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NÚMEROS 13-14 DE LA REVISTA «DOS ORILLAS»

HA SIDO PUBLICADA, EN SOPORTE IMPRESO, LA REVISTA INTERCULTURAL «DOS ORILLAS» (NÚMEROS 13-14), CON UNA EDICIÓN ESPECIAL DEDICADA DE FORMA MONOGRÁFICA A LA LITERATURA DE VIAJES BAJO EL TÍTULO DE “EL ESTRECHO DE GIBRALTAR: FRONTERA LITERARIA”.

Los números 13 y 14 de la Revista Intercultural “Dos Orillas”, que dirige la escritora Paloma Fernández Gomá, están dedicados de forma monográfica a la literatura de viajes, bajo el título de “EL ESTRECHO DE GIBRALTAR: FRONTERA LITERARIA».
Esta edición ha sido coordinada por José Sarria.

En este número colaboran ensayistas y creadores de primer nivel:

[1] ENSAYO
Abdellatif Limami, Antonio Bravo Nieto, Carmen Vidal Valiña, Enrique Lomas López, Jesús Fernández Palacios, José Antonio González Alcantud, José Manuel Benítez Ariza, José Juan Yborra Aznar, Juan José Téllez, Luis Alberto del Castillo, María Antonia López-Burgos del Barrio, Maribel Lázaro Durán, Mohamed Abrighach, Mohamed Ahmed Bennis, Mustapha Adila, Rafael García Valdivia, Rajae Boumediane El Metni y Sergio Barce.

[2] CREACIÓN LITERARIA (poesía)
Alberto Torés, Antonio Gala, Antonio Garrido Moraga, Aziz Tazi, Encarna León, Fernando de Ágreda, Francisco Morales Lomas, Jorge de Arco, José Sarria, Juan Cobos Wilkins, Juan Emilio Ríos, Juan José Téllez, Khedija Gadhoum, Manuel Gahete, María Victoria Atencia, Mohamed Ahmed Bennis, Mohamed Doggui, Nisrin Ibn Larbi, Nuria Ruiz, Paloma Fernández Gomá, Pilar Quirosa Cheyrouze, Rachida Gharrafi, Raquel Lanseros y Rosa Romojaro.

[3] CREACIÓN LITERARIA (narrativa)
Ángel Olgoso, Karima Toufali, Mohamed Bouissef Rekab y Sergio Barce.

[4] ÁLBUM FOTOGRÁFICO
Álbum fotográfico de las “Dos Orillas” realizado por el fotógrafo Pepe Ponce.

[5] ILUSTRACIÓN DE PORTADA
Ilustración del pintor campogibraltareño Juan Gómez Macías.

https://www.facebook.com/aceandaluciaescritoresandaluces?fref=photo

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POEMAS DE JOSÉ SARRIA

El Área de Educación y Cultura del Ayuntamiento de Roquetas de Mar viene publicando unos preciosos cuadernillos que dedica a un escritor. El número 33 lo está al poeta José Sarria, que en los últimos meses ha visto sus versos traducidos al árabe y al francés, tanto en la edición de su libro El árbol de la vida (Edit. Ayuntamiento de Alhaurín de la Torre) como en el de Inventario de derrotas – L´inventaire des défaites (Edit. Mar de Tanis). 

En el mencionado nº 33 de Aula de Literatura, que recoge varios de sus poemas, hay uno que habla del viejo Teatro Cervantes de Tánger y que Pepe dedicó a nuestro añorado Mohamed Sibari. 

Sergio Barce, enero 2015

TEATRO CERVANTES interior - foto Carlos Rosillo

TEATRO CERVANTES interior – foto Carlos Rosillo

TEATRO CERVANTES

de José Sarria

A Mohamed Sibari,

un verdadero resistente

En un lugar perdido

de la antigua medina

se eleva un alminar,

ayer templo de actores

y voces de comedia.

 

La puerta cerrada del viejo

teatro no sucumbe a los envites

del tiempo

o al desdén

de los que le visitan

que ni siquiera se deslumbran

con sus hermosos azulejos

o del nombre que cierra su fachada:

corona de otra época,

gloria de la metrópolis.

 

Es la imagen del que resiste,

como un bastión, la furia

del abandono,

y se asoma expectante,

al atardecer, sobre la bahía

(esperando lo que no llegará)

por si alguna goleta le trajese

noticias que anunciasen

el regreso de los actores;

aunque hay quien afirma

que ya no existen

actores en aquel lado del mar.

GRAN TEATRO CERVANTES

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AUDIO DEL POEMA «A LARACHE», DE CARLOS TESSAINER, EN LA VOZ DE JUAN ZARZUELA

Del pasado 14 de noviembre, cuando presenté mi libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente en Córdoba, recuerdo muchas cosas, y todas buenas: en especial la generosidad, afecto y complicidad de Ernesto Blanco, de Pepe Sarria y de Manuel Gahete; pero también aquella sorpresa que habían pergeñado dos larachenses como Ernesto y Carlos Tessainer a partir de unos versos de este último. Fue la versión por bulerías de su poema A Larache. Finalmente Ernesto Blanco, con Juan Zarzuela, cantaor, y Gabriel Muñoz, guitarrista, han conseguido volcarlo en una grabación de audio, y eso nos permite poder disfrutarlo de nuevo con todos vosotros. Aquí lo tenéis. Una pequeña joya, llena de emoción. Aunque quizá Carlos lo explica mejor en las siguientes  líneas…

                                                            Sergio Barce, diciembre 2014

ERNESTO BLANCO

ERNESTO BLANCO

Cuando nuestro paisano Ernesto BLANCO, Director del Conservatorio Profesional «Músico Ziryab» de Córdoba me pidió permiso para «musicar» mi poema «A Larache», no dudé en decir que sí. Había tres motivos de peso: para mí, era un honor inesperado; conocía a «Ernestito» desde que eramos niños (él no se acordaba de mí) y sobre todo, era una sorpresa que él le preparaba a Sergio en la presentación de su última novela en Córdoba, acto que iba a tener lugar en el referido Conservatorio.

GABRIEL MUÑOZ

GABRIEL MUÑOZ

No pude asistir, pero supe que la «musicación» a bulería, interpretada por el cantaor Juan ZARZUELA, acompañado a la guitarra por Gabriel MUÑOZ, había calado en los asistentes.

JUAN ZARZUELA

JUAN ZARZUELA

Desde entonces, esperé recibir una copia de la grabación. Si queréis que os sea sincero, tenía cierto «temor» a oir «musicado» lo que escribí una noche de desvelo de principios del mes de octubre pasado y, que envié a Sergio por si quería «colgarlo» en su blog. El mismo «pudor» que cuando ven la luz mis investigaciones históricas y, sobre todo, mis novelas. Ahora quizás más aún, pues iba a «oirme cantado».
Esta mañana al abrir el correo, vi que Ernesto me había enviado la grabación. Cerré la puerta de la habitación para quedarme a solas y que nadie oyese nada; y con el corazón palpitándome fuerte, la escuché. La escuché una, dos, tres veces. Luego dejé que la escuchara mi familia. Cuando lo hicieron conmigo, había ya asimilado la bulería; había «digerido» que lo escrito por mí, hubiera merecido la pena ser «musicado». Ya los ojos los notaba húmedos: ¡me llegaba al corazón!
Luego, a lo largo de la tarde, la he escuchado alguna vez más. No soy yo quien deba hacer crítica alguna. Eso, os lo dejo a vosotros. Sólo añadir mi agradecimiento a la propuesta que, no hace mucho tiempo aún, me hizo Ernesto Blanco; al extraordinario trabajo en la «musicación» de Juan ZARZUELA y Gabriel MUÑOZ. Y el que me permitáis sentirme enormemente orgulloso de que de alguna manera haya podido contribuir a que Larache, nuestro pueblo, nuestra tierra, tenga dedicada una composición «musicada» que ya es de todos nosotros.

                                                  Carlos TESSAINER Y TOMASICH

PARA ESCUCHAR LA CANCIÓN PINCHA EL SIGUIENTE ENLACE:

http://www.goear.com/embed/sound/448742b

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La letra dice así…

A LARACHE

Ciudad que codiciada
por reyes extraños fuiste.
Altanera, la envidiada:
a ellos siempre venciste.

Al océano volcada
de él siempre amiga.
Y el gran mar atronaba
de él jamás enemiga.

Los que en ti estuvieron,
moraron en tu corazón,
vibran, siempre sintieron
punzadas de emoción.

Atlántico es tu cuna
Hespérides tu morada.
Amante como ninguna
¡siempre la deseada!

Quienes nos alejamos
con pena, con gran pesar,
en los recuerdos buscamos
siempre un «mar» como tu mar.

Para ti tierra querida
querida, nunca olvidada,
¡cuán grande es la herida
de sentirte apartada!

Cual reproche no lo sientas:
de ti jamás me quise ir,
que como ciego a tientas
te sufro por no percibir.

Y Larache siempre en mente,
en mente y en el sentir
conmigo siempre presente
¡contigo siempre latir!

 

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«PASEANDO POR EL ZOCO CHICO, CON MI MANO COGIDA A LA DE SERGIO BARCE», POR JOSE LUIS PÉREZ FUILLERAT

El profesor, escritor y poeta José Luis Pérez Fuillerat, que ya hizo una reseña muy especial a mi novela Sombras en sepia, ahora lo hace con Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, y realmente me ha dejado impresionado por su intensidad y por la profundidad de sus palabras.
Al enviarme su reseña, me indicaba, entre otras cosas, lo siguiente (y es como otra pequeña reseña a modo de avanzadilla de lo que luego detalla a fondo):
«Querido amigo Sergio: te adjunto ese comentario que he terminado sobre tus relatos últimos. No sabes lo que he disfrutado leyéndolos. Como puedes figurarte los he leído dos y, algunos, hasta tres o más veces, pues me han enganchado desde las primeras páginas. Esos relatos hay que leerlos varias veces, como la poesía. No sirve para nada leer un poema una sola vez. Y esos relatos son auténtica poesía, porque tú eres un poeta.
La sensualidad que recuerdo de Gabriel Miró (El libro de Sigüenza), el detalle de los cuentos de Azorín, la facilidad para expresar la variedad de olores que dominan los ambientes (El perfume: historia de un asesino, de Patrick Süskind) el sentimiento nostálgico de un autor tan sincero, me han dejado honda huella. No te exagero si te digo que me siento ya un poco de Larache pues conozco casi todas sus calles (…)
Espero que te agrade mi comentario y sepas perdonar lo que se me haya pasado y que tú creas importante. Yo lo he pasado muy muy bien y por eso te doy las gracias. Un abrazo. José Luis P.F.»
Estas palabras ya me han supuesto una satisfacción enorme, pero su reseña hace que, junto a las que han escrito José Garriga Vela, José Sarria, Manuel Gahete, Víctor Pérez, Fuensanta Niñirola, Celia Corrons… piense que este libro ha merecido la pena escribirlo y publicarlo.
Sergio Barce, noviembre 2014

Jose Luis Pérez Fuillerat

Jose Luis Pérez Fuillerat

“Paseando por el Zoco Chico” con mi mano cogida a la de Sergio Barce

Por José Luis Pérez Fuillerat

En treinta relatos, aparentemente inconexos cronológicamente, y diferentes por su contenido narrativo, el autor cuenta y, sobre todo, describe personajes, espacios y vivencias personales en la ciudad de Larache.

Aunque pueda parecer que el yo del autor-narrador invade y domina la narración, el personaje no es otro que esa ciudad marroquí en la que pasó su infancia y primera adolescencia y que rememora en cada uno de los relatos, citando lugares, nombres y acontecimientos reales, pero elevados, en su recuerdo, a la categoría de verdaderos mitos. Es esta la lectura que interesa al lector de una crónica que, además de tener interés en sí misma, destaca por el modo de contarla. Quiero decir, una lectura más que en clave localista que, ciertamente existe, reflejando los ambientes concretos, nombres reales, familia y amigos del propio autor-narrador, una lectura focalizada en dos perspectivas: la sociológica y la histórica, junto a constantes fictivizaciones (S. Schmidt) y, por consiguiente, con abundante intención poética en ambos puntos de vista. Función estética que llama la atención de cualquier lector, pero que va dirigida a unos narratarios concretos, las personas que compartieron con este narrador autodiégetico su experiencia vital, y a todos aquellos que, aunque no participaran en las mismas peripecias, decidieron pasar a la península tras el final del Protectorado español en Marruecos, a partir de 1956.
Pero ¿cuáles son esos recursos de función poética que dominan en estos relatos de Sergio Barce y que convierten un libro, que podría parecer solamente memoria o crónica de un tiempo vivido, en unos relatos profundamente literarios? Pues residen, sobre todo, en las descripciones cargadas de emotividad y de sensualidad. Tan solo unos ejemplos de esto último en Mimo (2000). Vista: “Mimo se fijó en los ojos del soldado, eran grandes y apacibles”; el oído: “la voz de Driss era ahora tan profunda que resultaba arcana, milenaria, casi demoníaca”; el tacto: “Apoyó la espalda a la pared. La notó húmeda, algo fresca…”; el olfato y el tacto: “Hueles a ajonjolí y a hierba del prado –le musitaba Mustapha, mientras las manos bajaban por la cintura y se expandían como una flor de terciopelo sobre sus nalgas”; sinestesias tan expresivas como: “voz aguardentosa” (del viejo Driss), “chispas de odio”, “escupitajos llenos de veneno…”
Esta sensualidad recorre, aunando en cuerpo y alma, todos los relatos.
Pero vayamos por orden cronológico, paseando con lentitud, larachensemente, con esa señal kinésica propia de los hombres musulmanes que interpretan la amistad verdadera como hermandad; es decir, paseando por entre los relatos, con mi mano cogida a la del autor-narrador.

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Del año 2000 son Mimo y El Flaco. Dos de los relatos en los que predomina la regla “F” (fictivización). En el primero, breve e intenso, se entrecruza el recuerdo de un marido huido y un hijo muerto, con el quehacer diario de la vieja Mimo en un puesto del zoco, junto a la Puerta de la Medina, en la plaza de España. La ira y el egoísmo de un vendedor, Driss, choca con la generosidad del soldado que logra refrescar en la anciana los recuerdos de su marido y de su hijo.
El segundo, extraordinaria descripción de un personaje enigmático, intocable, con cierto poder delegado por algún otro más importante, con un rostro que da cierto miedo: “huesudo, cuencas hundidas… cabello rojizo” (por cierto, como dicen fue el cabello de Judas, y por eso en El Buscón, de Quevedo, se dice al describir al clérigo cerbatana: “de cabeza pequeña, pelo bermejo. No hay más que decir para quien sabe el refrán, ni gato ni perro de aquella color”).
De 2001 es Dukali, el niño que demuestra un amor enternecedor a sus padres. La felicidad puede estar en un simple regalo, un símbolo del deseo romántico de la ensoñación poética, un colgante con la luna, que regala a su madre: “Mira, mamá, te traigo la luna llena… y es solo para ti”. La sensibilidad del narrador se manifiesta, una vez más, en la descripción de los lugares en los que el niño Dukali, que “parecía insignificante e indefenso”, se sentía todopoderoso “sentado en el techo del castillo de San Antonio”. Los lugares descritos son abundantes: las salinas de Lixus, la Avenida Mohamed V, Iglesia del Pilar, Avenida Hasan II, cine Avenida, el río Lucus, Hotel Riad… Todo al servicio de un ambiente contado en tercera persona, pero en donde el narrador se hipostasia (se encarna de forma ideal) en el personaje.

calle Chinguiti y Cine Ideal - Larache

calle Chinguiti y Cine Ideal – Larache

También de este año es El Ideal. Narrado en primera persona, reproduce una visita a Larache y contagia al lector de esas vivencias, por la forma tan familiar de contarlo. Aparecen aquí dos de sus amigos, Laabi y Sibari, con los que se veía en el Café Central. Más tarde, en otra visita a Larache, fechada en un relato de 2013 (Sibari), ya comprobó lo que este le anticipó: “si vienes y no me ves, es que estoy del revés”. Efectivamente, en noviembre de este año murió el escritor, novelista, poeta y traductor larachense, Mohamed Sibari, uno de los fundadores de la “Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española”, gran amigo del autor.
Del año 2002 son tres relatos que podríamos definir como líricos, auténtica prosa poética: El corazón del Océano, Mina, la negra y El nadador.
En el primero hay exacerbación de los sentidos, colores y olores que se sintetizan y subliman en el deseo cumplido de ver el mar. Un narrador omnisciente, dominador de la historia, nos presenta al viejo Rachid que sueña con conocer el mar que siempre le describía su amigo Zacarías. Con su nieto viaja hasta la playa. Hay ecos de aquella tarde remota recordada por el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, en “que su padre lo llevó a conocer el hielo” (Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez). Es el mismo sueño por contemplar lo que se conoce relatado y que se desea hacer realidad. Así también el viejo Rachid sueña con ver un “espectáculo de fuerza primitiva que le hiciese temblar” mucho más que “algo pacífico y sosegado como la de la otra banda”. Y cuando logra ver “una inmensa arena blanca salpicada de matorrales, que asomaban por las pequeñas dunas” queda decepcionado porque la narración de su amigo Zacarías en nada se parecía a lo que estaba viendo. Sin embargo, conforme se dirigía hacia el mar y se adentraba en sus aguas, la sensación que experimentó fue la del paraíso prometido por A’láh (sea siempre alabado). No se adentró en el mar para quedarse allí y morir, como un lector romántico podría creer -y el nieto Ahmed llegó a sospechar-, no. Rachid Ben Hassan recibió una especie de bautismo, que le hizo salir del agua reconfortado. Puso en su oído la caracola que le acercó su nieto y, así, pudo admirar “esa ingente belleza encarcelada en una jaula tan diminuta”.
Con unos kines muy significativos, finaliza el relato: piernas cruzadas; mirada entregada, silencioso, temblando…
En Mina, la negra, vuelve al punto de vista subjetivo. Describe el mundillo que pulula por el mercado: un viejo tullido, un ladrón, tamboriles y chirimías, danzarines, un ciego y, sorprendentemente, el propio autor, el niño Sergio con sus escuálidos ocho años, “con cara de hambre”, según lo vio la bella Rachida Ben Hassen, su madre marroquí, su segunda madre. Mundo sensorial recurrente: “turbantes blancos, azules o grises, chilabas pardas, caftanes verdes, celestes, amarillos y rosas; Mina tenía una piel tersa, oscura; los aros tintineaban en sus orejas; sonido estridente de tamboriles y chirimías; olores a hierbabuena, cilantro y pimienta; olor del cuero, del tinte, de la fruta y del salitre; de los mulos, de los camellos, y de sus excrementos”, junto con los más agradables “del pachuli, del sándalo, del agua de rosas o del agua de azahar; del sudor, de las especias, de los perfumes y de los dulces de dátiles y almendras tostadas; de la miel y el olor a crepúsculo”. En definitiva, alimento “de puro olfateo”.
Quizás sea este relato el que mejor refleja el paseo por el Zoco Chico, que es el título general del libro.
En El nadador, un antináufrago, un inmigrante fallido, que nunca consigue llegar a la otra orilla. Nadaba sin descanso, seguro de sí mismo, soñando con llegar a Europa, entregándose “a las caricias del océano, dejándose llevar por su propio entusiasmo”, ver al Real Madrid y pedir un autógrafo a Roberto Carlos. Pero, curiosamente, el patrón del barco pesquero que lo recoge y que es seguidor del Barça, no le hace ningún caso. Hakim vuelve a nado a su arena, pudiendo contemplar la estampa de su pueblo y regresar junto a su familia. Un relato que sintetiza la idea del regreso, la identificación con el origen, el deseo que todo emigrante tiene de volver, una autoanagnórisis, para reconocerse en sus raíces.
El primer regreso, Moro, Últimas noticias de Larache, Al otro lado del Estrecho, Abdelazziz y Solo quiero remar son del año 2003. En todos estos relatos lo autobiográfico domina lo narrado. Al lector le parece que el narratario es el propio autor-narrador, para servirle de catarsis, purificación de todos sus nostálgicos recuerdos. Una concatenación de emociones en las visitas a Larache: regreso por primera vez a su pueblo, después de quince años y, frente a la decepción de ver casi destruida, abandonada, su casa, en la ventana solitaria, pudo reconocer su hogar (la parte por el todo, en una sinécdoque emotiva y, además imagen muy cinematográfica la del hogar encarcelado en el marco de la ventana).

En Moro narra la salida de Larache con su familia, navegando en el Ibn Battuta, barco que recibió el nombre del viajero más importante del siglo XIV y que ha significado tanto en los viajes por el Estrecho.
Resulta imposible reprimir una lágrima al leer este pasaje de la despedida. Refiere “un mar de nombres” de amigos y familiares. Pero en uno de esos viajes de regreso, el hombre del carrito, Abdellaziz, le reprocha el haberse ido de Larache. Es este personaje, junto con el sabio Sibari la pareja de amigos que siembran en el autor-narrador la esencia de ser marroquí, pues ve en ellos cumplido, de manera estricta, el hannan; es decir, el sentido musulmán de la hospitalidad innata, la generosidad, el candor y el perdón hacia el que te hace daño.

El espigón y la otra banda - Larache

El espigón y la otra banda – Larache

El yo domina en todos estos relatos de 2003. En Solo quiero remar cita a sus amigos, con nombres y apellidos para volver a la realidad histórica. Le sirven al autor-narrador de terapia, pues parece como si tuviera sentimiento de culpa por haber tenido que abandonar aquel pueblo. Los olores, una vez más, están ahí para el recuerdo más lírico, más intimista: “Abdussalam olía a sudor marino, a esfuerzos sin recompensa, a sueños embarrancados. Su olor era el almizcle de Lucus y del Átlántico, del azúcar y de la sal, de las redes encanecidas y del humo de los cangrejos cocidos”.
Puente entre estos relatos de los primeros años del 2000 y los escritos a partir de 2011, son los titulados, Un paseo por la Medina de Larache (2005) y Los herederos de Al-Ándalus (2007). Si dije al principio de este comentario que hay dos posibles lecturas en este libro de Sergio Barce, a saber, la sociológica y la histórica, aquí tenemos un modelo de estas dos perspectivas: por un lado la visión de un Larache desatendido, con deterioro de sus edificios más emblemáticos (2005); por otro, la historia de Al-Ándalus (2007), desde la expulsión en 1495, hasta la instalación en Larache de sus protagonistas, un musulmán, Ahmed Ben Hassen el Hakhdar y un judío, Salomón Samun, y la perspectiva social mediante la constatación de la tolerancia y la convivencia entre las tres religiones. Una historia breve e intensa de Larache, la antigua Lixus, desde el primer asentamiento de judíos y musulmanes hasta el posterior de moriscos en esta tierra, el “Jardín de las flores” o de las Hespérides. Tres idiomas y tres religiones, creando un lenguaje propio y genuino, la haquetía, emparentado con el ladino, mezcla de hebreo, castellano antiguo y árabe dialectal. Una confesión final muy emotiva del autor-narrador, conmueve al lector: “nadie es forastero en Al-Ándalus de Larache […]. Yo vengo de allí”.
Entre 2011 y 2013 están el resto de los relatos de esta extraordinaria compilación de experiencias, vivencias y emociones de un autor que tiene el corazón en el Océano, el alma en Larache y todo su recuerdo asentado, y germinando, en la ciudad definitiva, la Ciudad del Paraíso, como llamó Vicente Aleixandre a Málaga.
Ellos vuelven a Larache (2011) es un homenaje a su padre y a otros miembros de su familia. Curioso el nombre de la tienda que regentaba el padre del autor, La Bandera Española. Resulta obvio el comentario acerca del nombre con el que se hace confesión, desde la entrada a ese comercio, de la españolidad de su dueño.
Ramadán en Larache (2011) es un canto a la libertad de la infancia y la toma de posesión de la ciudad por los muchachos en bicicleta, sobre todo en el mes del Ramadán en el que “éramos los dueños de las calles de Larache”, tan libres y dominadores de sus plazas como para sentirse “los emperadores de Lixus”.
De 2012 es Esa foto de la otra banda. Relato de los QUÉS, es decir, de las preguntas: no sé qué año, qué sentiría, qué notaría, cuál es dureza… como interrogaciones retóricas, haciendo partícipe de las respuestas a algún confidente que también participara de esas mismas vivencias. El presente histórico potencia las imágenes del recuerdo para hacerlas más reales: “salgo del agua; me zambullo en el agua; nado hacia la orilla; Fátima me mira; me acerco de nuevo al espigón; me dirijo a las casetas; ayudo a Ahmed; llegan los amigos; huelo a salitre”…En definitiva, todo un recorrido por aquella playa, que vuelve a disfrutar contemplando la foto.
Otra foto, la de Mohammed, el niño de Alhucemas (2012) sirve para recordar a este niño, adolescente y mayor en diversos acontecimientos vividos con la familia de los abuelos maternos del autor. La historia del niño Mohammed es motivo para citar nombres de sus familiares y para que el lector conozca dónde nació y cómo en el año 1973 salió de Larache hacia Málaga donde ya vivían sus abuelos. Es la crónica de un viaje, que contiene también, brevemente, el episodio de los años de la guerra civil española vividos por su familia en Larache.
Voy a detenerme en dos relatos más: el titulado Larachensemente y el que aparece en los finales del libro: Larache sin Sibari.
Del primero hay noticias ya en El callejón sin salida (2013). Los chicos se sentaban a observar cómo jugaban a la damas los hombres del Casino y lo hacían larachensemente, es decir, con calma, sin prisas. Luego una descripción modélica (muy apropiada para un análisis-examen de texto universitario), en donde se nos dibuja “el callejón de abajo«, el callejón sin salida de sus juegos y aquella pared que cerraba el callejón con la voz de su madre que lo llama: «¡Sergio, a merendar!”
Vivir Larachensemente (2013) es no tener prisa para casi nada. El diálogo entre los protagonistas de este relato es muy vivo, pero las actitudes son muy lentas, según las palabras reflejadas en el texto: “Al que madruga, Dios no le ayuda”.
El poeta, periodista, novelista y traductor Mahamed Sibari nació en Alcazarquivir, provincia de Larache, en el año 1945 y falleció el 28 de noviembre de 2013. Nueve días después de su muerte, Sergio Barce visita Larache, Larache sin Sibari. De una forma reiterativa, poética, y como si esa recurrencia fuera un pesar profundo por no haber podido estar junto a su amigo Sibari antes de su final, el autor-narrador repite “este fin de semana lo he pasado en Larache”. Como si hubiera sido el tiempo más triste vivido allí, en contraste con todos los recuerdos alegres que ha reflejado en los anteriores relatos. Sibari también se fue larachensemente, “se ha ido despidiendo lentamente”.
Este lector ha de confesar que ha releído estos relatos también lentamente y procurando no soltarse de la mano del autor-narrador, tal como hacen los amigos musulmanes cuando caminan por las calles de las ciudades, pues para los que siguen el Corán la amistad es un vínculo, se considera la mitad del intelecto y, en cierto modo, es parentesco que se adquiere.

As-Salamu Alaicum
Evenu Shalom Alehem
La Paz sea con vosotros
Málaga, 10 de noviembre de 2014

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

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