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ESCARBANDO EN EL CAJÓN

Escarbando en el cajón que tiene mi padre con decenas de fotos, fotografías que trato de escanear cuando puedo, me he encontrado con algunas que ahora comparto con vosotros.

La primera es una foto muy antigua de mis tatarabuelos, los Martínez, originarios de Melilla. Será mi bisabuelo materno el que se decida, escapando de la miseria, marcharse a Marruecos, en concreto, a Larache.

Mis tatarabuelos maternos, los Martínez

Estas otras, son de mi padre con su gran amigo Carlitos Navas. Y, en la tercera, también con su otro gran amigo Fernando Galeote.

Larache - Carlos Navas y AB

Larache – Carlos Navas y Antonio Barce

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Larache - Junio 1951 - Carlos Navas y AB

Larache – Carlos Navas y mi padre – foto fechada el 27 de junio de 1951

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Larache - de pie, Fernando Galeote y AB, sentado Carlos Navas

Larache – de pie, Fernando Galeote y Antonio Barce; sentado, Carlos Navas

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Viendo esta foto de mi madre, entiendo que mi padre se enamorara de ella. Fueron tan felices en Larache que ella, antes de morir, nos hizo jurar que llevaríamos sus cenizas y las esparciríamos en el río Lukus. Y así se hizo.

mi madre

María Gallardo Martínez (pero también la llamaban Maru, Maruja o Maruchi, según quien la conociera)

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Cuando vivíamos en el Balcón del Atlántico, en la calle Mulay Ismail, desde nuestra ventana podíamos ver, como unos privilegiados, los concursos del tiro al plato.

Larache - desde mi ventana

Larache – desde la ventana de mi casa

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Doy un salto en el tiempo. Esta fotografía se tomó en Ifrane, en una pequeña excursión que hicimos varias familias desde Larache para ver la nieve. En la imagen, mi madre, y, a la derecha, Miguel Álvarez.

Ifrane - mi madre y Miguel A

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Esta otra foto es de junio de 1967, en la Gaba, creo. El coche Renault 10 de mi padre, con matrícula larachense. Sentadas en el capó, mis hermanas Marisol y Mónica.

Larache - junio 1967 - mi padre y mis hermanas Marisol y Mónica

Larache, junio 1967

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Esta otra es más reciente, aunque los años han pasado como un suspiro. Tomada en Asilah, estoy con Rachida y Maru. Mi madre ya no está, y ahora Rachida, mi segunda madre, se encuentra muy delicada de salud.

Asilah - con mis madres

Con mis madres

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Y, para acabar, tres fotografías más: en las dos primeras, mi madre con Maruchi Alfaro (las dos Maruchis), en las ruinas de Lixus, una vez más en su pueblo; en la otra, con unas amigas, en otro de esos viajes que hacía mi madre para exprimir su amor a Marruecos. Cómo los disfrutaba.

La última imagen corresponde a uno de los momentos más emotivos que hemos vivido en estas idas y venidas a Larache. Ahí estamos un buen puñado de larachenses acompañando a Angie y Cristóbal el día que ellos esparcieron las cenizas de su madre, María, en el Lukus. Luego llegaría mi madre, unos años después, y las dos siguen allí, mecidas por el suave oleaje, eternas.

Larache - Lixus - lasdos Maruchis

Las Maruchis

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Mi madre disfrutando de Marruecos

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Larache - acompañando la despedida de María

 

 

 

 

 

 

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“RECORDANDO, LARACHENSEMENTE (PARA ANTONIO BARCE)”, UN TEXTO DE FRANCISCO CARRASCO

RECORDANDO, LARACHENSEMENTE…

(para Antonio Barce)

por Francisco Carrasco

En la búsqueda de esta foto, que adjunto, aparecieron otras, de gratísima memoria, que me fueron trasladando a vivencias pasadas, “larachensemente”, todas de entrañables recuerdos.

En la Fbca. (1)

Fue tomada el 11 de Enero de 1955. Destaca la alta chimenea, con un lateral de relieves. En vertical, estaba el emblema de la empresa, las letras “A, D y A”,y, debajo, un año, “19??”, que no se distingue, ni recuerdo.

Socios mayoritarios de la empresa eran los “Crespo Manzanares”, de Barbate, y los “Domeq”, de Jerez de la Frontera. El nombre comercial, como fábrica de conservas de pescado, era “Almadrabas del Atlántico, S.A.” y también empleaba el de “Comercio Marroquí, S.A.”. Estaba ubicada en la zona portuaria.

La caseta redonda, de tres franjas, que se ve sobre tres pilares de hormigón, creo que era un recinto de aparatos y, por su elevación, era el “veedor”, para cuando fallaba la emisora de radio, atisbar desde ella a los pesqueros llegando al puerto. El fin era que los camiones, marca Ebro y de cabina roja, fueran puntuales a la arribada, estando junto a las grúas al tiempo de la descarga de los atunes. En la zona de la foto, “la chanca”, los expertos, a medida que iban llegando, cuarteaban los atunes, para, inmediatamente, llevarlos todos a los distintos espacios de fabricación. Eran profesionales.

En la foto, empezando por la izquierda, de pie, aparecen: Antonio Beato Pedro, mecánico, chófer, todo un “manitas”.  Solía reparar el Citroën “pato”, que conducía para el administrador de la factoría, D. Salvador Gómez Machado. Los problemas técnicos, que surgieran en las máquinas de la fábrica, contaban siempre con su intervención o consejo. Domingo Vázquez Gil, servía para todo y trabajaba en el Almacén, del que se abastecían todos los estamentos de la fábrica. El jefe, o responsable de aquello, alto, y delgado, se apellidaba Cabal. 

La oficina del Almacén era calurosa en verano, y bastante fría en invierno, de lo que Cabal solía quejarse a menudo. Para el frío, disponían de un modesto brasero que, por funcionar aprovechando las maderas de los palés, es por lo que D. Salvador no quería comprar una estufa eléctrica. Para apoyar esta idea, un día de bastante frío, sabiendo que venía el administrador, Cabal puso una bombilla fundida en el brasero, hasta que el vidrio encogió, y se pegó al soporte de los filamentos. No tardó en enfriarse el casquillo, y con cuidado, la puso en el portalámparas. Cuando D. Salvador llegó, dijo que no se veía, y que le dieran a la luz, ¡pero no se encendió!, subió la vista, y se quedó perplejo viendo el aspecto de la bombilla. Fue en ese momento cuando Cabal, muy serio, le dijo: ¡Del frío que hace, fíjese D. Salvador, cómo se ha quedado la bombilla!  Sonrió el jerezano, Sr. Gómez Machado, y no dijo nada. Sin embargo, tal agudeza de ingenio, sirvió para que le compraran la dichosa estufa. 

Rafael Andrés Rus, era el Cajero de la fábrica. Si los cobros eran importantes, la mayor tarea se la llevaban los pagos, por la proliferación de operaciones en fechas de captura. Los equipos en funcionamiento requerían diligencia, para que la cadena de producción no fallase en ningún momento. Las máquinas, las almadrabas y sus almadraberos, los vehículos, y sobre todo los barcos, estaban a pleno trabajo en temporada.  Recuerdo que “Tres Cepas”, “Puntales”, “Barbate”, y “Cambio”, eran las voces que insistentemente repetía su hermano, Saturnino Andrés Rus, desde la emisora de radio, cuando trataba de contactar con los patrones de los barcos, o con la factoría de Barbate. Saturnino era el que gobernaba la oficina, a las órdenes del administrador.

“Pepito” era el guarda y vigilante a la entrada a la fábrica. Había prestado su conformidad a tal apelativo, para simplificar sus comunicaciones. Su nombre real creo que era Abdsselam. Era consciente de sus limitaciones, tenía imagen de buen servidor, atento, educado, y, sobre todo, de reconocida honradez.

El último de pie, soy yo. Tenía quince años cumplidos, y era el “niño de la oficina”. Aquella tarde nos insistieron en “ir bien vestidos y con corbata”, porque había “foto”. La había pedido Personal, de Jerez.                      

Roque Vázquez Gil, agachado, tenía el “don de gentes” de los Vázquez. Puede verse que, tanto él como su hermano, son los únicos que sonríen en la foto; y quiso salir con el “tarbush” de Pepito. De aquella fecha, le habían traído de Tánger unas gafas, “polaroid”, que lucía siempre que podía. De una sola pieza de visión, amplia, panorámica, las gafas llamaban la atención. Él sabía que favorecían su imagen, y por eso las exhibía, pese a las acusaciones de narcisista y presumido que, en ocasiones, le hacía alguno de sus compañeros.

 

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“PASA EL TIEMPO, Y YA HACE UN AÑO”, POR SERGIO BARCE

 

Larache - MARUJA GALLARDO

Larache – MARUJA GALLARDO

Ayer hizo un año que mi madre falleció. Parece que han pasado apenas unas semanas. El día de hoy ha sido extraño, he tratado de actuar como si mi cumpleaños fuera un cumpleaños más y he disfrutando leyendo los correos que me muestran tanto afecto como cariño y también hablando con quienes me han llamado, gente muy querida. El mejor momento del día lo he pasado cenando con dos personas que amo profundamente y que me hacen más feliz de lo que imaginan.

Pero el día se ha hecho extraño al final. Se han mezclado muchas cosas. Como si algo se hubiera quebrado, algo que no puedo dominar. Tal vez hoy no he estado a la altura.

Aunque pensaba que podría soslayar el recuerdo, creo que no ha sido posible. Y pensando en aquel 14 de agosto del pasado año, ayer por la mañana escribí algo que no sé si era lo que quería escribir. Ni siquiera sé, en realidad, si debiera publicarlo en mi blog. Pero, por otro lado, no conozco otra manera para hacer que ella siga entre nosotros.

No sé si te he contado alguna vez que llegué tarde.

Mis hermanas me llamaron, fingiendo una tranquilidad que en realidad no sentían, encubriendo la verdad. Me dijeron que no tardara, que ella quería verme. Cuando llegué, me senté en la cama, a su lado. Tenía ese rostro plácido y amable de siempre, pese a la devastación que la había arrasado sin piedad. Muy delgada, más pálida. La acaricié, le pregunté si se encontraba bien, qué era lo que quería decirme. Había notado al instante su piel fría, su insensibilidad como una capa de ausencia. Me acerqué, y me di cuenta de que no respiraba. La sensación de agarrotamiento se apoderó de mi angustia.

La escudriñé como si pudiera encontrar un rescoldo de su pasado o un eco de su voz pronunciando mi nombre. Sólo nos rodeaba el bronco silencio del instante. Le pedí perdón por llegar tarde. Le pedí perdón por no haber podido decirle adiós. Y, al besarla, sentí que, justo en el lugar en el que posaba mis labios, su frente se arrugaba como un leve temblor en la plácida superficie del agua.

Alguien entró a la habitación, y me aclaró que cuando me habían llamado ella ya no estaba allí. Eso me consoló de alguna manera, pero en mi interior he continuado paladeando el sabor acidulado de haber llegado tarde. Volví a pasar una mano por su rostro, que ya no era el rostro que yo veía. Porque para mí, ella continuaba sonriéndome, girada levemente para poder mirarme por encima del hombro, con sus labios recién pintados, casi joven otra vez, y al poco movía la cabeza y se quedaba muy quieta, asomada a su ventana, frente a su hermoso balcón del Atlántico, y estaba esplendorosa, y estaba viva. Y creo que incluso la oí reír.

Sergio Barce, 14 de agosto de 2015.

MARUJA GALLARDO

MARUJA GALLARDO

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“LARACHENSEMENTE. RECORDANDO” (2ª parte) por FRANCISCO JUAN CARRASCO

He recibido otra crónica relatada larachensemente por Francisco Juan Carrasco y me ha hecho reír la anécdota que cuenta. Me dice en su correo que todo esto sucedió del modo que refiere, y que la foto le trae muy buenos recuerdos. A la derecha, se ve parte del rostro de Galea, hacia la izquierda está Peral, le sigue Gambero, y el último es él. Fue tomada el 4 de Noviembre de 1956, día de San Carlos Borromeo, patrón de la Banca, celebrándolo en el Hotel España, en Larache.
También me cuenta en su correo que, cuando se tomó esa foto, hacía escasamente dos meses de su entrada en el Banco Central, en contra de su voluntad, tal y como ya narró en su anterior crónica larachense.

Espero que disfrutéis de esta segunda entrega.

Sergio Barce, abril 2015 

LARACHENSEMENTE, RECORDANDO

Al leer en tu blog el relato, que León Cohen hace de Larache, con alusión a los chatarreros Trojman y Belliti, me vino a la memoria el insólito hecho, que ocurrió allí, a la muerte del último, viniendo a ponerse de manifiesto la capacidad e ingenio, para la acertada administración, que siempre caracterizó al pueblo judío.
La versión que conocí fue la que sigue: En el negocio de la chatarra el Sr. Belliti era un experto, y había conseguido, con su esfuerzo, salir adelante, en un mundo como el de entonces. Se ocupaba de atender a su familia, pero su preocupación mayor eran los tres hijos, que Jehová le había concedido. Por eso estaban siempre presentes en sus oraciones.
Les transmitió todo su saber, y les pagó toda la formación, que creyó necesaria e indispensable para su futuro. Ninguno era torpe. La imagen de despierto y habilidoso caracterizaba a los tres. El negocio giraba a nombre del matrimonio, y el Sr. Belliti, como causahabiente previsor, redactó en tiempo y forma su testamento, dejando a su esposa -mientras viviese- como usufructuaria de la parte indivisa que correspondía a los tres hijos.

1956 Derecha, Carlos Galea; izquierda, Peral; y centro Emilio Gambero y Fco Juan Carrasco

1956 Derecha, Carlos Galea; izquierda, Peral; y centro Emilio Gambero y Fco Juan Carrasco

Para que quedase clara su voluntad, de que los derechos debían de ser iguales para cada hijo, como virtual prueba de semejante participación, estableció en dicho testamento que, para acceder a la herencia, era “conditio sine qua non” que, al tiempo de su enterramiento, cada hijo depositara sobre su féretro, en efectivo, la cantidad de 5.000 pesetas, en presencia del Rabino y de todos los asistentes al acto.
Realizadas todas las formalidades y protocolos, que correspondían, en todos los órdenes, al hecho real de su muerte, quedaba el último, material y doloroso, como era la sepultura. El Rabino tenía a la vista el texto, refrendado por la Notaría, de la voluntad del difunto, y pidió al hijo mayor, que depositara sobre el ataúd, sus “mil duros”, que ya tenía preparados. Abraham así lo hizo. Rogó al segundo hijo que hiciera otro tanto con su parte, y este depositó igualmente otros “mil duros”, esta vez se vio que eran billetes nuevos, extraídos por Mesod aquella misma mañana, de “su cuenta en Banesto”, entidad con la que regularmente operaba la familia.
Finalmente nombró y se dirigió al benjamín, José, para que hiciese lo mismo con su participación. El hombre diligente, resolutivo, dio un paso al frente, y depositó un cheque nominativo, emitido a favor de su padre, por 15.000 pesetas, y a continuación, retiró las “diez mil pesetas en efectivo”, que sobraban de tal pago.
Respecto de la legalidad de tal operación, se formó un revuelo entre los dos hijos que habían dejado el dinero, y el del cheque, dividiéndose también simultáneamente los asistentes, unos estaban a favor, y otros no lo aprobaban. La controversia debía resolverse cuanto antes, pues tenían que concluir la ceremonia. No hubo acuerdo, y ante tal problema, se optó, por la consulta al Gran Rabino, que residía en Barcelona. Tuvieron que llevar el muerto de nuevo a su casa, hasta tanto se conociera la resolución del Superior religioso.
Las llamadas telefónicas a Barcelona se sucedieron sin tardanza, así como las demoras de línea, a las que, por entonces, estábamos acostumbrados. Entretanto, José tenía en su poder las 10.000 pesetas, y el Rabino custodiaba el cheque de Banesto, nominativo, a favor del difunto, por las 15.000 pesetas.
No fue hasta dos días después que, por telegrama, adelantara el Gran Rabino su escrito, donde rubricaba el procedimiento a seguir: “Si los billetes y el cheque eran auténticos, quedaba bajo la conciencia del emisor del cheque, que siempre hubiera en el Banco fondos suficientes, para atender tal orden de pago, porque si esto no se cumpliera, estaban ya escritos, desde hacía miles de años, los castigos y maldiciones que le sobrevendrían”.
Se le dio respetuosa sepultura, junto con el cheque del Banco Español de Crédito. El hecho se publicó en medios de la época, con alabanzas a la sagacidad que había demostrado José, emulando las cualidades y virtudes de su antepasado, homónimo, en tierras faraónicas del mismo Continente.

Para Antonio Barce. De Francisco J. Carrasco Molina. 30/3/15

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“RECORDANDO LARACHENSEMENTE (PARA ANTONIO BARCE)” POR FRANCISCO J. CARRASCO MOLINA

A veces, lo más cálido se encuentra en lo más sencillo. Francisco J. Carrasco me pidió hace poco que le enviara dos ejemplares de mi libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente y le respondí que se los podía mandar dedicados, si lo prefería así. Francisco me respondió que la idea era muy buena y que, en tal caso, uno de los libros era para regalar a su hermana, Maribel Carrasco, larachense como él. Y el otro ejemplar para Carmen Serna, viuda de su primo Manuel Cordero Carrasco, farmacéutico, que pasó de la “Martín Vegué” a la de “Albarracín”, y de allí a Benidorm, ahora “Farmacia Cordero”, que lleva su hija Ana Mari.

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Luego añadía que había sido compañero de banca de mi padre, que entró en el Hispano, y que él lo hizo en el Banco Central. Éramos unos chiquillos, terminaba diciendo en su correo.

Muchos recuerdos me llegaron al leerlo, entre ellos lo que mi padre me había contado y otros al recordar los nombres que mencionaba. De manera que le envié los dos libros. Y leyendo sus palabras me parece que, a veces, la belleza la encontramos en las pequeñas historias y en las anécdotas más simples. En breves líneas, apellidos, lugares y escenas nos vuelven a llevar a Larache. 

Francisco J. Carrasco me ha enviado con posterioridad otro escrito, dirigido o dedicado a mi padre, y lo ha titulado Recordando larachensemente. Al final, este “adverbio” que me inventé en un relato, está haciendo fortuna. Así que, recordemos larachensemente…

Sergio Barce, marzo 2015 

 RECORDANDO LARACHENSEMENTE

Se sabía que el Protectorado se iba a acabar. Si no había otras razones poderosas que justificaran quedarse, la lógica aconsejaba ir buscando otro lugar para continuar, y mi padre pensó, que una vía para ello, podía ser que entrara en un Banco, de lo que fuera, con lo que se podía tener un puesto de trabajo seguro, cuando los Bancos también tuvieran que marcharse.

Estaba bien relacionado y comenzó contactando con sus amistades de los Bancos, exponiendo su interés de que le avisaran cuando se convocaran exámenes restringidos, visto que las sucursales de Marruecos, oficialmente no iban a admitir más personal sabiendo que habían de cerrarlas.

Su gozo en un pozo, porque en el Bilbao le dijeron que había entrado López Gambero; en el Banesto lo habían hecho Juan Gómez y Antonio Peral; en el Hispano había entrado Antonio Barce; y en el Central se estaba tramitando con Madrid una, de Botones, donde además, las probabilidades eran menores, porque el apoyo lo tenía, por ser familiar, el sobrino del Interventor Claudio Ramírez.

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El Director, Pedro Mateo, cumplió su promesa, y cuando se convocó el examen, le avisó, advirtiéndole que la plaza estaba ya asignada, si el previsto para el puesto lo superaba. No obstante, fui al examen y lo aprobé pero, sin plaza. Estaba contento, porque yo, en plena tontería de los 16 años, no quería entrar de Botones, y había quedado estupendamente con todos, el primero con mi padre (años atrás él estuvo en Banesto), quien asumió bien el contratiempo con la idea de que, si me llamaban para el puesto en la Península, se esforzaría para que lo ocupase, proveyendo los fondos necesarios, para subsistir con el sueldo de Botones, porque allí no había 100%.

Aproximadamente al año de aquello, vino una Inspección al Central que, al arqueo de existencias de sellos de correo y timbres, que llevaba (no me acuerdo como se llamaba) el sobrino de Claudio, encontró una falta de 48 pesetas, que el chaval reconoció que se había quedado provisionalmente con ellas. Fue despedido, y como quiera que, para el cargo en cuestión, yo ya estaba aprobado, muy a pesar mío, tuve que entrar de Botones y con uniforme, que era lo que más me traumatizaba. Esto ocurrió en Agosto de 1956.

RECORDANDO MALAGUEÑAMENTE

Mis tíos, Manolo Cabello y Manuela Molina, con su hijo Manolo, vivieron un tiempo en la calle Altozano, y después se trasladaron al Camino de San Rafael, donde yo iba a verlos cuando me desplazaba, más asiduamente durante los años 1974 a 1978, en los que, por razones de trabajo, absorciones de la Caja Ibérica primero, y el Banco Ibérico después, estuve viviendo en Málaga. En ese intervalo me casé, y pasé de soltero en el Hostal Casalá, a un casado, en piso alquilado, en la calle Héroes de Sostoa (antigua carretera de Cádiz).

El encanto que tiene Málaga -donde suele ocurrir que todos los que “rajan” de ella, siempre vuelven, una y otra vez- y la natural velocidad de inteligencia, y de palabra, de sus gentes, sumadas a las bondades del clima y su comida, crean un sentimiento tan afectivo, que siempre permanecerá en el corazón de los que se identifiquen con éstos, y otros valores vivos, reales, que para ello, allí deben descubrirse. Para toda mi familia es de los recuerdos más gratos, y constituye un pasaje de nuestra vida, que siempre añoraremos.

Fue hablando de estas cosas con mi compañero de trabajo, Juan Aranda de Lara, Inspector del Hispano, cuando me apuntó que, para la consulta del apunte que queríamos comprobar, llamase yo a Torremolinos, y preguntara por mi paisano, Antonio Barce. Así lo hice. El apunte, de la Sucursal de Linares, quedó comprobado. En nuestra conversación convinimos que nos veríamos cuando volviera por Málaga. Dependíamos del Núcleo Territorial de Inspección de Sevilla, que siempre envió a otros, quizás por el ahorro de kilometraje y medias dietas. Nosotros no salimos de las provincias de Jaén o Granada, hasta 1999, que llegó el Santander, y me largaron, creo que, más que nada, por los trienios. Juan por razones de enfermedad se prejubiló antes.

Hasta la próxima, con un fuerte abrazo larachense y malagueño.

(Para Antonio Barce, de Francisco J. Carrasco Molina.  Primero de Marzo de 2.015.)

LARACHE - foto de Ange Ramírez

LARACHE – Iglesia del Pilar- foto de Ange Ramírez

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