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“LA ESPOSA Y EL LEJÁ DODÍ, EN LARACHE Y ALCAZARQUIVIR”, POR JOSÉ EDERY

Comparto con vosotros este curioso y, como siempre, interesante texto del Tebíb Harofé larachense José Edery Benchluch. Que lo disfrutéis y aprendáis.

           

LA ESPOSA Y EL LEJÁ DODÍ, EN LARACHE Y ALCAZARQUIVIR

El domingo 2 de mayo del año 2021 casi toda España celebró el “Día de la Madre”. Pero lo curioso que observo es que se celebre el Día de la Madre, el Día del Padre el 19 de marzo, el Día de los Enamorados el 14 de febrero, pero cuando…¿y el Día de la Esposa?. ¿Cuándo lo celebrarán?

Las primeras celebraciones anuales se remontan a los griegos que rendían honores a Rea, madre de Poseidón, Zeus y Hades, aunque les precedieron los egipcios. Posteriormente los romanos lo celebraban el 15 de marzo en honor a Cibeles. Y en 1854 el papa Pio IX estableció el Dogma de la Inmaculada Concepción sin Pecado Original, y al mismo tiempo la festividad de la Madre, el 8 de diciembre. Pero en 1965 para separar ambas festividades en España se trasladó el Día de las madres al primer domingo de mayo. Lo que le hacía coincidir con otros países como Estados Unidos que desde 1872 lo celebraba el segundo domingo de mayo, y que confirmó oficialmente el presidente Wilson en 1914.

Pero no se nos ha ocurrido pensar en el Tanaj o Biblia entre sus Libros Sapienciales del cristianismo o los Ketuvim o “Escritos” del judaísmo, donde encontraremos que el ”Libro de los Proverbios” habla elogiosamente de la esposa. Específicamente en el capítulo 31 de este Mishlé o “proverbios”, uno de los capítulos escritos según los eruditos por el Rey Salomón. Los versículos de este capítulo con grandes elogios dedicados a la esposa, es conocida como la plegaria de Éshet Jáyil o “Una mujer valiosa” en la ortodoxia judía.

Entre los sefarditas de Larache y Alcazarquivir, y probablemente entre otros grupos judíos, antes de comenzar la cena de los viernes (poco después de haber comenzado el Shabat) y tras cantar entre todos los miembros de la familia rodeando la mesa el Shalom Alejem (“ a los ándeles enviados por El Dio”) el esposo protagoniza la oración de alabanza en honor de su esposa. Previamente en la sinagoga en el rezo vespertino de la Tefilá Arvit (el servicio judío que se efectúa al anochecer) comparábamos la llegada del sábado como el recibimiento a la Novia o Kalá cantando el poema litúrgico Lejá Dodí (“Ven amado mío”) escrito por el rabino, cabalista y poeta del siglo XVI Rebí Shelomó Halevy Alkabetz nacido en Salónica. Alkabetz natural de Edirne (antigua Adrianópolis en la Tracia región fronteriza con Grecia y Bulgaria) durante el Imperio Otomano coincidió y trató con dos españoles rabinos, cabalistas y teólogos expulsados de España: el toledano Yosef Caro “HaMejaber” (“el Autor”) autor del Shulhan Aruj y el corbobés Moisés Cordovero, todos fallecidos en Safed.

En Lejá Dodí metafóricamente se nombra a la esposa al expresar la frase Boi beshalom atéret balah, gam besimjá beriná ubtsaholá que significa:” Ven en paz, oh diadema de su esposo, también con alegría y exultación”. Pero lo curioso durante esta oración es que en nuestras tradiciones sefarditas de Larache y Alcazarquivir, no dábamos la espalda al Hejal o Aron Hakodesh (donde están guardados los Rollos de la Torá) como actualmente hacen al permanecer unos instantes en dirección a la puerta de entrada, por influencia litúrgica israelo-azquenazí, sino que completábamos el giro total, con reverencias a derecha, e ininterrumpidamente se regresaba a la postura inicial frente al Hejal.

Cuando el Señor de la Casa en Larache, cantaba el Éshet Jávil en homenaje a su esposa, acompañado con voces mas leves por los comensales, según la tradición sefardita magrebí se efectúa un cavod u honor protocolario. Todos permanecen de pie, que es tradicional y preceptivo durante el meldar o recitado de la oración del kidush sobre el vino, excepto la esposa que permanece sentada al otro extremo de la mesa. La tradición en mi ciudad natal de Larache era que a la derecha de la esposa se sentaba la suegra y a su izquierda la madre. Mientras que el esposo, que tenía a su derecha a su suegro y a su izquierda a su hijo bejor (primogénito) excepto que hubiera una personalidad rabínica; permanecían de pie al igual que todos los hombres y mujeres solteras. Las casadas y viudas (estas no siempre) permanecían sentadas tanto durante el Eshet Jávil como durante el kidush, pues eran o habían sido esposas y eran homenajeadas también como tales. La esposa ( o esposas) permanecía sentada porque era como una Reina ( o reinas) a las que los el esposo y demás hombres les rendían un kavod u honor con el homenaje

Comprenderéis las merecidas alabanzas a la esposa si leemos algunas de las frases que se pronuncian en su honor en el ËSHET JÁYIL todos los viernes del año y no solamente un día al año: Una mujer valiosa ¿Quién hallará? (Éshet jáyil ¿mi imtsá?), mas allá de las perlas es su valor-En ella confía el corazón de su esposo y a él no le faltará fortuna-Ella le prodiga el bien y no el mal todos los días-Es como el buque mercante, de las lejanías trae su alimento- Se levanta mientras todavía es de noche y provee el sustento de su casa-No temerá por los de su casa por la nieve, pues todos están vestidos por sus lanas-Su boca abre con sabiduría y una enseñanza de bondad tiene en su lengua-Prevee las necesidades de su casa y no come el pan de la pereza-Sus hijos se levantan y la elogian y su esposo la alaba- Falso es el encanto y la hermosura; esta mujer con temor al Eterno es la digna de alabanza-Denle de los frutos de sus manos y que sea alabada por sus obras- Y así unas cuantas estrofas más.

YA JAZRÁ ESOS TIEMPOS SINAGOGALES EN LA CALLE REAL Y BARANDILLO; Y/O EN NUESTROS DOMICILIOS DE LAS CALLES CHINGUITI, CERVANTES, AVENIDA, ZEKTUNI, DUQUESA DE GUISA, BARCELONA, SEQUERA, ETC

CON AHAVÁ (amor) Y CAVOD (respeto) A MI ISHÁ, Y CULAM (todas) LAS AZIQUIM (esposas). AL TEBÍB HAROFÉ YUSEF Ibn DAVID Ibn YAMÍN EDERHY. Desde Madrid un mes florido y endiamantado de mayo de 2021.

José Edery Benchluch

SERGIO BARCE Y JOSÉ EDERY

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MARUJA GALLARDO VUELVE A LARACHE

 

MARUJA GALLARDO. Mi madre.

Esta grabación la efectuó mi hijo Pablo Barce como prueba para un proyecto que acariciaba en 2013. Mi madre habla aquí de sus recuerdos, de su vida en Larache, de su vida en Alhucemas y en Alcazarquivir. Y resulta ser un precioso documento sobre lo que fue el Marruecos de esos años.

No sé si es un error o no hacerla pública, y el pudor ha hecho que le hayamos dado mil vueltas antes de dar el paso, pero Pablo y yo hemos decidido mostrarla en su totalidad, sin modificar lo que se filmó en su momento, aunque sea un poco larga su duración, porque volver a verla es un regalo para todos nosotros. Además, creemos que si no hay ningún corte resulta más fresca su espontaneidad de entonces. Es también una manera de que sus amigos puedan seguir en contacto con ella a través de esta ventana.

Quienes la conocisteis vais a disfrutar con su manera de contar, con su sencillez y con su humor. Verla es como rescatarla y traerla de vuelta, como arrancarla de la muerte y hacerla vivir de nuevo. Su amor por Larache rezuma en cada frase, al igual que su cariño por sus paisanos. Muchos sabéis que, tras morir, los restos de mi madre fueron esparcidos en las aguas del río Lucus. Su río. Y que quedó pendiente un último viaje de vuelta que ansió hasta el último minuto, pero que no pudo realizar porque la enfermedad se lo hurtó. Sin embargo, hoy Maruja Gallardo vuelve a Larache. Una vez más.

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MAPA DE MARRUECOS

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Mi querido amigo Carlos Salazar me envió hace meses, el pasado año ya, este curioso mapa del Marruecos del Protectorado español. Detallado, minucioso, original. Fijaos con detenimiento porque aparecen lugares y referencias de gran interés, representados de manera preciosista. 

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“LA NOCHE DE LOS TAMBORES”, POR JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ GALLARDO

PUENTE DE EL KERMA

PUENTE DE EL KERMA

La historia o la memoria de una familia se conserva por tradición oral, pero, a veces, también tenemos la suerte de que haya alguien que recupere esa historia y la plasme por escrito. Uno de los primos de mi madre, José María Fernández Gallardo, suele recuperar sus recuerdos personales y los comparte. Acaba de escribir un pequeño texto en el que habla de mis bisabuelos maternos, esos mismos que aparecían en mi relato La vida cotidiana durante el protectorado en la ciudad de Larache, que publiqué con Iberdrola en el volumen de El Protectorado de España en Marruecos: La historia trascendida.

Lo que cuenta José María es una pequeña anécdota, pero leyéndola me ha hecho pensar en lo que relataba mi madre cuando hablaba del Kerma, y me he acordado de mi abuelo Manolo Gallardo y de mi bisabuela María, que tuve la suerte de conocer y que siempre recordaré como una mujer dulce y entrañable, que me miraba y mimaba con mucho cariño.

Sergio Barce, abril 2016

LA NOCHE DE LOS TAMBORES

 por José Mª Fernández Gallardo

Los tambores sonaron toda la noche, y solo las primeras luces del alba consiguieron aplacar aquel mensaje amenazador que llegaba desde las cercanas cabilas. Aquella misma tarde, Juan Gallardo descendió de la cabina de la vieja camioneta Hispano Suiza y, mientras los hombres bajaban con ánimo cansino de la parte trasera, daba órdenes a  Mohamed para que aparcara la camioneta en la parte trasera de la casa, cerca de la puerta del corral. Una vez que los obreros guardaron las herramientas en los correspondientes cobertizos, fueron abandonando la explanada con dirección a sus jaimas, ya que en su totalidad eran nativos moradores de las pequeñas cabilas que se asentaban en todo el territorio del Lukus. 

A pocos kilómetros de Alcazarquivir, muy cerca del puente colgante de El Kerma, el Ministerio de obra y fomento poseía una finca que utilizaba como base central para la construcción y mantenimiento de las carreteras que discurrían por la provincia de Larache. Allí era donde vivían Juan con su esposa María y su prole. Un varón y siete hijas, Manolo, el heredero, María e Isabel habían nacido en la península. Carmen, Anita Emilia, Luisa y Antoñita nacieron ya en el protectorado de Marruecos, a donde Juan fue destinado en 1927 por el Ministerio de fomento como capataz de obras públicas. El recinto estaba compuesto por un caserón de dos plantas y varios cobertizos con funciones concretas como la de garaje, taller o almacén, todos ellos dispuestos alrededor de una gran explanada central ocupada por alguna maquinaria pesada, aparcada bajo la sombra de un gran eucalipto. Tras el caserón principal, un pequeño huerto y un establo donde se criaban cerdos, conejos y gallinas. Algo más alejado, se encontraba el puente que cruza de orilla a orilla las aguas del rio Lukus, que bañaba todas aquellas hermosa y fértiles tierras del valle de Garb.

EMILIA

EMILIA

Juan entró en la casa y pidió a María que reuniera a sus cinco hijas en la cocina. Su primogénito y su hija mayor, por aquel entonces, ya habían formado sus familias y vivían en el pueblo cercano de Alcazarquivir. Una vez que María consiguió que todas sus hijas estuvieran sentadas alrededor de la gran mesa que ocupaba el centro de la cocina, les hizo saber la noticia que el comisario de policía le había comunicado al medio día a pie de tajo. Aquella noticia no era otra que la confirmación de la creciente agitación en las provincias del protectorado, desde que un manifiesto donde se reclamaba la independencia de Marruecos había visto la luz.

Aquella situación era, con toda seguridad, la razón por la que sus obreros nativos habían estado los últimos días más ásperos y por la que los cortes de luz y de teléfono se habían hecho más habituales de lo normal. Juan animó a María y a sus hijas para que estuvieran atentas a cualquier circunstancia anormal en la rutina de la finca. Igualmente les informó que, durante los siguientes días, Emilia, Luisa y Antoñita no asistirían al instituto hasta que los ánimos se calmaran. Después de asearse en el lavadero, en la parte trasera de la casa, Juan fumaba y conversaba en voz baja con Mohamed. Era una noche típica de verano, de esas que el calor va dejando poco a poco el paso de la brisa. Un intenso aroma de eucalipto envolvía todo el ambiente de la finca. El firmamento estaba sembrado de estrellas, y la luna llena invadía los campos de una luz azul, que permitía ver con claridad las cercanías de la finca, lo que Juan agradecía especialmente aquella noche.

La fina serpentina de humo del cigarro ascendía con lentitud hacía el firmamento, aquel firmamento que siempre le evocaba al de su pueblo natal. Juan nació en Roquetas de Mar, un pequeño pueblo pesquero bañado por las aguas del Mediterráneo, en la provincia de Almería. Desde muy niño, y contrariamente a la mayoría de sus convecinos, supo que el mar no iba a ser el medio de donde sacar un jornal. Dejó el colegio apenas sabiendo leer, escribir y las cuatro reglas básicas para sumar y restar. Pronto, empezó a trabajar como mozo en la construcción de la carretera que, por aquel entonces, el MOPU llevaba a cabo entre las ciudades de Almería y Málaga. Con esfuerzo y tesón, se fue haciendo un sitio entre aquellos duros obreros y, poco a poco, los ingenieros del MOPU fueron contando con él, hasta llegar a ser uno de los capataces más jóvenes de toda la provincia. Juan se enamoró de María, hija única de un patrón de barco de Roquetas de Mar. Se casaron y tuvieron tres hijos. Cuando le ofrecieron el traslado al protectorado de Marruecos, pensó que las ventajas y las pesetas extras facilitarían el bienestar de su familia. Aquella nueva tierra le había dado un trabajo donde todo el mundo lo respetaba, un techo donde vivir con las necesidades básicas cubiertas y cinco hijas más. Mirando las estrellas, sabía que nunca volvería a la península y que sus restos reposarían bajo aquella luna mora.

MI BISABUELA MARIA, CON JOSE MARÍA EN BRAZOS

MI BISABUELA MARIA, CON JOSE MARÍA EN BRAZOS

Los cuchicheos de María con sus hijas no cesaron mientras duraron el ir y venir de los preparativos de la cena. Como todas las noches, alrededor de las nueve, Juan presidia la mesa donde cenaba con su mujer y sus hijas. Como era hombre de pocas palabras. María aprovechaba ese momento para ponerle al corriente de los pormenores cotidianos de la casa. Las niñas seguían cuchicheando en voz baja, y los dos perros que vivían en la casa se esmeraban por coger algún resto de comida que caía al suelo. No habían acabado aún con el plato de sopa que todos comían cuando los primeros compases repetitivos de unos tambores, no muy lejanos, interrumpieron el ruido de cubiertos, la conversación del matrimonio, los cuchicheos de las niñas y hasta el canto de los grillos. Los perros, en pie, gruñeron, erizaron el lomo y estiraron las orejas. Pasado unos segundos, Juan le pidió a su esposa que siguiera con la conversación y solo la voz de María fue quien le echó un pulso al silencio sepulcral del resto de los comensales y al cada vez más intenso sonido de los tambores.

Una vez terminada la cena, y bajo la luz de las velas, aquella era una más de las muchas noches que el servicio de luz eléctrica se había interrumpido. María sentada en su hamaca intentaba dar un ejemplo de normalidad con el ganchillo entre las manos, Carmen y Anita fregaban los platos, Emilia leía en voz alta aquel libro de la novelista americana Louisa May que tanto les encantaba a todas. Luisa y Antoñita, con la cabeza sobre los brazos y apoyadas en la mesa, empezaban a sentir las primeras llamadas de Orfeo y apenas eran capaces de seguir la lectura de Emilia.

En el desván trasero, Juan y Mohamed descolgaban las escopetas de cazas y recargaban el cinturón de la munición. Isabel los miraba atentamente, no era la primera vez que veía esa escena y sabía perfectamente que aquel era el momento que tantas veces le había comentado su padre. En ocasiones, Isabel era requerida por su progenitor con cierto secretismo y, acompañados siempre por Mohamed, se alejaban de la casa en dirección a la orilla del rio, hasta llegar a un recodo del camino donde había un viejo árbol caído en una noche de tormenta. Su padre le entregaba un viejo revólver, le explicaba el manejo del arma y luego hacían práctica de tiro. Mohamed ponía, sobre el viejo árbol caído, algunas latas y, mientras iba dando instrucciones a Isabel para que no errara el tiro, daba gritos de ánimos a Isabel tanto si el tiro era certero como si no. En el camino de vuelta, siempre felicitaba a Isabel por su buena puntería, aunque no todas las veces conseguía tocar las latas. El revólver siempre volvía envuelto entre trapos a la estantería más alta del desván. En aquella ocasión, Isabel guardó el revólver entre su delantal, en uno de los cajones de la vieja alacena de la cocina.

Alcazarquivir - los padres de José María con sus hermanos Juan y Maribel. José María es el niño pequeño que sostiene Fatima entre sus brazos

Alcazarquivir – los padres de José María con sus hermanos Juan y Maribel. José María es el niño pequeño que sostiene Kasmia entre sus brazos

Mohamed era un obrero de las primeras cuadrillas que Juan había tenido al llegar a Marruecos. Con el tiempo, se fue convirtiendo en la mano derecha del nuevo capataz y entre los dos hombres se creó un fuerte lazo a base de mutuo respeto y confianza. Tanto en el tajo como cuando salían juntos a cazar, Juan contaba con el criterio de Mohamed. Era el único obrero que dormía en uno de los cobertizos de la finca y las niñas aprendían de él las costumbres y el idioma autóctono de la zona. Mohamed se sabía parte de aquella familia llegada a su tierra desde el otro lado del mar.   

Aquella noche de verano, ningún habitante durmió en su cama. María paso la noche sentada en su hamaca dando cabezadas, sus hijas acomodadas en el lecho de la habitación más cercana a la cocina, según el sueño las fue venciendo. Juan sentado en la cocina, consumiendo café y tabaco, los perros entre los pies. Mohamed sentado en su estera, la cafetera llena de té y las escopetas cerca de ellos, apoyadas contra la pared. Todos muy pendientes del ritmo de los tambores, que se fue ahogando entre las primeras luces del amanecer.

Un sol brillante fue desperezando a los moradores de la casa, la explana poco a poco se fue llenando de obreros envueltos en sus chilabas, Juan y Mohamed devolvieron las escopetas y el revólver al desván y, con la camioneta repleta de obreros, se marcharon al tajo. Durante todo el día, por la finca de Kerma, pasaron las visitas habituales que María, como de costumbre, fue gestionando. No faltó el joven teniente de infantería, el atractivo carabinero con el bigote a lo Errol Flynn y el simpático chofer de la Valenciana. Todos ellos preocupados por cómo se había vivido en la finca aquella noche.

Al final de la jornada, y mientras cenaban, María volvió a sacar aquel tema tan delicado y que tantas veces le había propuesto a Juan, con la diferencia de que esa noche él aceptó. María alquiló una casa en el pueblo cercano de Alcazarquivir. La casa cumplía con las dos únicas condiciones que Juan impuso. Era amplia y estaba en la entrada del pueblo, donde empezaba la carretera a Larache. María era consciente de que la finca del Kerma, en mitad del campo, no era el lugar idóneo para casar a cinco hijas. Pronto, las hijas de María se acomodaron a vida social de Alcazarquivir, a los paseos por el bulevar, la doble sesión en el cine Español y a los bailes en el casino militar. A Juan fue al que más le costó abandonar las caminatas hasta la orilla del rio, los días de caza con Mohamed y el silencio de las noches, solo roto por el canto de los grillos.

María daba gracias a Dios cada vez que una de sus hijas subía al altar. Vio nacer a sus nietos, lloró la muerte de Juan y murió en Barcelona a la edad de noventa y dos años, dejando en mi corazón un recuerdo imborrable y, en algún recodo de mi memoria, historietas como las que hoy os cuento.

Barcelona, Abril 2016.

PUENTE DE EL KERMA SOBRE EL RIO LUKUS

PUENTE DE EL KERMA SOBRE EL RIO LUKUS

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LARACHE, EN EL “LIBRO DE ORO IBERO AMERICANO” DE LA EXPOSICIÓN DE SEVILLA DE 1929

PORTADA

Con ocasión de la Exposición Iberoamericana de Sevilla (llamada también Exposición Universal), inaugurada el 9 de mayo de 1929 y clausurada el 21 de junio de 1930, y que fue la primera Exposición Internacional para dar muestra del hermanamiento entre los países de la Península Ibérica con América, se editó un libro catálogo: el Libro de Oro Ibero Americano. Catálogo Oficial.

Libro de oro

En este impresionante catálogo hay páginas dedicadas a Larache, Alcazarquivir y Arcila, que son las que traigo a mi blog. Y como aparece la ciudad del Lucus, Mariano Bertuchi me lo ha hecho llegar como siempre hace cada vez que encuentra algo de mi querida Larache.

Cabe recordar que la impresionante Plaza de España de Larache fue consecuencia directa de esta Exposición de Sevilla, ya que tanto el diseño como el tipo de cerámica y motivos utilizados en la plaza eran réplica de la de Sevilla, construida ex profeso para ese evento. Mientras que en sus bancos aparecen representadas todas las provincias de España en paños de azulejos, así como los bustos de españoles ilustres en sus muros, en la de Larache aparecían (lástima utilizar el tiempo verbal pasado) pasajes de El Quijote.

La reseña en el catálogo es un breve esbozo de historia de Larache, de la que me ha llamado la atención esa mención a la isla de Genra, que luego fue tierra firme; el que en esa época se estuviera montando un museo en Larache con los restos arqueológicos encontrados en Lixus (se indica en el catálogo que ya había más de 2.000 objetos) que obviamente nadie sabe desde hace tiempo dónde estarán; la descripción del Vivero y del Campo de Experimentación para agricultores y ganaderos o los detalles que se cuentan de la yeguada de Smidel-Má.

En fin, que me ha parecido un documento tan curioso como relevante para subrayar una vez más que Larache siempre ha sido un lugar privilegiado y excepcional.

Aquella plaza de Larache desapareció, y no puedo dejar pasar la ocasión para acusar una vez más a los autores de ese atentado cultural contra la ciudad que, por capricho, por desidia, por pura incultura, decidieron que no tenía ningún valor, ni arquitectónico ni histórico, y, sin embargo, ahí están los archivos para demostrarles todo lo contrario.

Sergio Barce, octubre 2014

LARACHE 1 (M.Bertuchi)

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LARACHE 2

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LARACHE 3

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LARACHE 4

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GRABADO

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