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«ESA FOTO DE LA OTRA BANDA», un relato de SERGIO BARCE en las imágenes y la voz de FRANCISCO MORALES

Hace días, colgué un relato inspirado en esta fotografía de la otra banda que me había enviado Pepe García Gálvez. Ahora, Francisco Morales (Fran Morgar) vuelve a hacer maravillas con uno de mis textos, como hizo ya con «La cautiva». Me decía Fran en el correo que me ha enviado:

<Nuevamente sucumbo ante uno de tus relatos.Ya lo intuí en la primera lectura… Quién sabe qué fuerza inexplicable que llega de los adentros provoca estos impulsos. Lo hice ayer tarde con las últimas fotografías que tan generosamente Jose María López Cobos comparte con nosotros. Te confieso que en algunos párrafos me resultaba muy difícil desatar el nudo de la garganta y no se me notase una voz tan rubia acentuada por el sol de esos veranos. No alcanzaba los tonos graves, sobre todo, en los pasajes en los que haces referencia a tu padre a lomos de su espalda y esa estela celeste de tu abuelo. Espero que no se note demasiado y haya estado un poco a la altura del texto. Para mí ha sido un disfrute hacerlo.>

Fran, el que lo ha disfrutado de veras he sido yo. ¿Que si has estado a la altura del texto? ¡Has transformado mi  narración en algo tan emocionante que ni siquiera lo reconozco como mío! Lo has engrandecido, lo has convertido en una pequeña joya, y no sé cómo darte las gracias. Espero que a quienes lo veáis os llegue tan hondo como a nosotros.  Para verlo pincha en:

(…) Hagámoslo. Metámonos en esa foto de la playa de Larache, atravesemos el daguerrotipo e imaginemos que viajamos a ese año en concreto, aunque dé igual el año en realidad. Imaginemos que podemos hacerlo…

Francisco Morales

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Libros de Cine: HISTORIA DEL CINE de MARK COUSINS

HISTORIA DEL CINE (The story of film, 2004) de Mark Cousins, es un maravilloso libro en el que su autor recorre toda la vida del cine desde su nacimiento hasta nuestros días, pero siempre desde la perspectiva de la creatividad. Los films que enumera y analiza son importantes por lo que innovan o introducen en el lenguaje cinematográfico, y su narración es tan ágil como entretenida, con un perfecto <montaje> y un <enfoque> lúcido e interesante.

El libro está editado por Blume.

Mejor que analizar el libro en sí, que como digo es extraordinario, con mención a películas de las que reconozco, pese a mi pasión por el séptimo arte, que no conocía pero que anhelo poder ver pronto, es quizá leer algunos párrafos escogidos de diferentes épocas…

Sergio Barce, junio 2012

MARK COUSINS

Del cine mudo…

 (…) El actual Hollywood tiene su origen en aquellos primeros productores, como Laemmle, que fundó los Universal Studios en 1915 y, veinte años después, los vendió por cinco millones de dólares. Sigue leyendo →

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RETRATO, un relato del escritor larachense LEÓN COHEN MESONERO

El relato, o los diversos cuentos que conforman este relato, de León Cohen es un emotivo «documental» sobre los recuerdos que guarda de su paso por el internado de Souk el Arba. Destila cariño por ese pueblo, y sobre todo por los compañeros y los profesores que marcaron la vida de León. Efectivamente, como explica él mismo, aplica a estos relatos la técnica cinematográfica, como escribiera con una cámara al hombro, y eso los acerca de una manera mágica. Su relato sobre ese primer amor de niño rezuma ternura, pero también una bella emoción gracias a la forma como reconstruye aquel instante mágico. Casi todos hemos vivido alguna experiencia parecida. Revivirlo de nuevo se torna un pequeño placer, nos devuelve por unos momentos a los años de los sueños y de las ilusiones, y nos hace creer que por haberlo vivido  somos especiales, unos privilegiados, y quizá lo hayamos sido. Ahora sólo cabe compartir con León sus viejos sueños de antaño y sus recuerdos en Souk el Arba…

    Sergio Barce, junio 2012

SOUK EL ARBA

Retrato

Zoco el Arba : 1958-1962

¡Las doce y media! Qué hora más extraña para empezar a narrar algo,  algo cuyo comienzo data del año 1958. ¡Cincuenta y un años transcurridos! Casi nada. Siempre he creído, que relatar unos hechos anodinos que deambulan perdidos por  la memoria del autor y que a pocos o a ninguno pueden interesar, es la manera que tenemos algunos escritores de ser generosos con las personas y los paisajes que poblaron nuestro pasado. La magia surge, cuando ese intento de recreación de la vida vivida se convierte en  literatura.

Todo empezó en el <Lycée Liautey> de Casablanca, donde me examiné del ingreso en <Sixième>, equivalente al primero de bachiller. Estaba a más de trescientos kilómetros de mi casa y mis padres me acompañaron, como era natural. Aprobé aquel ingreso, pero todavía me quedaba lo más difícil, convencer a mi padre aquel verano de que me diera la posibilidad de estudiar en  Souk-el-Arba, que se hallaba a ochenta kilómetros de Larache. Era el lugar más cercano, pero no evitaba tener que ingresar como interno con  el gasto consiguiente, que en aquellos tiempos, suponía un desembolso importante para la economía familiar.

Aquel verano, por razones que aún ignoro, fuimos todos los componentes de la familia a veranear casi tres meses a Zarzuela del Monte, el pueblo de mi madre. Un verano que nunca he olvidado. Zarzuela era prácticamente una aldea de la Castilla profunda. Para mí, aquellos parajes, tan secos, tan diferentes a los de mi ciudad, supusieron una novedad no exenta de cierta y agradable sorpresa. Allí aprendí a coger los melones del melonar bajo un sol de justicia, a recorrer los campos yermos castellanos para cazar conejos o perdices con el Tío Valentín (hermano de mi abuelo materno), a montar a caballo con los consejos de mi pequeña amiga apodada <la Chata> y a padecer el dolor en la ternilla del coxis por las noches, a trillar el trigo en un trillo medieval y revolcarme en la paja, a bromear con los mozos del pueblo simbolizados por Bruno, a comer las chuches de Tía Basilia, a acostumbrarme a los olores de los establos caseros, a ir a por agua  a la fuente, a cagar en el campo… Fueron días felices, días de disfrute de nuevas sensaciones y de experiencias irrepetibles. El día que tocó volver, mientras el Mercedes 180D se alejaba del pueblo, todos, mis hermanos y yo, derramamos lágrimas abundantes de pena y de nostalgia, nostalgia de los momentos vividos. Aquel verano fue para nosotros un sueño intenso que duró demasiado poco. Dejamos amigos y amigas entrañables y vivencias únicas que nunca, desgraciadamente, volveríamos a experimentar con tanta ilusión e intensidad. 

Yo tenía once años apenas, y cuando se acercaba el comienzo del curso, usé toda mi capacidad de convencimiento para que mi padre aceptara mi petición de estudiar fuera, tal era mi deseo de proseguir mis estudios. El estudio se manifestaba ya como mi gran vocación. Gracias a la intermediación de mi madre, lo conseguí, y así empecé a construir mi vida, sobre esa base que nunca habría de abandonarme. Siempre he pensado que salvo contingencias imponderables, cada uno de nosotros, con nuestra voluntad y decisión,  somos los labradores de la mayoría de los surcos que jalonan nuestra existencia y que, por tanto, el azar tiene muy poca incidencia. Somos, en definitiva, lo que hemos querido ser.

Souk el Arba o Soukel o Zoco el Arba  (el zoco del miércoles), era un pueblito de la llanura del Gharb, bañada por el caudaloso río Sebou, un pueblo, por lo tanto, de agricultores y campesinos, y uno de los centros agrícolas más importantes de Marruecos, que en época muy reciente había pertenecido al Protectorado Francés. Conservaba como herencia de aquella relación, un <cuasi liceo> francés perteneciente a la <Mission Universitaire et Culturelle Française>, en el que se podía estudiar hasta <Troisième> o cuarto de bachiller. A final de los estudios se podía obtener, mediante el examen correspondiente, el <Brevet d’Études du Premier Cycle du Second Degré> (BEPC), una especie de reválida, que en aquellos tiempos era un título con cierto prestigio  y una garantía para quien lo poseía. 

El pueblo que tengo en mi memoria se hallaba situado a orillas de la carretera general que unía Tánger con Casablanca. En esa carretera confluían tres pequeñas vías que podían alcanzar casi, el denominativo de avenidas, avenidas éstas que recorrían todo el pueblo. De aquel pequeño pueblo y de aquella época, me resulta fácil recordar los apellidos de algunas familias, como los Barcesat, Bousbib, Elbaz, Malka, Benoudiz, Soudry, Moussaoui, Moulay Taieb, Bouchta, Tetouani, López… José López o Joselito el Herrero, era un cordobés, bajito, siempre muy arreglado y perfumado, vestido con una sahariana azul marino, camisa blanca y corbata a juego. Recuerdo sobre todo el tono de su voz y su peculiar acento, inconfundible e inolvidable. No es difícil imaginar que había escapado a la zona francesa durante la guerra civil. El ambiente de aquel pueblo era relajado y tranquilo, además de ser palpable cierto bienestar económico.   

Nuestro internado era parte de un complejo escolar integrado por las aulas del colegio, las oficinas y las instalaciones deportivas. Las aulas estaban todas dispuestas en fila, desde párvulos hasta <troisième> (un total de diez aulas, muy amplias y con grandes ventanales), y se extendían sobre un extremo lateral del colegio, separadas de las oficinas, situadas en el ala lateral  enfrentada, por un extenso campo de unos cuatro mil metros cuadrados. El internado, propiamente dicho, que se hallaba en el otro extremo, justo detrás de las oficinas,  comprendía dos dormitorios de una sola planta, uno para las chicas y otro para nosotros, separados por el comedor o refectorio. A partir de las cinco de la tarde, todas las instalaciones del colegio quedaban a nuestra disposición. La vida del interno es ante todo una vida gobernada por el orden y la disciplina, dos valores nada despreciables. Después de siete años en distintos internados, considero que las experiencias allí vividas conformaron de algún modo mi manera de ser y de sentir, no creo sin embargo, que éstos sean lugares recomendables para reforzar la educación. No obstante, nuestro internado tenía un valor añadido indudable, era mixto, y eso hizo que la convivencia y  las vivencias, cobraran aspectos muy singulares y enriquecedores que, pasado el tiempo, he podido calibrar en toda su dimensión. Aprender a apreciar y a conocer a las mujeres desde niño, en sus facetas más diversas, como compañeras y amigas, más allá de las relaciones <unidireccionales> que impone el género, es toda una lección de convivencia y de vida que todos los seres humanos deberíamos recibir. Eso templa el machismo y agudiza la sensibilidad. Entre aquellas compañeras, amigas y maestras de mi vida, puedo recordar con cariño y admiración a Esther, Simy, Elsa, Geneviève, Antoinette, Marie-Thérèse, Flora, Carmen, Gisèle, Denise, Dalia, entre otras muchas. 

Nosotros los internos, siempre distinguíamos entre internos y externos al referirnos a algún compañero, como una manera de expresar que tal o cual persona era o no era de los nuestros.

Por una razón evidente, rara vez las relaciones interno-externo iban más allá de cuestiones relacionadas con los estudios. Aunque yo tuve la suerte, de alcanzar a ser bastante amigo de algunos externos que llegaron incluso a invitarme a sus casas en ocasiones determinadas y donde fui atendido de manera exquisita. La hospitalidad tanto de judíos como de musulmanes, dejaría en mí una huella indeleble para el resto de mi vida. En Marruecos, el huésped es el rey de la casa y como tal ha de ser tratado, algo que Occidente parece haber olvidado tiempo ha.

LEÓN COHEN MESONERO

La única salida que hacíamos los internos durante la semana era la <promenade> del jueves, en que nos llevaban después de comer, en filas de dos a un campo situado a las afueras del pueblo. Era un  lugar de recreo donde algunos jugábamos al fútbol, las chicas paseaban, bueno aunque entre las chicas había de todo, como Denise Segura, aquella hermosa rubia, capaz de correr y saltar más que cualquiera de nosotros… Recuerdo una sed desesperante, que convertía en interminable el camino de vuelta, y las discusiones <futboleras> con mi amigo Pepe Jiménez que duraban todo el trayecto. Los viernes, los pocos internos que por la lejanía de nuestras casas no teníamos más remedio que quedarnos, teníamos cineclub, donde casi siempre proyectaban películas de los grandes genios del humor, como lo fueron sin lugar a dudas, Harold Lloyd, Charlie Chaplin, Buster Keaton o Stan Laurel y Oliver Hardy . Aquellas películas contribuyeron a enriquecer nuestra cultura cinematográfica además de hacernos pasar unos momentos distendidos donde las risas eran continuas. A mí personalmente me desternillaba la expresión de atolondrado de Laurel, un cómico irrepetible. En ocasiones, también proyectaban algunos clásicos antiguos, de cinemateca,  protagonizados por los grandes actores franceses como Raimu o Simon.

Quizás, llevado por una pasión y una visión cinematográfica de la vida, cuando he intentado revivir mis recuerdos, casi siempre he tendido a convertirlos en escenas de cine, en auténticos cortos, porque siempre he visto en el cine a la más perfecta imitación de la vida, incluso por encima de la literatura. Las escenas que a continuación describo, surgieron para retratar momentos irrepetibles, que reflejan la manera en que, el ambiente y las personas, dejaron en mí su marca durante aquellos cuatro años de internado. 

 Escena 1: De cómo nació mi amistad con Maklouf L.

Una mañana de octubre de 1958, el primer día de clase, en nuestro primer recreo, busqué un lugar en el patio donde dar rienda suelta a mi pequeña melancolía. Más que patio era un campito de unos tres o cuatro mil metros cuadrados, con árboles y sin pavimentar, lo cual le daba cierto aire de parque de esparcimiento. Yo estaba taciturno, como cualquier niño que se siente desubicado en un lugar nuevo y extraño, cuando, de repente, oí una voz cálida y amistosa: era un compañero de clase que se interesaba por mi situación. Su apariencia y su actitud me infundieron una mezcla de confort y de bienestar que agradecí para siempre. Sin saberlo, aquel encuentro fue el inicio de una entrañable amistad que duraría tres años, hasta que Maklouf abandonó Marruecos. Durante aquellos años, compartimos meriendas y aficiones como el atletismo o el fútbol, así como interminables conversaciones sobre un mundo que empezábamos a conocer. Comentábamos con ánimo, nuestras marcas en velocidad o salto de altura y él me daba consejos sobre cómo mejorarlas. También, no faltaba más, nos deteníamos en elogiar las cualidades de tal o cual jugador de fútbol de la época. Sin embargo, lo que más huella dejó en mí de aquellos primeros meses de amistad incondicional, fue la manera magistral con la que Maklouf me introdujo en aquel mundo mágico que sería para mí la mitología griega y sobre todo la IIiada de Homero. Como un maestro de la épica, relataba con una parsimonia que aún hoy me sorprende, cómo, para vengar la muerte de su hermano Héctor, que era  el más valiente de los hijos de Príamo, y el guerrero más poderoso de toda Troya, el incomparablemente bello Paris, disparó su flecha con tal puntería que el invencible Aquiles cayó fulminado. Describía a aquellos personajes con mucho cariño y todo lujo de detalles, se detenía cada vez que mencionaba uno nuevo, como dibujando su retrato muy lentamente, midiendo los tiempos y acompasando gesto y palabra. Explicaba quién era y cómo era, de manera que para mí, la imagen de los personajes de Homero fue para siempre la que me transmitió mi amigo. Tanto es así que, inevitablemente, los troyanos siempre serían los buenos, y los griegos comandados por el terrible Agamenon los malos. Aunque todos se me aparecían con un halo de divinidad, de fuerza y de belleza, que la voz cálida y el estilo lento y ampuloso en ocasiones, de aquel contador singular contribuyeron a reforzar. Yo me sentía diminuto ante un cuentista de tal dimensión. Nadie hubiera jamás podido imaginar, que aquellos dos niños de apenas doce años, que caminaban tranquilamente por el recreo, fueran discípulos del genial Homero. A través de ML también entraron y se instalaron en mi vida todos los dioses del Olimpo. Así, la mitología griega se convirtió en un vínculo entre nosotros, que no sólo nos entretenía, también nos unía.

SOUK EL ARBA

Más tarde, mi amigo, que vivía muy cerca en Mechra-Bel-Ksiri, me contaría que él era hijo de personas muy mayores, sobre todo su padre que, casualidades de la vida, había sido compañero de infancia de mi abuela en Larache. Su padre, apodado <el Mismisi> era un buen bebedor de <cachacha>, o <magia>, un aguardiente casero que él mismo, como buen judío marroquí, preparaba. Maklouf  fue sin duda, el gran amigo  de mi primera adolescencia.

 Escena 2: Aquella hermosa tarde de Abril de 1961

Acababa de mojarme un poco las manos y había aprovechado para beber. Eran las cinco o las seis de la tarde de un domingo del mes de Octubre de 1960. Como cada Octubre, éste era para mí el tercero, los internos nos incorporábamos al nuevo curso. Era en Zoco el Arba, un pequeño pueblo del interior de Marruecos,  en la llanura del Gharb,  cuya población europea  estaba formada por colonos, dedicados en su mayoría a la agricultura. También vivían allí algunos republicanos españoles refugiados. Me di la vuelta y la vi por  vez primera, no pude evitar detener mi mirada en ella. Aquel rostro <pluscuamperfecto>, me dejó anonadado, estupefacto.  Desde aquel instante supe que estaba enamorado, acababa de cumplir catorce años y vaya si fue fuerte el impacto. Ella me miró sin verme, me sentí como un pequeño lagarto observado por una diosa.

Habían pasado seis meses desde el día del  hechizo, era el veintitrés de Abril de 1961. ¿Cómo olvidar aquella fecha? En aquellos meses debieron de ocurrir multitud de incidentes, como por ejemplo, que ella aprendió mi nombre de pila, que sus múltiples pretendientes me contaban sus escarceos y sus asaltos sin éxito a mi pequeña reina devenida más cercana. Yo, seguro de que ella sólo podía ser mía y sorprendentemente a un tiempo atemorizado por la impenitente duda que siempre subyace en estos casos, sonreía a mis rivales sin mostrar interés, mientras, esperaba mi momento, como el cazador que conoce la guarida del lobo y disimula ante sus competidores. Confieso, transcurrido tantos años, que demostré una gran astucia y prudencia para mi corta edad.  Nunca más tarde, he vuelto a tener  esa  habilidad de jugador de póquer. Aquel día, del que no recuerdo muy bien si era viernes o sábado como tampoco atino a recordar por qué aquel fin de semana ella se quedó en el internado, aunque  poco importa para lo que voy a contar.

Debían de ser las seis o las siete de la tarde de aquel día de hermosa primavera. Íbamos a entrar a la clase de <permanence> para repasar un poco antes de cenar. Ella se me acercó y me dijo algo que no recuerdo, aunque todavía se me acelera el corazón y me tiemblan las piernas de puro vértigo. No sé si alguno de nosotros o los dos, lo habíamos premeditado o si ocurrió de manera espontánea, pero acabamos sentados en el mismo banco, a pesar de que la clase estaba medio vacía. La luz de la tarde conservaba aunque atenuada, algo de la fuerza del día. La primavera, en aquella zona del país,  era un regalo de vida naciente, de belleza, de luz, de ruidos y de olores agradables que nunca he podido olvidar. Me costaba trabajo creer que pudiéramos estar tan cerca y tan juntos. Cada  vez que nos mirábamos,  todo a nuestro alrededor desaparecía como si sólo los dos pobláramos aquella clase. El verde de sus ojos era un mar infinito de dulzura. Embelesados, dejamos pasar algunos minutos, sin saber muy bien qué decir o qué hacer. No recuerdo como ocurrió, pero intuyo que a partir de un cierto momento, me dije que no podía dejar escapar aquella ocasión, me armé de valor y debí pronunciar dos o tres palabras parecidas a: <je voulais dire que je t’aime>. Recuerdo como ella,  supongo que llevada por la emoción, quizás en un intento de mostrarme su apoyo y de arropar mi inseguridad, tomó mi mano y la arrastró suavemente hasta hacerla reposar bajo la suya sobre la mesa del banco. Sonrojados, con un ligero temblor en todo el cuerpo ,embargados por la euforia y por la intensidad de la situación, permanecimos unos interminables e inolvidables minutos en silencio, mi mano en su mano, su mirada en la mía, como tratando de apurar y quizás de inmortalizar aquel momento. Se llamaba Flora Benet, era tierna, hermosa y rubia como Afrodita.    

SOUK EL ARBA

                                        Escena  3: Escena de refectorio

Era una escena digna de una película de Elia Kazan. Sentados a oscuras, cada uno en cada una de las tres mesas octogonales del refectorio de los mayores, en un salón que no debía de tener más de 100 metros cuadrados, como si los tres protagonistas se hubieran puesto de acuerdo previamente en la escenografía. Parecía un ensayo  y sin embargo así se habían dispuesto de manera aparentemente espontanea. Ciertamente daban medio.

Clair era del 41 o del 42, Paco Hidalgo del 40 y Rattazi del 43. Clair era enorme, alto y delgado, rubio y con aspecto desenfadado, más que andar, arrastraba las piernas y casi siempre portaba un pullover marrón que le llegaba muy por debajo de la cintura cubriendo gran parte de sus vaqueros. Paquito no medía más de un metro sesenta, era el mayor, y se había granjeado el respeto de sus compañeros, porque era reflexivo y muy amable además de ser muy firme en sus decisiones. Rattazi, el más joven, era también el más temperamental  y parecía el más violento quizás porque su fuerte complexión y su timidez excesiva nos imponían a los más pequeños, la realidad era que siempre fue de trato gentil con nosotros.

Habíamos terminado de comer, era mediodía y todos habíamos abandonado el comedor excepto ellos tres, que eran del grupo de los más mayores, eran alumnos de <Troisième>, una especie de cuarto de bachiller que en Zoco el Arba  era  el último curso. Era el año 1958, mi primer año de internado, yo tenía doce años y aquellos compañeros de internado eran como mis mayores. Más tarde nos enteraríamos de que su actitud de aquel día, parece que premeditada, era para protestar porque la comida les parecía de muy poca calidad. La directora del internado, la oronda y dictatorial Mme G. les conminaba a salir del comedor, pero ellos cada uno en su estilo, se negaban de manera cada vez más agresiva. La tensión iba in crescendo y todos los internos esperábamos expectantes a que alguno de ellos cometiera alguna barbaridad. Estaban o al menos parecían realmente enfadados. Una mezcla de sorpresa, pánico, admiración y una cierta complicidad nos embargaba, mientras Clair lanzaba gritos de desesperación, presa de un aparente ataque de histeria y Rattazi emitía gruñidos como un felino en estado de alerta. Únicamente Paquito mantenía el tipo y conversaba con la directora. Mme G. no las tenía todas consigo, cualquier cosa podía ocurrir. La situación se prolongó algunos minutos e imagino que llegaron a algún tipo de acuerdo, aunque no puedo recordar cuales fueron las consecuencias para los rebeldes, parece que su estrategia por esta vez funcionó. Fue mi primer encuentro en vivo con una manifestación contra  una situación injusta.

 Escena 4: <Les Carottes>

 Todavía no han dado las siete de la mañana, lo sé porque la campana no ha sonado aún. A través de los grandes ventanales, puedo oír los zureos de las tórtolas que por la mañana descansan en las copas de los eucaliptos que rodean nuestro internado. Es cualquier día de primavera en el viejo internado de Souk-el-Arba. Soy de los internos más antiguos  y siento una cierto orgullo al decirlo. Para ser un interno viejo han de pasar unos años, tiempo que no todo el mundo resiste. Hay que sumar una serie de experiencias, de castigos y de habilidades, que en este microcosmos son muy útiles. Es en definitiva un sistema carcelario con internos más jóvenes. La alcaidesa o mejor dicho la directora Mme G. es una señora gruesa y poderosa, una francesa viuda o separada que ha sabido bandearse y regir su internado con mano dura. Aquí nadie le tose. De  vez en cuando uno de los mayores le monta el número de la rebeldía en el comedor para impresionar a los más jovencitos, pero todo queda al final en agua de borrajas. A mí una tarde, casi al final de curso, también me tocó rebelarme. Y es que no me apetecía, era incapaz de comerme la ensalada de zanahorias, y muy cuidadosamente la lié en mi servilleta y la metí dentro del tubo metálico que soldado a la mesa nos servía para guardar aquella. No me había dado cuenta, Mme G. estaba plantada con los brazos cruzados detrás de mí: <Reprends tes carottes et fais moi le plaisir de les manger> dijo. Yo me negué, me torteó y me mandó arrodillarme fuera del comedor. No acepté comerme las malditas zanahorias aunque si obedecí su orden de arrodillarme. Pero a nuestra directora, le pareció corto el castigo a mi terquedad y pretendió humillarme de la manera más cruel y vergonzosa. Se equivocaba. Invitó a todas las niñas a desfilar dándome una torta. Las puso en un serio aprieto,  pues la mayoría eran mis amigas. Las ayudé. Antes de que ninguna tuviera tiempo siquiera de decidirse, me levanté, dije alguna barbaridad y salí corriendo, huí del internado. Extrañamente, no recuerdo adonde fui, ni nada más, de aquella tarde de rebeldía del año 1961.     

Este retrato quedaría incompleto, si no aludiera a aquellos profesores, que por su personalidad unas veces y otras por su  saber comunicar, dejaron en mí una traza, que pasados los años me devuelve a ellos.

 Monsieur Hiel : <De la complejidad de una incógnita llamada simplemente x>

Es el momento de recordar… Atrás quedaron ocultos en el bosque del tiempo y la memoria, momentos, paisajes, olores y personas irrepetibles e inolvidables. Puede que fueran las tres de la tarde, puede que fuera otoño cuando Monsieur Hiel se dirigió con un caminar firme y decidido hacía el estrado. Como era costumbre en él, llevaba la mano derecha metida en el bolsillo de su gabardina beige mientras sostenía con la otra mano su <cartable>  de color marrón oscuro. De complexión fuerte, de cabello rubio aunque muy escaso, usaba unas gafas de montura metálica y cristales transparentes. Nuestro profesor de matemáticas era en aquella época un hombre que debía de rondar los cuarenta. Monsieur Hiel no tenía labios, su boca podía ser fácilmente dibujada por un simple trazo de lápiz. Sin embargo tenía sonrisa, esa sonrisa única compuesta por el alargamiento de la comisura de unos labios inexistentes y por el brillo irónico de unos ojos diminutos. Puso el maletín sobre la mesa, se quitó la gabardina. Llevaba una chaqueta de cheviot bajo la que se adivinaba un chaleco verde, una camisa pulcramente blanca y una corbata indefinida, era un hombre cortado a la medida de su tiempo. Era el año 1959. Antes de empezar su clase, nos dirigió una mirada escrutadora aunque amable, era su manera de cerciorarse de que no faltaba nadie. Luego se llevó ambas manos abiertas al mentón como si de repente sintiera la necesidad de concentrarse, como si nunca antes hubiera hecho ni dicho lo mismo. Entonces pronunció unas palabras parecidas a éstas:

< -Imaginad que alguien nos preguntase el precio de una manzana dándonos como información previa el precio de diez manzanas, por ejemplo cien pesetas. Para interpretar los datos conocidos escribiríamos esta sencilla expresión matemática: 10 x = 100. Dicho de otra manera, habríamos sustituido el precio de una manzana por x, de forma que x sería como un pronombre personal universal que nos facilitaría la escritura. Es lo que en Álgebra llamamos la incógnita, el valor que no conocemos y pretendemos conocer, simplemente eso… >. Con este razonamiento sencillo y a la vez elaborado a lo largo de una ya dilatada experiencia didáctica, Monsieur Hiel nos introdujo en la misteriosa Álgebra, en una manera nueva de pensar y de relacionar entes y conceptos matemáticos. A partir de aquel día, despejar la x de una ecuación, se convertiría para mí en un reto del que casi siempre salía airoso. Así recuerdo entre luces y tinieblas la primera lección de Álgebra, pero recuerdo sobre  todo aquella <après-midi> y a Monsieur Hiel. A ese su saber comunicar y entusiasmar,  que producía en mí efectos mágicos, como esa mezcla de sentimientos tan difíciles de describir, aunque próximos a la curiosidad y euforia que experimentan los enamorados. Este pequeño apunte quiere ser un homenaje a su magisterio y a su persona.

 Monsieur Barcesat

Si traigo a colación a Monsieur Isaac Barcesat, que fue mi profesor multidisciplinar, tanto de Idioma Español, como de Ciencias Naturales y  de Jardinería, es porque era más próximo y familiar que los restantes profesores, ya que era de Larache (donde nació en 1913), por lo tanto hablaba español y era además compañero de infancia de mi padre. Estaba concluyendo sus estudios de Veterinaria cuando la Guerra Civil le sorprendió en Madrid. Debido a sus simpatías por la República, hubo de  trasladarse a Souk el Arba, que era zona francesa, huyendo de los falangistas, donde se afincó ejerciendo como profesor. Su francés era sui generis, con un marcado <rulado> de la r que siempre parecían ser dos cuando él la pronunciaba. También recuerdo una de sus frases favoritas: Lo dijo Blas punto redondo. Era un hombre más bien bajito aunque de complexión fuerte (lo que le hacía parecer más alto), con unas gafas de amplias dioptrías y en su  rostro, las marcas de un probable acné juvenil. Era un tipo muy vitalista y trabajador y desempeñaba su labor de profesor con honradez y dedicación, aunque seguramente fuera un veterinario frustrado (su especial entusiasmo explicando Anatomía, así lo revelaba). Hace poco supe que emigró a Israel en 1968, donde falleció en la ciudad de Beer-Cheva en el año 2002. Me alegra saber que vivió una vida larga y guardo de él un grato recuerdo como profesor y como persona. Fue de hecho un representante genuino de una generación, que se vio doblemente afectada por  algunos de los tumultuosos sucesos del siglo XX, primero por el golpe de estado contra la República y luego por la Independencia de Marruecos y la posterior emigración casi obligada a Israel. Los sionistas nunca imaginaron el inevitable desarraigo que iban a causar en aquellos inmigrantes. 

En Souk el Arba, León Cohen, en la fila de abajo a la derecha, con sus compañeros y su profesor Monsieur Goddard

 Monsieur Goddard

 No recuerdo su nombre de pila (Yves? Paul?), pero sí su apuesta presencia y su gran carisma. Fue mi profesor de Educación Física durante tres años en Souk el Arba  y posteriormente en Rabat. Monsieur Goddard, además de ser y saberse un seductor a la antigua usanza, era un tipo que desprendía confianza, era fácil sentir cariño y respeto por él. Con él, ocurría lo mismo que con Monsieur Barcesat. Mi profesor de gimnasia había perdido parte de su pierna derecha (desde la rodilla hasta el pie) durante la Segunda Guerra Mundial. Había sido antes, un excelente futbolista. Tenía una prótesis de madera (pata de palo) como los barbudos y terribles piratas de los cuentos y películas. Sin embargo, su gran porte y su distinción, conseguían disfrazar su minusvalía. Fue mi profesor de gimnasia desde mi primer curso en Zoco el Arba hasta el último, siete años después, en Rabat, con algún paréntesis cuando estuve en Tánger. Me trataba como a alguien de la familia. El último año, en el <Lycée Descartes>,  me eligió para la selección absoluta de fútbol del liceo, donde estudiaban más de  dos mil jóvenes. Reconoció públicamente, que el pequeño León, así me llamaba en Zoco el Arba, se había convertido en un extraordinario jugador. Yo tenía por entonces diecinueve años, y fue aquel año de 1966 en el que más y mejor jugué y disfruté con el fútbol, aunque eso me costaría dejar de lado los estudios y perder el curso. Hasta mis propios compañeros de equipo, reconocían la gran calidad de mi juego. En más de una ocasión, fui sacado a hombros del terreno de juego. Fue, dicho sin ambages, un año glorioso. Con Monsieur Goddard practiqué varios deportes con balón, como  Volley,  Baloncesto y Balonmano, pero también aprendí  a apreciar el Atletismo. Esa educación en el deporte, me ayudó en mi vida posterior y siempre me ha acompañado y ha sido parte de mi formación integral. 

                                                                                    León Cohen

                                                                                  Otoño de 2009

 

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«ESA FOTO DE LA OTRA BANDA», un relato de SERGIO BARCE

Sobre una foto de la otra banda que me ha enviado Pepe García Gálvez, pero que es una estampa que hemos visto muchas veces, he construido este pequeño relato.

ESA FOTO DE LA OTRA BANDA

Ahí están de nuevo. Veo esta fotografía de la otra banda y vuelven como la marea.

Es cierto lo que digo, y es probable que a ti te ocurra lo mismo. ¿Es que no lo oyes? ¿Es que no lo hueles? Lo sientes igual que yo, ¿no es así?

No sé en qué año se tomó la imagen, pero bien pude andar por ahí. No sé en qué año se quedó esa imagen congelada para siempre, pero todo regresa subrepticiamente y se apodera de mis sentidos.

Miro la fotografía. La escudriño un rato y me doy cuenta de que sé exactamente cómo huele el aire, de que sé exactamente qué sentiría en la planta de mis pies si ahora estuviese pisando esa arena, de que sé exactamente qué notaría si subiera por las piedras tratando de alcanzar el espigón, también de que sé cuál es la dureza exacta del propio espigón si me pusiera a pasear en dirección al faro. ¿No es curioso? Te ocurre exactamente lo mismo, claro, me lo imagino, lo sé.

Hagámoslo. Metámonos en esa foto de la playa de Larache, atravesemos el daguerrotipo e imaginemos que viajamos a ese año en concreto, aunque dé igual el año en realidad. Imaginemos que podemos hacerlo…

Salgo del agua. Adivino la temperatura, que es más templada que la de la playa peligrosa, porque el Lukus seduce con dulzura a las aguas frías del Atlántico, y camino por la orilla. Sigue leyendo →

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Otros libros, otros autores: LETRAS MARRUECAS. Antología de escritores marroquíes en castellano, de CRISTIÁN H. RICCI

CRISTIÁN H. RICCI, de quien he hecho referencia en varias ocasiones, acaba de publicar un interesante estudio titulado <Letras marruecas. Antología de escritores marroquíes en castellano> (Ediciones del Orto, 2012).

El libro se puede adquirir en:

edicionesclasicas@gmail.com

Entre los autores seleccionados por el profesor Ricci, incluye a dos buenos amigos comunes: el poeta Abderrahman El Fathi y el narrador Mohamed Lahchiri. De la introducción al libro espero reproduzco los párrafos que hablan de estos dos autores. En el estudio también se analiza la obra de autores como Ahmed Ararou, Ahmed el Gamoun, Larbi el Harti y Saïd el Kadaoui.

Sergio Barce, junio 2012

CRISTIAN H. RICCI

INTRODUCCIÓN

La redacción de una antología de literatura marroquí en castellano destinada al gran público, pero al mismo tiempo provista de la indispensable solvencia científica, plantea una serie de problemas a los que el compilador/editor debe buscar solución adecuada. Si adoptamos un criterio amplio, habría que incluir la producción moralizante, costumbrista, antropológica y algún que otro texto de carácter filológico o didáctico cuyo fin cientificista está bastante lejos del sentido más estricto, muy subjetivo por cierto, restringido a <las buenas letras>, objetivo primordial de esta antología. No sé si con acierto, el lector juzgará, me he decantado en esta oportunidad por esta segunda posición, reservando para otra antología la <literatura utilitaria> (aunque ya las hay muchas y de variado pelaje, incluyendo una hecha por este mismo editor en colaboración con el Dr. Ignacio López Calvo, Caminos para la paz. Literatura israelí y árabe en castellano. Buenos Aires: Corregidor, 2007).

El segundo problema con el que he tenido que enfrentarme estriba en puntualizar de modo esquemático las características de la escritura marroquí en lengua castellana y sus diferencias con las <letras castellanas occidentales>, para debida advertencia del lector profano. A dicha labor le he dedicado dos libros y varios artículos. Por ende, no quiero correr el peligro de convertir a esta presentación/introducción en un fárrago de nombres, títulos y fechas. Intentaré salvar la densidad de información mediante una ponderada (aunque breve) valoración de cada autor aquí antologado y la profusión de textos, en cuya selección el lector podrá advertir, como es lógico, las preferencias del editor. Completaré esta introducción con una bibliografía básica sobre el tema y un índice de nombres propios.

ABDERRAHMAN EL FATHI

(…) La poesía de El Fathi intenta mostrar la <ahoridad> de un país en colisión entre la cultura occidental y oriental. El enfrentamiento entre la modernidad y la tradición, entre la penuria existencial de la miseria social y el mundo de maravillas que llega a través de la imagen satelital de Televisión Española son resumidos magistralmente en estos pocos versos (que dicen mucho):

Nunca fue tan oscura

nunca vio un resquicio de luz

África se destiñe en su travesía,

su ropa llega sola al blanco amanecer

todos bailan a su son

desfilan en su honor

ofrendas como espaldas.

 (África 65).

Una lectura rápida arroja un manojo de perspectivas de análisis: observamos que esa África que se destiñe es la que pierde identidad al querer parecerse al blanco europeo; es el África celebrada por su música y por la mercantilización-orientalización europea de sus costumbres, en el morbo que producen las imágenes televisivas desgarradoras de los pateristas; es el África que ofrenda sus espaldas mojadas al mar y la que se desloma en los campos de Almería y Levante. Por otro lado, la poesía de El Fathi evidencia la pugna entre la nostalgia del imperio perdido y el deseo de revivir las glorias de aquel imperio culturalmente majestuoso y principalmente ecléctico o averroísta, que promovía la unidad del entendimiento agente en todos los hombres, sin fronteras geográficas, filosóficas ni religiosas. En consecuencia, hay que considerar que la aplicación de la doctrina averroísta del final de la Edad Media, también sostiene la tesis de la doble verdad o lo que, en la modernidad, James Clifford denomina <two-sidedness>, W.E.B. Du Bois <double consciousness>, y Richard Wright <two warring souls in one black body> o <double vision>, según la cual algo puede ser verdadero en filosofía y falso en la práctica, o a la inversa. En esta vertiente, el mundo globalizado de hoy no sólo reditúa el nuevo fenómeno cultural híbrido, basado en la libre transmisión y aceptación selectiva de distintas corrientes filosóficas e ideológicas, sino que también, y al amparo del racionalismo cristiano de la Ilustración europea, estos países proceden a la imposición de una política de doble rasero que trata de inculcar falsamente <procesos democráticos> de conveniencia y <libre mercado> que validan nuevos desplazamientos, económicos y culturales, y exterminios masivos. Por ende, la metáfora de la frontera utilizada por El Fathi (evidente, por cierto, desde el título mismo de sus textos) es decisivamente eficaz para explicar este tipo de fenómenos eclécticos y contradictorios.

MOHAMED LAHCHIRI

(…) Finalmente, los cuentos de Lahchiri manifiestan más claramente que ningún otro autor marroquí en lengua castellana que la escritura posmoderna y la poscolonialidad representan dos caras de la misma moneda (Mignolo dixit). Su narrativa fronteriza, <laboratorio de la posmodernidad> (Néstor García Canclini) <en sí un género indefinido entre autobiografía y ficción> se coloca en distintos lugares de enunciación (Mignolo) para representar aspectos de la modernidad, (neo)colonización y la representación de la evolución de los distintos órdenes imperiales desde la época del Protectorado. Para tal fin, en la narrativa de Lahchiri se observa la <negociación representativa> de autores y obras <consagradas>/<alta cultura> con ciertas formas y géneros de la cultura mass-mediática y las experiencias cotidianas de los protagonistas de sus cuentos. Apunta así Lahchiri a la descolonización y la transformación de la rigidez de la frontera epistémica y territorial establecida y controlada por la colonialidad del poder durante el proceso de construcción del sistema-mundo moderno/colonial (Mignolo). Sus historias locales no se pueden reducir a una historia nómada universal como la propuesta por Deleuze y Guattari o al universalismo deconstruccionista que reclama la ley de la lengua y borra la colonialidad del poder atrincherada en la lengua y la epistemología (Mignolo).

Concluyo diciendo que los textos seleccionados en esta antología se insertan perfectamente en el marco del post-colonialismo y de la hibridación cultural, por ser narraciones y poemas comprometidos, por proponer un tercer espacio en el que el ser magrebí, y en general el ser africano, puede dialogar con otras literaturas periféricas y con el Norte exponiendo un nuevo modelo de heterogeneidad cultural. Los textos que el lector está a punto de descubrir representan la voz de lo humano, están enraizados en la prehistoria, representan las heridas de la historia del Marruecos colonial y sobresale con una fuerza poderosa para subrayar los retos de un Marruecos que todavía duda entre dirigir su mirada a El Cairo o a Bruselas.

Cristián H. Ricci

 

CRISTIÁN H. RICCI

Cristián H. Ricci es graduado en Los Angeles CSU y obtuvo el doctorado en Santa Barbara UC. Es profesor asociado en la Hispanic Literatures and Faculty Chair School of Social Sciences, Humanities and Arts University of California, USA. Es autor de numerosos artículos y análisis literarios, así como de una colección de ensayos junto a Gustavo Geirola titulado <¡Dale que va!¡Dale nomás! Ensayos testimoniales para la Argentina del siglo XXI>, Nueva Generación – Buenos Aires, 2006; y junto a Ignacio López-Calvo la antología sobre escritores árabes e israelíes contemporáneos en <Caminos para la paz. Literatura israelí y árabe en castellano>, Edit. Corregidor – Buenos Aires, 2008.

También es el autor de <Literatura periférica en castellano y catalán: El caso marroquí> Ediciones del Orto [Biblioteca Crítica de las Literaturas Luso-Hispánicas, nº 34 – Madrid, 2010)]. ISBN 84-7923-439-3

 

 

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