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“EL ÁRBOL DEL ACANTILADO” del escritor larachense CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

(…)

Un día que iba al burdel, tan abstraído estaba en sus elucubraciones que, cuando se dio cuenta, había pasado delante del mismo sin detenerse. Se hallaba a unos cincuenta metros: miró hacia la pequeña casa y al instante decidió continuar la marcha. No sabía bien a dónde conducía aquel camino, aunque recordaba vagamente que siendo niño y durante unas vacaciones de verano, junto a Carlos y otros amigos, había estado por aquel lugar. Siguió la marcha, dejó a la derecha unos acuartelamientos allí situados y al poco tiempo se encontró ante un enorme acantilado que se abría al Atlántico. Al instante reconoció el lugar: se trataba de la playa conocida con el nombre de <La Duquesa>, así denominada por ser la preferida de Isabel de Orleáns, duquesa de Guisa. Prendada del lugar, la señora mandó construir unas pequeñas escalinatas que, aprovechando una zona en que el acantilado formaba algunos rellanos, hacían posible el descenso a la playa.

La Duquesa de Guisa

Paco se percató de que, a cierta distancia de donde estaba situado, aparecían aparcados dos automóviles. Cuando se acercó al precipicio vio diminutas figuras abajo: algunos se bañaban, otros tomaban el sol. Eran los miembros de la Casa Real de Francia en el exilio, que en aquellos parajes del norte marroquí habían encontrado un lugar donde asentarse. Llevaban allí establecidos desde 1909 y tanto entre los marroquíes como entre los españoles gozaban de gran consideración. A Paco le pareció distinguir a la duquesa y a su hija, la princesa Ita. Pero, no queriendo resultar indiscreto y aunque aquel lugar era público, decidió caminar por el borde del acantilado en dirección sur. Lo hizo durante buen rato, hasta llegar a unos pinares situados en una gran finca propiedad del Estado, conocidas popularmente como <Viveros> y que desde la entrada de la <Hípica Militar> se extendían hasta el lugar donde ahora él se hallaba.

Buscó el árbol más próximo al borde del acantilado, que era un enorme cinamomo crecido entre pinares, y se sentó debajo: al amparo de su sombra y también para apoyarse en su tronco. Y lo hizo mirando al mar. Notó que la cabeza le ardía, pues el sol apretaba con fuerza y esbozando una sonrisa burlona pensó que su ya notoria calvicie le hacía menester usar sombrero para protegerse. (…)

    Aunque la novela ya ha avanzado casi un tercio, esta escena es crucial en el desarrollo de la trama, casi un punto de arranque, por así decirlo, y es la que, poco después, y por todo lo que sigue, justifica el título de la novela de Carlos Tessainer: <El árbol del acantilado>.

 La ubicación de la trama se hace de manera concisa, y como en el párrafo anterior, las descripciones que efectúa de los lugares donde se desarrollan los acontecimientos son tan ágiles como detallistas. Incluso los pequeños fogonazos históricos que introduce con habilidad ayudan a crear una novela “impresionista”: el camino, las casas, el acuartelamiento, el acantilado, el océano, la playa, los bañistas como figuras lejanas que dibuja en dos trazos, el cinamomo… Ya digo, un cuadro impresionista.

CARLOS TESSAINER

   La novela es, además de un perfecto retrato de la sociedad de la época del Protectorado español en Marruecos, en concreto, en Larache, es también un agudo estudio del problema religioso que se plantea cuando dos personas que se aman y que son de diferente credo deciden unir sus vidas.

   Baste como muestra de ese perfecto retrato de una sociedad y de una época esta escena que, al leerla, me hizo sentir lo que la protagonista debía de estar sufriendo.

(…) No volvió a ver a su padre, le daba miedo. La casa era un continuo desfilar de gente que se abrazaban a ellos llorando, gemían, chillaban. Los rezos se sucedían y en medio de aquellas letanías fúnebres y plañideras, ella se encontraba fuera de lugar. La intolerancia había vuelto a aparecer en su vida. Había enviudado de un marido mezquino y palurdo que la despreció por ser hebrea, de un ser que, procedente de un mundo cerrado y lleno de prejuicios, rechazaba todo lo nuevo y diferente por el mero hecho de serlo, todo lo que podía enriquecerle. Ahora había muerto su padre, un viejo judío anclado en el pasado, que, creyéndose miembro del pueblo elegido, se consideraba superior. Y en esa cerrazón de sesera, había llevado su intransigencia hasta lo que María juzgó inaudito. Dentro de su rechazo a la intolerancia, fue más benévola con el padre, tal vez porque era el que la había engendrado. Quizás porque estimó que aun siendo relativamente culto, al ser anciano, le había resultado más difícil aceptar lo que no pertenecía a su mundo; o posiblemente porque no la despreció tanto como Ignacio. Pero, a partir de entonces, se reafirmó más si cabe en la idea que no sólo lo suyo era lo bueno, que la razón no estaba exclusivamente en una sola parte y que el aceptar y valorar lo diferente, lo de los demás, abría las puertas a un mayor enriquecimiento. Era una inquietud que a ella le llenaba de vida. Revalidó así el desprecio hacia la intolerancia de dos muertos, su marido y su padre, y deseó que con ellos aquella condición no hiciese acto de presencia más en su vida.

Creía que conocía a casi todos los hebreos de la ciudad, pero le sorprendió ver aquel tropel de gente extraña. Y no debían de ser de fuera, pues, por mucha prisa que se hubiesen dado, no podían haber llegado a tiempo para el entierro. Se agarraba a su madre con fuerza mientras Miguel estaba con los varones. Se llevaban ya a Samuel y la casa se llenó de alaridos que la desconcertaron y le causaron pavor: nunca había asistido a una situación igual. Mujeres que no conocía chillaban aparentando dolor con gritos desgarradores y la retahíla de los rezos parecían salir del suelo. Ella estaba emocionada y triste: lloraba sin aspavientos. Pasó una mujer desconocida y encarándose con ella le chilló: <¡Malograda, mésate el cabello, que se llevan a tu padre!>. Le acompañaba otra que, en señal de duelo, se daba palmadas en la cara; cesó, como por arte de magia, en sus muestras de dolor y, dirigiéndose a la compañera, apostilló con impertinencia: <¡Déjala, es la viuda del cristiano!> (…)

Basada en una historia real acontecida en Larache, Carlos Tessainer <disfraza> a los protagonistas con nombres ficticios. La cercanía con la que crea ese universo tan especial, el de una sociedad concreta en un tiempo concreto de la Historia, hacen de <El árbol del acantilado> una novela sugerente, curiosa, muy actual a la vez.

Los protagonistas se hacen de carne y hueso, importante para que nos creamos lo que se nos relata, y Carlos Tessainer desnuda sus desdichas, sinsabores e ilusiones con el objetivo de denunciar un tipo de injusticia que se ha repetido toda la vida, una de las injusticias más dolorosas y, a mi entender, más irracionales. En este sentido, me parece que los personajes que deambulan por esta historia de amor, porque esencialmente es la historia de un gran amor, están perfilados con precisión: Paco y María, los padres de ella, Samuel y Chimol, especialmente el personaje de Samuel que pare mí representa el arquetipo perfecto del pensamiento intransigente y rígido, pero también, por supuesto, Sol Cohen, la que fuera amante, pareja, confidente y amor verdadero del general Fernández Silvestre. Otro acierto que sea ella, por su pasado, por su propia vida, la que acoja a quien huye por defender su futuro.      

Procesión del Corpus en Larache

Estamos pues, ante una aparente curiosa contradicción: para contar una historia llena de oscuridades y sinsabores, Carlos Tessainer utiliza el colorido de sus pinceladas impresionistas. Y esto resulta ser un acierto.

Pero, además, con esta obra nos enfrentamos con una demoledora denuncia a la intransigencia y a la intolerancia. Un hermoso canto a la libertad y al amor, y también a la convivencia y al respeto al otro que, tanto Carlos como yo, aprendimos en Larache. Baste como muestra este párrafo de la novela:

(…)   -¡Ay, María! ¡La religión! –le contestó su marido-. Judíos, musulmanes o cristianos, ¡qué más dará! Mira, cuando oigo la llamada a la oración desde el alminar de las mezquitas; cuando los cañonazos y la sirena, a la puesta de sol del mes de Ramadán, anuncian que la jornada de ayuno ha finalizado y las calles se quedan desiertas, muchas veces se me ha puesto carne de gallina. Pero es, sobre todo, el cariño con que en su inmensa mayoría tratan a sus mayores, el celo exquisito con que se ocupan de ellos, respetando sus incapacidades y manías; es la veneración con que conducen a sus difuntos al cementerio –aunque estos sean tan pobres que no tengan donde caerse muertos- lo que ha provocado que en más de una ocasión se me salten las lágrimas y note una punzada en el pecho. ¿Sabes por qué, María? Pues porque detrás de las creencias musulmanas está lo mismo que detrás de las de los cristianos y judíos: la petición al mismo Dios de que se acuerde de nosotros…

Al leer esto último, me sentí transportado a Larache. Cuántas veces vimos esos cortejos fúnebres que pasaban raudos por las calles, y así era como se reaccionaba, te quedabas quieto y les veías pasar, respetuosamente, y la voz del almuédano que, siempre, siempre, te hace vibrar. Y no nos engañemos, Carlos lo que hace es escribir lo que él sentía cuando presenciaba las ceremonias, ahí es él mismo.

Una novela, en definitiva, llena de pasión, de historia con h minúscula y con h mayúscula, de anécdotas, de curiosidades, y escrita con verdadero entusiasmo.

Y le dice Paco a María:

(…)  -¿A que es el sitio más bonito que nunca has visto? A partir de ahora será nuestro lugar…

Y entonces comprendes que la intransigencia no puede vencer.

Sergio Barce, junio 2012

EL ÁRBOL DEL ACANTILADO se publicó en 2006. Editorial Sarriá – Málaga.

Y fue Finalista del X Premio de Novela Fernando Lara 2005.

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