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MIS PELÍCULAS FAVORITAS – 4

Tras mis artículos sobre Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird, 1962), El manantial (The Fountainhead, 1949) y Lejos de los hombres (Loin des hommes, 2014), llega el turno a Hasta que llegó su hora (Once upon a time in the West, 1968).

Pinchando en el siguiente enlace podéis ver el tráiler del film:

https://www.youtube.com/watch?v=Yw-Av9BpC-w

Escribí hace años sobre esta película. Vuelvo a reproducir aquel artículo, con algunas modificaciones. Y es que, si he creado hace semanas en este blog el apartado de “mis películas favoritas”, cómo no iba a estar el western que más me ha fascinado de todos, esa obra maestra dirigida por ese genio llamado Sergio Leone: Hasta que llegó su hora (Once upon a time in the West, 1968).

Once upon...

Con este largo, y con Agáchate, maldito (Gliú la testa, 1971) y Érase una vez en América (Once upon a time in America, 1984), otra obra maestra del cine, Sergio Leone pretendía componer una nueva trilogía, después de la llamada “trilogía del dólar”, conformada por las míticas Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), pero esta nueva era mucho más ambiciosa, al intentar abarcar la historia de USA desde la época de los pioneros hasta los años sesenta.

En Hasta que llegó su hora, desde el primer fotograma, uno se da cuenta de que está asistiendo a algo que va a quedarse adherido a nuestras retinas de cinéfilos. No recuerdo bien cuándo la vi por vez primera, pero sí recuerdo que pasó sobre mí desbordándome. Me quedé clavado a la butaca cuando se encendieron las luces. Nunca había visto nada igual, nada parecido a esa manera de rodar que Leone, ahora, había perfeccionado. Las imágenes se repetían en mi cabeza. Y, a lo largo de los años, he vuelto a ver esta misma película, no sé, decenas de veces.

pistoleros

El comienzo, mientras se van sucediendo los títulos de crédito, es antológico: tres pistoleros (interpretados por Jack ElamWoody Strode y Al Mulock) esperan a un desconocido (al que da vida Charles Bronson) en una estación solitaria y cochambrosa, y Leone, sin utilizar aún ninguna música, pero con la ayuda inestimable de Morricone, juega con los sonidos del entorno: el crujido de un cartel mecido por el viento, el telégrafo, las gotas que caen de un aljibe sobre el sombrero de uno de los hombres, el aleteo ronroneante y nervioso de una mosca…

Hay tres caballos en la estación. El que lleva la voz cantante de los tres pistoleros es Snaky (Jack Elam), que es el que responde a Charles Bronson (Harmónica) en el diálogo que mantienen al verse las caras:

Harmónica: ¿Y Frank?

Snaky: Nos ha mandado a nosotros.

Harmónica: ¿Hay un caballo para mí?

Snaky: Para ti… Jejejeje…. Parece ser que hay un caballo de menos…

Harmónica: Yo diría que sobran dos

Esta escena de apertura, parsimoniosa y lenta, estaba inicialmente concebida para que fuese interpretada por Clint EastwoodEli Wallach y Lee Van Cleef (es decir, el Bueno, el Feo y el Malo), de manera que, al ser abatidos juntos en el tiroteo, justo minutos después de comenzar el film, su muerte fuera una metáfora de la ruptura del director con el spaghetti-western que le había llevado a la fama. Sin embargo, la negativa de Eastwood lo hizo imposible, y se decantó entonces por utilizar a tres actores fácilmente reconocibles para el público, tres secundarios de peso.

Y es que Leone, con este largometraje, quería rodar no uno de sus famosos spaghetti-westerns, sino un western clásico.

henry f

Hay algo que llama la atención en cuanto la cinta se pone en marcha y son los primerísimos planos.

Nunca antes se habían visto los rostros de los actores de esa manera. Por supuesto, el efecto es fantástico en una pantalla de cine gigante. Vemos cada arruga de esos rostros curtidos, las cicatrices más minúsculas, el sudor, la tensión, las miradas cargadas de resentimiento o de miedo o de crispación, los años, pero también la serena belleza de Claudia Cardinale, que nunca ha estado mejor fotografiada que en esta película.

claudia

El actor de color Woody Strode, famoso por su papel en la memorable película de John Ford Sargento negro (Sergeant Rutledge) y como el gladiador  negro que pelea con Kirk Douglas en Espartaco (Spartacus) de Kubrick, ambas de 1960, comentó que su papel en Hasta que llegó su hora era muy breve, y además sin diálogo alguno, pero que nunca le habían tomado unos primeros planos tan intensos ni largos, así que había merecido la pena la experiencia.

woody

Frank:  La gente se asusta fácilmente cuando está muriéndose

Otro acierto del film, que sin embargo ahuyentó de las pantallas al público americano, fue la elección de Henry Fonda en el papel de Frank, el pistolero asesino más sádico que podía concebirse. El espectador norteamericano no podía aceptar que quien ejemplificaba en la pantalla la integridad moral, la humanidad, la bondad, el espíritu americano en suma, se convirtiera de pronto en un ser odioso. Pero, para mí, estamos si no ante la mejor interpretación de la carrera de Henry Fonda sí ante una de las mejores.

henry fonda

Contaba el actor que, cuando le ofrecieron el papel, como nunca había oído nada acerca de Sergio Leone, para tener alguna referencia habló de él con su amigo el actor Eli Wallach, que había interpretado el papel de “Tuco” (el Feo) en el último film de Leone, y éste le dijo que no prestara atención al guión, que simplemente lo hiciera porque se enamoraría de Sergio Leone. Luego, Henry Fonda vio de una sentada los anteriores tres spaghetti-westerns de Leone, y, al acabar la proyección, preguntó que dónde tenía que firmar.

Dado que el personaje de Frank era un despiadado pistolero, salvaje y sin escrúpulos, Henry Fonda pensó que debía de recrearlo también físicamente y se dejó para ello un espeso mostacho y se puso lentillas con las que ocultar sus ojos azules. Cuando apareció en el rodaje, Leone se enfureció: él quería sus inmensos ojos transparentes, porque buscaba un efecto que dejara al espectador clavado en la butaca. Le armó una bronca de película… y le obligó a quitarse las malditas lentillas y la barba que se había dejado. Lo logró. Y el resultado es espectacular.

A Frank (Henry Fonda), cuando aparece por primera vez en pantalla, la cámara le sigue y se le acerca cautamente por detrás; mientras, la música va in crescendo, y entonces, para mostrarnos su rostro, el del jefe de la banda que está a punto de cometer un crimen execrable, la cámara lo rodea y le filma en un primerísimo plano donde esos ojos azules mar se transforman en algo tan inquietante como imprevisible. Luego, Frank dispara y mata a un niño a bocajarro. La escena es tan dura (recordemos que se rueda en 1968, cuando aún la violencia no se mostraba tan crudamente como ahora) que ese público que idolatraba a Fonda no pudo aceptarlo. En Europa, por el contrario, especialmente en Francia, fue todo un éxito.

On the Set of

HENRY FONDA, CLAUDIA CARDINALE, SERGIO LEONE, CHARLES BRONSON Y JASON ROBARDS

Siempre me ha gustado la interpretación de Henry Fonda en esta película por varias razones. Primero, porque rompe drásticamente con sus papeles más emblemáticos, como los de Las uvas de la ira (The  grapes of wrath, 1940), Pasión de los fuertes (My darling Clementine, 1946), Falso culpable (The wrong  man, 1956), Doce hombres sin piedad (12 angry men, 1958) o Tempestad sobre Washington (Advise and consent, 1962), por mencionar sólo algunos. Fonda era el hombre intachable, el ciudadano ejemplar, honrado aunque fuese pobre de solemnidad. Segundo, porque, aunque había interpretado por supuesto a ladrones o fugitivos, él fue, por ejemplo, Frank James, el hermano del mítico Jesse James en las películas Tierra de audaces (Jesse James, 1939) y La venganza de Frank James (Frank James, 1940), sin embargo, nunca se había compuesto un personaje tan frío, siniestro, implacable y despreciable como el Frank de Hasta que llegó su hora. La razón, claro, estriba en que el guión estaba escrito por italianos y no por americanos. Por último, a ese personaje, Henry Fonda, no obstante, le dota de una pequeñísima dosis de remordimiento. Es algo sutil, difícil incluso de apreciar, pero Fonda lo hace con la maestría de su ejercicio de actor con mayúsculas: cuando hace que Harmónica sostenga a su hermano mientras es ahorcado, hay un gesto en su mirada, en su rictus, que deja entrever que, quizá, piense que lo que hace no está bien. Es sólo una fracción de segundo, una bajada de ojos con un algo de vergüenza que no dura nada… pero Frank es la maldad personificada, y la maldad se impone al instante borrando ese gesto de humanidad que ha cruzado por sus pupilas tan fugazmente como una sombra… También me llama la atención la dureza de los gestos de Henry Fonda. Recordemos que, cuando se rueda la película, el actor ya ha cumplido los 63 años. No importa. Su espigada figura, inconfundible en la pantalla de cine, se transforma también en el molde granítico de un pistolero sin alma, rápido y casi invencible, hierático, frío y calculador. Es otra de las proezas de Fonda. Frank es, por consiguiente, el asesino más inolvidable del western.

JASON

También por primera vez, Sergio Leone construye un film alrededor de una mujer.

En sus anteriores películas, las mujeres sólo son elementos decorativos, que apenas intervienen en la trama más que para sufrir en un Oeste hostil a ellas, un mundo de hombres. Pero ahora, el centro de ese mundo masculino y violento es una mujer, una prostituta con un corazón de oro que no es más que la representación de todas esas mujeres que se sacrificaron para levantar un país. La idea partió de uno de los guionistas de la película: Bernardo Bertolucci.

CLAUDIA C

Cuenta Bertolucci (que luego sería el famoso director de El último tango en París o Novecento), que Sergio Leone, al idear la escena en que Claudia Cardinale llega en el tren y aparece en pantalla por primera vez, quería que al descender del vagón la cámara la cogiese desde el suelo, se introdujera bajo su vestido y la viésemos por debajo, sin bragas… En fin, la escena, por supuesto, no llegó a rodarse, entre otras cosas porque a Bertolucci le pareció fuera de contexto y porque la Cardinale se negó rotundamente; y la escena que finalmente vemos es una espectacular presentación de la ciudad, una especie de pequeño vals que la banda sonora se encarga de embozar con una gran carga de melancolía y sentido épico.

CHARLES B

El film está lleno de escenas inolvidables y de interpretaciones espléndidas: el personaje de Harmónica, heredero directo del Hombre Sin Nombre que interpretara antes Eastwood, ofreció a Charles Bronson uno de sus mejores papeles. El sentido trágico de su vida no se nos revela hasta la parte final del film, lo que enriquece la narración. También el personaje de Cheyenne, al que da vida el estupendo Jason Robards (que dos años después sería el inolvidable protagonista de La balada de Cable Hogue de Peckinpah), está marcado por la tragedia. Y tanto Frank (Henry Fonda) como el señor Morton (Gabriele Ferzetti) son, como los otros personajes, hombres que viven de la violencia, que la utilizan para su propio beneficio, y saben que, tarde o temprano, esa violencia acabará con ellos.

Harmonica: La recompensa por este hombre son de 5.000 dólares, ¿no?

Cheyenne: Judas se conformó con 4.970 dólares menos.

Harmonica: No había dólares en aquella época.

Cheyenne: Pero sí hijos de puta”

Es un film a contra corriente. Su ritmo es lento, muy europeo. Leone quiere cortar de raíz con lo que ha sido hasta ese momento su cine del Oeste, el spaghetti-western, y trata de rendir homenaje a los realizadores clásicos americanos como Ford. Crea una obra maestra, un reloj que avanza gracias a un engranaje perfecto. Sin embargo, en USA la consideraron excesivamente larga y cortaron arbitrariamente su metraje, lo que le perjudicó.

Leone, un hombre meticuloso hasta la obsesión, como ya contaba en mi artículo sobre Érase una vez en América, buscó las armas de la época, recreó el salvaje Oeste de ese tiempo buceando en las bibliotecas americanas, con fotografías de esos años, el vestuario, los enseres, los carruajes… Fue tal su labor, que hasta realizadores como Scorsese o Spielberg siempre han manifestado que les parece asombroso su perfeccionismo. Y esa fijación suya hizo, por ejemplo, que introdujera los famosos “guardapolvos” con los que vestían los hombres de Cheyenne y que se hicieron míticos, o que en la escena en que Claudia Cardinale, camino de “Sweetwater”, donde va a reunirse con su futuro esposo, se detiene para descansar en una posta, y que se rodó en un decorado de interior en España, Leone hizo que el polvo que entra por la puerta junto a los pistoleros de Cheyenne se trajera ex profeso desde Monument Valley (entre Utah y Arizona), porque los exteriores se rodaban allí y él quería el mismo color de la tierra…

Frank: ¿Quién eres?

Harmonica: Jim Cooper…Chuck Jamblum…

Frank: Todos están muertos.

Harmonica: Todos estaban vivos antes de encontrarte”

Duelo de EL BUENO, EL FEO Y EL MALO

Duelo de EL BUENO, EL FEO Y EL MALO

Hasta que llegó hora es una historia de venganza, es la aventura de la Historia de los orígenes y la construcción de un país, es una historia romántica, es una historia seductora y nostálgica, hay épica y hay elegía, hay codicia y traición y hay, por supuesto, un duelo.

Sergio Leone había creado ya, hasta ese instante, los mejores duelos del cine, las mejores danzas de la muerte, en su ya mencionada trilogía del dólar: Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966). En esta última, el duelo final es antológico entre Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach. Duelos que se repetirían o se tratarían de imitar en decenas de películas posteriores, pero sin lograrlo. Ahora, en esta nueva película, Leone quería ir más allá.

El duelo entre Harmónica (Charles Bronson) y Frank (Henry Fonda), momento en el que éste descubrirá por qué el primero le ha estado persiguiendo durante años, es una perfecta y maravillosa coreografía: música abrasiva, primeros planos durante minutos, danza de la cámara alrededor de los dos hombres, el silencio, los disparos que van a poner punto final a la aventura… Imborrable, sencillamente.

Su banda sonora es irrepetible. Ennio Morricone compuso una joya para un film elegíaco, y dotó a cada personaje de una música singular y personal que les identificaba: a Jill (Claudia Cardinales) la acompaña una melodía dulce y orquestal, a Harmónica (Charles Bronson) el sonido obviamente de una armónica, algo triste y misteriosa, a Cheyenne (Jason Robards) le anuncian siempre unas notas musicales irónicas, casi de comedia, quizá porque es el personaje más simpático, una especie de pícaro, y a Frank (Henry Fonda) le dedica el tema más duro, cortante, intimidatorio casi, pero impresionante. Quizá una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine.

SERGIO LEONE y ENNIO MORRICONE

SERGIO LEONE y ENNIO MORRICONE

Respecto a esto, le cuenta Ennio Morricone a Alessandro de Rosa en el libro En busca de aquel sonido (Malpaso, 2017): “…la famosa escena de la llegada de Claudia Cardinale a la estación, en Hasta que llegó su hora. Esa secuencia se pensó enteramente sobre los tiempos musicales. Jill comprende que nadie ha ido a buscarla, consulta el reloj y la música entra con el pedal que introduce la primera parte del tema. Entonces, Jill camina hasta que entra en el edificio y le pregunta al jefe de estación, mientras la cámara la observa desde fuera, por la ventana. Sólo en ese momento se suma la voz de Edda dell´Orso, seguida de un rápido crescendo de los cornos que conduce al <todos> de la orquesta, sobre lo que Leone realizó con un Dolly una panorámica vertical que se eleva desde la ventana y enseña la entrada de Claudia Cardinale en la ciudad. Del detalle se pasaba a la ciudad, de una voz aislada, al todos de orquesta. Pero yo no había pensado la música en esos tiempos, fue Sergio quien adaptó sus movimientos de cámara a mi música. Entre otras cosas, cuando rodaron la escena, sincronizaron el movimiento de cámara con los movimientos de las carretas y los de la gente. Leone era maniático con los detalles…”

Es tan buena esta película que hay infinidad de homenajes en numerosos films de otros realizadores que se han rendido a ella, como ha hecho Tarantino. En El americano (The american, 2010) de Anton Corbijn, el protagonista (George Clooney) está sentado a la mesa de un pequeño bar en un pueblo de Italia. En la televisión del local se programa Hasta que llegó su hora, y aparece en la pantalla Henry Fonda; el dueño del establecimiento, orgulloso, le dice a Clooney, el americano: “Sergio Leone. ¡Italiano!”

Sergio Barce, enero 2018

 

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EL CINE ALBÉNIZ DE MÁLAGA – Cine con mayúsculas

Quien me conoce, sabe que el cine me apasiona, que soy un “fanático” que es capaz de ver una buena película infinidad de veces, porque siempre descubro algo nuevo en ella. Desde que comencé a ir al cine en Larache, desde muy pequeño, ya fuera en el Teatro España, en el Ideal, Avenida o Coliseo, creo que he ido casi todos los fines de semana a ver una película, es un rito del que me resiste a desprenderme, un placer al que no quiero renunciar. Luego, en Málaga, me aficioné a las sesiones dobles del Cayri y del Royal, y en verano a sus terrazas, a las que me llevaba mi abuelo con unos bocadillos de chocolate Dolca que tomábamos entre peli y peli; más tarde, la academia Kaplan, al Cine club Universitario, todos los cines del centro: jamás olvidaré el comienzo de “El exorcista” en el Astoria; el Andalucía, el Avenida, el Málaga Cinema, Coliseum, Echegaray, Cervantes, el Atlántida, Zaila, París… Luego llegaría el Palacio del Cine, Victoria… Y tras el cierre de muchos de ellos, las nuevas salas de los centros comerciales, pero ya con otro sabor…

He dejado a propósito el Cine Albéniz de Málaga porque es el propósito de este comentario. Sigue siendo un pequeño y entrañable cine del centro de Málaga, bien cuidado, que ahora depende del Ayuntamiento, y que, por un milagro, se ha convertido en el centro de atención de los amantes del cine. Su programación es selecta, buen cine que no llega a los circuitos comerciales habituales, para desgracia de muchos. Y los jueves, cine clásico. Por ahí ando yo.

Y por eso esta noche veré en una de sus pantallas, seguramente en la sala 3, “Toro salvaje” (Raging Bull, 1980) de Martin Scorsese con un Robert de Niro en la cima de su carrera. Es de esas películas que mencionaba antes, de las que ya he visto más de cuatro veces, pero a la que no puedo resistirme a visionar una vez más en pantalla grande, en versión original y en 35 mm, es decir, con algún salto en el metraje, como en los buenos tiempos… Eso le da un sabor añejo añadido a buen vino.

 

Henry Fonda – Pasión de los fuertes

La pasada semana vi “Pasión de los fuertes” (My Darling Clementine, 1946) de John Ford, con un inconmensurable Henry Fonda, película en la que un diálogo inolvidable hizo reír a todos:

-Mac, ¿nunca has estado enamorado?
-No, he sido camarero toda mi vida.

 

Marilyn en Con faldas y a lo loco

La anterior semana vi “Con faldas ya lo loco” (Some like it hot, 1959) de Billy Wilder, y ver a Marlilyn Monroe en pantalla grande, en fin, sin comentarios. Redescubres a Jack Lemmon y te das cuenta de que era genial. Al encenderse las luces, la sala prorrumpió en una largo aplauso, como si se estrenara ese día…

Y la otra semana anterior vimos “Pat Garrett & Billy the Kid” (1973) de Sam Peckinpah, con música de Bob Dylan… Sé que estoy poniendo los dientes largos a muchos cinéfilos, pero es lo que hay…

 

En fin, lo que quiero decir con todo esto es que es una gozaba volver a saborear el mejor cine de siempre en pantalla grande y sin alardes técnicos, y que todo esto se debe a unos locos del cine: al director de la filmoteca del Cine Albéniz Juan Antonio Vigar, al programador Juan Luis Artacho, al operador de cabina Fernando Ramírez, y también al resto del equipo del cine: Javier Gilsanz, Mercedes Lopera, Elisa Belda, Belén Linares, Irene Palacios… Chapeau! Por el trabajo que desarrollan.

Por cierto, cada vez que voy la sala está prácticamente llena, se ve la película en silencio y todos nos quedamos sentados hasta que terminan de pasar en pantalla todos los títulos de crédito… Algo impensable en las salas comerciales en las que la gente no respeta a los demás, donde muchos creen estar en el salón de su casa y comentan la película con la boca llena de palomitas y hablan o contestan sus móviles, donde al finalizar la película, cuando aún no han encendido las luces, ya te están apremiando para que te levantes y muevas el culo… Por eso, me quedo mejor en el Cine Albéniz a disfrutar de cine de verdad.

Sergio Barce, septiembre 2012

 

Y gracias a este éxito la programación se ha ampliado para los próximos meses con los siguientes títulos:

EVA AL DESNUDO (All about Eve, 1950) de Joseph L. Mankiewicz

TERCIOPELO AZUL (Blue Velvet, 1986) de David Lynch

LA NOCHE DEL CAZADOR (The night of the hunter, 1955) de Charles Laughton

ANNIE HALL (1977) de Woody Allen

DOCTOR ZHIVAGO (1965) de David Lean

TÚ Y YO (An affair to remember, 1957) de Leo McCarey

EL SÉPTIMO SELLO (Det sjunde inseglet, 1957) de Ingmar Bergman

El séptimo sello

NINOTCHKA (1939) de Ernst Lubitsch

REBELDE SIN CAUSA (Rebel witouth a cause, 1955) de Nicholas Ray

TIEMPOS MODERNOS (Modern times, 1936) de Charles Chaplin

EL PLANETA DE LOS SIMIOS (Planet of the apes, 1968) de Franklin J. Schaffner

LOS 400 GOLPES (Les 400 coups, 1959) de François Truffaut

CIUDADANO KANE (Citizen Kane, 1941) de Orson Welles

EL APARTAMENTO (The apartment, 1960) de Billy Wilder

 Más información en:

http://www.cinealbeniz.com/

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Cuaderno de de Cine: FORTUNIO BONANOVA, un actor secundario excepcional

Fortunio Bonanova

    Antonio Banderas, Penélope Cruz, Javier Bardem… los actores españoles escalan puestos en Hollywood, se convierten en estrellas. Y a veces parece que ellos son los que lo han conseguido y que nadie antes lo había hecho. Pero la historia es bien distinta.

   Con Fernando Rey como referencia, que se convirtió en un actor reclamado en todos los países, que rodó bajo las órdenes de los mejores realizadores de varias décadas, otros actores y actrices españoles trabajaron mucho antes, incluso en el cine mudo, y también después, en Hollywood, y algunos llegaron a ser grandes estrellas. He pensado que sería interesante recuperarlos poco a poco, sacarles del olvido, y que las generaciones actuales sepan que fueron unos pioneros adelantados a su época. Sus nombres: Antonio Moreno, quizá el más deslumbrante de todos, Conchita Montenegro, Rosita Díaz, Julio Peña, María Alba, José Nieto…  

   Hoy me inclino por Fortunio Bonanova. Este actor español, cuyo verdadero nombre era José Luis Moll, formaría parte del reparto de varias de las películas más famosas de la historia del cine. Nacido en Palma de Mallorca en 1896, Bonanova fue un reputado actor de teatro que estrenó obras en Nueva York y en Chicago, pero también fue barítono y escritor. Tras debutar en el teatro de su ciudad natal, se haría famoso interpretando en su primer papel para el cine mudo a <Don Juan Tenorio>, dirigida por Ricardo y Ramón Baños.

Fortunio Bonanova como Don Juan Tenorio

   En 1924 se marchó a Estados Unidos, donde actuó en varias obras musicales como barítono, hasta que logra entrar en el cine actuando en una película que protagonizaba la gran Joan Bennet: <Careless Lady>. Pero hubo de volver a España donde era una auténtica estrella.

Bonanova como el profesor Matiste, en CIUDADANO KANE

   En los años treinta trabajó tanto en España como en Estados Unidos, y gracias a su papel en la obra teatral <Sex appeal> que triunfó en Broadway, Fortunio Bonanova comienza a ser tenido en cuenta en Hollywood para protagonizar films rodados en castellano, como <El Capitán Tormenta> del año 1935. Pero es en la década siguiente de los cuarenta, cuando el nombre de Fortunio Bonanova aparece en títulos míticos del cine americano rodado en inglés, y algunos de sus personajes, aunque secundarios, se han quedado grabados en la retina de quienes amamos el séptimo arte. ¿Quién no recuerda al desesperado profesor de canto Matiste tratando de que la esposa del protagonista no desafine en la mítica <Ciudadano Kane> (Citizen Kane, 1940) de Orson Welles? Pues el profesor Matiste era Fortunio Bonanova.

Fortunio Bonanova es el General Sebastiano, entre Anne Baxter y Erich Von Stroheim, todos dirigidos por Billy Wilder

   Actuó en otros cuatro films memorables protagonizados por Tyrone Power: <El signo del Zorro> (The mark of Zorro, 1940) y <Sangre y arena> (Blood and sand, 1941) ambas de Rouben Mamoulian, y en <Un americano en la RAF> (A Yank in the RAF, 1941)  <El cisne negro> (The Black Swan, 1942), las dos de Henry King. Fue el actor que encarnó al General Sebastiano en la magnífica <Cinco tumbas a El Cairo> (Five graves to Cairo, 1943) del maestro Billy Wilder, y encarnó a Fernando en la mitificada <Por quién doblan las campanas> (For whom the bell tolls, 1943) de Sam Wood, con Gary Cooper e Ingrid Bergman.

   Otro de sus papeles secundarios memorables, Sam Garlopis, lo interpretó en otra obra maestra: <Perdición> (Double indemnity, 1944) de nuevo de Billy Wilder.

   Intervino en muchas películas más, pero destacaría entre ellas, además de las ya citadas: <Siguiendo mi camino> (Going my way, 1944) de Leo McCarey, uno de los films más aclamados de Bing Crosby; <Pepita Jiménez> (1946) del gran Emilio Indio Fernández, en la que compartió cartel junto a Rosita Díaz, otra estrella española en tierras americanas; secundó a Henry Fonda en otro film inolvidable del gran amestro entre los maestros John Ford: <El fugitivo> (The fugitive, 1947), y otro de los grandes, Otto Preminger, le dirigió en <Vorágine> (Whirlpool, 1949), junto a Gene Tierney y José Ferrer.

     Ya en los años cincuenta sus películas no fueron tan extraordinarias, salvo quizá la romántica <Tú y yo> (An affair to remember, 1957) de Leo McCarey, con Cary Grant y Deborah Kerr, en la que destacó con su personaje de Courbet. Se refugió en westerns y en series de televisión, y ya al final de su carrera, regresó a España para rodar dos películas: una producción dirigida por Carol Reed, <El precio de la muerte> The running man, 1963) y un film dirigido por el inefable Jesús Franco, <La muerte silba un blues> (1964).

Fortunio Bonanova

     Un actor, en fin, de los llamados de carácter, que supo dejar su impronta tanto en sus protagonistas como, y esto es lo más difícil, en sus papeles secundarios, y Fortunio Bonanova lo logró.

      Sergio Barce, marzo 2012

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Diálogos de películas 10

“La venganza de Frank James” (The return of Frank James, 1940)

de Fritz Lang

-Abogado:  ¿A qué distancia estaba usted de Wilson cuando le hirieron?
-Henry Fonda:   Déjeme que lo piense
-Abogado:   Le pido que responda, no que lo piense.
-Henry Fonda:   Lo siento, abogado; yo, cuando digo algo, lo pienso. No soy abogado.

 

“Veracruz” (1954)

de Robert Aldrich

-¿Tendrías misericordia de un hombre inocente?
-No existen hombres inocentes.

 

“Los profesionales” (The professionals, 1966)

de Richard Brooks

 

 Burt Lancaster:  Nada menos que cien mil dólares por una esposa. Debe de ser toda una mujer.

Lee Marvin: Será una mujer de esas que convierten a algunos niños en hombres y a algunos hombres en niños.

Burt Lancaster: Si es así, vale lo que piden.

 

“El juez de la horca” (The life and times of Judge Roy Bean, 1972)

de John Huston

 -¡Juez, juez! ¡Venga rápido, va a haber un linchamiento ilegal!

Paul Newman:  ¡Orden, orden! Aquí los linchamientos se hacen de acuerdo con la Ley.

 

“Sin perdón” (Unforgiven, 1992)

de Clint Eastwood

   

Morgan Freeman:  Matar a un hombre es algo muy duro, le quitas todo lo que tiene y todo lo que podría llegar a tener.

 

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Cuadernos de cine: HASTA QUE LLEGÓ SU HORA (Once upon a time in the West) (1968) de SERGIO LEONE

Después de haber escrito sobre “Érase una vez en América” (Once upon a time in America, 1984), doy un salto atrás, quince años antes, para detenerme en la otra obra maestra de Leone: “Hasta que llegó su hora” (Once upon a time in the West, 1968). Con ambos filmes y “Agáchate, maldito” (Gliú la testa, 1971), Sergio Leone pretendía componer una nueva trilogía, después de la llamada “trilogía del dólar” (conformada por “Por un puñado de dólares”, “La muerte tenía un precio” y “El bueno, el feo y el malo”), pero esta nueva era más ambiciosa al intentar abarcar la historia de USA desde la época de los pioneros hasta los años sesenta.

En “Hasta que llegó su hora”, desde el primer fotograma, uno se da cuenta de que está asistiendo a algo que va a quedarse adherido a nuestras retinas de cinéfilos. No recuerdo bien cuándo la vi por vez primera, pero sí recuerdo que pasó sobre mí desbordándome.

El comienzo, mientras se van sucediendo los títulos de crédito, es antológico: tres pistoleros (interpretados por Jack Elam, Woody Strode y Al Mulock)  esperan a alguien (Charles Bronson) en una estación solitaria y cochambrosa, y Leone, sin utilizar aún ninguna música, juega con los sonidos del entorno: el crujido de un cartel mecido por el viento, el telégrafo, las gotas que caen de un aljibe sobre el sombrero de uno de los hombres, el aleteo ronroneante y nervioso de una mosca…

Jack Elam

Woody Strode

Harmónica:   ¿Y Frank?
Snaky: Nos ha mandado a nosotros.
Harmónica:   ¿Hay un caballo para mí?
Snaky:   Para ti… Jejejeje…. Parece ser que hay un caballo de menos…
Harmónica:   Yo diría que sobran dos

Esta escena de apertura, parsimoniosa y lenta, estaba inicialmente concebida para que fuese interpretada por Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef (es decir, el Bueno, el Feo y el Malo), de manera que al ser abatidos juntos en el tiroteo, justo minutos después de comenzar el film, su muerte fuera una metáfora de la ruptura del director con el spaghetti-western que le había llevado a la fama. Sin embargo, la negativa de Eastwood lo hizo imposible, y se decantó por utilizar a tres actores fácilmente reconocibles para el público, tres secundarios de peso.

Hay algo que llama la atención en cuanto la cinta se pone en marcha y son los primerísimos planos.

Henry Fonda es Frank

Nunca antes se habían visto los rostros de los actores de esa manera. Por supuesto, el efecto es fantástico en una pantalla de cine gigante. Vemos cada arruga de esos rostros curtidos, las cicatrices más minúsculas, el sudor, la tensión, las miradas cargadas de resentimiento o de miedo o de crispación, los años, pero también la serena belleza de Claudia Cardinale, que nunca ha estado mejor fotografiada que en esta película.

Claudia Cardinale es Jill

El actor de color Woody Strode, famoso por su papel en la memorable película de John Ford “Sargento negro” (Sergeant Rutledge) y como el gladiador  negro que pelea con Kirk Douglas en “Espartaco” (Spartacus) de Kubrick, ambas de 1960, comentó que su papel en “Hasta que llegó su hora” era muy breve, y además sin diálogo alguno, pero que nunca le habían tomado unos primeros planos tan intensos ni largos, así que había merecido la pena la experiencia.

Frank:  La gente se asusta fácilmente cuando está muriéndose

Otro acierto del film, que sin embargo ahuyentó de las pantallas al público americano, fue la elección de Henry Fonda en el papel de Frank, el pistolero asesino más sádico que podía concebirse. El espectador USA no podía aceptar que quien ejemplificaba en la pantalla la integridad moral, la humanidad, la bondad, el espíritu americano en suma, se convirtiera de pronto en un ser odioso. Pero para mí, estamos si no ante la mejor interpretación de la carrera de Henry Fonda sí ante una de las mejores. Contaba el actor que Sigue leyendo

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