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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN EN CÓRDOBA DE «PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE»

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

El viernes pasado se presentó mi libro de relatos Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, en el Conservatorio Profesional Músico Ziryab, en Córdoba.
Cuando entramos, un rumor de agua, el de una fuente, susurraba como fondo, creando ya desde el inicio ese ambiente encantado y encantador de los patios árabes. Durante todo el acto, esa caída de agua ronroneante nos hizo compañía, y el efecto fue precioso.

Antes de comenzar, los asistentes llegando al auditorio del Conservatorio Profesional Músico Ziryab

Antes de comenzar, los asistentes llegando al auditorio del Conservatorio Profesional Músico Ziryab

El director del conservatorio, Ernesto Blanco, que cuidó hasta el más mínimo detalle, prueba de su afecto y de su amistad, comenzó dando lectura a dos pequeños textos: el que Gabriela Grech ha incluido para la presentación de su exposición fotográfica que se inaugura el 4 de diciembre en Madrid, y otro que Ernesto me había encargado para resumir en unas líneas cómo fue la convivencia de las tres culturas en el Larache que conocimos en nuestros años. Lo leyó todo con mucha emoción, mientras en la pantalla que teníamos detrás aparecía la letra del poema escrito por Carlos Tessainer titulado: A Larache.
De pronto, todo era larachense en ese magnífico espacio cedido tan generosamente para presentar el libro. Y todo transcurría larachensemente.

El cantaor Juan Zarzuela y el guitarrista Gabriel Muñoz interpretando "A Larache" de Carlos Tessainer

El cantaor Juan Zarzuela y el guitarrista Gabriel Muñoz interpretando «A Larache» de Carlos Tessainer

Ernesto Blanco lo había planteado todo como una grata y cálida sorpresa, y lo consiguió. Cuando presentó al guitarrista Gabriel Muñoz y al cantaor Juan Zarzuela, estaba convencido de que nos brindarían algunos temas flamencos de su repertorio, pero me equivocaba. Habían estado trabajando esos días para convertir el poema de Carlos Tessainer en una original bulería. Espectacular. Gabriel tocó de una manera brillante, y Juan Zarzuela dejó el alma en su interpretación. Además, la composición musical era sencillamente fantástica. Vibramos con la letra, con la música y con la voz.

Interviene Ernesto Blanco

Interviene Ernesto Blanco

A continuación, tanto José Sarria como Manuel Gahete entraron a analizar mi libro. Y como no podía ser de otra manera, lo hicieron insuflando cada palabra de poesía.

No sé cómo expresar la admiración y el respeto que me merecen. También ellos derrocharon la generosidad que los caracteriza, y me regalaron su categoría intelectual y los detalles de su amistad. Me sentía un privilegiado al escuchar sus palabras. José Sarria me emocionó en algunos momentos. Había preparado una presentación en la que, de manera muy natural, insertaba párrafos de mis relatos, y llegó a conseguir que mis historias me llegaran como si no las hubiera escrito yo sino alguien que me observaba desde el tiempo. Hube de tragar saliva en varias ocasiones. Me tocó de lleno. Y luego, Manuel Gahete cogió el testigo y abrió nuevos secretos que, sin que yo lo supiera, habitan en mis cuentos. Ya advirtió de que era inevitable que algunos detalles se solapasen entre lo que había dicho José Sarria y lo que él iba a desgranar, pero no obstante demostró que, aun siendo eso cierto, era capaz de sacarle otro jugo a mi libro. Estuvieron brillantes, lo que tampoco me podía sorprender.
(Tras esta breve crónica tenéis los textos completos con sus intervenciones, ya digo que vibrantes y brillantes)

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Entre los asistentes, como siempre, buenos amigos, y algunos larachenses. Tal y como dije en mi intervención, que cerraba el acto, tenía en la sala a dos de los personajes que aparecen en algunos de los relatos: Miguel Álvarez y Charo Matamala. Las anécdotas brotaron naturalmente. Parte de mi familia. Emocionante, por muchas razones, volver a encontrarnos y revivir, aunque fuera a través de los relatos, aquellos inolvidables años de Larache.

(Al final de este post, tenéis una pequeña galería fotográfica que iré actualizando a medida que me lleguen las imágenes).
                                    Sergio Barce, noviembre 2014

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Interviene José Sarria

Interviene José Sarria

Paseando por el Zoco Chico

visto por José Sarria

El escritor es el único ser que llega a alcanzar la conciencia de haber sido expulsado del Paraíso. Es capaz de ver -más que de mirar- que nuestro destino es un desarraigo, una “excursión hacia la muerte” (al decir de Benedetti) que tiene su inicio con el exilio del Edén.

El poeta chileno Nicanor Parra lo describió magistralmente en su poema Advertencia al lector: “El cielo se está cayendo a pedazos”. Desde esa posición, todo creador pretende establecer un nuevo orden, su personal cosmogonía, mitificación de una armonía que ha de regir, a partir de ese instante, su mundo propio.

Dice la Sagrada Escritura que Dios necesitó de seis días y sus seis noches para fundar su universo: la bóveda celeste, los océanos, las semillas y árboles según su especie, los seres vivientes de la tierra y los mares y, al fin, el hombre a su imagen y semejanza. Nuestro escritor, Sergio Barce, que no posee la omnipotencia del Todopoderoso, se ha entregado –por imitación al Hacedor- al trabajo hercúleo de reconstruir su particular orbe, desde el vigor y la resistencia de los héroes y los titanes.

Sergio, nació en la ciudad norteafricana de Larache, en el año 1961, y como otras familias españolas que vivían en la zona del Protectorado español de Marruecos, la suya se ve obligada a abandonar la que durante décadas había sido su casa, su tierra. Esta “expulsión” del Jardín de las Hespérides, de su particular Paraíso, va a significar para el escritor la imperiosa necesidad de volver a crear su mundo, de volver a restablecer el orden perdido. Y a esa tarea se encomienda durante, no seis días, sino quince largos e intensos años para ofrecernos, hoy, este su nuevo universo, la recreación de su personal Edén, a través de treinta relatos que reconstruyen, con la paciencia infinita de un taxidermista, desde el caos de los recuerdos, desde las cenizas del olvido, una ciudad elísea en donde conviven Mina, la negra, esa que “tenía una piel tersa, oscura, heredada de sus antepasados que vinieron de más allá de Chinguetti y aún más allá de Tombuctú”, sus padres paseando con el carabina de Mohamed Sibari, Luisito Velasco, Javier Lobo, Lotfi Barrada, César Fernández o Pablo Serrano: el escuadrón de la muerte que recorría libremente las calles de Larache al llegar el mes sagrado del Ramadán, o el carrillo del señor Brital, apostado a la puerta del Cine Ideal, codiciado tesoro del que afloraban las garrapiñadas en cartuchos de papel estraza. Brital nunca visitó la sala de cines, pero al igual que Sergio Barce había “visto otros mundos a través de los ojos de los niños”.

Sergio se convirtió en el “moro” (así lo bautizó “El Pichi”, hermano marista de su primer colegio malagueño), en el proscrito que cruza el Estrecho con su familia en aquel Renault 10 amarillo, cargado del miedo a la frontera, tras el abandono de la “ciudad de oro”, Larache, Al-Arà´is, el jardín de las Flores, espacio mitificado y edénico, cuya luz hace que “quedes atado de por vida”: el Balcón del Atlántico, “la aventura que suponía cruzar en barca la desembocadura del río –Lucus-, percibir el olor a pescado y a especias que bajaba de las escalinatas del Mercado Central”, “el té con flor de azahar que tomaba bajo la sombra del Castillo de las Cigüeñas”, los dulces de chuparquía, las lágrimas de Abdellazziz Hakhdar –quien sembró en Sergio el espíritu del hannan– o la dulce melodía de Mamy Blue que sonaba diferente en los labios de Fatimita.

A lo largo del destierro Sergio Barce dejó de ser “el rubio” para transmutarse en un magnífico novelista: la mano creadora de un querubín que iba a desafiar el destino del exilio de los dioses. En el año 2000 publicará su primera novela, En el Jardín de las Hespérides, en 2004 vio la luz su segundo libro, en esta ocasión una colección de relatos, Últimas noticias de Larache y otros cuentos, en 2006 su novela Sombras en sepia, en 2011 se edita Una sirena se ahogó en Larache y en julio de 2013 ve la luz su quinto libro, la novela El libro de las palabras robadas.

Ha sido Primer Premio de Narrativa de la Universidad de Málaga, con el cuento El profesor, la vecina y el globo de plástico, ganador del Primer Premio de Novela Tres Culturas de Murcia con Sombras en sepia y Finalista del Premio de la Crítica de Andalucía con Una sirena se ahogó en Larache.

Pero Sergio precisa de continuar su ciclópea obra, la de consumar la edificación de su particular universo. Por ello, finalmente, en el presente año nos hace entrega del texto que nos convoca, Paseando por el Zoco Chico, larachensemente.

Un libro que sintetiza, a la perfección, el verso del poeta granadino Fernando Valverde: “Podéis mirar el mundo –o mi mundo- a través de mi llanto”. Sergio ha cerrado el círculo, el lugar en el que se concita el dolor humano de los expulsados, desde la recreación de la narrativa del recuerdo y del naufragio por lo que contemplan sus ojos, optando por construir, desde un acendrado intimismo, un texto épico, heroico y solidario en el que todos los recuerdos, la experiencia vivida y el acontecer del pasado se engarzan como un magma lírico para constituir al relato, desde la memoria universalizada, no como fragmento de la vida del autor, antes bien como realidad transfigurada. La historia deja de ser un simple acta notarial, mera crónica autobiográfica, para evolucionar con el recurso de la memoria, de donde van emergiendo y resucitando personajes, recuerdos, imágenes, experiencias, el abuelo Manuel y la abuela Salud, la nueva casa de la Unión Bancaria Hispano Marroquí, el bazar de El Hachmi Yebari, las arquerías y cafetines de la antigua Plaza de España, el guerrab a la entrada del Zoco Chico o el poster de Eddy Merckx escalando la montaña, enfundado en su maillot amarillo, que presidía la tienda de bicicletas del señor Yasim.

Escribía Jaroslav Seifert que “recordar es la única manera de detener el tiempo”. Sergio Barce posee el talento de contar las experiencias para hacer posible el conjuro del milagro creativo: la inmortalidad de los personajes y los espacios desde el instante en que nuestro autor logra universalizar a los protagonistas, a los lugares vividos y convertirlos en nosotros mismos, hacer posible que nos identifiquemos con ellos de tal manera que nos llevan, también, a nuestros recuerdos, y nos sanan, y nos redimen, y nos salvan. Sergio ha detenido el tiempo, rescatando del salón del olvido a todos aquellos que conformaron su infancia y su adolescencia para hacerlos inmarcesibles.

El mundo, su mundo, ha sido creado, concluido y “esta tarde solo hay tiempo para caminar, solo hay tiempo para dejarse llevar, no hay destino, no hay prisas; la Medina de Larache te arropa, tranquila, amablemente, y vuelves a ver otro espectro que te saluda con la mano y te sonríe, igual que hacía tu abuelo cuando te esperaba en la calle Real, otra vez en la calle Real, con todos ellos…”. La abuela Salud ya se ha marchado, y la madre, y Sibari. Pero siguen junto al Balcón del Atlántico, por siempre, contemplando el azul oceánico, respirando la brisa de un mar que les pertenece. “El Café Central de la Plaza de la Liberación sigue cerrado. Ya no hay mesas alrededor de su fachada. Tampoco hay voces pidiendo a Hamid té, café o una botella de agua Sidi Alí. Ya no hay nadie que pida permiso para sentarse al lado de Sibari, ni de ninguno de los parroquianos habituales”. A pesar de ello, hoy han vuelto. Sergio los ha convocado y al conjuro del dios rebelde van tomando asiento y ocupando los espacios, las calles, las plazas. Incluso hay quien afirma que la señora que caminaba delante de todos ellos, puntual, cada tarde, altiva, orgullosa, con una chilaba negra ceñida, los ojos inmensos enmarcados con el khol y de labios afrutados: una diosa, una estrella caída del cielo, como la llamaban Abderrahman Lanjri, Tribak, Kasmi o Yebari, se ha convertido en un ángel, en una musa que sigue paseando su hermosura ante tan ilustre concurrencia, gracias a la mano vivificadora de Barce.

En Larache han resucitado los recuerdos de Sergio Barce. Allí queda “una silla junto al portal del edificio del Café Central. Una silla abandonada que nadie ocupará jamás”. Pero existen, junto a los vacíos, los sueños del novelista, su mundo, la antorcha que mantiene vivos lugares y personajes, un Paraíso que los rescata hoy y siempre y los hace eternos e inmortales. Larache es la nueva Jerusalén en donde sigue esperando el poster de Eddy Merckx, la “sonrisa endiamantada” de su madre, un cuscús recién cocinado por Mina o las películas francesas del Cine Ideal, en una ciudad de oro a la que “quedas atado de por vida”.

Y ahora -siguiendo la hospitalaria invitación del señor Beniflah-, todos los que quieran pasar, que entren. Todos los que deseen comer, que pasen”.

Este es el mundo que Sergio Barce ha creado para todos, su legado, el testamento que ha construido a lo largo de quince prodigiosos años y que nos entrega como testimonio de resistencia “a través de los ojos del niño que fue”, tal y como le enseñó Brital, el vendedor de chucherías.

Ahora, alcanzado el séptimo día, el creador de mundos, Sergio Barce, toma asiento en alguna de las sillas vacías del Café Central, escucha, larachensemente, las bromas de Sibari y de Akalay y sonríe satisfecho. Saborea un té con flores de azahar, mientras suena de fondo, diferente, angelical, la melodía de Mamy Blue, y vuelve a sonreír porque sabe que su misión ha terminado.

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Interviene Manuel Gahete

Interviene Manuel Gahete

Paseando por el Zoco Chico
Larachensemente
visto por Manuel Gahete

Resulta redundante volver a insistir en la prodigiosa capacidad narrativa de Sergio Barce que ha quedado palmariamente demostrada en todos y cada uno de sus libros precedentes, creando un universo privativo cuya exégesis ha sido perfectamente desentrañada por José Sarria, a quien me une, desde hace mucho tiempo, la pasión por la palabra y por la vida. Casi desde sus inicios he seguido la trayectoria de Sergio Barce al que he visto crecer en expresividad narrativa y horizontes temáticos. Con idéntica maestría ha manejado los asuntos costumbristas, el relato sentimental o la novela con tintes de misterio, creando atmósferas singulares que determinan un estilo.
Ahora nos enfrenta a un conjunto de treinta relatos plenos de humanidad y tallados por el buril más diestro en belleza literaria. Tanto el breve prólogo del autor como la portadilla nos revelan que se trata de una colección de textos escritos en el transcurso de quince años, algunos ya publicados en libros, revistas o su propio blog, envidiablemente activo, y otros inéditos que, por su eje temático, la ciudad de Larache, debían publicarse compilados.

Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente aviva mi imaginación. Aunque para su autor representa la evocación de un espacio conocido, la impronta de las sensaciones y emociones que regresan a la memoria de lo ya aprehendido y entrañado; para quien les habla es un viaje por regiones abiertas a nuevas sensibilidades y miradas, relatos donde se narran experiencias y se describen personajes ajenos al transcurso de esta cotidianidad a la que nos habituamos muchas veces por inercia o desidia, o tal vez no tan lejanos ya que las huellas del contagio reflectan todavía en los lucidos azulejos, tan andaluces y tan marroquíes; una estrecha relación que nos funde de idéntico modo en el recuerdo de un taller de bicicletas como en la añoranza del abuelo Manuel, y nos busca tan dentro de nosotros que tal adentramiento me provoca una fascinación inusitada, el utópico anhelo de las culturas conviviendo pacíficamente sobre credos y lenguas.
Puedo decir que mi corazón y entendimiento se han enriquecido dejando que calen en ellos las emocionantes historias relatadas por quien las ha vivido intensamente y las ha recreado como materia de escritura tras la lenta e imperceptible metamorfosis que va deshaciendo la incertidumbre en certeza, la intemperie en cobijo y la inconsciencia en profundidad; hechos reales reconstruidos en el crisol de la palabra, amasados en el cosmos vívido de la literatura, pese a todas las controversias, la más fiel aliada de la historia. Pero también me ha ayudado a comprender al otro, lo que en definitiva conduce al famoso adagio clásico que nos incita inexorablemente a conocernos, con el firme propósito de convertirnos en personas más abiertas, tolerantes, solidarias y generosas.
Y esto acontece porque cada relato modula una vibración humana capaz de conmovernos, ya sea la minuciosa descripción de los ambientes, los trazos efectivos de los personajes o la delicada filigrana que va enhebrando caracteres y espacios en una fascinante mezcla de desolación y ternura. E hilvanando el entramado del discurso, punzadas rutilantes de vocablos que estallan en nuestros oídos como trizas de nieve, como briznas de fuego: tyyar, hezira, jay, guerrab, susi, litam, bacalito, jaique, djinn, aduar, bálak, tzáyer, harira, chuparquía, yámâ, ayi, flus, barakalofi, khol, shukran, mejaznis, hannan, safi.

Larache se convierte en el centro del universo. La luz blanca, húmeda, salada, límpida, transparente, casi pura, embarga las razones de la dolorosa despedida, obliga al retorno necesario, enerva el carisma de las evocaciones donde campea con inefable ímpetu la sensación de que todo ese mundo te pertenece. Y sobre este territorio insondable, que se alumbra de pronto como si la noche fuera incapaz de proteger su sueño, los personajes y sus pasiones fluyen desbordantes, mezclando lo narrado con lo vivido, el autor con el agonista, la actualidad con la memoria, el recuerdo con el olvido, porque –como escribía Shakespeare– “conservar algo que me ayude a recordarte, sería admitir que te puedo olvidar”.

Acudo a las palabras de Sergio Barce para penetrar en los misterios: “Me sorprende qué es lo que retenemos en nuestra memoria”. Pero más arcano incluso es lo que somos capaces de expresar ya que en definitiva toda obra literaria es un problema de expresión y su lenguaje aspira a revelar emociones, a perseguir sueños, a recobrar imágenes, impresiones virtuales en definitiva que pasan de ser meramente referenciales a altamente connotativas, dejando expeditos la exultación, el pesar y la añoranza, claves axiales en la narrativa de Sergio, que bascula con sonora armonía entre el compromiso de la ética y el esclarecimiento de la estética.

Así en El corazón del océano restalla el deseo tácito de restituir algo de lo que recibimos por quienes somos amados, ese aliento conquistable por devolvernos el paraíso perdido. Salvando las distancias y desde concepciones confrontadas, el anciano Rachid, delgado y seco, en cuyas manos podían leerse los años pasados bajo la intemperie, silencioso y temblando, con la mirada entregada al crepúsculo, me recuerda al viejo pescador de Hemingway, flaco y desgarbado, cuyas manos traslucen hondas cicatrices, dormido de bruces en su cabaña, soñando con leones marinos. Y junto a ellos la vigilia de los jóvenes luciendo como un sol inmarcesible. Idéntico deseo de lealtad inquebrantable que trasparece en la doliente historia de Ruth y de Jacobi; o las gestas singulares de Hakim, el nadador porfiado que se renueva de su oscuro lastre bajo el graznido de las gaviotas, y el indómito Abdelhamid, salvado por los ojos negros e inmensos de Zhora, liberándose de los oscuros cantos de sirenas, asumiendo heroicamente su destino.

Pero también la tragedia de la soledad y el irreparable paso del tiempo nos estremecen mientras nos adentramos en la historia de Mimo, la vieja vendedora de zanahorias, higos y hierbabuena, arrastrando la dolorosa pérdida de su compañero Mustapha, desaparecido detrás de los montes, y la de su hijo Ibrahim, muerto en el campo de batalla. La elegía empapa como un denso velo estos relatos, porque dialogan con la vida inmisericorde que torna el oro en ceniza y la carne en hueso demolido, el escuálido esqueleto del bosque de la Ghaba, poblado en otro tiempo de jabalíes indómitos y aves imperiales, la osamenta envejecida de una ciudad donde podían contemplarse chicas marroquíes de labios carnosos, pintados de rojo eléctrico, con minifaldas imposibles y tacones de vértigo, una ciudad en la que parece haber muerto la poesía; que se lleva la juventud convirtiendo al enérgico Brital en un viejo torpe y limitado arrastrando el carrillo de las garrapiñadas frente al cine Ideal esperando, infructuosamente, que alguien le regale un par de entradas para ver algunas de aquellas películas míticas del celuloide que el joven viejo Brital solo conoce a través de los ojos de los niños. O la historia de Mina, la negra, la de los grandes pechos de aguamarina, con aire de hechicera africana, maltratada por el marido perpetuamente borracho. O la joven cautiva litigando entre la excitación del adolescente que contempla su cuerpo desnudo y el dolor que llegará a producirle la pérdida irreparable de su rozagante belleza.

Barce rememora los días de Larache, ecos de su memoria, recuerdos que parecían perdidos: los anocheceres con los amigos en el mes de Ramadán; el amor infantil de Fátima, de Fatimita y todas aquellas niñas que acompañaron el instante de la niñez poblado de fantasías, deseos y gusanos de seda; la historia resumida de Mohammed, el niño de Alhucemas, que tanta impresión me causó cuando leí la versión íntegra en ese conmovedor texto sobre “La vida cotidiana durante el Protectorado en la ciudad de Larache” en la magna obra sobre el Protectorado español en Marruecos que tuve el honor de coordinar y editar; la seguridad y grandeza que destilaba el jardín de las flores, deshechas en pequeñez e incertidumbre entre los muros del adusto colegio malagueño; el precioso relato de Dukali, corriendo sin aliento para llevar a su madre adoleciente el regalo de la luna llena; los ejercicios de remo con Abdussalam, el de las venas henchidas que imitaban un paisaje lunar de ríos y mares, de sal y de fango; las amenas tertulias entre la terraza del Central y la Casa de España en compañía de otros amigos y creadores de la Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española: el fraternal Abdelazziz Hakhdar y los tres Mohamed –Laabi, Akalay, Sibari–, que llegaría a convertirse en el escritor oficial de Larache, como comentaba con Ernesto Blanco, difícil de imaginar sin su presencia.

Quedamos emplazados, Sergio amigo, a pasear larachensemente por el Zoco Chico, grabando el disco que nos venga en gana, sintiéndome contigo ciudadano del mundo, porque nadie es forastero en el Al-Ándalus de Larache, la antigua Lixus, en la orilla derecha del estuario del río Lucus, donde Estrabón emplazaba el mítico Jardín de las Hespérides. Y tú lo sabes bien porque eres de allí, porque así lo has vivido. Y yo lo sé también, viviendo donde vivo, en esta Córdoba que vela la leyenda de Medina Azahara, donde –si puedes adentrarte en el silencio– se escuchan todavía los rezos hebraicos, las plegarias cristianas, las aleyas islámicas. Larache y Córdoba, bajo una misma luz, donde deambulan con su equipaje íntimo de humanidad solidaria los últimos herederos de Al-Ándalus.
Enhorabuena, amigo, y muchas gracias.

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Galería fotográfica de la presentación en Córdoba…

Antes de comenzar: Ernesto Blanco, Manuel Gahete, José Sarria y Sergio Barce

Antes de comenzar: Ernesto Blanco, Manuel Gahete, José Sarria y Sergio Barce

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Sergio Barce y Charo Matamala

Sergio Barce y Charo Matamala

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Diego, Sergio y Natalia Vallés

Diego, Sergio y Natalia Vallés

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Sergio Barce y Ana Berrocal

Sergio Barce y Ana Berrocal

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Wendy, Sergio Barce, Miguel Alvarez y Ernesto Blanco

Wendy, Sergio Barce, Miguel Alvarez y Ernesto Blanco

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Sergio, Berry, Jose, Larisa, Manuel y Ana

Sergio, Berry, Jose, Larisa, Manuel y Ana

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CÓRDOBA – 14 DE NOVIEMBRE – PRESENTACIÓN DE «PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE» DE SERGIO BARCE

invitacion acto (1)

CÓRDOBA

Viernes, 14 de Noviembre
a las 20:00 horas
en el

Conservatorio Profesional
“Músico Ziryab”

Avda. de los Piconeros s/n

Los poetas

Manuel Gahete
&
José Sarria

presentan el libro de relatos

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO
Larachensemente

de Sergio Barce

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

Con la actuación musical
del cantaor Juan Zarzuela

JUAN ZARZUELA

JUAN ZARZUELA

acompañado a la guitarra por Gabriel Muñoz

GABRIEL MUÑOZ

GABRIEL MUÑOZ

Acto organizado y coordinado por el director del Conservatorio  Ernesto Blanco

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MANUEL GAHETE

MANUEL GAHETE

Manuel Gahete Jurado, escritor, poeta, catedrático de Lengua y Literatura. Doctor en Filosofía y Letras, es socio fundador del Ateneo de Córdoba. Conferenciante, traductor, articulista y crítico, colabora en prensa y revistas especializadas. Su obra poética ha sido traducida al francés, inglés, italiano, rumano y al árabe. Es el actual Presidente de la Asociación Colegial de Escritores de Andalucía. Galardonado en repetidas ocasiones por su obra poética, entre los premios que ha obtenido caben destacarse la Fiambrera de Plata del Ateneo de Córdoba en 1990, Premio San Juan de la Cruz en 2000 por su obra La región encendida, Premio Ángaro en 2002 por Mapa físico, Premio Mariano Roldán en 2004 por El legado de arcilla, en 2007 con Mitos urbanos obtuvo el Premio Ateneo de Sevilla y el pasado año 2013 su libro El fuego de la ceniza ganó el Premio Fernando de Herrera.

JOSE SARRIA

JOSE SARRIA

José Sarria Cuevas, escritor, ensayista y poeta, es Diplomado en Ciencias Empresariales y Licenciado en Ciencias Económicas. Colaborador de “Papel Literario” de Diario Málaga, forma parte de lo que se ha venido en llamar la corriente poética o estética de la Literatura de la Diferencia, de las que forman parte autores como José García Pérez, Francisco Morales Lomas, Alberto Torés, Antonio García Velasco, Francisco Peralto, Antonio Enrique, Fernando de Villena, Antonio Hernández… Fue miembro de la Junta de Gobierno del Ateneo de Málaga, y pertenece a la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios, así como de la Asociación Colegial de Escritores de España, Sección Andalucía, de la que es su actual Secretario.
Como ensayista es coautor tanto de la antología de poesía andaluza contemporánea, Poesía Andaluza en Libertad. Una aproximación antológica a los poetas andaluces del último cuarto de siglo como de Calle del Agua. Antología contemporánea de literatura hispano-magrebí.
Ha sido finalista del Premio Andalucía de la Crítica de Poesía en 2000 por Sepharad, y ganador del Premio Internacional de Relatos Cuentos del Estrecho con Los heraldos negros, en 2008.
Entre sus libros de poesía, destacan títulos como La voz del desierto, Canciones sefardíes, Tratado de amores imposibles, Desde que llegaste, Inventario de derrotas o El árbol de la vida. Otros poemas suyos se incluyen en numerosas antologías, y ha sido coordinador de varias revistas literarias y culturales.

SERGIO BARCE

SERGIO BARCE

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«EL ÁRBOL DE LA VIDA», POEMARIO DE JOSÉ SARRIA

La cosa sucedió así.
Velada poética. Mi amigo José Sarria presentaba el pasado viernes su poemario El árbol de la vida. El acto era en El Portón de Alhaurín, y pensé que se haría en el auditorio, donde se celebra cada el año El Portón del Jazz. Había bastante tráfico y llegamos rayando la hora de inicio. La primera sorpresa fue descubrir el auditorio a oscuras, y solitario; la segunda fue que, por entre los árboles de la finca oímos un murmullo lejano, y, por supuesto, allí nos dirigimos. La velada iba a dar comienzo bajo una estructura de madera, bastante amplia, preciosa, y las sillas, no sé cuántas, cien quizá, estaban ya todas llenas. Era la tercera y más inesperada sorpresa: un acto poético con tanto público que parecía una escena sacada de algún archivo del pasado, de aquellos años en los que los poetas reunían a multitudes. Conseguí sentarme en un poyete, en un lateral. Y al poco, el acto comenzó, y todo se preñó de magia.

JOSÉ SARRIA leyendo sus versos

JOSÉ SARRIA leyendo sus versos

La presentación de Antonio Garrido Moraga, como siempre, espectacular, brillante, divertida, un prólogo digno del autor.
Luego, José Sarria, con sus calculados ademanes, siempre comedido y siempre elegantemente bien plantado, comenzó a leer versos. Versos como estos con los que deleitarnos en su libro.

LO MEJOR DE MÍ MISMO

Escucho mis silencios y descubro
derrotas de una vida que han servido
para ir tejiendo
con paciencia infinita, con la firme
esperanza de las causas perdidas,
esta tristeza que tanto me gusta:
la esencia de mis actos, lo mejor de mí mismo.

(De Inventario de derrotas, 2005)

Y como un eco subyugante, llegó la voz de Sumaya Chahir recinto en árabe.

أفضل فيضي

أُصغي إلى صمتي فأُدرك
اخفاقات حياة
نسجتُها شيئا فشيئا
بصبر لا حصر له، بأمل
راسخ في قضايا لا طائل من ورائها،
نسجتُها حزني هذا الّذي أنِست به كثيراً:
جوهر أعمالي وأفضل فيضي.

(من ديوان جرد الاخفاقات، 2005)

Pepe Sarria y Sumaya Dahir

Pepe Sarria y Sumaya Dahir

A Pepe y a mí nos unen muchas cosas, pero Marruecos es, sin duda, una de ellas. Este poema dedicado a Mgara, con Tetuán al fondo.

LA OTRA ORILLA

A Ahmed M. Mgara

Me hablará tu mirada de jardines
de enamorados donde
las tórtolas zurean
entre azahar y almendros florecidos,
del agua del islam,
de olivos, surtidores,
acequias y molinos arabescos.

Me hablará de canciones de jóvenes poetas,
de místicos sufíes
buscando alcanzar el rostro de Dios,
de ulemas que no aprueban
la sangre de los mártires,
de arquerías y aleyas,
de pétalos de paz,
de la misericordia
que ilumina madrazas y mezquitas.

Y me hablarán tus gestos
de rojas alcazabas,
de generosos zocos
cubiertos del color de las especias,
de pupilas de jóvenes
buscando la sorpresa tras el velo,
de la sabiduría, de vergeles,
del perfume a jazmín
que embriaga los sentidos.

Veré
en tus palabras
a mis padres y a sus padres llegar
de un pasado glorioso.
Y sabré que al mirarte
o al estrechar tu mano,
en la Plaza Feddan, mientras bebemos
una taza de té o compartimos
un plácido narguile,
estaré
alcanzando la otra orilla
que me faltaba.

(De Raíz del agua, 2011)

الضفّة الأخرى
إلى أحمد مغارة

ستحدّثني نظرتك عن جنان
العشّاق حيث
تَسْجَعُ أفراخ اليمام
بين أشجار البرتقال واللّوز المُزهرَة،
ستحدثني عن ماء الإسلام،
عن شجر الزّيتون، عن عيون الماء
والسّواقي والطواحين ذات الزخارف العربيّة.

ستحدثني عن قصائد الشّعراء الشبّان،
عن النّساك المتصوّفين
في توقهم إلى وجه اللّه،
عن الفقهاء الّذين لا يوافقون
على دم الشّهداء.
ستحدثني عن الأقواس والآيات،
عن بتلات السّلام
عن الرّحمة الّتي تنير المدارس والمساجد.

ستُحدثني إشاراتُك
عن القصبة الحمراء،
عن أسواق كريمة تغمرها ألوان التّوابل
وحِداقُ صَبايا
يبحثن عن مفاجأة من وراء الحجاب.
ستحدّثني عن الحكمة والبساتين
وأريج الياسمين
تنتشي له الحواس.

سأرى في كلماتك
أجدادي وأجدادَك وهم قادمون
من ماض مجيد.
وسأدرك- وأنا أنظرُ إليك وأصافحُك بساحة الفدّان،
ونحن نشرب فنجانًا من الشّاي أو نتقاسم
في هدوء نارجيله-
إنّني أقترب شيئاً فشيئاً من الضفّة الأخرى
الّتي أحنّ إليها.

(من ديوان جذور الماء، 2011)

Escucharlo, saborear el contenido de cada uno de sus versos, me hacía ver con claridad que, además del gran poeta que es, Pepe es un hombre bueno, y que me sentía muy orgulloso de sentirme amigo suyo. Poco a poco, el poeta se agigantó a nuestros ojos.

CANCIÓN DE CUNA

A mi madre

Los sonidos de aquella melodía
brotan desde el recuerdo, negándose a morir.

Y me acompañan sólidas sus notas
en las horas más tristes
cuando lanza la garra enfurecida
en su locura el cruel destino.

Canción de cuna, ¡tantas veces mía!
En las noches confusas, la figura
silente de mi madre junto al lecho
musitando la dulce nana
regresa del pasado. Su firmeza
reconforta mis días y mis carnes
se vuelven tiernas como las de un niño.

Es tarde. Hoy tampoco
puedo dormir.

Más tarde, para redondear una faena perfecta, el grupo Pájaros perdidos cantó también sus versos, y la música se alió con la lluvia que, desde hacía ya un buen rato, repiqueteaba contra el techo de madera. Versos y lluvia, como si la pequeña tormenta marcara el compás. El aire preñado de poesía, de otoño. Todo confluyendo al encantamiento de los versos de José Sarria.

Pepe estaba exultante. Lo estaba ya de antes, porque cuando le anunciaron que sus poemas iban a ser traducidos al árabe se sintió como un niño al que los Reyes Magos le hubiesen traído el regalo que más anhelaba. Verlos ya escritos en árabe, oírlos ya recitados en árabe, le hacía flotar en el rendido ambiente de El Portón.

Luego, al terminar, el mago que es José Sarria se fundió con sus seguidores, sobrepasado por la emoción de sus palabras que, en español, en árabe, acompañadas de la guitarra, de la flauta y del saxo, seguían aún en cada gota de lluvia que, ya más débil y rendida a lo evidente, se retiraba también tras acompañar a Pepe durante la velada.

Larisa serpenteaba entre los invitados, ya menos nerviosa, se le notaba en el rostro que había estado en tensión preocupada porque todo saliera bien. Ahora ya solo disfrutaba del éxito de Pepe. No los vi marcharse, pero seguramente lo hicieron cogidos de la mano, pensando que sus versos seguían escuchándose por entre los árboles de El Portón, igual que un rumor de olas, dulces, sarrianas.

El árbol de la vida es el libro. Una recopilación de sus poemas llena de delicadeza, de amor al ser humano, de canto a la vida y de canto a todo lo que hace temblar a José Sarria. Un precioso, delicado y soberbio poemario.

Sergio Barce, septiembre 2014

تهويدة

إلى أمّي

تنبثق أصواتُ تلك النّغمة
من الذّكرى، متشبّذة بالحياة.
تُرافقني نوطاتُها الرّاسخة
في الأوقات الحزينة،
كلّما لجأ القدرُ الغاشم في جنونه
إلى مخالبه الحانقة.
أيا تهويدة، كم مرّة تقمّصتُكِ!
في ليالي الحيرة، تعود من الماضي
صورة أمّي الهادئة،
تردّد بصوت خافت قرب السّرير
تهويدة ناعمة.
ثباتُها يملأ حياتي أملاً
ويجعل بشرتي ناعمة كبشرة الطّفل.
حان اللّيل. اليوم كذلك
لن أقدر على النّوم.

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PARA CONSEGUIR ESTE LIBRO PODÉIS ESCRIBIR AL PROPIO AUTOR AL SIGUIENTE CORREO ELECTRÓNICO: 

pepesarria@hotmail.com

EL ARBOL DE LA VIDA portada

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«JOSÉ BOADA Y ROMEU EN MARRUECOS», UN TEXTO DE SERGIO BARCE, PUBLICADO EN LA REVISTA «DOS ORILLAS»

Acaba de salir el nuevo número de la revista Dos Orillas (Algeciras), en esta ocasión el monográfico XIII-XIV, titulado El estrecho de Gibraltar. Frontera literaria.

Este número ha estado coordinado por el poeta José Sarria, la dirección ha corrido a cargo de Paloma Fernández Gomá, y con un equipo de redacción de lujo: Juana Castro, Juan José Téllez, Mohamed Chakor, José Sarria, Manuel Gahete, Rosa Díaz, Ahmed Oubali y Encarna León. La Web Master es obra de Ramón Tarrío Ocaña, y la responsable de Medios de Comunicación, Nuria Ruiz Fernández. La portada es una obra del pintor Juan Gómez Macías, y las fotografías interiores de Pepe Ponce.

DOS ORILLAS. EL ESTRECHO DE GIBRALTAR. FROMTERA LITERARIA. Monográfica XIII-XIV

En el apartado de ensayos hay textos de: Abdellatif Limami, Antonio Bravo Nieto, Carmen Vidal Valiña, Enrique Lomas López, Jesús Fernández Palacios, Antonio González Alcantud, José Manuel Benítez Ariza, José Juan Yborra Aznar, Juan José Téllez, Luis Alberto del Castillo, María Antonia López-Burgos del Barrio, Maribel Lázaro Durán, Mohamed Abrighach, Mohamed Ahmed Bennis, Mustapha Adila, Rafael García Valdivia, Rajae Boumediane El Metni y Sergio Barce.

En poesía, los versos corren a cargo de: Alberto Torés, Antonio Gala, Antonio Garrido Moraga, Aziz Tazi, Encarna León, Francisco Morales Lomas, Fernando de Ágreda, Paloma Fernández Gomá, Jorge del Arco, Juan José Téllez, José Sarria, María Victoria Atencia, Juan Cobos Wilkins, Manuel Gahete, Juan Emilio Ríos, Mohamed Ahmed Bennis, Mohamed Doggui, Nisrin Ibn Larbi, Rosa Romojaro, Nuria Ruiz, Raquel Lanseros, Pilar Quirosa Cheyrouze, Rachida Gharrafi y Khedija Gadhoum.

Mientras que los relatos son de Ángel Olgoso, Karima Toufali, Mohamed Bouissef y Sergio Barce.

Así que ahí estoy con creadores que admiro, y, muchos de ellos, además amigos muy queridos.

Como veréis, participio en este número por partida doble con un pequeño ensayo: José Boada y Romeu en Marruecos (1889-1894), y, además, con un relato titulado Otoño.

Visto lo visto, haber participado en este número es todo un privilegio por la calidad de quienes lo han hecho posible y por los que han participado con sus textos.

Sergio Barce, septiembre 2014

El enlace para acceder a este número de la revista Dos Orillas es el siguiente:

http://www.revistadosorillas.com/index_archivos/revistas/rev-dos_orillas-13y14-2014.pdf

Os recomiendo que leáis este número tan especial, tanto los ensayos, como las poesías y los relatos. Es verdaderamente una publicación excepcional.

De sus páginas, extraigo mi texto, en el apartado de ensayos, José Boada y Romeu en Marruecos (1889-1894):

allende-el-estrecho

 

JOSÉ BOADA Y ROMEU EN MARRUECOS

(1889-1894)

Fue a través de un trabajo de mi admirado y recordado amigo el profesor Abdelah Djbilou, titulado Crónicas del Norte. Viajeros españoles en Marruecos (Edic. Asociación Tetuán Asmir – Tetuán, 1998), que leí por primera vez un fragmento del libro Allende el Estrecho. Viajes por Marruecos (Barcelona, 1895), escrito por el viajero catalán José Boada y Romeu. Luego, pasados los años, conseguí un ejemplar de este curioso libro, reeditado en 1999 por las Ciudades Autónomas de Ceuta y Melilla.

Este libro, dividido en tres partes claramente diferenciadas –solo me referiré en este artículo a la primera de ellas-, recoge las impresiones de este comerciante y periodista catalán en sus viajes a Marruecos entre 1889 y 1894. Y, aunque en algunos momentos, su posicionamiento pro africanista y claramente “colonialista” lo traiciona, llegando a retratar Marruecos y a sus costumbres como una amalgama de fanatismo y de retraso cultural casi crónicos, sin embargo es capaz de hacernos viajar a aquella época y su ágil narración nos sumerge en el interior del país llevándonos a una época de aventura y de descubrimiento. Marruecos, no hay que olvidarlo, era aún en esos años, un imperio algo impermeable al exterior.

Boada, cuando inicia su primer viaje a Marruecos, sale de Cádiz. Y ya, desde la primera frase, descubrimos a un buen escritor que sabe hacer de su libro de viajes un relato lleno de encanto y toques poéticos (no obstante, hay una gran influencia orientalista en su visión de Marruecos, y eso le influye a la hora de escribir).

“Amanecía cuando llegamos al muelle. La había siempre hermosa de Cádiz hallábase aún envuelta en las brumas matutinas, que con sus tonalidades grises esfumaban el paisaje, dándole un tinte de suave y tranquila melancolía, tan grata a los sentidos como al espíritu, cuando desde el <Tánger> contemplábamos absortos aquel solemne despertar de la naturaleza…”

Su llegada a Tánger lo deja fascinado, especialmente el Zoco, que describe minuciosamente. También llama poderosamente su atención que la población hable castellano, que achaca en especial a la presencia de judíos en la ciudad. Sin embargo, pronto su ideología le hace describir el país de una manera excesiva, y dice:

“…Sin transición apenas, estábamos en plena Edad Media. Sin transición apenas, nos hallábamos entre un pueblo semi-salvaje, caduco, degenerado. Por la mañana acariciaban nuestros rostros los aires de Europa; pisábamos las calles de la culta Cádiz. Por la tarde estábamos ya en África, entre una población abigarrada y fanática, con distinta religión, con distinto modo de ser, otras ideas y diferentes esperanzas. El choque era rudo. Estábamos atontados…”

Tánger, en 1884. Foto tomada del blog de Francisco Saro Gandarillas

Tánger, en 1884. Foto tomada del blog de Francisco Saro Gandarillas

Increíble el efecto que le produce su llegada a Tánger, pues siendo un hombre preparado que llegaba en este primer viaje con intenciones de impulsar el comercio entre los dos países, sin embargo, se deja vencer por los prejuicios y el desconocimiento de una cultura distinta.

Sin embargo, a medida que el libro avanza, se vislumbra la fascinación que Marruecos le irá provocando poco a poco. Es también llamativo que sea la población hebrea la que más atraiga su atención a la hora de describir costumbres o actividades comerciales. Y, sin embargo, también deja entrever su querencia a creer que está llamado a una labor “civilizadora” o “colonialista” cuando habla de unos y de otros. Son aleccionadoras afirmaciones como las siguientes:

“Verdad es que la raza hebrea tiene defectos ingénitos, no siendo el menor y el menos antipático un servilismo exagerado que raya en rastrero, y un afán desmesurado de atesorar riquezas por todos los medios; pero aparte de esto, debe reconocerse, especialmente a los tangerinos, un deseo vehemente de entrar en las vías de la civilización… (..) En Tánger visten muchos a la europea y viven mezclados con los moros… (..) La mujeres hebreas, de belleza notable, son por lo general de formas exuberantes, tal vez demasiado para un exigente, de cutis cetrino, grandes ojos negros y pelo del mismo color… (..) En Tánger, como hemos dicho anteriormente, visten casi todas a la europea, con lo cual pierden para el viajero la mayor parte de su encanto… (sic)”.

“…Al poco rato nos trasladamos a otra habitación del primer piso, donde tenía que verificarse el baile moruno. (..) …Como es costumbre en las casas moras, no se veía en las paredes, de una blancura deslumbradora, ningún mueble, y solo había como todo adorno una finísima estera de esparto… (..) Las bailadoras no se hicieron esperar: eran dos muchachas de 18 á 20 años, hebreas de Mogador, aunque se hacían pasar a los ojos de los extranjeros como moras auténticas… (..) Nos sentamos en sillas europeas que para estos casos tenía preparadas la dueña de la casa, y a una señal de ésta empezó el bailoteo, que podemos calificar de ejercicio de dislocación, y que no es ni más ni menos que la zarandeada <dance de ventre> que tanto llamó la atención en la última Exposición Universal de París… (..) …baile romántico primero y que degenera prontamente en lascivo, propio para excitar los sentidos de esta raza profundamente lujuriosa… (sic)”.

En fin, que José Boada se convierte en un testigo escasamente objetivo, de una dudosa catadura moral dado que es incapaz de ocultar su “superioridad” en todos los aspectos sobre los marroquíes, ya sean moros o judíos, como los nombra en sus páginas. Sin embargo, su libro no deja de ser un documento fascinante: primero, por descubrir cuál era la mentalidad de un verdadero africanista, que ya deja entrever lo que vendría después, y, segundo, y especialmente, por el testimonio del Marruecos de finales del siglo XIX, en concreto, de las ciudades de Tánger, Arcila, Larache, Mehedia o La Mamora, Salé, Rabat, Mulay Dris, Mequinez y Fez, ciudad a la que dedica una atención especial por ser la que lo deja realmente impresionado.

Pero viniendo yo de Larache, espero que se me permita extraer algunas de las buenas descripciones del viaje de José Boada y que estas sean de la ciudad del Lucus. Escribe:

 < …a poco presentósenos en toda su belleza la vista panorámica de Larache, con sus murallas bañadas por caudaloso río, sus alminares y la alcazaba, situada al extremo, como centinela avanzado que guarda la entrada del río. En éste había fondeados unos faluchos. Lejos, y en un recodo, veíanse tres o cuatro restos de buques de alto bordo, a juzgar por el tamaño de las desnudas cuadernas. Aquellos son los restos de la famosa marina de guerra marroquí, marina tan temida en la Edad Media por sus tremendas razzias. Allí se pudren en el río que tantas veces habíales servido de abrigo.

de Houssam Kelai

Foto tomada del blog de Houssam Kelai

Por la parte de Oriente, extensos bosques de alcornoques y naranjos alegran la vista con sus verdes copas, lo cual explica el nombre con que en lengua árabe es conocida la población: El-Araix (jardín de recreo). En el Uad-el-Kus, el Líkkus o Lixus de los antiguos, nos aguardaba la caravana para pasar el río en la barcaza…


(..) …No están conformes los autores acerca de la época exacta de la fundación de Larache. Mientras unos, como Mr. Renou, pretenden demostrar que se remonta al siglo XII, fundados en que ninguna cita hace de esta población el geógrafo Edrisi, que escribía en 1154, y en cambio en el mapa catalán del año 1300 se encuentran ya indicadas Larache y Caximuxi; el señor Cuevas opina que es mucho más antigua, tanto que, según sus cálculos, se remontaría al siglo VIII. Funda su opinión el señor Cuevas en el hecho histórico de haber sido confiado en el año 828 de nuestra era el gobierno de Larache al Emir Yahya-ben-Edrís por su hermano Mohammed, tercer príncipe Edrisita, lo cual demuestra la existencia de esta población a principios del siglo IX… Lo que sí parece comprobado es que a principios del siglo XV se estableció en ella la tribu berebere de los Beni Aros, fortificándola convenientemente al terminar este siglo Muley Ben Nasar, durante el reinado de su hermano Said-el-Uatas.

(..) …La ciudad de Larache se halla rodeada, como todas las de Marruecos, de rojizas murallas tostadas por el sol de los siglos, murallas en su mayor parte en mal estado, sobre todo las construidas a últimos del siglo XV por Muley-ben-Nazer.

(..) …Aprisionada entre sus muros y alcazabas, vive la población que algunos hacen ascender a 10.000 habitantes y que seguramente no llegará a 5.000, de ellos 500 hebreos y 70 europeos, en callejuelas estrechas y sucias, edificadas la mayoría en declive, lo que da a la población aspecto de anfiteatro. El Zoco, situado en la parte más elevada de la ciudad, y junto a una de sus puertas, está rodeado de un elegante pórtico formado por ligeras columnitas blanqueadas, que dan a este lugar un aspecto risueño y monumental. A eso débese el que posea Larache el Zoco más hermoso de Marruecos, cuya construcción se atribuye a los portugueses. En esta misma plaza hállase la principal mezquita, y por ambos conceptos es el sitio más concurrido de Larache.

(..) …Salimos por la puerta que da al campo…De pronto, aparecieron allí cuarenta jinetes negros, montando soberbios caballos elegantemente enjaezados. Llevaban puestos albornoces de color azul marino, rosa, naranja y marrón, y cruzada en el arzón de la silla larguísima espingarda, avanzaban en dos líneas con extraordinaria gravedad. Nos hicimos a un lado, y bien pronto se perdieron entre la muchedumbre que invadía la puerta de la ciudad. (..) …Habíamos presenciado el paso de los jinetes marroquíes de aquella célebre guardia negra, tan famosa en otras épocas; la que con sus brillantes cargas deshizo los batallones portugueses en Alcázar-Kibir, la que luchó en vano con nuestros cuadros en los campos de Uad-el-Jelú, la que hoy, dispersa y todo, constituye con sus restos las tropas más fieles y bravas de Muley-Hassan…”

Es curioso también que, durante el viaje de regreso, se cruzara con uno de los más famosos viajeros que han descrito el Marruecos del siglo XIX: Pierre Loti, como si el destino hubiera querido que ambos se conocieran, aunque fugazmente, dos personajes que escribieron de un país pero desde visiones absolutamente antagónicas.

Curioso libro Allende el Estrecho. Viajes por Marruecos, no solo por lo ya dicho, sino porque nos da a conocer los fondaks de la época, las monedas que se utilizaban, las actividades comerciales de las ciudades que visita, las fiestas y costumbres religiosas, las cofradías, las zagüias, las actividades consulares… En fin, un mosaico amplio y multicolor que en ningún momento aburre.

Mercado de esclavos en Marruecos en 1888 - tomado del blog Epistemowikia

Mercado de esclavos en Marruecos en 1888 – tomado del blog Epistemowikia

Para terminar este breve comentario del libro de José Boada, no puedo resistirme a traer su descripción del mercado de esclavos que descubre en la ciudad de Fez:

“Hay en Fez un lugar recóndito, emplazado entre un dédalo de callejas, donde se celebra el mercado de carne humana: el mercado de esclavos. (..) …había sentadas algunas decenas de mujeres ligeramente vestidas, alineadas allí para que pudieran ser minuciosamente examinadas por los compradores. Una había que particularmente atrajo nuestras miradas: era negra como el ébano, pero de facciones regulares y bellas; nos miraba con aire de súplica, como preguntándonos si íbamos allí para oponernos a aquella monstruosa iniquidad. Parecía triste, muy triste… (..) …cuando adelantándose de entre el grupo formado por los moros que examinaban las esclavas, un vejete, de flaco cuerpo y enjutas carnes, fue derecho hacia la negra de nuestras miradas y con un brusco movimiento apartóle el labio inferior para examinar sus dientes. (..) …No quisimos ver más: ni con nuestra presencia podíamos autoriza aquel acto…”

Finalmente, José Boada regresará a España pasando por Alcazarquivir, de nuevo por Tánger, y luego Tetuán y Ceuta… Acabando así su primer largo viaje a Marruecos. Posteriormente, regresará como periodista de guerra, pero eso ya es otra historia.

Por Sergio Barce 

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26 DE SEPTEMBRE – EN ALHAURÍN – PRESENTACIÓN DEL LIBRO «EL ÁRBOL DE LA VIDA», DEL POETA JOSÉ SARRIA

El viernes, 26 de septiembre

presentación de la edición bilingüe

(español y árabe)

del poemario

EL ÁRBOL DE LA VIDA

(Poemas para la humanidad)

de José Sarria

ISO-8859-1''invitación presentación antología

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