacían compartir pupitre o no.

Ha aprendido muchas cosas… aunque ignora infinidad de otras más. Y entre las que desconoce, se encuentra el arcano de entender cabalmente su identidad nativa. A veces, en plan de broma, dice que él nació en Alcazarquivir a los tres años y medio de edad <vii>. ¡No está mal! Disimula irónicamente su vacilación sobre su lar primigenia… Pero aleja la posibilidad de dar solución a su pregunta trascendente: ¿De donde es? Quizá esa sea una pregunta sin réplica, un problema sin solución, una duda sin razón, una incógnita que no se pueda despejar. ¿Y si no hubiese respuesta? ¿Y si no necesitase refutación?

Vuelve a mirar la vieja postal que encontró sin buscarla, por chiripa, un cierto día de un cierto mes de un cierto año. ¿No sería lo más sensato, admitir que su biografía puede quedar resumida en la imagen que refleja la tarjeta? Al fin y al cabo, si así lo hiciera no estaría sino reconociendo el viejo aforismo chino de que “una imagen vale más que mis palabras”. Cada uno de nosotros somos producto de las cosas que nos suceden, de las circunstancias que vivimos, de los sentimientos que experimentamos, de los afectos que recibimos y de las ternuras que devolvemos. ¿Y entonces…? Si somos fruto de multitud de aportaciones diversas… ¿Por qué no podemos definirnos como pertenecientes a los diversos lugares donde hemos vivido? ¿Por qué no podemos sentirnos enraizados en los sitios en los que hemos amado y en los que hubiésemos querido ser amados?      

En él conviven sin contraponerse, el sentimiento de haber nacido en Larache y el de haberse criado en Alcazarquivir. Quizás deba admitir por siempre más que es (sabe que no existe esa palabra y que su procesador de textos la subrayará en cuanto haya finalizado de escribirla) un larachensealcazareño.

Al final, me dice que lo ha decidido… Es como la vieja postal que encontró por azar en una ocasión en la que buscaba otra cosa. Por casualidad… ¡Como él mismo!

5 de Abril de 2008

De mi libreta “Garabateando”, por Juan Manuel Fernández Gallardo

JUAN MANUEL FERNÁNDEZ GALLARDO


[i] ¡Ah, la serendipia…! ¡Y tanto tiempo transcurrido sin saber de ella!

[ii] Sello obliterado.- Sello al que le han aplicado una marca o signo postal para anularlo, inutilizarlo e impedir que pueda emplearse nuevamente a efectos de franqueo.

[iii] Parasitismo.- Es una interacción biológica entre dos organismos, en la que uno de los organismos (el parásito) consigue la mayor parte del beneficio de una relación estrecha con otro, el huésped u hospedador.

[iv] De clara influencia mudéjar, con celosías.

[v] ¿Los que hoy hacen guardia a la puerta del “Jardín de las Hespérides?

[vi] Cedo por enésima vez a transcribir sus “aportaciones” cinematográficas, quizá por que se de cierto que sus padres siempre han sido profundamente abstemios.

[vii] Esta paráfrasis es un guiño a una frase atribuida a Carlos Gardel, cuando el famoso actor y cantante de tangos dijo: “Nací en Buenos Aires, Argentina, a los 2 años y medio de edad». Con esta ingeniosa locución, el cantante desoía las constantes conjeturas sobre su procedencia.

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LARACHE vista por… SARA FERERES DE MORYOUSSEF – Semblanza de Larache III – IV

Esta es la continuación de los escritos que, durante 2007, Sara Fereres escribió  sobre Larache y que tituló como <Semblanza de Larache>. Hoy traigo los siguientes (II y III) y que las dirigía especialmente a quienes no conocían la ciudad. Son como una sencilla pero detallada postal de presentación.

Sergio Barce, julio 2012

Sara Fereres con su nieta Rebeca

Semblanza de Larache III

Cuando llegaron los españoles a Marruecos y se instalaron en Larache, muchos de los antiguos habitantes de la zona portuaria, el Pueblo, se dedicaron a construir viviendas y edificios en la parte sur de la ciudad, convertida  a través del tiempo en el núcleo moderno. Los españoles construyeron una larguísima avenida frente al castillo portugués, donde funcionaba la Comandancia Militar hispana, al pie de la cual se extendía el precioso “Jardín de las Hespérides” donde, casi todos los infantes de la ciudad se reunían para disfrutar con sus carreras y juegos, sin peligro alguno. En poco tiempo nuestra amada ciudad fue llenándose con todo tipo de almacenes comerciales y otros  negocios.

TEATRO ESPAÑA

Según parece, el “Teatro España” fue el primer lugar de esparcimiento para todos los larachenses. Con la aparición del cine, ahí se estrenaron las primeras  películas que llegaron a la ciudad. En Larache tuvimos restaurantes, bares, pastelerías, cafés, librerías y papelerías además de toda clase de comercios de ropa, tejidos, zapaterías y hasta clubes. En realidad en mi pequeño terruño gozamos de todo tipo de facilidades para disfrutar de  la vida a plenitud. Como es natural tampoco faltaron los hoteles entre los cuales el mejor sin duda alguna fue el “Hotel España”. Existían otros menos “elegantes” además de alguna que otra modesta posada. Todavía existe el mercado popular  llamado “Zoco Chico”, famoso por la variedad de productos que ahí se expenden. En 1985 estuvimos en Larache mi hijo Alberto, mi finado esposo y yo e intentamos visitarle, pero estaban remodelándole, así que fue imposible poder hacerlo.

Zoco Chico

Fueron numerosos los lugares de esparcimiento que existían en la Larache de mis amores. No podemos olvidar el incomparable “Balcón del Atlántico”, frente al espigón. Tampoco la preciosa Plaza de España, ni nuestro delicioso paseo bajo Los Arcos, abarrotado de tiendas. La inolvidable Ghaba, ese bosque de encinas y alcornoques que bordea la carretera que conduce a la vecina ciudad de Alcazarquivir fue siempre nuestro paseo de los fines de semana. Llegábamos caminando o en bicicleta. Nuestro equipo  futbolístico, el “Larache” (ache, ache, ache, los de Larache estamos aquí)…, instalado, cerca de la Ghaba recibía a sus competidores en su famoso, para nosotros, “Campo de fútbol Santa Bárbara”, el cual muchísimas veces fungió, como pista de carreras  e igualmente fue utilizado para otros eventos  atléticos. El mayor acontecimiento fue cuando se convirtió nada menos que… ¡En una plaza de toros! Pues sí, así sucedió durante la celebración de una de las “Fiestas del Balón”. Nuestro inolvidable promotor, el  Ing. M. Jaquotot, fue la persona que se ocupó de realizar tamaño evento. Tuvimos el inmenso placer de ver a Don Álvaro Domecq rejonear en nuestra modesta e improvisada plaza. Son recuerdos de una época feliz, y supongo que fue muy grata para todos los habitantes de la ciudad.

Larache nunca  alcanzó demasiada prosperidad, ni siquiera en sus mejores tiempos. Había indigentes en cantidad,  como en la mayoría de las ciudades de Marruecos Español. La Zona Francesa fue mucho más próspera. Entre los hebreos de toda la Zona Española existían, en cada ciudad, sendas entidades benéficas sostenidas por sus miembros. Estas se dedicaban a asistir a las familias que carecían de los medios necesarios para subsistir. Las sociedades benéficas judías se ocupaban de proveer a las personas necesitadas de alimentación y vestido durante todo el año. Muchas personas conocerán cómo actúa la tradicional solidaridad hebrea, para atender a sus hermanos menos afortunados. Los españoles también se ocupaban de una pequeña población necesitada, sobre todo durante la Guerra Civil y en años sucesivos cuando Europa se hallaba inmersa en su propia conflagración. Aún hoy recuerdo  la sociedad bautizada como “Auxilio Social”. Su sede ocupaba un amplio local situado a poca distancia de la coquetona Iglesia Católica. Se trataba de un salón comedor donde, numerosas damas de la comunidad católica adscritas a la “Falange Española”, se ocupaban de servir almuerzos a las criaturas que acudían al comedor popular. Fue una labor digna de encomio porque también ellos, los españoles, sufrieron carencias debido a la falta de  insumos alimenticios durante aquella época de posguerra española y de guerra mundial.

Bien, por hoy… ¡Se acabó! Me canso cuando permanezco sentada un largo rato. Como les prometí, ya aparecerá otro articulito acerca de Larache. Me despido y (en ´haquetía),  pa´ que no bos guahsheís de lo muestro. Los cuentezitos los desharé pa´mañana… ¡Si tengo y játar, ma sino, cuando cueda! Prometido. Cariños  As´slam´alicum.

Zahrita la Queshadora. Caracas Noviembre 2007.  – Sara Fereres de Moryoussef

Sara Fereres con su hija Raquel Fhima y su nieta

Semblanza de Larache IV

Hoy comenzaremos con un boccata di Cardenale, nuestro inolvidable Balcón del Atlántico. Como sabe la mayoría de los Larachenses, de ese lugar tan particular emanaba tal encanto que es posible asegurar que, hasta el día de hoy, nadie ha podido olvidarlo. Durante los días de asueto, el Balcón fue el lugar preferido para pasear en compañía de  amigos y amigas. Al irrumpir frente al mar, la visión del paisaje era… ¡Espectacular! Una larga y blanca balaustrada de hormigón, fraguada en un estilo muy particular, era lo primero que aparecía ante nuestros maravillados ojos. Un barandal largo, con más de cien metros, aunque no recuerdo si era más, o, menos, pues el tiempo transcurrido desde entonces ha borrado de mis recuerdos  la exactitud de las distancias. Esta balaustrada estaba conformada por una serie de arquitos diseñados según el estilo arquitectónico marroquí, la cual se hallaba suspendida al borde del acantilado, y abajo, muy al fondo del precipicio, podíamos admirar unas  enormes rocas negras bañadas incesantemente por la fuertes y enormes olas del Océano Atlántico. Rompían con tal furia que a pesar de la distancia nos salpicaban. El mar, de color azul intenso, infundía en el espectador tal sensación de furia en su incomparable infinitud, que casi siempre le obligaba a echarse para atrás, para evitar el  remojón. Durante los meses invernales aquel oleaje estruendoso y aterrador del mar, casi negro pero increíblemente hermoso en su furor, quedó grabado, indeleblemente, en el recuerdo. Lo mismo en invierno que en verano, el Balcón fue el paseo imprescindible de los Larachenses. Al acercarnos fijábamos la vista  hacia el horizonte, y esto era algo realmente espectacular. Generalmente el extenso mar se veía tan tranquilo como un infinito lago. Sólo el espigón o rompeolas cortaba la inmensidad acuosa.

Balcón Atlántico (imagen tomada del blog de Houssam Kelai)

Describir el ocaso es como desgranar un poema. Durante los días claros, en cualquier estación del año, nos apoyábamos sobre esa barandilla de cemento para ver como, lentamente y con fruición, el mar se “comía” al Sol. El esplendor de los colores del atardecer inundaba nuestros ojos, dejando, un recuerdo indeleble en nuestra mente. Las aceras eran amplias, como todas las de Larache. Se hallaban decoradas con macizos de flores rojas, amarillas y blancas, emergiendo entre el verdor de las hojas que las arropaban. En el centro del paseo había una especie de templete, ligeramente elevado. Este sostenía, con espigadas columnatas de madera, un techo elaborado con el mismo material. Dicho templete lo usaba una orquesta durante los Domingos, siempre que hiciera buen tiempo para deleitarnos con su música.

Hospital Militar – Castillo de San Antonio

Cerca del Balcón se hallaba en un extremo el Hospital Militar, y, casi opuesto a él, aparecía el mercado central, es decir, “La Plaza”. Les prometo describirla  en la próxima entrega, D.M. ¡Vale la pena! Frente al Balcón,  al atravesar la carretera, podíamos ver una serie de pequeños “Chalets”, muy coquetones, y por supuesto, todos estaban habitados.

Hasta la próxima. Cariñosos abrazos y besos para todos, “paisanos” y simpatizantes. Espero poder seguir complaciéndoos con la descripción de mi amada ciudad, Larache.

Sanos y wuenos que´stís, amén.  – Sara Fereres de Moryoussef.   Caracas Diciembre. 2007.  

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LARACHE – ALBUM DE FOTOS 14

   Abramos esta nueva página del álbum con versos… Como inspirados por el mismo sentimiento, junto a los textos de Sara Fereres y de Driss Sahraoui que colgué hace días, el poeta larachense Mustapha Bouhsina escribió en 2011 este poema, titulado <Bajo luz de luna>:

Salió la luna para nosotros
en cielo reflejado entre dos ríos
su luz tan blanca nos llevó a los dos
a un mundo de gratos bellos sueños
hemos vivido en tiempos pasados
Larache cuna de enamorados
nos abrazaba con sus amparos
nos cuidaba de los envidiosos
amargados de inocentes besos
en labios estaban escondidos
vigilados con nuestros suspiros
jardines nos servían de paraísos
flores se riegan de amores puros
rosas rojas y jazmines blancos
el trinar de los pájaros sueltos
sobre verde arboleda de álamos
fuente con brillantes focos altos
con arte y esmero bien forjados
se ven desde el agua levantados
losas con postales en los fondos
leones de bronce están pintados
de bocas chorros de agua lanzados
¡bello amor! con paisajes hermosos
de mi Larache fueron tomados
con la magia de los sueños traídos
aunque ya no son más que recuerdos
de un tiempo que hemos vivido juntos
en la mente quedaron plasmados.

Mustapha Bouhsina

Una vez asentados en territorio larachense, vaguemos por su paisaje humano. Y hagámoslo esta vez, en la medida de lo posible, de manera cronológica. Comenzamos con una foto del Grupo Escolar que data, nada más y nada menos, que de 1925… Ya ha llovido.

Y sigamos con las imágenes que me ha hecho llegar Mercedes Dembo. La primera es una foto del año 1935, en la que aparecen de izquierda a derecha: Isaac Amselem <padre de mi querido amigo Carlos>, David Edery, <padre de mi admirado y entrañable Pepe Edery> e Isaac Barcesat, padre de la bella Mercedes.

Estas imágenes pertenecen a mi abuelo materno, Manuel Gallardo. En la primera, él es el primer motorista que sale de la sede de la Alta Comisaría. Foto tomada en 1943. Mi abuelo fue compañero, entre otros, del padre de Mohamed Sibari. Fue un enamorado de su tierra, le encantaba perderse por los aduares y así aprendió a hablar un árabe perfecto. En las siguientes, aparece en la boda de mi tío Lolo con Carmela, junto a mi abuelo paterno, que se está tomando una cerveza a su lado, Manuel Barce, una institución en el comercio <La Bandera Española>, y en la última lo vemos con sus compañeros de cuerpo en la sede de Larache, él es el primero  por la izquierda.

Esta otra foto la envía Maribel Salas. Me explica lo siguiente: «..es antigua, de antes del 46 año en que yo nací.
Los tíos de Carlos, María Antonia Tomasich y Gonzalo Baeza eran muy amigos de mis padres y los padres de Carlos también.
En la foto que te he puesto, mirando de dcha a izq. están mi tío Pedro García Méndez ( Dtor. Del Banco de España, siguiente su esposa mi tía Isabel Salas, la tía de Carlos María Antonia Tomassich, mi madre Pura Cadenas, la siguiente creo que era otra tía de Carlos,la siguiente no la recuerdo,la última creo que era Mari la mujer de Jiménez Pascual, buen jinete y después del palo creo que es Mijares, a los otros no los conozco.
Pensé que le puede gustar a Carlos verla.»

foto Maribel Salas

Foto de la Rondalla: de arriba abajo, chofer, Chacopino, Maricarmen, Carlota, Julia, Rosi, Magdalena, Yoya, Cózar, Benigno, Luis, Arriado, Charo, Eduardo, Aistonico, Tomasito…

Otra foto entrañable para su protagonista femenina, y supongo que para su familia: el día de la boda de Sara Fereres con Saadia Moryoussef.

Algo de fútbol. Mi padre fue un excelente jugador, y participó tanto en los equipos del Barrio de las Navas como en el de “bancarios”, por ser empleado de Uniban. Aquí le vemos en este segundo equipo, que estaba formado por: de izquierda a derecha en pie: X, Alberca, Guerrita, Luque, Amado, Mellado, Moreno, Galea, López Gambero, X, y agachados X, Peral y mi padre Antonio Barce.

Este niño es el hermano de Ange, sí, Cristóbal Ramírez. Sigo pensando que las fotografías en blanco y negro o sepias tienen un encanto especial…

Otra foto entrañable de familia. La de Manuela Fernández Medero, de cumpleaños. Observad la tarta. ¿A que recordáis esa clase de tarta?

En las dos siguientes, enviadas  por Mercedes Dembo, vemos en 1965, en la Casa de España de Larache, de izquierda a derecha, a Manu Balaguer, Estrella Dembo <hermana de Mercedes ya fallecida>, Esther Bendayan, Luis, Mercedes Dembo y Gómez, el hijo de Don Aurelio.

Y en esta otra, en la misma ocasión, a Esther Bendayan, Luis, Mercedes Dembo y Julio.

Y ya que nos hemos colado en el Casino, por qué no colarnos también en las elecciones a las Misses de la Casa de España. Esto lo agradecemos los hombres, claro. En esta foto, la elección no sé de qué año es, pero creo que en la imagen aparece Cecilia Molinero. Efectivamente es Cecilia junto a Angelita, así lo confirma Cristina Galbis, que me aclara además que le ha dado un vuelco el corazón al ver en la foto a su padre, el Dr. José Galbis Flores.

Alfonso Santamaría me hizo llegar la siguiente: se trata de una foto tomada en la Casa de España de Casablanca. Como me cuenta Alfonso, se trata de la elección de las Misses Casas de España de Marruecos, no sé de qué año, pero la ganadora fue una larachense: Angelita López Cobos, que, como señalaba Alfonso, aparece radiante de felicidad, acompañada aquí por los padres de Alfonso: Emilio y Elena.

Otra del Casino, ahora en una de las fiestas de disfraces, en carnavales, en pleno la familia Palarea. Cuántas veces me fui a casa de Juan Carlos y José Miguel… Qué entrañable se vuelve todo.

Lo he hecho ya en varias ocasiones, pero nunca me resisto a intercalar algún cuadro del pintor larachense Rachid Sebti, por simple admiración a su obra. Este cuadro se llama <Au soleil>.

Luis Antonio de Vega Rubio escribió:

<Otras, desde la terraza, en lugar de dirigir las pupilas a la bahía donde se unificaban las aguas, las fijaba en lo alto, y la mirada acariciaba, azotea por azotea, cuantas divisaban de la ciudad y con mimo de voz que se me hacía miel de líricas colmenas, decía:

-¡Ay, Larache! ¿Quién, al pasar, pudo decirte que no eras maravillosa? ¿Quién te pudo posponer a tus hermanas?>

Esta otra fotografía me la envió Alfonso Santamaría, y en ella vemos al señor Luna, de la <Panadería Luna>, del Chinguiti alto, el padre de Alfonso, Emilio Santamaría González, Juanita Cobos, madre de los López Cobos, la madre de Alfonso, Elena Fuentes García, la señora Recober, su hija Mari Carmen, y el padre de los López Cobos, José María López Mira. Seguro que a Jose María y Angelita les encanta verlos en esta estampa.

Una fotografía de Fran, que seguramente le traerá muy buenos recuerdos –al resto, el solo hecho de ver esos árboles, nos transporta en el tiempo-. Fue tomada en la Gabba, y aparecen: Fran Morales, Pedro Berruezos, Agustín Morales, Rita Gadea, Mari Carmen Morales, Bibi García, Toñi García y Toñi Gadea.

En los Maristas, una imagen sorprendente: Jose Mari López Garry recitando frente a los hermanos que parecen presidir un tribunal de la inquisición… Y Juan escribe para decirme que el chaval que le está <apuntando> la poesía a Jose Mari es él, o sea, Juan Yankovich.

Bastantes años después, en Málaga, coincidimos con ocasión de la presentación de mi novela Julio Zambrano, Sergio Barce y el mismo Jose Mari López Garry que declamaba en la estampa anterior… Los años han volado.

Ya que hemos mencionado a los HH Maristas, la siguiente imagen es sencillamente una reliquia, porque ahí vemos cómo en los colegios de Larache estudiábamos todos juntos cualquiera fuera nuestra creencia o religión. Ahí van:

Gracias a Fran Morales y a Carlos Tessainer, hemos recompuesto la totalidad de los nombre de este grupo de larachenses que estudiaron en los HH Maristas.  Confieso que envidio la memoria de ambos. De arriba hacia abajo y de izquierda a derecha:

Primera fila: Mojluf SABAH BENDAYÁN, más conocido por todos como <Fufo>, Emilio SANTAMARÍA, Agustín SOUZA, Juan Manuel VÍLCHEZ MÁRQUEZ, José Luis RODRÍGUEZ RODRÍGUEZ y Antonio VARGAS FERNÁNDEZ, es decir, <Ñoño>.

Segunda fila: Enrique VICENTE ASCASO, José Luis CABAL, Miguel Ängel PÉREZ, nieto de <el cartagenero>, Manuel DOMÍNGUEZ HERNÁNDEZ <nieto de Joaquín HERNÁNDEZ>, Salvador BERTOMEU <Dorín> y  Javi LOBO

Tercera fila: Amina AMIAR, Aurora AGUILAR, María Teresa GARCÍA ROBLEDO, Pili ANAYA y el Hermano Martín ROBLEDO al que conocíamos por <el Chichimeca>.

Cuarta fila: Mari Carmen MARTÍN SUÁREZ, que trágicamente falleció en un accidente de tráfico en la carretera Larache-Tánger, Amina CHAKIR, FARIDA, que hoy ejerce como médico en Larache, María Cruz ROSENDO, Luisa GÓMEZ-MAS y Aurora CUEVAS.

Y aquí otro de esos amigos que andan entre bambalinas, de esos que sabes que están siempre cerca aunque viva a miles de kilómetros: Javi Lobo. Aquí está con Ñoño, en los 70, supongo. A Ñoño lo recuerdo siempre con esa misma sonrisa. Y a su padre porque fue compañero del mío en Uniban.

Puede que del 71, más o menos, estamos en el salón de casa: Marisol, Sergio y Mónica Barce Gallardo. Una imagen que me parece ahora tan lejana…

Otra foto espectacular, y lo digo por la composición del blanco y negro y quienes posan. Ese coche, la matrícula asomando, las luces, los tonos grises, esos amigos radiantes… Vemos a Eduardo Espinosa, Mari Carmen, Eloisa, Cabal y Manolo Alvarez.

Después de muchos años, he de reconocer que me alegro de que muchos amigos de entonces hayan reaparecido. Estaban siempre ahí sin saberlo. Eso me ha ocurrido con Emilio Gallego. En esta foto, aparece con sus hermanos, de izquierda a derecha: Emilio, Alfonso y Enrique. Cuántas tardes de cine, en el Ideal…

Aquí aparecen dos de las personas que más quiero: Marina López Matres y mi hermano Luisito Velasco Sánchez. En la primera foto, Marina está con un grupo en el que la acompañan Cherifa, Carmen, Sor Flora, Laila y Viky Palarea, junto a Juan Carlos Palarea y Luis. Y abajo, bailando, los dos: Marina y Luisito.

Ya más reciente, en el interior del Castillo de las Cigüeñas, con mi querido amigo Rachid Serroukh y sus hijas.

Una curiosidad: Esta mujer es Isabel de Orleáns, Duquesa de Guisa. Un título de la realeza íntimamente ligado a Larache.

Siguiendo con el tema, aquí vemos a S. A. R. la princesa Claude d’Orléans que nació en Larache en 1943. Se casó en terceras nupcias en 2006 con el señor Enrico Gandolfi, y está divorciada de S. A. R. el príncipe Amadeo de Saboya, duque de Aosta y también de Arnaldo La Cagnina. Ya digo, sólo como apunte anecdótico.

Qué bonita era la sala del Cine Avenida, que aguanta como el último titán de los cines que hubo en la ciudad. Salas en las que si rebobinaran, nos mostrarían miles de recuerdos apelmazados en sus películas de sueños.

Abdelhay el Haddad es otro amigo, al que, además de compartir con él actos y encuentros con Larache como telón de fondo, me encontré hace tiempo en un aeropuerto y, como aguardábamos pacientemente, estuvimos hablando de Larache todo el tiempo, y la espera se nos hizo cortísima. Un músico excelente del que ya hablaré en otra ocasión. En esta foto, por su gesto, se diría que piensa en algo que le trae buenos recuerdos.

Uno de los mejores recuerdos que guardo de mis regresos a Larache, son las actividades que he tenido la suerte de protagonizar en el Colegio Luis Vives. En esta foto, estoy con varios de los alumnos después de haber estado con ellos hablando de una de mis novelas. Son tan curiosos, te hacen unas preguntas tan llenas de sentido y tan directas, que a veces me ataban un nudo en la garganta.

La que fuera directora del Luis Vives, Luisa Diéguez, es una de las personas más increíbles que he conocido, por su tesón, por su sinceridad, por si labor. Cuando llegó a Larache, sobre el 2000, creo, el colegio era una autentica ruina, estaba incluso a punto de ser cerrado, pero ella se propuso revitalizarlo y, contra viento y marea, lo consiguió. Yo la conocí presentando en Larache mi primer libro, y desde entonces ella me abrió las puertas del centro para cualquier actividad que se me ocurriera. Creo que se merece algo más que estas pocas palabras, así que pensaré en algo. Aquí estoy junto a ella, en una de las ocasiones en las que nos íbamos a comer y charlábamos largamente. Parece en la foto que estemos flotando sobre Larache…

Espero que vuestra indulgencia me permita dos cosas. La primera, colgar esta foto con mi hijo Sergio, paseando por el Balcón del Atlántico. Podéis ver que las nuevas generaciones nos dejan muy bajitos… En fin, mi hijo es una de las personas más nobles y extraordinarias que conozco (junto a mi otro hijo Pablo). ¿Me traiciona el amor de padre?

Y es que el futuro son ellos. Después de tan breve paréntesis, digamos que también Larache depende de sus jóvenes, en ellos está su destino. Por eso, no está de más traer algunas fotos de Itziar Gorostiaga tomadas de los larachenses más jóvenes.

Fue tomada en unas jornadas que se organizó en la Medina y en la que se pintaron sus calles de azul y blanco… Y los niños de la Medina se lo pasaron estupendamente ayudando.

También se efectuó un taller al aire libre en la propia Medina y los chavales hicieron dibujos que ellos creaban con el material que se les había conseguido para esa jornada. Sus caras de felicidad, que tan bien captó Itzi, queda reflejada en la siguiente estampa:

El reportaje que hizo Itzi Gorostiaga fue increíble, fantástico, imágenes rebosantes de vida y de luz.

Y aunque no pertenece a esos días, en esta otra imagen otra escena entrañable de nuestra Larache: el hijo de Abdellah Charafi con su abuelo.

En esta imagen, candorosa y feliz, Javier López, un hombre de trato exquisito y amabilidad extrema, padre de Lola López Enamorado, en la Medina, rodeado de la chiquillería larachense… Preciosa foto.

En el relato que colgué de Driss Sahraoui dedicado a la Plaza de España, Driss, acertadamente, terminaba diciendo que sólo cabía tener esperanza en las nuevas generaciones de larachenses para la preciosa ciudad que fue Larache renazca de sus cenizas… Así que, para cerrar, qué mejor que felicitarnos por la llegada de dos nuevos larachenses que, gracias a sus padres, que tanto aman Larache, reciban esa semilla que tanto anhela Driss. En la primera, Abdellilah Lamrani con su hijo en brazos, un niño precioso.

Como también lo es Sami, el hijo recién nacido de Abderrahman Lanjeri, y que nos mira con asombro desde su candidez. Qué mejor forma de poner punto y aparte.

Aunque no podía dejar de colgar esta pequeña joya de Itziar Gorostiaga hecha en la Medina de Larache… y en la que una paisana, parece que se despide de nostros…

Sergio Barce, junio 2012

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LARACHE vista por… DRISS SAHRAOUI – Nostalgias: Plaza de España de Larache

Me pregunto cuál es la virtud de este blog que  creé sin estar muy seguro de que fuera a durar mucho tiempo. Al recibir estas últimas semanas nuevos textos escritos por Sara Fereres, Driss Sahraoui, Mohamed Bouhsina, Mercedes Dembo, Juan Manuel Fernández Gallardo, etc… para ser incorporados a él (lo que iré haciendo estos próximos días), me he dado cuenta de que ésta es su virtud: haberse convertido en un punto de encuentro, mejor dicho, de reencuentro entre paisanos, larachenses de todas las creencias que comparten un espacio común y un sentido universal de la convivencia. Así que no es poca cosa.

Hoy cuelgo un relato de Driss Sahraoui, que vuelve a su época de infancia y adolescencia, y con ello nos regala un detallado paseo por las arterias del centro de Larache, de aquel Larache que no es capaz de olvidar, y que nos redescubre a todos. Lo hace como si fuese un fotógrafo con su cámara que deambulara por los alrededores de la Plaza de España, y hace «click» en cada establecimiento, en cada tienda, en cada café, y vuelve a hacer «click» con cada nombre, con cada apellido, con cada rostro…

  Sergio Barce, junio 2012

DRISS SAHRAOUI

NOSTALGIAS

         LA PLAZA DE ESPAÑA DE LARACHE

Por Driss Sahraoui

 Para salir de la antigua medina haciéndolo necesariamente por el Zoco Chico y por la puerta de la Medina (Bab el Medina) llamada también en otros tiempos (Bab Embarra), que quiere decir la puerta de afuera porque por la noche se cerraba para los habitantes  de la medina, y también  tenia el nombre de (Bab El Jemis) porque al salir, en el lugar de la Plaza de España actual, se encontraba un gran llano desierto donde se celebraba todos los jueves el zoco semanal del Jemis que quiere decir Jueves. En este Zoco se vendía de todo: trigo, verduras, aceitunas,  ganado de toda clase a la puja y, en fin, de todo. Volvamos a la salida: franqueando el portal encontramos, a  nuestra derecha e izquierda, unas arquerías amplias y alegres, y enfrente la Plaza de España, hoy Plaza de la Libertad.

Si empezamos a visitar estas arquerías por la izquierda encontramos una librería que vendía material escolar  y de oficina, libros y revistas de toda clase -aquí he comprado yo mis primeros tebeos entonces-, el propietario era el distribuidor de toda la prensa nacional e internacional. Le ayudaba en esta tarea un marroquí muy activo al que llamaban GUTIERRES, no sé si en alusión a su patrón, y cuya tarea terminaba para él antes de las doce de la mañana. Al lado de esta librería se hallaba  un comercio de un indio muy conocido que vendía perfumes, relojes, artículos de regalo y otras cosas, junto a éste se encontraba otro indio que vendía exactamente lo mismo, además de zapatos de calidad, seguido de la Agencia de transportes interurbanos LA VALENCIANA donde se recibía a los viajeros para la venta de billetes de viaje y el depósito de  los equipajes en la consigna. Enfrente, en la calzada, paraban los autocares una hora antes de emprender la salida, el garaje estaba muy cerca, detrás, en un pasaje cerrado, sin salida, ancho y muy corto teniendo a su derecha la Comandancia de Ingenieros y en el fondo el depósito de fideos y pastas alimenticias provenientes de la fábrica de MONTERO, en Alcazarquivir, y también algunas viviendas. Pero esto ya es en  la Avenida de España. El Director- propietario de esta agencia de transportes se llamaba GARGALLO, era un hombre activo, trabajador y emprendedor, había creado unos minibuses con cabida de diez personas a los que dio el nombre de VALENCIANA LA RAPIDA con el consiguiente suplemento de precios , por la calidad y comodidad de sus viajes; estos autobuses hacían la línea Larache-Ceuta pasando por Tetuán. Al lado de esta agencia había un café, seguido de ACISA, un comercio muy importante especializado en los materiales del campo, como tractores, arados y todo lo relacionado con la agricultura. Al lado se encontraba la entrada de la Junta Municipal, a la que se accedía mediante escalera, y abarcaba toda la  parte del primer piso de este edificio.

Aquí está la salida del Zoco Chico y un gran Bucalito de un Susi que, por estar en este lugar tan neurálgico, vendía de todo: tabacos, periódicos, comestibles, bocadillos y una infinidad de artículos. Enfrente a éste, y en la misma calzada, se encontraba la parada de los autocares LA ESCAÑUELA, cuyo propietario era un hombre muy simpático, con el puro en los labios a todas horas. Sigue el Bar PUERTO RICO, propiedad de la familia ANDRADES, y al lado la famosa churrería de una familia muy apreciada y querida en Larache  y que se había integrado en las costumbres marroquíes, además de hablar  muy bien el árabe. Al lado había un comercio de confecciones y tejidos propiedad de un hebreo muy conocido y, al lado, la Casa BATA, con sus calzados de todas clases y de marca propia, algunos muy económicos. Al lado había un salón de Billar que duró mucho tiempo y por el que han pasado los jóvenes de esa época y también los menos jóvenes, luego se ha convertido en una representación de los coches MINI AUSTIN de marca inglesa, el concesionario era un tal Benyelun, un rico de Alcazarquivir cuyo hijo fue Bajà de Larache en los primeros años de la independencia. Finalmente este local se convirtió en en el actual  Café LA ESTRELLA. Aquí llegamos al final de las arquerías. Y al  seguir,  encontramos una carretera muy corta que tiene a su izquierda la parte trasera del Casino Militar y el Consulado de España y  a la derecha la consulta del Dr. FARIÑAS y el Dispensario Municipal y, al fondo, el Balcón del Atlántico. Cruzamos esta carretera y encontramos el lateral del Casino y otra carretera similar a la anterior teniendo a su derecha la entrada principal del Casino Militar; este Casino que pasó su época de gloria y donde se han celebrado grandes fiestas, casamientos y veladas de baile…  Ahí estaba siempre nuestro amigo CURRO, un simpático hebreo, que era amigo de todo el mundo,  que empezó de botones y acabó como el imprescindible administrador del Casino, fue amigo mío, igual que todos sus hermanos.

CURRO – foto retrado por Gabriela Grech

Uno de ellos, formó parte de la directiva del club de Fútbol de Larache en su mejor época. Lo encontré una vez en Ceuta, después de muchos años sin vernos, nos saludamos con un abrazo muy fuerte y empezamos a hablar, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y entre otros papeles saco una foto del club de fútbol de Larache, que llegó a jugar la final de la Copa del Rey, entonces Hassan II, y sin contener la emoción me dijo: <Cada vez que saco esta foto y la veo me hace recordar Larache y su gente.  ¡Lo que hemos pasado en Larache parece un sueño!> 

A la izquierda de esta calle se encontraba el Hotel Cervantes, uno de los primeros hoteles de Larache. Sin ser de la categoría del Hotel España, era muy importante en esos tiempos.  Aquí tenemos que cruzar otra carretera que es la calle de Primo de Rivera, una calle larga que pasa por El Patronato Escolar, el cementerio musulmán Sidi Alal Ben Ahmed, el Matadero, etc.. Enlazamos con la otra acera frente al mencionado Hotel Cervantes y encontramos el célebre Café LIXUS, éste era amplio y lujosamente decorado, con lámparas en el techo y  grandes espejos en la pared. Algunos domingos y días festivos estaba animado por una orquesta de música y los demás días con un pianista. Seguía al lado los Almacenes de los HERMANOS MARTÍNEZ,  un comercio muy importante, especializado en confecciones, tejidos, muebles y una infinidad de artículos de su ramo.

El Arca de Noé – izquierda tras el mostrador su dueña Dª Magdalena

Aquí encontramos otra carretera que conduce a la Plaza de Abastos. Junto a la tienda de comestibles EL ARCA DE NOE, que se  hallaba a  la izquierda y frente a  los Hermanos Martínez, estaba la parada de Taxis. Subimos de nuevo la acera y aparece el COMERCIO ESPAÑOL, similar al de los Hermanos Martínez pero menos extenso, con una gran acera enfrente donde se ponía nuestro amigo YEBILO con su carrito de helados, globitos y golosinas para los niños, era muy querido y hablaba incesantemente, pero muy simpático. Aquí tenemos que cruzar otra carretera que es la calle Duquesa de Guisa, teniendo a su derecha el Bar Selva, Mi Sastre, La Mallorquina, etc… Y encontramos el Casino de España, un lugar de recreo y ocio. El que suscribe fue socio de este Casino  durante tiempo, éste contaba con una buena biblioteca, salón de billar, otro de Ajedrez, Dominó, etc…

Aquí tenemos que cruzar de nuevo otra carretera que es la calle Chinguiti y encontramos el emblemático CAFÉ CENTRAL, teniendo enfrente una acera amplísima que le servía de terraza dando a la misma Plaza de España. Esta terraza, a pesar de su amplitud, en las noches de verano se quedaba chica. La gente se quedaba aquí hasta altas horas de la noche, tomando ese agradable fresco proveniente del Balcón del Atlántico. Este Café tenía mucha aceptación por su magnifico emplazamiento, pero la atención, el servicio y la tranquilidad hacían el resto. Como hemos visto, el diseño de la Plaza de España hacía que todas las principales calles y carreteras desembocaran en la misma y son exactamente ocho, la Puerta de la Medina incluida.

CAFÉ CENTRAL en su terraza Pepe Osuna, Mohamed Sibari y Carlos Amselem

La  Plaza de España se encontraba en el centro, rodeada de carretera por todas partes, quedando cual una isla, es de forma, digamos, elíptica y de aspecto alegre y atractivo. En el centro de la misma había a su vez una plazoleta circunferencial, a la que se accedía, mediante la subida de dos escalones encontrándose  en su centro un precioso acuario surtido con peces de color para gozo de los niños y mayores, este acuario estaba rodeado de unos asientos alicatados con unas bonitas lozas sevillanas, algunas con figuras de personajes de la letra y la cultura: Jacinto Benavente, Lope de Vega o el autor del Quijote de la Mancha. En estos asientos se sentaban niños y mayores para descansar y recrearse, sobre todo las mujeres con sus niños, para disfrutar de la tranquilidad y el ambiente reinante en este lugar. Esta plazoleta que quedaba en el centro, estaba rodeada de jardines con grandes palmeras, plantas exóticas y flores de toda clase. Contaba igualmente en todo su alrededor y en el centro con asientos también alicatados con lujosas lozas. En esta plaza se daban grandes paseos alrededor de la misma (entre nosotros nos decíamos: <vamos a la noria a sacar agua>, por la cantidad de vueltas que dábamos ahí). Los domingos después de la misa y los días festivos, se ponía  aquí una banda de música, en realidad era una verdadera orquesta dotada de toda clase de instrumentos para interpretar piezas musicales, algunas eran verdaderas sinfonías, y todo para deleite de los presentes y paseantes, dentro de una tranquilidad y seguridad impecables.

Un prestigioso abogado de nombre SARMIENTO venía todos los días a este lugar después del trabajo y antes del aperitivo, acompañado de unos amigos y portando un paquete de semillas, que arrojaba a las numerosas palomas  que venían de todas partes, en un momento dado parecía que se estaba en el Parque María Luisa de Sevilla en miniatura. Lo curioso de estas palomas es que conocían a este hombre  y sabían la hora de su llegada, si alguna vez tardaba en venir, venían ellas  aquí  a esperar a este hombre que no  faltaba nunca…

 Esta Plaza ha sido el escenario de muchas fiestas y desfiles y era el paso obligado de los desfiles militares, desfile de las carrozas de la semana de Larache, la traca final de la misma y otros eventos. Esta Plaza ha pasado su época de gloria en la que Larache vivía su máximo esplendor donde las costumbres, las religiones y  tradiciones se entremezclaban y se compartían. A esta época, yo la llamaría <la edad de oro de Larache>. No sé dónde han ido a parar esas virtudes, esa sana convivencia y esos valores cívicos  y humanos. Lo fácil que era para nosotros asimilar todo esto y lo difícil que lo es para esta generación, aunque no quiero generalizar porque por mucha destrucción que halla siempre habrá  supervivientes, y a estos nos encomendamos.                              

                                                      Por Driss Sahraoui      

 

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«EL ÁRBOL DEL ACANTILADO» del escritor larachense CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

(…)

Un día que iba al burdel, tan abstraído estaba en sus elucubraciones que, cuando se dio cuenta, había pasado delante del mismo sin detenerse. Se hallaba a unos cincuenta metros: miró hacia la pequeña casa y al instante decidió continuar la marcha. No sabía bien a dónde conducía aquel camino, aunque recordaba vagamente que siendo niño y durante unas vacaciones de verano, junto a Carlos y otros amigos, había estado por aquel lugar. Siguió la marcha, dejó a la derecha unos acuartelamientos allí situados y al poco tiempo se encontró ante un enorme acantilado que se abría al Atlántico. Al instante reconoció el lugar: se trataba de la playa conocida con el nombre de <La Duquesa>, así denominada por ser la preferida de Isabel de Orleáns, duquesa de Guisa. Prendada del lugar, la señora mandó construir unas pequeñas escalinatas que, aprovechando una zona en que el acantilado formaba algunos rellanos, hacían posible el descenso a la playa.

La Duquesa de Guisa

Paco se percató de que, a cierta distancia de donde estaba situado, aparecían aparcados dos automóviles. Cuando se acercó al precipicio vio diminutas figuras abajo: algunos se bañaban, otros tomaban el sol. Eran los miembros de la Casa Real de Francia en el exilio, que en aquellos parajes del norte marroquí habían encontrado un lugar donde asentarse. Llevaban allí establecidos desde 1909 y tanto entre los marroquíes como entre los españoles gozaban de gran consideración. A Paco le pareció distinguir a la duquesa y a su hija, la princesa Ita. Pero, no queriendo resultar indiscreto y aunque aquel lugar era público, decidió caminar por el borde del acantilado en dirección sur. Lo hizo durante buen rato, hasta llegar a unos pinares situados en una gran finca propiedad del Estado, conocidas popularmente como <Viveros> y que desde la entrada de la <Hípica Militar> se extendían hasta el lugar donde ahora él se hallaba.

Buscó el árbol más próximo al borde del acantilado, que era un enorme cinamomo crecido entre pinares, y se sentó debajo: al amparo de su sombra y también para apoyarse en su tronco. Y lo hizo mirando al mar. Notó que la cabeza le ardía, pues el sol apretaba con fuerza y esbozando una sonrisa burlona pensó que su ya notoria calvicie le hacía menester usar sombrero para protegerse. (…)

    Aunque la novela ya ha avanzado casi un tercio, esta escena es crucial en el desarrollo de la trama, casi un punto de arranque, por así decirlo, y es la que, poco después, y por todo lo que sigue, justifica el título de la novela de Carlos Tessainer: <El árbol del acantilado>.

 La ubicación de la trama se hace de manera concisa, y como en el párrafo anterior, las descripciones que efectúa de los lugares donde se desarrollan los acontecimientos son tan ágiles como detallistas. Incluso los pequeños fogonazos históricos que introduce con habilidad ayudan a crear una novela “impresionista”: el camino, las casas, el acuartelamiento, el acantilado, el océano, la playa, los bañistas como figuras lejanas que dibuja en dos trazos, el cinamomo… Ya digo, un cuadro impresionista.

CARLOS TESSAINER

   La novela es, además de un perfecto retrato de la sociedad de la época del Protectorado español en Marruecos, en concreto, en Larache, es también un agudo estudio del problema religioso que se plantea cuando dos personas que se aman y que son de diferente credo deciden unir sus vidas.

   Baste como muestra de ese perfecto retrato de una sociedad y de una época esta escena que, al leerla, me hizo sentir lo que la protagonista debía de estar sufriendo.

(…) No volvió a ver a su padre, le daba miedo. La casa era un continuo desfilar de gente que se abrazaban a ellos llorando, gemían, chillaban. Los rezos se sucedían y en medio de aquellas letanías fúnebres y plañideras, ella se encontraba fuera de lugar. La intolerancia había vuelto a aparecer en su vida. Había enviudado de un marido mezquino y palurdo que la despreció por ser hebrea, de un ser que, procedente de un mundo cerrado y lleno de prejuicios, rechazaba todo lo nuevo y diferente por el mero hecho de serlo, todo lo que podía enriquecerle. Ahora había muerto su padre, un viejo judío anclado en el pasado, que, creyéndose miembro del pueblo elegido, se consideraba superior. Y en esa cerrazón de sesera, había llevado su intransigencia hasta lo que María juzgó inaudito. Dentro de su rechazo a la intolerancia, fue más benévola con el padre, tal vez porque era el que la había engendrado. Quizás porque estimó que aun siendo relativamente culto, al ser anciano, le había resultado más difícil aceptar lo que no pertenecía a su mundo; o posiblemente porque no la despreció tanto como Ignacio. Pero, a partir de entonces, se reafirmó más si cabe en la idea que no sólo lo suyo era lo bueno, que la razón no estaba exclusivamente en una sola parte y que el aceptar y valorar lo diferente, lo de los demás, abría las puertas a un mayor enriquecimiento. Era una inquietud que a ella le llenaba de vida. Revalidó así el desprecio hacia la intolerancia de dos muertos, su marido y su padre, y deseó que con ellos aquella condición no hiciese acto de presencia más en su vida.

Creía que conocía a casi todos los hebreos de la ciudad, pero le sorprendió ver aquel tropel de gente extraña. Y no debían de ser de fuera, pues, por mucha prisa que se hubiesen dado, no podían haber llegado a tiempo para el entierro. Se agarraba a su madre con fuerza mientras Miguel estaba con los varones. Se llevaban ya a Samuel y la casa se llenó de alaridos que la desconcertaron y le causaron pavor: nunca había asistido a una situación igual. Mujeres que no conocía chillaban aparentando dolor con gritos desgarradores y la retahíla de los rezos parecían salir del suelo. Ella estaba emocionada y triste: lloraba sin aspavientos. Pasó una mujer desconocida y encarándose con ella le chilló: <¡Malograda, mésate el cabello, que se llevan a tu padre!>. Le acompañaba otra que, en señal de duelo, se daba palmadas en la cara; cesó, como por arte de magia, en sus muestras de dolor y, dirigiéndose a la compañera, apostilló con impertinencia: <¡Déjala, es la viuda del cristiano!> (…)

Basada en una historia real acontecida en Larache, Carlos Tessainer <disfraza> a los protagonistas con nombres ficticios. La cercanía con la que crea ese universo tan especial, el de una sociedad concreta en un tiempo concreto de la Historia, hacen de <El árbol del acantilado> una novela sugerente, curiosa, muy actual a la vez.

Los protagonistas se hacen de carne y hueso, importante para que nos creamos lo que se nos relata, y Carlos Tessainer desnuda sus desdichas, sinsabores e ilusiones con el objetivo de denunciar un tipo de injusticia que se ha repetido toda la vida, una de las injusticias más dolorosas y, a mi entender, más irracionales. En este sentido, me parece que los personajes que deambulan por esta historia de amor, porque esencialmente es la historia de un gran amor, están perfilados con precisión: Paco y María, los padres de ella, Samuel y Chimol, especialmente el personaje de Samuel que pare mí representa el arquetipo perfecto del pensamiento intransigente y rígido, pero también, por supuesto, Sol Cohen, la que fuera amante, pareja, confidente y amor verdadero del general Fernández Silvestre. Otro acierto que sea ella, por su pasado, por su propia vida, la que acoja a quien huye por defender su futuro.      

Procesión del Corpus en Larache

Estamos pues, ante una aparente curiosa contradicción: para contar una historia llena de oscuridades y sinsabores, Carlos Tessainer utiliza el colorido de sus pinceladas impresionistas. Y esto resulta ser un acierto.

Pero, además, con esta obra nos enfrentamos con una demoledora denuncia a la intransigencia y a la intolerancia. Un hermoso canto a la libertad y al amor, y también a la convivencia y al respeto al otro que, tanto Carlos como yo, aprendimos en Larache. Baste como muestra este párrafo de la novela:

(…)   -¡Ay, María! ¡La religión! –le contestó su marido-. Judíos, musulmanes o cristianos, ¡qué más dará! Mira, cuando oigo la llamada a la oración desde el alminar de las mezquitas; cuando los cañonazos y la sirena, a la puesta de sol del mes de Ramadán, anuncian que la jornada de ayuno ha finalizado y las calles se quedan desiertas, muchas veces se me ha puesto carne de gallina. Pero es, sobre todo, el cariño con que en su inmensa mayoría tratan a sus mayores, el celo exquisito con que se ocupan de ellos, respetando sus incapacidades y manías; es la veneración con que conducen a sus difuntos al cementerio –aunque estos sean tan pobres que no tengan donde caerse muertos- lo que ha provocado que en más de una ocasión se me salten las lágrimas y note una punzada en el pecho. ¿Sabes por qué, María? Pues porque detrás de las creencias musulmanas está lo mismo que detrás de las de los cristianos y judíos: la petición al mismo Dios de que se acuerde de nosotros…

Al leer esto último, me sentí transportado a Larache. Cuántas veces vimos esos cortejos fúnebres que pasaban raudos por las calles, y así era como se reaccionaba, te quedabas quieto y les veías pasar, respetuosamente, y la voz del almuédano que, siempre, siempre, te hace vibrar. Y no nos engañemos, Carlos lo que hace es escribir lo que él sentía cuando presenciaba las ceremonias, ahí es él mismo.

Una novela, en definitiva, llena de pasión, de historia con h minúscula y con h mayúscula, de anécdotas, de curiosidades, y escrita con verdadero entusiasmo.

Y le dice Paco a María:

(…)  -¿A que es el sitio más bonito que nunca has visto? A partir de ahora será nuestro lugar…

Y entonces comprendes que la intransigencia no puede vencer.

Sergio Barce, junio 2012

EL ÁRBOL DEL ACANTILADO se publicó en 2006. Editorial Sarriá – Málaga.

Y fue Finalista del X Premio de Novela Fernando Lara 2005.

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