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MAÑANA, EN TÁNGER

 

Mañana, 16 de julio, a las 18:00 horas, en el Círculo de Artes de Tánger, si el viento no lo impide y consigo cruzar el estrecho, se presentará mi novela

La emperatriz de Tánger.

En el mismo acto, se presentarán la novela de Antonio Lozano

Un largo sueño en Tánger,

y el libro de cuentos de Saljo Bellver

 Relatos americanos.

Lla presentación correrá a cargo de un novelista de prestigio y de peso: Luis Leante. Así que todo un honor.

UN SUEÑO LA EMPERATRIZ RELATOS

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MI BALCÓN DEL ATLÁNTICO

Con mi madre asomados a la ventana de nuestra casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

Con mi madre asomados a la ventana de nuestra casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

Hoy me siento nostálgico, y me encantaría estar en estos momentos en el Balcón del Atlántico. Necesitaría sentarme en la balaustrada, perder la mirada más allá del horizonte azul, fundirla con el sol justo cuando la bola roja se hunde más allá de los sueños. Necesitaría hoy sentir la brisa que sube de Ain Chakka. Necesitaría cerrar los ojos, y ser aquel niño que jugaba por entre los jardines del Balcón. Hoy me gustaría ver a mi madre subir por entre las piedras del pequeño recodo que hace el Lucus en su desembocadura, justo donde depositamos sus cenizas para que siguiera nadando en sus aguas, y llevarla a la terraza del Central y sentarnos allí un rato junto a Sibari. Pero sólo puedo hacerlo con mi imaginación, y me sabe un tanto amargo este té que bebo a solas.

Un buen momento para ver fotos de mi Balcón, y para releer mi cuento El primer regreso, que forma parte de mi libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente.

Quizá me queráis acompañar en su lectura, aunque ya lo conozcáis. Es una manera de volver, de endulzar este té con hierbabuena y flor de azahar.

Balcón Atlántico. Manolín Cabeza, Antonio Barce y Juanito Parra

Balcón Atlántico. Manolín Cabeza, Antonio Barce y Juanito Parra

 

El primer regreso 

La primera vez que regresé a mi pueblo habían transcurrido más de quince años desde que lo abandoné junto a mi familia. Sí, incomprensiblemente habían pasado demasiados años sin volver, sin saber más que lo que alguien nos contaba y que, a su vez, había escuchado de un tercero. Demasiados años, y, sin embargo, todo parecía seguir en su sitio. Las calles apenas habían cambiado. En las paredes de los edificios descubrí los mismos desconchones y las mismas grietas de entonces. Era como si nunca hubiese salido de Larache.

La antigua plaza de España, rebautizada en su día como plaza de la Liberación, continuaba siendo el destino obligado de quien entra en la ciudad, con su aire de matrona que protege en su regazo a quien busca el refugio de sus brazos acogedores. Los soportales, construidos bajo el perfecto compás de un ritmo de huecos y arquerías, seguían resguardando a los cafetines y a las tiendas del sol plomizo del verano. Únicamente la fuente y sus jardines habían cambiado por completo. Los lucidos azulejos celestes y alberos, tan andaluces y tan marroquíes, habían dado paso a una fuente anodina, casi estaliniana, ajena al entorno de fachadas blancas y azules. Incluso los peces de colores, que los niños solían admirar con fantasía, se habían muerto en la estanqueidad de un paisaje deforme. Algo paradójico, teniendo en cuenta que el primitivo nombre de Larache, al-Arà´is, significa jardín de flores.

Balcón del Atlántico. MI MADRE, FINA Y MALENI

Balcón del Atlántico. MI MADRE, FINA Y MALENI

Andaba por las aceras con la seguridad de quien camina por su barrio, junto a los vecinos de siempre. Ninguna cara me era familiar, pero ninguna me era ajena. Ocurría lo mismo con la brisa, que subía con suavidad desde los acantilados; podía reconocerla al sentirla en mi rostro, al olerla. En todo momento, sentía el martilleo de mi corazón, retumbando con impaciencia, y avanzaba con el inesperado entusiasmo de mi niñez, de golpe recobrada, que inconscientemente me había dirigido al Balcón del Atlántico.

Pasé junto al Castillo de San Antonio, abandonado a su triste suerte, sobreviviendo de rodillas, sosteniendo el peso de su ruina sobre unos muros calcinados y arenosos. Me asomé al Balcón para emborracharme con el verde esmeralda del océano, para sentir con más intensidad la caricia de su aliento, para escuchar el fragor suicida de las olas rompiendo en Ain Chakka. Aunque llegar hasta allí no era del todo casual. En realidad, existía otro motivo más poderoso: estaba ansioso por volver a la casa en la que viví gran parte de mi niñez. Tenía el Consulado español a mi espalda, y giré la cabeza a la izquierda, con el temor a no encontrarla. Pero el edificio continuaba en pie, algo más triste y, también, algo más viejo.

Mis padres en el Balcón

Mis padres en el Balcón

Su fachada de dos pisos, justo frente al Balcón, en la calle Mulay Ismail, estaba malherida, como el resto de los viejos edificios de la ciudad. Tenía varias cicatrices y parecía desangrarse. Me acerqué con la incertidumbre de saber si sus moradores me permitirían entrar en ella. Lo ansiaba y lo temía. Creía recordarla hasta en sus últimos detalles y venía dispuesto a comprobarlo.

Subí la escalera con lentitud. Todo se había hecho más pequeño, más accesible. Olía a especias y a carne de cordero. Me detuve en el rellano, frente a la puerta, frente a la misma puerta marrón. Me agarrotaba una especie de miedo absurdo, de temor indescifrable a algo borroso, pero mi mano derecha golpeó con los nudillos hasta que, desde del fondo del interior, alguien respondió con sílabas ininteligibles.

Lali, Sergio y Mari Angeles en los jardines del Balcón

Lali, Sergio y Mari Angeles en los jardines del Balcón

La hoja se abrió con timidez, apenas lo justo para permitir que el rostro de una mujer mayor, arrugado y pintado con henna, me estudiara con inquietud. Dijo algo en árabe. Como viera que no la entendía, acudió a su parco español, aunque finalmente me las ingenié para que entendiese que su casa fue mi casa y que le pedía permiso para entrar.

—Mi marido fuera. Sola…

Era una mujer a la antigua usanza, respetuosa con la costumbre y, por supuesto, vergonzosa, pese a la edad. Asentí, comprensivo. La mujer debió de ver mi desilusión en la forma en que bajé la cabeza o en cómo entorné los ojos, decepcionado y frustrado, y, sólo entonces, se atrevió a abrir la puerta del todo.

Assalam âleykum —dijo—. Sólo un momento, por favor —añadió enseguida, como para que supiese que era un gesto de cortesía extraordinario por su parte. Seguramente no quería que me demorase por si llegaba su marido.

Recobré el ánimo y le agradecí su amabilidad inclinando la cabeza. Pareció satisfecha, y me dejó entrar.

Balcón Atlántico de Larache - Sergio Barce y Antonio Abad

Balcón Atlántico de Larache – Sergio Barce y Antonio Abad

De la misma manera en que recuperé el ánimo, lo perdí al instante. Ya en el interior, no reconocí nada de aquel desolado páramo. Sus dueños estaban en obras, reformaban el piso, y habían derribado todas sus paredes. El suelo estaba cubierto por completo de escombros. Una gran habitación deforme y en ruinas, era lo único que yo veía desde la entrada. La mujer atisbó de nuevo mi fracaso, aunque en esta ocasión comprendió que era tan abrumador que no podría consolarme. De manera que, educadamente, se alejó unos pasos de mí para dejarme a solas con aquella devastación demoledora.

Seguí un buen rato allí, muy quieto, en medio de la soledad de sus paredes abatidas, con los pies aplastando trozos inertes de ladrillos y de cemento seco. El aire, denso y ardiente, estaba emborronado con el polvo que aún seguía flotando sin acabar de posarse. Maldije la hora en que decidí buscar mi antigua casa.

Di un paso, torpe, muy corto, y me detuve. En ese instante, a mi derecha, vi a mi abuelo Manuel, el padre de mi padre, que salía de su habitación ajustándose primero la boina y, luego, sus gafas redondas de monturas de pasta marrón.

—Me voy al Central a echarme un cafelito.

Balcón - Con mi abuelo Manuel Barce, y mi amigo Juan Antonio Martín

Balcón – Con mi abuelo Manuel Barce, y mi amigo Juan Antonio Martín

De pronto comprendí que mis pies aplastaban parte de mi pasado, que los recuerdos de aquella casa yacían en el suelo, agonizantes. Pensé que, quizás, después de todo, llegar ese preciso día era un quiebro inteligente del destino. Estaba siendo testigo de los últimos estertores de ese ayer que moría ante mis ojos.

Di otro paso, y luego otro, caminando sobre esos trozos de recuerdos quebradizos, sobre pedazos llenos de esperanza, de sueños, de risas, de melancólicos latidos. Pisaba con cuidado, como si pudiera aplastar por descuido un beso de mi madre, una caricia de mi padre hecha en la espalda de su mujer, un abrazo escondido al abuelo Manuel. Todo eso quedaba recluido entre los ladrillos rotos, bajo los montones del arenoso cemento. Intuí que, no obstante, las voces, las palabras, los susurros, seguirían oyéndose en el eco imborrable de la memoria.

Sin las paredes de las habitaciones, el rectángulo escuálido de esa casa se me antojaba irreal, podía ser cualquier edificio de cualquier parte del mundo o bien un cuadro de naturaleza muerta. Di vueltas en redondo, aturdido, confuso. La mujer marroquí parecía haberse olvidado por completo de mi presencia y se esforzaba ahora por llenar un saco con los escombros.

En el Balcón... Sergio, Juan Carlos y Javier

En el Balcón… Sergio, Juan Carlos y Javier

Pero, de improviso, en medio de ese territorio yermo y hostil, reconocí mi hogar. Estaba allá, al fondo, encarcelado en el marco de una ventana solitaria. En sus fronteras limitadas, el verde esmeralda del mar. Sin duda, era la ventana del salón de mi casa, aquella ventana a la que nos asomábamos mi madre y yo cuando oíamos el silbido inconfundible de mi padre al regresar a última hora de la tarde o cuando aguardábamos con ansiedad la llegada del camarero que traía en una bandeja plateada la paella recién hecha en el Casino.

Sergio Jr y Sergio Sr en el Balcón del Atlántico de Larache

Sergio Jr y Sergio Sr en el Balcón del Atlántico de Larache

Tropecé con un ladrillo, con un resto polvoriento de un pasado ya lejano, pero seguí avanzando atraído por la llamada ineludible de esa ventana. Estaba emocionado. Mi casa, toda ella, me esperaba en aquel reducido espacio, un espacio vacío con un paisaje a lo lejos. Pisaba, ya sin contemplaciones y sin complejos, todas y cada una de las vivencias de mis padres, de mi abuelo, las de mi infancia inolvidable, que habían quedado rezagadas allí mismo. Apenas me separaban de la ventana del salón dos o tres metros, pero en ese exiguo trayecto, tan intenso, tan increíble, comprendí que mi vida no podía entenderse sin el recuerdo permanente de aquellos días, que guardaba en mi interior más profundo sencillos e imborrables detalles: el olor de la almadraba, la algarabía que estallaba en la romería de la Patrona Lalla Menana, el fragor de las olas rompiendo contra las rocas del Balcón del Atlántico, la leyenda del Teatro España, la sensación del fango en mis pies cuando me adentraba en las aguas del Lucus, la Gaba, con el tumulto lejano de los jabalíes en estampida, la aventura que suponía cruzar en barca la desembocadura del río, percibir el olor a pescado y a especias que bajaba de las escalinatas del Mercado Central, la imagen del guerrab que se apostaba a la entrada de la calle Real ofreciendo su agua a los más sedientos, ese té con flor de azahar que tomábamos bajo la sombra del Castillo de las Cigüeñas, en el Jardín de las Hespérides. También comprendí que seguían vivos aquellos crepúsculos azafranados que contemplábamos embobados desde el Castillo de San Antonio, el eco del almuecín llamando a la oración o anunciando el inicio del ramadán, el bullicio de los estrechos pasajes de la Burraquía por los que correteaba con mis amigos, la música que escapaba por encima de los muros del Casino, las pantallas mágicas del Ideal, del Avenida y del Coliseo que me transportaron al viejo Oeste o a la legendaria Arabia. Me veía de nuevo subir la antigua calle Chinguiti, entrar en los jardines señoriales del Palacio de la Duquesa de Guisa, detenerme en el cafetín de la Estación de la Valenciana para tomar un café bajo las aspas gigantes y rancias de sus ventiladores agotados, saludar a Sor María que me vigilaba desde la ventana del Colegio Nuestra Señora de los Ángeles, volver a mi clase de los Maristas, pasar por el Colegio Luís Vives, llegar al Club Hípico y adentrarme por la arboleda del Vivero para tumbarme en medio de su silencio, sólo roto por el gorjeo de las tórtolas. Me daba cuenta así de que nunca llegué a alejarme del todo de las calles del barrio de Las Navas, que aún escuchaba el griterío de las gradas del Estadio de Santa Bárbara, que me veía correr una vez más por todas sus callejuelas con el ímpetu desbordado y la inconsciente alegría de la infancia.

Todo eso lo reviví en aquellos escasos minutos, unos minutos suspendidos en el vacío. Cuando logré llegar a la ventana, me detuve de nuevo, y me puse a tirar con insistencia del borde del vestido de mi madre hasta que ella me asió con fuerza de la cintura, me incorporó a la silla que tenía a su lado y, apretándome contra su pecho, nos quedamos en silencio mirando aquel horizonte verde esmeralda que se mecía allá abajo del acantilado, cadencioso, hipnótico.

Sergio Barce

De nuevo en aquella ventana de mi antigua casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

De nuevo en aquella ventana de mi antigua casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

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TÁNGER – 16 DE JULIO – PRESENTACIÓN DE MI NOVELA «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER» Y DE «UN LARGO SUEÑO EN TÁNGER» DE ANTONIO LOZANO Y «RELATOS AMERICANOS» DE SALJO BELLVER

El próximo día 16 de julio, a las 18:00 horas, en el Círculo de Artes de Tánger, por fin, mi novela La emperatriz de Tánger se presenta en Tánger. En el mismo acto, se presentarán la novela de Antonio Lozano Un largo sueño en Tánger, y el libro de cuentos Relatos americanos, de Saljo Bellver. Tanto Antonio como Saljo son tangerinos de nacimiento, y yo, que soy un larachense malagueño, los acompaño como escritor que se ha inspirado en su ciudad para escribir la novela. Así que agradecido de que me hayan «adoptado» como tanyaui.

Además del lujo de estar al lado de ellos, la presentación correrá a cargo de un novelista de prestigio y de peso: Luis Leante. Así que todo un honor.

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UN SUEÑO LA EMPERATRIZ RELATOS

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Y AHORA… UNOS MINUTOS DE PUBLICIDAD

Cuando descubro uno de mis libros entre las manos de un posible (o de un seguro) lector, creo haber logrado poner una pica en Flandes, y siento una especie de orgullo porque esa persona se haya interesado en mi obra, pero también la responsabilidad ante la incertidumbre de saber si mis palabras lograrán convencerlo de que ha acertado con su elección.

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PABLO CANTOS, HABLANDO DE MI NOVELA «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE»

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UNA SIRENA con MORAD Y MÓNICA

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Sergio, Julio y Pilar

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Sergio & Monica

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MALAGA - PRESENTACION DE UNA SIRENA SE AHOGO EN LARACHE

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MALAGA - FERIA DEL LIBRO

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MADRID FERIA DEL LIBRO 2013

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MADRID - CON EL ESCRITOR LUIS CAZORLA

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idea de carlos nieto

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A CONTINUACIÓN, MÁS IMÁGENES…

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«VIBRANTE HOMENAJE A ABDELLAH DJBILOU», POR LEONOR MERINO

 VIBRANTE HOMENAJE A ABDELLAH DJBILOU

Por Leonor Merino

(Drª Universidad Autónoma de Madrid, especialista en Literaturas del Magreb, traductora y ensayista)

LEONOR MERINO

LEONOR MERINO

Publicado: Tres Orillas, Algeciras (Cádiz), nº 13-14, Septiembre, 2009, pp. 177-179.

 

Este homenaje no es un libro in memoriam con artículos científicos, al que estamos habituados en el ámbito universitario, sino que está engarzado con narraciones, que se convierten en confesiones amistosas, de las vivencias -anécdotas compartidas-, con el añorado y destacado hispanista marroquí Abdellah Djbilou: su etapa de estudiante de doctorado en Madrid, su docencia en la Facultad de Letras de Tetuán de la que fue también vicedecano, su docencia luego en la Universidad del rey Saud de Riad y en la Escuela de Traducción de Tánger de la que fue director adjunto y, por fin, el retorno a su querido Madrid, como profesor jubilado y traductor de la embajada de Emiratos Árabes Unidos.

Éste es el recorrido que he efectuado -en alerta mi alma-, por las líneas de los textos que le han brindado quienes se han quedado en el desconsuelo de su ausencia repentina, pero también con el recuerdo del Amigo en las pupilas, para siempre.

Abre el estupendo libro -maquetado, diseñado e ilustrado por la probada sensibilidad de Saíd Messari-, los testimonios elegíacos de Fernando de Ágreda: “Lloro por tu pérdida/ Y por tanto silencio […] Lloro ahora por lo que fue/ Y por no haberlo cambiado […] Bailes y risas sin parar/ Que no he podido evocar/ Hasta hoy, cuando solo es/ Tiempo de llorar”. Rico en recuerdos permanece este arabista que, en su soledad y espontánea generosidad, desgrana una pléyade de profesores y lugares de las “dos orillas”, salpicada de acontecimientos al hilo de la evocación del Amigo perdido, instantes de juventud compartida, por tierras fasíes.

Alí Menufi, esforzado hispanista en la Universidad cairota de Al-Azhar -la más prestigiosa del Islam suní-, evoca el tiempo compartido con el amigo-colega, en la pionera programación académica de traducción e interpretación en la Facultad de Letras de Riad, traduciendo ambos al árabe La enseñanza de la traducción, bajo la dirección de Amparo Hurtado Albir de la Universidad Autónoma de Barcelona. Djbilou (Yeblí, Montañés o Montesinos como él decía), sólo permaneció allí tres cursos: “se salvó de la máquina infernal de hacer dinero”. Sus aspiraciones intelectuales eran otras.

Alberto Gómez Font, Coordinador General de la Fundéu, revive de la mano del amigo desaparecido las correrías y andanzas nocturnas por uno de los barrios más castizos de Madrid -Chamberí-, mostrando al mismo tiempo campechanía y desinhibición en su relato fraterno. Alberto conoció bien a Abdellah: el sueño perseguido largamente por ser padre -su culminación en Aimán; el regreso a la capital de España, viviendo en un piso, próximo al del amigo de aventuras, precisamente en el mismo viejo barrio donde había sido estudiante, cuando era un vitalista soltero; el Café Comercial -“su oficina”-, donde se inspiraba y escribía, donde veía pasar la vida, fumando, tras los ventanales del vetusto café-refugio. Sí, Madrid sin Abdellah no es lo mismo, para Alberto.

Mª Jesús Viguera Molins, reconocida arabista, hace referencia al porte apuesto, dinámico, y al amor tranquilo por las dos orillas del amigo ausente, al mismo tiempo que va destacando sus obras admirables. Y a él van dedicados tres poemas sobre Ixbiliya: la Sevilla andalusí por excelencia, tan amada por la dinastía taifa de los ‘Abbadíes, y “por todos envidiada”, como cantó y lloró, en su desesperación mortal, el rey-poeta al Mu‘tamid, ante tanta pérdida.

Precisamente una profesora de la universidad de Sevilla y hoy directora del Instituto Cervantes de Marrakech, Mª Dolores López Enamorado, festeja el valor de la memoria: “rescatar uno a uno los instantes vividos, hacerlos presentes y evitar así que el olvido borre el recuerdo a las personas con las que hemos recorrido una parte del camino”. Así, vuelven las imágenes de cuando era estudiante y fue generosamente recibida por Djbilou, por entonces vicerrector en la Universidad de Tetuán. Mas tarde, los trabajos mutuos compartidos y, siempre, su sonrisa, en la mirada, en sus gestos, en su mesura, que le delataba…

El insigne arabista Pedro Martínez Montávez, cabalmente, se refiere a que “no era sólo su sonrisa”… En un no muy lejano encuentro casual con Abdellah, por el barrio de Huertas en Madrid -cogollo intelectual del Siglo de Oro y corazón bohemio del Romanticismo-, el intuitivo arabista -zahorí del alma hispana y árabe- atisba un rictus entristecido en aquella sonrisa abierta, generosa, que siempre precedía al hispanista amigo. Entristecido, el arabista se pregunta si quienes dedicamos nuestro empeño y parte de nuestra existencia a “traducir” estamos capacitados para interpretar, descifrar, el dolor del Otro, que acalla por pudor o por evitar pesadumbre, desconsuelo, al Amigo. La sensibilidad, la ponderación en los trabajos de Abdellah Djbilou ya fueron loadas por su maestro, sobre todo en orientalismo modernista.

Si Mohamed El Madkouri -dinámico profesor del departamento de Lingüística de  la Universidad Autónoma de Madrid-, sentado en el seddari azul dorado de Abdellah y a su lado, se hubiera percatado de que el amigo compatriota se estaba yendo, hubiera “leído en vez de libros muertos en la biblioteca y que están siempre allí, uno vivo, sin ejemplar, que se estaba consumiendo…”. Djbilou, perteneciente a la generación del hispanismo marroquí de formación universitaria española y no francesa como sucedía hasta casi finales de los años setenta -como corrobora El Madkouri en su extenso y ponderado texto-, estaba dotado de una formación sólida, de una personalidad crítica, que se hallaba en su producción intelectual, como escritor, como antólogo, como traductor e intérprete profesional “que valora positivamente al Otro y lo hace dueño de su propio discurso”.

En el verano de 2004, atento y risueño, “sentado entre los alumnos como uno más”, permaneció este tangerino hispanista ante la conferencia de la profesora Maribel Lázaro Durán, originaria de Ceuta: una de las cautivas -junto a Melilla- en Al Ándalus wa I asîrâtâni fî I ibdâ´ al magribî al hadîza. Mujtârât chi`iriyya, obra de Abdellah Djbilou a la que trasladó uno de sus mayores anhelos: “el diálogo de la conciliación y el acuerdo, en el espacio común que nos aproxima a marroquíes y españoles”, en esos lazos que unen, que deberían servir a España de alqantara con el mundo árabe, desde hace largo tiempo. Anhelo del que se ha hecho portavoz esta profesora del departamento de semíticas de la Universidad de Granada que, en sus clases de Literatura Árabe Comparada, inculca a los alumnos el acercamiento a las obras de Djbilou -apellido algo difícil de pronunciar para ellos-, y a sus textos escogidos, “brillantemente”.

Sí, verdaderamente tenía una sonrisa contagiosa y un oído atento en la imitación de las entonaciones, de los dejes, de “los tangerinos populacheros”, para Malika Embarek López -excelente conocedora de la obra de Tahar Ben Jelloun-. Esta marroquí, traductora, fue testigo de la propuesta, “irrechazable”, que hizo Juan Goytisolo a Abdellah Djibilou para que tradujera Al jubz al hafi de Mohammed Choukri. Todo sucedió en Torrentbó, en la terraza de la masía -hoy inexistente- del escritor catalán: recuerdo lejano, brumoso, “tan impactante que a veces sospecho que lo he inventado”.

Y durante un Congreso sobre el Magreb que tuvo lugar en Sevilla, Rodolfo Benumeya Grimau -arabista y escritor que se nos fue sin llegar a ver publicado este homenaje- iba anotando los sentires surgidos entre él mismo y el amigo tangerino y marroquí, en definitiva andalusí. Ahora, era el momento de hacerlos públicos, aunque se inicien de “modo inconexo y terminen bruscamente”. Así, al hilo del escrito referido a las democracias, “control de los medios de comunicación” de Chomsky, o bien ante el titular “Árabes e Islam”, se van desgranando una visión del mundo y una esperanza también de Abdellah, “intelectual humano que, entre bromas y veras, se integraba por entero en las reflexiones sobre la humanidad y el tiempo que vivía”.

Del año 2001 data el encuentro de Paloma Fernández Gomá con el “hispanista que siempre estuvo cerca de la otra orilla que une el estrecho de Gibraltar”. Para dar prueba de ello, le envía su aportación manuscrita, Cien años de la visita de Pío Baroja y Rubén Darío a Tánger (1909-2003), para la revista cultural de ámbito internacional, Tres culturas, que iniciaba por entonces su andadura y de la que es directora esta escritora y poeta madrileña. Luego, muchos proyectos quedaron en suspenso: “Se fue en el mejor momento”.

Otro encuentro fortuito con el amigo Abdellah o Abdallah (“que sabe de las glorias e insuficiencias de la/s cultura/s hispánica/s”), por un barrio de Madrid, rico en esencia y costumbres -que pronto elegiría para vivir, soñar, pasear por sus aceras y parques asido a la manita de su único hijo-, da pie, a la exquisita sensibilidad de la conocida arabista y generosa editora, Carmen Ruiz Bravo, para volver a la Antología sobre Tánger en la literatura hispánica contemporánea, Tánger. Puerta de África, que ella misma editó, así como ofrece la ocasión para esbozar la semblanza de este ser, “solidario y solitario, sociable e intimista, observador atento y ensimismado vuelto hacia lo interior, esteta y vitalista quizá tanto como hombre de profunda dimensión trascendente, a través del arte y del espíritu”.

En 1998, hojeando las novedades literarias en una librería madrileña, Waleed Saleh compró la obra de Djbilou, Diwan Modernista. Una visión de Oriente que reseñó, largamente, en el periódico Al Sharq Al Awsat, en el que, por entonces, colaboraba este gran arabista iraquí de la Universidad Autónoma de Madrid. Sabedor de esta publicación, Abdellah le responde con diligencia, agradecido. Pasados los años, se conocen en Valencia, donde recorren la Albufera y Játiva, topónimos significativos, llenos de vínculos y vestigios árabes. El azar los une de nuevo en la Feria del Libro del Retiro madrileño, muy poco antes de marcharse para siempre, Abdellah: Recuerdos evocados con serena tristeza.

Un homenaje colmado de sentimiento profundo es el de Aziz Amahjour a su profesor-amigo: “tejedor de lazos entre lo árabe y lo hispánico”. En la Facultad de Tetuán-Río Martil y durante el curso 1985-86, un joven Abdellah -“sereno, profundo y preciso”- impartía clases de Literatura Española estableciendo comparaciones poéticas con la Literatura Árabe, al mismo tiempo que evocaba versículos coránicos, “nunca de forma gratuita y siempre con un escrupuloso rigor de método”. Aziz Amahjour, hispanista y poeta, nos recuerda el año de la publicación del Diwan modernista. Una visión de Oriente, coincidente con nuestra entrada en la Comunidad Europea -proclamada a bombo y platillo por nuestra televisión: “por fin somos europeos”-, como si Djbilou nos recordara que no debemos “volver la espalda” a una geografía compartida, “y a un pasado común que grandes monumentos (y muchos elementos no tan visibles) evocan y hacen presentes”. Como si, también, nos abriera de par en par una puerta desde Tánger, con “un quehacer y un arte en el que Abdellah va a destacar con gran maestría”. Emocionada despedida e infinito agradecimiento de quien fuera su alumno, por haber encontrado no sólo ayuda y apoyo en la orientación científica, universitaria, sino Amistad wa trahhumáti alaica.

Finalmente, Jaime Sánchez Ratia -escritor y traductor en las sedes de la ONU- describe con soltura y gracejo las largas caminatas compartidas con el colega-traductor marroquí por Nueva York -camino y vuelta del trabajo-, incapaces de adentrarse en los túneles del metro -“antesala del Averno”-. La brasa ígnea de su cigarro impenitente, parece ser que siempre delataba y antecedía a Abdellah. Esa manera de fumar característica de los marroquíes: “actividad que muchos de ellos consideran tan sólo compatible con ingerir ese café negro como la antracita, hipertenso e infartante que acostumbran a trasegar, de Ceuta para abajo, como si fuera agüita de la India”. Y, a veces, también llamaba la atención ese aire, como ausente, ensimismado en su propio mundo, “muy a pesar suyo”. Pero la sorna rifeña de Abdellah todo lo trastocaba con su risa abierta, contagiosa, que hacia darse la vuelta a los solitarios y madrugadores transeúntes neyorquinos, “todos provistos de sus bolsas de estraza, en las que transportan sus cafés resudados y sus bollos pringosos”. Durante una comida, en el inhóspito comedor de la ONU, mientras Abdellah recita de un tirón los versos de una elegía del ciego sirio Al-Maari, Jaime se percata de que “con lo que en él había de árabe se podían hacer al menos una docena de arabistas”, a pesar de ser hispanista.

Abdellah Djbilou, que contribuyó a cultivar semillas de comprensión y entendimiento entre los seres humanos con destreza y generosidad, mereció este sentido homenaje.

Un homenaje a la Amistad, un recorrido por la Memoria, una despedida que no quiere dejar lugar para el Olvido.

Un homenaje, para volver, ahora, a su obra. Descansa en paz, sadiki. Rahmat-Al-lah ‘alaica.

Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, ABDELLAH DJBILOU, Mohamed Akalay y León Cohen, en Larache

Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, ABDELLAH DJBILOU, Mohamed Akalay y León Cohen, en Larache

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SERGIO BARCE, NOUREDDINE BETTIOUL Y LEONOR MERINO

SERGIO BARCE, NOUREDDINE BETTIOUL Y LEONOR MERINO

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