Archivo de la etiqueta: Antonio Barce

RAÍCES Y ANCESTROS

Mi primo Antonio me ha hecho llegar unas fotografías de mi familia paterna. Mi bisabuelo Antonio Barce Fernández, con su elegante uniforme de conserje de la Plaza de Toros de Cádiz. Y otra instantánea donde mi bisabuelo, de nuevo, está al centro de la imagen, como patriarca, sentado junto a mi bisabuela María Dolores Pérez Infantes, de luto riguroso y con gesto duro y ceñudo. En esta segunda estampa, a la izquierda, mi abuelo paterno Manuel Barce Pérez, muy joven, que luego emigraría a Larache y comenzaría allí una nueva vida junto a su mujer María Salud Cabeza.

La tercera fotografía y las siguientes pertenecen a mi bisabuelo materno, Juan Martínez Pérez, en concreto, a su Tarjeta de Identidad y a su Pasaporte, expedidos en 1955 y 1951, respectivamente, por el Consulado de España en Larache, aunque él había llegado a principios de siglo a Larache, siendo el primero de la familia en asentarse en la ciudad del Lucus. 

En su pasaporte, como curiosidad, aparece expedido un Visado para pasar a la Zona del Protectorado de Francia, con el sello de la aduana del paso fronterizo de Arbaua. 

Bisabuelo AB

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Izq mi abuelo Manuel Barce, centro mis bisabuelos, Maria Dolores Pérez Infante, de Rota, y Antonio Barce Fdez, de San Roque

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LARACHE Y ANTONIO BARCE

Estaba preparando otra página más de las estampas de Larache, de sus calles, de sus paisajes, y al encontrarme con una vieja fotografía de mi padre me he dicho que también podía hacer un doble homenaje a través de estas fotos que guardo: a Larache y a mi padre, Antonio Barce. Nada es igual para él desde que mi madre desapareciera, pero sigue añorando aquellos años en Larache porque, por supuesto, los asocia a los mejores años junto a ella: su noviazgo, sus primeros años de casados, su primer hogar, los primeros hijos.

Sus dos amores se unen en sus recuerdos. Y saber que las cenizas de mi madre nadan apaciblemente por el Lukus hace que mi padre añore aún más su tierra de nacimiento. En Larache sigue viva ella y sigue viva su juventud. Cuando hablamos de Larache a mi padre se le dibuja una sonrisa, y al mostrarle las fotos junto a sus amigos de juventud le aflora la nostalgia y se le hace un nudo en la garganta. A veces me dice que no puede creer que hayan pasado tantos años.

Estas fotos van por él, por Antonio Barce, que también forma parte de la pequeña historia de Larache. Su tierra amada. Nuestra tierra añorada. Siempre en nuestros corazones.

Sergio Barce

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Macías – Vargas – Barce – Simón – Luis Glez Jurelito. Fotos Samot, Hassan II, 2 – Larache

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Con Antoñitp Guerrero – Dukali y Vargas

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A. Barce – Carlos Navas

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Recuerdo del Patrón de la Banca – 1956 – Fotos J. Carrasco – Larache

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Guerrito – Alberca – Barce – 1956

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Foto revelada en Laboratorio Fotográfico Marilú – Las Navas – Larache

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Barce – Fuentes – Céspedes – Navas

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Carlos Navas – Antonio Barce

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Manolo Alvarez – Vargas – Barce – Guerrero – Damián – Zambrano

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Barce – Galeote – Navas – Guardia

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Café Central - Luis Guardia, Antonio Barce, Fuentes & Galeote

Café Central – Luis Guardia, Antonio Barce, Fuentes & Galeote

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FERNANDO DELGADO, AB Y DUKALI

FERNANDO DELGADO, A. BARCE Y DUKALI

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ESCARBANDO EN EL CAJÓN

Escarbando en el cajón que tiene mi padre con decenas de fotos, fotografías que trato de escanear cuando puedo, me he encontrado con algunas que ahora comparto con vosotros.

La primera es una foto muy antigua de mis tatarabuelos, los Martínez, originarios de Melilla. Será mi bisabuelo materno el que se decida, escapando de la miseria, marcharse a Marruecos, en concreto, a Larache.

Mis tatarabuelos maternos, los Martínez

Estas otras, son de mi padre con su gran amigo Carlitos Navas. Y, en la tercera, también con su otro gran amigo Fernando Galeote.

Larache - Carlos Navas y AB

Larache – Carlos Navas y Antonio Barce

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Larache - Junio 1951 - Carlos Navas y AB

Larache – Carlos Navas y mi padre – foto fechada el 27 de junio de 1951

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Larache - de pie, Fernando Galeote y AB, sentado Carlos Navas

Larache – de pie, Fernando Galeote y Antonio Barce; sentado, Carlos Navas

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Viendo esta foto de mi madre, entiendo que mi padre se enamorara de ella. Fueron tan felices en Larache que ella, antes de morir, nos hizo jurar que llevaríamos sus cenizas y las esparciríamos en el río Lukus. Y así se hizo.

mi madre

María Gallardo Martínez (pero también la llamaban Maru, Maruja o Maruchi, según quien la conociera)

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Cuando vivíamos en el Balcón del Atlántico, en la calle Mulay Ismail, desde nuestra ventana podíamos ver, como unos privilegiados, los concursos del tiro al plato.

Larache - desde mi ventana

Larache – desde la ventana de mi casa

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Doy un salto en el tiempo. Esta fotografía se tomó en Ifrane, en una pequeña excursión que hicimos varias familias desde Larache para ver la nieve. En la imagen, mi madre, y, a la derecha, Miguel Álvarez.

Ifrane - mi madre y Miguel A

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Esta otra foto es de junio de 1967, en la Gaba, creo. El coche Renault 10 de mi padre, con matrícula larachense. Sentadas en el capó, mis hermanas Marisol y Mónica.

Larache - junio 1967 - mi padre y mis hermanas Marisol y Mónica

Larache, junio 1967

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Esta otra es más reciente, aunque los años han pasado como un suspiro. Tomada en Asilah, estoy con Rachida y Maru. Mi madre ya no está, y ahora Rachida, mi segunda madre, se encuentra muy delicada de salud.

Asilah - con mis madres

Con mis madres

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Y, para acabar, tres fotografías más: en las dos primeras, mi madre con Maruchi Alfaro (las dos Maruchis), en las ruinas de Lixus, una vez más en su pueblo; en la otra, con unas amigas, en otro de esos viajes que hacía mi madre para exprimir su amor a Marruecos. Cómo los disfrutaba.

La última imagen corresponde a uno de los momentos más emotivos que hemos vivido en estas idas y venidas a Larache. Ahí estamos un buen puñado de larachenses acompañando a Angie y Cristóbal el día que ellos esparcieron las cenizas de su madre, María, en el Lukus. Luego llegaría mi madre, unos años después, y las dos siguen allí, mecidas por el suave oleaje, eternas.

Larache - Lixus - lasdos Maruchis

Las Maruchis

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Mi madre disfrutando de Marruecos

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Larache - acompañando la despedida de María

 

 

 

 

 

 

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“RECORDANDO, LARACHENSEMENTE (PARA ANTONIO BARCE)”, UN TEXTO DE FRANCISCO CARRASCO

RECORDANDO, LARACHENSEMENTE…

(para Antonio Barce)

por Francisco Carrasco

En la búsqueda de esta foto, que adjunto, aparecieron otras, de gratísima memoria, que me fueron trasladando a vivencias pasadas, “larachensemente”, todas de entrañables recuerdos.

En la Fbca. (1)

Fue tomada el 11 de Enero de 1955. Destaca la alta chimenea, con un lateral de relieves. En vertical, estaba el emblema de la empresa, las letras “A, D y A”,y, debajo, un año, “19??”, que no se distingue, ni recuerdo.

Socios mayoritarios de la empresa eran los “Crespo Manzanares”, de Barbate, y los “Domeq”, de Jerez de la Frontera. El nombre comercial, como fábrica de conservas de pescado, era “Almadrabas del Atlántico, S.A.” y también empleaba el de “Comercio Marroquí, S.A.”. Estaba ubicada en la zona portuaria.

La caseta redonda, de tres franjas, que se ve sobre tres pilares de hormigón, creo que era un recinto de aparatos y, por su elevación, era el “veedor”, para cuando fallaba la emisora de radio, atisbar desde ella a los pesqueros llegando al puerto. El fin era que los camiones, marca Ebro y de cabina roja, fueran puntuales a la arribada, estando junto a las grúas al tiempo de la descarga de los atunes. En la zona de la foto, “la chanca”, los expertos, a medida que iban llegando, cuarteaban los atunes, para, inmediatamente, llevarlos todos a los distintos espacios de fabricación. Eran profesionales.

En la foto, empezando por la izquierda, de pie, aparecen: Antonio Beato Pedro, mecánico, chófer, todo un “manitas”.  Solía reparar el Citroën “pato”, que conducía para el administrador de la factoría, D. Salvador Gómez Machado. Los problemas técnicos, que surgieran en las máquinas de la fábrica, contaban siempre con su intervención o consejo. Domingo Vázquez Gil, servía para todo y trabajaba en el Almacén, del que se abastecían todos los estamentos de la fábrica. El jefe, o responsable de aquello, alto, y delgado, se apellidaba Cabal. 

La oficina del Almacén era calurosa en verano, y bastante fría en invierno, de lo que Cabal solía quejarse a menudo. Para el frío, disponían de un modesto brasero que, por funcionar aprovechando las maderas de los palés, es por lo que D. Salvador no quería comprar una estufa eléctrica. Para apoyar esta idea, un día de bastante frío, sabiendo que venía el administrador, Cabal puso una bombilla fundida en el brasero, hasta que el vidrio encogió, y se pegó al soporte de los filamentos. No tardó en enfriarse el casquillo, y con cuidado, la puso en el portalámparas. Cuando D. Salvador llegó, dijo que no se veía, y que le dieran a la luz, ¡pero no se encendió!, subió la vista, y se quedó perplejo viendo el aspecto de la bombilla. Fue en ese momento cuando Cabal, muy serio, le dijo: ¡Del frío que hace, fíjese D. Salvador, cómo se ha quedado la bombilla!  Sonrió el jerezano, Sr. Gómez Machado, y no dijo nada. Sin embargo, tal agudeza de ingenio, sirvió para que le compraran la dichosa estufa. 

Rafael Andrés Rus, era el Cajero de la fábrica. Si los cobros eran importantes, la mayor tarea se la llevaban los pagos, por la proliferación de operaciones en fechas de captura. Los equipos en funcionamiento requerían diligencia, para que la cadena de producción no fallase en ningún momento. Las máquinas, las almadrabas y sus almadraberos, los vehículos, y sobre todo los barcos, estaban a pleno trabajo en temporada.  Recuerdo que “Tres Cepas”, “Puntales”, “Barbate”, y “Cambio”, eran las voces que insistentemente repetía su hermano, Saturnino Andrés Rus, desde la emisora de radio, cuando trataba de contactar con los patrones de los barcos, o con la factoría de Barbate. Saturnino era el que gobernaba la oficina, a las órdenes del administrador.

“Pepito” era el guarda y vigilante a la entrada a la fábrica. Había prestado su conformidad a tal apelativo, para simplificar sus comunicaciones. Su nombre real creo que era Abdsselam. Era consciente de sus limitaciones, tenía imagen de buen servidor, atento, educado, y, sobre todo, de reconocida honradez.

El último de pie, soy yo. Tenía quince años cumplidos, y era el “niño de la oficina”. Aquella tarde nos insistieron en “ir bien vestidos y con corbata”, porque había “foto”. La había pedido Personal, de Jerez.                      

Roque Vázquez Gil, agachado, tenía el “don de gentes” de los Vázquez. Puede verse que, tanto él como su hermano, son los únicos que sonríen en la foto; y quiso salir con el “tarbush” de Pepito. De aquella fecha, le habían traído de Tánger unas gafas, “polaroid”, que lucía siempre que podía. De una sola pieza de visión, amplia, panorámica, las gafas llamaban la atención. Él sabía que favorecían su imagen, y por eso las exhibía, pese a las acusaciones de narcisista y presumido que, en ocasiones, le hacía alguno de sus compañeros.

 

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“PASA EL TIEMPO, Y YA HACE UN AÑO”, POR SERGIO BARCE

 

Larache - MARUJA GALLARDO

Larache – MARUJA GALLARDO

Ayer hizo un año que mi madre falleció. Parece que han pasado apenas unas semanas. El día de hoy ha sido extraño, he tratado de actuar como si mi cumpleaños fuera un cumpleaños más y he disfrutando leyendo los correos que me muestran tanto afecto como cariño y también hablando con quienes me han llamado, gente muy querida. El mejor momento del día lo he pasado cenando con dos personas que amo profundamente y que me hacen más feliz de lo que imaginan.

Pero el día se ha hecho extraño al final. Se han mezclado muchas cosas. Como si algo se hubiera quebrado, algo que no puedo dominar. Tal vez hoy no he estado a la altura.

Aunque pensaba que podría soslayar el recuerdo, creo que no ha sido posible. Y pensando en aquel 14 de agosto del pasado año, ayer por la mañana escribí algo que no sé si era lo que quería escribir. Ni siquiera sé, en realidad, si debiera publicarlo en mi blog. Pero, por otro lado, no conozco otra manera para hacer que ella siga entre nosotros.

No sé si te he contado alguna vez que llegué tarde.

Mis hermanas me llamaron, fingiendo una tranquilidad que en realidad no sentían, encubriendo la verdad. Me dijeron que no tardara, que ella quería verme. Cuando llegué, me senté en la cama, a su lado. Tenía ese rostro plácido y amable de siempre, pese a la devastación que la había arrasado sin piedad. Muy delgada, más pálida. La acaricié, le pregunté si se encontraba bien, qué era lo que quería decirme. Había notado al instante su piel fría, su insensibilidad como una capa de ausencia. Me acerqué, y me di cuenta de que no respiraba. La sensación de agarrotamiento se apoderó de mi angustia.

La escudriñé como si pudiera encontrar un rescoldo de su pasado o un eco de su voz pronunciando mi nombre. Sólo nos rodeaba el bronco silencio del instante. Le pedí perdón por llegar tarde. Le pedí perdón por no haber podido decirle adiós. Y, al besarla, sentí que, justo en el lugar en el que posaba mis labios, su frente se arrugaba como un leve temblor en la plácida superficie del agua.

Alguien entró a la habitación, y me aclaró que cuando me habían llamado ella ya no estaba allí. Eso me consoló de alguna manera, pero en mi interior he continuado paladeando el sabor acidulado de haber llegado tarde. Volví a pasar una mano por su rostro, que ya no era el rostro que yo veía. Porque para mí, ella continuaba sonriéndome, girada levemente para poder mirarme por encima del hombro, con sus labios recién pintados, casi joven otra vez, y al poco movía la cabeza y se quedaba muy quieta, asomada a su ventana, frente a su hermoso balcón del Atlántico, y estaba esplendorosa, y estaba viva. Y creo que incluso la oí reír.

Sergio Barce, 14 de agosto de 2015.

MARUJA GALLARDO

MARUJA GALLARDO

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