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FOTOS DE CINE 4

Una excepcional imagen tomada durante un descanso del rodaje de Hasta que llegó su hora (Once a time in the West, 1968) de Sergio Leone. Una obra maestra que habré visto no sé cuántas veces. Maravillosa cinta.

En la fotografía: Henry Fonda, Claudia Cardinale, Sergio Leone, Charles Bronson y Jason Robards. Ahí es nada.

En el siguiente enlace podéis acceder a un artículo que le dediqué a la película:

https://sergiobarce.blog/2018/01/07/mis-peliculas-favoritas-4/

 

HF SL CC CB JR

 

 

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MIS PELÍCULAS FAVORITAS – 4

Tras mis artículos sobre Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird, 1962), El manantial (The Fountainhead, 1949) y Lejos de los hombres (Loin des hommes, 2014), llega el turno a Hasta que llegó su hora (Once upon a time in the West, 1968).

Pinchando en el siguiente enlace podéis ver el tráiler del film:

https://www.youtube.com/watch?v=Yw-Av9BpC-w

Escribí hace años sobre esta película. Vuelvo a reproducir aquel artículo, con algunas modificaciones. Y es que, si he creado hace semanas en este blog el apartado de “mis películas favoritas”, cómo no iba a estar el western que más me ha fascinado de todos, esa obra maestra dirigida por ese genio llamado Sergio Leone: Hasta que llegó su hora (Once upon a time in the West, 1968).

Once upon...

Con este largo, y con Agáchate, maldito (Gliú la testa, 1971) y Érase una vez en América (Once upon a time in America, 1984), otra obra maestra del cine, Sergio Leone pretendía componer una nueva trilogía, después de la llamada “trilogía del dólar”, conformada por las míticas Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), pero esta nueva era mucho más ambiciosa, al intentar abarcar la historia de USA desde la época de los pioneros hasta los años sesenta.

En Hasta que llegó su hora, desde el primer fotograma, uno se da cuenta de que está asistiendo a algo que va a quedarse adherido a nuestras retinas de cinéfilos. No recuerdo bien cuándo la vi por vez primera, pero sí recuerdo que pasó sobre mí desbordándome. Me quedé clavado a la butaca cuando se encendieron las luces. Nunca había visto nada igual, nada parecido a esa manera de rodar que Leone, ahora, había perfeccionado. Las imágenes se repetían en mi cabeza. Y, a lo largo de los años, he vuelto a ver esta misma película, no sé, decenas de veces.

pistoleros

El comienzo, mientras se van sucediendo los títulos de crédito, es antológico: tres pistoleros (interpretados por Jack ElamWoody Strode y Al Mulock) esperan a un desconocido (al que da vida Charles Bronson) en una estación solitaria y cochambrosa, y Leone, sin utilizar aún ninguna música, pero con la ayuda inestimable de Morricone, juega con los sonidos del entorno: el crujido de un cartel mecido por el viento, el telégrafo, las gotas que caen de un aljibe sobre el sombrero de uno de los hombres, el aleteo ronroneante y nervioso de una mosca…

Hay tres caballos en la estación. El que lleva la voz cantante de los tres pistoleros es Snaky (Jack Elam), que es el que responde a Charles Bronson (Harmónica) en el diálogo que mantienen al verse las caras:

Harmónica: ¿Y Frank?

Snaky: Nos ha mandado a nosotros.

Harmónica: ¿Hay un caballo para mí?

Snaky: Para ti… Jejejeje…. Parece ser que hay un caballo de menos…

Harmónica: Yo diría que sobran dos

Esta escena de apertura, parsimoniosa y lenta, estaba inicialmente concebida para que fuese interpretada por Clint EastwoodEli Wallach y Lee Van Cleef (es decir, el Bueno, el Feo y el Malo), de manera que, al ser abatidos juntos en el tiroteo, justo minutos después de comenzar el film, su muerte fuera una metáfora de la ruptura del director con el spaghetti-western que le había llevado a la fama. Sin embargo, la negativa de Eastwood lo hizo imposible, y se decantó entonces por utilizar a tres actores fácilmente reconocibles para el público, tres secundarios de peso.

Y es que Leone, con este largometraje, quería rodar no uno de sus famosos spaghetti-westerns, sino un western clásico.

henry f

Hay algo que llama la atención en cuanto la cinta se pone en marcha y son los primerísimos planos.

Nunca antes se habían visto los rostros de los actores de esa manera. Por supuesto, el efecto es fantástico en una pantalla de cine gigante. Vemos cada arruga de esos rostros curtidos, las cicatrices más minúsculas, el sudor, la tensión, las miradas cargadas de resentimiento o de miedo o de crispación, los años, pero también la serena belleza de Claudia Cardinale, que nunca ha estado mejor fotografiada que en esta película.

claudia

El actor de color Woody Strode, famoso por su papel en la memorable película de John Ford Sargento negro (Sergeant Rutledge) y como el gladiador  negro que pelea con Kirk Douglas en Espartaco (Spartacus) de Kubrick, ambas de 1960, comentó que su papel en Hasta que llegó su hora era muy breve, y además sin diálogo alguno, pero que nunca le habían tomado unos primeros planos tan intensos ni largos, así que había merecido la pena la experiencia.

woody

Frank:  La gente se asusta fácilmente cuando está muriéndose

Otro acierto del film, que sin embargo ahuyentó de las pantallas al público americano, fue la elección de Henry Fonda en el papel de Frank, el pistolero asesino más sádico que podía concebirse. El espectador norteamericano no podía aceptar que quien ejemplificaba en la pantalla la integridad moral, la humanidad, la bondad, el espíritu americano en suma, se convirtiera de pronto en un ser odioso. Pero, para mí, estamos si no ante la mejor interpretación de la carrera de Henry Fonda sí ante una de las mejores.

henry fonda

Contaba el actor que, cuando le ofrecieron el papel, como nunca había oído nada acerca de Sergio Leone, para tener alguna referencia habló de él con su amigo el actor Eli Wallach, que había interpretado el papel de “Tuco” (el Feo) en el último film de Leone, y éste le dijo que no prestara atención al guión, que simplemente lo hiciera porque se enamoraría de Sergio Leone. Luego, Henry Fonda vio de una sentada los anteriores tres spaghetti-westerns de Leone, y, al acabar la proyección, preguntó que dónde tenía que firmar.

Dado que el personaje de Frank era un despiadado pistolero, salvaje y sin escrúpulos, Henry Fonda pensó que debía de recrearlo también físicamente y se dejó para ello un espeso mostacho y se puso lentillas con las que ocultar sus ojos azules. Cuando apareció en el rodaje, Leone se enfureció: él quería sus inmensos ojos transparentes, porque buscaba un efecto que dejara al espectador clavado en la butaca. Le armó una bronca de película… y le obligó a quitarse las malditas lentillas y la barba que se había dejado. Lo logró. Y el resultado es espectacular.

A Frank (Henry Fonda), cuando aparece por primera vez en pantalla, la cámara le sigue y se le acerca cautamente por detrás; mientras, la música va in crescendo, y entonces, para mostrarnos su rostro, el del jefe de la banda que está a punto de cometer un crimen execrable, la cámara lo rodea y le filma en un primerísimo plano donde esos ojos azules mar se transforman en algo tan inquietante como imprevisible. Luego, Frank dispara y mata a un niño a bocajarro. La escena es tan dura (recordemos que se rueda en 1968, cuando aún la violencia no se mostraba tan crudamente como ahora) que ese público que idolatraba a Fonda no pudo aceptarlo. En Europa, por el contrario, especialmente en Francia, fue todo un éxito.

On the Set of

HENRY FONDA, CLAUDIA CARDINALE, SERGIO LEONE, CHARLES BRONSON Y JASON ROBARDS

Siempre me ha gustado la interpretación de Henry Fonda en esta película por varias razones. Primero, porque rompe drásticamente con sus papeles más emblemáticos, como los de Las uvas de la ira (The  grapes of wrath, 1940), Pasión de los fuertes (My darling Clementine, 1946), Falso culpable (The wrong  man, 1956), Doce hombres sin piedad (12 angry men, 1958) o Tempestad sobre Washington (Advise and consent, 1962), por mencionar sólo algunos. Fonda era el hombre intachable, el ciudadano ejemplar, honrado aunque fuese pobre de solemnidad. Segundo, porque, aunque había interpretado por supuesto a ladrones o fugitivos, él fue, por ejemplo, Frank James, el hermano del mítico Jesse James en las películas Tierra de audaces (Jesse James, 1939) y La venganza de Frank James (Frank James, 1940), sin embargo, nunca se había compuesto un personaje tan frío, siniestro, implacable y despreciable como el Frank de Hasta que llegó su hora. La razón, claro, estriba en que el guión estaba escrito por italianos y no por americanos. Por último, a ese personaje, Henry Fonda, no obstante, le dota de una pequeñísima dosis de remordimiento. Es algo sutil, difícil incluso de apreciar, pero Fonda lo hace con la maestría de su ejercicio de actor con mayúsculas: cuando hace que Harmónica sostenga a su hermano mientras es ahorcado, hay un gesto en su mirada, en su rictus, que deja entrever que, quizá, piense que lo que hace no está bien. Es sólo una fracción de segundo, una bajada de ojos con un algo de vergüenza que no dura nada… pero Frank es la maldad personificada, y la maldad se impone al instante borrando ese gesto de humanidad que ha cruzado por sus pupilas tan fugazmente como una sombra… También me llama la atención la dureza de los gestos de Henry Fonda. Recordemos que, cuando se rueda la película, el actor ya ha cumplido los 63 años. No importa. Su espigada figura, inconfundible en la pantalla de cine, se transforma también en el molde granítico de un pistolero sin alma, rápido y casi invencible, hierático, frío y calculador. Es otra de las proezas de Fonda. Frank es, por consiguiente, el asesino más inolvidable del western.

JASON

También por primera vez, Sergio Leone construye un film alrededor de una mujer.

En sus anteriores películas, las mujeres sólo son elementos decorativos, que apenas intervienen en la trama más que para sufrir en un Oeste hostil a ellas, un mundo de hombres. Pero ahora, el centro de ese mundo masculino y violento es una mujer, una prostituta con un corazón de oro que no es más que la representación de todas esas mujeres que se sacrificaron para levantar un país. La idea partió de uno de los guionistas de la película: Bernardo Bertolucci.

CLAUDIA C

Cuenta Bertolucci (que luego sería el famoso director de El último tango en París o Novecento), que Sergio Leone, al idear la escena en que Claudia Cardinale llega en el tren y aparece en pantalla por primera vez, quería que al descender del vagón la cámara la cogiese desde el suelo, se introdujera bajo su vestido y la viésemos por debajo, sin bragas… En fin, la escena, por supuesto, no llegó a rodarse, entre otras cosas porque a Bertolucci le pareció fuera de contexto y porque la Cardinale se negó rotundamente; y la escena que finalmente vemos es una espectacular presentación de la ciudad, una especie de pequeño vals que la banda sonora se encarga de embozar con una gran carga de melancolía y sentido épico.

CHARLES B

El film está lleno de escenas inolvidables y de interpretaciones espléndidas: el personaje de Harmónica, heredero directo del Hombre Sin Nombre que interpretara antes Eastwood, ofreció a Charles Bronson uno de sus mejores papeles. El sentido trágico de su vida no se nos revela hasta la parte final del film, lo que enriquece la narración. También el personaje de Cheyenne, al que da vida el estupendo Jason Robards (que dos años después sería el inolvidable protagonista de La balada de Cable Hogue de Peckinpah), está marcado por la tragedia. Y tanto Frank (Henry Fonda) como el señor Morton (Gabriele Ferzetti) son, como los otros personajes, hombres que viven de la violencia, que la utilizan para su propio beneficio, y saben que, tarde o temprano, esa violencia acabará con ellos.

Harmonica: La recompensa por este hombre son de 5.000 dólares, ¿no?

Cheyenne: Judas se conformó con 4.970 dólares menos.

Harmonica: No había dólares en aquella época.

Cheyenne: Pero sí hijos de puta”

Es un film a contra corriente. Su ritmo es lento, muy europeo. Leone quiere cortar de raíz con lo que ha sido hasta ese momento su cine del Oeste, el spaghetti-western, y trata de rendir homenaje a los realizadores clásicos americanos como Ford. Crea una obra maestra, un reloj que avanza gracias a un engranaje perfecto. Sin embargo, en USA la consideraron excesivamente larga y cortaron arbitrariamente su metraje, lo que le perjudicó.

Leone, un hombre meticuloso hasta la obsesión, como ya contaba en mi artículo sobre Érase una vez en América, buscó las armas de la época, recreó el salvaje Oeste de ese tiempo buceando en las bibliotecas americanas, con fotografías de esos años, el vestuario, los enseres, los carruajes… Fue tal su labor, que hasta realizadores como Scorsese o Spielberg siempre han manifestado que les parece asombroso su perfeccionismo. Y esa fijación suya hizo, por ejemplo, que introdujera los famosos “guardapolvos” con los que vestían los hombres de Cheyenne y que se hicieron míticos, o que en la escena en que Claudia Cardinale, camino de “Sweetwater”, donde va a reunirse con su futuro esposo, se detiene para descansar en una posta, y que se rodó en un decorado de interior en España, Leone hizo que el polvo que entra por la puerta junto a los pistoleros de Cheyenne se trajera ex profeso desde Monument Valley (entre Utah y Arizona), porque los exteriores se rodaban allí y él quería el mismo color de la tierra…

Frank: ¿Quién eres?

Harmonica: Jim Cooper…Chuck Jamblum…

Frank: Todos están muertos.

Harmonica: Todos estaban vivos antes de encontrarte”

Duelo de EL BUENO, EL FEO Y EL MALO

Duelo de EL BUENO, EL FEO Y EL MALO

Hasta que llegó hora es una historia de venganza, es la aventura de la Historia de los orígenes y la construcción de un país, es una historia romántica, es una historia seductora y nostálgica, hay épica y hay elegía, hay codicia y traición y hay, por supuesto, un duelo.

Sergio Leone había creado ya, hasta ese instante, los mejores duelos del cine, las mejores danzas de la muerte, en su ya mencionada trilogía del dólar: Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966). En esta última, el duelo final es antológico entre Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach. Duelos que se repetirían o se tratarían de imitar en decenas de películas posteriores, pero sin lograrlo. Ahora, en esta nueva película, Leone quería ir más allá.

El duelo entre Harmónica (Charles Bronson) y Frank (Henry Fonda), momento en el que éste descubrirá por qué el primero le ha estado persiguiendo durante años, es una perfecta y maravillosa coreografía: música abrasiva, primeros planos durante minutos, danza de la cámara alrededor de los dos hombres, el silencio, los disparos que van a poner punto final a la aventura… Imborrable, sencillamente.

Su banda sonora es irrepetible. Ennio Morricone compuso una joya para un film elegíaco, y dotó a cada personaje de una música singular y personal que les identificaba: a Jill (Claudia Cardinales) la acompaña una melodía dulce y orquestal, a Harmónica (Charles Bronson) el sonido obviamente de una armónica, algo triste y misteriosa, a Cheyenne (Jason Robards) le anuncian siempre unas notas musicales irónicas, casi de comedia, quizá porque es el personaje más simpático, una especie de pícaro, y a Frank (Henry Fonda) le dedica el tema más duro, cortante, intimidatorio casi, pero impresionante. Quizá una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine.

SERGIO LEONE y ENNIO MORRICONE

SERGIO LEONE y ENNIO MORRICONE

Respecto a esto, le cuenta Ennio Morricone a Alessandro de Rosa en el libro En busca de aquel sonido (Malpaso, 2017): “…la famosa escena de la llegada de Claudia Cardinale a la estación, en Hasta que llegó su hora. Esa secuencia se pensó enteramente sobre los tiempos musicales. Jill comprende que nadie ha ido a buscarla, consulta el reloj y la música entra con el pedal que introduce la primera parte del tema. Entonces, Jill camina hasta que entra en el edificio y le pregunta al jefe de estación, mientras la cámara la observa desde fuera, por la ventana. Sólo en ese momento se suma la voz de Edda dell´Orso, seguida de un rápido crescendo de los cornos que conduce al <todos> de la orquesta, sobre lo que Leone realizó con un Dolly una panorámica vertical que se eleva desde la ventana y enseña la entrada de Claudia Cardinale en la ciudad. Del detalle se pasaba a la ciudad, de una voz aislada, al todos de orquesta. Pero yo no había pensado la música en esos tiempos, fue Sergio quien adaptó sus movimientos de cámara a mi música. Entre otras cosas, cuando rodaron la escena, sincronizaron el movimiento de cámara con los movimientos de las carretas y los de la gente. Leone era maniático con los detalles…”

Es tan buena esta película que hay infinidad de homenajes en numerosos films de otros realizadores que se han rendido a ella, como ha hecho Tarantino. En El americano (The american, 2010) de Anton Corbijn, el protagonista (George Clooney) está sentado a la mesa de un pequeño bar en un pueblo de Italia. En la televisión del local se programa Hasta que llegó su hora, y aparece en la pantalla Henry Fonda; el dueño del establecimiento, orgulloso, le dice a Clooney, el americano: “Sergio Leone. ¡Italiano!”

Sergio Barce, enero 2018

 

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Diálogos de películas 10

“La venganza de Frank James” (The return of Frank James, 1940)

de Fritz Lang

-Abogado:  ¿A qué distancia estaba usted de Wilson cuando le hirieron?
-Henry Fonda:   Déjeme que lo piense
-Abogado:   Le pido que responda, no que lo piense.
-Henry Fonda:   Lo siento, abogado; yo, cuando digo algo, lo pienso. No soy abogado.

 

“Veracruz” (1954)

de Robert Aldrich

-¿Tendrías misericordia de un hombre inocente?
-No existen hombres inocentes.

 

“Los profesionales” (The professionals, 1966)

de Richard Brooks

 

 Burt Lancaster:  Nada menos que cien mil dólares por una esposa. Debe de ser toda una mujer.

Lee Marvin: Será una mujer de esas que convierten a algunos niños en hombres y a algunos hombres en niños.

Burt Lancaster: Si es así, vale lo que piden.

 

“El juez de la horca” (The life and times of Judge Roy Bean, 1972)

de John Huston

 -¡Juez, juez! ¡Venga rápido, va a haber un linchamiento ilegal!

Paul Newman:  ¡Orden, orden! Aquí los linchamientos se hacen de acuerdo con la Ley.

 

“Sin perdón” (Unforgiven, 1992)

de Clint Eastwood

   

Morgan Freeman:  Matar a un hombre es algo muy duro, le quitas todo lo que tiene y todo lo que podría llegar a tener.

 

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Cuadernos de Cine: LAS ACTRICES DE LOS 60 (Va por ti, Yanko)


Un amigo me ha escrito el siguiente sencillo mensaje que, más o menos, dice así:  “Mucho Larache, mucho Marruecos, mucho relato, mucha  novela… ¡A ver si hablas de mujeres!

      Me siento obligado a complacerle, primero porque somos amigos desde la infancia, segundo porque no viene mal un paréntesis, y porque si, además, como dice él, se trata de mujeres, la cosa pinta aún mejor. Además, me apetece hacerlo.

      Me gusta el cine. Pertenezco a esa generación que ha crecido con James Bond, con Clint Eastwood y con ese cine maravilloso de los sesenta y setenta; pero también somos los que hemos pasado las tardes de los sábados viendo en la televisión viejas películas de aventuras (Tarzán, Errol Flynn, Sabú, John Wayne o Tyrone Power), los ciclos que ponían los martes por la noche (de Bogart, de John Ford, de Hitchcock), de los que nos asomábamos a “La Clave” para descubrir los mensajes que encerraban las películas clásicas, hemos sido los dueños de las sesiones dobles, de los spahetti-westerns, de los cines de verano (cómo olvidar el sonido de las películas en esas salas al aire libre), hemos imitado a Bruce Lee y nos impactó “El luchador manco”, nos inquietaba Drácula con el físico de Christopher Lee, o su Fu-Manchú, y la noche de Walpurgis con Paul Naschy, nos hemos escapado a los cine-clubs para ver los films de Bergman, Kurosawa, Fellini o Fassbinder (pero también, y sobre todo, a las primeras salas X, y nos tragamos “Cuerno de cabra” y admiramos a “Emmanuelle”); y luego llegaron en los setenta Coppola con su padrino, Spielberg con su tiburón y Lucas con sus galaxias, seguimos a Truffaut, a Visconti, a Godard, y mientras éramos testigos del envejecimiento de Henry Fonda, Burt Lancaster o Robert Mitchum, veíamos madurar a Paul Newman, Steve McQueen o Marlon Brando, y surgían Pacino, de Niro y Nicholson, y hemos seguido yendo al cine, y nos hemos convertido en la única generación a caballo entre el cine más clásico y el cine más moderno y actual, lo hemos visto todo…

      Desde pequeño me han llevado a ver películas. Mis padres lo hacían cuando aún estaba en el capacho, así que es como si lo hubiera mamado desde la cuna. Iba a hablar de mujeres, de mujeres de película, pero me he dado cuenta de que hay tantas que me han fascinado por alguna u otra razón que he decidido cortar por lo sano, y este primer capítulo sobre mis musas de celuloide se lo dedico a las que llenaban las pantallas de los años sesenta… Trataré de marcar a cada actriz con alguna de sus películas emblemáticas de ese decenio alocado.

SHIRLEY EATON en Goldfinger

     Ya he dicho que crecimos con James Bond. Y, junto a este personaje de Ian Fleming, están las “chicas Bond”. Entre todas ellas, hay una efímera (por el corto tiempo que está en pantalla, en concreto en “Goldfinger” (1964)), pero que a los cinéfilos nos marcó de alguna forma: Shirley Eaton.  Era preciosa. Aparece al comienzo del film “Goldfinger” pero, a las primeras de cambio, la asesinan de la forma más cruel pero también original –cinematográficamente hablando-: bañándola en oro…

URSULA ANDRESS en Dr. No

URSULA ANDRESS en Dr. No

Ese cuerpo desnudo cubierto de púrpura es una escena imborrable; como el bikini (eso es un eufemismo, en realidad el atuendo era lo de menos y lo importante era el “cuerpo”) de Ursula Andress al salir del mar en “James Bond contra el Dr. No (Dr.No, 1962).

HONOR BLACKMAN en Goldfinger

HONOR BLACKMAN en Goldfinger

 Honor Blackman era otra chica Bond de “Goldfinger”, quizá la que más me impactó: atractiva, inteligente, resolutiva, aquellos ojos. Sean Connery disfrutó con todas ellas.

Pero como le ocurre al personaje de Tim Robbins en “Cadena perpetua” (The Shawshank redemption, 1994), me quedo con la rotunda Raquel Welch de “Hace un millón de años(One Million years B.C., 1966), con aquella ropa prehistórica de diseño, que nos hacía soñar con esas mujeres primitivas que luego la productora Hammer exprimiría en pequeñas películas baratas.

RAQUEL WELCH en Hace un millón de años

RAQUEL WELCH en Hace un millón de años

Y así, gracias a la estela de Raquel, llegaron Martine Beswick (chica Bond tanto en “Dr. No” como en “Desde Rusia con amor”, y que acompañaba a la Welch en sus aventuras entre dinosaurios) o Caroline Munro (vista en “Casino Royale” -1966- y que fue una de las habituales de los films de terror de esos años).

MARTINE BESWICK

MARTINE BESWICK

Como también la exótica actriz palestina Daliah Lavi (otras de las chicas de “Casino Royale”, e inolvidable en “Lord Jim”- 1964-).

DALIAH LAVI

DALIAH LAVI

Y, por supuesto, Linda HarrisonCharlton Heston encontró a Linda en un bosque mientras huía de los monos en “El planeta de los simios” (Planet of the apes, 1968), y se convirtió en otra imagen grabada en nuestro subconsciente –masculino-, con sus enormes ojos que miraban atónitos a ese hombre que pensaba y hablaba como si fuera otro simio…

LINDA HARRISON en El planeta de los simios

LINDA HARRISON en El planeta de los simios

Y nos inflamaban la imaginación las míticas B.B. y C.C.; así llamábamos a Brigitte Bardot y a Claudida Cardinale.

B.B.

B.B.

Inolvidables una en “La verdad” (La vérité, 1960) y la otra en “Los profesionales” (The profesionals, 1966). Aunque hubo muchas más películas con ellas, por supuesto. Hasta que en el 71 rodaron en España un film juntas: “Las petroleras”.

C.C.

C.C.

Luego estaban las actrices francesas (o de otros países que los franceses adoptaban, inteligentemente, menudos truhanes son para apropiarse de lo que merece la pena), actrices que refulgían en films de la nouvelle vague, sofisticadas, bellas, frágiles, sensuales a un tiempo: mi amigo Jesús dice que la primera película que recuerda es “Un hombre y una mujer(Un homme et une femme, 1966), y que no puede olvidar a su protagonista, la delicada Anouk Aimée; que antes fue la hermosa “Lola” (1961), pero, en realidad, nadie de los que la vimos la hemos olvidado.

ANOUK AIMÉE es Lola

ANOUK AIMÉE es Lola

Y por entonces triunfó la “Belle de jour” (1966), Catherine Deneuve, de la que se dice que tiene un pacto con el diablo (a mí siempre me pareció demasiado gélida, pero he de reconocer que es de una belleza evidente e imperecedera). Jeanne Moreau se convertía en musa de Truffaut en “Jules et Jim” (1962) y lo fue de Orson Welles.

CATHERINE DENEUVE

CATHERINE DENEUVE

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JEAN SEBERG

JEAN SEBERG

Jean Seberg. ¡Ah, Jean Seberg! Cuánto sufrió por amor. Clint Eastwood la utilizó durante el rodaje de “La leyenda de la ciudad sin nombre” (Paint your wagon, 1969) y luego la dejó sin más, y eso le provocó un trauma del que, se dice, jamás se recuperó. La Seberg venía de la irrepetible “Al final de la escapada(A bout de souffle, 1959) y se convirtió en la perturbadora “Lilith” (1964).

ROMY SCHNEIDER

ROMY SCHNEIDER

Y qué decir de otras musas del cine de los sesenta: Delphine Seyrig, protagonista de “El año pasado en Marienbad” (L´année dernière à Mareinbad, 1961). Y cómo no enamorarse de aquella Romy Schneider (en cuanto dejó de ser la tontorrona de Sissi y se convirtió en una mujer de verdad me dejé embaucar por su mirada, por su pálida sonrisa, por ese aire melancólico de sus gestos), y quise ser Alain Delon en “A pleno sol” (Plein soleil, 1960) para nadar con ella.

Ahí van las tuyas, Jesús, esas otras tres más que tanto te apasionan:

ANNA KARINA

ANNA KARINA

Anna Karina, tan francesa ella quizá porque era danesa, en “Una mujer es una mujer” (Une femme est une femme, 1961), y “Vivir su vida” (Vivre sa vie, 1962), musa de Godard, claro; y Corinne Marchand, la de “Cleo de 5 a 7” (1962). Te dejo para el final a Marina Vlady, no sé si es muy representativa pero cito “Los siete pecados capitales” (Les sept péchés capitaux, 1962), por razones obvias. Bueno, va, y tu adorada Ingrid Thulin, belleza nórdica que deslumbró en “La caída de los dioses” (La caduta degli dei, 1969), pero que ya tenia su largo bagaje con Bergman, como en “El silencio” (Tystnaden, 1963).

INGRID THULIN

INGRID THULIN

¿Sigo? Mamma mía! ¡La Loren! Ya sé que ella es de los cincuenta, y de los sesenta, y de los setenta y ochenta, y ahí sigue, incombustible, preciosa, eterna… Sofía Loren. Ya sé, hoy sólo los años sesenta… Me impresionó la Loren en su desgarrador papel de “Dos mujeres” (La ciociara, 1960), estuvo más guapa que nunca en “El Cid” (1961) y tierna, hermosa y dolorosa, como sólo ella sabe serlo, en “Los girasoles” (I girasoli, 1969).

SOFIA LOREN

SOFIA LOREN

De una fuente, en el año 59, surgió otra diosa para los sesenta, otra diosa más carnal, más pecaminosa, más abrumadora, un icono: Anita Ekberg, que sigue ahí en la Fontana di Trevi de “La dolce vita” (1959). En 1962 fue la tentación del doctor Antonio en el episodio que protagonizó en “Boccaccio 70”, y paseó su escultural cuerpo por diversos peplums que hacían las delicias en las sesiones dobles.

ANITA EKBERG

Aparte, en otro lugar: Audrey Hepburn. También venía de los cincuenta. Irreemplazable, única, irrepetible, en esos años estuvo tierna, frágilmente abrumadora en “Desayuno en Tiffany´s” (Breakfast at Tiffany´s, 1961). Es otro icono, diferente, sutil y cercano, de cine.

AUIDREY HEPBURN

Y no me olvido de Lea Massari y de Monica Vitti, que trabajaron juntas en “La aventura” (L´avventura, 1960). La Vitti fue musa de Antonioni, pero se convirtió en referente pop y sex-symbol gracias a “Modesty Blaise, superagente femenino” (Modesty Blaise, 1966).

MONICA VITTI

MONICA VITTI

Luego, estaban las actrices que triunfaban no por sus cualidades dramáticas, sino por sus encantos físicos.  Luciana Paluzzi, Elke Sommer, Florinda Bolkan

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KATHERINE ROSS

KATHERINE ROSS

También nos atrapó Katherine Ross que logró enamorar a  Paul Newman y a Robert Redford en “Dos hombres y un destino” (Butch Cassidy & the Sundance Kid, 1969) después de hacerlo con Dustin Hoffman en “El graduado” (The graduate, 1967).

ANGIE DICKINSON

ANGIE DICKINSON

Y las había, como muchas de las que he mencionado más arriba, que eran atractivas, sensuales y buenas actrices. Americanas, como Angie Dickinson. Siempre me pareció tentadora (igual que a tío Junior en “Los Soprano”, obsesionado con acostarse con ella), que estuvo preciosa y perfecta en “Código del hampa” (The killers, 1964), en “La jauría humana” (The chase, 1965) y, especialmente, en  “A quemarropa” (Point Blank, 1967). Al igual que Lee Remick en “Río salvaje” (Wild river, 1960) y “Días de vino y rosas” (Days of wine and roses, 1962).

LEE REMICK

LEE REMICK

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FAYE DUNAWAY

Y la siempre insinuante Faye Dunaway, excelente actriz, que supo dotar a sus personajes de una mezcla de tortura interna y procacidad sexual, quizá una de las mejores intérpretes de ese decenio, y que inmortalizó a Bonnie Parker en “Bonnie & Clyde” (1967), uno de los films emblemáticos de los sesenta. Sin olvidar sus papeles en “El caso Thomas Crown” (The Thomas Crown affair, 1968), “Amantes” (Amanti, 1968) y “El compromiso” (The arrangement, 1969).

JANE FONDA es Barbarella

JANE FONDA es Barbarella

Hay más: Jane Fonda, pura vitalidad, capaz de atreverse con cualquier papel, por eso ella fue “Barbarella” (1967) y bailó hasta la extenuación en “Danzad, danzad, malditos” (They shoot horses, don´t they?, 1969).

Pero confieso que tengo dos debilidades más: una es Julie Christie.

JULIE CHRISTIE

JULIE CHRISTIE

Lo sé: sus ojos, su aparente fragilidad, pero también su carácter. Hay algo en ella imperecedero. En “Dr.Zhivago” (1965) borda su papel, en “Fahrenheit 451” (1966) eleva de categoría su trabajo y en “Lejos del mundanal ruido” (Far for the Madding Croad, 1967) simplemente roba el corazón. La otra debilidad es Jacqueline Bisset. También son sus ojos, qué demonios, pero qué decir de su boca o de sus pómulos… La descubrí, creo, en “Bullit” (1968) y desde entonces me visita a hurtadillas.

JACQUELINE BISSET

JACQUELINE BISSET

Las estrellas más rutilantes de los cincuenta, protagonizaron algunos de sus papeles más inolvidables en los sesenta: Elizabeth Taylor fue “Cleopatra” (1963) e hizo uno de sus dramas más impactantes en “¿Quién teme a Virginia Woolf?” (Who´s afraid of Virginia Woolf?, 1967).

ELIZABETH TAYLOR es Cleopatra

ELIZABETH TAYLOR es Cleopatra

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KIM NOVAK

Mientras, Kim Novak desquiciaba a Kirk Douglas en “Un extraño en mi vida” (Strangers when we meet, 1960) y fue “La misteriosa dama de negro” (The Notorious Landlady, 1962). Jean Simmons protagonizó por su parte “Espartaco” (Spartacus, 1960) y “El fuego y la palabra” (Elmer Gantry, 1960), entre otras.

JEAN SIMMONS

JEAN SIMMONS

Y poco antes de perder la vida, incluso Marilyn Monroe demostró que podía ser una excelente actriz dramática en “Vidas rebeldes” (The misfits, 1961). Un papel inolvidable.

MARILYN MONROE

Querido Juan Yankovich: Espero haberte compensado en parte. Aquí tienes la primera entrega de nuestras mujeres. Volveré a escribirte desde los setenta. Un abrazo, jay.

Sergio Barce, junio 2011

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“HASTA QUE LLEGÓ SU HORA” (Once upon a time in the West) (1968) de SERGIO LEONE

Después de haber escrito sobre “Érase una vez en América” (Once upon a time in America, 1984), doy un salto atrás, quince años antes, para detenerme en la otra obra maestra de Leone: “Hasta que llegó su hora” (Once upon a time in the West, 1968). Con ambos filmes y “Agáchate, maldito” (Gliú la testa, 1971), Sergio Leone pretendía componer una nueva trilogía, después de la llamada “trilogía del dólar” (conformada por “Por un puñado de dólares”, “La muerte tenía un precio” y “El bueno, el feo y el malo”), pero esta nueva era más ambiciosa al intentar abarcar la historia de USA desde la época de los pioneros hasta los años sesenta.

En “Hasta que llegó su hora”, desde el primer fotograma, uno se da cuenta de que está asistiendo a algo que va a quedarse adherido a nuestras retinas de cinéfilos. No recuerdo bien cuándo la vi por vez primera, pero sí recuerdo que pasó sobre mí desbordándome.

El comienzo, mientras se van sucediendo los títulos de crédito, es antológico: tres pistoleros (interpretados por Jack Elam, Woody Strode y Al Mulock)  esperan a alguien (Charles Bronson) en una estación solitaria y cochambrosa, y Leone, sin utilizar aún ninguna música, juega con los sonidos del entorno: el crujido de un cartel mecido por el viento, el telégrafo, las gotas que caen de un aljibe sobre el sombrero de uno de los hombres, el aleteo ronroneante y nervioso de una mosca…

Jack Elam

Woody Strode

Harmónica:   ¿Y Frank?
Snaky: Nos ha mandado a nosotros.
Harmónica:   ¿Hay un caballo para mí?
Snaky:   Para ti… Jejejeje…. Parece ser que hay un caballo de menos…
Harmónica:   Yo diría que sobran dos

Esta escena de apertura, parsimoniosa y lenta, estaba inicialmente concebida para que fuese interpretada por Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef (es decir, el Bueno, el Feo y el Malo), de manera que al ser abatidos juntos en el tiroteo, justo minutos después de comenzar el film, su muerte fuera una metáfora de la ruptura del director con el spaghetti-western que le había llevado a la fama. Sin embargo, la negativa de Eastwood lo hizo imposible, y se decantó por utilizar a tres actores fácilmente reconocibles para el público, tres secundarios de peso.

Hay algo que llama la atención en cuanto la cinta se pone en marcha y son los primerísimos planos.

Henry Fonda es Frank

Nunca antes se habían visto los rostros de los actores de esa manera. Por supuesto, el efecto es fantástico en una pantalla de cine gigante. Vemos cada arruga de esos rostros curtidos, las cicatrices más minúsculas, el sudor, la tensión, las miradas cargadas de resentimiento o de miedo o de crispación, los años, pero también la serena belleza de Claudia Cardinale, que nunca ha estado mejor fotografiada que en esta película.

Claudia Cardinale es Jill

El actor de color Woody Strode, famoso por su papel en la memorable película de John Ford “Sargento negro” (Sergeant Rutledge) y como el gladiador  negro que pelea con Kirk Douglas en “Espartaco” (Spartacus) de Kubrick, ambas de 1960, comentó que su papel en “Hasta que llegó su hora” era muy breve, y además sin diálogo alguno, pero que nunca le habían tomado unos primeros planos tan intensos ni largos, así que había merecido la pena la experiencia.

Frank:  La gente se asusta fácilmente cuando está muriéndose

Otro acierto del film, que sin embargo ahuyentó de las pantallas al público americano, fue la elección de Henry Fonda en el papel de Frank, el pistolero asesino más sádico que podía concebirse. El espectador USA no podía aceptar que quien ejemplificaba en la pantalla la integridad moral, la humanidad, la bondad, el espíritu americano en suma, se convirtiera de pronto en un ser odioso. Pero para mí, estamos si no ante la mejor interpretación de la carrera de Henry Fonda sí ante una de las mejores. Contaba el actor que Sigue leyendo

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